BAC vol. 32
Libro tercero
Réplica a la carta de Parmeniano
LIBRO TERCERO Conservar la unidad, regla fundamental de la disciplina eclesiástica
I. 1. Toda regla y toda medida de disciplina eclesiástica inspiradas en la piedad deben tener como mira fundamental la unidad que crea el Espíritu con el vínculo de la paz. El Apóstol ordena conservar este vínculo de la paz soportándose mutuamente. Si éste se rompe, todo castigo con vistas a la enmienda no solamente se vuelve superfluo, sino incluso perjudicial, con lo que ni siquiera tiene lugar la enmienda.
Aquellos malos hijos de la Iglesia que, no por odio a las injusticias ajenas, sino por espíritu de disensión, ambicionan atraerse a las masas incautas, bajo el señuelo de un título pomposo, bien sea arrastrándolas a todas o al menos dividiéndolas; hombres hinchados de soberbia, crueles en su obstinación, acostumbrados a la calumnia insidiosa y a la turbulencia y a la rebeldía; todos éstos para no aparecer ante los demás como privados de la luz de la verdad, tienden la negra cortina de una rígida severidad, y aquellos preceptos de la Sagrada Escritura encaminados a corregir los vicios de los hermanos mediante remedios muy dolorosos, dejando siempre a salvo el auténtico amor y la integridad pacífica de la unidad, ellos lo ponen al servicio del sacrilegio del cisma y lo utilizan como pretexto para la división, diciendo: “Mirad cómo lo dice el Apóstol: apartad el mal de en medio de vosotros 1. Y esto no lo ordenaría -dicen ellos- si el mal no perjudicase a los buenos”.
¿Dónde está el equilibrio entre la severidad excesiva y la negligencia culpable?
- De momento miremos a ver si al Apóstol no le faltaba razón en no decir: “Separad a los malos de vuestra compañía”, sino en decir: separad el mal de en medio de vosotros. Porque, aunque se nos prohíbe separar de la unidad eclesial a los malvados, con tal de apartar el mal de uno mismo, no hay lugar a la complicidad interior con ellos, y de esta forma no sólo hay unión espiritual de los buenos, sino que también hay separación espiritual de los malos. Pablo, en el pasaje anteriormente citado, dirigido a Timoteo, dice: No te hagas cómplice de pecados ajenos 2, como si le dijera que podía darse el caso de que le fuera imposible apartar de la sociedad eclesial a algunos malvados, y, por lo tanto, se veía en la necesidad de tolerarlos; y como aconsejándole la forma de no verse implicado en pecados ajenos, le dice: tú consérvate íntegro 3. La verdad es que la complicidad con los malos sólo la puede tener el que es malo: el bueno de ninguna manera, aun cuando tenga que vivir en la misma sociedad que ellos. A este mismo respecto dice a los de Corinto: ¿Es asunto mío juzgar a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quienes juzgáis vosotros? 4 Y para no sentirse tal vez preocupados por el excesivo número de mala gente mezclada de tal manera con el trigo que no fuera posible sin perjuicio reunirlos y separarlos, por eso les dice: quitad el mal de en medio de vosotros. De este modo, si no les era posible quizá separar a los malos de su comodidad, sin embargo, quitando el mal de en medio de ellos, es decir, no pecando en su compañía ni prestándoles su consentimiento o su colaboración para el pecado, se mantendrían totalmente íntegros e incorruptos en medio de ellos. En efecto, es por el mal personal como da uno su consentimiento; en cambio, si se arranca el mal de sí mismo, no hay lugar a consentir con el mal ajeno.
De ahí que también, si uno llega a despreciar la disciplina de la Iglesia hasta el punto de descuidar el aviso, la corrección y la reprobación de los malos con quienes él no peca ni colabora, o descuida incluso la exclusión de la comunión sacramental -si es él quien ostenta el cargo y ello es posible sin menoscabo de la paz eclesial-, éste no peca por pecado ajeno ninguno: es él quien peca con su pecado personal. La negligencia, por sí misma, en materia de tanta importancia, es ya una falta grave.
Por consiguiente, aquel que, siguiendo las amonestaciones del Apóstol, aparta el mal de sí mismo, no sólo no caerá en el atrevimiento de cometerlo ni en el contagio de dar su consentimiento, sino tampoco en la pereza en corregirlo ni en la negligencia en castigarlo, siempre teniendo en cuenta la prudencia y la obediencia al precepto del Señor de no dañar el trigo. El que con estas miras tolera la cizaña en medio del trigo, extirpando el mal de sí mismo, éste no se está haciendo cómplice de la cizaña y la está ya separando y juzgando de forma provisional en el día presente; mañana ignora lo que pueda suceder. Por eso hay que mantener siempre la caridad y castigar sin perder jamás la esperanza de la enmienda allí donde urge la necesidad del castigo.
Pero, para que esto quede suficientemente claro, analicemos detenidamente todo este pasaje de la carta del Apóstol.
San Pablo, un modelo de equilibrio entre rigor y negligencia
- ¿Qué queréis? -pregunta-; ¿voy a vosotros con la vara o con amor y espíritu de suavidad? 5 Se ve en seguida que está hablando de un castigo, y para significarlo menciona la vara. Pero ¿la vara está reñida con el amor, puesto que añade: Voy a vosotros con la vara o con el amor? Por lo que sigue, es decir, y espíritu de suavidad, nos da a indicar que también la vara tiene amor. Pero una cosa es el amor con severidad y otra el amor con suavidad. El amor es uno solo, pero tiene manifestaciones distintas según las circunstancias. Se oye hablar -dice- a las claras entre vosotros de inmoralidad, pero una inmoralidad tal como no se da ni entre los gentiles, hasta el punto de que uno vive con la mujer de su padre 6.
Vamos a ver cómo ordena a los cristianos de Corinto tratar con severidad un delito tan monstruoso. ¡Y vosotros -dice Pablo- tan engreídos!, en lugar de haber hecho un duelo, para que sea excluido de entre vosotros quien ha cometido tal acción 7. ¿Por qué “duelo” más bien que “cólera”, sino porque, si un miembro sufre, todos los demás miembros sufren con él? 8 Y no dice “un duelo por ser excluido”, sino para que sea excluido, es decir, para que el dolor de los que se lamentan llegue hasta Dios, y sea él mismo quien excluya al autor de este crimen de en medio de ellos, como él sabe hacerlo, no sea que ellos, como hombres ignorantes, arranquen también el trigo.
Puesto que la necesidad obliga a un castigo de esta clase, la humildad de los que hacen el duelo debe impetrar la misericordia impedida por la soberbia que puede ocultarse en la severidad. No hay que descuidar la salvación de quien es excluido de la compañía de los hermanos. Hay que procurar que ese castigo le sea de provecho, recurriendo incluso a las súplicas y oraciones si las reprensiones no surten efecto de enmienda. Y por eso sigue diciendo: Yo, en realidad, así como estoy, ausente en el cuerpo, pero presente en el espíritu, ya he dado mi sentencia como si estuviera presente en relación con el individuo que ha perpetrado esta acción: congregados vosotros y yo en espíritu, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, entregarlo a Satanás con el poder de nuestro Señor Jesús, para que corporalmente sea como un muerto, y así su espíritu se pueda salvar el día del Señor Jesús 9.
¿Qué pretendía con ello el Apóstol sino mirar por la salud espiritual a través de la muerte del hombre carnal? Así, por algún castigo, o incluso por la muerte corporal, como en el caso de Ananías y su esposa, que cayeron muertos a los pies del apóstol Pedro, o por medio de alguna penitencia, puesto que era entregado a Satanás, daría muerte en sí mismo a la criminal concupiscencia. Es él mismo quien dice: Dad muerte a los miembros terrenos 10 -entre los cuales nombra también la inmoralidad-; y también: Si vivís según los instintos del hombre carnal, moriréis, pero si, guiados por el Espíritu, dais muerte a las obras del hombre carnal, viviréis 11. Pero no excluye de la caridad fraterna a quien ordena separarlo de la fraterna sociedad. Más claro todavía lo expresa hablando a los tesalonicenses: Si alguno no hace caso de lo que decimos en la carta, a éste señaladlo con el dedo y no os mezcléis con él, para que se avergüence. No se trata de considerarlo como enemigo sino de corregirlo como a hermano 12.
A ver si llega a sus oídos y se dan cuenta estos donatistas de cómo el amor del Apóstol hace esfuerzos para que nos soportemos mutuamente y tratemos de mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. En efecto, nada más decir: No se trata de considerarlo como enemigo, sino de corregirlo como hermano 13, como si diera la razón de por qué lo había dicho, añadió: Que el mismo Dios de la paz os conceda la paz siempre y sin medida. Y lo mismo que acerca del que había tomado la esposa de su padre, ordena más bien el duelo y recomienda la pacífica caridad por todas partes, dice también de sí mismo: (Temo) que cuando vuelva de nuevo, Dios me dé humillaciones entre vosotros, y tenga que hacer duelo por aquellos que ya antes estaban en pecado y no han hecho penitencia de la impureza, del desenfreno y de la inmoralidad en que vivían 14. Y sigue diciendo poco después: Os lo previne y os lo prevengo, como en mi segunda visita, también ahora ausente, a los que vivían en pecado y a todos los demás: que cuando vuelva no tendré consideraciones 15.
Lamentándose, pues, es como sentenciaba Pablo, para que fuese la misericordia de Dios, sin romper el vínculo de la paz -en la cual reside la plenitud de la salvación- la que quebrantase a los pecadores y los enmendase, como se deja entender en el caso ya citado del que había caído en la inmoralidad con la mujer de su padre. Pues no se ve a qué otro se pueda referir lo que dice en la misma segunda carta a los Corintios: De tanta pena y angustia como sentía en mi corazón es por lo que os escribí con muchas lágrimas, no para que os aflijáis, sino para haceros caer en la cuenta del amor tan grande que os tengo. Y si alguien ha ofendido, no es a mí a quien ha ofendido, sino a todos vosotros y hasta cierto punto, para no cargar las tintas. Le basta a ése el correctivo impuesto por la mayoría, y, por el contrario, es mejor que lo perdonéis y lo animéis, no sea que el excesivo pesar acabe con él. Por eso os recomiendo que vuestro amor hacia él no deje lugar a dudas. Este es el fin de mi carta: comprobar vuestra madurez y ver si hacéis caso en todo. Si vosotros perdonáis algo a alguien, yo también. Pues también yo, si algo le he perdonado a alguien, lo he hecho por vosotros en presencia de Cristo, para no ser poseídos por Satanás. Conozco, en efecto, sus intenciones 16.
¿Puede concebirse en obras o en palabras algo más mesurado, más cuidadoso, más lleno de delicadeza, más parecido al amor de un padre o de una madre? Al pecador le ofrece la oportunidad de convertirse, y una vez corregido por la contrición de corazón y por la humillación de la penitencia, quiere que se le devuelva el consuelo, no sea -dice Pablo- que el excesivo pesar acabe con él.
