BAC vol. 33
Libro 04
RÉPLICA AL GRAMÁTICO CRESCONIO, DONATISTA
Libro cuarto
Refutación de Cresconio valiéndose sobre todo del asunto de los maximianenses
I. 1. Aunque ya he respondido cuidadosa y suficientemente, Cresconio, en tres volúmenes, no pequeños, a tu carta, con la cual pensaste que debías defender los escritos de Petiliano contra los míos que los refutaban, sin embargo, he determinado en esta pequeña obra tratar contigo sólo sobre la causa de los maximianenses, y sin salirme de ella, demostrarte cuán inútil y vacíamente has hablado de todo lo que en la carta pusiste. En efecto, no se debe tener en poco el beneficio que Dios se ha dignado dispensarnos a nosotros para abreviar nuestra tarea y a vosotros para ayudaros a corregiros, si sabéis aprovecharlo.
Él, sin saberlo vosotros y sin procurarlo nosotros, de tal manera ha dominado el espíritu de vuestros obispos, que quienes acusaban al orbe cristiano de estar manchado por la comunión de los sacramentos con los pecados ajenos, aunque falsos y no probados, se vieran forzados a confesar en la causa de Maximiano que, aunque participaban de la misma comunión en los sacramentos, no habían sido manchados por los pecados de aquellos que condenaron, a los que como si fuesen inocentes concedieron una prórroga para volver, si no a los consagrantes de Maximiano, al menos a los que estaban de su parte, y condenaron a Primiano. Y los que no querían reconocer ni siquiera el bautismo dado en las Iglesias que había fundado y propagado el sudor de los apóstoles, sosteniendo que fuera de la única Iglesia no se podía dar el bautismo y culpándonos a nosotros de no anular el bautismo dado por quienes negábamos que estuviesen en la verdadera Iglesia, esos mismos recibían a los bautizados en el cisma sacrílego de Maximiano y no se atrevían a anularles el bautismo. Y quienes nos acusan del crimen de persecución con ocasión de las leyes dadas por los emperadores cristianos que ordenan se corrija su perversidad, acudían a los jueces enviados por los mismos emperadores y lanzaban graves acusaciones ante ellos contra Maximiano y compañeros, alegaban en las actas proconsulares el concilio en el cual los condenaron, conseguían órdenes eficacísimas para alejarlos de sus sedes.
Con todo esto en su haber, aún intentan ofuscar con sus nieblas los ojos de los ignorantes, recurriendo no sólo a las santas Escrituras y tantos y tan ciertos documentos de los primeros acontecimientos que tuvieron lugar cuando se separaron de la unidad, sino también cuando su proceder tan reciente y sus ejemplos los han dejado claramente vencidos.
Cresconio vitupera con elocuencia la elocuencia
II. 2. De esto, pues, sólo trataré; partiendo de aquí voy a responder a todas las partes de tu carta, con la ayuda de Dios, sin dificultad alguna; mejor aún, con suma facilidad.
En primer lugar, comencemos por la contradicción en que incurres al tratar de vituperar elocuentemente la elocuencia, como si fuera enemiga de la verdad y patrona de la falsedad, para, de este modo, manifestar a los imperitos que procedan con cautela y procuren evitarme como a hombre elocuente. Si en realidad fuera mi elocuencia tal cual me la atribuyes, aunque sea como acusación, ¿no te verías forzado a ensalzar la elocuencia al leer el decreto del concilio de Bagái, en el cual, como se escribe allí, “el rayo de la sentencia expulsó del gremio de la paz a Maximiano, émulo de la fe, corruptor de la verdad, enemigo de la madre Iglesia, ministro de Datán, Coré y Abirón?” Además, si se me hubiera propuesto a mí este asunto a tratar, ¿cuándo podría yo decir: “Aunque el seno de un útero envenenado haya escondido por mucho tiempo el parto nocivo de un semen viperino y los coágulos húmedos del crimen concebido con un calor lento se hayan transformado en miembros de áspides, sin embargo, el virus concebido, al desvanecerse la sombrilla, no pudo ocultarse. Pues aunque tarde, los deseos llenos de maldades dieron a luz la iniquidad pública y su parricidio?” ¿Cuándo me torturaría yo para buscar estas imágenes? ¿Cuándo me rebajaría para expresarlas? ¿Cuándo llegaría yo a excitar con tal ímpetu y sonoridad el ánimo del lector o del oyente al aborrecimiento de las culpas? Pero ¿acaso estas invectivas son menos veraces referidas a aquellos contra los que las lanzan? ¿Acaso por esta elocuencia disminuye la credibilidad o se resquebraja la autoridad de concilio tan importante? En modo alguno, y se eligió el texto que parecía más elocuente, porque todos querían tomarlo como suyo, a fin de que en uno solo resonaran las voces de los trescientos diez que callaban.
Esta es la elocuencia que tú has vituperado, la que tú has aconsejado alejar con horror y evitar como sediciosa y maliciosamente artificial aun con su nombre griego, ésta es la que halagó a tantos obispos vuestros hasta el punto de que en su concilio plenario no quisiera nadie pronunciar su sentencia particular, sino que todos tomaron como suya una sola, la que se pudo tener por más elocuente y elegante, compuesta por uno solo. Permítasenos, pues, a nosotros disputar sin animosidad contra los errores de los hombres con un lenguaje no vulgar, ya que tan importantes obispos vuestros han podido condenar a los mismos hombres con tal elocuencia y elegancia.
El celo por la verdad
III. 3. También reprendes con el nombre peyorativo de apasionada rivalidad el anhelo de luchar por la verdad, pues siempre hemos querido debatir con los vuestros para que, eliminado el error, la caridad fraterna se alegrase con el vinculo de la paz. ¿No sería mejor, te ruego, debatir entre obispos sobre la causa de la verdad y de la unidad con palabras pacíficas y en lugares más pacíficos, que estar litigando los obispos en el foro recurriendo a los abogados? Esto es lo que hicieron los partidarios de Primiano, vuestro obispo de Cartago, ante el legado de Cartago y cuatro o más procónsules contra Maximiano y contra los que con él fueron condenados en el célebre concilio de Bagái. Ciertamente, en una conferencia de debate se ha de procurar no llegar a un litigio, cosa que pueden y suelen evitar los espíritus moderados y mansos; cuando, en cambio, la conferencia se desarrolla en el foro con abogados que luchan en favor de una y otra parte, ya hay, sin duda, contienda judicial. Y no reprendo yo esto en los vuestros si se ven forzados a ello no por afán de contienda, sino por la necesidad de mirar por algo; pero sí te aconsejo a ti, como varón dotado de buen ingenio, que prestes atención, que veas, que entiendas que aquellos que no evitaron, sino que aceptaron y practicaron el estrépito del foro y los altercados del proceso, para dejar convictos a los acusados y expulsar a los que ya habían condenado en el concilio, habían podido debatir pacíficamente con nosotros con mucha mayor facilidad, a no ser que prefirieran encubrir con la astucia una mala causa a solucionarla con la discusión.
Se repite la cuestión del bautismo
IV. 4. Ahora bien, antes de llegar a mi discurso en que reprendí a Primiano, me preguntas de quién es conveniente que recibas tú el bautismo: de aquel que yo aseguro lo tiene, o de quien afirma tu hombre que no lo tiene. Esta cuestión ha sido retirada, también por la causa de Maximiano, de la vana locuacidad de los ignorantes, al menos en lo que a nosotros concierne, porque entre los maximianenses sigue aún; ya que los vuestros, después de condenar por el sacrilegio del cisma a Maximiano, a quien, siendo su diácono, había condenado Primiano, y quien, con la conspiración de muchísimos colegas, le había condenado a su vez, condenaron en seguida, en la misma sentencia, junto con Maximiano a los doce que lo consagraron. A dos de éstos, Pretextato de Asuras y Feliciano de Musti, los vuestros los acusaron ante el tribunal proconsular; demostraron luego que habían sido condenados por el concilio de Bagái, alegando dicha sentencia los abogados, y, habiendo intentado expulsarlos, por orden del procónsul, de los lugares que tenían, sin poder conseguirlo, les recibieron en su comunión dejándoles íntegros sus honores; y a la vez, admitidos en paz sus fieles, no rebautizaron a ninguno de los que habían ellos bautizado en el cisma.
- Existe un decreto del concilio de Bagái, alegado ante el procónsul por el abogado de la causa Numasio, cuando exigía que la iglesia de Membresa fuera devuelta a la comunión de Primiano tras la expulsión de Salvio, que la tenía desde antiguo, donde se había ganado el episcopado en el partido de Donato. Pero Numasio solicitaba esa expulsión, porque lo citaba como condenado por el concilio de Bagái entre los otros doce consagrantes de Maximiano, aunque él por error decía sólo once. Ticiano leyó después esta reclamación de Numasio, pleiteando expresa y nominalmente ante el mismo procónsul contra Pretextato y Feliciano. Estas son las palabras del abogado Ticiano: “Pero la iniquidad se complace en sus proyectos y no se abandona a sí misma, una vez que se ha derrumbado en su caída. Pues el mismo Maximiano fomenta la audacia inicial y excita a otros a su furor. Entre los cuales se halla también cierto Feliciano, quien, siguiendo primeramente el camino recto, se deja ofuscar por el contagio de esta depravación; residió después en la ciudad de Musti, y creyó que había de retener como en un asedio las paredes consagradas al Dios omnipotente, la venerable iglesia. A éste le imita también Pretextato en la región de Asuras. Pero como la comunidad de los sacerdotes llegara a conocimiento de tu poderosa equidad, ordenaste, como lo atestiguan las actas, que, excluida toda réplica, era preciso que los espíritus impíos entregaran las iglesias reclamadas a los santísimos sacerdotes”.
Poco después, para mostrar lo que se estableció, el mismo abogado Numasio lee la reclamación que citamos arriba, en que dijo en nombre del procónsul: “Lee la sentencia de los obispos”, y se leyó en voz alta el famoso decreto de Bagái con estas palabras:
“Maximiano, enemigo de la fe, corruptor de la verdad, enemigo de la madre Iglesia, ministro de Datán, Coré y Abirón, ha sido fulminado del gremio de la Iglesia por el rayo de nuestra sentencia, y como la tierra abriéndose aún no lo devoro, lo reservó en la altura para un suplicio mayor. Pues, arrebatado, él había ganado su pena con la brevedad de su muerte; ahora recoge los intereses más elevados de su deuda al estar muerto en medio de los vivientes”.
Después se da a conocer la sentencia de Bagái contra aquellos doce consagrantes con estas palabras: “No es sólo a éste a quien condena la justa muerte merecida por su crimen; la cadena del sacrilegio arrastra también a compartir el crimen a muchísimos otros, de los cuales está escrito: Veneno de áspides hay bajo sus labios, su boca rebosa maldición y acritud. Rápidos son sus pies para verter sangre; desolación y miseria hay en sus caminos. No han conocido la senda de la paz, no hay temor de Dios delante de sus ojos 1. No quisiéramos fueran como cortados de la unión del propio cuerpo. Mas como la corrupción pestífera de una llaga gangrenosa recibe más alivio de la amputación que remedio de la conmiseración, se ha encontrado una acción más saludable para que el virus pestífero no invada todos los miembros: cortar la herida abierta con un dolor concentrado. Sabed que, según el arbitrio de Dios que nos preside, por la boca verídica del concilio universal han sido condenados los culpables del célebre crimen: Victoriano de Carcabia, Marciano de Sullecto, Bejano de Bejana, Salvio de Ausafa, Teodoro de Usala, Donato de Sabrata, Miggene de Elefantari, Pretextato de Asuras, Salvio de Membresa, Valerio de Melzi, Feliciano de Musti y Marcial de Pertusa, quienes en una funesta obra de perdición han formado un vaso despreciable con abundantes heces; y también lo fueron los que en algún tiempo fueron clérigos de la Iglesia de Cartago, quienes, asistiendo al crimen, sirvieron de alcahuetes a este incesto ilícito”.
Después de haber condenado a éstos, entre los que se leen Pretextato de Asuras y Feliciano de Musti, con los cuales, como dije antes, tras conseguir contra ellos las órdenes proconsulares, se pusieron de acuerdo, concedieron a los restantes que se hallaban en el cisma de Maximiano y habían condenado también a Primiano, en atención a que no habían intervenido en la consagración de Maximiano, un plazo limitado a una fecha determinada en el mismo concilio de Bagái. Dicho plazo se halla definido con estas palabras: “A aquellos, en cambio, que no mancharon los retoños del arbusto sacrílego, esto es, que por un pudoroso respeto de la fe retiraron de la cabeza de Maximiano sus propias manos, a éstos les hemos permitido volver a la madre Iglesia. Pues cuanto nos purifica la muerte de los reos, otro tanto nos alegra la vuelta de los inocentes. Y para que la brevedad del plazo de retorno no quite la esperanza de la salud, restringida por la urgencia del día, abrimos de par en par las puertas de la admisión hasta el día veinticinco de diciembre a todos los que conozcan la verdad, permaneciendo firmes las decisiones precedentes; así, al regresar, obtienen el título íntegro de su honor y su fe. Si alguno, por su indolente pereza, no pudiera entrar por ella, sepa que él mismo se ha cerrado voluntariamente la fácil entrada. Quedarán sujetos a la sentencia dictada y a la penitencia prefijada para los que tornan después del tiempo establecido”.
Los maximianenses fueron recibidos sin ser rebautizados
V. 6. Que han vuelto algunos de todos éstos a vuestra comunión, ni vosotros lo negáis, y como el asunto es tan reciente, la noticia es bien conocida y clara, puesto que viven los hombres de que se trata: tanto aquellos a quienes se concedió el plazo, puesto que, como lo indican bien claro las palabras del mismo concilio, los invitan a tornar a la madre Iglesia y se congratulan por su vuelta cual si fuesen inocentes, como los otros a quienes condenaron junto con Maximiano sin interponer plazo alguno, bautizaron fuera de vuestra Iglesia, ya hasta el día del plazo, cuando estaban en comunión con Maximiano perteneciendo a su cisma, ya incluso pasada la fecha del mismo, cuando el abogado Ticiano solicitaba fueran expulsados de las basílicas nominalmente Pretextato y Feliciano, con los cuales Primiano después llegó a un acuerdo, manteniéndoles todos sus honores. ¿Cómo osáis ya decir que no se puede dar el único bautismo sino en la única Iglesia, pues habéis reconocido, habéis aceptado, no os habéis atrevido a anular sin discusión alguna el bautismo dado por éstos en el cisma sacrílego? Y, sin embargo, no podéis decir que no les disteis nada a los que recibisteis en el mismo bautismo. Cierto que si yo os preguntara qué les habéis dado, sin duda alguna responderíais: para que no pereciesen en el sacrilegio del cisma, para que tuvieran el bautismo de Cristo para premio y no para castigo, para su salud y no para su destrucción como ocurre con el carácter del soldado en los desertores, les hemos dado la paz, les hemos dado la unidad, les hemos dado la sociedad de la Iglesia, a fin de que mereciesen recibir aquel Espíritu Santo mediante el cual se difunde la caridad en nuestros corazones 2, y sin el cual nadie puede llegar al reino de los cielos, aunque haya recibido todos los sacramentos legítimos.
Esto responderíais con toda veracidad si tuvierais la verdadera Iglesia. Sin embargo, es suficiente advertiros que os deis cuenta que vosotros recibiréis en la verdadera Iglesia lo que creísteis que recibieron en vuestra comunión aquellos a quienes bautizaron en el cisma de Maximiano quienes volvieron con ellos a vosotros; que, igualmente, después de recibir el bautismo de Cristo, vosotros seréis castigados si no mantenéis la unidad de la Iglesia, lo mismo que no dudaríais que debían ser castigados, si no se unieran a vuestra comunión, los bautizados en el cisma de Maximiano, a quienes juzgasteis no se les debía anular el bautismo al venir de allí a vosotros.
Así pues, ya ves cómo se ha resuelto en la causa de Maximiano lo que te preguntaba sobre el sacramento del bautismo.
Paralelismo entre los donatistas y los maximianenses
VI. 7. Ea, veamos ahora los argumentos con que creíste haber refutado mi carta. En primer lugar, preguntas por qué llamo yo a los vuestros donatistas, añadiendo que Donato no fue el autor y fundador de una Iglesia que no había existido antes, sino que fue uno de los obispos de la Iglesia que procede de Cristo y era ya antigua. Ya se ve que no te das cuenta que esto también lo dice Maximiano de sí mismo, a partir de cuyo nombre denomináis vosotros a toda su comunión. Y el cisma que él llevó a cabo no lo distinguís de vosotros o de las otras sectas sino con el de maximianistas o maximianenses o cualquier otro que se derive del nombre de Maximiano; o también, lo denomináis más simplemente, y sin temor a la férula de los gramáticos, partido de Maximiano.
¿Dirías a esto quizá que Maximiano llevó a cabo una separación de vuestra comunión, pero que Donato no hizo esto separándose de la comunión católica? No dice esto Maximiano, pues afirma más bien que Primiano y todos vosotros os separasteis del partido de Donato en que permaneció él, y lee los decretos de los concilios: el primero, que tuvo lugar en Cartago con la presencia de cuarenta y tres obispos, que anticipó la condena a Primiano; el otro, que celebraron en Cabarsusa cien o más entonces obispos vuestros, que lo condenaron entera y plenamente. ¿Qué responderéis a quien presente tales documentos, sino que tenía mayor autoridad el concilio de Bagái, en el cual trescientos diez condenaron al mismo Maximiano y a sus compañeros, cuando Primiano no defendía su causa ante ellos como buscando ser absuelto, sino que, juntamente con ellos, como el juez más inocente examinaba la causa, pronunciaba sentencia contra Maximiano y sus doce compañeros y consagrantes, y, concediendo un plazo, llamaba, como si fueran inocentes, a su propia paz a los restantes obispos, que le habían condenado?
Prosigue el paralelismo
VII. 8. En esta vuestra contienda, ¿qué mediación queréis arbitremos nosotros, ya que no nos detiene la comunión ni con Maximiano ni con vosotros? ¿Qué dictámenes, digo, queréis que demos sobre esto, sino que, contra los dos concilios que condenaron a Primiano, el único concilio posterior de Bagái, que condenó a Maximiano, debe prevalecer en favor de aquél, juzgando debe ser tenido como tanto más firme cuanto que, como posterior, pudo juzgar de los anteriores? He aquí una cuestión en que estamos con vosotros; sería diferente nuestro litigio con los maximianenses si nos atreviéramos a dar nuestra opinión. En esta cuestión, repito, estamos con vosotros.
