BAC vol. 33
Libro 01
RÉPLICA AL GRAMÁTICO CRESCONIO, DONATISTA
LIBRO PRIMERO
La carta de Cresconio a Agustín
I. 1. Ignoro, Cresconio, cuándo llegarán mis libros a tus manos, aunque no desespero de que lleguen, igual que pudieron llegar los tuyos a las mías, si bien mucho después de ser escritos. Me refiero a lo que te pareció que debías escribir para refutar mi escrito en que respondí, con la brevedad que me fue posible y sólo en parte, a vuestro obispo, Petiliano de Cirta, que se esforzaba por fundamentar la iteración del bautismo, y atosigaba a nuestra comunión no con el peso de los documentos, sino con la ligereza de la calumnia. Aún no tenía en mi poder la carta entera, sino su breve primera parte. No hay necesidad de investigar por qué sucedió así, ya que no tuve reparo alguno en contestar a toda ella, una vez que, después, llegó entera a mis manos.
Ahora bien, si no respondiera a la carta que me has enviado, quizá lo consideraras como una afrenta; pero temo que al hacerlo me creas ansioso de pelea. Te encontraste con mi carta, aunque no iba dirigida a ti. Sólo porque te parecía que atacaba a un obispo del partido de Donato pensaste que era obligación tuya asumir la responsabilidad de la réplica y llevarla a cabo. A ello te llevó la conciencia de poseer cierta capacidad, aunque no estabas obligado por oficio clerical alguno. Según eso, ¿cuánto menos me está permitido a mí, en atención a las exigencias de mi cargo, callar frente a Petiliano o frente a ti mismo, ya que él ataca a la Iglesia por la cual combato yo, y tú en cuestión semejante has compuesto, presentado y redactado un texto dirigido nominalmente a mí?
- En la primera parte te has esforzado por hacer sospechosa la elocuencia a los ojos de los hombres. Pues primero como alabando mi oratoria y luego como temiendo que con este arte te engañara a ti y a cualquier otro persuadiéndoos al error, te lanzaste a acusar a la misma elocuencia, utilizando contra ella hasta el mismo testimonio de las santas Escrituras. Donde pensaste que se dijo: En la mucha elocuencia no evitarás el pecado, en realidad no se dijo: “En la mucha elocuencia”, sino “en el mucho hablar”. Y el mucho hablar es un discurso superfluo, vicio adquirido por el afán de locuacidad. Por lo general, tienen afán de hablar aun los que ignoran lo que dicen o cómo lo dicen, ya con relación a la cordura de sus opiniones, ya con relación a la recta pronunciación u orden de las palabras que se aprenden en la gramática.
En cambio, la elocuencia es la facultad de hablar explicando convenientemente lo que pensamos, de la cual se debe usar cuando se piensa lo recto. No la han usado así los herejes. Si ellos hubieran pensado lo recto, no solamente no habría nada malo, sino hasta algo bueno que hubieran podido explicar con elocuencia. Por tanto, en vano has acusado a la elocuencia con la mención de esos ejemplos. No se debe dejar de armar a los soldados en defensa de la patria porque algunos hayan tomado las armas contra ella; como tampoco deben dejar de usar los médicos buenos y competentes los instrumentos quirúrgicos con vistas a la salud, porque los malos e incompetentes abusen de ellos para hacer perecer. ¿Quién ignora que como la medicina es útil o inútil según sea útil o inútil lo que se pretende, así la elocuencia, es decir, la práctica y facilidad de hablar, es útil o inútil según sea útil o inútil lo que se dice? Pienso que tampoco tú ignoras esto.
Cresconio cae en lo que critica
II. 3. Al ver que algunos me tienen por elocuente, para apartar de mí el interés del lector o del oyente, se te ocurrió -pienso- que debías atacar mi elocuencia; de suerte que no atienda a lo que digo todo el que, asustado por ti, juzgue que hablo con elocuencia y, por eso mismo, que debe esquivarme o huir de mí. Mira si lo que has hecho no pertenece al arte malvado que muchos, según tu cita de Platón, juzgaron debe ser desterrado de la ciudad y aun de la sociedad del género humano.
Esto no es elocuencia -que yo lamento no haya venido en mi ayuda para explicar como deseo lo que siento-, sino algo como la ocupación maligna del sofista que se propone defender el pro y el contra de todo, y no precisamente según sus convicciones, sino por espíritu de rivalidad y propio interés. De éste dice la santa Escritura: El que habla al estilo del sofista es odioso 1. De dicha ocupación me parece que trata el apóstol Pablo de apartar al joven Timoteo, cuando dice: Evita las contiendas de palabras, que no sirven para nada, si no es para la perdición de los que escuchan 2. Y para que no se pensara que quería impedirle la habilidad del bien hablar, añadió luego: Cuida de presentarte ante Dios como un obrero aprobado que no se avergüenza y trata como debe la palabra de la verdad 3.
Sin duda, éste es el sentimiento que se te coló en el espíritu; en efecto, me presentaste como elocuente y vituperaste la elocuencia por afán de contradicción; no precisamente porque pensaras así, sino con el fin de apartar de mí a los espíritus deseosos de aprender. ¿Cómo voy a creer que lo hiciste por convicción, sabiendo cómo soléis ponderar la elocuencia de Donato, de Parmeniano y de otros de los vuestros? ¿Habría algo más útil que ella si sus abundantes olas se moviesen en favor de la paz de Cristo, de la unidad, de la verdad, de la caridad? Pero ¿para qué hablar de otros? ¿No has descubierto en ti mismo que no es por estar convencido, sino por afán de rivalidad, por lo que te has convertido en vituperador de la elocuencia, ya que todo lo que escribiste no es sino un conato de persuadir por la elocuencia y acusar luego con elocuencia a la misma elocuencia?
Cresconio debería imitar a los suyos
III. 4. ¿A qué viene -te suplico- lo que dices sobre tu inferioridad con respecto a mí en el arte de hablar y en no haberte instruido lo suficiente en los modelos de la ley cristiana? ¿Acaso te forcé yo a escribir contra mí? Por tanto, eso no es sino el grito del que rehúsa o se excusa. Si, en efecto, no estás bastante instruido, ¿por qué no procuras callarte, o hablas para mostrar deseos de instruirte?
Dices que yo insisto y provoco siempre a que los vuestros discutan conmigo para dilucidar la cuestión de la verdad; pero que los vuestros proceden con más prudencia y paciencia, ya que en la iglesia siempre enseñan a la gente lo que está mandado en la Ley y no se preocupan de respondernos porque saben que si la Ley divina y tantos documentos de las Escrituras canónicas no pueden persuadirnos qué es lo mejor y más verdadero, nunca autoridad humana tras la discusión de los errores podrá devolvernos a la regla de la verdad. ¿Por qué entonces tú has juzgado bueno hablar contra nosotros mientras ellos se callan? Pues si hacen bien, ¿por qué no imitarlo? Y si mal, ¿por qué lo alabas?
- Afirmas que, con intolerante arrogancia, creo poder explicar lo que ha parecido a otros inexplicable y por eso lo han dejado al juicio de Dios. Pero poco más arriba habías dicho que yo pretendía acabar, después de tantos años, después de tantos jueces y árbitros con la cuestión que no pudieron concluir tantos obispos instruidos de ambas partes discutiendo ante los emperadores. ¿Ciertamente soy yo el único que me preocupo de esto, el único que deseo liquidar esta cuestión con la discusión? Pienso que si hubieras querido culpar sólo a los nuestros de intentar esto, no confesarías que también los vuestros se mantuvieron en ese intento. Como no puedes ya reprender aquel esfuerzo, aquella voluntad insistente, en atención a la participación de los vuestros, no quiero ser ajeno a esa buena obra. ¿Por qué me acusas, por qué me reprochas? ¿Será acaso por celos? No hay que creer esto temerariamente de ti. No queda sino que por espíritu de pelea trates de reprocharme a mí lo que te ves forzado a alabar en los vuestros.
Sólo hace falta conocer la resolución, que ya existe
IV. 6. “Pero es una intolerable arrogancia presumir de poder resolver uno solo lo que ha quedado sin resolver entre tantos y de tal categoría”. Te ruego no me atribuyas a mí solo esto; somos muchos los que estamos insistiendo para que se resuelva esto, más aún, para que se reconozca ya resuelto. Los que dijeron que no se había resuelto son precisamente aquellos que no quisieron aceptar la solución y os lo ocultaron a vosotros, a fin de que, engañados por su autoridad, creáis que no se ha resuelto.
