Carta

BAC vol. 30

Carta

RESPUESTA AL MANIQUEO SECUNDINO Tomado de las Revisiones II 36 Un cierto Secundino, maniqueo, pero no de los que ellos llaman elegidos, sino de los denominados oyentes, a quien no conocía personalmente, me escribió en tono amistoso, reprochándome respetuosamente el que atacase con mis escritos aquella herejía. Me amonestaba también a que dejara de hacerlo y me exhortaba a que me hiciera seguidor de ella, uniendo su defensa con el reproche a la fe católica. Di contestación a su carta. Mas como en el encabezamiento del escrito no puse ni el mitente ni el destinatario, puede computarse no entre mis cartas, sino entre mis libros. Mi escrito va precedido de su carta. El título del volumen es el siguiente: Respuesta al maniqueo Secundino. En mi opinión, le prefiero a todos los demás que pude escribir contra esa peste.

El libro comienza así: Benivolentia in me, quae apparet litteris tuis.

CARTA DEL MANIQUEO SECUNDINO A SAN AGUSTÍN Secundino a Agustín, señor justamente digno de honor y alabanza y al que se debe la máxima veneración.

Defensa contra el mal

[1] Doy gracias a la inefable y sacratísima majestad y a su primogénito Jesucristo, rey de todas las luces; en actitud de súplica me dirijo al Espíritu Santo y le doy las gracias por haberme concedido y otorgado la ocasión de saludar con confianza a tu santidad salvadora y egregia, señor justamente digno de alabanza y al que se debe la máxima veneración. No tiene nada de extraño. En efecto, tanto para otorgar toda clase de bienes como para alejar todos los males, son ellos los más adecuados y poderosos; defiendan con su protección a tu benevolencia y la libren de todo mal, no el que no es nada o el que se origina de las obras o pasiones de los mortales, sino el que está previsto que venga. ¡Ay de aquel que le dé oportunidad sobre sí! En verdad, eres merecedor de conseguir de ellos tales dones, y de que ellos nutran tu verdad, lámpara auténtica que la diestra de la verdad puso en el candelero de tu corazón, para que la llegada del ladrón no dilapide el patrimonio de tu tesoro; merecedor de que ellos ordenen que permanezca sin derrumbarse aquella casa que tú edificaste, no sobre la arena del error, sino sobre la roca del conocimiento. Que ellos alejen de nosotros al espíritu atroz, que infunde el temor y la perfidia de los hombres, para apartar a los hombres de la senda estrecha del Salvador; todo su ímpetu se ejerce por medio de aquellos príncipes contra los que el Apóstol confiesa, en la carta a los Efesios, haber entablado combate. Pues dice que su lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los espíritus del mal, que están en las (esferas) celestes1. Y en verdad, ¿quién entabla combate contra las armas y no contra el armado con ellas que se dirige hacia él? Pues como los cuerpos de los hombres son las armas del pecado, así los preceptos salutíferos son las armas de la justicia2. Esto lo dice Pablo, esto lo atestigua el mismo Manés.

