Pestañas abiertas

1 abierta

    Apostasía, herejía y cisma

    Introducción

    Las palabras “apostasía”, “herejía” y “cisma” se usan a menudo como si fueran lo mismo, o como insultos para señalar a quien piensa distinto. Pero en la Iglesia tienen un significado preciso: describen tres maneras distintas de romper con la fe o con la comunión de la Iglesia.

    Conocerlas sirve para dos cosas. Primero, para entender lo que la Escritura advierte sobre el peligro de apartarse de la fe. Y segundo, para no aplicarlas a la ligera a personas que nunca rompieron nada, porque nacieron y crecieron fuera de la Iglesia católica.

    I. Lo que enseña la Iglesia

    El Código de Derecho Canónico define estas tres realidades en el canon 751, que el Catecismo recoge:

    «Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.» — Código de Derecho Canónico, canon 7511

    Apostasía

    Herejía

    Cisma

    Qué se rechaza

    Toda la fe cristiana

    Una o varias verdades de la fe

    La comunión con el Papa y con la Iglesia

    Palabra griega

    apostasía: "apartarse, desertar"

    haíresis: "elección, partido"

    schísma: "rasgadura, división"

    Imagen

    Abandonar la casa

    Quedarse con algunas habitaciones y derribar otras

    Seguir creyendo lo mismo, pero vivir aparte

    Ejemplo bíblico

    Demas, que abandonó a Pablo "por amor a este mundo" (2 Tim 4,10)

    Los "falsos maestros que introducirán herejías perniciosas" (2 Pe 2,1)

    Los partidos en Corinto: "yo soy de Pablo, yo de Apolo" (1 Cor 1,12)

    Ejemplo histórico

    El emperador Juliano el Apóstata (siglo IV)

    Arrio, que negó la divinidad de Cristo (siglo IV)

    La separación entre Oriente y Occidente (1054)

    II. La apostasía: abandonar la fe

    «¡Mirad, hermanos!, que no haya en ninguno de vosotros un corazón maleado por la incredulidad que le haga apostatar del Dios vivo.» — Hebreos 3,12

    La Carta a los Hebreos advierte a los cristianos de un peligro real: apartarse del Dios vivo. La fe es un don, pero se puede perder si no se cuida (véase “¿Puede perderse la salvación?“).2

    «Porque si voluntariamente pecamos después de haber recibido el pleno conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por los pecados, sino la terrible espera del juicio… ¿De cuánto mayor castigo pensáis que será digno el que pisoteó al Hijo de Dios, y tuvo como profana la sangre de la Alianza que le santificó, y ultrajó al Espíritu de la gracia?» — Hebreos 10,26-27.29

    Este texto habla de quien, conociendo plenamente la verdad, la rechaza de forma voluntaria y deliberada. No describe al que cae por debilidad, sino al que da la espalda a Cristo con plena conciencia. Mientras alguien rechaza el único sacrificio que salva, se cierra a sí mismo la puerta del perdón.

    «Mi justo vivirá por la fe; mas si se vuelve atrás, mi alma ya no se complacerá en él. Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás para su perdición, sino de los que tienen fe para la salvación del alma.» — Hebreos 10,38-39

    Pero el mismo capítulo termina con esperanza: “nosotros no somos de los que se vuelven atrás”. La advertencia busca proteger, no asustar.

    «Los de sobre piedra son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero estos no tienen raíz; creen durante algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten.» — Lucas 8,13

    Jesús describe cómo nace muchas veces la apostasía: no por un gran razonamiento, sino por falta de raíz. Se cree “durante algún tiempo”, y cuando llega la dificultad, se abandona. San Pablo cuenta con dolor el caso de un colaborador cercano: “Demas me ha abandonado por amor a este mundo” (2 Tim 4,10).

    «Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” Le respondió Simón Pedro: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.”» — Juan 6,66-68

    El primer gran abandono ocurrió en vida de Jesús, cuando anunció que daría su carne como alimento. Jesús no rebajó su enseñanza para retenerlos. Y la respuesta de Pedro es la mejor defensa contra la apostasía: “¿A quién iremos?”.

    Pablo anuncia también que antes de la venida del Señor “tiene que venir la apostasía” (2 Tes 2,3), un abandono general de la fe (véase “El Anticristo y los últimos tiempos”).

    III. “Salieron de entre nosotros”

    «Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros.» — 1 Juan 2,19

    Juan habla de quienes abandonaron la comunidad negando que Jesús fuera el Cristo (1 Jn 2,22). Su salida mostró que, en el fondo, su corazón ya no estaba en comunión con la Iglesia. La pertenencia verdadera no es solo exterior: se demuestra al permanecer.