¿Y qué querrá decir la frase conclusiva del presente texto: para no ser poseídos por Satanás. Conozco, en efecto, sus intenciones? 17 Pues que es él, Satanás, quien, bajo las apariencias de una severidad justa, induce a una cruel dureza. ¿Qué es lo que pretende su astucia emponzoñada? No otra cosa que ir debilitándole hasta romper el vínculo de la paz y de la caridad, porque, si éste se mantiene entre los cristianos, todos sus poderes nocivos se tornan inútiles, y caen hechas pedazos sus insidiosas trampas y se desvanecen sus planes de destrucción.
Los donatistas jamás han buscado la paz
II. 4. Pero, aunque el Apóstol habla en la segunda carta a los Corintios de alguna otra persona, también allí da a entender con cuánto amor a cada uno debe la Iglesia proceder en la imposición de los castigos. Este es el texto principal que los donatistas, sin saber interpretarlo, suelen utilizar como apoyo a sus imposturas: El justo me castigará con misericordia y me reprenderá; pero el ungüento del pecador no perfumará mi cabeza 18. Pero, como éstos no han sabido castigar con misericordia, pisotearon la inocencia de Ceciliano a base de crueles sospechas y, por otra parte, han perfumado con el óleo de una hipócrita adulación el despotismo de Optato Gildoniano. Si soportasen entre gemidos y duelos las injusticias de Optato con miras al vínculo de la paz, no romperían, por supuesto, la verdadera, la católica paz, fundada en la unidad santa de todo el mundo: o cuando menos el haberla roto sus antepasados con aquella nefasta ceguera les causaría un dolor tal, que al verse obligados a tener que soportar en su propia carne tan elevado número de malvados por la paz de Donato, al menos tratarían de hacer callar sus envenenadas calumnias por la paz de su propia corrección.
La humildad, salvaguarda de la unidad entre justos y pecadores
- Pero volvamos de nuevo a la primera carta a los Corintios para continuar la cita. Tras haber dicho el Apóstol: entregar a éste a Satanás para que corporalmente sea como un muerto, y así su espíritu pueda salvarse en el día del Señor Jesús 19, recomendando una y otra vez que esto debe realizarse con la humildad de quien se lamenta, no con el orgullo de quien se ensaña, a renglón seguido añade: ¡No es oportuna vuestra jactancia!, o quizá con un tono de reproche: ¡Bien por vuestra jactancia! 20 Así está en varios códices, principalmente latinos, aunque en unos y otros el pensamiento es el mismo. No hay peligro de que alguien entienda como alabanza la frase ¡Bien por vuestra jactancia!, cuando más arriba había dicho: ¡Y vosotros tan engreídos, en lugar de hacer duelo! Además continúa diciendo aquí mismo: ¿No sabéis que un poco de fermento corrompe toda la masa? 21 Lo cual puede muy bien referirse a la corrupción de la vanagloria. En efecto, la soberbia, vieja herencia del primer hombre, caído por su causa, obra a manera de fermentación y corrupción de los espíritus, los hincha y forma en ellos una sola masa: son los que consienten en formar parte de ella por una común jactancia vanidosa.
El gloriarse no precisamente de los propios pecados, sino de los ajenos, por una especie de contraste con la propia inocencia, parece sólo un poco de fermento -¡sería demasiado fermento gloriarse hasta de los propios delitos!- Pero incluso eso poco llega a corromper la masa entera. Cae el soberbio por serlo, y comienza a disculpar sus pecados y quiere que su orgullo quede bien alto. El Apóstol, previéndolo, advierte: Por tanto, el que se crea estar en pie, tenga cuidado no caiga 22. Y también: Si fuera sorprendido alguien en un desliz, vosotros, los hombres de espíritu, tratad de recuperarlo con mucha suavidad, atento tú siempre no vayas a ser tentado también. Llevad unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo 23. ¿Cuál es la ley de Cristo sino: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis mutuamente? 24 ¿Cuál es la ley de Cristo sino: Mi paz os doy, mi paz os dejo? 25 El mandato que da: Llevad unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo, es el mismo que este otro: Soportándoos mutuamente con amor, procurando conservar la unidad que da el Espíritu con el vínculo de la paz 26.
También en el célebre fariseo parecía que había algo de fermento, puesto que no solamente no se dolía de ser un pecador, sino que se enorgullecía de sus propios méritos frente a los pecados del otro. Pero descendió justificado el que había confesado sus pecados, al contrario del fariseo, jactancioso de sus méritos, porque el que se exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado 27.
Y continúa el Apóstol diciendo: Haced limpieza de la vieja levadura, para ser una masa nueva, de acuerdo con lo que sois, panes ácimos 28. ¿Qué significa “para ser”, y qué significa “de acuerdo con lo que sois”, sino que entre ellos los había sin la vieja levadura, y que otros todavía la tenían, y a éstos les invita a seguir el ejemplo de los primeros? Sin embargo, a todos los amonesta a la vez, como a quienes forman la misma asamblea, para que los que estaban ya purificados no desesperasen de aquellos que todavía no lo estaban, creyendo que no eran miembros pertenecientes a su mismo cuerpo. Y por eso los amonesta a unos y otros juntos: “para que lleguéis a ser lo que sois”. Ya lo sabían los que estaban purificados, pero con el aviso del Apóstol debían aprender a soportar a quienes todavía no lo estaban, con el fin de conservar la unidad que da el Espíritu con el vínculo de la paz, mediante la mutua tolerancia por amor, y, llevando unos las cargas de los otros, cumplir, efectivamente la ley de Cristo.
Jesucristo, nuestro Señor, para enseñarnos el camino de la humildad, se dignó rebajarse hasta la muerte de cruz y, lo mismo que el médico soporta a los enfermos, así él soportó a los pecadores, de quienes había dicho: No tienen falta de médico los sanos, sino los enfermos 29. Por eso inmediatamente San Pablo les propone el ejemplo más relevante: Porque Cristo, nuestro Cordero pascual, ya fue inmolado 30. Así, con el ejemplo de tan profunda humildad, aprenderían a limpiar la vieja levadura, es decir, los restos de la levadura del hombre viejo que todavía quedasen en ellos. Por lo tanto -sigue diciendo- vamos a celebrar la fiesta -pero no un día, sino toda la vida- no con la levadura de antaño, la de la maldad y perversidad, sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad 31. La maldad, por cierto, y la perversidad son algo así como gloriarse de los pecados de otro, como quien encuentra la ocasión de gozarse de su propia justicia porque ve a otro que no es justo. En cambio, la sinceridad y la verdad, aun cuando uno haga progresos, se acuerda de lo que él ha sido antes, y se compadece mucho más de los que están caídos, por cuanto que él, si está en pie, es porque de su caída lo levantó la misericordia de Cristo, quien, no teniendo ningún pecado personal, se humilló por los pecadores.
No se trata de desinteresarse de los pecados ajenos
- Tiene buen cuidado el Apóstol de no caer en la indiferencia y en una especie de disimulo negligente de los pecados ajenos, lo cual sería una crueldad mayor que la del pecado de soberbia. Por eso continúa diciendo: Os decía en mi otra carta que no os mezclarais con gente inmoral, no precisamente los inmorales de este mundo, o los avaros, o los ladrones o los idólatras. Para eso tendríais que marcharos de este mundo 32. O sea que si os queréis guardar de los pecadores de este mundo, los de fuera de la Iglesia, entonces deberíais marcharos de este mundo. He aquí vuestro afán en este mundo: ganar para Cristo a los pecadores logrando su salvación. Y esto jamás se podría conseguir si rehusáis conversar y convivir con ellos. Lo que os dije realmente -sigue diciendo- es que no os mezcléis con quien se llame hermano y sea inmoral, o idólatra, o avaro, difamador, borracho o ladrón: con un individuo así, ni comer juntos. ¿Es asunto mío juzgar a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quienes vosotros juzgáis? De los de fuera, Dios juzgará. Expulsad al malvado de en medio de vosotros 33.
Parmeniano, en su cita bíblica, no juega limpio
- Mirad por dónde ha llegado el Apóstol a tomar esta decisión, cuya última parte Parmeniano creyó oportuno citar, alegando que estaba escrito: “Expulsad al malvado de en medio de vosotros 34. Y, por supuesto -continúa diciendo-, si no fuera perjudicial a los buenos e íntegros, no lo mandaría expulsar”. Pero la parte anterior del texto que hace desembocar en tal determinación, Parmeniano la omite. Con ella, ciertamente, podría haber respaldado su tesis acerca de la conveniencia de la separación corporal de los malvados, puesto que el Apóstol dice: con individuos así ni siquiera comer juntos 35. ¿Cómo es que no ha citado lo que parecía iba a respaldar más su intento? Insistiendo él tan fuertemente en que hay que establecer una separación corporal con los de mal vivir, ¿cómo es posible que no haya citado aquel texto del Apóstol: Si hay alguno que se llame hermano, y sea inmoral o idólatra, o avaro, difamador, borracho o ladrón, con uno así, ni siquiera comer juntos 36, cómo es posible, digo, sino porque se dio cuenta de que si lo decía, se le podía replicar: “¿Pero es que vosotros, aun suponiendo que inmorales o idólatras no tengáis o no los conozcáis, es que no veis ni conocéis a ningún avaro, o difamador, o borracho o ladrón entre vosotros? ¿Cómo entonces, contraviniendo el precepto del Apóstol, con tales individuos no solamente coméis en vuestra mesa, sino que comulgáis con ellos en la mesa del Señor?” Esta es la réplica -creo yo- que Parmeniano ha intentado evitar al no citar un texto que, al parecer, sonaría tan poderosamente en favor de su causa. Porque, si se le hubiese pasado este capítulo de la carta del Apóstol y no lo hubiera encontrado, no habría citado su última frase: Expulsad al malvado de en medio de vosotros 37.
¿Es mejor la Iglesia de los donatistas que la de san Cipriano?
- Pero a lo mejor, oyéndonos hablar así, se atreven los donatistas a negar que entre ellos existan avaros, o difamadores, borrachos o ladrones, y quizá intentan salir en defensa del mismo Optato, famosísimo en toda el África, y a quien han tolerado ellos durante tanto tiempo. Que digan, si son capaces, que tienen ahora una Iglesia mejor y más purificada que la Iglesia unida de tiempos de San Cipriano. Este santo sin tener ninguna separación corporal de sus colegas en el episcopado, sin mencionar ninguno de sus nombres, con prudencia y mesura les aplicó, sin embargo, un remedio saludable, aunque doloroso. Les reprendió seriamente con estas palabras: que teniendo en su Iglesia hermanos que pasaban hambre, ellos buscaban tener dinero en abundancia, que se habían adueñado de propiedades valiéndose de la insidia y el fraude y que, con el fin de aumentar sus réditos, habían multiplicado los intereses de sus préstamos. Y, para mostrar sin ambages que se refería a aquellos con quienes él vivía en la comunión de una misma Iglesia, añadió, a renglón seguido: “¿Qué no mereceremos padecer por semejantes pecados, siendo como somos?” No dice “merecerán” sino “mereceremos”, lo cual no diría en modo alguno -estando muy lejos, por supuesto, de ser él así- si no quisiera manifestar su pesar por los hechos de aquellos que estaban unidos a él no solamente por la unidad de la Iglesia, sino por ser miembros del mismo colegio episcopal, aunque discrepase de ellos de corazón, en su vida, en sus costumbres y en sus intenciones.
