BAC vol. 9
Libro 01
RÉPLICA A LAS DOS CARTAS DE LOS PELAGIANOS LIBRO I
Capítulo I
Preeminencia del Romano Pontífice
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Ya te conocía, ¡oh beatísimo y venerable papa Bonifacio!, por la fama universal que pregonaba tu nombre, y por muchas y muy verídicas noticias sabía cuán lleno estabas de la gracia de Dios. Mas después que mi hermano Alipio te visitó y de ti recibió tantas muestras de sincero afecto y gozó del dulce trato que inspira la mutua caridad, y, en el breve tiempo que vivió en tu compañía, se unió a ti con grande afecto, introduciéndose a sí mismo y a mí también en tu corazón y traspasándome a ti en el tuyo, después de esto, digo, la fama de tu santidad ha crecido en mí en la misma medida en que se han confirmado los vínculos de la amistad. Porque tú, que no eres altivo, aunque desempeñes más alta dignidad, no te desdeñas de ser amigo de los humildes y sabes corresponder al amor que te profesan. Pues ¿qué otra cosa es la amistad, que trae su nombre del amor y que nunca es fiel sino en Cristo, en quien únicamente, además, puede ser eterna y dichosa? Así que, más animado con la venida de este hermano, por quien te he conocido más familiarmente, me he atrevido a dedicar a tu beatitud algún escrito que trate de las cuestiones que en estos tiempos excitan con nuevo estímulo el celo de los obispos, dado que tengamos este celo, para velar por la grey del Señor.
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Porque, aunque la pública condenación de estos nuevos herejes, enemigos de la gracia de Dios, que se da a los grandes y a los pequeños por nuestro Señor Jesucristo, diga bien a las claras que debemos guardarnos de los tales, no se cansan ellos de tender celadas con sus escritos a los corazones de las personas sencillas y poco instruidas. Es necesario salirles al paso para que ni ellos ni sus secuaces se afirmen en su nefando error y, más aún, para que no seduzcan, como es de temer, con sus sofismas a ningún católico. Y, pues no cesan de ladrar en torno al aprisco de la grey del Señor, buscando una entrada para desgarrar las ovejas redimidas con tan alto precio, siendo la vigilancia propia de cuantos desempeñamos el oficio pastoral, bien que tú lo ejerzas desde más encumbrado lugar, hago en descargo de mi obligación lo que puedo con la ayuda de tus oraciones, contraponiendo a sus escritos pestíferos y engañosos otros aptos para sanar y defender, con los que desaparezca el furor que los enloquece o sea reprimido de suerte que no dañe a los demás.
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Este escrito con que ahora rebato sus dos cartas, a saber, la que dicen que envió a Roma Juliano, destinada, según creo, a conectar con sus partidarios o para lograr nuevos partidarios, y la otra que dieciocho cuasi obispos, seguidores de este error, osaron dirigir al obispo de Tesalónica para tentarle astutamente y atraerle, si les fuera posible, a su partido; este escrito, digo, con que replico, como acabo de decir, a sus dos cartas, he determinado dedicártelo de manera especial a tu santidad, no precisamente para darte lecciones, sino más bien para que lo examines y, si algo te desagrada, lo corrijas. Porque me indicó mi hermano que tú mismo te habías dignado entregarle esas cartas, que sin la despierta diligencia de tus hijos, nuestros hermanos, no hubieran llegado a tu poder.
Te doy gracias por tu sincerísima benevolencia para conmigo, por cuanto no has querido que yo desconociera esas cartas de los enemigos de la gracia de Dios, en las que has visto mencionado de manera expresa y calumniosa mi nombre. Mas fío en Dios nuestro Señor que del cielo han de recibir el merecido castigo los que me despedazan con su lengua maldiciente, y a los cuales salgo al paso en defensa de los pequeñuelos, para que no se pierdan abandonados a las engañosas alabanzas de Pelagio, sino que alcancen su salvación presentados al verdadero Salvador, Cristo.
Capítulo II
Refútanse los errores de Juliano acerca del libre albedrío de Adán
- Pasemos, pues, a responder a la carta de Juliano. Sostienen, dice, esos maniqueos con los que ahora comunicamos, o sea aquellos de quienes disentimos, que por el pecado del primer hombre, es decir, de Adán, pereció el libre albedrío, de manera que nadie tiene ya potestad para vivir bien, sino que todos son arrastrados al pecado por necesidad de su carne.
Llama maniqueos a los católicos siguiendo el ejemplo de Joviniano, el nuevo hereje que hace pocos años negaba la virginidad de Santa María y equiparaba el matrimonio de los fieles a la virginidad consagrada. Si motejaba de maniqueos a los católicos era porque quería hacerlos aparecer como denigradores o reprobadores del matrimonio.
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Defendiendo el libre albedrío, lo destruyen pretendiendo que para obrar el bien confiemos en él más que en la ayuda del Señor, y así cada uno se gloríe en sí y no en el Señor 1 Pero ¿quién entre nosotros dice que por el pecado del primer hombre pereció el libre albedrío en el género humano? Pereció, sí, la libertad a causa del pecado; pero fue la libertad que existió en el paraíso de poseer plena justicia junto con la inmortalidad; por lo que la naturaleza humana necesita de la divina gracia, según lo que dice el Señor: Si el Hijo os diere la libertad, seréis realmente libres, 2 es decir, libres para poder vivir bien y justamente. Tan es así que el libre albedrío por el que pecan, no pereció en el pecador, que es precisamente por el libre albedrío pecan sobre todo los que pecan con deleite y, amando el pecado, escogen lo que les agrada. Por eso dice el Apóstol: Cuando erais esclavos del pecado, erais libres respecto de la justicia. En lo cual se muestra que ni al mismo pecado pudieron servir sino con otro género de libertad. No están, por tanto, libres de la justicia sino por el libre albedrío de la voluntad; no quedan libres del pecado sino por la gracia del Salvador. Por lo que el mismo admirable doctor pesó perfectamente aun las mismas palabras: Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres respecto de la misma justicia. ¿Qué fruto lograbais entonces de las mismas cosas de que ahora os ruborizáis? Pues su paradero es muerte. Mas ahora, liberados del pecado y esclavizados a Dios, tenéis vuestro fruto en la santidad, y el paradero, en la vida eterna 3 Dijo libres respecto de la justicia, no liberados; pero no dijo libres del pecado, no fuera que se atribuyeran esto a sí mismos, sino que con toda advertencia prefirió decir liberados, refiriendo esto a aquella sentencia del Señor: Si el Hijo os diere la libertad, seréis realmente libres. Pues si no viven santamente los hijos de los hombres sino después que han sido hechos hijos de Dios, ¿cómo es que éste quiere atribuir al libre albedrío la potestad de vivir santamente, siendo así que esta potestad no se da sino por la gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor, 4 conforme a lo que dice el Evangelio: Mas a cuantos le recibieron les dio potestad de ser hijos de Dios? 5
Capítulo III
La gracia no es retribución de méritos
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Y para que no digan tal vez que han sido ayudados para tener la potestad de ser hechos hijos de Dios, pero que para merecer ésta habían antes ellos recibido a Cristo por su libre albedrío, sin ningún auxilio de la gracia -porque ésta es precisamente la intención que les mueve a destruir la gracia: pretender que se da según nuestros méritos-; a fin de que no dividan la sentencia evangélica poniendo el mérito en lo que se ha dicho: Cuantos le recibieron; y luego el que la gracia no se da gratuitamente, sino que es paga dada al mérito en lo que sigue: Les dio potestad de ser hijos de Dios; si por ventura se les pregunta qué mérito es ése, ¿responderán otra cosa sino que creyeron en Él? Pues para que sepan que también esto es efecto de la gracia, lean lo que dice el Apóstol: No os dejéis amedrentar en nada por los adversarios, lo cual es para ellos señal de perdición, mas para vosotros de salud, y esto por obra de Dios, ya que a vosotros se concedió graciosamente que por Cristo no solamente creyeseis en Él, sino también que por Él padecierais 6 Dijo, pues, que entrambas cosas han sido dadas. Dice también: Paz a los hermanos y caridad acompañada de la fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo 7 Lean asimismo lo que dice: Nadie puede venir a mí si no le trajere el Padre, que me envió. Y para que nadie piense que aquí con las palabras venir a mí se ha dicho otra cosa que creer en mí, poco después, al hablar de su cuerpo y su sangre, como se escandalizaban mucho de sus palabras, dijo: Las palabras que yo os he hablado son Espíritu y vida, pero es que hay algunos entre vosotros que no creen. Y añade a continuación el evangelista: Porque sabía Jesús desde un principio quiénes eran los que creían y quién era el que le había de entregar, y decía: Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si no le fuere concedido por mi Padre 8 Es decir, que repitió la sentencia de antes: Nadie puede venir a mí si no le trajere el Padre, que me envió. Y manifestó que dijo esto por los creyentes y por los no creyentes al exponer lo que había dicho: Si no le trajere mi Padre, que me envió, repitiendo lo mismo con estas otras palabras: Si no le fuere concedido por mi Padre. Porque es traído a Cristo aquel a quien se concede creer en Cristo. Se da, pues, potestad de ser hijo de Dios a los que creen en Él, cuando se otorga el que crean en Él. Y esta potestad, si no es dada por Dios, de ninguna manera puede proceder del libre albedrío, porque no será libre para el bien si el liberador no le ha liberado; pero para el mal tiene libre albedrío aquel en quien el engañador encubierto o manifiesto deslizó el deleite pecaminoso, si no es que se lo fingió uno mismo.