Pecado y arrepentimiento

[2] No se trata de una lucha contra las armas, sino contra los espíritus que se sirven de ellas; pero luchan en vista de las almas. En medio de ellos está situada el alma a la que su naturaleza le otorgó la victoria ya desde el inicio. Si ella obra en unión con el espíritu de las virtudes poseerá la vida perpetua en su compañía y obtendrá aquel reino al que nos invita nuestro Señor. Si, por el contrario, comienza a dejarse arrastrar por el espíritu de los vicios y les otorga su consentimiento, y después de haber consentido, se duele de ello, obtendrá la fuente del perdón para tales manchas. Es conducida por la mezcla de la carne, no por propia voluntad. Pero si, después de conocerse a sí misma, otorga su consentimiento al mal y no se arma contra el enemigo, ha pecado por su propia voluntad. Si de nuevo se avergüenza de haber errado, hallará dispuesto al autor de las misericordias; no se la castiga por haber pecado, sino por no haber sentido dolor por el pecado. Y si muere con el pecado, sin haber obtenido el perdón, entonces será excluida, entonces será comparada a la virgen necia, entonces heredará el lado izquierdo, entonces será expulsada por el Señor del banquete a bodas a causa de sus vestidos sucios, y se hallará en el lugar del llanto y del rechinar de dientes, e irá con el diablo al fuego de su origen. Diablo al que tu extraña sabiduría menciona, ya afirmando que ha sido hecho de un arcángel, ya declarando que no es nada. ¿Por qué, entonces, reinarán los justos? ¿Por qué serán coronados los apóstoles y los mártires? ¿Sólo porque vencieron a lo que no es nada? ¡Oh, cuan frustrado queda el poder del vencedor, cuando se pregona que el adversario carecía en absoluto de él! Cambia, te lo suplico, de parecer; abandona la perfidia de la raza púnica y vuelve tu retirada, causada por el temor u, en dirección a la verdad; no te excuses en esas mentiras.

Invitación a Agustín a que se convierta

[3] Mi flaco y vulgar ingenio de romano ha leído los escritos de tu reverencia, en los que te aíras contra la verdad, como Hortensio contra la filosofía. Así habiéndolos releído una y otra vez con ánimo en suspenso y ojo atento, por doquier hallé a un orador sumo y al dios casi de toda elocuencia, pero nunca hallé a un cristiano. Armado, eso sí, contra todo, no afirmas nada, no obstante que debías mostrarte más perito en la ciencia que en la palabra. Pero hay una cosa que no puedo callar a tu pacientísima santidad: me ha parecido —y en verdad así es— que nunca fuiste maniqueo ni pudiste conocer los secretos arcanos y desconocidos de Manés, y que bajo su nombre tú perseguías a Aníbal o a Mitrídates. Confieso que los mármoles de la residencia de los Anicios no resplandecen por la diligencia y arte en colocarlos como deslumbran tus escritos por la elocuencia. Si hubieses querido hacerla concordar con la verdad, hubiese sido ciertamente un gran adorno para nosotros. No vayas, te lo ruego, contra tu naturaleza; no seas la lanza del error que hiere el costado del Salvador. Ves que él está crucificado en todo el mundo y en toda alma, la cual nunca tuvo la naturaleza de la cólera. También tú, pues, que eres de ella, debes abandonar de una vez —te lo suplico— los vanos reproches; deja las polémicas superfluas. Hallándote tanto tiempo con tu padre en medio de las tinieblas, nunca te burlaste; una vez situado entre el sol y la luna es cuando te has vuelto acusador. ¿Quién, pues, será tu abogado ante el tribunal del juez justo, cuando comiences a reconocerte convicto, por tu propio testimonio, de tus palabras y de tus obras? El persa al que acusaste no te asistirá. Excluido él, ¿quién te consolará M cuando llores? ¿Quién salvará al púnico? ¿O acaso cambiará lo que dice el Evangelio, y el camino ancho dejará de conducir a la muerte?3 ¿O es falso lo que dice Pablo y no ha de rendir cada cual cuenta de sus actos?4 ¡Ojalá tras abandonar a Manés te hubieses dirigido a la Academia a o hubieses comentado las guerras de los romanos, que han triunfado sobre todo! ¡Qué grandes y excelentes cosas habrías logrado allí y no habrías pasado tú, hombre casto en posesión de la pureza y castidad total, al pueblo judío, bárbaro por sus costumbres, cuando introduces fábulas en los preceptos y aduces la esposa fornicaria, y: hará hijos a la fornicaria; y: mediante la fornicación se alejará la tierra del Señor5; y: no lavarás las manos tras el acto conyugal; y: pon tu mano sobre mi muslo6; y: mata y come7; y: creced y multiplicaos8. ¿Te agradaron los leones en la fosa porque no había jaulas?9 ¿O te produjo dolor la esterilidad de Sara, de cuyo pudor fue vendedor el marido haciéndola pasar por hermana?10 Pero quizá después del combate de Darés y Entelle habías querido contemplar el pancracio del mismo Jacob11. ¿Habías dispuesto examinar el número de los amorreos12 y el conjunto de cosas que contenía el arca de Noé?13 Yo sé que tú siempre despreciaste esas cosas; yo sé que tú siempre amaste las cosas grandes, que abandonan la tierra, que se dirigen hacia el cielo, que mortifican el cuerpo y vivifican el alma. ¿Quién es entonces el que te ha hecho cambiar de repente?