En cambio, los nuestros, desde el momento en que se resolvió, no cesaron un momento de dar a conocer esa solución, por todos los medios públicos y privados a su alcance, a fin de que nadie persistiese en error tan funesto y se lamentase en el último día de la negligencia de los ministros de Dios para con él. Por tanto, no somos nosotros los que queremos reconsiderar desde el comienzo una causa ya solucionada hace tiempo, sino mostrar cómo se solucionó, sobre todo pensando en aquellos que lo ignoran. Así, convictos los defensores del error, o bien corrigiéndose, ellos mismos alcancen la liberación, o bien, refutados ellos y permaneciendo en su abierta contumacia, los que son más amantes de la verdad que de la rivalidad puedan ver lo que han de seguir.
El esfuerzo no ha sido estéril
V. 7. No sucede esto sin fruto, como piensas. Si pudieras ver cómo este error había invadido África a lo largo y a lo ancho, y cuán pocas son las regiones de ella que permanecen sin haber pasado, tras su enmienda, a la paz católica, no tendrías en modo alguno por infructuosa y vacía la insistencia de los defensores de la paz y unidad cristiana. Aunque alguna vez no dé fruto la aplicación esmerada de esta medicina, sí basta para dar cuenta de que no se cesó de aplicarla. Como el maligno inductor al pecado, aunque no haya persuadido a nadie, incurre justamente en la pena del seductor, así el fiel apóstol de la justicia, aunque los hombres lo rechacen, no perderá ante Dios la recompensa de su trabajo. Se trata de una tarea cierta con un fin incierto; incierto, digo, no en cuanto al premio del que lo realiza, sino en cuanto a la actitud del que escucha. Es incierto para nosotros si dará su asentimiento aquel al que se le predica la verdad, pero es cierto que es preciso predicar aun a éstos la verdad, como es cierto que los que la predican fielmente tendrán una justa recompensa, sean aceptados, sean despreciados o tengan que sufrir por ello temporalmente cualesquiera adversidades. Dice el Señor en el Evangelio: Al entrar en la casa, decid: Paz a esta casa. Si son dignos los que moran en ella, vuestra paz reposará sobre ellos; si no, volverá a vosotros 4. ¿Acaso les garantizó que habían de aceptar la paz aquellos a quienes la predicaran? En cambio, sí les dio una seguridad para que la predicasen sin vacilación.
El precepto de Pablo a Timoteo
VI. 8. También el apóstol Pablo dice: El siervo del Señor no debe ser litigioso, sino condescendiente con todos; capaz de escuchar y sufrido; debe corregir con mansedumbre a los de otra opinión, por si Dios les concede la conversión al conocimiento de la verdad y se libran del lazo del diablo, de cuya voluntad son cautivos 5. Fíjate cómo no quiere que el tal ande con altercados; pero sí que corrija con moderación a los que piensan de otra manera, a fin de que el siervo de Dios no vaya a tomar la prohibición de la petulancia como ocasión de negligencia. Pero como muchos, siguiendo en sus pecados o no encontrando qué responder y, sin embargo, resistiéndose a la verdad, encuentran pesada y molesta la misma corrección que se les hace con suavidad, califican de litigiosos y porfiados a los que se cuidan de ellos y no andan con disimulos para convencerlos de su error. La falsedad que temió ser descubierta y refutada acusa a la diligencia por la verdad con el nombre de aquellos vicios que la verdad condena. Pero ¿se va a abandonar por ello esa insistencia?
Mira cómo el mismo Apóstol apremia a Timoteo, para que no se le cuele alguna negligencia en la predicación de la verdad por causa de esos hombres a quienes es molesto su anuncio. Dice: Yo te conjuro ante Dios y ante Jesucristo, que ha de juzgar a vivos y muertos, y por su venida y por su reino: predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, corrige, exhorta, reprende, con toda paciencia y doctrina. ¿Quién al oír esto, si sirve con fidelidad al Señor, si no es un operario fingido, va a cesar en esa diligencia e insistencia? ¿Quién se atreverá a mostrarse negligente ante tal conjuro? Por consiguiente, que no nos aturda en esta causa tu palabrería; predicamos en verdad con el auxilio del Señor nuestro Dios la utilidad de la unidad, la piedad, la santidad; predicamos a tiempo a los que lo quieren, a destiempo a los que se resisten, y mostramos con todas nuestras fuerzas que este asunto entre nosotros y el partido de Donato ha quedado resuelto ya hace tiempo en favor y en contra de quienes lo ha sido.
Dos clases de hombres pendencieros
VII. 9. Quienes ya con obstinada astucia patrocinan la falsedad o por envidiosa jactancia alaban a la verdad, reconozcan en sí el nombre y la acusación de porfiada animosidad. El apóstol Pablo pone de manifiesto esta doble clase de gente pendenciera: la primera, en Alejandro, del cual dice: Alejandro, el broncista, me ha mostrado mucha maldad. El Señor le pagará según su conducta. Tú evítalo también, porque ha puesto muchas trabas a nuestra predicación 6; y la segunda, en aquellos de quienes dice: Hay, sí, algunos que, llevados por espíritu de envidia y afán pendenciero, anuncian a Cristo, sin rectitud de intención, creyendo añadir tribulación a mis cadenas 7. Estos sin duda anunciaban lo mismo que Pablo, pero no con la misma intención, con la misma voluntad; no por caridad, sino por envidia, como dijo; por terquedad, intentando con soberbia adelantarse y anteponerse al apóstol Pablo en esa misma predicación. No llevó esto a mal el Apóstol, más bien se alegró de ver que ellos predicaban lo que deseaba se difundiera por todas partes; dice así: Pero ¿qué importa, con tal que de cualquier modo, por oportunismo o por verdad, Cristo sea anunciado? 8 Ellos anunciaban ciertamente la verdad, esto es, a Cristo, aunque no con la verdad de su corazón, porque no lo hacían con intención sincera, sino con emulación retadora.
Así es que tú, que no puedes ser juez de nuestro corazón, advierte solamente si resistimos a la verdad o deseamos refutar a los que se resisten a ella. Sin duda, si persuadimos la verdad y refutamos el error, aunque no sea con rectitud de intención, antes bien, buscando ganancias de este siglo y la gloria humana, deben alegrarse los amadores de la verdad, ya que con este motivo se predica la verdad, como dice el Apóstol: También de esto me alegrare 9. Si, por el contrario -como Dios particularmente sabe y podías tú saber, según la capacidad humana, si vivieras con nosotros-, nos entregamos con solícita caridad a la fatiga que reclama este servicio, pienso que es injusto reprender nuestro ministerio si con espíritu ferviente luchamos por la verdad contra cualesquiera adversarios de la misma.
Cristo discutió hasta con Satanás
VIII. 10. Si vosotros tenéis por altercador o apasionado o sembrador de discordias a quien procura abrir o sostener un debate, mirad lo que tenéis que pensar del mismo Señor Jesucristo y de sus siervos los profetas y los apóstoles. En efecto, ¿acaso el mismo Señor, Hijo de Dios, predicó la verdad sólo a los apóstoles o a la muchedumbre que creyó en él? ¿No la predicó también a sus enemigos y detractores que le preguntaban, se le oponían y maldecían? ¿Acaso tuvo el menor reparo en disputar a solas sobre la oración con una mujer contra el parecer o la secta de los samaritanos 10? Dirás que él sabía de antemano que iba a creer. ¿Cómo? ¡Cuántas cosas no echó en cara repetidamente y en su misma presencia a los judíos, fariseos y saduceos, que no sólo no iban a creer, sino que incluso le contradirían al máximo y le perseguirían! ¿Acaso no les preguntó por propia iniciativa lo que quiso y cuando quiso, intentando dejarlos convictos por su propia respuesta? ¿No les respondió sin ambigüedad alguna cuando ellos le intentaban coger por medio de preguntas insidiosas, y no tenían qué replicar a su respuesta? Ahora bien, no se lee que ninguno de ellos se convirtiese para seguirle, no obstante dichas discusiones. Y bien sabía él con su presciencia que el decirles estas cosas a ellos o contra ellos de nada les aprovecharía para su salvación. Pero quizá con su ejemplo nos confortó a nosotros, que no podemos conocer de antemano la fe o falta de la misma en los hombres. De este modo, si alguna vez predicamos a espíritus endurecidos y perversos sin fruto para su salvación, no desfallezcamos ni desistamos en la tarea de la predicación, sintiendo disgusto por un trabajo inútil.