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Así que no son todos arrastrados, como contra su voluntad, al pecado por necesidad de su carne, según afirman algunos que decimos nosotros y osa Juliano escribir; sino que, si ya están en edad de usar de su libre albedrío, permanecen en el pecado por su voluntad y por su voluntad se despeñan de uno en otro pecado. Pues aun la acción del que les aconseja y engaña no va más allá de influir sobre ellos para que pequen voluntariamente, bien por ignorancia de la verdad, bien por deleitarse con la iniquidad, bien a causa de entrambos males: ceguera y flaqueza. Mas esta voluntad, que es libre para el mal, porque se deleita con los males, no es libre para el bien porque no ha sido liberada. Ni puede el hombre querer bien alguno si no le ayuda aquel que no puede querer el mal, es decir, la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor. Porque todo lo que no procede de fe es pecado 9 Por eso la buena voluntad que se abstiene de pecar es fiel, porque el justo vive de la fe 10 Ahora bien, propio es de la fe creer en Cristo. Y nadie puede creer en Él si no le fuere dado. Nadie, por consiguiente, puede tener una voluntad justa si no recibe de arriba, sin méritos precedentes, la verdadera gracia, es decir, la gracia gratuita.
Capítulo IV
Los pelagianos precipitan el libre albedrío
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Esto es lo que no quieren admitir estos orgullosos y soberbios, que no son, al tratar de sincerarse, defensores del libre albedrío, sino que lo destruyen con sus desmedidas alabanzas. Los cuales no se indignan contra nosotros, porque decimos estas cosas, sino porque se desdeñan de gloriarse en el Señor. Aunque la verdad es que Pelagio temió el juicio de los obispos de Palestina, y, habiéndosele acusado de enseñar que la gracia de Dios se daba según nuestros méritos, negó haberlo enseñado y condenó con anatema a los que esto dijeran 11 Sin embargo, no se ve que defienda otra cosa en los libros que después acá escribió; y es que sabe que con sus mentiras o velando su pensamiento engañó a los hombres, sus jueces.
Capítulo V
El matrimonio según la doctrina católica
- Pero examinemos lo que sigue. Sostienen también, dice, que el matrimonio de ahora no ha sido instituido por Dios; lo cual se lee en el libro de Agustín, a quien yo acabo de rebatir con cuatro libros. Nuestros enemigos han recibido los escritos de Agustín con odio de la verdad.
Voy a responder ahora brevemente a estas sus calumniosísimas palabras, porque las repite más adelante, como queriendo dar a entender que estos libros enseñan algo contrario a nuestra doctrina. Entonces, con el favor de Dios, discutiremos con él con la prolijidad que el asunto pidiere. Digo, pues, ahora que el matrimonio fue instituido por Dios, tanto en el paraíso, cuando dijo: Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne, 12 como ahora, por lo que está escrito: Dios es quien une la mujer con el hombre 13 Pues otra cosa no se hace ahora sino unirse el hombre a la mujer y ser los dos una sola carne.
Acerca de este mismo matrimonio que ahora se contrae fue preguntado el Señor por los judíos si era lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo. Y, habiendo alegado aquel testimonio de la ley, añadió: Lo que Dios, pues, unió, el hombre no lo separe 14 De este mismo testimonio de la ley se sirvió también el apóstol San Pablo al amonestar a los esposos para que amaran a sus esposas 15 Nada menos cierto, pues, que el que éste haya encontrado en mi libro algo contrario a estos testimonios divinos. Lo que ocurre es que, por falta de comprensión o, más bien, con ánimo de calumniar, retuerce el sentido de lo que lee. Este mi libro, que él dice ha rebatido con cuatro libros, lo escribí después de la condenación de Pelagio y Celestio. Digo esto, puesto que él afirma que sus enemigos recibieron mi doctrina con odio de la verdad, para que nadie se llame a engaño pensando que estos nuevos herejes, enemigos de la gracia de Dios, fueron condenados por causa de mi libro. El libro es una defensa más bien que una condenación del matrimonio.
- Sostienen también, dice, que la conmoción carnal y la conmixtión de los cónyuges son cosas inventadas por el diablo, y que, por causa de esto, los que nacen inocentes son reos y son hijos del diablo y no de Dios, por nacer de esta conmixtión diabólica; lo cual, sin ningún género de duda, es doctrina maniquea.
Nada más falso. Así como decimos que el matrimonio fue instituido por Dios para la ordenada generación de los hijos, así también decimos que ni en el paraíso, si allí se engendraran hijos, pudo tener lugar la seminación ordenada a la generación de los hijos sin la conmoción carnal y sin la conmixtión de los cónyuges. La cuestión está en saber si, caso de no haber pecado nadie, hubiera existido esa conmoción y conmixtión acompañadas, como ahora, de ruborosa libídine, de lo cual trataremos después, Dios mediante.
Capítulo VI
Por qué alaban los pelagianos la conmixtión carnal
- Qué es lo que éstos quieren, qué es lo que se proponen y adónde intentan llevar la cuestión, dícenlo las palabras de Juliano al acusarnos de que decimos: Los que nacen inocentes son reos y proceden del demonio, no de Dios, puesto que nacen de esta conmixtión diabólica.
No diciendo nosotros que sea diabólica la conmixtión de los cónyuges, sobre todo de los fieles, realizada para engendrar hijos que luego han de ser regenerados; ni que hombre alguno, en cuanto hombre, proceda del demonio, sino de Dios; y afirmando, no obstante, que aun de los cónyuges cristianos nacen reos los hombres, como procede el acebuche del olivo, a causa del pecado original, y que por esto están bajo el poder del demonio si no renacen en Cristo, puesto que el demonio es el autor de la culpa, no de la naturaleza; y afirmando, en cambio, ellos que los niños no heredan ningún pecado original, ¿qué es lo que persiguen con tanto empeño sino negar en los niños la gracia de Dios, con la que, como dice el Apóstol, nos libertó de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor? 16 Porque niegan que los párvulos estén bajo el poder de las tinieblas aun antes de haber recibido la ayuda del Señor liberador, y de tal suerte alaban en ellos la obra del Creador, que destruyen la misericordia del Redentor. Y porque nosotros confesamos esta misericordia en los grandes y en los párvulos, dice que esto es, sin ningún género de duda, doctrina maniquea, cuando en realidad es antiquísima doctrina católica que destruye por su base esta nueva herejía.