El salvador espiritual

[4] En verdad, es demasiado absurdo decir esto a tu santidad. Tú no ignoras cuan pésimo y cuan maligno es quien combate contra los fieles y los más grandes varones, con tanta astucia que hasta obligó a Pedro a negar al Señor por tres veces en una noche y no permitió a Tomás creer que había resucitado. Mas estas heridas recibieron curación con la medicina del perdón. Con todo, ¡cuán audaces fueron sus maquinaciones, que mezcló la cizaña al Señor que había sembrado la mejor semilla y arrebató al Iscariote a tan gran pastor! Y para llegar al supremo suplido de la cruz, enciende en deseos de hacerle perecer a los escribas y a los fariseos para que exigiesen con sus gritos la liberación de Barrabás y la crucifixión de Jesús. Nosotros escapamos porque hemos seguido a un salvador espiritual. Pues su audacia llega a tanto que si nuestro Señor hubiera sido carnal, toda nuestra esperanza se hubiese visto amputada. Y, sin embargo, ni siquiera pudo saciarse con el oprobio de la cruz; más aún, en su locura forzó a que le coronasen de espinas, le diesen a beber vinagre, le golpeasen los soldados con la lanza, a que la boca del ladrón de la izquierda profiriese blasfemias contra él14. Y luego su iniquidad llegó a tanto que propuso dificultades al mismo Señor y sus apóstoles que subían allí, otorgando bajo su nombre —y aquí está lo peor— a todas las supersticiones la dignidad del nombre católico. Dejo de lado el indicar hasta dónde armó a cada uno de los discípulos contra los maestros, hasta dónde engañó a Himeneo, a Alejandro15; dejo de lado también lo que realizó en Antioquía, en Esmirna y en Iconio; añado ahora el modo de comportarse en la actualidad de la muchedumbre, de la que la virtud está tan lejos, cuanto es camino cerrado para el pueblo. Pues no es a la virtud a lo que llega la masa y, sobre todo, la masa de las mujeres. Pero tengo reparos en hacer públicas sus acciones clandestinas por temor a que se multipliquen los crímenes comenzados por otros. Y ello, aunque es propio de los sabios el soportar una y otra cosa, reírse de lo uno y de lo otro, y apoyarse solamente en lo que aporta felicidad y engendra vida.

Nueva llamada a la conversión

[5] Y, sin embargo, en actitud suplicante, una y otra vez te ruego, te pido y vuelvo a suplicarte primeramente que te dignes concederme el perdón si alguna palabra mía ha pellizcado tu corazón de oro. Lo he hecho por un excesivo ardor, porque no quiero que te separes de nuestro grupo. Por apartarme de él, yo mismo habría casi perecido, si no me hubiese retirado rápidamente de la comunión de la naturaleza malvada. Además, te pido que te reconcilies con aquella comunión que nada malo hizo contra ti; que vuelvas a ella, pues no se ha de encolerizar contra ti por tus culpas, si vuelves. No sólo sabe perdonar siete veces; más aún, tiene el poder de atar y desatar. No finjas estar palpando tú que poco antes veías; no quieras aprender tú que puedes enseñar. Renuncia a la gloria de los hombres si quieres agradar a Cristo. Haz revivir a Pablo en nuestros tiempos. El, siendo doctor de la ley judía, obtuvo del Señor la gracia de ser apóstol, y lo que había considerado ganancia lo despreció como estiércol para ganar a Cristo. Socorre a tu alma, tan luminosa, puesto que ignoras a qué hora ha de venir el ladrón. No seas adorno de los muertos, puesto que lo eres de los vivos. No seas compañero en la senda ancha que espera al amorreo; antes bien apresúrate hacia la estrecha para conseguir la vida eterna. Cesa, te ruego, de encerrar a Cristo en un seno, para no ser encerrado tú de nuevo en otro seno; cesa de hacer de las dos naturalezas una sola, porque se acerca el juicio del Señor. ¡Ay de quienes tengan que soportarlo, los que convierten en amargo lo dulce!