¿Qué decir respecto al diablo? Ya no es sólo Dios; ni siquiera los hombres pueden dudar de que de ningún modo se ha de convertir. Y, sin embargo, el Hijo de Dios lo dejó convicto con sus respuestas tomadas de las Sagradas Escrituras, cuando él le tentó insidiosamente y le propuso preguntas capciosas inspirándose en las mismas Sagradas Escrituras. Cristo no consideró indigno dialogar con el mismo Satanás sobre los oráculos divinos 11. ¿No preveía que, aunque no iba a ser de utilidad para los judíos y para el diablo, sería de provecho para los gentiles que iban a creer?
- También leemos que fueron enviados profetas a hombres tan desobedientes, que Dios mismo, al enviarlos, les anticipaba que aquellos a quienes eran enviados no harían caso de sus palabras. Paso por alto que ellos, con el espíritu profético con que discernían el futuro, hubieran podido conocer también que sus palabras iban a ser despreciadas, y con todo no cesaban en su machacona insistencia. Bien claramente lo dice el señor al profeta Ezequiel: Vete, entra en la casa de Israel, y comunícales mis palabras. Pues no se te envía a un pueblo con una lengua desconocida: es a la casa de Israel; no es a pueblos numerosos, que hablan lenguas diferentes y difíciles que tú no podrás entender. Si te hubiese enviado a éstos, quizá te hubiesen escuchado. Pero la casa de Israel no te escuchará, porque no quiere escucharme a mí. Toda la casa de Israel tiene el corazón agitado y endurecido. Pero yo te he dado cara dura para hacer frente a su cara dura, y apoyaré tu combate contra el combate de ellos 12.
He aquí un siervo de Dios que es enviado con la orden de hablar a quienes no le habían de oír, anunciando el mismo Señor que le enviaba y mandaba hablar que no le escucharían. ¿Por qué causa, con qué fin, con qué fruto, con qué resultado es enviado al combate de predicar la verdad contra los que habían de oponérsele y no habían de obedecer? ¿Habrá alguno que se atreva a decir que los santos profetas de Dios cayeron en el mismo deshonor que dejas caer sobre mí al decir: “Si tú sabes que la cuestión de que se trata no puede ser solucionada por ti, por qué tomas inútilmente este trabajo, por qué emprendes un trabajo ineficaz, por qué peleas vanamente y sin fruto? ¿No es un gran error querer explicar lo que no puedes, si la ley amonesta diciendo: No busques lo que te venga grande para ti; no investigues lo que supera tus fuerzas 13, y también: El hombre apasionado enciende querellas y el hombre iracundo agranda el pecado?” 14
No te atreverías a decir esto a Ezequiel, enviado por la palabra de Dios a combatir con hombres que no le habían de obedecer, que habían de pensar en contra, hablar en contra, obrar en contra. Si te atrevieras, a buen seguro que te contestaría lo que respondieron los apóstoles a los judíos: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres 15. Esto mismo te respondería yo.
Los obispos han de defender la sana doctrina
IX. 12. Si me pides ahora que te muestre dónde me ha mandado Dios a mí también esto que tú me prohíbes, recuerda que las Cartas del Apóstol no fueron escritas solamente para los oyentes del tiempo en que se escribían, sino también para nosotros, y no otro es el motivo por el que se leen en la Iglesia. Presta atención también a lo que dice el Apóstol: ¿Buscáis una prueba de que Cristo habla en mí? 16 Recuerda no ya lo que dijo Pablo, sino lo que habló el mismo Cristo por él y recordé poco antes: Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo 17, y lo demás. Atiende también cómo dijo a Tito, cuando le explicaba las cualidades que debía tener el obispo, que era preciso fuera perseverante según la doctrina de la palabra digna de fe: Para que sea capaz de exhortar según la sana doctrina y refutar a los contradictores. Porque hay, sobre todo entre los circuncisos, muchos insubordinados, charlatanes y seductores, y es necesario refutarlos 18. No dice que son tales sólo los que proceden de la circuncisión, sino sobre todo ellos. Sin embargo, afirmó con mandato inexorable que el obispo debía impugnar y refutar en la sana doctrina a los charlatanes y seductores. Reconozco que también me afecta a mí este mandato, y trato de cumplirlo según mis fuerzas; en esta tarea insisto con perseverancia según la ayuda del que me mandó. ¿Por qué te opones, por qué te alborotas, por qué me lo prohíbes, por qué me reprendes? ¿Hay que obedecerte a ti o a Dios?
No se debe predicar sólo en los templos
X. 13. A no ser que pretendas que estos documentos que he aducido de las santas Escrituras deben ser interpretados en el sentido de que -cosa que alabaste por hacerlo los vuestros- sólo en la iglesia hay que enseñar a los pueblos lo que manda la ley; quizá piensas que sólo en ella se debe corregir y dejar convictos a los que piensan de otra manera, de suerte que cada doctor trate de enmendar el error de los suyos, con la discusión y la predicación únicamente, pero si insiste en hacer esto con los que están fuera, se le debe considerar como un apasionado, pendenciero y peleón, “ya que el mismo Ezequiel, dices tú, y otros profetas eran enviados con palabras de Dios a su propio pueblo, es decir, israelitas a los israelitas”.
Cristo predicó a los judíos, fariseos, saduceos…
XI. 14. Voy a responderte también a esto. Ya recordé antes que el mismo Señor Jesús, que se propuso como ejemplo a sus discípulos, expuso la verdad y no desdeñó responder sobre la Ley, no sólo a los judíos, sino también a los fariseos, saduceos, samaritanos y al mismo diablo, príncipe de todas las falacias y errores. Y para que no pienses que esto sólo estaba permitido al Señor y no a sus discípulos, escucha lo que se lee en los Hechos de los Apóstoles: Un judío llamado Apolo, originario de Alejandría, llegó a Éfeso. Era un hombre versado en la Escritura. Había sido instruido en el camino del Señor, y con ánimo ferviente hablaba y enseñaba ajustadamente lo referente a Jesús, aunque sólo conocía el bautismo de Juan. Se puso, pues, a actuar con valentía en la sinagoga. Cuando le oyeron Priscila y Aquila lo tomaron aparte y le expusieron con mayor precisión el camino del Señor. Como quería pasar a Acaya, los hermanos le animaron y escribieron a los discípulos para que le acogieran. Llegado allí, sirvió de mucho a los fieles del país, pues refutaba vigorosamente a los judíos en público, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo 19. ¿Qué dices de esto? ¿Qué piensas? ¿No le acusarías de excitador porfiado y apasionado y de sembrador de discordias, si no os vierais oprimidos por la autoridad de libro tan santo?
El ejemplo del apóstol Pablo
XII. 15. ¿Acaso éste, por haber creído en Cristo siendo judío, debía refutar públicamente a los judíos que resistían a la fe cristiana y negaban que Jesús era Cristo, mientras que nosotros, por no haber seguido nunca el partido de Donato, no debemos refutar al partido de Donato que se resiste a la unidad cristiana? ¿Acaso el apóstol Pablo fue alguna vez adorador de los ídolos o estuvo en la secta de los epicúreos o estoicos, pues no sintió vergüenza ni pesar por hablar con ellos sobre la cuestión del Dios vivo y verdadero? Escucha lo que está escrito al respecto en el mismo libro: Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su alma se llenó de indignación al ver la ciudad llena de ídolos. Así que discutía con los judíos en la sinagoga; con los gentiles los que adoraban a Dios, y todos los días, en la plaza, con los que allí se encontraban. Incluso algunos filósofos epicúreos y estoicos entablaron diálogo con él. Unos decían: ¿Qué querrá decir este charlatán? Y otros: Parece ser predicador de divinidades extranjeras 20.