Capítulo VII
Los santos del Antiguo Testamento fueron liberados por Cristo
- Sostienen, dice, que los santos del Antiguo Testamento no carecieron de pecados, es decir, que ni aun después de enmendarse estuvieron libres de culpas, sino que la muerte los halló en pecado.
Decimos que aun antes de la ley y del tiempo del Antiguo Testamento fueron librados de los pecados no por su propia virtud, porque maldito todo el que pone su confianza en el hombre, 17 y bajo esta maldición están los que reprende el salmo: Que confían en su propia virtud; 18 ni por el Antiguo Testamento, que engendra para la esclavitud, 19 bien que fue dado por Dios en virtud de una cierta economía; ni por la misma ley santa, justa y buena, 20 en la que está escrito: No desearás; 21 porque no se dio una ley capaz de vivificar, sino que fue dada en razón de las transgresiones hasta que viniese la descendencia a quien fue hecha la promesa; 22 sino que fueron liberados por la sangre del mismo Redentor, que es el único mediador entre Dios y los hombres, un hombre, Cristo Jesús 23 Mas estos enemigos de la gracia de Dios, que se ha dado a los pequeños y a los grandes por Jesucristo nuestro Señor, dicen que los antiguos santos poseyeron una perfecta justicia para que no se crea que necesitaron de la encarnación, pasión y muerte de Cristo, por cuya fe se salvaron.
Capítulo VIII
La concupiscencia en los apóstoles
- Afirman, dice, que el mismo apóstol San Pablo y aun todos los apóstoles estuvieron siempre dominados por una concupiscencia desordenada.
¿Quién, por más impío que sea, se atreve a decir esto? Pero Juliano calumnia de esta manera por aquello del Apóstol: Porque sé que no habita en mí, quiero decir, en mi carne, cosa buena, pues el querer, a la mano lo tengo, mas el poner por obra lo bueno, no, 24 y otras cosas por el estilo, y defiende que Pablo no lo dijo de sí mismo, sino en nombre de no sé qué otra persona que padeciera todo eso; por lo cual este pasaje debe ser diligentemente estudiado en su contexto y sometido a examen, por si en algún punto oscuro del mismo se oculta el error que combatimos.
Si bien el Apóstol hace muchos razonamientos defendiendo firme y sostenidamente la gracia de Dios contra los que se gloriaban en la ley, citaremos sólo algunos pocos pasajes que tienen relación con la cuestión presente. Dice, pues: En virtud de las obras de la ley no será mortal alguno justificado en su presencia, pues por la ley se nos da el conocimiento del pecado. Ahora, empero, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, abonada por el testimonio de la ley y de los profetas; pero una justicia de Dios mediante la fe de Jesucristo para todos los que creen; pues no hay distinción. Porque todos pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios, justificados como son gratuitamente por su gracia mediante la redención que se da en Cristo Jesús. Y más adelante escribe: ¿Dónde está, pues el orgullo? Quedó eliminado. ¿Por cuál ley? ¿La de las obras? No, sino por la ley de la fe. Pues juzgamos que el hombre se justifica por la fe, independientemente de las obras de la ley 25 Y también dice: No por la ley fue hecha a Abrahán y a su posteridad la promesa de ser el heredero del mundo, sino por la justicia de la fe. Porque si los hijos de la ley son herederos, anulada queda la fe, y abolida la promesa, pues la ley produce cólera; que donde no hay ley, tampoco transgresión 26 Y en otro lugar: Mas la ley se introdujo para que aumentase el delito; mas donde aumentó el delito, sobreabundó la gracia 27 Y en otro pasaje: Porque el pecado no ha de dominar en vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia 28 Leemos en otra parte: ¿O es que ignoráis, hermanos -pues hablo a quienes saben lo que es la ley-, que la ley mantiene su dominio sobre el hombre por todo el tiempo que vive? En efecto, la mujer casada está atada por la ley al marido mientras éste vive, mas, una vez muerto el marido, queda desligada de la ley del marido. Y poco después: Así es que, hermanos, también vosotros quedáis muertos a la ley por el cuerpo de Cristo, a fin de que pertenezcáis a otro, a aquel que fue resucitado de entre los muertos, para que llevemos frutos para Dios. Porque cuando estábamos en la carne, las pasiones de los pecados, atizadas por la ley, obraban en nuestros miembros para llevar frutos en pro de la muerte; mas ahora nos desentendimos de la ley, habiendo muerto a aquello que nos tenía apresados, de modo que sirvamos en novedad de espíritu y no en la vejez de letra.
Con estas y otras parecidas pruebas muestra bien claramente aquel Doctor de las Gentes que la ley no pudo quitar, sino más bien aumentó el pecado, que debe destruir la gracia; porque la ley, ante la cual sucumbe la flaqueza, manda, y la gracia, con que se infunde la caridad, ayuda. Para que nadie, apoyándose en estos testimonios, vitupere la ley y afirme que es mala, el mismo Apóstol, a quien no se ocultó lo que podrían pensar quienes los entendiesen mal, se propuso esta cuestión. ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es mala? ¡Eso no! Sin embargo, el pecado no lo conocí sino por la ley. Ya antes había dicho: Por la ley no se alcanza sino el conocimiento del pecado. No la destrucción, sino el conocimiento.
- Y ya desde este punto comienza -que es lo que ha motivado estas consideraciones- a introducir su propia persona y como a hablar de sí mismo. Pero los pelagianos no admiten que se trata del Apóstol, sino que dicen que se puso a sí mismo en lugar de otro, vale decir, del hombre constituido todavía bajo la ley y no liberado aún por la gracia. Mas aquí deben conceder en realidad que nadie se justifica en la ley, como en otra parte asegura el Apóstol, 29 sino que la ley sirve para conocer el pecado y para transgredir la misma ley, de tal modo que, conocido y aumentado el pecado, sea necesaria la gracia mediante la fe.
Y no es que les importe aplicar al Apóstol estas cosas que podría él decir refiriéndose a su vida pasada, sino que temen lo que sigue: Porque ni la concupiscencia conocería si la ley no dijera: “No codiciarás”. Mas, tomando ocasión el pecado por medio del mandamiento, obró en mí toda concupiscencia. Porque sin la ley el pecado está muerto: Y yo vivía sin ley algún tiempo; mas, venido el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí; y me resultó que el mandamiento dado para vida, éste fue para muerte. Porque el pecado, tomando ocasión, por medio del mandamiento me sedujo, y por él me mató. Así que la ley es santa, el mandamiento es santo, y justo, y bueno. ¿Luego lo bueno vino a ser para mí muerte? ¡Eso no! Mas el pecado, para mostrarse pecado, por medio de una cosa buena me acarreó la muerte, a fin de que viniese a ser el pecado desmesuradamente pecador por medio del mandamiento 30 Todo esto, como he dicho, puede parecer que lo dijo el Apóstol de su vida pasada; de modo que lo que dice: Yo vivía sin ley un tiempo, ha querido que se entienda de los primeros años de su infancia, cuando no tenía uso de razón; y lo que añadió: Mas, venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí, lo dijo refiriéndose a sí como sujeto ya al precepto, pero sin aptitud para cumplirlo, y, por tanto, siendo transgresor de la ley.