El tercer juicio, el de Bagái, se pronuncia en favor de Primiano contra Maximiano y sus colegas; como posterior pudo justamente anular los anteriores. Es verdad que no hemos leído ni oído ninguna apelación de Primiano de los dos primeros a un tercero; lo único, esto: que estaba ausente cuando fue condenado provisionalmente en el primero y definitivamente en el segundo. Pero también contra Maximiano y sus compañeros se pronunció la tan expresiva sentencia de Bagái estando ellos ausentes. En cambio, los cuarenta y tres obispos reunidos en Cartago demostraron haberse conducido con más moderación, cautela y cuidado en el hecho de haber enviado por una, dos o tres veces legados al mismo Primiano, a fin de que, si no quería él presentarse ante ellos, les permitiera a ellos llegarse a él. Rehusó, como escriben, una y otra proposición e incluso trató con injuriosa repulsa a los que habían sido enviados a él, y con ello sintieron les apremiaba la necesidad de mirar por el bien de la Iglesia; aun así no se atrevieron a dar precipitadamente una sentencia definitiva, antes bien optaron por una provisional, a fin de que, si confiaba en su causa, tuviese oportunidad de responder y disculparse en un juicio posterior y más concurrido. Primiano no quiso acudir, y entonces juzgaron los obispos que era necesario condenarlo con sentencia definitiva. En cambio, en el decreto del concilio de Bagái no sólo no leemos que Maximiano haya tratado mal a los legados, sino que ni siquiera los enviaron para que se hiciera presente; vemos, sí, que se levantó un altar frente a otro altar, y que se ordenó a un obispo contra el obispo que estaba sentado en la cátedra en que había sido ordenado, sin que le abandonase la asamblea del pueblo ni rompiese la comunión con él la mayoría de los obispos. Tal había sido la indignación provocada por el sacrílego cisma, que ya no se podía diferir más la condenación de Maximiano ni la de sus consagrantes.
- Siendo las cosas así, sin embargo, no os conmueven en favor de Ceciliano. Contra él, que permanecía presidiendo a su pueblo, levantando altar contra altar, se ordena a Mayorino. A él no le opusisteis dos juicios, como los maximianenses contra Primiano, sino uno solo, acelerado con la velocidad de una horrenda temeridad. Él no se negó, como Primiano, a que fueran los colegas, sino que, más bien, los invitó a acudir a él, hecho que ni ellos mismos, en el decreto de su concilio dictado contra él, pudieron pasar por alto. En su favor no se presenta después un solo juicio, como en favor de Primiano, sino cuatro. Sus adversarios, no ausentes como los de Primiano, sino presentes, fueron refutados ante los jueces que ellos habían aceptado para que juzgasen; ante el mismo emperador Constantino, ante quien habían acusado primero a Ceciliano; ante el cual se querellaron después de los jueces obispos, que había él señalado para juzgar la causa como si no hubiesen juzgado conforme a derecho; ante el cual interpusieron de nuevo apelación de otro juicio episcopal, de tal suerte que, instruyendo él mismo el proceso entre las dos partes, tras uno y otro juicio de los obispos, fueran derrotados. No les faltó una cuarta derrota. En efecto, habiendo sido descubiertos como autores de calumnia en las propias acusaciones contra Ceciliano, y habiendo introducido contra él el asunto referente a la entrega por parte de Félix de Aptonga, su consagrante, el mismo Félix fue absuelto en el juicio proconsular, cuando se dilucidó la causa por mandato del mismo Constantino, a quien apremiaban ellos con insistentes interpelaciones.
Los maximianenses no practicaron estos vejámenes contra Primiano, y no fueron vencidos tantas veces, ni fueron vencidos estando presentes, ni ante los jueces que ellos mismos habían elegido; y, sin embargo, como es manifiesto, ellos llevaron a cabo la separación de vuestra comunión, y no queréis reconocer que los vuestros hicieron eso mismo con la comunión católica; ignoro completamente con qué desfachatez de necia animosidad.
Si pretendéis que todo lo que dijisteis de Ceciliano y Félix su consagrante es verdadero, porque juzgaron esta cuestión cerca de setenta obispos, ¿por qué no queréis que sea verdadero lo que se dijo de Primiano, puesto que juzgaron sobre ello primero cuarenta obispos y después cien, y confirmaron en el juicio posterior el primer juicio provisional? Y si juzgáis que los crímenes achacados a Primiano son falsos porque consta en su favor y contrario a sus enemigos el juicio posterior de Bagái, ¿por qué no queréis reconocer como falsísimos los crímenes reprochados a Ceciliano, en cuyo favor se leen tantos juicios posteriores? Si Ceciliano, contra quien se pronunciaron una sola vez los setenta obispos, no debió encontrar ya modo de justificarse ante otros jueces, tampoco debió encontrarlo Primiano, a quien muchos más de setenta, confirmando una primera sentencia, lo habían condenado en una segunda investigación. Si un condenado por dos veces se siente más que suficientemente aliviado por un tercer juicio en su favor, ¿por qué sostenéis vosotros, con no sé qué cara dura, que al que ha sido condenado una sola vez no le basta para su absolución un segundo, tercero, cuarto o quinto juicio? Y si quizá os impresiona el número, de modo que juzgáis que contra los cien que condenaron a Primiano debe prevalecer el concilio de Bagái, ya que en él intervinieron trescientos diez, ¿por qué no queréis ir de acuerdo con el orbe de la tierra ante un número de obispos inmensamente superior?
El pecado contra el Espíritu Santo
VIII. 10. Reprochas a Ceciliano el pecado inexpiable contra el Espíritu Santo, del cual dice el Señor: No se le perdonará ni en este mundo ni en el futuro 3. Nosotros podríamos informaros sobre Feliciano de Musti, a quien tenéis hoy con Primiano como obispo; fue uno de los que consagraron a Maximiano y condenaron a Primiano; vosotros no rebautizasteis ni a los que él bautizó estando en el sacrílego cisma; también le habéis reprochado el pecado contra el Espíritu Santo, pues le achacasteis el sacrilegio del cisma, como lo proclamó la sentencia del concilio de Bagái. Como vosotros pensáis que han contraído el reato irremisible del pecado contra el Espíritu Santo los que acusáis de haber entregado a los pecadores las divinas Escrituras para que las quemasen, ya que los hombres de Dios dictaron las mismas Escrituras, impulsados por el Espíritu de Dios 4, así también nosotros podríamos objetar esto mismo y con más razón a los vuestros, a quienes declaran convictos las actas; podríamos demostrar además que vosotros habéis reprochado esto mismo, como dije, a Feliciano en el crimen del sacrílego cisma, puesto que es en el Espíritu Santo en quien se conserva la unidad de la caridad y de la paz, como dice el Apóstol: Soportándoos los unos a los otros con caridad, mostrándoos solícitos en conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz 5, que efectivamente viola el que causa un cisma. Sin embargo, no os reprochamos a vosotros este reato de pecado imperdonable y eterno que se comete contra el Espíritu Santo, porque no desesperamos que podéis sanar si os corregís mientras vivís; si lo achacamos a los vuestros que entregaron los santos Libros para que los consumiese el fuego, es sólo porque, separados de la unidad hasta el fin de esta vida, mantuvieron su corazón impenitente.
Tampoco se lo habéis reprochado a Feliciano y Pretextato, con los cuales estuvisteis después en comunión; ellos de quienes se lee que arrastrados en la cadena del sacrilegio, con Maximiano, al consorcio del crimen, fueron condenados por la boca verídica de vuestro concilio plenario y a quienes pasada la fecha del plazo, otorgada no ciertamente para ellos, ya condenados, sino para otros inocentes, los recibisteis, como está demostrado.
Disputas de gramáticos
IX. 11. A ti no te agrada que del nombre de Donato se derive el nombre de donatistas, y piensas es mejor formarlo según la regla de la expresión latina. No menosprecio tu aviso; sin embargo, busca a gramáticos como jueces para discutir ante ellos con los maximianenses sobre este arte y convencerlos a ellos. Yo no quiero ya llamarles maximianistas, para no molestar a oídos tan eruditos como los tuyos; cierto que éstos, en mi opinión, no van a ceder tan fácilmente como he cedido yo ante ti, hasta el punto de llamar claudianenses o cosa parecida a los que han llamado claudianistas cuando, entre otros crímenes por los cuales le aplicaron la condenación provisional y definitiva, achacaron a Primiano haberlos recibido en su comunión. A la vez has de reconocer que esta regla de la derivación no es a mí sólo a quien ha parecido bien, como me reprochas; antes bien, soy quizá el único que en esta materia, que no pertenece a la cuestión, ha cedido con tal facilidad.
Cisma y herejía
X. 12. También me juzgaste digno de una reprensión más severa porque al decir: “El sacrílego error de los donatistas heréticos”, llamando herejía a lo que tú quieres que se llame también cisma, los recibimos, no obstante, en nuestra comunión sin que hayan expiado su sacrilegio.
Tú que me reprendes tan duramente en este asunto, respóndeme cómo han hecho expiar los vuestros el sacrilegio de Feliciano y Pretextato, con los cuales entraron en comunión después, uniéndoselos y devolviéndoles el grado episcopal que antes tenían, y sin bautizar de nuevo a ninguno de los que ellos habían bautizado en el sacrílego cisma. ¿No estaban acaso manchados con el sacrilegio del cisma, como deliran algunos de los vuestros, afirmando que aquéllos no habían pecado contra Dios, sino contra un hombre? Pero el sacrilegio es un pecado tanto más grave cuanto no puede cometerse sino contra Dios. Así, en tu discusión no juzgaste deber reprenderme porque recibimos así a los que pasan de vosotros a nosotros, sino porque hablé de un error sacrílego. Pues bien, lee el concilio de Bagái; éstas son las primeras palabras que se encuentran allí: “Cuando por la voluntad de Dios omnipotente y de su Cristo celebramos el concilio en la iglesia de Bagái, Gamalio, Primiano, Poncio, Secundiano, Ianuariano, Saturnino, Félix, Pegasio, Rufino, Fortunio, Crispino, Optato, Donato, Donaciano y los restantes hasta trescientos diez, pareció bien al Espíritu Santo, que está en nosotros, asegurar una paz perpetua y suprimir los cismas sacrílegos”.
¿Lo oyes, lo adviertes, prestas atención? Dicen: “Suprimir los cismas sacrílegos”. Luego, cuando se pronunciaba esta sentencia, ¿sólo Maximiano por su perversidad malvada, no contra un hombre, sino contra Dios, era reo en este cisma del crimen de sacrilegio? Lee un poco después qué dicen de sus compañeros, entre los cuales se encuentran escritos los nombres de aquellos obispos de que se trata: “Y no sólo le condena a él la muerte justa originada por su crimen; la cadena del sacrilegio arrastra también a muchísimos a la complicidad de su crimen”.
La expiación de Pretextato y Feliciano
XI. 13. ¿Qué hay, varón elocuente? ¿Tienes algo que responderme? Lee lo que sigue; mira a Pretextato y a Feliciano atados entre tantísimos que arrastra a la participación en el crimen la cadena de aquel sacrilegio. Veo obispos sacrílegos: ¿Qué haces, si no demuestras su expiación? Sin duda te verás forzado a creer en la verdad, por la cual decimos que los vuestros son purificados, cuando vienen a nosotros, por el mismo vínculo de la paz fraterna y por la caridad que cubre sus pecados, como está escrito: La caridad cubre la muchedumbre de los pecados 6. ¿Qué es de aquellos a quienes bautizaron los que estaban separados de vuestra comunión y unidos a Maximiano en la sociedad de aquella sacrílega cadena? A ellos los habéis admitido vosotros a vuestra paz y concordia con ese bautismo.
¿Qué vas a responder tú, sino que vosotros habéis aprobado justamente los mismos sacramentos que nosotros aprobamos en vosotros? Serás más consecuente contigo si das esta respuesta y no luchas contra lo escrito en tu carta. En ella, al intentar demostrar que entre nosotros y vosotros no se ha producido una herejía, sino más bien un cisma, dijiste que nosotros y vosotros teníamos una sola religión, los mismos sacramentos, sin diferencia alguna en la práctica cristiana. No pudiste, en efecto, acusar con palabras más duras que éstas la repetición del bautismo, cuando los vuestros rebautizan a los que se han atraído de entre nosotros; en todos, piensas y dices y escribes, se encuentran los mismos sacramentos. ¿Con qué malvado descaro no se observa en los que bautiza el orbe cristiano en la santa unidad lo que se ha mantenido en los que bautizaron Pretextato y Feliciano en el sacrílego cisma?
Así pues, la causa que sostenemos con vosotros la habéis resuelto con vuestra determinación de recibir en la concordia del altar, sin degradación alguna, sin repetición del bautismo, a aquellos que habían sido condenados por vosotros, que habían amonestado con todo encarecimiento a sus pueblos que no acudieran a vosotros, juntamente con aquellos a quienes habían bautizado los que estaban fuera de vuestra comunión en el sacrilegio del cisma, y pensasteis que no habían sido purificados de aquel crimen del sacrilegio, sino con el santo fuego de la caridad. Cierto que esto sería así si vosotros mantuvierais esa caridad en la verdadera unidad.
Conciencia y opinión pública
XLI. 14. Veamos también, respecto a las palabras de la carta de Petiliano, que quisiste defender contra mí, cómo te desenvuelves en este asunto de los maximianenses; el único sobre el que he determinado tratar ahora en respuesta a tu carta.
Estas son sus propias palabras: “La conciencia del que da santamente el bautismo es lo que se tiene en cuenta para que purifique la del que lo recibe”. Yo le respondí: “Qué sucede si la conciencia del que lo da está oculta y quizá manchada? ¿Cómo podrá purificar la conciencia del que lo recibe?” Esta cuestión inevitable, como no puede hallar solución en absoluto en las palabras de Petiliano, has intentado dársela con las tuyas, y hablaste no contra mí, sino contra aquel a quien querías defender. Él dijo ciertamente: “La conciencia del que da el bautismo es la que se tiene en cuenta para que purifique la del que lo recibe”. Tú, en cambio, confesando que no puede verse lo oculto de la conciencia, dijiste que la tenía en cuenta no el sentido de que se la vea a ella, sino en cuanto se la conoce por la opinión pública. De donde se sigue que no es verdad que la conciencia del que da el bautismo limpia la del que lo recibe, sino que, según tú, es la opinión pública sobre él la que limpia, la cual ciertamente engaña al que ve, cuando habla bien del malvado, castamente del adúltero, religiosamente del sacrílego. Ella purifica justamente cuando miente. Pues si, tratándose de un pecador oculto, la opinión pública dice la verdad, entonces no purifica, sino que mancha a quien recibe de aquél el bautismo. Por esto esa opinión pública que has querido usar como abogada de una causa tan mala, mira de qué calidad es, ya que purifica cuando es falsa y mancha cuando es verdadera; de suerte que con tu maravillosa discusión no es mentirosa el agua cuando es mentirosa la opinión pública.
Conciencia de Feliciano y opinión pública
XIII. 15. ¿Qué necesidad hay de hablar más de esto, cuando vemos hoy sentado entre vuestros obispos a Feliciano, que, habiéndose separado de ellos, se unió a Maximiano en la cadena del sacrilegio, y nadie rebautizó a los que él había bautizado? Pregunto a Petiliano qué conciencia tuvo él entonces, y leo el decreto del concilio de Bagái, donde está escrito: “No es sólo a éste a quien condena la justa muerte originada por su crimen; la cadena del sacrilegio arrastra también a compartir el crimen a muchísimos otros, de los cuales está escrito: Veneno de áspides hay bajo sus labios, su boca rebosa maldición y acritud” 7. Entre esa tal multitud se encuentra también Feliciano, a quien, a pesar de sus labios y su boca, no habéis rechazado, ni cortado, ni destruido el agua de su bautismo, y como ella está consagrada por las palabras evangélicas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, en cualquier lengua o conciencia que sea, la reconocisteis y aceptasteis no como mentirosa, sino como verdadera.
A ti, en cambio, te pregunto sobre este Feliciano, cuya conciencia había sido tan mala cuando bautizaba en la cadena del sacrilegio, cuál era entonces la opinión pública sobre él, y cito también el mismo concilio, donde está escrito: “Los reos del famoso crimen Victoriano de Carcabia” y, entre los restantes que es molesto repetir, “Pretextato de Asuras y Feliciano de Musti, quienes en una funesta obra de perdición han formado un vaso despreciable con abundantes heces”, y un poco después: “Sabed que han sido condenados por la boca verídica del concilio”.
Quien purifica es la gracia de Dios, no la del hombre
XIV. 16. ¿Qué respondes a esto? Si no bautiza el que está separado de vuestra comunión, leo que han bautizado los que fueron arrastrados con Maximiano a la participación en el crimen. Si no bautiza el que peca contra Dios, leo que han bautizado los que están ligados con la cadena del sacrilegio. Si se atiende a la conciencia del que da santamente el bautismo para que purifique la del que lo recibe, leo que han bautizado los envenenados con los mordiscos de áspides. Si para que la conciencia del que lo da pueda limpiar se tiene en cuenta la opinión sobre él, leo que han dado el bautismo los reos del célebre crimen. Tenemos aún entre los vivos a Feliciano, con él están todos los bautizados por él en el sacrílego crimen, recibidos en vuestra comunión y no rebautizados por nadie. Contra Petiliano tenemos un manchado que bautizó con la conciencia sacrílega; contra ti, el reo del célebre crimen que bautizó.
¿Por qué motivo, te ruego, os defendéis sino para llegar a decir algún día, convencidos por vuestros propios hechos, lo que nosotros decimos? Esto es, que ni la conciencia ni la opinión sobre el que da el bautismo limpia la conciencia del que lo recibe, sino la fe del que lo recibe y la gracia de Dios que lo concede, no la del hombre; y si no existiese en el que lo recibe la petición de una buena conciencia 8, y si vacila la fe total o parcialmente, habría que corregir las costumbres de los hombres, no destruir los sacramentos, que tú mismo confiesas no son diferentes o semejantes, sino absolutamente idénticos; como vosotros juzgasteis que había que cambiar la vida y la voluntad de los que Feliciano y Pretextato bautizaron en el cisma sacrílego, a fin de que no permaneciesen en aquel sacrílego cisma, pero no había que violar el bautismo, aun el administrado por los más indignos a las personas más indignas.
Falsas acusaciones
XV. 17. Por consiguiente, en vano has querido con tu boca malvada acusar nuestra conciencia como delatada y condenada por el crimen de turificación, de entrega, de persecución, como si de aquí pudieras demostrar que nosotros no podemos dar el bautismo, lanzando falsedades contra nosotros, y, en cambio, sea lo que sea, pudo dar el bautismo la conciencia de los maximianenses condenada por el crimen sacrílego, bautismo que vosotros temisteis anular y, con vuestro ejemplo, probasteis que pueden darlo los perseguidores. Vosotros que habéis perseguido con toda dureza a los maximianenses, no sólo bautizáis, sino defendéis que sólo vosotros debéis bautizar.
Interpretación de textos bíblicos
XVI. 18. Dices que está escrito en la Ley: El óleo del pecador jamás ungirá mi cabeza 9. No es éste el texto exacto ni debe ser entendido como tú piensas. ¿No es acaso óleo del pecador el óleo de los sacrílegos Pretextato y Feliciano?