    Algunos usan este texto para decir que quien se va “nunca fue verdadero cristiano”. Pero Juan no niega que esas personas estuvieran realmente en la comunidad: dice que “salieron de entre nosotros”. Lo que su salida manifiesta es que ya no compartían la fe (véase “¿Puede perderse la salvación?“).3

    IV. La herejía: escoger lo que se cree

    La palabra “herejía” viene del griego haíresis, que significa “elección”. El hereje es quien escoge qué verdades de la fe acepta y cuáles rechaza. En el Nuevo Testamento la palabra empezó con un sentido neutro: “partido” o “escuela”. El libro de los Hechos llama a los cristianos “la secta (haíresis) de los nazarenos” (Hch 24,5). Pero pronto pasó a designar la división que nace de rechazar la verdad recibida (Gál 5,20; 2 Pe 2,1).

    «Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele; ya sabes que ese tal está pervertido y peca, condenado por su propia sentencia.» — Tito 3,10-11

    La palabra que la Biblia de Jerusalén traduce como “sectario” es hairetikós, “hereje”. Pablo pide amonestar “una y otra vez” antes de apartarse de él. Hay paciencia, pero también firmeza: no se puede tratar la verdad como si no importara.

    «Desde luego, tiene que haber también entre vosotros disensiones, para que se ponga de manifiesto quiénes son de probada virtud entre vosotros.» — 1 Corintios 11,19

    Dios permite incluso las herejías para un bien: obligan a la Iglesia a profundizar y a precisar la fe. Frente a Arrio, que negaba la divinidad de Cristo, el Concilio de Nicea (325) proclamó que el Hijo es “de la misma naturaleza que el Padre”. Frente a Nestorio, el Concilio de Éfeso (431) proclamó a María “Madre de Dios”. Muchas de las verdades del Credo se formularon así: como respuesta a una herejía (véanse “Jesús es Dios” y “María, Madre de Dios”).4

    V. El cisma: romper la comunión

    «Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo: tened todos un mismo sentir, y no haya entre vosotros divisiones; estad unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio… ¿Está dividido Cristo?» — 1 Corintios 1,10.13

    La palabra que Pablo usa para “divisiones” es schísmata, “cismas”. En Corinto, los cristianos se dividían en grupos según el predicador que preferían. Pablo responde con una pregunta: “¿Está dividido Cristo?”. La Iglesia es su Cuerpo, y dividirla es herir a Cristo.

    «Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.» — Juan 17,21

    Jesús oró por la unidad de sus discípulos, y la puso como condición para que el mundo crea. Por eso Pablo pide “conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz”, porque hay “un solo Cuerpo… un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4,3-5).

    El cismático no necesariamente niega una verdad de la fe: puede creer lo mismo que la Iglesia, pero rompe la comunión con el Papa y con los demás fieles. San Cipriano de Cartago, en el siglo III, lo expresó con una frase célebre: no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre.5

    El ejemplo más doloroso es la separación entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente, que se consumó en 1054. En 1965, el papa san Pablo VI y el patriarca Atenágoras de Constantinopla levantaron las excomuniones mutuas de aquel año, y desde entonces católicos y ortodoxos dialogan para recuperar la plena comunión.

    VI. No todo el que está fuera es hereje o cismático

    Este punto es esencial para no usar estas palabras con injusticia. Para que alguien cometa herejía, apostasía o cisma en sentido propio se necesitan varias condiciones:

    • Haber recibido el bautismo, y en el caso de la herejía, conocer la verdad que se niega.

    • Rechazarla con pertinacia, es decir, de forma consciente, libre y obstinada, aun después de conocer la enseñanza de la Iglesia.

    Por eso la Iglesia distingue entre quien se separa culpablemente y quien nació en una comunidad separada. El Concilio Vaticano II enseña que a quienes nacen hoy en las comunidades surgidas de las separaciones históricas no se les puede culpar del pecado de la separación, y que la Iglesia los abraza con respeto y amor como hermanos.6

    Un joven evangélico que creció en su iglesia, que ama a Cristo y nunca conoció de verdad la fe católica, no es un “hereje” en el sentido de la Iglesia. Es un hermano separado. Estas palabras describen actos concretos de ruptura, no etiquetas para clasificar a las personas.

    VII. Las consecuencias

    Quien comete apostasía, herejía o cisma en sentido propio incurre en excomunión automática, es decir, por el mismo hecho, sin necesidad de una sentencia.7 La excomunión impide recibir los sacramentos mientras no haya reconciliación.

    Pero la excomunión no es una condena al infierno ni una expulsión definitiva. Es una pena “medicinal”: busca que la persona tome conciencia de la gravedad de su ruptura y vuelva.