Aquí tenemos cómo el apóstol Pablo no desdeñó conversar con los estoicos y epicúreos, sectas no sólo diversas, sino contrarias entre sí. Y esto, disputando no sólo fuera de la iglesia, sino incluso fuera de la sinagoga; y no cesó de predicar la verdad cristiana sin dejarse atemorizar por sus insultos ni ceder ante sus disputas y ataques. Atiende a lo que testifica a continuación la Sagrada Escritura: Tomándole, pues, le llevaron al Areópago y le dijeron: ¿Se puede saber qué es eso que enseñas? Porque traes a nuestros oídos cosas extrañas; y queremos saber qué quiere ser ello. Es de saber que los atenienses todos y los extranjeros todos que allí vivían no tenían más pasatiempo que decir o escuchar novedades. Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: Atenienses, todo me hace ver que sois los más religiosos de los hombres. Porque, al recorrer vuestra ciudad y contemplar vuestras estatuas, he encontrado también un altar con esta inscripción. Al Dios desconocido. Pues bien, ese a quien veneráis sin conocerlo es a quien yo os anuncio 21; y todo lo que sigue, que sería largo citar.
Considera, te ruego, cómo es suficiente esto para la cuestión que ahora discutimos: que un hebreo, hijo de hebreos, apóstol de Cristo, se alce y hable, no en una sinagoga judía ni en una iglesia cristiana, sino en el Areópago de los atenienses, esto es, los griegos más contenciosos e impíos. Allí, en efecto, surgieron las sectas más dadas a hablar de los filósofos, algunas de las cuales, como la mencionada de los estoicos, entablan combates más de palabras que de ideas; esto es lo que prohibió el Apóstol a Timoteo al decirle que eso sólo sirve para la ruina de los oyentes 22. De éstos, como sabes, dijo Tulio: “La controversia sobre palabras atormenta tiempo ha a los griegos, más deseosos de porfiar que de la verdad” 23. Con todo, nuestro Pablo asumió su tarea de dirigirles la palabra y corregirlos, y sin dejarse atemorizar por el nombre de dicho lugar, que por el sonido proviene de Marte, que dicen es el dios de la guerra, allí dirigía sin temor palabras pacíficas a los que habían de creer; allí, ceñido con las armas espirituales, atacaba los perniciosos errores, y no temía, en su mansedumbre extrema, a los porfiados ni, en su extraordinaria simplicidad, a los dialécticos.
Cresconio la emprende contra la dialéctica sirviéndose de ella
XIII. 16. Sabes cómo floreció particularmente entre los estoicos la dialéctica, aunque hasta los mismos epicúreos, que no sólo no se avergonzaban, sino que tenían a gala el desconocimiento de las artes liberales, se jactaban de dominar y enseñar ciertas reglas de discusión, sirviéndose de las cuales nadie sería víctima del engaño. ¿Qué otra cosa es la dialéctica sino el arte de la discusión?
He juzgado que tenía que explicar esto, porque tú has querido reprocharme esta misma dialéctica. Como si no se aviniera con la verdad cristiana, vuestros doctores han juzgado que huir de mí y evitarme en cualquier dialéctico es más prudente que refutarme y vencerme. Como no pudieron persuadirte esto, puesto que no tuviste reparo en discutir por escrito conmigo, acusaste en mi persona a la dialéctica, a fin de engañar a los ignorantes y alabar a los que no habían querido enfrentarse conmigo en la discusión.
Pero tú ciertamente no te sirves de la dialéctica cuando escribes contra mí. ¿Por qué, pues, te has lanzado al peligro tan grande de la discusión, si no sabes discutir? O, si sabes, ¿por qué atacas a la dialéctica con la dialéctica mostrándote tan temerario o ingrato, que o no pones freno a la ignorancia que te lleva a la derrota o acusas a un conocimiento que te ayuda? Examino tu texto, el mismo que me has dirigido; veo que explicas algunas cosas con abundancia y elegancia de términos, esto es, como hombre elocuente; que argumentas con sutileza y agudeza, es decir, como hombre dialéctico y, sin embargo, censuras la elocuencia y la dialéctica. Si son perjudiciales, ¿por qué obras así? Y si no lo son, ¿por qué las atacas?
Mas para no atormentarnos con una disputa de palabras cuando se conoce el contenido, no hemos de preocuparnos de los nombres que el hombre ha tenido a bien darle. Por tanto, si se ha de llamar elocuente a quien no sólo habla con abundancia y elegancia de términos, sino también con veracidad, y a su vez, si se ha de llamar dialéctico a quien argumenta no sólo con sutileza, sino también con veracidad, no eres ni elocuente ni dialéctico; no precisamente porque la dicción sea pobre y ordinaria, ni porque tu discusión sea roma y tosca, sino porque abusas de esa facultad y esa habilidad para defensa de la falsedad. Pero si se actúa con elocuencia y brío no sólo respecto a la verdad, sino también en una causa mala, bien se puede hablar de elocuencia o dialéctica, y entonces tú eres elocuente y dialéctico, porque expresas con elocuencia cosas sin consistencia y disputas con agudeza sobre las falsas. Pero volveré sobre tu caso.
Como los estoicos, también San Pablo la usó
XIV. 17. Los estoicos fueron ciertamente grandes dialécticos. ¿Por qué el apóstol Pablo no evitó con toda cautela que conversasen con él y en cambio alabas a vuestros obispos porque no han querido hablar con nosotros por tenernos por dialécticos? O si también Pablo era dialéctico, y, por tanto, no temía hablar con los estoicos, porque no sólo argüía con agudeza, como ellos, sino también con veracidad, lo que no hacían ellos, guárdate de achacar a cualquiera como un crimen la dialéctica, de la cual confiesas se sirvieron los apóstoles. Al reprocharme esto, no pienso que te engañas por ignorancia, sino que engañas con astucia.
Dialéctica es un vocablo griego, y si el uso lo admitiese, quizá pudiera llamarse en latín “disputatoria”, como hombres bien conocedores de ambas lenguas llamaron “literatura” a la gramática. Como la gramática recibe su nombre de las letras, porque en griego las letras se llaman “grammata” (( D V : : ” J ” ), así la dialéctica recibió su nombre de la discusión, ya que la discusión en griego se llama * 4 ” 8 @ ( Z o * 4 V 8 , . 4 l . Y como los antiguos llamaron al gramático, en latín, “litterator”, así el nombre de dialéctico que se usa en griego, se llama en latín con más frecuencia y aprobación “disputator”.
Pienso que de esta manera no negarás al Apóstol la condición de “disputator”, aunque le niegues el de “dialecticus”. Reprobar, pues, en vocablo griego lo que te ves forzado a admitir en latín, ¿qué otra cosa es sino presentar una falacia a los indoctos, hacer una injuria a los doctos? Y si niegas que discute el Apóstol, que con tal asiduidad y elegancia lo hacía, das a entender que no conoces ni el griego ni el latín, o, cosa más creíble, engañas con una palabra griega a los que ignoran el griego y con una latina a los que no conocen el latín. ¿Qué cosa hay, no digo más ignorante, pues que tú conoces esto, sino más falsa en absoluto que, oyendo tantos y tan variados discursos del Apóstol que afirma la verdad y refuta la falsedad, negar luego que tenga la costumbre de discutir cuando esto no puede realizarse sino en la discusión?
- Si confiesas que él lo ha hecho habitualmente porque sus cartas te obligan a ello, pero pretendes que estos tratados no deben llamarse discusiones, sino conversaciones o cartas, ¿para qué voy a tratar contigo por más tiempo, a fin de que los que ignoran esto aprueben o reprueben al que les plazca de los dos? Esto lo pruebo por las mismas Letras divinas, ante las que tienes que ceder; profiero sus mismas palabras, los mismos nombres de las cosas. En el mismo testimonio que he citado de los Hechos de los Apóstoles, hablas a propósito del mismo Pablo: Discutía con los judíos en la sinagoga, y con los gentiles y los que honraban a Dios en la plaza 24. También está escrito en otro lugar, aunque trataba con el pueblo cristiano reunidos los hermanos en la iglesia: Un joven llamado Eutico estaba sentado en una ventana y, mientras Pablo discutía, se quedó profundamente dormido 25. Y también en el libro de los Salmos: Que le complazca mi discusión 26. Lo mismo en el profeta Isaías: Venid, discutamos, dice el Señor 27. Y en otros muchos lugares de las divinas Escrituras, lee donde encuentres esta palabra, y examina los códices griegos en los mismos testimonios de las santas Escrituras, y verás por qué se la llamó dialéctica. De esta manera, lo que hacen incluso con Dios todos los justos, a los que se dijo: Venid, discutamos, dice el Señor 28, imitarás con sensata piedad en lugar de acusarlos con necia temeridad.