Dices también que está escrito: Al bautizado por un muerto, ¿qué le aprovecha su purificación? 10 Tampoco prestas a esto mucha atención y no entiendes por el contexto qué significa. Sin embargo, atiende a la resonancia de la elocuente sentencia de Bagái que dice: “Es bien de desear el parentesco unido a la paz y la concordia, como está escrito: La justicia y la paz se han besado 11. Pero la ola verdadera ha lanzado los cuerpos náufragos de algunos contra los ásperos escollos; como sucedió con los egipcios, la orilla está llena de los cadáveres de los que perecieron, cuyo castigo es mayor que la misma muerte, ya que las aguas vengadoras les arrancaron el alma y no encuentran ni sepultura”. ¿Cómo pudieron bautizar éstos no sólo muertos, sino, lo que es más grave, insepultos? ¿Cómo les aprovechó el lavado a quienes fueron bautizados por esos muertos, a quienes acogisteis en el mismo baño sin haberlos lavado de nuevo, si se ha de entender como piensas? Pues en mi carta, a la que te crees que respondes, piensas que sólo admití al idólatra como reo de un gravísimo pecado, e insistes machaconamente en probar que ningún pecador queda exceptuado de lo que dices que está escrito: El óleo del pecador jamás ungirá mi cabeza 12. Mira si Feliciano y Pretextato no fueron pecadores, si se decía en tan gran concilio que los arrastraba con Maximiano la cadena del sacrilegio. Ea, atrévete a afirmar, atrévete a porfiar, atrévete al menos a decir que fueron ciertamente pecadores, pero ocultos, aquellos de quienes leo allí que fueron reos del célebre crimen. Aunque sus pecados hubieran sido leves, aunque hubieran quedado ocultos, con el testimonio que aduces sobre el óleo del pecador, con tu interpretación intentas sacar la conclusión de que no queda exceptuado ningún pecador. ¿Dónde estaréis vosotros si esto es así; adónde huiréis, en qué refugio podréis esconderos con vuestros sacrilegios, con vuestros reos del célebre crimen, con vuestros cadáveres insepultos?
- Dices que, cuando se nos objeta con qué licencia nos arrogamos el derecho de bautizar, no hablamos del mérito de los actos ni de la inocencia de la vida, sino que afirmamos que a todos les está permitido; y que, como reos de crímenes ya juzgados, nos vemos forzados a confesar abiertamente que hemos pecado al querer demostrar que todos los pecadores tienen la facultad de bautizar. Como si en razón de nuestros méritos debiéramos hablar contra Dios, de modo que cuanto más justos somos, tanto más justo hacemos el bautismo, cuando en realidad ningún hombre debe presumir de su justicia, y por ello demostramos que el bautismo es sobre todo de Cristo, no de los hombres, y, en consecuencia, no varía a tenor de la diferencia de los méritos de los hombres.
Me extendería más en esto si no me pareciera mejor servirme del resumen que me habéis suministrado vosotros. Admitido, y sin destruirlo, el bautismo que dieron los maximianenses, esos áspides, víboras, parricidas, cadáveres egipcios y todo el resto de invectivas que, para facilitarnos en grado sumo la causa, lanzó contra ellos con grandilocuencia el concilio de Bagái, admitido ese bautismo, vosotros os habéis convencido de que el bautismo no depende ni de los méritos de los que lo administran ni de los de aquellos que lo reciben, sino de su propia santidad y verdad, en atención a quien lo instituyo para perdición de los que lo usan mal, para salvación de los que se sirven bien de él.
Los donatistas no se muestran seguidores de Cipriano
XVII. 20. Me sorprende cómo te han podido persuadir a ti también para que mencionases en la discusión a Cipriano, cuyas cartas, aun las que vosotros le atribuís, sobre la invalidación del bautismo que dan los herejes y cismáticos, echan por tierra toda vuestra causa. Pero esto es cuestión que debemos tratar contra los maximianenses u otros, que no admiten el bautismo dado entre vosotros o entre nosotros. Cierto que vosotros ya habéis solucionado con admirable facilidad esta causa, ya habéis aceptado el bautismo dado en el cisma sacrílego de Maximiano, admitiendo a la vez a Pretextato y Feliciano junto con su pueblo; ya habéis combatido sin vacilación alguna contra lo que decís son cartas de Cipriano y de todos los que pensaron igual.
Respecto a los orientales, dices que se separaron de vuestra comunión porque, pensando después como nosotros, prefirieron cambiar el juicio que habían tenido sobre el bautismo; si fueron pocos los orientales que hicieron esto, cosa que ciertamente interesa si puede demostrarse, lo cierto es que ellos corrigieron su juicio. También vosotros, al aceptar el bautismo que se dio en el cisma de Maximiano, habéis roto vuestra antigua opinión; sin embargo, estáis entre vosotros y no queréis estar con los orientales.
Cresconio deforma la doctrina de Agustín
XVIII. 21. Te parece que has encontrado campo para explayar tu elocuencia en aquellas palabras de mi carta: “Reciba uno el bautismo de un fiel o de un infiel, toda la esperanza la debe tener en Cristo”. Ante esto exclamas diciendo: “¡Deslumbrante mandato de un sacerdote, laudables preceptos de justicia de un buen padre! No hay que discernir -dice- entre el fiel y el infiel; lo mismo debe parecerte el piadoso que el impío; nada aprovecha vivir con buenas costumbres, ya que todo lo que puede realizar un hombre justo, lo puede realizar también el injusto. ¿Se puede expresar algo más inicuo que este mandato: que purifique a otro el manchado, que lave el sucio, que limpie el inmundo, que comunique la fe el infiel, que el criminal haga a uno inocente?”
Estas son claramente tus palabras, con las que reprendes mi pensamiento, cuando yo en absoluto he pensado ni escrito eso. Efectivamente, entre el fiel y el infiel hay una diferencia enorme, no por lo que toca al sacramento, si lo tiene el uno y el otro, sino al mérito, ya que el uno lo da para la salud y el otro para el castigo, y lo que le está permitido realizar al justo, no lo puede realizar el injusto, porque aunque el injusto puede bautizar, no puede, sin embargo, entrar en el reino de los cielos, ni purifica ni lava ni limpia ni hace inocente a nadie al administrarle el bautismo; quien lo hace es la gracia de Dios y la buena conciencia del que lo recibe. Mira si no hay diferencia alguna entre Primiano y Feliciano, cuando Primiano estaba sentado entre los trescientos diez, que decían del otro: Veneno de áspides hay bajo sus labios, su boca rebosa maldición y acritud. Rápidos son sus pies para verter sangre; desolación y miseria hay en sus caminos; no han conocido la senda de la paz. Mira si no estaba entonces manchado; si no era inmundo, vil, quien, recogiendo estas heces, hizo con ellas un vaso de inmundicia, si no era infiel teniendo en sus labios el veneno de los áspides, si no era un criminal el reo del célebre crimen. Y, sin embargo, al presente se sienta como obispo vuestro con Primiano y tiene con vosotros ahora a los que entonces bautizó, sin que nunca después fueran lavados.
El papel de Cristo en el bautismo
XIX. 22. Estáis luchando aún contra la verdad, sin conceder que Cristo es el que da siempre la fe, que Cristo es el origen del cristiano, que en Cristo se enraíza el cristiano, que Cristo es la cabeza del cristiano.
A aquellas mismas palabras puestas en la carta contra Petiliano añades estas tuyas: “Esto es lo que nosotros aconsejamos, esto lo que queremos, pero buscando por medio de quién se hace mejor”, y no atiendes a que no es esto lo que aconseja Petiliano, a quien entonces respondí y cuya carta, contra mi respuesta, intentas defender y sostener. Él dijo claramente: “Se tiene en cuenta la conciencia del que da santamente el bautismo para que limpie la del que lo recibe. Pues quien la recibe de un infiel, no recibe la fe, sino la culpa”.
Dime qué papel deja a Cristo para limpiar la conciencia del bautizado o de quién recibe la fe el bautizado, cuando dice que la conciencia del que da el bautismo es lo que se tiene en cuenta para purificar la del que lo recibe, y que no recibe la fe sino la culpa quien recibe la fe de un infiel.
Ciertamente parece que cedes ante el peso tan considerable de la verdad y dices que esto enseñas y esto quieres: que Cristo es el que da la fe y que Cristo es el que purifica para comenzar una vida nueva, aunque buscas por medio de quién se hace mejor lo que no puede realizarse sin ministro. Sin embargo, Petiliano no dijo: “Se tiene en cuenta la conciencia del ministro por medio de la cual Cristo purifica la del que lo recibe o por la cual Cristo da la fe”, sino que quiso que por medio de la conciencia del que lo da se purifique la del que lo recibe; y no dijo: “Quien recibe la fe por medio de un infiel, no recibe la fe, sino la culpa”, de suerte que pareciese que lo recibía de Cristo, pero por medio de otro, sino que dijo tajante: “La recibe del infiel”, y, como para probarlo, añadió: “Pues todo ser subsiste por su origen y su raíz, y si alguno no tiene cabeza, no es nada”, haciendo así al ministro origen, raíz y cabeza del bautizado, es decir, al ministro cuya conciencia dijo se tenía en cuenta, no porque Cristo purifique por medio de ella, sino porque es ella la que purifica la del que lo recibe.
La doctrina de Cresconio
XX. 23. Así es que en este lugar no respondo a Petiliano, cuyas palabras no defendiste, sino a ti, que has expresado tu opinión, has dicho no sé qué, pero no lo que dijo él. Tú, según escribes, quieres, tratas de persuadir que no es, como dijo aquél, la conciencia del que da el bautismo santamente la que purifica al que lo recibe o da la fe al que lo recibe, ni que ella es el origen, la raíz ni la cabeza del creyente, sino que por ella Cristo es el que lava, por ella Cristo da la fe, por la misma Cristo es el origen del cristiano, por la misma Cristo es la cabeza del cristiano, por ella el cristiano clava sus raíces en Cristo, por ella Cristo es la cabeza del cristiano.
Así buscas por medio de quién se llevará mejor a cabo lo que concedes es obra de Cristo, y en esto no niegas tú, por lo que veo, que esto se realiza también por medio de un ministro malo, pero dices también que puede hacerse mejor por medio de uno bueno. ¿Qué otra cosa es lo que dices: “Esto es también lo que nosotros enseñamos, lo que nosotros queremos, pero preguntamos por medio de quién se hace mejor?” Según esto, Cristo purifica también por medio de la conciencia manchada del que lo da no santamente, pero mejor por la conciencia limpia del que lo da santamente. Cristo da la fe aun por medio de un ministro malo, pero mejor por uno bueno; Cristo se hace origen del cristiano aun por un dispensador infiel, pero mejor por uno fiel; el cristiano clava su raíz en Cristo aun por medio de un obrero malo, pero mejor por uno honrado; puede Cristo ser cabeza del cristiano aun por medio de Feliciano, pero piensas tú que es mejor por Primiano.
- Por todo ello sé que entre nosotros es pequeña o casi nula la diferencia en esta cuestión. También yo digo que en la administración de los sacramentos es más útil que lo haga uno bueno que uno malo; pero esto es más útil para el mismo ministro, porque debe llevar una vida y unas costumbres a tono con los misterios que administra, no para el otro, que, aunque haya caído en manos de un ministro malo que administra la verdad, la seguridad la recibe del Señor, que dice amonestando: Haced lo que os digan, pero no imitéis sus obras, porque dicen y no hacen 13.
Añado también que es mejor para que el que lo recibe tenga más facilidad de imitar, con el amor, la honradez y santidad del buen ministro; pero no es más verdadero y más santo lo que se administra porque lo administre uno que es mejor. Los sacramentos son en sí verdaderos y santos a causa de la verdad y santidad de Dios de quien son, y por ello puede ocurrir que quien entre en la sociedad del pueblo de Dios se encuentre con un ministro que le facilite el bautismo y elija a otro a quien saludablemente pueda imitar. Él, en efecto, está seguro de que el sacramento de Cristo es santo aunque lo administre un hombre no santo o menos santo; pero para él la santidad del sacramento será un castigo si lo recibe indignamente, si usa mal de él, si no viviere de acuerdo y en conformidad con él.
Dos precisiones importantes
XXI. 25. Yo te pregunto: Si aquel a quien bautizó Primiano en vuestra comunión lleva una vida pésima, y a quien bautizó Feliciano en el cisma de Maximiano la lleva santa, ¿a cuál de los dos juzgas que le está abierto el reino de Dios: al que, siendo malo, bautizó uno bueno según tú, o al que, siendo un varón religioso, bautizó un sacrílego según el concilio de Bagái?
Claro que a lo mejor dices, y con verdad: “No puede uno ser piadoso y estar en el cisma”. De acuerdo. Sin embargo, puede estar en vuestra comunión, aunque oculto, bautizado por Primiano, a quien vosotros tenéis por hombre religioso. Pero si aquel a quien bautizó Feliciano en la cadena del sacrilegio abandona el sacrilegio del cisma y se corrige en la comunión eclesiástica, ¿te atreverás a decir que el bautismo se hace mejor en él, aunque no te atrevas a negar que aquel hombre pudo hacerse mejor?
Pues esto es lo que habéis juzgado en la realidad, ya que a todos aquellos a quienes bautizaron Feliciano y Pretextato en el sacrílego cisma, condenado y aborrecido por vosotros, los recibisteis con ellos cuando volvían, sin anular o repetir en absoluto el bautismo.
Pero si al decir: “Buscamos por medio de quién se haría mejor”, pusiste el grado comparativo por el positivo, diciendo: “Buscamos por medio de quién se haría mejor” como si dijeras: “Por medio de quién se haga bien”, queriendo indicar que por medio de un mal ministro se hace mal, en este caso, no te apremio con palabras, más bien te advierto que deberías haber dicho: “Buscamos por medio de quién se haga”, y no: “Buscamos por medio de quién se haga bien”, como si pudiera suceder que Cristo no diera bien la fe, que Cristo no fuera bien el origen y la cabeza del cristiano, que el cristiano no fijara bien su raíz en Cristo. En realidad, o no se hace, o, si se hace, sin duda se hace bien.
- Pero tratamos estas cuestiones a fin de que no se abandone la unidad del buen grano a causa de los malos administradores, no de sus sacramentos, sino de los del Señor, a quienes es preciso estar mezclados hasta el tiempo de la limpia final de la era del Señor. Ahora bien, crear un cisma en la unidad de Cristo o estar en él es ciertamente un mal, y un mal grave, y no puede suceder en modo alguno que Cristo dé al cismático no la fe, sino el error sacrílego, o que el cismático fije su raíz en Cristo, o que Cristo sea origen o cabeza para el cismático y, sin embargo, si él da el bautismo de Cristo, quedará dado, y si lo recibiere, recibido quedará, no para la vida eterna, sino para el eterno castigo, no por convertir en mal el bien que tiene, sino por tener el bien para mal suyo, al tenerlo siendo malo.
Prueba y confirmación de lo dicho: Feliciano y Pretextato
XXII. 27. Quizá solicitas que te lo pruebe. ¿Qué otra cosa puedo decirte sino lo que intenté en esta obra? Lee el decreto de Bagái, mira a Feliciano y a Pretextato. En el cisma dieron el bautismo; estando en el cisma fue aceptado su bautismo; unos y otros, bautizadores y bautizados, fueron recibidos y acogidos; ni aquéllos fueron degradados, ni éstos rebautizados.
Seguro que ya no preguntas si se realiza mejor por un ministro bueno o por uno injusto, ya que el bautismo que dio Primiano, justo según vosotros, no es mejor que el que dio Feliciano, un malvado. En verdad, ya te ves forzado a entender por qué dice el Apóstol: Ni el que planta ni el que riega son nada, sino Dios que da el crecimiento 14. Así recordarás que en vano dijiste: “Como para plantar y regar no se requiere sino un campesino diligente y fiel, así también en el sacramento del bautismo no se admite sino un obrero cabalmente justo”. He aquí que no fue ni diligente ni fiel ni justísimo, sino más bien el despreocupado de su salvación, el infiel y absolutamente injusto Feliciano, cuando asociado a Maximiano y, como lo proclaman los trescientos diez obispos vuestros por la boca elocuentísima de uno solo, establecido en la cadena del sacrilegio, administró el bautismo que no os habéis atrevido a anular.
- Ya ves, sin duda, que no se relaciona con esta causa el testimonio que adujiste del Profeta: Os daré pastores según mi corazón, y os pastorearán con obediencia 15. Feliciano, sacrílego, no era según el corazón de Dios, ni alimentaba las ovejas bajo la obediencia en el cisma sacrílego, y, sin embargo, bautizaba a aquellos en quienes reconocisteis, al recibirlos, que era de Dios, no suyo propio, lo que él daba.
A buen seguro que ya ves claramente por qué cité el pasaje de la santa Escritura: Mejor es confiar en el Señor que confiar en el hombre 16, y que en vano respondiste, por cuanto se refiere a esta causa, que tanto más buscas que sea justo y fiel el que celebra este sacramento cuanto más pones la fe y la confianza en Dios que en el hombre, y que es la fe y la justicia de Dios lo que tú miras en sus ministros. Ya ves que en Feliciano, cuando era reo del célebre crimen, no había fe ni justicia y, sin embargo, tenía el bautismo, y como acogisteis a los que lo habían recibido de él, decís que consiguieron la justicia, no que les faltase el bautismo.
El bautismo de Juan no viene al caso
XXIII. 29. Igualmente me preguntas después: “Si no puede anularse el bautismo dado por cualquiera y de cualquier manera, ¿por qué bautizaron los apóstoles después de Juan?” Si, como dices, bautizaron los apóstoles después de Juan, resuelve tú la cuestión de por qué no han bautizado los vuestros, después de Feliciano, a los que había bautizado él en el cisma sacrílego. Y así aprende que es completamente ajeno a esta causa lo que se lee o se comenta sobre el bautismo de Juan.
Ahora bien, no sé de dónde habrás sacado tú que los judíos, a los que dijo Pedro: Que cada uno de vosotros se bautice en el nombre del Señor Jesucristo 17, ya habían sido bautizados por Moisés, ellos que habían nacido tantas generaciones después que el siervo de Dios hizo atravesar a sus antepasados el mar Rojo 18. También puedes decir que tenían el bautismo de Moisés porque descendían de aquellos a los que, dice el Apóstol 19, bautizó Moisés; según esto, atrévete a decir que todos los que nacen de los fieles cristianos poseen ya el bautismo cristiano. Ves, pienso yo, que esto es una vaciedad sin nombre. Sea de esto lo que sea, aunque los apóstoles hayan bautizado después del siervo de Dios Moisés, yo te apremiaría a que dijeses por qué los vuestros no han bautizado a Feliciano, el sacrílego maximianense.
- Vayamos ya a una frase mía: “Si andaban fuera de camino los que querían ser de Pablo, ¿qué esperanza pueden tener los que quieren ser de Donato?” Pienso que no has refutado esto en la primera parte de tu carta, como tú mismo lo ves gracias a los comentarios anteriores. Por consiguiente, no son justas, como te parece y de ello te glorías confiado, las conclusiones que sacaste de lo que dijo Petiliano o cualquier otro.
A tenor del orden en que brevemente las has recorrido, recogiéndolas como un recuerdo, yo saco la conclusión de que no es justo lo que se ha dicho en esta causa de los maximianenses. En efecto, ni en Feliciano se daba la conciencia del que da santamente cuando, unido a Maximiano, era arrastrado por la cadena del sacrilegio y los que bautizaban eran bautizados por un reo del célebre crimen y, por ello, un infiel manifiesto ni aquéllos podían tener como origen, raíz y cabeza en orden a la salvación a un hombre sacrílego, ni era árbol bueno el condenado en la sociedad del sacrílego cisma que permanecía aún en el mismo sacrilegio, ni era un hombre bueno que pudiera presentar algún bien del tesoro de su corazón 20, cuando de él y de otros compañeros suyos se dice: Su boca rebosa maldición y acritud 21. Y, sin embargo, cuando los vuestros llegaron a la concordia con él, al final, aterrados por la fuerza de la verdad, reconocieron que el bautismo dado por él no era de él, sino de Cristo.