Capítulo IX
Peca quien sólo por temor no ejecuta el pecado
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Ni nos importe lo que escribió a los Filipenses: En cuanto a la justicia que pueda darse en la ley, era hombre sin tacha 31 Porque pudo existir interiormente en las pasiones desordenadas el transgresor de la ley, y, no obstante, cumplir las obras exteriores de la ley, bien por temor humano, bien por temor de Dios, pero con temor de la pena, no con amor y delectación de la justicia. Porque una cosa es hacer el bien con voluntad de hacer el bien y otra inclinarse con la voluntad de hacer el mal, de tal suerte que lo obraría si pudiera obrarlo impunemente. Y así, en realidad de verdad, peca interiormente en su voluntad el que deja de pecar no por falta de voluntad, sino por temor. Conociendo el Apóstol que tal había sido él en su interior antes de recibir la gracia de Dios, que se da por Jesucristo nuestro Señor, lo confiesa, clarísimamente en otra parte. Pues escribiendo a los Efesios dice: Y a vosotros, que estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los cuales un tiempo caminasteis conforme a la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potencia del aire, el espíritu que ejerce ahora su acción en los hijos de la rebeldía, entre los cuales también nosotros todos nos hallamos en otro tiempo, en manos de las concupiscencias de nuestra carne, cumpliendo las voluntades de la carne y de los afectos, y éramos por naturaleza hijos de ira lo mismo que los demás; mas Dios, rico como es en misericordia, por el extremado amor con que nos amó, aun cuando estábamos nosotros muertos por los pecados, nos vivificó con la vida en Cristo, con cuya gracia hemos sido salvados 32 Y escribiendo a Tito dice: Porque éramos un tiempo también nosotros insensatos, rebeldes, descarriados, esclavizados por concupiscencias y placeres de toda suerte, obrando a impulsos de la malicia y de la envidia, abominables, odiando los unos a los otros. Tal fue Saulo cuando dice que vivió sin tacha según la justicia que puede darse en la ley. Y que después de esta vida abominable no había aprovechado en la ley para vivir sin tacha, decláralo evidentemente a continuación, cuando dice que no fue en verdad librado de estos males sino por la gracia del Salvador, lo cual confiesa aquí, como en la Epístola a los Efesios, diciendo: Mas cuando se manifestó la bondad y el amor de Dios, nuestro Salvador, no por obras hechas en justicia que nosotros hubiéramos practicado, sino según su misericordia, nos salvó por el baño de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con abundancia por Jesucristo, nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos constituidos en la esperanza herederos de la vida eterna 33
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Lo que dice en este pasaje de la Epístola a los Romanos: El pecado, para mostrarse como pecado, por medio de una cosa buena me acarreó la muerte, concuerda con lo dicho arriba: Sin embargo, el pecado no lo conocí sino por la ley. Porque ni la concupiscencia conocería si la ley no dijera: “No codiciarás”. Y antes había dicho: Por la ley se alcanza el conocimiento del pecado. También aquí dijo: Para mostrarse pecado, a fin de que lo que había escrito: Porque sin ley el pecado está muerto, no lo entendamos sino en el sentido de que está oculto, no aparece, se desconoce en absoluto, sepultado en no sé qué tinieblas de ignorancia. Y aquello que dice: Yo vivía en algún tiempo sin ley, ¿qué quiere decir sino que me parecía a mí que vivía? Y lo que añadió: Mas, venido el mandamiento, el pecado revivió, ¿qué otra cosa significa sino salió al exterior y apareció? Pero, sin embargo, no dice vivió, sino revivió. Porque había vivido en el paraíso, cuando era evidente que se había cometido violando el precepto dado; mas, cuando es heredado por los que nacen, está encubierto, como si estuviera muerto, hasta que el mal, contrario a la justicia, es conocido por la prohibición del mismo, cuando se manda y es recibida con aprobación una cosa, y otra deleita y avasalla; entonces revive en cierta manera el pecado, que ya había vivido en el conocimiento del primer hombre creado.
Capítulo X
Continuación del mismo argumento
- Mas lo que sigue no aparece claro cómo pueda aplicarse a San Pablo. Sabemos, dice, que la ley es espiritual, mas yo soy carnal 34 No dice fui, sino soy. ¿Acaso era carnal el Apóstol cuando esto escribía? ¿O lo dice refiriéndose al cuerpo? Todavía vivía en el cuerpo de esta muerte, 35 no habiéndose realizado aún lo que en otra parte escribe: Siémbrase un cuerpo animal, surge un cuerpo espiritual 36 Porque todo él, o sea las dos partes de que se compone, será hombre espiritual cuando también el cuerpo sea espiritual. Pues ni es absurdo que en aquella vida sea también espiritual la carne si en esta vida pudo ser carnal el espíritu. Dijo, por tanto: Mas yo soy carnal, porque todavía no tenía el Apóstol un cuerpo espiritual. Como podría decir: “Mas yo soy mortal”, debiendo entonces entenderse que lo decía por el cuerpo, no revestido aún de inmortalidad.
Asimismo, para que nadie pensara que él no había sido aún redimido con la sangre de Cristo, aquellas sus palabras: Vendido por esclavo al pecado, pueden también entenderse conforme a aquel pasaje en que dice: También nosotros mismos, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, anhelando la adopción filial, el rescate de nuestro cuerpo 37 Pues si dice de sí mismo: Vendido por esclavo al pecado, en cuanto que su cuerpo no ha sido todavía redimido de la corrupción, o que ha estado algún tiempo vendido por esclavo en la transgresión del primer precepto, de modo que tenía un cuerpo corruptible que es peso para el alma, 38¿qué inconveniente hay en afirmar que el Apóstol dice de sí mismo lo que dice, de suerte que pueda entenderse de él mismo, aunque en su persona quiera abarcar no sólo a sí, sino a cuantos tienen conciencia de que con la delectación del espíritu luchan contra los deseos de la carne sin consentirlos?
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¿Es que tememos que lo que sigue: Porque lo que hago no me lo explico, porque no es el bien que quiero lo que hago, antes el bien que no quiero es lo que hago, lo entienda alguno sospechando que el Apóstol consiente en la concupiscencia de la carne para obrar el mal? Pero es preciso tener en cuenta lo que añade: Y si lo que no quiero, eso es lo que hago, convengo con la ley en que es buena. Dice que más conviene con la ley que con la concupiscencia de la carne, a la que da el nombre de pecado. Dijo, pues, que hacía y obraba no con voluntad de consentir y obrar, sino con el impulso de la concupiscencia. De aquí es, dice, que convengo con la ley en que es buena: convengo porque no quiero yo lo que ella no quiere. Seguidamente añade: Mas ahora ya no soy yo quien lo hago, sino el pecado, que habita en mí. ¿Qué quiere decir: Mas ahora, sino ahora bajo la gracia, que ha liberado la delectación de la voluntad de consentir en la concupiscencia? Porque la mejor manera de entender: Mas ahora ya no soy yo quien lo hago, es saber que no consiente en presentar sus miembros como armas de iniquidad al servicio del pecado 39 Porque, si desea y consiente y obra, ¿cómo no ha de ser él quien obre, aunque se duela de obrar y llore amargamente al ser vencido?
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En las palabras siguientes resalta con toda evidencia la razón de lo que dice: Porque sé que no habita en mí, quiero decir, en mi carne, cosa buena. Si no lo declarase añadiendo: quiero decir, en mi carne, tal vez se interpretarían en otro sentido las palabras en mí, y por eso vuelve a repetir lo mismo diciendo: Pues el querer lo tengo a la mano, mas el poner por obra lo bueno, no. Pues poner por obra lo bueno no es otra cosa sino que el hombre esté libre de la concupiscencia; el bien es imperfecto cuando existe en el hombre la concupiscencia, aun cuando no condescienda con la concupiscencia para obrar el mal. Porque no es el bien que quiero lo que hago; antes el mal que no quiero es lo que obro. Y si lo que no quiero, eso yo hago, ya yo no soy quien lo obro, sino el pecado, que habita en mí. Y volvió a repetir lo mismo, inculcando y como despertando de su sueño a los más ignorantes. Hallo, pues, dice, esta ley: que, al querer yo hacer el bien, me encuentro con el mal en las manos. La ley es, por tanto, buena para el que quiere hacer el bien, pero de la concupiscencia viene el mal, en el cual no consiente el que dice: Ya no soy yo quien obro.