Digan, digan éstos que su Iglesia de ahora es mejor y que no tienen en el episcopado unos colegas como los que tuvo en la unidad de su Iglesia Cipriano. Y déles crédito quien quiera y cierre los ojos ante los desórdenes de una conducta, que da en rostro incluso a quien trata de disimularlo. Yo, por mi parte, quiero remitirles a los pasados tiempos de la unidad, cuando aquel hombre, aquel gran obispo de la Iglesia de Cartago, Cipriano, que deploraba el lamentable estado del colegio episcopal en testimonio de una tal libertad de expresión que ha pasado por escrito a la posteridad, y preguntarles a ver si ésta era la Iglesia de Cristo o no lo era. Si lo era, pregunto cómo Cipriano y los demás de su rango daban cumplimiento al precepto del Apóstol: Si uno se llama hermano y es un inmoral, o idólatra, o avaro, difamador, borracho o ladrón, con gente como ésta ni siquiera comer juntos 38, siendo así que comían el pan y bebían el cáliz del Señor en compañía de estos avaros y ladrones, quienes, teniendo entre sus fieles hermanos que pasaban hambre, ellos trataban de acaparar dinero en abundancia, se adueñaban de propiedades, valiéndose de la insidia y el fraude, y engordaban sus réditos multiplicando los intereses de los préstamos.
El ejemplo de san Cipriano
- ¿Son quizá pequeños estos delitos, son despreciables? Porque los donatistas suelen incluso afirmar esto, pesándolos no en la balanza fiel de las divinas Escrituras, sino en la balanza tramposa de sus costumbres. Cualquier crimen, cualquier injusticia que emborrache a las multitudes, pierde la objetividad de su calificación. En cambio, los oráculos de las divinas páginas se nos han propuesto a los hombres como espejo fidelísimo, para que cada uno mire en ellas la justa medida de cualquier pecado, que tal vez es grave, y, sin embargo, la ceguera de una conducta corrompida lo desprecia.
¿Cabe una acusación más grave de la avaricia que la hecha por las divinas Escrituras cuando la equipara a la idolatría, llamándola con este nombre en boca del Apóstol: y la avaricia, que es una idolatría? 39 ¿Pudo ser juzgada digna de un castigo mayor que ponerla junto con aquellos delitos que impiden la posesión del Reino de Dios a quienes estén dominados por ellos? Abran los ojos del corazón -quizá no les basta con tener abiertos los del cuerpo- y lean lo que escribió aquel sincero heraldo de la verdad en esa misma primera carta a los Corintios: No os engañéis: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, avaros, borrachos, difamadores, ni los que se dan al pillaje heredarán el Reino de Dios 40. ¿Cómo, entonces, Cipriano, y otros parecidos que eran trigo limpio del Señor, comían juntos el pan y bebían el cáliz del Señor en aquella Iglesia, entonces unida, juntamente con avaros y ladrones, los que no poseerán el Reino de Dios, y no precisamente laicos o clérigos de cualquier grado, sino con los propios obispos? ¿No es el Apóstol mismo quien ordena no juntarse con esa gente y levanta su voz prohibiendo incluso comer con ellos?
¿No sería porque, no pudiendo separarse corporalmente de ellos para no arrancar al mismo tiempo el trigo, les bastaba separarse interiormente, distinguirse por su vida y su conducta, teniendo como compensación la guarda de la paz y de la unidad, para bien del trigo en ciernes, los más débiles y lactantes en la fe, y así no desgarrar los miembros del cuerpo de Cristo por el sacrílego cisma?
La iglesia no pierde su santidad por tener dentro pecadores
- No sea yo quien les fuerce a ninguno de ellos a aceptar esta interpretación. Explíquenme ellos cómo aquella Iglesia, tan gloriosa entonces, ha podido estar sin mancha ni arruga cuando había entre sus fieles quienes pasaban hambre mientras los obispos trataban de acaparar dinero; cuando se adueñaban de posesiones, valiéndose de la insidia y del fraude cuando engordaban sus réditos multiplicando los intereses; cuando estaban implicados en injusticias tan enormes que tenían por ellas cerrado el paso del Reino de Dios. Vamos a suponer que la gloriosa Iglesia, sin mancha ni arruga, constase sólo de los que se lamentaban y lloraban esas injusticias que se cometían en medio de ellos, que por eso la profecía del santo Ezequiel les hace acreedores de ser distinguidos con una señal peculiar, por la que escapan absolutamente inmunes de la ruina y perdición de los malvados. Si así fuera, que dejen de lanzar calumnias contra los buenos, quienes no han obrado el mal por una emponzoñada ambición, sino que lo han tolerado por la paz y el amor. A ellos se les dijo: Dichosos los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios 41. He ahí por qué el Espíritu Santo se ha servido del profeta Ezequiel para designar a los malos, soportados dentro de la unidad de los buenos, con unas palabras que demuestran hallarse distribuidos en medio de los buenos. Y no se expresó al revés como si los buenos estuvieran en medio de los malos, porque en este caso darían la impresión de ser un grupo aparte, como de extranjeros. Se lamentan -dice- y se afligen por las abominaciones de mi pueblo que se cometen en medio de ellos 42, para que no vayamos a creer que esos abominables son gente que no sólo no está fuera, sino incluso dentro.
¿Se extinguió la Iglesia en tiempos de San Cipriano?
- Quizá tengamos que decir que en aquel entonces ya había desaparecido la Iglesia, porque Cipriano y todos los que con él tenían conocimiento de estos avaros y ladrones -sin serlo ellos-, a pesar de acusarlos con desgarradoras lamentaciones y con avisos tan manifiestos, entraban con ellos a la misma Iglesia, celebraban idénticos sacramentos en la misma asamblea y, por una tan íntima comunión, han corrido todos juntos la misma suerte, por no haber hecho caso al Apóstol, que ordena no tomar ni siquiera alimento en compañía de gente así, y además: Expulsad el mal de en medio de vosotros 43. Si es así, ¿para qué estamos perdiendo el tiempo? ¿A qué viene jactarse ellos de tener una Iglesia si ya en aquellas fechas había dejado de existir? Dígannos de dónde surgió Mayorino o Donato, para que luego, a través de ellos, pudieran surgir Parmeniano o Primiano. ¿De qué les sirve andar mintiendo que ellos ahora no tienen en su asamblea -o les son desconocidos- ni avaros ni ladrones, con los cuales el Apóstol prohíbe tomar alimento, siendo así que los hubo en aquella Iglesia de la unidad, de la que ellos están orgullosos de haber nacido, hasta el punto de intentar convencernos de que ha sobrevivido solamente en su grupo, es decir, en la comunión de Donato? En efecto, si afirman que por la comunión con tales individuos se extingue la Iglesia, ¿por qué no afirman que ya se había extinguido en tiempos de San Cipriano? A ver si así ellos, no encontrando de dónde han podido nacer, dejan de decir que la Iglesia ha sobrevivido en ellos, puesto que afirman que ha perecido toda ella en tiempos pasados. Pero si la Iglesia siempre permaneció, permanece y permanecerá en los buenos cristianos que desaprueban tales delitos, aprendan éstos de una vez que no es así como hay que interpretar las palabras del Apóstol: Expulsad el mal de en medio de vosotros 44, intentando quitar la cizaña por el cisma y arrancando también con ella el trigo.
Toda esta discusión la llevamos adelante para hacer recapacitar, a quienes lean estas páginas u oigan hablar de ello, que jamás los donatistas han podido demostrar que Ceciliano y quienes estaban con él unidos de corazón eran cizaña, y esto ni en el tiempo en que los acontecimientos estaban recientes, ni tampoco ahora, cuando hay una convicción mucho más firme de su inocencia, y el mundo entero se mantiene unido por la paz de Cristo en la Iglesia católica. Pero a fin de que cada uno permanezca seguro en la unidad de la santa Iglesia, y no se vaya tras los desertores de esta unidad, corriendo el riesgo de perderse con ellos, afirmo lo siguiente: si ellos hubieran sido cizaña, debieron ser tolerados hasta la cosecha en lugar de ser separados por el cisma abominable, arrancando también el trigo.
Una objeción sin salida
- Pero alguien podrá objetar: “¿Cómo será posible entonces obedecer al Apóstol cuando ordena: con individuos así ni siquiera comer juntos? 45 Si nos hubiera mandado una separación meramente interior, no habría dicho: Os dejé escrito en la otra carta que no os mezclaseis con los inmorales, no me refiero a los de este mundo 46, es decir, los no cristianos, de los cuales dice después: ¿No es a los de dentro a los que juzgáis vosotros? Porque a los de fuera, Dios los juzgará 47. Ordena, pues, una separación relacionada no con los malvados no cristianos, sino con los que lo son. Ahora bien si la separación interior debe hacerse con todos ellos, y, por lo tanto, también con los no cristianos, ¿qué nos queda sino entender el mandato del Apóstol en el sentido de que con algunos malos cristianos, enumerados por él, nos abstengamos de tener unas relaciones como las que solemos tener en trato social diario con ellos?”
“Dice también en otro lugar Pablo: Si un pagano os invita y aceptáis la invitación, comed todo lo que os pongan, sin más averiguaciones 48; y, en cambio, aquí dice: con gente así, ni siquiera comer juntos. Permite, pues, tomar alimento con los infieles, es decir, con quienes aún no han creído en Cristo, en cuyas casas dice que se coma lo que pongan delante. A éstos, como son de fuera, Dios los juzgará; en cambio, a los que son de dentro, es decir, si alguno se llama hermano, y es un inmoral, o idólatra, o un avaro, o difamador, borracho o ladrón 49, con éstos prohíbe tomar alimento. Así que nos convence de que el trigo y la cizaña deben ser separados antes de la recolección. Y si esto no estamos dispuestos a hacerlo, dado que el Señor lo prohíbe, hemos de soportar la cizaña y mantenernos en una simple separación de voluntad y de corazón, y, por consiguiente, hemos de tomar alimento con esta clase de individuos. Pero esto lo prohíbe el Apóstol”.