Optato de Tamugadi, Feliciano y Pretextato
XXIV. 31. Ea, veamos ya en su propio lugar cómo te desvinculas en tu carta de la causa de los maximianenses. Pues todos los que leen esta carta esperan sin duda qué es lo que has dicho tú, dónde lo dijiste o qué es lo que yo he respondido.
Así pues, no quiero discutir lo que respondiste a mis dificultades sobre Optato, el seguidor de Gildón, no quiero detenerme demasiado en la causa de un hombre sobre cuya condenación por los vuestros no trato. Echo por la borda esta dificultad, y quizá también para la posteridad, cuando haya caído en olvido su memoria. Pero al presente, cuando hay hombres que conocen su vida y sus costumbres, se quejarán de que he dicho poco sobre él antes que de que he afirmado cosas falsas.
Ellos no leen mis escritos como los lees tú, que me preguntas qué es lo que ha engullido aquel a quien yo he llamado ola furiosa, cuando tienes en esa ola precisamente a Pretextato y a Feliciano. Pues mis palabras a este respecto son éstas: “Ciertamente ellos insultan a sus cismáticos hasta llamarlos muertos e insepultos. Aunque tuvieron que optar por sepultarlos, no fuera a suceder que de entre la multitud de cadáveres insepultos que yacían en la orilla avanzase Optato, el seguidor de Gildón, con un ejército militar, se lanzase tierra adentro como onda furiosa y se engullese después a Feliciano y Pretextato”. ¿Por qué tú, al leer estas mis palabras allí, no las pusiste todas al intentar darles respuesta? ¿Por qué me arguyes no haber dicho qué es lo que engulló aquella ola furiosa, viendo allí escrito: “Se engullese después a Feliciano y a Pretextato?”
Conducta inconsecuente
XXV. 32. ¿Qué otra cosa suelen responder los vuestros, como si fuese una defensa adecuada, cuando se les pone delante el recibimiento que hicieron a Feliciano y Pretextato, que habían sido condenados? Simplemente: “Optato es el que lo quiso. Optato el que lo hizo”.
Esto lo atestiguan las ciudades de Musti y de Asuras; dicen ellas que, temiendo al ejército de Gildón, conforme a la amenaza de Optato, forzaron a sus obispos a tornar a la comunión de Primiano. Pero tú, como viste que no se podía negar descaradamente que esto lo había hecho él, negaste que yo hubiera escrito eso, pensando quizá que se podía negar más fácilmente mi escrito que aquella realidad. Pero concedamos que vuestros obispos, por no sé qué privilegio donaciano o numídico, pudieron negar sobre su colega lo que proclamaba el África entera, cuando ellos no permiten a los extremos de Oriente y Occidente ignorar las acusaciones lanzadas por africanos contra africanos, nunca probadas y tantas veces declaradas inexistentes; que es válido entre vosotros el bautismo dado por Optato, a quien no quisiste condenar pero tampoco te atreviste a absolver, y no concedamos ese valor a las Iglesias, fundadas por la fatiga de los apóstoles, de los corintios, gálatas, efesios, colosenses, filipenses, tesalonicenses y las restantes citadas en las santas Letras que vosotros habéis leído, en las cuales no se ha oído, no digo la célebre falsa acusación contra Ceciliano, pero ni siquiera quizá el nombre verdadero; concedamos que haya tenido Optato la conciencia del que da santamente, en aquella vida que tú, como lo indican tus escritos, aunque no te atreviste a condenar, pensando en nosotros, temiste, sin embargo, absolver mirando a Dios, lo mismo que en la opinión pública en la que te pareció podía tenerse en cuenta una conciencia latente; y acúsese la conciencia de tantos y tan grandes pueblos cristianos porque desconocieron los litigios, tan lejanos, de los africanos. Aun concedido todo eso, ¿pudieron ignorar de modo semejante los crímenes de esos dos, a saber, de Feliciano y Pretextato, a quienes condenaron en concilio plenario los trescientos diez obispos?
No hay contagio del mal si no hay consentimiento a él
XXVI. 33. Y aún reprochas a la unidad católica no sé qué actos de los nuestros que o son falsos o no son pecados, o, si son verdaderos y son pecado, no pueden manchar la sociedad de los buenos. Pues los buenos no comulgan en los pecados ajenos, en cuya ejecución no consienten, aunque estén en comunión con los que los cometen, aunque, hasta que sean separados como la paja de la era del Señor en la última bielda 22, no comulguen con ellos en sus pecados, sino en los sacramentos de Dios, y estando dentro de la misma red, como los peces buenos con los malos, hasta la separación, que tendrá lugar en la orilla, esto es, en el fin del tiempo como en la ribera del mar 23, se hallen separados de ellos no por el alejamiento de los cuerpos, sino por la diversidad de la vida y costumbres. Igual que los once apóstoles no comulgaban en los hurtos de Judas y, sin embargo, estaban visiblemente unidos con él mismo al Señor, escuchaban al mismo Maestro, recibían el mismo Evangelio que habían de creer, recibían los mismos sacramentos, mezclados con él en la misma sociedad corporal, separados por la desemejanza espiritual. Igual que el apóstol Pablo no comulgaba en la obstinación y la rivalidad, esto es, en los vicios diabólicos de los que no anunciaban a Cristo limpiamente, y sin embargo predicaba con ellos al mismo Cristo 24, participaba de los mismos sacramentos de Cristo y decía de ellos: Con tal que Cristo sea anunciado por oportunismo o sinceramente 25, pues de éstos comprendió y escribió el mártir Cipriano, tan amante de la unidad, que no estaban separados por cisma o herejía alguna, sino mezclados con los hermanos en una sociedad corporal 26. Igual que el mismo Cipriano no comulgaba en la avaricia, rapiñas, lucros de sus colegas, de los que decía “que sufriendo hambre los hermanos en la Iglesia, querían ellos tener dinero en abundancia, apoderarse de las propiedades con insidiosos engaños, aumentar sus intereses con la multiplicación de las usuras” 27, mal que él comparaba con la idolatría, sin embargo, no rehuía su compañía física, asistía con ellos a los mismos altares, participaba del mismo sacratísimo alimento y bebida. Ellos sí comían y bebían para sí 28, no para los otros, la condena; él, en cambio, no participaba con los tales en sus pecados, sino en los misterios de Cristo, muy unido a las asambleas, muy distante en las costumbres.
Para eso se propusieron aquellas semejanzas y aquellos ejemplos en las Escrituras, para que aprendiéramos a ser grano y a no abandonar la era del Señor por la mezcla de la paja 29; a ser peces buenos y no romper las redes para largarnos afuera por la mezcla de los malos 30; a ser vasos de misericordia hechos para el honor y limpios, y no huir de la gran casa por causa de los vasos de perdición y de afrenta. Por ningún otro motivo en la reunión y mezcla de unos y otros se tolera laudablemente a los malos, sino para no abandonar, para propia condenación, a los buenos. Como es esto lo que hacéis vosotros, llevados por la misma necesidad, con tan numerosos y manifiestos malos, puedes, si quieres, advertir fácilmente que sólo por esa animosidad sacrílega os separáis de tantos cristianos y tan grandes pueblos 31.
Comportamiento lógico de Cresconio
XXVII. 34. Así pues, si Optato, tan conocido en la sociedad de Gildón, o cualquier otro desconocido entre vosotros hubiera hecho algo malo y tú lo supieras, en el caso de que no pudieras separarlo de vuestra comunión, porque no se da crédito a tus acusaciones o porque no te atreves a acusarlo por si no puedes demostrar las acusaciones, o tendrás que abandonar el partido de Donato, o serás otro igual que aquel cuyo pecado conoces, aunque sea diferente tu conducta. Esto no es así conforme a la verdad, pero se os dice a vosotros con toda justicia, conforme a vuestra doctrina.
¿Quién ignora en efecto que tú eres ajeno al mal de aquél si no comulgas en el pecado consintiendo a él? Pero así te ves forzado a reconocer con qué impiedad reprocháis al orbe cristiano los crímenes de los africanos, o falsos o ciertamente desconocidos, al rechazar que te achaquen a ti lo que conoces de otro, porque no puedes persuadirles esto a aquellos de cuya sociedad no quieres separarte. Así, para no abandonar a los que tienes por buenos, te ves forzado a soportar a los que sabes que son malos, y por esto la verdad convence de maldad a todos los que, rompiendo la unidad con tantos pueblos, dejaron a los buenos por causa de crímenes ajenos, verdaderos o falsos, desconocidos, sin embargo, a los demás, pero que no le habían de perjudicar a él. Esta es la gran impiedad del partido de Donato y para que no pudierais excusarlo en modo alguno se os ha propuesto la causa de los maximianenses, para que, si queréis, corrijáis en ella, como en un espejo, vuestra sinrazón, y, si no queréis…, no quiero decir algo más grave, puesto que sé tienes corazón. ¿Qué tienes que oponer a esto?
Información deficiente de Cresconio
XXVIII. 35. Has hecho bien al escribir que cuando leíste todo lo que puse en mi carta sobre la condenación y admisión de los maximianenses, te sentiste muy afectado. Lo creo: veo cabalmente la causa que ha debido impresionarte tanto. Veamos, pues, cuál es el motivo que ha calmado esa tu conmoción.
Dices que inmediatamente hiciste una diligente investigación ante vuestros obispos y que por sus informaciones conociste el decreto del concilio, la sentencia pronunciada contra los que fueron condenados y el sucederse de los hechos. Después, como creíste que yo ignoraba lo que había tenido lugar, me amonestabas a que conociera lo que dice la verdad, y así me contaste cabalmente, no lo que contiene la verdad, sino lo que los vuestros ponen en lugar de la verdad a los incultos y a los descuidados.
Dices que cuando el error de Maximiano trataba de atraerse a cuantos más obispos mejor, los vuestros reunieron el concilio contra todos aquellos que habían persistido en el cisma, y dictaron la sentencia que mencionas que he leído yo también. Confirmada esta sentencia con el consentimiento de todos, pareció bien que se concediera por decreto del concilio un plazo de tiempo, dentro del cual se consideraría inocente al que hubiera querido corregirse. Y así sucedió que no sólo los dos que he citado sino también otros muchos fueron devueltos a la Iglesia purificados e inocentes.
Tú piensas que el bautismo de éstos no debió anularse porque, restituidos dentro del plazo señalado, no quedaron sometidos a la sentencia definitiva, ni cuando bautizaban estaban separados de la Iglesia, es decir, no estaban aún excluidos por la fecha tope del plazo.
Aquí, en la falsedad de tu relato, ya que no cité sólo tus opiniones, sino hasta tus mismas palabras, admiro tu ingenio, admiro tu espíritu en lucha contra el ingenio. Jamás se ha manifestado mejor en parte alguna el poder que tiene el prejuicio de la presunción humana, ya para no percibir la verdad más manifiesta, ya para afirmar la falsedad más descarada.
¿No ves que has puesto una contradicción tan clara que apenas puede creerse que un mismo hombre haya podido afirmar ambas cosas? Afirmas que se dio una sentencia contra todos los que hubiesen persistido en el cisma de Maximiano, y que pareció bien conceder un plazo de tiempo, dentro del cual se consideraría inocente al que hubiera tenido a bien corregirse. ¿Cómo dices también tú que éstos no han bautizado fuera de la Iglesia antes de corregirse de ese cisma? Según eso, cuando estaban con Maximiano ¿no estaban fuera de la Iglesia? ¿Te has dado cuenta de lo que dices? ¿Encuentras por dónde salir, adónde refugiarte, dónde esconderte?
Inconsecuencias de Cresconio sobre la sentencia del concilio y el plazo concedido
XXIX. 36. Ves, en verdad, que al intentar defender errores manifiestos ajenos no consigues sino añadir los tuyos, aún más manifiestos. Ea, lee tus palabras, yo las cito textualmente como las has escrito: “Cuando el error de Maximiano intentaba reunir a cuantos más obispos mejor, los nuestros reunieron un concilio contra todos los que habían permanecido en su cisma y dictaron la sentencia, que mencionas haber leído tú también. Confirmada esta sentencia con el consentimiento de todos, sin embargo -dices tú- pareció bien que se concediese un plazo, por decreto del concilio, dentro del cual se reconocería inocente al que hubiera tenido a bien corregirse”.
Al decir esto ¿no cierras tus ojos contra ti, para no advertir que todos aquellos que merecieron que el concilio dictara sentencia contra ellos porque estaban unidos a Maximiano, antes de corregirse dentro del plazo, se encontraban dentro del cisma? Luego allí bautizaban también. Dime, por favor: ¿Por qué arrojas sobre las cosas evidentes una vaga neblina que luego disipas con una no menor claridad de tus palabras?
Pues yo digo que Pretextato y Feliciano, consagrantes de Maximiano, bautizaron en el cisma sacrílego que cometieron y que los bautizados por ellos fueron recibidos con ellos sin anulación del bautismo que habían dado en el cisma, que habían administrado como sacrílegos, que habían recitado la fórmula sagrada con su boca llena de maldición, con sus labios con veneno de áspides. Tales son las cosas que se dicen contra ellos en la sentencia que no niegas que fue dada contra ellos.
Sólo vuelve a la Iglesia quien se ha alejado de ella
XXX. 37. A esto respondes tú que no fueron sólo estos dos que cito, sino que hay otros muchos que volvieron a la Iglesia inocentes y purificados dentro del término del plazo. Con esta observación me ayudas, afirmas conmigo la verdad y disipas la niebla que tratabas de extender. Al decir que volvieron a la Iglesia, confiesas abiertamente que habían estado fuera de la Iglesia. Luego donde estuvieron antes de retornar a la Iglesia, allí bautizaron; luego el bautismo que dieron estuvo fuera de la Iglesia.
Intentas liberarte de este enredo desenredable, y de nuevo quedas envuelto en sus pliegues. Tú dices que el bautismo no debió anularse precisamente porque, restituidos dentro del plazo señalado, no quedaron afectados por la sentencia definitiva. ¿Cómo entonces dices que antes de ser restituidos no estuvieron separados de la Iglesia quienes confiesas fueron restituidos a la Iglesia antes del día del plazo? Si somos hombres, si tenemos siquiera algo de razón, algo de inteligencia, si no hablamos como bestias a otras bestias, como troncos y piedras a otros troncos y piedras, no sólo en mis palabras, sino también en las tuyas, resalta, aparece, queda claro que los vuestros no se atrevieron a anular el bautismo dado en el sacrílego cisma de Maximiano: los mismos que no dudan en negar el nombre de cristiano, exorcizar, rebautizar a los bautizados en las Iglesias que con la gracia del Señor propagaron con su propio trabajo los apóstoles. Tú lo dices, tú lo escribes; óyete si no a ti mismo, léete a ti mismo; tú dices, tú escribes que en el concilio convocado por los vuestros se dictó sentencia contra todos aquellos que habían persistido en el cisma de Maximiano; tú dices, tú escribes que en esa sentencia confirmada con el consentimiento de todos pareció bien conceder un plazo, dentro del cual, si alguno quería corregirse, sería tenido como inocente; tú dices, tú escribes que no fueron sólo los dos que cito, sino que otros muchos se volvieron a vuestra Iglesia purificados e inocentes; tú dices, tú escribes que no se debió anular el bautismo porque, restituidos dentro de la fecha señalada, no quedaban afectados por la sentencia definitiva.
Lectura irónica de la sentencia del concilio de Bagái
XXXI. 38. ¿Cómo, cómo una causa tan mala ha prevalecido en un ingenio tan bueno, hombre sensato, hombre erudito? Aquellos contra quienes se pronunció dicha sentencia porque, como tú mismo afirmas, persistían en el cisma de Maximiano, antes que, como dices, se reintegraran, celebraban misterios donde estaban, allí bautizaban y, para usar las palabras de aquel concilio plenario, allí calentaban lentamente los frutos nocivos de una raza de víboras, allí los deseos de sus crímenes engendraban los fetos del crimen público y de su parricidio, allí llevaban en su vientre la injusticia, concebían el dolor y daban a luz la iniquidad; allí ya, no como en confusa selva de crímenes, se les señalaban sus nombres para el castigo; allí, pasado para ellos el límite a que alcanzaba la clemencia, la causa descubría a los que tenía que castigar; hasta allí la ola de la verdad había lanzado contra ásperos escollos los miembros náufragos de éstos; allí estaban llenas las orillas, como sucedió con los egipcios, de los cadáveres de los muertos sin que encontrasen sepultura 32; allí el rayo de la sentencia había expulsado del gremio de la paz no sólo a Maximiano, émulo de la fe, corruptor de la verdad, enemigo de la madre Iglesia, ministro de Datán, Coré y Abirón, ni la muerte justa, originada por su crimen, le condenaba sólo a él, sino que arrastraba también a la complicidad de su crimen a muchísimos con la cadena del sacrilegio; allí estaba bajo los labios de éstos el veneno de los áspides, allí estaba su boca llena de maldición y amargura, allí sus pies veloces para derramar sangre, allí la aflicción e infortunio en sus caminos, allí no conocían el camino de la paz ni tenían ante sus ojos el temor de Dios 33; allí yacían los miembros despedazados, que había corrompido de tal modo la podredumbre pestífera, que encontrara más alivio en la amputación que remedio en la condescendencia; allí estaban los reos del célebre crimen, Victoriano de Carcabia, y los otros once con él, entre los cuales se cita a Pretextato de Asuras y Feliciano de Musti, de cuya readmisión tratamos, que estando presentes habían consagrado a Maximiano, esto es, con su obra funesta habían formado un vaso inmundo con el amasijo de fango, donde los clérigos de Cartago hicieron de alcahuetes para una especie de criminal incesto de categoría tan subida.
Estos son los ministros de los sacramentos que antes de corregirse, antes de seros devueltos y restituidos, bautizaron en el cisma de Maximiano; después que tales ministros de los sacramentos fueron corregidos, devueltos y restituidos, los vuestros no han rebautizado.
No hubo plazo para Pretextato y Feliciano
XXXII. 39. ¿Por qué prevalece en vosotros sólo la hostilidad? Atended ya, escuchad ya la verdad. ¿Por qué se nos lanzan las vanísimas nieblas del plazo concedido?
No se concedió a aquellos de quienes se dijo: “Sabed que han sido condenados”, de quienes también se anunció cómo eran, qué habían hecho, por qué era necesario condenarlos ya sin plazo alguno, puesto que habían estado presentes y habían consagrado a Maximiano imponiéndole las manos; esto es lo que significaron al decir que con su obra funesta habían formado un vaso inmundo con el amasijo del fango.
En cambio se otorgó un plazo a los que no estuvieron presentes en la consagración de Maximiano, aunque estaban en su sociedad y su cisma, precisamente porque no le impusieron las manos al estar ausentes; así se distinguen de los que le consagraron y condenados por la misma sentencia del concilio. En efecto, después de haber dicho: “sabed que aquéllos”, cuyos nombres citaron, “han sido condenados”, añaden: “Hemos permitido retornar a la madre Iglesia a aquellos a quienes no mancharon los renuevos del brote sacrílego”.