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Entrambas cosas se declaran más explícitamente en lo que sigue: Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior; mas veo otra ley en mis miembros que guerrea contra la ley de la razón y me tiene aprisionado como cautivo de la ley del pecado, que está en mis miembros. Podemos preguntar si las palabras: Y me tiene aprisionado, no suponen algún consentimiento. Así que a causa de estas tres cosas, a saber, las dos que ya hemos estudiado: Mas yo soy carnal y Vendido por esclavo al pecado, y de la tercera: Y me tiene aprisionado como cautivo en la ley del pecado, puede parecer que el Apóstol describe al que vive aún bajo la ley y que no vive todavía bajo el imperio de la gracia. Pues así como expusimos las dos primeras refiriéndonos a la carne corruptible, del mismo modo puede entenderse la tercera de manera que las palabras y me tiene aprisionado como cautivo las dijera de la carne, no del espíritu; del impulso, no del consentimiento; y dice con razón: y que me cautiva, porque en la carne no existe una naturaleza extraña, sino nuestra propia naturaleza. Puesto que él mismo, pues, expuso el pasaje: Porque sé que no habita en mí, quiero decir, en mi carne, cosa buena, por la exposición de este pasaje debemos entender este otro: Y que me cautiva, entendiendo que quiere decir: y que cautiva mi carne bajo la ley del pecado, que está en mis miembros.
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Escribe luego las siguientes palabras, que han motivado todos nuestros razonamientos: ¡Desventurado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor. Y deduce de aquí: Así que yo mismo con la razón sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. O sea, con la carne, a la ley del pecado por la concupiscencia; con el espíritu, a la ley de Dios, no dando oídos a la concupiscencia. Ninguna condenación, pues, pesa ahora sobre los que están en Cristo Jesús. Porque no es condenado sino el que da oídos a la concupiscencia de la carne para obrar el mal. Porque la ley del espíritu de la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte, 40 a fin de que la concupiscencia de la carne no arrastre tras sí tu consentimiento. Lo que sigue confirma más y más el mismo sentido; pero vayamos despacio.
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En algún tiempo había opinado yo también que con estas palabras el Apóstol retrataba al hombre que vive bajo la ley 41 Pero después me hicieron fuerza para cambiar de opinión estas sus palabras: Mas ahora ya no soy yo quien obra. A esto se refiere lo que después dice: Ninguna condenación, pues, pesa ahora sobre los que están en Cristo Jesús. Además, no comprendo cómo el hombre que vive bajo la ley podía decir: Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, siendo así que no hay que atribuir sino a la gracia la misma delectación del bien, por la cual no consiente en obrar el mal, no por temor de la pena, sino por amor de la justicia, que esto significa condeleitarse.
Capítulo XI
Prosigue el mismo argumento
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¿Quién negará que lo que dice el Apóstol: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?, lo decía viviendo en el cuerpo de esta muerte? Del cual no son liberados los impíos, a quienes se dan sus propios cuerpos para padecer suplicios eternos. De modo que ser librados del cuerpo de esta muerte equivale a, sanada toda flaqueza de la concupiscencia de la carne, recuperar el cuerpo no para castigo, sino para la gloria. Concuerda bien con este pasaje este otro: También nosotros mismos, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, anhelando la adopción filial, el rescate de nuestro cuerpo. O sea, gemimos cuando decimos: ¡Desventurado de mí! ¿Quién me librará este cuerpo de muerte? Y aquello que dice: Lo que yo obro lo ignoro, ¿qué otra cosa significa sino no quiero, no apruebo, no consiento, no hago? Si no, sería contrario a lo dicho arriba: Por la ley se alcanza el conocimiento del pecado. Y también: El pecado, para mostrarse pecado, por medio de una cosa buena me acarreó la muerte. Pues ¿cómo conoció por la ley el pecado que ignora? ¿Cómo se muestra el pecado que se desconoce? Se dice, por tanto, lo ignoro, no lo obro, porque yo mismo no lo cometo con ninguna manera de consentimiento; como dirá el Señor a los impíos: No os conozco, 42 siendo así que nada se le puede ocultar; y como está escrito: a quien no conoció el pecado, 43 es decir, no lo había hecho, puesto que no ignoraba lo que reprendía.
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Estudiados diligentemente en su texto y contexto estos y otros pasajes semejantes del Apóstol, se persuade uno con razón de que en su persona abarcó no a sí solamente, sino también a otros constituidos en gracia, pero no constituidos aún en aquella paz perfecta que tendrá lugar cuando la muerte será sumida en la victoria 44 De la cual dice luego: Y si Cristo está en vosotros, el cuerpo, ciertamente, está muerto a causa del pecado; mas el Espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por obra de su Espíritu, que habita en vosotros 45 Vivificados, pues, nuestros cuerpos mortales, no habrá consentimiento en el pecado, pero ni siquiera subsistirá la concupiscencia de la carne a la que haya que resistir. De esta concupiscencia que resiste al espíritu, sólo pudo estar libre aquel hombre que vino a los hombres sin que mediara ninguna concupiscencia. Y por eso nada más ajeno a nosotros que decir de los apóstoles, como éste nos achaca calumniosamente, que, porque eran hombres y arrastraban en esta vida mortal un cuerpo corruptible que es un peso para el alma, estuvieron siempre dominados por una concupiscencia inmoderada; sino que decimos que, preservados de consentir en los malos deseos, se lamentaron, no obstante, de la concupiscencia de la carne, que refrenaban dominándola, con tanta humildad y verdad que preferían verse libres de ella a tener que domarla.
Capítulo XII
La inmunidad de pecado en Cristo, calumniada por los pelagianos
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Por consiguiente, si Juliano escribe que nosotros decimos que Cristo no estuvo libre de pecados, sino que mintió por necesidad de la carne, y que estuvo manchado con otros delitos, él dirá a quiénes ha oído o en los escritos de quién ha leído lo que acaso no entendió y echó calumniosamente a mala parte engañado por su propia malicia.
Capítulo XIII
La remisión de los pecados en el bautismo y las calumnias pelagianas
- Afirman también, dice, que el bautismo no perdona todos los pecados ni quita los crímenes, sino que los rae, de modo que subsisten las raíces del pecado en la carne pecaminosa.
¿Quién, si no es un infiel, afirma esto contra los pelagianos? Decimos que el bautismo perdona todos los pecados y que destruye los delitos, no que los rae, ni que se conserven en la carne pecaminosa, como los cabellos raídos de la cabeza, para rebrotar y ser cortados de nuevo. Que con esta comparación visten su calumnia para hacer creer que nosotros enseñamos semejantes dislates.