La sabia práctica de la Iglesia da la respuesta
- Parece como si esta objeción nos hubiera puesto en un aprieto, pero mi respuesta no va a ser algo novedoso o extraordinario, sino lo que la Iglesia, en su prudencia, suele tener como norma: cuando uno de los hermanos, quiero decir, de los cristianos plenamente establecidos en el seno de la sociedad eclesial fuera sorprendido en algún pecado de tal gravedad que lo considera reo de anatema, llévese a efecto si no existe ningún peligro de cisma, y siempre con aquel amor que el mismo Pablo ordena en otro lugar con estas palabras: No lo consideréis como un enemigo, sino corregidlo como a un hermano 50. Esto no se hace para arrancarlo de raíz, sino para enderezarlo. Y si él no se reconoce como tal, ni se corrige por la penitencia, él mismo se excluirá, y por su propia voluntad se separará de la comunión de la Iglesia.
Fue el propio dueño quien, al proponerle los criados recoger la cizaña, les dijo: Dejad a ambos crecer hasta la cosecha, y adelanta la causa diciendo: no sea que, al querer recoger la cizaña, arranquéis también el trigo 51. En esta expresión deja suficientemente claro que, cuando este temor no exista, es decir, cuando se da el caso de que un determinado delito es tan notorio y tan abominable para todos que, o no encuentre defensores, o no sean tales que puedan dar lugar a un cisma, no se deje dormir a la severidad de la disciplina. Porque ella es tanto más eficaz en la corrección de la perversidad cuanto es más diligente en conservar la caridad. Y esto sólo se puede llevar a cabo sin perturbar la paz y la unidad y sin herir a los que son trigo limpio, cuando la asamblea eclesial en pleno es ajena al crimen que se ha anatematizado. En tales circunstancias este rigor disciplinar le es más provechoso al superior cuando corrige que al culpable cuando se resiste. Es entonces cuando se puede uno abstener de juntarse con el malvado para su mayor bien, hasta negarse a comer con él, pero no con rabiosa enemistad, sino con fraternal violencia. Es entonces cuando el culpable queda sobrecogido de temor y, avergonzado, recobra la salud, al ver sobre sí el anatema de toda la Iglesia, y no poder contar ya con el apoyo de su grupo para complacerse en su delito y embestir contra los buenos cristianos.
Cómo aplican Pablo y Cipriano la disciplina eclesiástica
- A este propósito dice el mismo Apóstol: Si alguno se llama hermano 52. Al decir “si alguno” parece haber querido dar a entender que puede con una tal corrección enmendarse para su bien un cristiano que obra mal en medio de otros que son diferentes a su proceder, es decir, entre aquellos a quienes no corrompe la ponzoña de unos pecados semejantes. En cambio, al decir “se llama”, ha querido dar a entender que no basta con ser como es: debe ser nombrado, es decir, tener fama, de manera que la sentencia de anatema proferida contra él a todos les parezca totalmente justa. De esta forma se castiga salvando la paz, y, sin llegar a herir mortalmente, se cauteriza saludablemente. Dice, de hecho, de aquel a quien había querido sanar con una intervención como ésta: Bástele a ése el castigo que le ha impuesto la mayoría 53. Y no puede surtir efecto el correctivo impuesto por muchos, sino cuando el culpable no tenga una multitud cómplice que le apoye.
Ahora bien, en el caso de que el mal haya contagiado a una gran mayoría, no les queda a los buenos sino el dolor y el lamento. Así, por el conocido signo revelado al santo Ezequiel escaparán ilesos de la devastación que a los malvados amenaza. En efecto, a aquel que no puede equivocarse le gritan: No dejes que mi alma perezca con los impíos, ni mi vida con los hombres sanguinarios 54. Así no correrán el riesgo de arrancar también el trigo, al intentar eliminar la cizaña, ni tampoco de fracasar en su intento de purgar cuidadosamente la mies del Señor, haciéndose ellos mismos dignos, por su temeridad, de ser contados entre la inmundicia.
Por eso el mismo Apóstol, al haber descubierto un número considerable de enfangados en la lujuria y en la inmoralidad, en su segunda carta a los de Corinto no les ordena en los mismos términos de no tomar alimento en su compañía: eran ya muchos, y no se podía decir de ellos: “Si alguno se llama hermano, y es un inmoral, o avaro, o algo parecido, con uno así, ni siquiera comer con él”, sino que dice: (Temo) que cuando vaya de nuevo Dios me humille entre vosotros, y tenga que lamentarme de que muchos de los que antes eran pecadores, no se hayan convertido de la sucia lujuria e inmoralidad que antes habían practicado 55. Les amenaza con ser fustigados por el látigo divino utilizando sus lamentos en lugar de aquel castigo de hacerles el vacío los demás cristianos. Y, en consecuencia, les dice: Mirad, voy a haceros la tercera visita. Todo asunto quedará resuelto por la declaración de dos o tres testigos. Lo avisé estando presente en mi segunda visita, y ahora lo aviso estando ausente a los que ya antes habían caído en el pecado y, en general, a todos: si vuelvo de nuevo no me contendré, puesto que andáis buscando pruebas de que quien habla en mí es Cristo 56.
¿Qué significa: no me contendré, sino lo que antes había dicho: tendré que lamentarme, y su lamento consiga el azote del Señor que los castigue? Porque al ser un gran número no era posible aplicarles el castigo de hacerles los demás el vacío y lograr que se avergonzasen, como habría que hacer con un hermano notoriamente culpable de algún delito y en contraste con el resto de los cristianos. Porque realmente, cuando el contagio del pecado haya invadido a la multitud se hace necesaria la misericordia del rigor con un castigo divino. La decisión de una separación es inútil, perniciosa y sacrílega, por estar movida por un orgullo despiadado, y más bien consigue perturbar a los buenos todavía débiles que corregir a los malos desvergonzados.
Aquel fidelísimo testigo de la avaricia de sus colegas en el episcopado remitió a la sentencia y al castigo divinos las tribulaciones calamitosas que padecía en aquel tiempo la Iglesia; recordó la pésima conducta de los obispos tal como él la conocía: que a pesar de haber fieles que padecían hambre, ellos trataban de amontonar dinero, que se adueñaban de herencias valiéndose de insidiosas mañas; que aumentaban sus réditos subiendo exageradamente los intereses; y luego dice: ¿Qué castigo no vamos a merecer, siendo lo que somos, por unos pecados de tal gravedad?” Después aduce el testimonio de los salmos: “Tiempo ha que la sentencia divina nos había advertido diciendo: Si sus hijos abandonan mi ley y no caminan según mis mandatos, si profanan mis prescripciones y no observan mis mandamientos, castigaré con varas sus pecados y a latigazos sus culpas. Pero no les retiraré mi misericordia” 57.
¿Qué hacer cuando el mal esté muy difundido?
- Corrija, pues, el hombre lo que esté en su mano, pero con misericordia. Y lo que sobrepase sus posibilidades, sopórtelo con paciencia, y gima y laméntese con amor, hasta que tenga lugar el castigo y la enmienda venidos de lo alto; o bien quédese para el tiempo de la cosecha arrancar la cizaña y ventilar la paja. Sin embargo, para que los cristianos que se mantienen en la sana esperanza vivan en la unidad, seguros de su salvación en medio de quienes ya no ofrecen esperanza alguna y a quienes ya no pueden corregir, eliminen ellos todo el mal de sí mismos, es decir, que no se encuentre en sus personas lo mismo que les desagrada en la conducta de los otros.
El Apóstol había dicho: ¿Es asunto mío juzgar a los que están fuera? ¿No es a los de dentro a quienes juzgáis vosotros? Porque a los de fuera, Dios los juzgará 58. Y como si ellos fueran a responder: “¿Qué podemos hacer? Se nos echa encima una oleada de malvados, y no podemos ejercer el derecho de dictar ninguna sentencia coercitiva”, les dice el Apóstol: Eliminad el mal de vosotros mismos. Como si les dijera: “Si no sois capaces de quitar a los malos de en medio de vosotros, quitad el mal de vosotros mismos”.
En el caso de que alguien quiera interpretar esta cita: quitad el mal de vosotros mismos 59, en el otro sentido: que debe ser apartado de la asamblea de los hermanos por una sentencia de separación cualquier malvado, hágase así, pero sin poner en duda que debe presidir esa decisión el interés por su enmienda, nunca el rencor que busca su ruina. Habrá que tener en cuenta ciertas medidas y elegir el momento oportuno para no poner en peligro la paz de la Iglesia, que es el ambiente necesario para el crecimiento del trigo, no se vaya a arrancar con la cizaña. Todo esto queda ya explicado según nos ha parecido necesario por el momento. El que quiera reflexionar con atención y sin pasión sobre ello, no caerá ni en la negligencia del rigor de la disciplina exigido para la conservación de la unidad, ni en una inmoderada represión que hace romperse los vínculos de la comunidad.
Normas prácticas para la aplicación de estos preceptos
- ¡Cuántos buenos cristianos practican de hecho este precepto del Apóstol: Con esta clase de individuos ni siquiera comer juntos! 60 Lo hacen con aquellos sobre los que tienen una responsabilidad más familiar: no dudan en apartar del trato con los demás a quienes piensan buenamente que se han de corregir con este castigo, y lo mismo a aquellos de quienes no esperan enmienda alguna, para que no corrompan a otros con el contagio de sus dañinas conversaciones.
Cumple esta norma con perfección, es decir, con caridad humilde y con benigno rigor, el que está al frente de sus hermanos teniendo presente que él es su siervo, según el precepto y el ejemplo del mismo Señor. Así, todo se lleva a cabo sin el menor tufo de orgullo hacia el hombre, y con gemidos y súplicas hacia Dios.
Si para un obispo, un clérigo o un superior cualquiera dotado de potestad, le es fácil apartar a un individuo del orden de los clérigos, o del número de los pobres alimentados por la Iglesia, o de la misma asamblea de laicos, hasta el punto de prohibir a los demás -a quienes puede alcanzar el mandato- el comer con ellos, no es tan fácil excluir y expulsar de todos los estamentos de la Iglesia a una multitud de malvados del trato con los buenos. Porque hasta en sus propias casas los fieles auténticos gobiernan y tienen a raya la conducta de los suyos, de tal manera que si fuera preciso observar el precepto del Apóstol con ésos ni siquiera tomar alimento 61, tratándose de sus hijos y de la servidumbre, esto se haría o se mandaría hacer, en vista de la vida que están llevando, si la caridad que hacia ellos se les tiene aconseja que se tome esta medida.