¿Hay algo más sencillo, más neto, más claro? De aquéllos dicen: “Sabed que los reos del célebre crimen, que con su funesta obra de perdición han formado un vaso inmundo con el amasijo de fango, han sido condenados”; mientras que de éstos dicen: “Hemos permitido retornar a la madre Iglesia a aquellos que no mancharon los renuevos del brote sacrílego, esto es, que apartaron sus propias manos de la cabeza de Maximiano por un recato pudoroso de la fe”. Y como dos de aquellos condenados fueron recibidos después conservándoles su cargo, no se encuentra cómo defender esto sino afirmando que el plazo fue concedido a todos.
Los donatistas han reconocido el bautismo dado fuera de la Iglesia
XXXIII. 40. Ea, demos que se ha concedido a todos ese plazo. Cuantos volvieron de aquel cisma a vosotros, antes de volver, en él estuvieron, en él bautizaron; y al volver de él a vosotros sin detrimento de su cargo ni anulación del bautismo, si hay algo de vergüenza, os han tapado la boca. Al preguntar nosotros dónde estaban antes de volver a la Iglesia, como tú dijiste, y de reintegrarse en el plazo señalado, ¿qué otra cosa os fuerza la realidad a responder sino “en el cisma de Maximiano”, por causa del cual se pronunció aquella sentencia contra todos? En él bautizaron a aquellos en quienes al volver a vosotros no os atrevisteis a anular el bautismo, y os visteis obligados a reconocerlo.
Así es que por vuestra propia acción, por vuestra obra, por vuestro propio juicio, con toda razón y justicia se concluye contra vosotros que debe reconocerse el bautismo de Cristo aunque haya sido dado fuera de la Iglesia, y por ello nosotros lo reconocemos piadosamente en los vuestros, vosotros lo anuláis impíamente en los nuestros.
Concesión del concilio de Bagái
XXXIV. 41. Quizá te pesa haber escrito tales palabras que ponen tan de manifiesto esta verdad, ya que dijiste: “Sucedió que ellos se reintegraron a la Iglesia, y al volver antes de la fecha establecida no cayeron bajo la sentencia definitiva”. De esta suerte se te podría responder: “¿Cómo se reintegraron a la Iglesia, cómo se restablecieron en ella, si no se habían separado de ella? Y si estaban separados, ¿cómo bautizaban?”
Pero ¿qué otra cosa ibas a decir sino lo que habías oído de los que consultaste, cuando por este motivo te sentiste tan afectado por mi carta? Y quizá te reprueben y te reprendan por haber dicho incautamente esas palabras. Eso sí, hay un medio que te defienda en gran manera contra ellos y alivie tu tristeza. También ellos pusieron tales expresiones en el decreto del mismo concilio.
Por eso, si, leída esta nuestra obrita, quisieran responder que a ellos no les prejuzgan las palabras de un laico suyo, les leeremos de inmediato sus propias palabras: “Hemos permitido retornar a la madre Iglesia a aquellos a quienes no mancharon los renuevos del brote sacrílego, esto es, que apartaron sus propias manos de la cabeza de Maximiano por un recato pudoroso de la fe”.
Cuando a éstos se les pregunta: “Esos a quienes permitisteis tornar a la madre Iglesia, ¿dónde estaban antes de volver?, se sienten apremiados de modo semejante a como tú lo estabas poco antes por las palabras que usaste. ¿Dónde tendrán que responder que estuvieron sino en el cisma de Maximiano? Pero pretendan que estuvieron donde les parezca bien, lo cierto es que aquellos a quienes se les permitió tornar a la Iglesia no estaban en la Iglesia. Luego bautizaron fuera de la Iglesia, y bautizadores y bautizados tornaron juntos a la Iglesia, sin que aquéllos perdieran los cargos que habían ejercido fuera ni los otros el bautismo que fuera habían recibido.
Cresconio se mostró algo más prudente que los obispos del concilio
XXXV. 42. Tú ciertamente, cuanto pudiste en una mala causa, hablaste con cautela, al decir: “Pareció bien conceder por el decreto del concilio un plazo de tiempo, dentro del cual, si alguno hubiera querido corregirse, fuera tenido como inocente”. Ellos, en cambio, no mencionaron que debían corregirse aquellos a quienes se había dado ese plazo, sino que, cuando prorrogan el plazo, hablan de ellos como si hubieran estado limpios e inocentes en compañía de Maximiano. ¿Qué quieren decir con aquello: “Hemos permitido retornar a la madre Iglesia a aquellos a quienes no mancharon los renuevos del brote sacrílego” sino: “Hemos permitido volver a la Iglesia a los que no manchó el consorcio con Maximiano?” Y esto es poco aún; repara en lo que añaden: “Cuanto nos sentimos purificados con la muerte de los reos, otro tanto nos congratulamos con la vuelta de los inocentes”. ¿Por qué dices tú que pareció bien conceder un plazo de tiempo, dentro del cual, si alguno quería corregirse, sería tenido como inocente, cuando ves que ha sido concedido a los limpios e inocentes? Claro, tú temiste no te fueran a decir: “¿Cómo se daba un plazo a los que no había manchado Maximiano?” Por eso juzgaste que aquéllos debían corregirse dentro del plazo. Aquéllos temieron que se les dijese: “¿Por qué habéis querido recibir en sus cargos a personas manchadas?” Por eso dijeron que habían concedido un plazo a los limpios.
Los donatistas, en contradicción
XXXVI. 43. Por consiguiente, temisteis cada uno lo vuestro, pero se refuta mutuamente lo de cada uno.
A ti se te dice: “¿Cómo piensas que se han de corregir quienes proclaman los tuyos mismos que están limpios?” Y a ellos se les dice: “¿Cómo afirmáis estar sin mancha quienes, aunque no impusieron sus manos sobre la cabeza de Maximiano, se mancharon al comulgar con su cisma?”
¿Qué espíritu, qué fuerzas, qué lengua serán suficientes para expresar dolor tan intolerable? Para reponer el desgarrado partido de Donato, no ha manchado en África Maximiano a sus socios africanos; para no dejar que los ramos cortados tornen a la raíz de la unidad, Ceciliano ha manchado desde África a tantos y tan alejados pueblos.
¿Qué mancha: un pecado o una fecha?
XXXVII. 44. Desde la fecha del concilio de Bagái, esto es, el veinticuatro de abril, hasta el día de la demora otorgada, esto es, el veinticinco de diciembre, se cuentan ocho meses. En este tan largo intervalo de tiempo, ¿los que habían recibido ese plazo se manchaban con la sociedad del condenado Maximiano o no se manchaban? Si se manchaban, ¿cómo se dice: “Hemos permitido retornar a la madre Iglesia a quienes no mancharon los renuevos del brote sacrílego”? Si no se manchaban, ¿cómo pudo el contagio de pecados ajenos desconocidos, por no decir inventados, mancharnos a nosotros y a todos los pueblos cristianos que están por todas partes?
“Pero -dices tú- se les concedió un plazo; si no volvían antes de que caducase, quedarían manchados e incurrirían en la pena de la condenación”. Por consiguiente, lo que les manchaba no era el pecado de estar en aquella sociedad, sino la fecha establecida. Si pues no se hubiera fijado una fecha, permanecerían sin duda inmaculados.
¿En qué se ha portado mal con vosotros el orbe de la tierra? ¿Por qué lo presentáis manchado con pecados ajenos, sin haberle señalado una fecha de plazo, si tenéis tal poder que los hombres se asocian con los pecadores cuando quieren, pero quedan manchados cuando queréis vosotros? Eran inocentes y limpios los que recibían en el partido de Maximiano un plazo, y si dentro de él volvían a vosotros, quedaban a salvo los títulos íntegros de su honor y su fe; pero si pasaba esa fecha sin que hubieran vuelto, entonces, como manchados, como malvados, como perdidos, incurrirían en la pena de la condenación; entonces serían humillados, degradados por la penitencia.
¡Oh sorprendente razonamiento de hombres que proclaman de antemano no ya, como reza el viejo proverbio, “Es santo lo que queremos nosotros”, sino aún más: “Cuando queremos y mientras queremos!” Si le acontece a alguno de los vuestros orar con nosotros en una nave, se le considera ya un manchado, un traditor. Comulgan en el mismo altar los que condenaron a Primiano con Maximiano corruptor de la verdad, enemigo de la madre Iglesia, ministro de Datán, Coré y Abirón, y durante ocho meses permanecen inocentes y limpios. Por consiguiente, si algunos de ellos se reintegraron en vuestra comunión el día veinticuatro de diciembre, os congratulasteis por la vuelta de inocentes, es decir, de aquellos a los que no mancharon los renuevos del brote.
¿Qué beneficio os reportaron tantos días de ocho meses, desde el veinticuatro de abril al veinticinco de diciembre 325, pues los habéis santificado hasta el punto de que quienes se unieran a la comunión del sacrílego y condenado Maximiano no se mancharan ni se hicieran culpables?
¿Y en qué os ha molestado el día tan santo del nacimiento de nuestro Señor para que con sola la llegada y tránsito manchase a los inocentes y el bautismo de Cristo permaneciera santo en cuantos bautizaron en aquel cisma durante todos aquellos días y se hiciera inmundo por el nacimiento de Cristo?
Temeridad, obstinación y falta de lógica
XXXVIII. 45. ¿Qué no osará la temeridad humana cuando se precipita en la aceptación de un error impío, que siente vergüenza de abandonar a causa de la vanidad y no la siente de defenderla contra la verdad? Pero qué más podemos decir sobre esto, donde el más obstinado, endurecido contra las voces de la razón, tiene que confesar que aquellos de quienes se dice: “Se reintegraron a la Iglesia y se han restituido antes de la fecha señalada” -palabras escritas por ti-; que aquellos finalmente de quienes se dice: “Les hemos permitido volver a la madre Iglesia”, “nos congratulamos de la vuelta de inocentes”, “y para que el tiempo escaso no quite por la urgencia del día restringido la esperanza de la salud a los que vuelven, les abrimos de par en par la puerta hasta el día de la admisión, a fin de que al regresar tengan los títulos íntegros de su honor y de su fe. Y si alguno no puede franquearla por su indolente pereza, se dará cuenta de que le ha desaparecido el camino a toda entrada de perdón”; “y a los que vuelven después de la fecha señalada les queda fijada la penitencia” -palabras que los trescientos diez inculcaron tantas veces en su sentencia-, es preciso, repito, que cualquier adversario confiese que estos de quienes se dicen estas cosas, antes de reintegrarse a vosotros, antes de ser restituidos a vosotros, antes que tornaran a vosotros, no habían estado con vosotros, habían bautizado fuera de vuestra comunión en el cisma con que se habían separado de vosotros. Vueltos de allí a vosotros y restituidos a los puestos de donde se habían alejado de vosotros, volviendo y regresando a vosotros desde el lugar en que estaban fuera de vosotros, mantuvieron sin detrimento sus cargos e introdujeron con ellos a sus bautizados que no serían rebautizados.
Pretextato y Feliciano no volvieron dentro del plazo
XXXIX. 46. ¿Por qué te empeñas aún en suministrar defensa tan pertinaz a causa tan detestable? Cede ya de una vez, no digo ante mí, sino ante la verdad que os declara convictos. Ve cuán verdadero es lo que dije, y que tú has tratado inútilmente de demoler: “qué sacrificios tan grandes hay que soportar, por la paz”; y -para usar de las mismas palabras de que me serví en aquella carta-: “Por la paz de Cristo volved a la Iglesia, que no ha condenado nada sin conocerlo, si por la paz de Donato os pareció bien retirar vuestras condenas”. Si de aquellos doce que condenaron sin plazo, junto con Maximiano, recibieron después a Feliciano y Pretextato, ¿cómo puede ser falso que retiraran las condenas? Y si se les concedió el plazo a aquellos de quienes dijeron: “Sabed que están condenados”, aunque ninguno de ellos volviera después, les plugo revocar las condenas, cuando tras la sentencia en que se dijo: “Sabed que están condenados”, se les otorgó el plazo por el que pudieran retornar, quedando sin valor la condena.
Sería suficiente con todo esto, aunque fuera verdad lo que dices que aprendiste de tus obispos cuando te sentiste tan afectado por esta causa de los maximianenses; pues, ¿qué vas a hacer al resultar que es falso?
Investiga o, si te es posible, mira la fecha de las actas proconsulares en la que Ticiano presentó su demanda contra Feliciano y Pretextato para que fueran expulsados de sus sedes, y ve cuánto tiempo pasó después de terminado el plazo. El concilio de Bagái tuvo lugar en el tercer consulado del augusto Arcadio y segundo de Honorio, el veinticuatro de abril, y el plazo iba desde esa fecha hasta el veinticinco de diciembre; la demanda de Ticiano fue presentada después de este consulado, el día cuatro de marzo.
Más datos sobre lo mismo
XL. 47. Por tanto, resulta que corría casi el tercer mes cuando se solicita del procónsul que Feliciano y Pretextato sean expulsados de sus sedes como colegas de Maximiano, que los había asociado a su furor. Cuando el citado abogado hubo dicho en la misma petición lo que le parecía suficiente sobre Maximiano, añadió: “También reprimió con una amonestación igualmente enérgica a aquellos que había atraído el error de la presunción ajena, ofreciéndoles primero el puerto del arrepentimiento, si deseaban volver dentro del plazo al camino que habían abandonado de la religión. Pero la iniquidad se complace en sus propósitos y no se abandona a sí misma, una vez que se ha desbocado en su precipitación. Pues el mismo Maximiano fomenta su inicial audacia y asocia a otros a su furor. Entre ellos se encuentra cierto Feliciano, que siguió primero el camino recto y luego se deja ofuscar por la contaminación de esa depravación; residiendo en la ciudad de Musti, pensó que había de retener con una especie de ocupación militar los muros consagrados al Dios omnipotente, la venerable Iglesia. A éste le imita también Pretextato en la región de Asuras”.
¿Has visto las palabras tan brillantes y manifiestas del abogado, en las que dice que estos de quienes tratamos han de ser expulsados de sus sedes eclesiásticas por haber menospreciado el puerto del arrepentimiento que se les ofreció, ya que la iniquidad se complace en sus propósitos una vez que se ha desbocado en su precipitación? Aunque pudiera ocultarse la fecha de las actas, aun al más obtuso espíritu aparecería claro que no se acudiría así al poder proconsular si aquel concilio no los hubiera condenado sin concederles plazo alguno, según aparece con toda claridad, o si hubieran querido reincorporarse a vosotros dentro del plazo, si se hubiera concedido a todos.
Ahora bien, la fecha de las actas hiere los ojos y los oídos del más obstinado, demostrando que ellos, aun pasada la fecha del plazo, no se hallaban en vuestra comunión y se habían adherido a Maximiano, de tal modo que por esto se solicitó contra ellos la autoridad de un poder judicial tan temible. ¿Qué se contesta a esto? ¿Por qué lucha aún contra una verdad tan evidente la sorprendente ceguera del descaro? ¿Por qué suscitan aún tal frenesí contra la unidad de Cristo aquellos que por la unidad de la parte de Donato quisieron mantener la concordia aun con sacrílegos condenados? ¿Por qué se reconoce con la debida veneración el bautismo de Cristo aun en el sacrílego cisma y se lo rechaza con impía presunción en tantos pueblos católicos, y se lo profana con la repetición sacrílega?
Irónica confesión de un error por parte de Agustín
XLI. 48. No quiero investigar cuánto tiempo pasó entre la fecha en que Feliciano y Pretextato fueron acusados tan duramente por boca de Ticiano y la fecha en que fueron recibidos en vuestra comunión. Basta con ver que la demanda demuestra que, mucho después de expirar la fecha del plazo, éstos estuvieron separados de vuestra comunión en el cisma de Maximiano, que vosotros los recibisteis después, que no les disminuisteis en nada sus cargos, y que temisteis anularles, como era de temer, el bautismo dado en el sacrílego cisma. ¿Podría acaso moverse contra nosotros en causa como ésta la lengua del más pertinaz, si se diera cuenta que se movía en la boca de un hombre y bajo la frente de un hombre?
Me equivoqué plenamente, lo confieso, en lo que escribí en aquella carta sobre la sentencia del concilio de Bagái. Esta es la frase: “Cuando se leyó ante ellos la sentencia que iba a ser decretada, la aclamaron a voz en grito; pero ahora, cuando ha sido leída por nosotros, han enmudecido”. Tú dijiste la verdad: “He aquí cómo no callan”, ya que el pudor y aun la desvergüenza puede callar en cosas tan manifiestas; la que no puede callar es la locura. No pienses que digo esto por ti, que has dado fe a tus obispos cuando mentían, ni por todos aquéllos -pues afectado en esta cuestión no pudiste consultarlos a todos-, sino por aquellos que, sabiendo la importancia y la fecha de lo que se trató ante los jueces contra Pretextato y Feliciano, tuvieron la osadía de decir lo que tú pusiste en tu carta, esto es, que Feliciano y Pretextato, reintegrados a vuestra comunión antes de la fecha del plazo establecido, no estaban sujetos a la sentencia definitiva. Si quizá ellos ignoraron esto, al menos ahora, al leer estas cosas, que calle el pudor, que calle el hombre más descarado, que quede sola la locura hablando contra verdad tan evidente. Y ella podrá quizá ser curada si la tienen a raya los sanos.
Agustín no es un falso testigo
XLII. 49. Mira ahora con qué derecho has dicho de mí: “El testigo falso no quedará impune”, cuando tú pensabas que yo había mentido en este asunto de los maximianenses. No te respondo en el mismo tono; pues quizá hablaste influido por una incauta amistad no por haberlo fingido con un corazón taimado. Somos hombres; ¿qué vigilancia puede conseguir que, ya con el pensamiento, ya con la palabra, no resbalemos en algo? Pero no debemos hacernos sordos frente a la medicina de la corrección.
El problema del contagio
XLIII. 50. Ahora atiende a la facilidad que me suministra este asunto de los maximianenses para responder a las restantes partes de tu carta. Mira lo que te pareció habías de decir sobre nuestros traditores, aunque se demuestra que esto lo hicieron más bien los vuestros, cosa que he probado antes sobradamente en los tres volúmenes de la obra, y responde, si te es posible: ¿Pudo este crimen, sea de quienes fuera, contaminar a cristianos en la unidad de tantos pueblos, de regiones tan apartadas o de tiempos muy posteriores, si el crimen del sacrílego brote de Maximiano no pudo contaminar ya a los socios africanos, a los que, al concederles el plazo vuestros trescientos diez obispos, dijeron: “A los cuales no contagiaron los retoños del brote sacrílego”, ya a vosotros mismos, que no sólo acogisteis con tan gran concordia a esos que llamasteis inocentes, sino también a los ya condenados en aquel sacrilegio?
- Dices que los orientales tuvieron conocimiento de los crímenes de los traditores, cuando tú en África no lo tuviste del cisma de los maximianenses llevado a cabo en la capital del África hasta que, afectado por la lectura de mi carta, consultaste a vuestros obispos, y aun después de consultarlos no pudiste oír de ellos la verdad. Si los defiendes a ellos para no llamarlos mentirosos, concedes al menos que lo ignoraban, y, sin embargo, no permites que ni nosotros ni tantos y tan importantes pueblos de Oriente y Occidente ignoremos al menos la causa de Ceciliano, cuando éstos ignoran la de Pretextato y Feliciano, a quienes trescientos diez, es decir, todos o casi todos los obispos de la parte de Donato, han condenado, esto es, africanos a africanos en África, y han recibido, esto es, africanos a africanos en África.