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Mas yo creo que ellos se engañan o engañan al hablar de esta concupiscencia de la carne, contra la cual debe luchar santamente aun el hombre bautizado, sin exceptuar al que hace grandísimos progresos en la virtud y es guiado por el Espíritu de Dios 46 Esta concupiscencia se llama pecado, no porque en realidad sea pecado, sino porque ha sido causada por el pecado; del mismo modo que a la escritura se da el nombre de mano de fulano o mengano, porque la mano es la que la ha escrito. Pecados son las cosas que se hacen, se dicen, se piensan, obedeciendo a la concupiscencia de la carne o a la ignorancia; estos pecados, aun después de cometidos, nos hacen reos mientras no sean perdonados. Y esta concupiscencia de la carne de tal manera se perdona en el bautismo, que, aunque haya sido heredada por los nacidos, no daña a los renacidos. Mas de éstos, si engendran hijos según la carne, se hereda de nuevo, y de nuevo dañará a los que nacen si, del mismo modo, no se perdona a los que renacen, persistiendo sin menoscabo de la vida eterna, por cuanto el reato de la misma, heredado por la generación, ha sido perdonado por la regeneración y, por tanto, ya no es pecado, sino que recibe este nombre, ora porque ha sido causada por el pecado, ora porque se mueve con el gusto de pecar, aunque, por triunfar la delectación de la justicia, no se consienta en ella. Ni por razón de la concupiscencia, cuyo reato ya ha desaparecido por el baño de la regeneración, dicen los bautizados en la oración: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, sino por razón de los pecados que se cometen tanto consistiendo en ella, lo que ocurre cuando el apetito triunfa de la voluntad, como cuando la voluntad abraza por ignorancia el mal como si fuera bien. Y se cometen, ya de obra, ya de palabra, ya de pensamiento, que son, estos últimos, los pecados que se cometen con tantísima facilidad y rapidez. ¿Quién entre los fieles se jactará de tener el corazón limpio de estos pecados? ¿O quién se gloriará de estar libre de pecado? 47 Lo que seguidamente se dice en la oración, por razón de la concupiscencia se dice: No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal 48 Porque cada cual es tentado, como está escrito, al ser reducido por la concupiscencia; y la concupiscencia, después que ha concebido, pare el pecado 49
Capítulo XIV
Los delitos y los pecados veniales
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Todos estos efectos de la concupiscencia, y el mismo reato original de la concupiscencia, han sido quitados con el baño del bautismo; y cuanto pare ahora esta concupiscencia, como no sean esos partos que se llaman no sólo pecados, sino también delitos, perdónanse con aquel pacto de la oración cotidiana, en que decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y con la auténtica limosna. Pues nadie es tan necio que diga que no atañe a los bautizados el precepto del Señor: Perdonad, y se os perdonará; dad, y se os dará 50 Nadie en la Iglesia de Dios podría ser ordenado canónicamente como ministro si hubiera dicho el Apóstol: Si hay alguno sin pecado, donde dijo: Si hay alguno sin crimen 51 O si hubiera dicho: Que no tengan ningún pecado, donde dijo: Que no tengan ningún delito 52 Porque muchos fieles bautizados hay sin delito, pero no diré que haya nadie sin pecado, aunque los pelagianos, porque esto decimos, se inflen contra nosotros y revienten a causa de su locura; y no es que quede algo del pecado que no se perdone en el bautismo, sino porque, en tanto permanecemos en esta vida miserable, no cesamos de hacer cada día algo que se nos ha de perdonar orando nosotros fielmente y practicando la misericordia todos los días. Ésta es la salud de la fe católica que el Espíritu Santo derrama en todas partes, no la vanidad y presunción de espíritu de la maldad herética.
Capítulo XV
Antítesis pelagianas acerca del libre albedrío y del matrimonio
- Veamos ahora cómo Juliano, después de habernos echado en rostro calumniosamente lo que dice que creemos y de haber inventado lo que no creemos, hace profesión de su fe o de la fe de los pelagianos.
Contra todo esto, dice, luchamos nosotros sin tregua, y por eso no queremos asentir a lo que dicen los prevaricadores, puesto que nosotros decimos que el libre albedrío existe naturalmente en todos y que no pudo perecer por el pecado de Adán; lo cual se prueba con la autoridad de todas las Escrituras. Si dijerais esto, como debierais decirlo, pero sin combatir la gracia de Dios, no asentiríais a lo que dicen los prevaricadores, sino que corregiríais vuestro parecer. Mas esto ya lo tratamos antes con el debido detenimiento cuanto nos fue posible.
- Sostenemos, dice, que los matrimonios que ahora se celebran en todo el mundo han sido instituidos por Dios y que no son culpables los cónyuges, sino que son los fornicadores y adúlteros los que deben ser condenados.
Ésta es doctrina verdadera y católica; pero la consecuencia que queréis sacar de aquí, a saber, que los que nacen de la conmixtión del varón y la mujer no heredan al nacer ningún pecado que haya de lavarse con el baño de la regeneración, esto es falso y herético.
- Afirmamos, dice, que la conmoción carnal, es decir, la misma virilidad, sin la cual no puede realizarse la conmixtión, ha sido instituida por Dios.
A esto replicamos que la conmoción carnal, y, para valerme de la palabra por él empleada, la virilidad, sin la cual no puede haber conmixtión, Dios la instituyó de modo que nada tuviera de vergonzoso. Pues no era justo que la criatura se avergonzara de la obra de su Creador; pero se impuso como justo castigo a los primeros hombres desobedientes la desobediencia de los miembros, de la cual se avergonzaron cuando cubrieron con hojas de higuera las partes vergonzosas, que antes no eran tales.
Capítulo XVI
El pudor después del pecado
- Pues ni se hicieron túnicas para cubrir todo el cuerpo después del pecado, sino fajas, 53 que algunos de nuestros traductores han vertido con poco acierto cubierta. Lo cual, a no dudarlo, es verdadero; pero cubierta es un nombre genérico que puede significar todo género de vestido y cobertura. Y por esto debió evitarse esta ambigüedad, de modo que, así como el texto griego puso perizómata, con que no se cubren sino las partes pudendas, así el texto latino debió poner, o la misma palabra griega que ordinariamente se usa en vez de la latina, o, como algunos han dicho, fajas, o mejor, según otros, campestria. Porque este nombre tiene su origen en que los jóvenes cubrían las partes pudendas, según la antigua costumbre romana, cuando se adiestraban desnudos en el campo de Marte, por lo que aun hoy se da el nombre de campestrati a los que cubren con ceñidor esa parte del cuerpo.
Por más que, si después del pecado debían cubrirse aquella parte con que se pecó, no debieron usar túnicas, sino cubrir la mano y la boca, porque pecaron alargando la mano y comiendo. ¿Cómo es, pues, que, cogido el alimento vedado y cometido ya el pecado, se fija la mirada en esas partes? ¿Qué novedad ignorada se echa de ver ahí que fuerza a que se repare en ella? Lo cual se significa en el abrirse de los ojos. Pues no dejaban de tener los ojos abiertos, bien cuando él daba nombres a los animales y aves, 54 bien cuando ella vio el árbol hermoso y bueno; pero se abrieron para mirar; 55 como dice la Escritura de la esclava de Sara, Agar, que abrió sus ojos, que de seguro no tenía cerrados, y vio el pozo 56 Pues para que ellos súbitamente se avergonzaran de su desnudez, que contemplaban sin rubor todos los días, de tal manera que ya no pudieron mirar desnudos aquellos miembros que cubrieron inmediatamente, ¿no es verdad que sintieron contra su voluntad, él en la conmoción manifiesta y ella en la oculta, la desobediencia de aquellos miembros, que debieron señorear con su voluntad al igual que las demás cosas? Y con razón padecieron esto, ya que tampoco ellos fueron obedientes a su Señor. Se avergonzaron, pues, de no haber servido a su Creador, viniendo a perder justamente el señorío sobre aquellos miembros 57 con los que habrían de engendrar hijos.
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Este pudor, esta vergüenza inevitable, nace, en efecto, junto con cada hombre y está, en cierto modo, impuesta por las leyes de la naturaleza, de modo que en este particular se ruborizan aun los mismos cónyuges castos, y nadie se corrompe tanto y tan torpemente que, por saber que Dios es autor de la naturaleza y del matrimonio, ya por eso, si ha de hacer uso del matrimonio, no se avergüence, si alguien le ve, de esta conmoción carnal y no busque un lugar secreto donde esté a cubierto de las miradas no sólo de los extraños, pero aun de todos los suyos. Así pues, déjese a la naturaleza humana reconocer el mal que le ha sobrevenido por su culpa, no sea que se vea obligada, o a no avergonzarse de estos desordenados movimientos, lo que sería grandísima desvergüenza, o a avergonzarse de las obras de su Creador, que sería grandísima ingratitud. Sin embargo, de este mal usan rectamente, en razón del bien de la generación de los hijos, los matrimonios castos. Satisfacer la concupiscencia sin otro fin que el placer carnal es pecado, bien que a los casados les esté indulgentemente permitido.
Capítulo XVII
¿Pudo existir la concupiscencia en el paraíso antes del pecado?