El falso y el verdadero dialéctico
XV. 19. El que discute discierne en la discusión lo verdadero de lo falso. Los que no pueden hacerlo y quieren, sin embargo, parecer dialécticos, mediante preguntas insidiosas captan el asentimiento de incautos, a fin de sacar de sus respuestas motivo para reírse de los engañados en abierta falsedad o persuadirles con engaño una falsedad oculta, que con frecuencia ellos mismos tienen por verdad. En cambio, el verdadero dialéctico, es decir, el que sabe separar lo verdadero de lo falso, primero se ocupa de no engañarse a sí mismo haciendo una falsa distinción, cosa que no puede realizar sin el auxilio divino. Luego, cuando propone a los otros lo que él ha conseguido en sí mismo, comienza examinando qué es lo que conocen ya como cierto, para mediante eso llevarlos a lo que no conocían o no querían creer, demostrando que estas cosas derivan de las que retenían por ciencia o fe. De este modo, por aquellas verdaderas, con las cuales ven que estaban de acuerdo, se ven forzados a aprobar las otras verdaderas que habían negado, y así lo verdadero que antes se tenía como falso se distingue de lo falso, al ver que está de acuerdo con lo que ya antes se tenía por verdadero.
El dialéctico y el orador
XVI. 20. Si el verdadero dialéctico realiza esto amplia y extensamente, actúa elocuentemente, y entonces se le enriquece con otro vocablo, de modo que se le llama más apropiadamente orador que dialéctico. He aquí cómo el Apóstol amplía y desarrolla con profusión un pasaje: En todo nos afirmamos como ministros de Dios; por una gran paciencia, en las tribulaciones, en las angustias, en los azotes, en las cárceles, en las sediciones, en las fatigas, en las vigilias, en los ayunos; por la castidad, la ciencia, la longanimidad, la bondad, por el Espíritu Santo, por una caridad sincera, por las palabras de verdad, por el poder de Dios; con las armas de la justicia en la derecha y en la izquierda; en la gloria y en la ignominia, en la calumnia y en la buena fama, tenidos como impostores, siendo veraces; como desconocidos, siendo bien conocidos, como moribundos, estando vivos; como castigados, sin ser castigados a muerte, como tristes, estando siempre alegres, como pobres, nosotros que enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, nosotros que lo poseemos todo 29.
¿Se puede encontrar fácilmente algo más abundante y elegante, esto es, más elocuente, que esta manera de escribir del Apóstol? Pero si habla precisa y concisamente, se acostumbra a llamarle dialéctico antes que orador. Así habla el mismo Apóstol sobre la circuncisión y el prepucio del padre Abrahán o sobre la distinción entre la ley y la gracia; lo cual no entendieron algunos y le calumniaron acusándole de que decía: Hagamos el mal para que venga el bien. Pero, ya sea orador, ya dialéctico, ni hay discurso sin dialéctica, ya que en la misma extensión de la elocuencia se distingue la verdad de la falsedad, ni puede haber dialéctica sin discurso, puesto que la misma concisión del discurso se expresa por las palabras y la lengua. Tanto si es una exposición seguida como si, mediante preguntas al interlocutor, le obliga a responder lo que es verdad, y de aquí le lleva a otra verdad que se buscaba, donde tiene papel tan preponderante la dialéctica.
No acusar a la dialéctica, sino a sí mismo
XVII. 21. Cuando alguien se ve refutado por sus propias respuestas, si respondió mal no tiene por qué achacárselo al dialéctico, sino a sí mismo, y si respondió bien, se avergüenza de resistir, no ya al dialéctico, sino a sí mismo. En esta materia, cuando el Señor discutía con frecuencia con los judíos y los dejaba convictos a ellos, atrapados y encerrados en sus propias respuestas, no os habían oído a vosotros ni habían aprendido de vosotros a lanzar insultos; de lo contrario, le hubieran llamado con más agrado y animosidad dialéctico antes que samaritano. Puedes pensar lo convulsionados y confundidos que quedaron cuando, queriendo sorprenderle en la palabra, le preguntaron si era lícito pagar el tributo al César. Es decir, le tendieron una asechanza en forma de dilema, de modo que quedaría cazado escogiera lo que escogiera: si respondía que era lícito, sería considerado como reo ante el pueblo de Dios; y si decía que no era lícito, sería castigado como adversario del César. Entonces él les pidió que le mostraran una moneda y les preguntó de quién era la imagen y la inscripción. Al responderle ellos que del César, pues la verdad era tan clara que los obligaba a responder esto, de inmediato el Señor los ató y apresó con su misma respuesta, al decirles: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios 30. Dime, por favor: ¿Fueron dialécticos aquellos que, tendiendo las asechanzas de su pregunta intentaron vencerlo con engaño? ¿O lo fue más bien él, que de la misma pregunta sacó una respuesta verdadera con lo acertado de su misma pregunta y los obligó a confesar la verdad que pensaban que él no podría decir sin peligro?
Cristo, mejor dialéctico que los judíos
XVIII. 22. Si dices que ellos fueron dialécticos, porque preguntando con dolo, calumnia y malicia deseaban sorprenderle en la palabra -y así queréis que aparezcamos nosotros a muchos-, ¿por qué les respondió el Señor? ¿Por qué los llevó, contestando a la cuestión, hasta la confesión de la verdad? ¿Por qué les dijo: Por qué me tentáis, hipócritas? 31 Y ¿por qué no añadió: “Dialécticos”? ¿Por qué pidió que le mostrasen una moneda para pronunciar su juicio verdadero por boca de quienes eran falaces, y no dijo más bien: “Retiraos, no debo hablar con vosotros, ya que me proponéis preguntas capciosas y queréis tratar conmigo como si fuera un dialéctico”? Nada semejante dijo ni nos puso un ejemplo semejante contra los capciosos interrogadores y los taimados cazadores de nuestras palabras; antes bien, nos propuso que a estos enemigos de la verdad los forcemos, con la oportuna pregunta y una razón sin réplica, a dar testimonio de la verdad. Hagan esto con nosotros los vuestros, si es que somos maliciosos y dialécticos. ¿O acaso están indicando que temen que se lo hagamos más bien nosotros a ellos? Si tú consideras a Cristo dialéctico, alabarás la dialéctica que me achacas como un crimen.
Dificultades de Cresconio para definir la dialéctica
XIX. 23. Veo lo que quizá vas a decir para no hacerlo: Ni ellos ni él tuvieron que ver con la dialéctica en aquellas palabras. Entonces, si ni los que hablan capciosa e insidiosamente para engañar con la palabra a aquellos con los que tratan, ni los que refutan a los otros con su respuesta se comportan como dialécticos, enséñanos de una vez qué es la dialéctica, qué mal entraña, cuánto perjudica, cómo hay que huir de ella; igual que como sugieres maliciosamente dicho nombre a los ignorantes, muestra también el crimen que encierra a los que lo solicitan.
Te niegas a confesar que actúa como dialéctico quien, preguntando con pericia y rectitud a los hombres apartados de la verdad, por sus contestaciones los lleva a la verdad, a fin de no verte obligado a confesar que Cristo actuó como dialéctico con los judíos. Más aún, no quieres reconocer la dialéctica en aquellos que, tendiendo asechanzas con preguntas capciosas, intentan engañar al que responde, a fin de que no se te demuestre que así obraron con Cristo los judíos, a quienes él no esquivó callando, antes bien, venció hablando, y de esa manera te veas forzado a confesar que no obran correctamente vuestros obispos, a quienes tienes por doctos y sabios, al no querer entablar discusión con los dialécticos, para enseñarles la verdad invicta.
Noto que te ves en grandes apuros para definir al dialéctico, de modo que no sea un hábil disputador, lo que te forzaría a alabar lo que vituperaste, ni un insidioso cazador de palabras, para que no se te diga: “Actúe el cristiano con éste igual que Cristo actuó con aquéllos”.
En fin, si te place verte libre de esta preocupación, define así a un dialéctico: aquel con quien no quieren conversar los peritos de la ley del partido de Donato. ¿Qué otra cosa se te puede sugerir a ti, hombre que nos reprochas la dialéctica a nosotros y que ensalzas a tus obispos porque no quieren entrar en conversación con nosotros?