Del concilio de Sérdica nada se sigue contra los orientales
XLIV. 52. Insertas el comienzo del concilio de Sérdica, e intentas probar con él que los obispos orientales, conocido el crimen de los traditores, entraron en comunión con el partido de Donato, es decir, con la única y gran prueba de que entre los obispos a los que escriben se encontró el nombre de Donato. Y, sin embargo, no se lee allí nada de que ellos hayan tenido conocimiento sobre los traditores de África. En verdad, este concilio -y esto debes saberlo- es un concilio de arrianos, que tú ya has nombrado entre otros herejes. Y suele leerse sin la adición del nombre de las ciudades, porque no es ésta la costumbre eclesiástica en las cartas que escriben unos obispos a otros. Por ello no sé de qué Donato se trata, y pienso si no lo habrán hecho cartaginés vuestras cartas, aunque también pudieron aquéllos, separados del África por tan amplios territorios, indagar, al tiempo de escribir, quién era el obispo de Cartago, y encontrar que era Donato. Y omito decir que quizá los herejes orientales intentaron de algún modo unirse con los herejes africanos.
Pero tú, espíritu prudente, al querer resolver la cuestión que se te podía proponer: “Si esto es así, es decir, que los orientales escribieron a vuestro Donato, cómo se disgregaron después de la comunión de los vuestros”, respondiste diciendo: “Porque al recibir de nuevo a los vuestros, no pudieron mantener la constancia frente a la causa condenada. Y está escrito: El que se une a una prostituta se hace un solo cuerpo con ella”.
Ahí has lanzado ahora una atroz acusación contra los vuestros: no haber podido observar la constancia en este asunto de los maximianenses, condenando execrablemente a los sacrílegos, recibiendo honrosamente a los condenados. No pruebas en absoluto aquello apoyándote en los orientales; eso lo oyes sobre los vuestros, lo lees, lo ves y lo juzgas.
No abandonar la Iglesia, aunque tenga “traditores”
XLV. 53. Me mandas a mí abandonar la Iglesia de los traditores, cuya culpabilidad ni vosotros ante nosotros ni vuestros antepasados ante los nuestros habéis podido demostrar; si la demostrases ahora, condenaría su obrar criminal, pero no dejaría por su causa la sociedad católica constituida por tantos pueblos que no los conocen. Pero mira en qué consideración te apoyas para no querer que en nuestra comunión se haga memoria de aquellos difuntos cuyos hechos no hemos conocido, y, en cambio, vivan en vuestra comunión, sin degradación alguna, aquellos cuyos males habéis conocido, cuyos sacrilegios habéis condenado.
- Te atreves a decirme, hombre prudente: “El que te ha creado es un traditor”, ignorando que es nuestro creador en cuanto cristianos el mismo que lo es en cuanto hombres, aunque no podrás dejar convicto de ser un traditor al que piensas que es mi creador. Pero yo no te devuelvo esa injuria; como tampoco digo que Feliciano es tu creador, ni el de tus hijos ni el de tus bisnietos, si están en el partido de Donato. Solamente, ya que me lo permites, te amonesto a que tu creador no te encuentre como desertor corriendo con impía vanidad en pos del nombre de un hombre.
Luego te parece añadir con merecido aplauso: “De la fuente corre el río y los miembros siguen a la cabeza. Si la cabeza está sana, sano está el cuerpo, y si en ella hay alguna enfermedad o algún vicio, debilita a todos los miembros. Cuanto crece en el tronco, se relaciona con su raíz; no puede ser inocente quien no sigue la secta de un inocente, sobre todo estando escrito: No sigáis las normas de vuestros padres” 34.
En todas estas tus palabras paso por alto que no hay semejanza en lo que dices del cuerpo humano; puede ocurrir que duela el pie estando sana la cabeza, y que duela la cabeza estando sano el pie. También omito que se te ha pasado lo que dijiste antes: “También nosotros queremos esto, también lo aconsejamos: que Cristo sea la cabeza del cristiano”, y ahora no sé a qué traditor quieres hacer cabeza de pueblos cristianos desconocidos, en los cuales no queréis reconocer el bautismo de Cristo dado y recibido, como si los bautizados no hubieran sido creados sino por aquel traditor. Paso por alto también cuánto me ayuda aquel testimonio que citaste de la Escritura y que decía a los judíos: No sigáis las normas de vuestros padres 35, ya que cuantos quisieron observar entonces este precepto, como los santos profetas y los siete mil varones que no doblaron sus rodillas ante Baal, no se apartaron, sin embargo, de su pueblo y de los sacramentos comunes. Esto digo, esto inculco, repitiéndolo, te plazca o no te plazca, aunque te parezca soy pesado: Procura no hacer a Ceciliano, tantas veces absuelto, cabeza de nosotros sus posteriores, como yo no hago a Primiano, condenado por Feliciano, ni a Feliciano, condenado por Primiano, cabeza de vuestros descendientes.
La ambigüedad de la persecución
XLVI. 55. En cuanto a la animosidad originada en la persecución que os gloriáis de soportar de parte de las potestades terrenas por pertenecer al partido de Donato, aunque ya te he respondido muy abundantemente en los tres libros de la obra, no dejaré de decirte lo que se puede responder brevemente ajustándolo a este asunto de los maximianenses, aun a riesgo de que os recomendéis ante las gentes ignorantes e imprudentes sirviéndoos de ellas.
Así se recomienda ante los vanos e ignorantes el mismo Maximiano, y así sus socios, que no pudieron ceder a las persecuciones que les causaban los vuestros, para que volvieran a su comunión. Pero quienes piensan sensatamente que no se deben tener en cuenta las penas, sino las causas de los que soportan alguna molestia, comprenden que ellos han sufrido con toda justicia y derecho las sacudidas incluso de los juicios seculares por el crimen del sacrílego cisma, en el cual han sido condenados justa y debidamente por vosotros.
No insisto tampoco en lo que pusiste en tu carta: que no fue Optato, sino el pueblo quien derribó, no la basílica, sino la madriguera de Maximiano. Aunque es incierto que la hicieran los vuestros, es cierto que él sufrió persecución, también allí, aunque no era justo, sino impío. Por donde te ves forzado a confesar que no se debe mirar lo que uno sufre, sino por qué lo sufre.
- Pero para mí es poco mostrar entre tanto, con este ejemplo de Maximiano, que no es justo sin más quien obteniendo y cubriéndose con el nombre de cristiano sufre persecución, cuando aun el sacrílego Maximiano la ha soportado, si no llego a hacerte confesar que los mismos hombres religiosos persiguen a los sacrílegos y los justos a los impíos, no ciertamente por afán de molestar, sino más bien por la necesidad de mirar por ellos. Y no quiero citar ejemplos del Antiguo Testamento, aunque tú dijiste que querías ser ilustrado también con los ejemplos proféticos; no voy a citar esos tan antiguos, pues pertenecieron a otra dispensación y a otro tiempo. Ya vuestros obispos, tras la revelación y recomendación en su debido tiempo de la mansedumbre -y conste que no la reconocemos justa, pero estando tú ahí y defendiendo tal causa te ves forzado a proclamarla justa-, vuestros obispos, repito, han perseguido a vuestros cismáticos.
Maximiano fue perseguido por Primiano
XLVII. 57. Yo no digo ya: “Maximiano padeció la persecución, Optato la llevó a cabo”, ya que tú dices que vosotros ignorabais esto, y que la hizo en tales circunstancias que no pudo citar acta alguna; aunque en tiempos tan recientes, si se preguntase a las mismas ciudades, no podría negarla. Así es que no digo eso, pero sí digo: “Maximiano sufrió la persecución, la llevó a cabo Primiano”, y leo las actas, y demuestro por ellas que la casa que defendía como propia Maximiano se la arrebató Primiano, por gestión encomendada, bajo el nombre de casa eclesiástica de los exorcistas, con el apoyo del legado Sacerdote, como indican las mismas actas. Que el juez haya obrado llevado por la justicia, no por el favor, es cosa que ni rechazo ni refuto. ¿Por qué entonces Primiano declaró en las actas del magistrado cartaginés, entre otras cosas que habían de acosarnos afrentosamente: “Ellos roban lo ajeno, nosotros dejamos en suspenso los bienes robados”, cuando él mismo había robado lo ajeno si la casa era de Maximiano?; si Maximiano era más bien el que la había usurpado, ¿no había dejado en suspenso los bienes robados?
Si ni siquiera quieres referir esto a la persecución, digo que vuestros obispos y vuestros clérigos han ejercitado la persecución contra los maximianenses que permanecían en aquellas sedes en que habían sido ordenados con anterioridad, que los acusaron ante los procónsules, que consiguieron mandatos, y que para llevar a cabo estos mandatos se habían ganado el concurso de los oficiales y la policía de las ciudades, de suerte que fueron aterrorizados, perturbados, expulsados, exhibidos como rebeldes aquellos que ya habían sido condenados por la severidad de la sentencia de Bagái, y cortados, con dolor concentrado, del cuerpo de vuestra comunión, para que el virus pestilente no contagiara a todos los miembros, y, sin produciros a vosotros ya peligro alguno por el morboso contagio de su comunión, retenían en perpetua posesión con los pueblos que les eran adictos los lugares y basílicas que no habían invadido.
Persecución contra Salvio de Membresa
XLVIII. 58. Lee lo que dijeron de ellos o contra ellos los abogados que los atacaban; qué crímenes sacrílegos les han achacado, con qué acusaciones tan apasionadas excitaron a las potestades; investiga lo que hicieron a Salvio de Membresa porque el hostigamiento de aquella persecución no pudo conseguir de él que se retirara del consorcio del crimen, y prefirió someterse a un interrogatorio y responder a sus perseguidores en el proceso consular, por la confianza, creo, de que sabía que sus adversarios no podían usar contra el juez de las leyes promulgadas contra los herejes sin quedar enredados a la vez ellos. Pero le falló este plan. Ante el entonces procónsul Serano prevaleció el favoritismo o quizá más el concilio de Bagái, que se citó allí contra el mismo Salvio. En una especie de interlocución demostró qué debía hacerse, esto es, o reintegrar a Salvio al grupo de los obispos de la comunión de Primiano o expulsarlo de su sede, a fin de que Restituto, a quien Primiano había consagrado contra él, poseyera sin adversario todos los lugares que detentaba Salvio; sin embargo, expresó también en su misma sentencia previa que Salvio era objeto de persecución. Así se lee en las mismas actas: “El procónsul Serano dijo: Una querella entre obispos debe ser oída, según la ley, por obispos; los obispos han juzgado. ¿Por qué no te diriges para una satisfacción al coro de los ancianos, o, como dice la Escritura, vuelves la espalda a tus perseguidores?” ¿Qué te parece de esto? ¿Te parece bien llamar justo a este Salvio, a quien un procónsul, ante quien vuestro obispo Restituto, su adversario, lo acusaba, le da el consejo tomado de la Escritura de que vuelva la espalda a los perseguidores, puesto que se lee en el Evangelio: Cuando os persigan, huid? 36 Ves ciertamente qué figura de mártir o de confesor muestra ante los suyos Salvio, que, perseguido por Restituto, mereció oír eso del procónsul, y, sin embargo, tanto nosotros como vosotros lo tenemos por impío y sacrílego.
Trato inhumano que dieron al anciano Salvio
XLIX. 59. Ahora bien, cuando la sentencia del procónsul se comunicó a los de Abitina, ciudad vecina que ejecutaría la sentencia, logro de los vuestros, porque casi todos los de Membresa amaban a Salvio, cuesta decir qué hicieron los abitinenses a un hombre de edad tan respetable, porque no lo consignaron en las actas; pero como, al ser tan reciente el testimonio de las ciudades, es más explícito que todos los documentos, abordaré brevemente lo que pude descubrir allí durante un viaje.
Salvio, apoyado en la multitud que estaba de su parte, aun después del dictamen del procónsul, había intentado poner resistencia a los abitinenses, en cuanto podía, por defender sus sedes; fue finalmente vencido y detenido, no para ser llevado al tribunal, donde se había pronunciado la sentencia entre las partes, sino para ser puesto en la picota con un lastimoso cortejo. Cogieron, pues, al anciano, le ataron al cuello cadáveres de perros, y danzaron así con él cuanto les plugo. Si tratara de amplificar esto con la elocuencia, ¿no mostraría que había que comparar este castigo casi con los tormentos de los reyes etruscos, que ataban cuerpos muertos a los vivos? Un hombre anciano que aspirase al rango de obispo, ¿no debería ser exterminado de la sociedad de los vivos y muertos, a juicio de todos, si ante la perspectiva de elegir necesariamente uno de los dos suplicios propuestos no eligió ser atado a cadáveres humanos antes que danzar con cadáveres de perros?
Reflexiones y consecuencias de la enconada persecución contra Salvio
L. 60. Considera ahora aquellas mis palabras que creíste haber refutado; mejor, no aquéllas, sino las que voy a decir en vez de aquéllas. He aquí que no digo: “Si no es lícito perseguir, Optato lo ha hecho”, sino: “Si no es lícito perseguir, lo hizo Restituto”. Y no digo: “Si quien soporta la persecución debe ser tenido como inocente, la soportó Maximiano”, sino: “Si quien soporta la persecución debe ser tenido como inocente, la soportó Salvio”. Leo las actas, repito las palabras que no te agradan: Restituto llevó a cabo la persecución, Salvio la soportó. ¿Quién de esos dos me responderás fue cristiano sino Restituto; quién sacrílego sino Salvio? Es preciso, pues, que quede orillado y que se rechace como no demostrado lo que dijiste sobre la inexistencia de una persecución justa, y lo otro que dijiste también: “¿Quién no quiere dar su asentimiento al testamento publicado, el que padece la persecución o el que la lleva a cabo?”, ya que es justa la persecución que soportó Salvio y que llevó a cabo Restituto. Salvio sufrió la persecución, mas para ti Restituto es digno de alabanza, y Salvio, digno de condenación.
Y no has de decir que sucedió eso en secreto o que podría ocultarse esto a Primiano, porque tuvo lugar en la ciudad en que él presidía como obispo, y en una ciudad de tal categoría, ante juez tan importante, que no podía pasar oculto ni para las otras ciudades. Si esto se debe considerar entre lo que acontece en secreto, ¿por qué no quieres que ignore el orbe de la tierra si Ceciliano, lo que Dios no permita, hizo algo mal en tiempo de la persecución, si Primiano pudo ignorar la persecución que padeció Salvio de parte de la persona que Primiano ordenó contra él, y en la misma ciudad en que tiene la primacía sobre sus colegas? Tienes que confesar, por tanto, quieras o no quieras, para no verte forzado a condenar a Restituto, a Primiano, al partido de Donato, que no sólo los injustos pueden soportar la persecución, sino que aun los justos pueden llevarla a cabo. O, si piensas que no debe llamarse persecución a la que se lleva a cabo justamente, no podrás probar que vosotros habéis sufrido la persecución de parte nuestra ni los vuestros de parte de los nuestros, y que más bien la soportamos nosotros de parte de vuestros clérigos y circunceliones, quienes, con un corazón duro, sin entender ni soportar que nosotros miremos por su salud, se enardecen con tal furor contra nosotros, que me considero incapaz de enumerar, recordar, explicar con palabras lo que hacen contra nosotros.
El objetivo de las leyes represivas
LI. 61. Así pues, cuando un frenético maltrata al médico y el médico venda al frenético, o se persiguen mutuamente, o, si no hay persecución sino la que es mala, ciertamente no persigue el médico al frenético, sino el frenético al médico. Por consiguiente, vuestra crueldad y la audacia tan violenta llevada adelante por medio de vuestros circunceliones, satélites de vuestros clérigos, de todos conocida, debió ser reprimida por las leyes dadas contra vosotros y en cierto modo sujetada. Al mismo tiempo, al menos amonestados por el mismo terror, debíais pensar y enmendar el error en que os dividís frente a la unidad y paz de Cristo, como Feliciano y Pretextato, hostigados por el terror que les llegaba de vosotros a través de los mandatos de los poderes seculares -lo que no quiso hacer Salvio por su dureza y perversidad de corazón-, se corrigieron del cisma que habían hecho y tornaron a vuestra comunión y sociedad. Todo se corregiría si vosotros tornaseis a la raíz católica. Todo lo que se ha llevado a cabo contra vosotros, que haya podido sobrepasar la moderación de la caridad cristiana, no se debe imputar a la Iglesia católica, como yo no imputaría a Primiano lo que hicieron a Salvio los de Abitina.
Cabe el acuerdo entre donatistas y católicos
LII. 62. Por lo que se refiere después a las exageradas persecuciones que dijiste que ha soportado el partido de Donato, callando todo lo que hicieron los vuestros y afirmando muchas cosas no probadas en los nuestros, adujiste un testimonio de los Salmos y dijiste: “¿No se ha dicho de los que hacen estas cosas: Sus pies son rápidos para verter sangre, y no han conocido la senda de la paz?” 37 Estas mismas cosas y otras mucho más graves dijeron vuestros obispos en aquel concilio de Bagái contra Feliciano y Pretextato. Y ciertamente ellos no derramaron la sangre de nadie, no lanzaron ningún ataque de violencia corporal contra vosotros, pero los que decían estas cosas contra ellos juzgaban un crimen mucho mayor el que ellos vertieran la sangre espiritual por el sacrilegio del cisma. Por eso, si, tras palabras tan graves y duras contra ellos, pudisteis hacer la paz con ellos sin desdoro de sus cargos y honores, sin anulación del bautismo, no se debe desesperar que podáis poneros de acuerdo con nosotros.
Debe estimularos mucho más a hacer la paz todo el orbe cristiano que Pretextato y Feliciano; porque si no os mancharon aquellos a quienes condenasteis con tan atroz acusación, mucho menos os puede manchar la unidad de tantos pueblos cristianos a quienes no habéis demostrado los crímenes de no sé qué africanos; lo que sí os mancha mucho es el crimen de haber separado vuestra sociedad de la sociedad de la Iglesia, que aporta en su favor tantos y tan importantes testimonios divinos.
A estos testimonios divinos has osado contradecir con tu temeridad humana, cuando tú mismo, no sé cómo, te has visto forzado a confesar que “el mundo entero se está volviendo cada día al nombre cristiano”.
El reducido número no es criterio de verdad
LIII. 63. Has osado, repito, resistir al Testamento de Dios, aunque dice el Apóstol: Un testamento humano, si está en debida forma, nadie puede anularlo ni añadir nada. Las promesas fueron hechas a Abrahán y a sus descendientes 38. Tú no has tenido temor alguno de anular este testamento, de sobreañadirle el partido de Donato, y cuando Dios dice a Abrahán en el mismo testamento: Tu descendencia será como las estrellas del cielo, como las arenas del mar 39, borras el texto y escribes encima el partido de Donato, en favor del cual no citas testimonio alguno, y dices: “Frecuentemente la verdad está en los pocos; el error es propio de la multitud”. No comprendes en qué sentido dijo el Señor que son pocos los que entran por la puerta estrecha 40, puesto que dijo que muchos de Oriente y Occidente se habían de recostar en el festín con Abrahán, Isaac y Jacob 41, y en el Apocalipsis aparecen miles vestidos de blanco de todo pueblo, tribu y lengua que nadie puede contar 42. Estos ciertamente son muchos en sí mismos, pero son pocos comparados con los muchos más que han de ser castigados con el diablo. Este buen grano, destinado para siempre a los divinos graneros, asociado por todo el mundo en la unidad del amor, tolera los ardores y la trilla de este mundo, ya por los escándalos y violencias de los herejes, ya por los muchos que no viven rectamente cual paja que tiene en su interior, y que serán purificados en la última bielda.