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Supuesta la licitud y fecundidad del matrimonio en caso de que ninguno hubiera pecado, decid, pelagianos, cómo pensáis que sería la vida de aquellos hombres en el paraíso, y escoged uno de estos cuatro extremos. Sin duda, pues, o harían uso del matrimonio cuantas veces sintiesen la sensualidad, o refrenarían la sensualidad cuando tal uso no fuera necesario, o se despertaría la sensualidad por imperio de la voluntad cuando una casta prudencia presintiese la necesidad de la conmixtión carnal, o, no existiendo allí en absoluto la sensualidad, al igual que los otros miembros cuando ejerciesen sus propias funciones, así éstos de la procreación obedecerían sin dificultad al imperio de la voluntad. Escoged cualquiera de estos cuatro extremos. Aunque me imagino que desecharéis los dos primeros, según los cuales se sirve o se resiste a la sensualidad. Porque lo primero lo excluye aquella excelente honestidad; lo segundo, aquella gran felicidad. Pues sería contrario al decoro de aquella felicidad que o bien viviese en vilísima esclavitud, obedeciendo siempre a la sensualidad, o bien, por resistirlo, no gozase de plenísima paz; sería absurdo, repito, que, al levantarse la desordenada concupiscencia, o bien placiese al espíritu no servirse oportunamente de ella para procrear, sino satisfacerla sin resistencia, o bien que aquella tranquila dicha exigiese refrenarla, no consintiendo en ella.
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Cualquiera que sea uno de los dos últimos extremos que elijáis, no hemos de porfiar con vosotros. Pues aunque no queráis escoger el cuarto, que sería el de suma tranquilidad, con que los miembros todos obedecen sin ninguna concupiscencia, porque la furia de vuestras enconadas disputas os fuerza a desechar este extremo, os agradará al menos lo que hemos puesto en tercer lugar, a saber, que aquella concupiscencia carnal cuya conmoción ha llegado al último extremo de placer, cosa tan de vuestro gusto, no existiría en el paraíso sino por elección de la voluntad, cuando fuera necesaria para procrear. Si preferís admitir esta concupiscencia en el paraíso, y os parece que mediante tal concupiscencia de la carne, que ni se adelanta, ni se retrasa, ni se sustrae al mandamiento de la voluntad, pudieron engendrarse los hijos, no lo contradecimos. En la materia que tratamos nos basta con que no exista ahora en los hombres la concupiscencia tal cual concedéis que pudo existir en aquella morada de felicidad. Pues cuál sea al presente la concupiscencia, lo confiesan, aunque con rubor, todos los mortales, porque solicita con su desordenado e importuno cosquilleo aun a las personas castas, incluso repugnándolo ellas y refrenándola con la templanza; y muchas veces se niega al deseo del que la busca y se hace presente al que no la quiere, de manera que con su desobediencia no hace sino testimoniar que es pena de aquella antigua desobediencia. Nada tiene, pues, de extraño que se avergonzaran de ella los primeros hombres cuando cubrieron las partes pudendas, y que ahora quienquiera que se considera hombre, el casto como el lascivo, sienta confusión, no de la obra de Dios, sino de la pena del primero y antiguo pecado.
Mas vosotros, no por motivos de piedad, sino de apasionada porfía; ni por causa del humano pudor, sino de vuestro furor, a fin de que no se crea que se ha viciado aun la misma concupiscencia de la carne y que por ella se hereda el pecado original, os esforzáis con vuestras disputas en admitir en el paraíso la concupiscencia tal cual ahora existe, y porfiáis que pudo existir allí de modo que o siempre la compañase el consentimiento impúdico o alguna vez la refrenase una infeliz disconformidad.
A nosotros nos importa poco lo que vosotros queráis pensar de ella. No obstante, cuantos hombres nacen por ella, si no renacen, sin duda se condenan y necesariamente están sujetos al diablo si no son librados por Cristo.
Capítulo XVIII
Cómo los hombres son hijos de Dios
- Defendemos, dice, que los hombres son obra de Dios y que nadie es arrastrado contra su voluntad al bien o al mal por la acción de Dios, sino que por su propia voluntad practica el bien o el mal; que siempre es ayudado por Dios en la obra buena y que en la mala es tentado por las sugestiones del diablo.
A esto decimos que los hombres son hechura de Dios en cuanto son hombres, pero que están sujetos al demonio en cuanto son pecadores, si no son liberados de tal sujeción por aquel que no se hizo mediador entre Dios y los hombres, sino porque, siendo hombre, no podía ser pecador; y que nadie es arrastrado contra su voluntad al bien o al mal por la acción de Dios, sino que cada uno, o por abandonarle Dios, se inclina por su culpa al pecado, o, ayudándole Dios, abraza el bien sin méritos de su parte. Pues ningún hombre hace el bien si no quiere; pero la gracia de Dios también ayuda para que quiera, porque no se ha dicho en vano: Dios es, en efecto, quien obra en nosotros el querer y el obrar, según su beneplácito, 58 y: La voluntad es preparada por el Señor 59
Capítulo XIX
Es la gracia de Dios la que lleva a Cristo
- Mas vosotros juzgáis que el hombre es ayudado en la obra buena por Dios, de tal suerte que, si la voluntad ha de ser movida por él a la misma obra buena, la voluntad nada obra. Esto es lo que vienen a decir tus palabras. ¿Por qué no has dicho que el hombre es movido por la gracia de Dios a la obra buena, como has dicho que es incitado al mal por las sugestiones del demonio, sino que has dicho que en la obra buena es ayudado siempre por la gracia de Dios? Es decir, que, habiendo abrazado el hombre la obra buena por su propia voluntad sin la gracia de Dios, es ya después ayudado por Dios en la misma obra por razón de los méritos de la propia voluntad, y así se otorga la gracia debida y se niega la que no es debida, y, por tanto, la gracia ya no es gracia, 60 sino lo que Pelagio fingió condenar en el sínodo de Palestina, o sea, que la gracia se da según nuestros méritos 61
Dime, por favor, ¿qué bien, quería Pablo cuando todavía era Saulo, o más bien, qué grandes males quería cuando, respirando matanzas, se dirigía con espantosa ceguera espiritual y furor a destruir a los cristianos? ¿En atención a qué méritos de la buena voluntad lo convirtió Dios de estos males al bien con maravillosa y súbita vocación? 62 Mas ¿qué digo méritos, cuando él clama: No por las obras hechas en justicia, sino según su misericordia nos salvó? 63 ¿Qué significa lo que ya he recordado antes que dijo el Señor: Nadie puede venir a mí, que quiere decir, creer en mí, si no le fuere concedido por mi Padre? 64 ¿Acaso se concede esto al que ya quiere creer, teniéndose en cuenta los méritos de la buena voluntad, o más bien la misma voluntad, como la de Saulo, 65 es movida por Dios para que crea, aunque esté tan apartado de la fe que hasta persigue a los que creen? ¿Por qué nos mandó el Señor que oremos por los que nos persiguen? ¿Acaso pedimos que se les dé la gracia como recompensa de su buena voluntad, y no más bien que la mala voluntad sea cambiada para el bien? Como creemos que no en vano oraron entonces por Saulo los santos a quienes perseguía, a fin de que su voluntad se convirtiese a la fe que asolaba. La conversión de Saulo, obrada por Dios, se manifestó además con evidente milagro. ¡Cuántos enemigos de Cristo son súbitamente atraídos todos los días por la gracia oculta de Dios!
Si no hubiese citado este pasaje del Evangelio, ¿cuántas cosas no hubiera escrito Juliano contra mí a causa de esto, puesto que aun así resiste no a mí, sino a aquel que clama: Nadie puede venir a mí si no le trajere mi Padre, que me envió? 66 Pues no dijo guiare, para que entendiésemos de alguna manera que se adelanta a la voluntad. ¿Quién es traído si ya quería? Y, sin embargo, nadie viene sino queriendo. Para que quiera es atraído con admirables trazas por aquel que sabe obrar interiormente en los mismos corazones de los hombres, no para que los hombres crean contra su voluntad, lo que es imposible, sino para que los que no quieren quieran.