- Quizá respecto a los judíos sí encuentres qué decir: aunque con astucia y malicia tendieran las trampas de sus preguntas, no fueron dialécticos. En cambio, sobre los estoicos no se puede decir nada, ya que no sólo fueron dialécticos, sino que superaron a las restantes sectas filosóficas en este arte o habilidad. Estoico fue, como lo recuerdas conmigo, el famoso Crisipo, de quien el académico Carnéades refiere que cuando se disponía a discutir con él tenía que preparar su espíritu con eléboro; en cambio, a los demás los superaba fácilmente aun después de haber comido. Por tanto, si los libros de los estoicos nos enseñaron a discutir en calidad de dialécticos, que vuestros obispos presenten contra nosotros la doctrina de Pablo; pero permítannos tratar con ellos, igual que el Apóstol no rechazó entonces a los estoicos.
La doctrina de Cristo no teme la dialéctica
XX. 25. Jamás la doctrina de Cristo ha temido el arte llamado dialéctica, que no enseña sino a sacar consecuencias verdaderas mediante la verdad y falsas mediante la falsedad, lo mismo que no la temió el Apóstol en los estoicos, a los que no rechazó cuando quisieron conferenciar con él. La dialéctica misma nos enseña, como es verdad, que nadie es arrastrado lógicamente por el disputante a una conclusión falsa a no ser que haya consentido antes en falsas premisas de las cuales se sigue, se quiera o no, esa conclusión. Por esto, el que toma precauciones para que al hablar no se le escapen conclusiones falsas que no quiere, evite deliberadamente las premisas falsas. Pero si se ha adherido a premisas verdaderas, sean cuales sean las conclusiones a que llegue, que creía falsas o de las que dudaba, al darse cuenta debe abrazarlas, si se ama más la verdad llena de paz que la vanidad siempre pendenciera.
La dialéctica contra Cresconio
XXI. 26. Poco he dicho si esto que digo no lo demuestro en este asunto que entre nosotros se ventila. En esta misma cuestión del bautismo tú has propuesto el tema al preguntarme dónde te conviene estar bautizado, con nosotros o en el partido de Donato. Y como tu parecer es que es conveniente que el hombre se bautice en el partido de Donato, has intentado demostrar ese parecer por el hecho de que nosotros no negamos que exista el bautismo entre ellos. Ves claramente cómo has querido actuar de modo que nos llevaras de lo concedido a lo que no concedíamos; esto es, como concedimos que allí existía el bautismo, vernos forzados a conceder que el hombre debe ser bautizado allí.
Falta de lógica de Cresconio
XXII. 27. Considera con solicitud si existe ahí consecuencia, y respóndete a ti mismo. Pienso que, puesto esto ante los ojos, has de ver, dada la vivacidad de tu ingenio, cómo carecen de lógica las conclusiones que sacas. En verdad decimos que existe también allí el bautismo, pero no afirmamos que sea de utilidad; más aún, decimos que perjudica. Cuando se pregunta dónde debe bautizarse cada uno, creo que se pregunta a causa de las palabras del Señor: El que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios 32. Como mirando a esta utilidad es como tiene que recibirse el bautismo, cuando se pregunta dónde debe ser recibido, no se pregunta dónde se halla, sino dónde se ha de recibir útilmente con vistas al reino de los cielos. Se seguiría que debe recibirse dondequiera conste que existe, si se mostrase que todos los que tienen algún bien, lo tienen para su bien. Pero como existen muchos que tienen tantísimas cosas buenas para su mal, ¿quién no ve que cuando se pregunta dónde se ha de recibir algo, no se pregunta dónde está, sino dónde aprovecha? Si me concedes que el oro es un bien, y me concedes que los ladrones también tienen oro, pienso que no querrías que de estas dos concesiones sacara yo la conclusión de que quien aspirara a tener oro debía hallarse en la compañía de los ladrones. Igualmente, yo concedo que el bautismo es un bien, concedo que incluso los donatistas también tienen el bautismo, pero de estas dos concesiones no debes sacar la conclusión de que quien quiere tener el bautismo debe formar parte de la sociedad de Donato.
Poseer un bien y poseerlo para el propio bien. Ejemplos
XXIII. 28. Por todo, no dudo se te ocurrirán muchas cosas que, aunque sean buenas y enderezadas a algo útil, no son, sin embargo, útiles a todos los que las poseen, sino sólo a los que usan bien de ellas. La misma luz que ilumina a los ojos sanos y enfermos, les sirve a unos de ayuda y de tormento a otros; el mismo alimento robustece la salud de unos, perjudica la de otros; el mismo medicamento sana a éstos, debilita a aquéllos; las mismas armas protegen a unos, son impedimento para otros; el mismo vestido sirve a unos para cubrirse, a otros de estorbo. De la misma manera, el bautismo a unos les conduce al reino, a otros a la condenación.
Aplicación al sacramento
XXIV. 29. Veo aquí lo que te puede hacer vacilar. Dirás quizá que en todos estos casos no he citado para nada el sacramento. Ahora bien, el bautismo es un santo sacramento; por eso, aunque respecto del oro, de la luz, de los alimentos, armas y vestidos, se puede probar que son útiles para unos e inconvenientes para otros de los que los tienen, aunque sean buenos y destinados para algo útil, no hay lógica en afirmar igualmente del bautismo que aprovecha a unos y perjudica a otros de los que lo tienen.
Queda aún por investigar si aquellos bienes que pertenecen a la ley de Dios no aprovechan a todos los que los tienen. Propuesta esta cuestión, nuestra sentencia es que ni siquiera éstos aprovechan a todos los que los tienen. Fíjate cómo probamos esta afirmación por vuestras mismas concesiones. Concedéis que en todo se ha de creer al apóstol Pablo. Aquí hay ya una concesión. Concedéis también que el mismo Apóstol dijo: La ley es buena si se usa bien de ella. De estas dos concesiones se sigue que la ley es buena, pero para los que usan bien de ella. Luego, si alguien no usa bien de ella, no se trueca ella en mala, pero ciertamente perjudicará a los malos.
San Pablo confirma la distinción respecto a la ley
XXV. 30. Quizá digas que nadie puede estar sometido a la ley y usar mal de ella, pues, por lo mismo que vive contra la ley, se demuestra que no está sometido a ella. Por el contrario, yo digo que puede suceder que alguien esté sometido a la ley y no use bien de ella. Y pruebo esto una vez más con vuestras concesiones. Habéis concedido que el mencionado Apóstol adujo un testimonio de los Salmos contra los que se gloriaban de la ley y vivían contra ella. Dice: Como está escrito: No hay un solo justo ni persona inteligente, ni quien busque a Dios. Todos se han apartado, juntos se han vuelto inútiles. Sepulcro abierto es su garganta, su lengua urde engaños, veneno de áspides hay bajo sus labios, su boca rebosa maldición y acritud. Rápidos son sus pies para verter sangre. Desolación y miseria en sus caminos. No han conocido la senda de la paz, no hay temor de Dios delante de sus ojos 33.
Y para que no pudieran pensar que esto se decía contra los que no estaban sometidos a la ley, añadió a continuación: Ahora bien, sabemos que lo que dice la Ley, lo dice a los que están bajo la Ley, de suerte que toda boca enmudezca, y el mundo entero se reconozca culpable ante Dios 34. Dice también en otra parte: ¿Qué diremos, pues? ¿Que la Ley es pecado? Nada de eso. Sólo que yo no he conocido el pecado más que por la Ley. Yo no conocería la codicia si la Ley no dijera: No codiciarás. Pero, aprovechando la ocasión del precepto, el pecado obró en mí toda concupiscencia 35.
Y un poco después: El pecado, aprovechando la ocasión del precepto, me sedujo y por él me llevó a la muerte. La Ley, por tanto, es santa, y el precepto es santo y justo y bueno. Entonces, ¿lo bueno vino a ser muerte para mí? No; sino que el pecado, para manifestarse como pecado, se sirvió de una cosa buena para darme la muerte 36.
¿Te das cuenta cómo ensalza la Ley y reprueba a los que están sometidos a ella y, usando mal de ella, por medio del bien se conquistaban el mal? También el mismo Apóstol habla de un cierto conocimiento de la ley que afirmaba poseer él y otros, a la que, sin embargo, desprovista de la caridad, considera inútil y perjudicial: Respecto de las carnes inmoladas a los ídolos, sabemos que todos tenemos ciencia. Pero la ciencia hincha; es la caridad la que edifica 37. Por consiguiente, aun esta ciencia, bien que se refiera a la Ley, si estuviera en alguien sin caridad, le hincha y le perjudica.
Pues ¿qué? Del mismo cuerpo y sangre del Señor, único sacrificio por nuestra salvación, dice el mismo Señor: El que no come mi carne y bebe mi sangre, no tendrá la vida en sí 38. Y ¿no enseña el mismo Apóstol que aun esto es perjudicial para los que lo usan mal? Dice así:. El que coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor 39.