Pero tratándose de una turba perversa, cuando llega el momento de hablar en público, es preciso echarle una buena reprimenda, sobre todo si algún castigo venido de lo alto brinda oportunamente la ocasión, por parecer que están siendo azotados según sus culpas. Es entonces cuando las calamidades que sufren los oyentes los vuelven más humildes hacia las palabras de reprensión, y empujan los corazones afligidos más fácilmente hacia el lamento de la confesión que hacia las protestas de la rebelión. No mencionaría quizá San Cipriano aquel problema de sus colegas si no le hubiera ayudado desde arriba la divina severidad. Decía todo aquello en un tiempo tan desagradable, tan calamitoso y tan lamentable, que no sólo no se atrevían a irritarse contra él, sino que tenían la convicción de que apenas podrían conseguir el perdón de quienes estaban irritados contra ellos.
Incluso aunque no se cierna ninguna clase de desgracias, es útil, cuando se presenta la ocasión, reprender en público a todo el grupo descarriado; pues cuando las reprensiones son personales, suelen originar actitudes airadas, y, en cambio, dirigidas a la colectividad, producen lamentos. De ahí que por ninguna razón debemos ser negligentes con el precepto del Apóstol cuando es posible ponerlo en práctica sin que corra peligro la paz. Él mismo no pretende otra cosa que la separación del malo de la asamblea de los buenos, y que sobre todo observemos aquel su mandato de que, soportándonos mutuamente, procuremos conservar la unidad que nace del Espíritu con el vínculo de la paz. Igualmente debemos obedecer al Señor cuando nos dice en el Evangelio: Si ni siquiera a la Iglesia hace caso, considérelo como un pagano o un publicano 62, y también cuando nos prohíbe arrancar la cizaña, no sea que se arranque también el trigo. El cumplimiento de uno y otro precepto es posible para aquellos de quienes se dijo: Dichosos los pacíficos, porque ellos serán llamados los hijos de Dios 63.
Hasta dónde llega el orgullo de Parmeniano y los suyos
III. 17. Pasemos ya a examinar el resto de los testimonios que aduce Parmeniano. Entre todos los lugares donde se pone de manifiesto esa hinchazón sacrílega de los donatistas, llega al colmo aquel en que cita al profeta Jeremías tratando de convencer a los hombres ciegos de que la Iglesia donatista no sólo es la verdadera, sino que es ya desde ahora como será la Iglesia santa después de la limpia definitiva. ¿Cabe -pregunto- una más sacrílega presunción y una petulancia más nefasta? Realmente de muchas de sus manifestaciones es justamente esta presunción lo que se desprende, pero le llega el turno a su vergüenza cuando la verdad comienza a acorralarles con preguntas como ésta: ¿Es que vosotros no tenéis, es que vosotros no sois pecadores? Pero al invocar el texto profético citado han sacado a relucir toda su despiadada fatuidad y la perversidad más redomada. El santo profeta Jeremías, en efecto, pretendía mostrar a buenos y malos cuán diferente es el mérito de su conducta y la recompensa final, aunque de momento vivan ambos en una misma sociedad, y por eso les dice: ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? 64
Tiene intención Parmeniano de rebatir a Ticonio por su afirmación de que los buenos deben tolerar a los malos en el tiempo presente por el bien de la paz, y sólo al final, en el último y divino juicio, serán segregados. Pues bien, aduce este testimonio de Jeremías para que el que ya es perverso y está equivocado haga inflamarse a los demás perversos y equivocados en busca de rebeliones, las más violentas y criminales. De este modo, todos los que con un espíritu carnal y orgulloso se creen algo -no siendo en realidad nada-, se tienen a sí mismos y a sus semejantes por grano limpio, y tienen la convicción de que no deben acercarse a la asamblea de la Iglesia, en cuyo seno necesariamente los destinados a la vida eterna deben tolerar a los destinados al fuego eterno, como el trigo a su propia paja, hasta el término definitivo. Este soplo, y nada más, ha sido el que ha barrido de la era de Cristo la leve paja antes del tiempo de la bielda; esta presunción, y sólo ella, es la causante de todos los cismas del mundo cualesquiera que ellos sean.
El “trigo limpio” de los donatistas
- “El santo Jeremías -dice Parmeniano- nos advierte cuando hace la separación entre las hordas infructuosas y estériles de los pecadores y el fruto honorable de los justos y dice: ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo?” 65
¡Oh trompeta de la locura! ¡Oh pregonero de la execrable pestilencia! ¿Pero está tan equivocado el género humano que no es capaz de reconocer a Parmeniano como el gran beldador? ¿O es que él cede el puesto a Donato y se enorgullece de formar parte de la multitud ya purificada por éste? La verdad es que antes que Donato estuvo Mayorino, pero dudo que se digne reconocerlo. ¿O acaso los tres, como los tres dientes de un bieldo, puesto en manos del Señor, han servido para hacer la limpia de la cosecha del mundo entero, y el África ha sido elegido para colocar allí el montón de trigo limpio, mientras el resto es la paja ya separada, que cubre la tierra entera?
Si es así, ¿de dónde salen esas manadas tan nutridas de circunceliones? ¿De dónde todas esas numerosas tropas de convidados borrachos, y los incontables excesos de esas mujeres solteras, pero no incorruptas? ¿De dónde esas hordas copiosas de salteadores, de avaros, de usureros? ¿De dónde todos esos Optatos, tan célebres en cada región, con sus mismas intenciones, aunque no con los mismos resultados?
¿Cuál es la respuesta a estas preguntas? ¿Es eso falso? ¿O es que acaso tendremos que llamar trigo a todo esto? ¡Oh cinismo de tal negación si se atreven a responder que esto no sucede entre ellos! ¡Oh perversidad criminal si pretenden llamar trigo a esto!
Finalmente, una vez que el montón de trigo quedó limpio por el bieldo de los tres dientes, con una autoridad tan eficaz como la de Mayorino, Donato y Parmeniano, ¿cómo un Primiano tiene el atrevimiento de ponerse a beldarlo otra vez hasta excluir a los maximianistas de su comunión? ¿Tal vez es que rechazó el trigo limpio? Entonces, ¿qué es él y los suyos para haberlo rechazado? ¿O tal vez se trata de un trigo tan limpio que no se distinguen unos de otros, y condenándose mutuamente pretenden beldarse? ¿Habrá podido la paja bautizar el trigo? Si ha podido, ¿por qué Feliciano, que salió volando fuera con la paja de los maximianistas, volvió de nuevo a entrar, formando parte de aquel montón de trigo limpísimo con todos lo que él había bautizado, y a todos ellos los conservan dentro hasta hoy, sin que se digan: qué tiene que ver la paja con el trigo? 66
El verdadero sentido del oráculo de Jeremías
- Que despierten de una vez y comprendan el significado de las palabras del profeta: ¿qué tiene que ver la paja con el trigo? 67 Que piensen sobre todo a ver en qué lugar tienen sentido estas palabras, si aún les queda un resto de inteligencia humana. ¿Se podrá decir en el campo: qué tiene que ver la paja con el trigo 68, cuando los dos están sustentados por la misma raíz? ¿Acaso en la era, donde se trillan juntos? Es en el granero, sí, donde se puede decir: ¿qué tiene que ver la paja con el trigo? 69 En efecto, vendrá el padre de familia con el bieldo en la mano y aventará su era: el trigo lo guardará en el granero y la paja la quemará en el fuego inextinguible.
En otra comparación quiso significar el trigo por las ovejas, y la paja por los cabritos. Estas dos clases de animales mezclados ahora, son pastados por el único pastor. Pero vendrá el Hijo del hombre -ha dicho él mismo- con sus ángeles, y se reunirán ante Él todas las naciones, y separará a unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. A las ovejas las pondrá a su derecha, y a los cabritos a su izquierda. Y dirá a los de la derecha: venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Y a los de su izquierda les dirá: id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles 70. Será entonces cuando se cumpla la profecía: ¿qué tiene que ver la paja con el trigo? 71, cuando no será posible tener un pasto común para cabritos y ovejas.
Si cuando están juntos los peces en aquella red, a la que el Señor comparó con el Reino de los cielos, pudieran los buenos decir a los malos: “Apartaos de nosotros”, o bien: “Nosotros nos apartamos de vosotros”, mientras llega el momento de ser llevados a la orilla y puestos en canastos por los ángeles, y de tirar a los malos, entonces también podría cumplirse en el tiempo presente la sentencia: ¿qué tiene que ver la paja con el trigo? 72
Pero quienes sostienen que su comunidad es ya trigo limpio, se han marchado en vuelo como la pura paja de la mezcla del trigo y paja; y quienes ya no se creen pastando bajo el cayado del único pastor, junto con los cabritos, es que se han separado del rebaño del Señor, víctimas de las estratagemas de los lobos; y quienes no se creen mezclados con los malos peces, no solamente son ellos peces malos, sino que además han roto la red de la unidad. Ahora bien, si queremos interpretar como realizado ya en nuestros días el oráculo de Jeremías: ¿qué tiene que ver la paja con el trigo? 73, no podemos darle más que una recta interpretación: todos pertenecen, ciertamente, a una misma comunidad hasta que el bieldo definitivo les separe incluso corporalmente, pero el trigo tiene el corazón levantado hacia el cielo y la paja lo tiene a ras de tierra. La paja, en efecto, busca sus propios intereses, no los de Jesucristo, mientras que el trigo acumula tesoros en el cielo, y donde está su tesoro, allí está también su corazón.
Un texto de Isaías igualmente forzado
IV. 20. Otro tanto sucede con la interpretación de unas palabras de Isaías, que Parmeniano, sin entenderlas tampoco, ha intentado forzar para respaldar su error. ¿Qué dice Isaías? Fuera, fuera, salid de ahí, no toquéis al impuro. Salid de ella (Babilonia), alejaos los que lleváis los vasos del Señor 74. ¿Habrá que repetir cada vez lo mismo acerca de la separación interior de los malos?
No toca lo impuro el que no da su consentimiento para ningún pecado. Huye de Babilonia, quedando absuelta su causa ante Dios, el que no es negligente en mantener la disciplina, si es preciso mediante la sanción y la corrección, dejando a salvo la paz. Y todo el que quiere abandonar corporalmente a los que él tiene por pecadores públicos, abandona espiritualmente a los buenos ocultos, cuando no tiene más remedio, para defender su propia escisión, que acusarlos sin oírlos ni aducir pruebas.
Acoso de Agustín por algunos datos históricos
- Que respondan los donatistas: Si Feliciano es puro, ¿por qué salió de en medio de ellos? Y si es impuro, ¿por qué ahora tocan a este impuro? Si había sido impuro cuando estuvo fuera, todos los que entonces él bautizó son impuros, porque tocaron lo impuro. ¿Y todos ellos, al volver con Feliciano, quedaron purificados? ¿Tienen ellos el poder de purificar a los que han sido bautizados fuera, sin haberlo sido en su comunión? Y entonces, ¿por qué rebautizan a otros? ¿Será quizá un privilegio ser condenado por los trescientos diez padres del concilio de Bagái, y, en consecuencia, se hará necesario rebautizar a todo el que venga a ellos de cualquier parte del mundo, puesto que el mundo entero no mereció el privilegio de ser condenado por el citado concilio?