Pero, referente a todo esto, nada te viene mejor que la causa de los maximianenses. Si la verdad se halla con frecuencia en los pocos y errar es propio de la multitud, admite que cuanto son inferiores a vosotros por su pequeño número los maximianenses, tanto os superan en la verdad. Tú no lo admites; entonces no quieras gloriarte de vuestro reducido número en comparación con la multitud de las naciones cristianas, al igual que no quieres que los maximianenses se gloríen de su reducido número en comparación con vuestra multitud.
La Iglesia no puede ser manchada por los “traditores”
LIV. 64. En lo que se refiere a lo que cuentas sobre los traditores africanos, ¿no sabes tú, o no experimentas con tu corazón de hombre, sea como sea, cuán vano e inepto se torna un relato en un debate en que se busca la verdad si no se aporta prueba alguna? No consumiría en refutar esto esfuerzo alguno aunque no tuviera en la causa maximianense tan fácil compendio sin ningún rodeo.
Tenemos las sagradas Letras: El Señor, el Dios de los dioses, habló y llamó a la tierra, desde donde sale el sol hasta el ocaso. De Sión sale el resplandor de su belleza 43. Con este testimonio profético se armoniza el Evangelio, donde el mismo Señor dice de sí: Era preciso que Cristo sufriera y al tercer día resucitara de entre los muertos, y que en su nombre se predicara la penitencia para remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén 44. Lo que se dijo allí: Llamó a la tierra desde donde sale el sol hasta el ocaso, aquí lo expresó A todas las naciones; y lo del salmo: De Sión sale el resplandor de su belleza, se expresa aquí: Comenzando desde Jerusalén. Pues allí Cristo no sólo padeció, sino que también resucitó 45, de allí subió al cielo 46, allí el día de Pentecostés llenó del Espíritu Santo, enviado desde el cielo, a ciento veinte hombres que estaban reunidos 47, allí recibió en su cuerpo un día tres mil creyentes y otro día cinco mil que se habían convertido 48, desde allí se difundió y se difunde la Iglesia con sus frutos a toda la Judea, y a Samaria, y a todos los demás pueblos del orbe entero.
Esto lo anunció a sus discípulos, y, estando para subir al cielo, les dijo: Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra 49. Esta es, pues, la Iglesia que comienza por Jerusalén y se difunde con tan evidente fecundidad por todas las gentes, hasta el punto que te obliga a ti mismo a confesar que “por la divina providencia el mundo entero se vuelve todos los días al nombre cristiano”; ésta, repito, es la Iglesia que a la voz del Señor, Dios de los dioses, es llamada desde la salida del sol hasta el ocaso; que no ha podido ser manchada en modo alguno por los traditores africanos que ella no ha conocido, si los retoños del brote del sacrílego Maximiano no mancharon a tantos colegas suyos, solamente por no haberles impuesto las manos en su consagración; y eso aunque le habían alabado a él, condenado por Primiano, y habían condenado a Primiano, bien que los constituidos en su cisma habían recibido un plazo para volver.
Insiste de nuevo sobre el valor del grado positivo y comparativo
LV. 65. Aún más, como dije: “Nosotros os objetamos a vosotros el crimen de la entrega con más probabilidad que vosotros a nosotros”, me respondes que de este modo yo confesé que vosotros nos la objetáis con probabilidad, apelando a la regla del lenguaje según la cual “el comparativo aumenta lo que se ha puesto antes, no lo desaprueba”, y añadiendo que como “bien” y “mejor”, “mal” y “peor”, “horrible” y “más horrible”, así se encuentra “probable” y “más probable”. De donde te parece que puedes sacar la conclusión y decir: “Si vuestra objeción es más probable, la nuestra es probable”.
Sobre ello te he dado, en su lugar, respuesta suficiente y quizá más que suficiente en la obra más extensa de los tres primeros libros y manifesté, por los libros en que aprendimos a hablar, cómo el grado comparativo no siempre aumenta lo que compara, y algunas veces desaprueba aquello con que se compara. Por eso se dice: “Los dioses dan lo mejor a los piadosos” 50, y también: “Te deseo que con mejores auspicios…” 51. Léelos con diligencia, tú mismo encontrarás muchos más casos. Pero ¿no te admiras, te ruego, de que no me han faltado ejemplos de esta clase de locuciones en este asunto de los maximianenses, a partir del cual establecí responderte a todo? En aquella tan elocuente y brillante sentencia del concilio de Bagái dice: “Se encontró una oportunidad más saludable para que el virus pestilente no se deslizara por todos los miembros, suprimir con un dolor concentrado la herida abierta”.
Ciertamente, según esa regla tuya, debieron decir “saludable” en lugar de “más saludable”, ya que no era saludable sino pernicioso que el virus pestilente se deslizase por todos los miembros. Por tanto, era oportunidad más saludable suprimir con un dolor concentrado la herida abierta, aunque no fuese saludable, sino, por el contrario, destructivo que el virus pestilente se deslizara por todos los miembros. Así podemos objetaros más probablemente la entrega de los libros, sin que vosotros podáis objetárnosla probablemente.
De nuevo, Silvano de Cirta
LVI. 66. Contra Silvano de Cirta, vuestro obispo, dije que había sido traditor, y lo atestiguan las actas municipales, redactadas allí mismo, en Cirta, por el curador de la república Munacio Félix. Leemos escrito allí: “Cuando se abrió la entrada a la biblioteca, se encontraron allí armarios vacíos. Allí presentó Silvano un cofrecito y una lámpara de plata, que decía había encontrado detrás del cofre. Víctor de Aufidio le dijo: Muerto estarías si no las hubieses encontrado. Y al decirle el curador Félix: Busca con más diligencia, no sea que haya quedado algo, dijo Silvano: No queda nada aquí, todo lo hemos arrojado fuera. Tras leerse estos hechos en las actas del consular Zenófilo e incorporarlas entre otras muchas deposiciones de testigos, preguntó el consular: ¿Qué cargo tenía entonces Silvano en el clero? Víctor le contestó: Silvano fue subdiácono bajo el obispo Paulo, surgida ya la persecución.
Para que no se dé fe a este testimonio tan evidente de las actas públicas, te parece que das un argumento convincente al recordar la sentencia que pronunció contra Ceciliano como castigando a los traditores; y concluyes que no pudo ser traditor quien apareció tan severo vengador del crimen de la entrega. Como si pudiera parecer alguien más severo que los desvergonzados viejos cuando se ensañaban con tal insistencia pidiendo la muerte de Susana, sintiendo su conciencia desgarrada por el crimen que fingían querer castigar en ella 52. Pasemos esto por alto. ¿Y qué decís de Feliciano? ¿No condena ahora con Primiano el crimen que había cometido él junto con Maximiano, pero seguramente más corregido con una sentencia mejor, no más descarado?
Si Silvano hubiese querido hacer otro tanto, no hubiera condenado la falsa entrega de Ceciliano, sino su propia verdadera entrega con la enmienda saludable y hubiera pasado a la inocencia de Ceciliano, si no como obispo, sí con su maldad corregida, si Feliciano pudo pasar, sin mancha suya ni de Primiano, con su dignidad episcopal al partido de Primiano, a quien había condenado siendo inocente, como Silvano había condenado a Ceciliano.
- Lo que dije: “No sé a qué traditores que inculpaban vuestros mayores debieron dejar convictos, si las inculpaciones eran verdaderas”, no debes tomarlo como si ellos hubieran debido hacerlo ante su propio tribunal. En efecto, respondes que lo has hecho así, y por eso determinaron en juicio que los nuestros habían perdido el bautismo.
Lee primero con atención lo que refutas, y o entiende lo que se dice o no trastrueques el sentido de lo que entiendes. Yo dije que estos traditores debieron quedar convictos, no ante los vuestros, sino ante las Iglesias transmarinas, a las cuales aparecían como inocentes los inculpados por los vuestros. Pues los mismos maximianenses piensan que condenaron a Primiano una vez convicto, pero no ante aquellos que, viviendo más lejos y muy ajenos al favor y la envidia, pudieran dar sobre él un juicio aplicable a todo el partido de Donato. Ahora bien, lo condenaron cien obispos, y lo dejaron para que lo absolvieran más de trescientos, ante los cuales incurrirían ellos mismos en el peligro de condena. Lo cierto es que ellos debieron atraer a su opinión a tan numerosos obispos para estar dentro con ellos y dejar fuera a Primiano si, condenado, hubiera rechazado la penitencia. Pero si no pudieran persuadir esto a un número tan superior de colegas y a tantas iglesias de su comunión esparcidas por toda el África, o anularan con mejor consejo su sentencia, en la cual pudieron equivocarse, como hombres que juzgan sobre un hombre, o, si habían conocido sin duda alguna los crímenes de él, que no podían persuadir a los restantes que eran muchos más, sería más prudente y paciente tolerar a un culpable a sabiendas que separarse con un cisma impío de tantos inocentes que ignoraban esto. Así mantendrían aquella opinión del bienaventurado Cipriano, rebosante de caridad y de piedad: “aunque parezca que hay cizaña en la Iglesia, no debe impedir nuestra fe y nuestra caridad, de suerte que, por ver que hay cizaña en la Iglesia, nos separemos de ella”. Y entonces aquéllos habrían sacado fruto si, purificados en el seno de la Iglesia católica, hubieran tolerado en ella las inmundicias que no pudieron separar antes del tiempo.
Pero lo que decimos que debieron haber hecho ellos en esta sociedad de vuestro error, que pensáis que es la verdadera Iglesia, esto debieron hacer vuestros antepasados en aquella, claramente verdadera, en cuya unidad estuvieron, para no separarse de la misma. Pues como cualquiera de vuestro partido, ignorando completamente la causa de Primiano, lo creyó sin más inocente, aunque condenado por cien maximianenses, pero justificado ante tantos colegas suyos, así también en la comunión católica, a quien ignora la causa de Ceciliano, justamente se le persuade que es inocente quien no sólo en África sino también en el territorio de tantos pueblos cristianos pudo aparecer como inocente u ocultarse como culpable a la mayoría tan grande de los restantes obispos, entre los cuales o mereció ser absuelto por quien lo desconocía, o no mereció ser condenado por quien lo desconocía, o, absuelto contra la justicia por un juez corrupto, no pudo ser demostrada su culpabilidad a otros que no le habían juzgado. Vosotros os habéis separado con una ruptura sacrílega de la unidad de tantos y tan importantes pueblos cristianos que, no pudiendo ser jueces en esta causa, o ignoraron que hubiera habido jueces aquí, o si se había juzgado algo o qué se había juzgado, o creyeron más a los jueces elegidos que a los litigantes vencidos.
En cualquier hipótesis, quedan vencidos
LVII. 68. También por esto se pone de manifiesto con qué facilidad sois vencidos al haber elegido la última de las cuatro posibilidades que yo te proponía, aunque no podías elegir otra cosa. Dije, en efecto, que si se presentaban documentos sobre los crímenes referentes a la entrega por una y otra parte, o unos y otros son verdaderos, o unos y otros falsos, o los nuestros verdaderos y los vuestros falsos, o los nuestros falsos y los vuestros verdaderos. Demostré cuán fácil era nuestra victoria en las tres primeras posibilidades; en la cuarta o no entendiste bien que quedabais vencidos o, lo que yo más bien creo, para que los otros no lo entendieran, pensaste cubrirlo con no sé qué sombras y que había que discutir sobre la naturaleza de la argumentación; trataremos contigo de esto en otra parte, si fuere preciso, a fin de no gastar ahora un tiempo tan necesario para otros asuntos.
Comparación entre Primiano y Ceciliano
LVIII. 69. Por tanto, presta atención a ver si puedo demostrar esto también en aquel claro espejo vuestro, esto es, en el asunto de los maximianenses. Muertos todos aquellos que realizaron o ante quienes se llevaron a cabo estos hechos, puede ocurrir que algún día se trate la cuestión de la comunión entre vuestros sucesores y los de ellos. Ellos dirán que Primiano fue condenado por cien obispos o más, y alegarán primeramente la sentencia redactada en Cartago, y después la que se dictó contra él en Cabarsusa; los vuestros leerán, por el contrario, el concilio de Bagái. Reclamarán aquéllos que se les demuestre que fueron refutadas las acusaciones contra Primiano, contenidas en la sentencia de sus antepasados. Los vuestros dirán con mucha más razón: “Si estas acusaciones que lanzáis contra un muerto son verdaderas, probad que las presentasteis nuestros antepasados y que les demostrasteis que eran verdaderas. Si lo intentasteis y no pudisteis conseguirlo, no podían manchar a nuestros antepasados los crímenes ajenos, aunque verdaderos, que no les fueron demostrados; ¡cuánto más si ni siquiera intentasteis demostrárselos! Así, pues, ¿pudo pasar a nosotros la responsabilidad de aquella causa que, siendo ignorada y no demostrada, no pudo envolver ni a los mismos que vivían con Primiano? Por consiguiente, con luminosa verdad os demostramos a vosotros reos de cisma porque os vemos separados de nosotros, vuestros hermanos, por causa de crímenes ajenos, que no fueron demostrados a nuestros antecesores cuando debieron serlo”.
Si los pueblos y clérigos de estos lugares, de los cuales procedían los trescientos diez obispos que formaron el concilio de Bagái contra los maximianenses, pueden con toda razón decir esto; si lo han de decir, repito, africanos a africanos, los númidas y los moros tan numerosos a los pocos de Bizacena y de la Proconsular, con cuánta mayor razón el orbe de la tierra dirá estas cosas a los africanos acerca de los crímenes, aunque fueran verdaderos, de no sé qué traditores de África, sobre todo siendo tan numerosa la Iglesia católica aun en África, asociada por el vínculo de la unidad a los restantes pueblos, que en todo caso pueden clamar: “Los documentos de los crímenes ajenos, que intentas demostrarme ahora, no hacen culpables a los pueblos de las naciones, a quienes no se demostraron cuando fue debido, ya porque no pudisteis, ya porque no os preocupasteis de ello. Si por crímenes ajenos me separara de esos pueblos inocentes en esta causa, no puedo considerarme inocente del crimen sacrílego de cisma. Por consiguiente, aunque podáis mucho y me demostréis que todo eso es verdad, nosotros no condenamos a los traditores muertos, no abandonamos a los inocentes vivos”.
- Yo dije: “Si existieran documentos vuestros verdaderos, debíais haberlos demostrado a la Iglesia, esto es, a la Católica, a fin de que vosotros quedarais dentro y fueran expulsados los que habíais dejado convictos”. ¿Por qué quisiste responder que la separación tuvo lugar porque nosotros fuimos arrojados fuera y los vuestros permanecieron en la Iglesia plenaria y católica?
Si los maximianenses os repiten literalmente la frase, ¿no responderías sino que no merece la pena refutarlos, sino ridiculizarlos, ya que osan afirmar que son la iglesia plena, con menos de cien obispos, ante tan numerosa multitud al frente de la cual están más de trescientos, cuando por todas las regiones de África donde hay maximianenses no falta tampoco quien esté en comunión con Primiano, y por otras muchas más y extensas partes del África no se encuentra un maximianense si no es tal vez como viajero? La voz de la verdad prometió e hizo realidad una Iglesia desde donde sale el sol hasta el ocaso ¿con qué boca te atreves a llamar Iglesia plena al partido de Donato que no está presente más que en África, mientras que la verdadera lo está en tantas naciones y en África?
“Ah, ¡pero el partido la ha echado fuera!” Por favor, no eches fuera esta voz; el hombre tiene la frente en el rostro, no bajo la axila. ¿Luego ésta largó fuera a aquélla? ¿No te das cuenta? Si es arrojada fuera aquélla, de la que dice Dios a Abrahán: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones 53; de la que se lee la predicción de que en los últimos días será manifiesto el nombre del Señor y vendrán a él todas las gentes 54; de la que se canta en la profecía: Se acordarán y se convertirán al Señor todos los confines de la tierra, y se postrarán ante él las familias de todas las gentes 55; de la que anuncia que fructificará y crecerá en todo el mundo 56; de la que dice el mismo Señor que se extiende por todos los pueblos, comenzando por Jerusalén 57; ¿no ves, digo, que si se echa a ésta fuera, se echa fuera con ella la Ley de Dios, los Profetas, los Salmos, los Apóstoles, el mismo Evangelio, en fin, todo el Testamento y el mismo Heredero?
Los donatistas se excluyeron a sí mismos
LIX. Si prestas atención a semejante impiedad, si te horrorizas, si te estremeces, mira dónde estáis y volved adentro, ya que no habéis enviado fuera, sino más bien os habéis echado fuera vosotros. Ved hasta dónde llega una apasionada ceguera. Se dice que Maximiano echó fuera a Primiano, y hace reír; se dice que el partido de Donato echó fuera las fatigas de los apóstoles que dan fruto y crecen a través del universo mundo, y esto nos hace estremecer.
- No te dejes engañar o no engañes. No advirtiendo lo que yo he dicho tantas veces, o disimulando que lo advertiste, afirmas que no es el grano del Señor la Iglesia que yo he presentado como católica de distinta manera a como la presenta la Escritura divina. Sólo el buen grano se guardará en el granero; ahora la Iglesia es triturada como una era con paja. Esto es lo que os urge y apremia, y si no os corregís, os aniquila; porque habéis dicho que no podéis tolerar la paja de esta era, que habéis mostrado sois vosotros, y tenéis la desfachatez de pretender que sois el grano limpio, y así, agitados con vanas calumnias, como levísimo polvo de la trilla lanzado al vacío, os salisteis de la misma era antes del último día de la bielda. En fin, vuestra es y no nuestra aquella voz plena de arrogancia y falsedad: ¿Qué hay de común entre la paja y el grano? 58 Esto lo dice Jeremías de los sueños y revelaciones de los falsos profetas; y Parmeniano lo pone como dicho de nosotros y vosotros. Pregunta también a Maximiano; no dirá otra cosa de sí. No es otro el tumor de la impía soberbia en cuantos se separan de la unidad de Cristo: se jactan de ser los únicos cristianos y condenan a los restantes, no sólo a los que conocen su querella, sino también a los que no han oído su nombre.
Interpretación aventurada o falsa de una frase de Agustín
LX. 72. Llegamos a lo que creíste haber dicho tan elegantemente. Cuando dije del Testamento de Dios: “Ahora léase, sea quien sea el que lo ha presentado”, pensaste habías de responder que esto contiene la confesión del crimen, y que yo dije: “Ahora léase, sea quien sea el que lo ha presentado”, porque me consta que fue quemado por los nuestros y conservado y presentado por vosotros.