Capítulo XX
El poder de la gracia de Dios
- Sabemos que esto es verdad, no por conjeturas humanas, sino por la evidentísima autoridad de las Escrituras divinas. Léese en el libro de los Paralipómenos: También en Judá se advirtió la mano de Dios para darles un corazón acorde a fin de cumplir el mandato del rey y los príncipes en relación con la palabra del Señor 67 Dice también el Señor por el profeta Ezequiel: Les daré un corazón nuevo, y un espíritu nuevo, y quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen en mis preceptos y guarden y practiquen mis juicios. ¿Qué es lo que la reina Ester pide y dice con estas palabras: Pon en mis labios palabras apropiadas ante la presencia del león y trueca su corazón en odio del que nos hace la guerra? 68¿A qué fin dice esto a Dios en la oración, si Dios no obra el querer en los corazones de los hombres? Quién sabe si Ester no hizo neciamente esta oración. Veamos, pues, si no precedió vanamente el afecto de quien oraba y si no consiguió buen despacho de quien la oía. He aquí que se presenta ante el rey. Resumamos en pocas palabras. Como no había entrado guardando su turno, sino forzada de una gran necesidad, la miró, según está escrito, como un toro que respira fuego de indignación. Y llenóse de temor la reina, y se mudó su color por el desfallecimiento, y se reclinó sobre la cabeza de la doncella que la precedía. Y trocó Dios el espíritu del rey de indignación en blandura. ¿A qué recordar ya lo que sigue, donde la Sagrada Escritura da testimonio 69 de que Dios hizo lo que ella le había suplicado, obrando en el corazón del rey no otra cosa que la voluntad con que mandó y se ejecutó lo que le había pedido la reina? A la cual, para que eso se ejecutara, ya había oído Dios, que trocó el corazón del rey, antes de que éste escuchara las palabras de súplica de la mujer, con secretísimo y eficacísimo poder, y lo cambió de la indignación a la blandura, es decir, de la voluntad de hacer mal a la voluntad de favorecer, conforme a aquello del Apóstol: Dios obra en vosotros aun el querer.
¿Por ventura los hombres de Dios que escribieron estas cosas, digo más, el Espíritu de Dios, que es el autor de estas cosas escritas por ellos, combatió el libre albedrío del hombre? De ninguna manera, sino que nos mostró el juicio justísimo y el auxilio misericordiosísimo del Omnipotente en todas las cosas. Nos basta a los hombres saber que no hay injusticia por parte de Dios. Mas saber cómo Dios reparte estas cosas, haciendo a unos según sus méritos vasos de ira y a otros por su gracia vasos de misericordia, 70 ¿quién conoció el pensamiento del Señor o quién fue su consejero? 71 Si, pues, pertenecemos al número de los favorecidos con la gracia, no seamos ingratos atribuyéndonos lo que hemos recibido. Porque ¿qué tenemos que no hayamos recibido? 72
Capítulo XXI
Santidad de los justos del Antiguo Testamento
- Afirmamos, dice, que los santos del Antiguo Testamento pasaron en estado de perfecta justicia de esta vida a la eterna, es decir, que se apartaron por amor de la virtud de todos los pecados; porque sabemos que aun aquellos de los que leemos que cometieron algún pecado, después se arrepintieron.
Por más santos que hagas a los antiguos justos, no los salvó sino la fe del Mediador, que derramó su sangre para perdonar los pecados. Pues lo que ellos dicen es: Creí y, por tanto, hablé 73 Por lo cual dice el apóstol San Pablo: Mas teniendo nosotros el mismo espíritu de fe, según aquello que está escrito: “Creí y por esto hablé”, también nosotros creemos, y por esto también hablamos 74 ¿Qué quiere decir el mismo espíritu sino el que tuvieron aquellos justos que esto dijeron? Dice también el apóstol San Pedro: Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios con imponer a los gentiles un yugo que ni nosotros ni nuestros padres pudimos sobrellevar? Mas por la gracia del Señor Jesucristo creemos ser salvos de la misma manera que ellos 75 Esto es lo que vosotros, enemigos de la gracia, no admitís: que se crea que los antiguos fueron salvados con la misma gracia de Jesucristo, sino que dividís los tiempos con Pelagio, en cuyos libros se lee esta doctrina, y decís que antes de la ley fueron salvos por la naturaleza, 76 después por la ley, y, finalmente, por Cristo. Como si la sangre de Cristo no fuese necesaria a los hombres de los dos primeros tiempos, o sea, antes de la ley y en la ley, anulando lo que está escrito. Uno es Dios, uno también el Mediador de Dios y los hombres, un hombre, Cristo Jesús 77
Capítulo XXII
Necesidad de la gracia y del bautismo según los pelagianos
- Confesamos, dicen, que la gracia de Cristo es necesaria a los adultos y a los párvulos, y anatematizamos a quienes dicen que no debe ser bautizado el nacido de dos bautizados.
Sabemos que enseñáis esto no según la doctrina del apóstol San Pablo, sino según la doctrina del hereje Pelagio; es decir, que a los párvulos es necesario el bautismo, no para que se les perdonen los pecados, sino solamente por el reino de los cielos, puesto que les concedéis fuera del reino de los cielos la salvación y la vida eterna, aun cuando no hayan sido bautizados. Y no paráis mientes en lo que está escrito: El que creyere y se bautizare, se salvará; mas el que no creyere, se condenará 78 Por esta razón, en la Iglesia del Salvador los párvulos creen por medio de otros, así como de otros heredaron los pecados que se les perdonan en el bautismo. Ni tenéis presente que no pueden tener vida los que no participan del cuerpo y sangre de Cristo, pues dice Él: Si no comiereis mi carne y no bebiereis mi sangre, no tendréis vida en vosotros 79 Y si los testimonios del Evangelio os obligan a confesar que no pueden tener vida ni salvarse los párvulos que mueren, si no hubieren sido bautizados, examinad por qué los bautizados deben padecer el suplicio de la segunda muerte, siendo el juez aquel que no condena a ningún inocente, y hallaréis lo que no queréis admitir: el pecado original.
Capítulo XXIII
Efectos del bautismo según los pelagianos
- Condenamos, dice, a quienes afirman que el bautismo no perdona todos los pecados, porque sabemos que se otorga remisión plena por el bautismo.
También nosotros decimos esto mismo; pero lo que no decís vosotros es que por el bautismo son liberados los párvulos de los vínculos del primer nacimiento y de la dañina herencia. Por lo que es necesario que, lo mismo que los demás herejes, seáis separados de la Iglesia de Cristo, que desde los más remotos tiempos profesa esta doctrina.
Capítulo XXIV
Refutación del final de la epístola de Juliano
- Digamos, por último, que merece desprecio, más bien que los honores de una refutación, lo que dice al fin de la carta: Nadie os engañe, ni nieguen los impíos que ésta es su doctrina. Sino que, si dicen verdad, o concédasenos audiencia o, al menos, que estos obispos que ahora son de contrario parecer condenen lo que dije antes que enseñaban con los maniqueos, así como nosotros condenamos lo que ellos nos achacan; y haya plena concordancia; y si esto no hacen, sabed que son maniqueos y guardaos de su compañía.
Pues ¿quién entre nosotros vacila en anatematizar a los maniqueos, que dicen no han sido hechos por Dios ni los hombres, ni el matrimonio, ni la ley dada, que fue comunicada al pueblo hebreo por Moisés? Pero anatematizamos también con razón a los pelagianos, tan enemigos de la gracia de Dios, que nos viene por Jesucristo nuestro Señor, 80 la cual dicen que se nos da no gratuitamente, sino según nuestros méritos, y, por tanto, la gracia ya no es gracia; 81 y atribuyen tanta virtud al libre albedrío, con el que el hombre se precipitó en el abismo, que dicen que el hombre, usando bien de él, merece la gracia, siendo así que nadie puede usar bien de él sino por la gracia, que no se da como recompensa, sino que se otorga por gratuita misericordia del Señor. Tanto porfían que los párvulos están ya salvados, que niegan que hayan de ser salvados por el Salvador. Y con propagar estas execrables doctrinas, aún demandan audiencia, siendo así que, pues han sido condenados, deben hacer penitencia.