Vamos a ver: ¿Se rebautiza a todos los que llegan, habiendo sido ya bautizados por Maximiano o alguno de sus colegas en el episcopado que no hayan vuelto a la comunión con Primiano, o se les perdona el bautismo? Pues bien, si se les rebautiza, se viola el privilegio de Bagái -puesto que también estos bautizadores fueron condenados-; y si se les perdona el bautismo, habrá que rogarles a los donatistas que de nuevo se reúnan en Bagái, y si, por casualidad, el número de trescientos diez es sagrado, se reúnan esa cifra exacta de obispos y allí dicten su sentencia contra todo el mundo, como la dictaron contra los maximianistas. Así, cuando tengan la intención de rebautizar a alguien venido de cualquier parte de la tierra, se podrá refugiar en un privilegio equivalente, afirmando que se le debe tener la misma consideración que a los bautizados por un maximianista, ya que no sólo ellos, sino todo el mundo ha tenido la suerte de ser condenado por el concilio de Bagái. Luego, para librarse de ser tan mal vistos, cuando dejen de rebautizar a los ya bautizados de la Iglesia extendida por toda la tierra, y alguien pretenda remover la cuestión de por qué han dejado de hacer lo que antes hacían, podrán responder: “Cuando hacíamos todo esto, aún no habíamos condenado a todo el orbe en el concilio de Bagái, pero ahora, tras insistentes ruegos, hemos accedido misericordiosamente a condenarlos por el mismo concilio que a los maximianistas, cuyo bautismo no repetimos”. ¿Será pedir demasiado? ¿Será tan difícil conceder a todas las naciones el inmenso privilegio de la condenación? ¿Acaso está permitido reiterar el bautismo a toda la tierra, y no lo está reiterar la condenación?
Tampoco por esto deben tener la más mínima preocupación: no hay antecedentes de que concilio alguno haya condenado a tantas naciones y provincias. En África solamente condenaron a unos cuantos. Pero éstos han sido respaldados luego por el juicio favorable del mundo entero. Y, sin embargo, no han tenido la osadía de condenar a los jueces que les habían dado sentencia desfavorable. ¿Habría habido algo de mayor atrevimiento, de mayor locura? Pues mucho menos pudieron condenar a los cristianos establecidos en el resto de las regiones de la tierra, que prefirieron dar crédito a tales jueces de la Iglesia antes que a unos derrotados litigantes. Y, sin embargo, el bautismo de los maximianistas, condenados en el concilio de Bagái por trescientos diez donatistas, es reconocido, es aprobado, es admitido. En cambio, el bautismo del mundo entero, sobre cuya superficie se extiende la heredad de Cristo tal como estaba prometido, y de la que ellos mismos formaron parte hasta hace pocos años -heredad que no han podido condenar en absoluto según derecho, y han condenado sin existir ningún delito, al menos conciliar-, este bautismo se reprueba, se anula, se repite.
¡Oh santa condenación, merecida por los maximianistas! ¡Oh desgraciada inocencia de las naciones, que no han encontrado la forma de que recaiga sobre ellos una tal condenación y que ha borrado para los donatistas el nombre de cristianos!
La falta de lógica de los donatistas
- Pero supongamos que quedan solamente sin rebautizar los del bando de los maximianistas, que vuelven acompañados de sus bautizadores, como es el caso de los que volvieron con Pretextato y Feliciano. Miren a ver en primer lugar cómo se puede explicar que el bautismo de un mismo cisma, administrado igualmente fuera de su comunión, en unos casos lo admiten, y en otros lo dan por nulo; a unos se lo respetan y a otros se lo violan. Porque cuando lo violan se hacen reos ellos mismos. En efecto, si lo ratificaran va siempre, cesando en sus violaciones, entonces habría que hablar de una rectificación y no de una contradicción. Pero como la realidad es que unas veces lo reprueban y otras lo ratifican, cuando hacen una cosa se les acusa, y cuando hacen la otra, ellos mismos están dando testimonio en contra suya.
Mi pregunta, pues, es la siguiente: ¿Por qué no bautizan a los que había bautizado Feliciano cuando formaba parte del cisma maximianista: porque habían recibido el bautismo de Cristo o el bautismo de Feliciano?
Si dices que el de Feliciano, sábete que se lo administró uno que estaba condenado entre los maximianistas, uno que estaba fuera de vuestra comunión. Este es el mismo bautismo que el de Salvio de Membresa y otros como él. Pero si dices que no lo rebautizas porque ya tiene el bautismo de Cristo, entonces le concedes más valor al bautismo de Cristo dado por Feliciano en Musti, que al del mismo Cristo en todos los pueblos de la tierra, le concedes más valor al bautismo de Cristo administrado por quien se sienta a tu lado, tras haber sido condenado antes por ti, que al de aquel que está sentado a la derecha del Padre después de haber sido crucificado por ti. En algunos casos, muy pocos, se da por válido el bautismo de Cristo para no ofender a Feliciano, y no se hace lo mismo para no expulsar sacrílegamente a Cristo de tantos miles de pueblos.
La vida de los profetas es la clave de la interpretación de sus oráculos
- ¡Qué increíble es la ceguera de los hombres! Yo no sería capaz de creer cómo se puede llegar a una tal desviación si no palpase en la realidad de sus palabras y de sus hechos que tienen los ojos del corazón cerrados hasta tal punto, que al citar los textos de la Sagrada Escritura no miran a la conducta de los profetas para ver cómo se deben interpretar sus palabras.
Jeremías dijo: ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? 75 ¿Acaso él se separaba de la paja de su pueblo, contra la que lanzaba tan duras verdades?
Isaías dijo: Fuera, fuera, salid de ahí y no toquéis al impuro 76. ¿Por qué razón él personalmente permanecía con ellos en la misma comunidad, y tocaba en aquel pueblo la impureza que tan fuertemente denunciaba? Que lean los graves oráculos, llenos de vehemencia y de veracidad, pronunciados contra los malvados de su pueblo, y, sin embargo, nunca se separó de ellos con ruptura corporal alguna.
Dijo David: No me siento con gente falsa, no voy con los criminales. Detesto las bandas de malhechores y no tomo asiento con los impíos 77. Que miren a ver qué clase de malvados toleró en su pueblo durante su época, él que le tributó una tal veneración al rito sagrado de la unción, que ni siquiera en Saúl, tan lleno de crímenes, lo despreció; es más, lo veneró hasta tal extremo que es imposible una mayor veneración.
Si les contrastamos a estos profetas sus palabras con su conducta, ésta sería la respuesta: “Nosotros, realmente, nada tuvimos de común con esa gente en el fondo de nuestro corazón, ni tocábamos lo impuro allí donde puede su contacto causar impureza; es decir: nos manteníamos alejados y huíamos de ellos en lo que se refiere al consentimiento y al beneplácito de nuestra conciencia, puesto que no sólo no realizábamos tales acciones sino que no nos callábamos ante quienes las realizaban”.
Pero a estos rebeldes e insensatos, que buscan una defensa para sus rompimientos en los oráculos de los profetas, ya sólo les queda en su impío desvarío acusar la conducta de los profetas basándose en sus oráculos. ¿Nos responderán, quizá, que en aquel tiempo no les estaba permitido a los justos apartarse del pueblo pecador, y, en cambio, sí lo está en nuestro tiempo? Puede haber algo más descabellado que afirmar que en aquel entonces no convenía separarse corporalmente los malos de los buenos, puesto que la observancia preceptuada de los innumerables ritos de entonces era corporal, mientras que ahora, cuando la observancia de nuestros misterios es espiritual, se necesita una separación corporal?
¿Quién es culpable: el mundo entero o el que se separa de él?
- ¡Ay de los guías de ciegos y de los ciegos que los siguen! Cuando dicen todas estas cosas, ¿no les entra un cierto temor de que quizá a lo largo y ancho de la tierra por donde se ha difundido la fe y el nombre de Cristo, antes de que estos donatistas se hubieran separado en alguna región del mundo, la más alejada de África, ya algunos justos hayan hecho esta misma separación, mientras ellos continúan viviendo contagiados de la impureza que aquéllos trataron de evitar? ¿Quién los prevendrá? ¿Quién les asegura que, si se ha de poner en práctica una separación de esta clase, jamás ha tenido lugar antes de ellos en región alguna tan lejana que los africanos no tuvieran de ella ni la menor noticia, lo mismo que les sucede a los últimos confines de la tierra, para quienes la secta de Donato es totalmente desconocida?
Quizá repliquen que ellos nada tienen que ver con un hecho que ignoran. Pues entonces tampoco tienen nada que ver aquellos lejanos países con lo sucedido en África, puesto que lo ignoran; y esto, aunque fueran verdad los crímenes que ellos con mentira imputan a los africanos. Dirán que no es posible pasar inadvertido un hecho como éste. Pues bien, díganme ellos ahora cuántos cismas se han producido en todos los lugares de la tierra. Pero no, es demasiado preguntar: sólo en África, díganme los donatistas de Cartago o los de sus alrededores en cuántas sectas se ha subdividido la misma secta de Donato a lo largo de Numidia y Mauritania.
Yo creo que deberían estudiar atentamente cada una de sus causas, no sea que algún grupo de justos en su propio país se hayan excluido de la convivencia social con los malos y los hayan dejado, para no tocar lo impuro, para no andar con los criminales. A lo mejor algunos años antes, en un rincón de Numidia o Mauritania, se ha separado ya el trigo, ¡y ellos sin enterarse de que la paja que ha quedado son ellos! ¿Y cómo pueden salir de dudas sino porque tienen la seguridad de que nadie puede ser bueno si rompe la unidad de la comunión de Donato, extendida por toda el África? Porque si ellos tenían que soportar algunos malos en su entorno, imposibles de denunciar ante los demás, debieron haberlos tolerado, en lugar de separarse de tantos inocentes, a quienes no podían convencer de los pecados ajenos, por más que ellos los conociesen perfectamente.
¿Y por qué no conceder esta inocencia a todo el mundo, con tan enormes multitudes y países tan vastos por donde se extiende la heredad de Cristo? De esta manera habría una tal certidumbre y seguridad de que, si alguien se llamara bueno, pero se apartase de ]a unidad que abarca a toda la tierra quedaría demostrado, por ese mismo hecho, la clase de cristiano que era.