Así, si confiado en la verdad quieres que Maximiano te presente el libro de la Ley para leer en él los casos de Datán, Coré y Abirón, que fueron tragados vivos por la tierra que se abrió a sus pies, y a los cuales le compara la sentencia de Bagái, ¿no se leerá contra él con tanto mayor motivo cuanto que se encuentra en su propio libro? Lo que yo dije: “Ahora léase, sea quien sea el que lo ha presentado”, no es la confesión de un crimen, sino la confianza en la verdad. ¿Hay algo más ventajoso, algo más digno de resaltar que, si puede ocurrir, seas tú el que presentes lo que se lea contra ti? No porque yo no tenga texto en mi favor, sino porque al quedar convicto es más fácil y más seguro si tienes contra ti lo que cede en tu favor si te corriges.
- Has tenido también el gusto de reiterar vaciedades contra la universalidad de la Iglesia; también al respecto te voy a responder. Vosotros constituís en África el partido de Donato, del que aparece claro que se separó el partido de Maximiano, ya que no está presente en toda el África en que os halláis vosotros; vosotros, en cambio, no estáis ausentes de las regiones en que están ellos. También se produjeron otros cismas entre vosotros, como el de los rogatenses en la Mauritania Cesariense, el de los urbanenses en una región muy pequeña de la Numidia, y algunos otros, pero quedaron donde se realizó la ruptura. Y de aquí se ve claro que fueron ellos quienes salieron de vosotros, no vosotros de ellos, pues vosotros os halláis también en los territorios donde están ellos, mientras que a ellos, en cambio, por doquier andáis vosotros no se los encuentra sino como viajeros.
Así sucede con la Iglesia católica, que, como dice Cipriano, ha extendido sus ramos con abundancia copiosa por toda la tierra 59, en todas partes aguanta los escándalos de los que se separan de ella sobre todo por el vicio de la soberbia, los unos aquí, los otros allí y en otras partes, que hacen ostentación de su partido diciendo: El Cristo está aquí o allí 60. El mismo Cristo advirtió que no se les diera crédito. No muestran el camino profetizado en los Salmos: Para que conozcan en la tierra tu camino, tu salvación en todas las naciones 61, sino que cada uno muestra las regiones de su comunión: he aquí, he allí. Donde caen, allí permanecen, y donde se separan, allí se secan. El árbol de que se separan se extiende también a las tierras en que, cada uno en su región, yacen aquellos ramos desgajados; en cambio, ellos no se encuentran uno a uno en todos los lugares en que se extiende aquel árbol, salvo algunas rarísimas hojas que el viento de la soberbia dispersa de vez en cuando a otras tierras.
El testamento de Dios
LXI. 74. Esta Iglesia, pues, que, para repetir las palabras del mismo Cipriano, extiende sus ramos por toda la tierra con abundancia copiosa, ha de llegar también en su desarrollo a muchas gentes bárbaras fuera del mundo romano. Pienso que tú también has investigado y descubierto esto, pues llegas a decir: “Paso por alto las religiones propias de los pueblos bárbaros, los ritos de los persas, la astrología de los caldeos, las supersticiones de los egipcios, los dioses de los magos, pues dejarán de existir, ya que, por la providencia de Dios, todo el mundo se vuelve cada día al nombre cristiano”.
Has dicho la verdad en estas palabras, y así se cumple la promesa hecha a Abrahán: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones 62. Dice “Todas las naciones”, no “Todos los hombres de todos los pueblos”. Por lo que es necesario que, hasta la separación en el juicio final, se vaya llenando todo el mundo no sólo de la fecundidad de la Iglesia que crece, sino también con la multitud de sus enemigos que tiene mezclados, por los cuales se pueda ir ejercitando y probando su unidad.
Así se recordó este testamento a su hijo Isaac, diciendo el Señor: Y cumpliré el juramento que hice a tu padre Abrahán. Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y te daré a ti y a tu descendencia la tierra entera, y en tu descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra 63. Así se recordó también a su nieto Jacob: Tu descendencia será como el polvo de la tierra, se extenderá más allá del mar, al sur, al norte y al este. Y en ti serán bendecidas todas las tribus de la tierra 64. Cuando la Escritura menciona frecuentemente la región “más allá del mar”, todo el que lo lee sabe que suele significar la parte occidental. Si tú hubieras querido acomodarte al testamento expresado, no te habrías limitado al sur, al país de África.
- No están, pues, en comunión con nosotros, como dices, los novacianos, los arrianos, los patripasianos, los valentinianos, los antropianos, los apelianos, marcionitas y, para usar tus palabras, los restantes “nombres sacrílegos de impías pestes, no sectas”. Sin embargo, doquiera están éstos, allí está la Iglesia católica, como en África, donde estáis también vosotros; pero no en todos los lugares donde está la Iglesia católica estáis vosotros o cualquiera de aquellas herejías. De donde queda claro cuál es el árbol que extiende con copiosa abundancia sus ramos por toda la tierra 65, y cuáles son los ramos desgajados que no tienen la vida de la raíz y que yacen y se secan, cada uno en sus lugares. Pero si no permanecen en su infidelidad, como dice de los israelitas el Apóstol, serán injertados, pues Dios tiene el poder de injertarlos de nuevo 66; pero no para recibir de nuevo el sacramento del bautismo, que ya habían tomado del árbol y no lo cambiaron, sino para revivir en la raíz de la caridad y la justicia, separados de la cual se secan por la esterilidad de su odio; como vosotros juzgasteis que habían de ser injertados Pretextato y Feliciano, a quienes había cortado consigo Maximiano, y cuyo bautismo, aunque ellos eran ramos desgajados, no rechazasteis. A ellos en verdad les garantizaríais algo si los devolvierais, no a vuestro ramo, sino al tronco de la Iglesia, junto con vosotros.
No se pierde el bautismo al salirse de la Iglesia, aunque no aprovecha fuera de ella
LXII. 76. Ahora bien, ¿qué responderé a lo que te pareció a ti que había dicho yo en favor de vuestra causa, al afirmar que no les aprovecha el bautismo a los que se separan de la unidad, pero que permanece en ellos, como se prueba al no dárselo a los que vuelven? Tú has afirmado también que vosotros decís que nada les aprovechó a nuestros antepasados, si no volvían a la Iglesia, el bautismo que en ella habían recibido.
Si fuera esto lo que decís vosotros, sólo buscaríamos una y otra para ver cuál es la Iglesia en que aprovecha el bautismo. Pero vosotros no decís que nosotros poseemos el bautismo sin que nos aproveche, sino que no lo poseemos en absoluto, que lo recibimos de los que lo habían perdido al marcharse. Por ello no pudiste ni podrás responder a lo que yo propuse: La existencia del bautismo en los que se separan queda demostrada en que no se da a los que vuelven. Si Feliciano lo había perdido al separarse de vosotros, ¿por qué no fue bautizado de nuevo al volver, para que se le devolviera lo que había perdido? Finalmente, si el mismo Maximiano vuelve a vosotros, no será bautizado, y debería serlo si hubiera perdido el bautismo. Efectivamente -son palabras tuyas-, los retenidos en su cisma por la sentencia de condenación perdieron a la vez el bautismo y la Iglesia. Por consiguiente, como a los que vuelven se les devuelve la Iglesia, devuélvaseles también el bautismo. Sean bautizados, repito, al volver, si perdieron el bautismo al separarse. Como no hacéis esto, también vosotros confesáis que los que se separan de la Iglesia tienen el bautismo, aunque no les aprovecha. Lo dan, pues, como lo tienen, es decir: los que reciben de ellos el bautismo fuera de la Iglesia, lo tienen aunque no les aprovecha. Por consiguiente, como a ellos al volver no se les devuelve lo que no perdieron, así a aquéllos no se les debe dar lo que ya habían recibido; pero hay que actuar en ellos para que, por la Iglesia, les aproveche a unos y a otros lo que pudo existir fuera de la Iglesia, pero sin provecho.
Según esto, ni dije nada en pro de vuestro error ni has respondido a lo que dije.
El huerto cerrado y la fuente sellada
LXIII. 77. Añades también, respecto al huerto cerrado y la fuente sellada, lo que no entiendes en absoluto por qué se ha dicho. Dices: “Si es un jardín cerrado y una fuente sellada, ¿cómo el que está fuera del jardín, esto es, de la Iglesia, y separado de su fuente, que es el bautismo, puede dar lo que no tiene?” 67 Pregunta a Feliciano si se hallaba en el jardín cerrado, cuando la puerta del plazo de tiempo le abría el retorno a esta clase de jardín cerrado. ¿Acaso robó de allí la fuente en que bautizara a sus laicos en el cisma de Maximiano? Si esto es así, ¿dónde bautizaban entonces los vuestros a los suyos? ¿Acaso con aquel plazo difirieron el darlo también a ellos, hasta que los ladrones retornaran al huerto con su fuente? ¿No eran entonces éstos seudoprofetas cuando, mintiendo sobre los crímenes de Primiano, hacían pasar a los engañados a su sacrilegio? ¿No eran lobos rapaces cuando llevaban a los seducidos de la grey de Primiano a la camarilla de su división?
Niegas los que yo llamé dominios tiránicos de los vuestros en campos ajenos y las bacanales de las embriagueces. Niégalo cuanto puedas; no temo que por ello haya dificultad para que os pongáis de acuerdo con nosotros.
No he dicho contra vosotros nada semejante a lo que los maximianenses condenados merecieron oír de vosotros. Niegas la furiosa locura de los circunceliones y el culto sacrílego y profano otorgado espontáneamente a los cadáveres de los suicidas; no niegas, sin embargo, que, cuando, a la manera de los egipcios muertos, rebosaban las orillas de víctimas que tienen en la muerte tanto mayor pena cuanto que no pudieron encontrar sepultura, vosotros os unisteis a esos cadáveres insepultos. Allí yacían Pretextato y Feliciano; o si ellos recuperaron la vida a vuestro lado, ¿qué hacéis del bautismo que administraron ellos estando muertos?
No ha atacado a las personas, sino al error
LXIV. 78. Afirmas que no he mantenido la paz y la suavidad que había prometido al principio de mi carta por haber llamado Satanás a Petiliano. No es a Petiliano ni a ningún partidario de Donato, sino al mismo error del partido de Donato a quien yo he comparado con Satanás, de cuyos lazos deseo liberar a los hombres que amo. Lee con más atención, lo encontrarás. Y si he dicho algo con más crudeza, lee lo que vosotros habéis dicho, no contra el error de los maximianenses, sino contra los mismos hombres. Por tanto, que Petiliano imite a Feliciano y no se irrite contra mí que deseo la paz.
- No me enojo en verdad contigo porque se te ha ocurrido reprocharme indirectamente el maniqueísmo a causa de un extravío de mi adolescencia. Por ello no me lamento de mi desgracia tanto cuanto me complazco de la gloria perpetua de mi Libertador. Con todo, sí te aconsejo, si te place, que busques y leas las extensas obras que escribí contra la pestilentísima herejía de los maniqueos. Allí podrás ver con qué fidelidad he defendido contra ellos la verdad cristiana y con qué claridad he refutado sus falacias. No rehúses darme fe a mí, tú que crees que se adhirió a Primiano fielmente Feliciano, quien lanzó contra él, en una sentencia condenatoria, tan grandes crímenes, en favor de Maximiano, contra quien después de separarse de él ha podido escribir algo quizá. Sin embargo, no pasó a él siendo un adolescente, laico, catecúmeno, como yo a aquéllos, sino que, como anciano frente a un anciano y como obispo frente a un obispo, se hizo enemigo de aquel a quien ahora se encuentra unido. Una alusión que, aunque indirectamente y con educación, habías hecho, me lleva a mencionar lo que, airado, escribió mi Primado contra mí. Cuando en un concilio de obispos le urgieron a que demostrara lo que afirmaba, se corrigió de su opinión y pidió perdón al respecto. Yo he leído cómo esta carta ha sido condenada. Investiga tú ahora si puedes leer algún texto en que Feliciano se haya retractado de lo que, no acusando, sino condenando, dijo contra Primiano, o al menos si el mismo Primiano anuló lo que, condenándolo, dijo contra Feliciano. Aunque encontraras algo, ni aun así serán del mismo valor las dos causas: en efecto, aquél había emprendido una acusación que, viendo era falsa, la condenó pidiendo a la vez perdón, sin que la dignidad del primado le hiciera desdeñar la humildad de la enmienda, ateniéndose más a lo que está escrito: Cuanto más grande fueres, tanto más debes humillarte en todas las cosas, y hallarás gracia en presencia de Dios 68; éstos, en cambio, no se habían acusado mutuamente ante otros, sino que se habían sentado como jueces uno frente a otro. De suerte que mutuamente se condenaron y, condenados, se pusieron de acuerdo. No miramos con malos ojos la paz entre los condenados en el partido de Donato si ellos no rechazan la paz de Cristo en el orbe entero.
Por qué los donatistas evitan el debate con los católicos
LXV. 80. Ya ves, pienso yo, qué vacía es tu pretensión de haber respondido a todo lo que mi carta contiene. Si respondiste porque no quisiste callar, no respondiste a todo, pero al menos respondiste. Ahora bien, si la respuesta tenía como finalidad anular lo que yo había dicho, veo ciertamente que has respondido a muchas cuestiones, pero que no has refutado ninguna.
Consideradas todas las cuestiones propuestas por mí, pienso te darás cuenta fácilmente que no es el deseo de evitar una controversia, que no existe cuando se busca la verdad o no se litiga por vanagloria, sino la desconfianza de una mala causa la que hace que vuestros obispos no quieran debatir con nosotros. Con sólo sacar al medio el asunto de los maximianenses, supongo reconocerás, al menos ahora, que no hay nada que oponer… Por eso, he querido poner de relieve esta cuestión, no para arrogarme, como crees o calumnias, una como insuperable elocuencia, sino para que vean los lectores que la causa es de tal naturaleza que no necesita buscar el patrocinio de elocuencia alguna para su defensa o, mejor, para su demostración.
- Ved que ya no llamo a vuestro error el monstruo de tres cabezas, ya que eres un corrector tan amable del lenguaje, sino que hablo de “calumnia en tres partes”, ni digo tampoco que por esta causa de los maximianenses tenemos que resistirle con un “dardo tridente”, sino que hablo de una “defensa en tres partes”; ni digo “clavad en su frente”, o “metedles en el gaznate”, sino “contened su desvergüenza y reprimid su lenguaje”. ¿Acaso por cambiar las palabras y haber puesto las propias en lugar de las metafóricas ha cambiado el asunto de los maximianenses, cuya síntesis os apabulla de tal modo que no os queda otro recurso, si alguna vez llegáis a tener buen sentido, que apaciguar definitivamente vuestra obstinada oposición?
Tres hechos que derrotan al donatismo
LXVI. 82. Si se trata de la participación, no en los pecados de los hombres, sino en los sacramentos divinos, ha habido comunión con los condenados y se ha hablado de otros sacrílegos en comunión con el condenado Maximiano, porque no les manchaban a éstos los retoños del sacrílego brote. Si se trata de persecución, habéis perseguido a los condenados, habéis corregido, persiguiéndolos, a los exaltados. Si se trata del bautismo, habéis aceptado el bautismo dado en el sacrílego cisma.
¿Para qué continuar citando inútilmente los divinos testimonios que no entendéis, si no es para conocer la verdad y evitar el error? Está escrito: Si alguno se considera pendenciero, nosotros no tenemos tal costumbre 69. Pero vosotros no habéis declarado como pendenciero ni a Restituto, que con una querella forense y estrepitosa luchó con Salvio de Membresa por causa de ciertas chozas y pequeños campos, a fin de expulsarle de los lugares, cuánto menos debe tenérsele como porfiador a quien discute confiadamente, no por usurpar o quitar, sino por comunicar la herencia de los bienes celestes a los que piensan de otra manera. Está escrito, dices tú: No hables a los oídos del necio, no sea que oiga tus palabras sensatas y las desprecie 70. No nos digáis algo al oído como si fuese un secreto si no nos tenéis por prudentes, como tampoco Cristo decía a los oídos de los fariseos lo que profería para refutarlos estando ellos presentes. Decidnos abiertamente, para dejarnos convictos, aunque no lleguemos a corregimos, cómo puede mancharos a vosotros, si tornáis a la unidad, el orbe cristiano si no os mancha el condenado Feliciano.
Está escrito: No respondas al necio según su necedad, para no hacerte igual a él. ¿No sigue allí también: Respóndele rebatiendo su necedad, no sea que se crea sabio? 71 Haced también eso vosotros: no deis una respuesta que esté de acuerdo con lo que tomáis por necedad de nuestra parte, sino que sea apta para confundirla. Responded, digo, cómo habéis admitido sin invalidación alguna el bautismo que administran los maximianenses en su cisma sacrílego, e invalidáis el dado en las Iglesias que ha propagado Cristo por medio de los apóstoles.
- Al final de tu carta has juzgado que debías recorrer brevemente todas las cuestiones que antes habías considerado con más amplitud, tratando de refrescar la memoria del lector. Continuando en ese mismo orden, atiende a no engañarte ni a ti ni a los otros. No indica arrogancia buscar o afirmar la verdad, y lo que piensas que no se ha podido definir nunca, no sólo lo han definido los prudentes y los que temen a Dios, sino también vosotros; al recibir a los maximianenses habéis limitado todo lo que pensabais no tenía límites.
Nosotros no os provocamos a un combate, sino a un debate, a vosotros que habéis abatido a los maximianenses incluso con procesos forenses, y reconocisteis el bautismo de Cristo aun en los que fueron bautizados en el cisma de Maximiano, aunque no debieron haber recibido allí el bautismo; y declarasteis que la fuente de la Iglesia, a la cual sólo se acercan los buenos, debía entenderse de otra manera, al aceptar el bautismo que los sacrílegos habían dado fuera.
Os veis forzados a confesar que nuestros antepasados o la Iglesia Santa no ha podido ser manchada por los crímenes de turificación o entrega cometidos por otros, y nunca probados por vosotros, vosotros que dijisteis que los retoños del brote del mismo sacrílego Maximiano no mancharon a los socios de Maximiano, a quienes concedíais un plazo para volver. Por eso, nosotros, nacidos tanto tiempo después, mucho menos podemos pertenecer a esa casta de traditores y turificadores, si tampoco entonces pudo manchar a la sociedad de nuestros antepasados entonces en vida.
Vosotros acostumbráis a achacarnos las persecuciones que calificáis, aunque contra toda verdad, de feroces en extremo; sin embargo, conseguisteis en parte, persiguiéndolos, corregir a los maximianenses y aunque a ellos, ya condenados, no les habíais otorgado el plazo, sin embargo, los recibisteis después del término del mismo y no anulasteis el bautismo que habían dado fuera de vuestra comunión aquellos a quienes con el plazo abríais la puerta para volver, sino que lo reconocisteis y aprobasteis incluso después del plazo.
Así, pues, al ver que no has podido decir nada que refute este asunto de los maximianenses y confunda por sí solo, perdóname si te he ofendido con alguna palabra que quizá se me haya escapado.
Si tú, africano que vive en África, estimulado por mis escritos, has tardado tanto en investigar este gran asunto de los maximianenses, surgido en la capital de África, y habiéndolo investigado no has podido descubrirlo a causa, como ya ves, de las falsedades que cuentan los vuestros, temed a Dios, no cubráis con los crímenes desconocidos de unos desconocidos africanos tantas naciones cristianas extendidas merced a la tan dilatada unidad cristiana, por el mundo, y, por la paz de Cristo, volved a la Iglesia que no ha condenado a desconocidos, si por la paz de Donato habéis tenido a bien volver a llamar a los condenados.