Dejar espacio al misterio

[6] Pero, si tienes dudas sobre el motivo, si estás en la incertidumbre sobre el inicio del combate, se te podrá dar razón en una conferencia a la luz del sol y en un coloquio pacífico. No obstante, hago saber a tu sagacísima bondad que hay algunas realidades que no pueden exponerse haciéndolas comprensibles, pues la razón divina supera el corazón de los mortales. Considera esto, por ejemplo: cómo hay dos naturalezas y por qué ha luchado quien nada podía sufrir; igualmente lo referente al siglo nuevo que Manés menciona también, puesto que será construido gracias a los movimientos que hienden aquella gran tierra. Mas ¿quién admitirá que hay hendiduras en las realidades divinas? A no ser que hagas el papel de comentador para un oyente, y porque éste toma las palabras por separado, mientras que aquél las toma en su conjunto. Y por muchas palabras que dijera el comentarista, para que las retenga en sí el oyente, ellas no se apartaron de él. Si no piensas así de aquel siglo, lo que se dice resulta bastante necio y estúpido. Así también a propósito del combate. Has de partir de entrada de que Dios es la justicia absoluta y que el mayor crimen es invadir (el territorio) ajeno. Por eso, cuando la naturaleza contraria se acercaba con esa finalidad, si no hubiese luchado él, que en verdad nada podía sufrir porque gozaba de presciencia, hubiese dado la impresión de que consentía al crimen. Por eso opuso a la naturaleza contraria que venía una gran fuerza (virtus), para que su justicia no se mancillase otorgando consentimiento alguno al sacrilegio. En efecto, Dios ha constituido al justo de tal manera que ni él peca alguna vez ni da su consentimiento al pecador. Además, Dios en su reino era poderoso por naturaleza, en cuanto todopoderoso y juez. Si estas cosas han sido dichas no como él ha sido hecho, sino en la forma que yo no he podido comprender, todavía no bastan a la perfidia, ni el sol ha salido para los ciegos, ni los sordos han oído la voz, ni se han preparado banquetes para los muertos. El hecho de que a las naturalezas no se las pueda asignar lugar pertenece a lo que la condición humana llama inenarrable e inefable, mas el salvador para quien todo resulta fácil, llama a estas dos cosas derecha e izquierda, dentro y fuera, venid y apartaos16. Tú, por el contrario, lo haces al revés; pones un pie métrico como orbis, vita, salus, lumen, lex, ordo, potestas, y pronuncias una vocal muda y haces larga a la breve; estas naturalezas no suenan igual, significan ciertamente dos cosas diferentes y distintas entre sí.

Halagos finales

[7] Mas cuando yo expongo estas cosas a tu admirable y sublime sabiduría es igual que si el Jordán prestase agua al océano, o la luna luz al sol, o el pueblo santidad al obispo. Por ese motivo conviene que toleres el contenido de esta carta. En efecto, si yo no conociese tu divina paciencia que perdona fácilmente a todos, nunca te hubiese escrito tales cosas. Y eso aunque veas que he tocado sumariamente mis eximios sentimientos y he tomado el máximo de precauciones para no darte la impresión de difuso. Por lo cual, tengan acceso estas cosas ante tu santidad, e indíquente de qué manera nos salvamos; de lo contrario, podrás producir a partir de ahí miles de volúmenes, tú, señor justamente merecedor de alabanza y digno de la máxima veneración.