Pero los donatistas se tienen a sí mismos por justos y desprecian a los demás. Por eso no pueden cantar el cántico nuevo, enorgullecidos como están por la soberbia del hombre viejo. Se excluyen de la comunión a la que se alude con aquellas palabras: Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra 78. Si fuesen verdaderamente justos, serían también humildes; y si fuesen humildes, aun cuando tuvieran que soportar auténticos malvados en alguna asamblea de su vecindad sin poderlos expulsar de la unidad de Cristo, optarían por tolerarlos por el amor de Cristo. Pero ¿cómo podrán formarse un juicio exacto de aquellos mismos vecinos suyos, a quienes acusan como malvados, cuando descalifican con ciega temeridad a quienes están tan alejados de ellos y les son totalmente desconocidos? Ellos afirman conocer la maldad de los conciudadanos y vecinos a quienes acusan. Pero el mundo entero lo pone en duda. Lo que el mundo entero no pone en duda es la ceguera temeraria con que se separan de aquellos cristianos tan alejados geográficamente, que no es posible conozcan cómo es su vida; y lo que el mundo entero no pone en duda es lo laudable de la paciencia al tolerar a los malos conocidos para no condenar a los buenos desconocidos. Por eso el mundo entero está seguro al emitir este juicio: que no pueden ser buenos cristianos aquellos que se separan del resto de la tierra en cualquier parte que estén.
El ejemplo de Pablo y de Cipriano en guardar la unidad
- Finalmente, si los profetas amonestaron a la posteridad para que se separase corporalmente de la paja antes del momento de la bielda, cuidándose con tal separación de no tocar nada impuro, y de no andar con malhechores, ¿por qué no practicó esto mismo el apóstol Pablo? ¿Acaso no eran paja los que anunciaban a Cristo no con sinceridad, sino por rivalidad? ¿No eran impuros los que predicaban el Evangelio con segundas intenciones? Buen testimonio de este hecho contemporáneo de la Iglesia nos da Pablo, cuya caridad, tan sobresaliente, esa caridad que todo lo aguanta, han imitado sus sucesores. Y la avaricia, ¿no es una impureza? ¿Y no vivió Cipriano en medio de sus colegas avaros en perfecta paz, y a pesar de ello nunca llegó a tocar la avaricia en su corazón? Claro está, se había vuelto sordo a las palabras de los salmos, para sentarse en el conciliábulo de la falsedad e irse con los criminales, y no detestar las bandas de malhechores, y tomar asiento con los impíos.
¿O acaso no era un conciliábulo de falsedad ese grupo de obispos que, padeciendo hambre algunos fieles de la Iglesia, ellos estaban empeñados en presumir de mucho dinero? ¿Y no eran unos criminales los que se adueñaban de posesiones mediante de insidias y fraudes? ¿Y no eran unos perversos e impíos quienes aumentaban sus réditos multiplicando los intereses? Él, sin embargo, lavaba sus manos con los inocentes y rodeaba el altar del Señor. Toleraba a los culpables para no dejar abandonados a los inocentes con quienes lavaba las manos; porque amaba la belleza de la casa del Señor, belleza que residía en los vasos de honor. En una casa grande no solamente hay vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro. Unos son para usos nobles, los otros para usos bajos 79. Cipriano se conservaba limpio de todo esto, para ser también él un vaso de usos nobles, consagrado y útil a su dueño, disponible para toda obra buena 80. Y no por existir vasos destinados a usos bajos abandonaba él la casa grande; al contrario, a todos los admitía en la unidad de aquella gran casa corrigiéndolos y guardándose de imitarlos para mantener su pureza.
Los donatistas extravían a su pueblo
V. 26. Al fin Parmeniano ha sabido citar las palabras del profeta: No me siento en el conciliábulo de la falsedad, no voy con los criminales. Detesto la banda de malhechores. Lavo mis manos con los inocentes y rodeo el altar del Señor, para oír las voces de alabanza y contar todas tus maravillas. Señor, yo amo la hermosura de tu casa y el lugar donde reside tu gloria. No me quites el aliento juntamente con los pecadores, ni mi vida con los hombres sanguinarios, que tienen las manos manchadas de crímenes, y su diestra esta cargada de sobornos 81.
Bien ha elegido la cita Parmeniano. Pero no cae en la cuenta de que estas palabras deben ser interpretadas evitando todo sacrilegio de nefasta división. En efecto, la hermosura de la casa y la morada de la gloria del Señor reside en sus vasos, pero no en todos los que -como ya he dicho se hallan en la única casa grande, sino en aquellos que están consagrados para usos nobles, útiles a su dueño, disponibles siempre para toda obra buena. Cualquiera de ellos que ame la hermosura de la casa de Dios y el lugar donde reside su gloria, tolera a los que están destinados a usos bajos, y no por ellos abandona la casa, no sea que se convierta a sí mismo no ya en un vaso de viles usos -que, pese a todo, se lo tolera dentro de la casa-, sino en el estiércol que se arroja fuera de la casa. Y precisamente por esta temporal convivencia con los malos en una misma casa, ora diciendo: No me quites el aliento juntamente con los pecadores, ni mi vida con los hombres sanguinarios, que tienen las manos manchadas de crímenes, y su diestra está cargada de sobornos 82. Reza, sin duda, en estos términos para evitar perecer juntamente con aquellos con quienes la caridad obliga a vivir juntos. Y es la caridad la que ofrece el sacrificio que ha citado más arriba: Señor, yo amo la hermosura de tu casa y el lugar donde reside tu gloria 83. Porque amo la hermosura de tu casa, por este mismo amor tolero los vasos de usos bajos, puesto que la caridad todo lo tolera, no sea que con ellos me quites la vida.
¿No resuena en estas palabras proféticas de Ezequiel la voz de los que gimen y se entristecen por las injusticias que cometía el pueblo en medio de ellos? Como ellos eran vasos nobles merecieron recibir un distintivo propio, para que cuando llegase la destrucción y la devastación general, Dios no les quitase la vida junto con los pecadores.
Pero estos desdichados, que se las dan de trigo limpio de paja, sin contacto alguno con los pecadores, se han perjudicado a sí mismos por esta insensatez: en los pueblos regidos por ellos, no se atreven a reprender a las bandas de los mayores delincuentes y criminales para que se corrijan; tienen miedo de verse obligados a confesar que son malos y que se les diga: “Realmente vosotros habláis de trigo limpio; ¿cómo es que por estas voces de reprensión estáis admitiendo que el tal trigo tiene tanta paja mezclada?” Y como no son justos, no los corrigen ni les tratan de convencer con misericordia, al contrario, les ungen la cabeza con el perfume de la adulación, ellos que se quieren constituir en su cabeza al no quererse someter a la única cabeza que está en el cielo y que forma unidad con el cuerpo que se difunde por toda la tierra: Con razón se les puede decir a sus fieles: Los que os llaman felices os inducen a error y destruyen los senderos de vuestros pies 84.
La esperanza de los justos les permite vivir la separación final
- Por lo tanto, el que no quiera tomar asiento en la asamblea de la falsedad, que no se deje hinchar por el tufo de la soberbia, con la pretensión de encontrar la asamblea de los justos separada de la unidad del resto del mundo, porque esto es imposible encontrarlo. Los justos, repartidos por esta universal ciudad que no puede estar escondida por estar asentada sobre un monte -me refiero al monte aquel de Daniel en el que se convirtió la piedra desprendida por sí sola y que creció hasta llenar la tierra-, repartidos, digo, los justos por toda esta ciudad que se extiende por el mundo entero, gimen y se entristecen por las injusticias que se cometen en medio de ellos. Que nadie busque a los justos en grupo aparte; más bien procure la concordia con ellos y gima en su compañía mezclado temporalmente con los malos. No tenga cuidado de sentarse en compañía de la falsedad: uno toma asiento allí donde se siente ciudadano. Escuche al Apóstol: nuestra ciudadanía está en el cielo 85.
Allí no estará con criminales; allí no soportará la asamblea de los injustos; allí no tomará asiento con los impíos. Que viva con esta esperanza, para merecer un día la posesión de lo que ahora espera. Todavía no hemos resucitado como Cristo ni estamos tampoco sentados con él en las moradas celestes. Sin embargo, nos ha dado esta esperanza, y en virtud de ella estamos ya viviendo allí, como dice el Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Saboread las cosas de arriba, no las de la tierra. Porque estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios 86.
En esa nuestra vida, escondida con Cristo en Dios, no tomamos asiento en el conciliábulo de la falsedad, porque, como dice el mismo Apóstol, nos resucitó con él y nos hizo sentar en el cielo 87, pero sólo en esperanza, no en realidad todavía. Porque la esperanza de lo que se ve ya no es esperanza. ¿Quién espera lo que ya ve? En cambio, si esperamos lo que no vemos, en esta esperanza nos mantiene la paciencia 88. Esta paciencia es la que han perdido los desdichados donatistas y se han adelantado a separarse de los que ellos tienen por paja, con lo cual han demostrado ser ellos mismos la paja más leve, que el viento arrebató de la era.
Grabemos bien lo que dice la Sabiduría: El que me escucha vivirá en la esperanza y estará tranquilo sin temer ningún mal 89. Mientras vivimos en la esperanza, pensamos no en lo que somos, sino en lo que seremos, puesto que somos hijos de Dios, es verdad, pero aún no se ha manifestado lo que seremos, porque, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es 90. Si vivimos con una tal esperanza, dado que en esta morada del pensamiento no hay malos, no tenemos que soportar ni los conciliábulos de la falsedad, ni a los criminales, ni a los injustos ni a los impíos. Sin embargo, en la comunidad católica, extendida por todo el mundo soportamos a todos éstos no en esperanza, sino en realidad palpable, hasta que desaparezca la injusticia, hasta que la cizaña sea recogida en el tiempo de la cosecha, hasta que el bieldo definitivo separe la paja del trigo; hasta que sean escogidos en la orilla los peces buenos de entre los malos, con los que están mezclados en la misma red; hasta que los cabritos, durante tanto tiempo pastados bajo el mismo pastor y en los mismos pastos que las ovejas, sean separados de ellas al final y puestos a la izquierda.
Sólo el desvarío puede originar el cisma
- No existe, pues, garantía alguna de unidad más que en la Iglesia anunciada por las promesas de Dios, y que, al estar asentada sobre un monte, como ya se ha dicho, no es posible esconderla, y, por lo tanto, es necesariamente conocida en todas las partes de la tierra. Mantengamos como una verdad inquebrantable y firme que ningún hombre justo puede separarse de ella. En otras palabras: a ningún justo, viva donde viva, y aunque tenga que soportar la presencia de hombres injustos por él conocidos, le está permitido separarse por su causa de los buenos que están lejos y le son desconocidos, cometiendo un cisma sacrílego y temerario. Por eso, en cualquier parte del mundo donde se haya producido un cisma, o se esté produciendo o se haya de producir, mientras permanecen alejadas las demás partes de la tierra, ignorantes del hecho o de sus razones, y, sin embargo, manteniendo el vínculo de la unidad con el mundo entero, tenemos la misma firme convicción de que esto no ha podido llevarse a cabo más que por gente enloquecida por la soberbia, o desvariada por la envidia maligna, o corrompida por las conveniencias mundanas, o depravada por los temores de la carne.