Consideraciones referidas al bautismo
XXVI. 31. He aquí cómo perjudican las cosas divinas y santas a los que usan mal de ellas. ¿Por qué no de la misma manera el bautismo? ¿Por qué no decir que en el buen bautismo no son buenos los herejes como en la ley que es buena no son buenos los judíos? Ya demostré con vuestra aprobación, puesto que concedéis que creéis a Pablo y que son de Pablo los testimonios que he aducido tomados de las Escrituras, ya demostré con vuestras concesiones que ciertas cosas que son buenas y legítimas perjudican a los que las tienen o poseen ilegítimamente. ¿Por qué no decir igual del bautismo, por bueno y legítimo que sea, que no aprovecha a todos los que lo tienen? ¿Por qué concluías tú con toda certeza y lógica que un hombre había de ser bautizado en el partido de Donato, basando la conclusión en que nosotros concedemos que también ahí se encuentra el bautismo, y no atendías a que nosotros podemos decir que efectivamente allí se encuentra el bautismo de Cristo justo, santo y bueno, pero punible, desfavorable, pernicioso para los enemigos del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, que se extiende según las promesas divinas en todos los pueblos?
Inconsecuencia de negar al bautismo lo que se concede a los otros sacramentos
XXVII. 32. ¿Qué puedes encontrar para responder aquí? ¿Que el bautismo no debe ser contado entre aquellos bienes que pertenecen a la ley de Dios que pueden poseer los hombres y no ser buenos? ¿Que ciertamente la misma ley y la ciencia y el sacrificio del cuerpo y sangre de Cristo son tales bienes que pueden poseerlos los hombres y ser malos, pero que el bautismo es un bien de tal categoría que quien lo tiene necesariamente es bueno? Si quisierais decir esto, decís una falsedad, y fíjate como consecuencia qué otra falsedad se sigue. No traigo esto aquí para llevarte de este error tuyo a otros errores, sino para que al conocer esta falsa consecuencia te libres de ella y enmiendes lo que precede.
¿Qué es lo que precede? Que de vosotros, todos los que tienen el bautismo son buenos. Esto es una falsedad evidente, de la cual se sigue que eran buenos todos aquellos que suscitaban cismas diciendo: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas; yo de Cristo. A éstos los refuta el Apóstol diciendo: ¿Se ha dividido Cristo? ¿Acaso Pablo ha sido crucificado por vosotros o habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? 40 Pero es falso que éstos eran buenos, excepto los que decían: Yo de Cristo, y, sin embargo, habían sido bautizados con el bautismo de Cristo. ¿Por qué se siguió esta falsedad? Porque precedió la falsedad de que todos los que tenían el buen bautismo eran buenos. Por consiguiente, rechácese una y otra cosa, corríjase una y otra afirmación, de tal suerte que, puesto que es manifiesto que los que formaban el cisma no eran buenos, y, sin embargo, estaban bautizados con el bautismo bueno, es manifiesto también que no todos los que tienen el bautismo bueno son buenos; y por esto no estamos obligados a conceder que alguien ha de ser bautizado en el partido de Donato porque hayamos concedido que el partido de Donato, que consideramos malo, tiene el buen bautismo.
La existencia de un solo bautismo no implica que no se halle fuera de la Iglesia
XXVIII. 33. Por eso, para vincularme por esa concesión a lo que no admito, añadiste que está escrito: Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, una sola incorrupta y verdadera Iglesia católica 41. Concedo todo esto, aunque la cita no es exacta. Pero ¿qué importa? Lo concedo todo, como dije. Sin embargo, no se sigue lo que intentas sacar de aquí, es decir, que los que no están en la única Iglesia no pueden tener el único bautismo. Eso es radicalmente falso. Y celebro hayas aducido un texto por el cual pueda yo recordarte lo que pretendo. Ciertamente has puesto en mis concesiones unos extremos por los cuales tratas de llevarme a tu campo: que existe un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia católica incorrupta. Como convenimos los dos en esto, piensas que de ahí puede mostrarse lo otro en que no convenimos: que no puede existir este único bautismo en aquellos que no están en esta única iglesia.
Yo digo, en cambio, que puede existir, si no se le cambia, si se observan los mismos ritos, y que no deja de ser el único bautismo porque se halla en aquellos que no están en la única Iglesia. Y lo demuestro por lo mismo que tú has afirmado con aquella cita respecto a la unidad de Dios y de la fe. Encontramos que el mismo Dios es adorado fuera de la Iglesia por los que le ignoran, y no por eso sucede que no sea el mismo Dios; y también encontramos que aquellos que no pertenecen a los miembros de la Iglesia confiesan la fe por la cual se cree que Cristo es el Hijo de Dios vivo y no por eso deja de ser una sola la fe. Así también, cuando encontramos que los que están fuera de la Iglesia practican el mismo rito de bautismo al bautizar a los hombres, no por ello debemos pensar que no es el mismo bautismo.
Lo que vale para Dios y para la fe, vale también para el bautismo
XXIX. 34. Quizá opongas a esto la imposibilidad de que fuera de la Iglesia se adore al mismo único Dios o de que se halle incluso en los que no se encuentran en la Iglesia la misma fe, por la que reconocemos a Cristo como Hijo de Dios, por lo que se llamó bienaventurado a Pedro. Esto es lo que me queda por probar. Lo tienes en el mismo discurso del bienaventurado Pablo, tomado antes de los Hechos de los Apóstoles. Al hablar de Dios, puesto que había encontrado en un altar la inscripción Al dios desconocido, les dijo: Al que vosotros adoráis sin conocerle, es el que yo vengo a anunciaros 42. ¿Les dijo acaso: “Como le adoráis fuera de la Iglesia, no es Dios ese a quien adoráis?” Lo que les dijo fue: Al que vosotros adoráis sin conocerle, es el que yo vengo a anunciaros. ¿Qué deseaba otorgarles, sino que adoraran sabia y saludablemente dentro de la Iglesia al mismo Dios que adoraban fuera de la Iglesia sin conocerlo y sin fruto? Así os decimos también a vosotros: “Os anunciamos la paz del bautismo que vosotros conserváis sin conocerlo, no para que cuando vengáis a nosotros recibáis otro bautismo, sino para que percibáis el fruto del que ya teníais”.
En cuanto a la fe, también el apóstol Santiago, al hablar contra aquellos que pensaban les bastaba con haber creído y no querían obrar bien, les dice: ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien; también los demonios creen y se estremecen 43. Por supuesto, los demonios no están en la unidad de la Iglesia, pero no por eso podemos afirmar que creen algo distinto, ya que le dijeron al Señor: ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Hijo de Dios? Por eso dice el apóstol Pablo: Si tengo tanta fe que traslado las montañas, pero no tengo caridad, nada soy 44. No creo haya persona tan insensata que piense se halla en la unidad de la Iglesia aquel que no tiene caridad. Así, pues, como el único Dios es adorado sin que le conozcan fuera de la Iglesia, sin que por eso deje de ser el mismo, y como la única fe se posee también sin la caridad fuera de la Iglesia, sin que por eso deje de ser la misma, así también el mismo bautismo se conserva con ignorancia y sin caridad fuera de la Iglesia, sin que por eso deje de ser el mismo. Hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia católica incorrupta. No la única en que se adora al único Dios, sino la única en que se adora al único Dios conforme a la piedad; ni la única en que se conserva la única fe, sino la única en que se mantiene la única fe con la caridad; ni la única en que se tiene el único bautismo, sino la única en que se mantiene el único bautismo para la salud.
Lógicamente, se admite el bautismo de los herejes
XXX. 35. De consiguiente, tú has propuesto, y nosotros estamos de acuerdo, un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia católica e incorrupta; pero, lejos de conseguir la conclusión que pretendías, nos has ayudado a hacerte saber lo que queríamos. Mira, pues, qué método tan válido seguimos nosotros que, cuando vienen los cismáticos y herejes a nosotros, corregimos en ellos lo que habían corrompido, y, en cambio, reconocemos y aprobamos lo que conservan como lo recibieron. Así se evita que, afectados por los defectos de los hombres más de lo debido, hagamos alguna ofensa a las realidades divinas. En efecto, vemos cómo el Apóstol, ante el altar de los gentiles que adoraban ídolos, en vez de negarlo, confirmó el nombre de Dios que encontró allí. En efecto, no se debe cambiar ni reprobar la marca del Emperador en un hombre, en el caso de que hubiera conseguido del mismo el perdón de su error y la graduación de la milicia, porque quien le imprimió esa marca fue un desertor cuyo fin era reunir los soldados en torno a sí; ni se debe cambiar la señal a las ovejas, al agregarlas a la grey del Señor, porque haya sido un siervo fugitivo el que les impuso la del Señor.