Las consecuencias de todo esto son que a los buenos se les difama con falsas acusaciones, o se creen éstas a la ligera, o que incluso los malos, tolerados por el vínculo de la unidad sin ser obstáculo alguno para los buenos, rompen la paz con ellos y se dan a la huida de la manera más aberrante, no perdonando vejación alguna contra el trigo, arrogándose los hombres antes de tiempo funciones que deberán desempeñar los ángeles en la cosecha.
VI. 29. A pesar de todo, estos cismas sacrílegos y las impías herejías, si llega el caso de ser amonestados a corregirse por medio de algún castigo, tienen la osadía de concederle a las penas sufridas por sus locuras los nombres del martirio. Pensando así, es como Parmeniano, al final de su carta, exhorta a Ticonio a permanecer en el partido de Donato y a aguantar las persecuciones. Le dice que no debe voluntariamente unirse a aquellos a quienes no se unieron ellos ni cuando arreciaba la persecución. Le aduce también un testimonio de la Escritura: ¡Ay de los que han perdido la paciencia y se apartaron hacia el mal camino! ¿Qué harán cuando venga el Señor a tomar cuentas? 91 Como siempre, Parmeniano aduce todos los testimonios de los libros divinos en contra de ellos mismos. Porque ¿quiénes son los que han perdido la paciencia sino aquellos que se han negado a tolerar por la paz de Cristo a los supuestos culpables, cuyos cargos no han sido capaces de probar, para después, recapacitando ya tarde, y con el fin de no dividir su propio partido en infinitos jirones, se deciden a tolerar por la falsa paz de Donato incluso a los que tenían como más notorios sacrílegos, condenados antaño por ellos, y luego recibidos de nuevo en su comunión? ¡A ver si de una vez reconocen y corrigen su impío proceder, al menos por lo que aprendieron en los sufrimientos por lo de Maximiano!
Pero está bien que sientan vergüenza al corregirse por razones tan evidentes, puesto que opusieron resistencia a las órdenes de los emperadores. Sienten perder la gloria de haber sufrido todo aquello de que se quejan si luego se enmiendan. ¡Como si no fuera preferible perder todo eso antes que perderse ellos! Quizá resistir a las órdenes de un emperador pueda tener una apariencia, aunque falsa y engañosa, pero en fin, una cierta imagen de valentía; pero ¿existirá rastro de gloria, ni siquiera humana, en contradecir la verdad más evidente? ¿Por qué citan a ojos cerrados tantos testimonios de la Escritura, que, una vez interpretados y aducidos contra ellos, los rechazan, y que si hubiera que interpretarlos como ellos pretenden, los haría convictos de su propia aberración?
¿No está escrito: No contradigas a la verdad en modo alguno? 92 ¿Y a quién se contradice sino a la verdad, cuando se opone resistencia incluso al rey que da órdenes en nombre de la verdad? Pero las amenazas o los castigos del rey, como hombre que es, son penas temporales; no será así, en cambio, con aquel Rey que incluso tiene por nombre la Verdad, y que está clamando ahora también para ellos: En vano castigué a vuestros hijos: no escarmentaron 93. Él ahora les amonesta con misericordia sirviéndose de las autoridades humanas, y lo hace para no tenerlos que castigar al final, cuando ya a los soberbios les sea imposible jactarse de su condenación. Porque en el castigo de las autoridades puede la humana obstinación buscar la gloria bajo el falso nombre de valor; pero al arder en el fuego eterno ni es ni podrá llamarse valentía. No habrá entonces quien derrame sobre la cabeza el perfume de la adulación, ni gente seducida por apariencias engañosas que sueñen con coronas para los condenados mientras gritan: ¡Bravo! ¡Bravo!, y juran por las canas de quienes no tuvieron bien sentada la cabeza, y por las sandalias de quienes no han conocido el camino de la paz 94.
Son estas multitudes las que los donatistas arrancan de la unidad de Cristo y tratan de orientarlas hacia su secta, al tiempo que cometen la audacia de equiparar los sufrimientos originados por su cisma con las pasiones de los mártires, hasta el punto de que celebran el aniversario de sus castigos con gran afluencia de hombres enloquecidos, entre los cuales hay quienes espontáneamente se arrojan por precipicios montañosos incluso sin que nadie les persiga. Terminan así su mala vida con una peor muerte.
No, no habrá en el día aquel gente insensata a la que se diga “Los justos somos nosotros que sufrimos persecución”; ni ciegos a quienes vender una piedra del arroyo en lugar de una perla preciosa, o sea, el endurecimiento carnal en lugar de la paciencia espiritual. No habrá quienes proclamen los nombres de los príncipes de su desvarío desde los altares que ellos separaron de la unidad de Cristo o que erigieron bajo el nombre de Cristo contra la Iglesia de Cristo.
Esta es la paga que ellos ansían recibir, y para hacer méritos suficientes se valen de una malicia redomada excitando contra ellos mismos la severidad de las autoridades. Pero los que se dejan seducir por ellos y son tenidos por justos precisamente porque sufren el castigo de sus maldades, no recapacitan ni se ponen a considerar por qué están sufriendo aquellas penas que son su orgullo.
El caso de Salvio y sus consecuencias
Qué bien les vendría prestar un poco de atención para ver que Parmeniano, al dirigirse a Ticonio sobre cómo sufrir las persecuciones y sobre la gloria del sufrimiento, le dice las mismas cosas que dicen todos los herejes cuando los reyes publican órdenes parecidas para su represión y castigo. Las mismas cosas, sin duda, que a sus partidarios de Membresa les dice Salvio, a quien los de Abitina infligieron tan graves heridas y vejaciones, tras haber logrado los donatistas por medio de ellos expulsarlo de la iglesia, que llegaron a atarle perros muertos a su cuello para terminar haciéndole bailar con ellos en medio de gritos y canciones obscenas.
Y después de todos estos sufrimientos, ¿qué discurso vamos a pensar que les echó a sus seguidores, engañados miserablemente por él, para que le construyeran otra basílica? ¿Qué panegírico no pronunció sobre su propia justicia, por la cual había merecido sufrir tales tormentos? ¿Qué demostración no hizo de su santidad, por haber sufrido la pasión, y de la máxima injusticia de los otros por haber sido sus verdugos? Se cita como ejemplo antiguo de crueldad la de los tiranos etruscos cuando ataban vivos con muertos, pero se trataba de cuerpos humanos únicamente. Ahora bien, atar perros muertos a miembros humanos y encima siendo éstos de un obispo, yo no sé si alguien recuerda haber leído u oído algo semejante.
Todo el mundo conoce cómo los obispos han reprimido los bailes frívolos y torpes; pero ¿qué humano podrá recordar jamás que los obispos hayan pedido a la gente que se ponga a bailar con ellos? ¿O acaso Salvio no era entonces obispo por figurar en la lista de los condenados en el concilio de Bagái? ¿Pues qué? Si luego se hubiera reconciliado con Primiano -como lo hizo Feliciano, condenado por verídica voz de aquel concilio plenario tal como consta allí por sus propias palabras- y en tal caso volviera a ser obispo, ¿por ventura no podría ser admitido, puesto que la mancha contraída por el sacrilegio del cisma, ésa podrá ser lavada, como en el caso de Feliciano, pero, en cambio, la inmundicia contraída por haber llevado colgados al cuello perros muertos, ésa no podrá ser expiada? Me gustaría saber qué tienen que replicar a unos hechos tan conocidos, tan públicos, tan recientes, ellos que nos echan en cara a nosotros sus viejas calumnias como si fueran nuestros propios crímenes.
Es posible que alguno de ellos piense que estoy difundiendo mentiras. ¿Será demasiado difícil que, para bien de su propia alma, haga un viaje a Membresa y allí compruebe si los hechos son exactos y salga en su defensa si esto es posible? Y si dicen que les está bien todo lo que se les ha hecho a los cismáticos condenados por los trescientos diez obispos donatistas, entonces que no protesten cuando tengan algo que soportar, si bien jamás han aguantado tormentos parecidos, ellos que están convictos de haber perpetrado una ruptura cismática de la Unidad de Cristo no por trescientos diez obispos, sino por la autoridad de los del mundo entero.
Fue de poca importancia -dirá alguno- lo sufrido por Salvio. Pues bien, yo le pregunto: en el caso de que un obispo donatista fuera amenazado con las fieras y la hoguera, ¿no preferiría ser así torturado antes que pasar por aquella humillación? ¿No recitarían su nombre los donatistas en el canon de los mártires, una vez consumada su pasión? Más dolorosa fue la pasión de Salvio, al hacerle danzar con ellos, que si le hubieran quemado vivo.
Si a uno de ellos, en efecto, le propusiesen una de estas dos cosas: elegir entre danzar no ya él solo, sino tener una danza coreado por otros o bien ser quemado vivo, no hay duda de su respuesta en esta elección. Podrá replicar que los primianistas no consiguieron del procónsul más que el permiso para que los de Abitina expulsasen a Salvio de su basílica, y que todas las crueldades e indecencias que luego cometieron con él lo hicieron ellos por su cuenta. En este caso, ¿por qué no continúa diciendo que de la misma forma pueden los católicos solicitar de los emperadores únicamente el derecho de expulsar a los donatistas de las basílicas que retienen a título sacrílego, y que luego ellos espontáneamente, amparados en la potestad imperial y sin deshonrar a nadie, han castigado a estos sacrílegos con mucha más suavidad que los de Abitina que se cebaron en Salvio de Membresa, sin ningún real decreto, sin orden judicial alguna?
Una vez tenidos en cuenta estos datos, les pido que reflexionen primero en lo que hacen y lo comparen con lo que sufren. De lo contrario puede suceder que, mientras se empeñan en cerrar los ojos a sus hechos y tenerlos abiertos a sus castigos, sufran inútilmente durante su vida temporal y, al llegar el último juicio de Dios, sean condenados al eterno suplicio precisamente por haber frustrado las invitaciones de enmienda recibidas a través de semejantes tribulaciones.
Conclusión: bastan los hechos recientes para ponerse en evidencia
No quiero volver al pasado, de cuyos hechos engañan los donatistas a todo el que pueden. Quiero resumir y atenerme a hechos presentes y señalar con el dedo: a los maximianistas, tras haberlos condenado, se les acepta, y, en cambio, se rechaza a naciones enteras sin conocerlas; se da por válido el bautismo de los maximianistas, y, en cambio, se anula el bautismo de todo el mundo. Ahí están los de Asuras, ahí están los de Musti, ahí está Pretextato, muerto recientemente; ahí está Feliciano, todavía vivo, ahí están sus nombres entre los condenados en el concilio de Bagái, citados en las actas proconsulares. Con hechos como éstos recientes, incluso actuales, queda bien a las claras cómo habrá sido el donatismo desde sus comienzos. Si por semejantes desarreglos e injusticias tienen algo que sufrir, ya que no lo quieren corregir, que al menos no se enorgullezcan de ello.