La circuncisión, figura del bautismo, no admitía repetición
XXXI. 36. Si lo que he dicho lo tomáis como trampa que se os tiende, porque no son ejemplos de Iglesia, aunque bien conocéis que las Escrituras contienen parábolas sobre ovejas y soldados, quiero decir algo de las Escrituras proféticas denominadas Antiguo Testamento, ya que en los Libros del Nuevo ni vosotros ni nosotros encontramos ejemplo alguno.
Supongo que no os atreveréis a negar que la circuncisión del prepucio fue observada por los antiguos como figura del futuro bautismo de Cristo. Si un samaritano circuncidado quisiera hacerse judío entonces, ¿podría ser circuncidado de nuevo? ¿No se corregiría el error de aquel hombre, y se aprobaría el signo reconocido de la fe? No faltan al presente herejes que se denominan a sí mismos nazarenos, aunque otros los llamen sinmaquianos, que tienen la circuncisión de los judíos y el bautismo de los cristianos. Por eso, igual que si alguno de ellos pasa al judaísmo no puede ser circuncidado de nuevo, de la misma manera cuando viene a nosotros no debe ser bautizado otra vez.
A esto contestaréis: “Una cosa es la circuncisión de los judíos, otra el bautismo de los cristianos”. Pero como aquélla era sombra de esta verdad, ¿por qué pudo existir aquella circuncisión en los herejes del judaísmo, y no puede existir este bautismo entre los herejes del cristianismo?
- Presentad un ejemplo, tomado de las Escrituras canónicas, de alguien que haya sido bautizado de nuevo al venir de la herejía. Los apóstoles mandaron, sí, que algunos fueran bautizados en Cristo después de recibido el bautismo de Juan; pero el caso es totalmente distinto. Juan, en efecto, no era un hereje, era amigo del Esposo; el más grande entre los nacidos de mujer 45. Por tanto, es un caso totalmente diferente. De lo contrario, si Pablo bautizó después de Juan, estando ambos en la unidad de Cristo, ¡cuánto más vuestros obispos, puesto que dicen estar en la unidad de Cristo, deben bautizar después de sus colegas, en los cuales reprenden justamente algunas costumbres, si lo hizo Pablo, que no pudo reprender nada en Juan! Por tanto, el caso es muy diferente, diferente también el motivo, sobre el cual sería largo disertar ahora, y sobre lo cual ya hemos dicho mucho en otras obras. Demostrad, pues, vosotros con las Escrituras canónicas que haya sido bautizado alguno que viene de la herejía. Nosotros presentamos lo dicho a Pedro: El que ha sido bañado no necesita lavarse 46. Cierto que vosotros replicáis: “Pedro no había sido bautizado en la herejía”. Entonces, como vosotros no podéis mostrar por las Escrituras, cuya autoridad nos es común, que alguien que viniera de la herejía haya sido bautizado de nuevo, ni nosotros que haya sido recibido así, por lo que se refiere a esta cuestión estamos a la par.
La doctrina católica es fiel a la Escritura
XXXII. 38. Pero nosotros mostramos que muchos bienes que pertenecen a la ley de Dios se encuentran también entre aquellos que no están en la Iglesia, y que ninguno de los vuestros puede negar. Por qué no queréis vosotros que el bautismo sea uno de ellos no lo veo en absoluto, ni confío en que vosotros podáis demostrarlo. Nosotros seguimos también en esta cuestión la autoridad bien segura de las Escrituras canónicas. Y no se debe estimar en poco el hecho de que, habiéndose planteado esta cuestión entre los obispos de la época anterior al surgir del partido de Donato, y hallándose divididas las opiniones de los colegas entre sí, salva siempre la unidad, pareció bien en toda la Católica, que se extiende por todo el orbe, observar esto que tenemos. Vosotros mismos presentáis el concilio de Cipriano, que o no tuvo lugar o fue justamente derogado por los restantes miembros de la unidad, de los cuales no se separó él. Y no por eso somos mejores que el obispo Cipriano, suponiendo que tuvo a bien bautizar de nuevo a los herejes, porque nosotros justamente no lo hacemos; como no somos tampoco superiores al apóstol Pedro porque no forzamos a las gentes a hacerse judíos, lo que según el testimonio y la corrección del apóstol Pablo se demuestra que hizo él, cuando la cuestión de la circuncisión suscitaba vacilaciones entre los Apóstoles semejantes a las surgidas después acerca del bautismo entre los obispos.
La universalidad de la Iglesia, garantía de la verdad de su doctrina
XXXIII. 39. Por consiguiente, aunque no se presente ningún ejemplo cierto a este respecto tomado de las Escrituras canónicas, mantenemos, sin embargo, en este asunto la verdad de las mismas Escrituras, al practicar lo que ya ha parecido bien a la Iglesia universal, que recomienda la autoridad de las mismas Escrituras. Así, como la santa Escritura no puede engañar, cualquiera que teme ser engañado por la oscuridad de esta cuestión, debe consultar a la misma Iglesia, señalada sin ambigüedad por la santa Escritura. Pero si dudas que la santa Escritura recomienda a esta Iglesia que se extiende en número tan abundante por todos los pueblos, y si no lo dudaras no estarías aún en el partido de Donato, yo te abrumaré con testimonios abundantes y clarísimos, tomados de la misma autoridad, a fin de que con tus concesiones, suponiendo que no te aferras a tu obstinación, te hagan confesar eso. Aunque antes te mostraré que nada verdadero pudiste responder a mi carta, que trataste de combatir.
Resumen del libro I
XXXIV. 40. Basta ya de momento; juzgué que a causa de la excesiva obstinación de ciertos hombres tenía que decir muchas cosas contra los que, al tener tan difícil su causa principal, tratan de apartar a los jueces de la discusión de la misma apelando a la prescripción, y afirman que no tienen que hablar absolutamente nada con nosotros. He demostrado por las santas Escrituras y con el razonamiento más evidente posible que ni la elocuencia más elevada ni la dialéctica más poderosa deben atemorizar a los defensores de la verdad para confundir, disputando con ellos y refutándolos, a los defensores de la falsedad.
He demostrado también aquello que en mi carta dijiste tanto te había conmovido: cuán inconsecuente es que, si concedemos la existencia del bautismo en el partido de Donato, hemos de conceder también que en él mismo deben bautizarse todos. En efecto, como el pueblo réprobo de los judíos pudo tener una ley buena, así la sociedad réproba de los herejes puede tener un buen sacramento.
Qué es lo que se da propiamente en la Iglesia, y qué no se da en absoluto fuera de ella, se demostrará sin dificultad en su lugar. En efecto, no se actuaría correctamente con los herejes, que confesamos tienen el bautismo, procurando que vengan a toda costa a la Iglesia católica, si al venir no recibieran algo que en otra parte no pueden recibir, y sin recibir lo cual sería vana y perniciosa la posesión de ciertos bienes, incluso pertenecientes a la ley de Dios, que pudieran recibir en otra parte. Cualquiera que sea este bien, que, conforme a las santas Escrituras y la razón más segura, se podrá descubrir que no puede darse ni recibirse sino en la santa Iglesia, pertenecerá a la fuente sellada, al pozo de agua viva, al jardín con frutos más exquisitos 47, del que has hecho una mención a tu modo, aunque demostrando que no has comprendido lo que es, puesto que piensas ciertamente que eso se ha dicho del bautismo visible. Aunque él sea santo y no deba omitirse en modo alguno, por el santísimo significado por el que destaca, ¡cuántos son los que lo reciben, no sólo los buenos que según el designio de Dios han sido llamados a ser imagen del Hijo de Dios 48, sino también de los que no poseerán el reino de Dios 49, entre los cuales, como dice el Apóstol, se encuentran los borrachos y los avaros 50. Considero que si lo piensas dando de mano a la pertinacia, te responderás fácilmente que digo la verdad, y así no buscarás la fuente sellada y el pozo de agua viva sino donde no permite Dios que se acerquen los que le desagradan.