    «Si alguno no obedece a lo que os decimos en esta carta, a ese señaladle y no os relacionéis con él, para que se avergüence. Pero no le tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano.» — 2 Tesalonicenses 3,14-15

    Pablo une las dos cosas: firmeza, para que la persona reconozca su error, y caridad, porque sigue siendo un hermano. La meta es siempre que vuelva (cf. 1 Cor 5,5).

    VIII. Siempre se puede volver

    «Si alguno de vosotros, hermanos míos, se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados.» — Santiago 5,19-20

    La historia de la Iglesia tiene un episodio muy significativo. En el siglo III, durante la persecución del emperador Decio, muchos cristianos renegaron de la fe para salvar la vida, y después quisieron volver. Un presbítero de Roma, Novaciano, sostuvo que no podían ser readmitidos nunca. La Iglesia, en cambio, decidió recibirlos después de un camino de penitencia. Novaciano rechazó esa decisión y terminó él mismo en cisma.8 Es decir: la Iglesia eligió la misericordia, y quien la rechazó fue el que se separó.

    Pedro negó tres veces a Jesús, y Jesús lo restauró con tres preguntas de amor (Jn 21,15-17). El padre del hijo pródigo salió corriendo a abrazar a su hijo “cuando aún estaba lejos” (Lc 15,20). Quien se ha apartado de la fe o de la Iglesia puede volver siempre. Basta acercarse a un sacerdote, que indicará el camino para la reconciliación.

    IX. La apostasía silenciosa

    Hoy, la forma más frecuente de apostasía no es una declaración pública contra la fe, sino un abandono silencioso. San Juan Pablo II habló de una “apostasía silenciosa”: personas bautizadas que, sin rechazar formalmente la fe, viven como si Dios no existiera.9 No se van dando un portazo, sino poco a poco, por indiferencia, por falta de formación o porque la fe nunca echó raíces.

    Por eso, la mejor respuesta a la apostasía no es solo advertir del peligro, sino ayudar a que la fe eche raíces: con formación, con comunidad, con oración y con un encuentro personal con Cristo (véanse “¿Existe Dios?” y “«Desde que salí de la Iglesia católica tengo paz»”).

    Conclusión

    • La apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; la herejía, la negación pertinaz de una verdad de fe; el cisma, la ruptura de la comunión con el Papa y con la Iglesia (CIC, can. 751).

    • La Escritura advierte del peligro real de apartarse del Dios vivo (Heb 3,12; 10,26-29).

    • La apostasía suele nacer de la falta de raíz o del amor al mundo (Lc 8,13; 2 Tim 4,10).

    • La herejía consiste en “escoger” qué creer, y Dios la permite para que la verdad se precise (Tit 3,10; 1 Cor 11,19).

    • El cisma divide el Cuerpo de Cristo, que Él quiso uno (1 Cor 1,10-13; Jn 17,21).

    • Quienes nacieron en otras comunidades cristianas no son culpables de herejía ni de cisma: son hermanos separados.

    • La excomunión es una medicina, no una condena definitiva, y la puerta para volver siempre está abierta (2 Tes 3,15; Sant 5,19-20).

    No es lo mismo irse de la casa que nacer en la casa del vecino. El apóstata abandona la casa; el hereje derriba algunos de sus muros; el cismático se va a vivir aparte. Pero quien nació en otra casa no abandonó nada: es un hermano al que hay que invitar con cariño.

    Y estas palabras no deben usarse como armas. Llamar “hereje” o “apóstata” a alguien sin conocer su historia no lo acerca a la verdad: lo aleja. La Iglesia es firme con el error, pero siempre busca el regreso del que se fue, como el padre que espera cada día en la puerta al hijo que se marchó.


    Notas bibliográficas

    1 Código de Derecho Canónico (1983), can. 751. Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 2089.

    2 CEC, n. 162 y 2088-2089.

    3 Véase el tema “¿Puede perderse la salvación?”.

    4 Concilio de Nicea (325) y Concilio de Éfeso (431): H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 125-126 y 251. San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, I, prefacio.

    5 San Cipriano de Cartago, La unidad de la Iglesia católica, 6. CEC, n. 817. San Pablo VI y Atenágoras, Declaración común (7 de diciembre de 1965). San Juan Pablo II, encíclica Ut unum sint (1995).

    6 Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio (1964), n. 3. CEC, n. 818. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 11, a. 2, sobre la pertinacia en la herejía.

    7 Código de Derecho Canónico, can. 1364 § 1 (en la redacción de 2021) y can. 1312. CEC, n. 1463.

    8 Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, VI, 43. San Cipriano de Cartago, Sobre los apóstatas (De lapsis), y Carta 55.

    9 San Juan Pablo II, exhortación apostólica Ecclesia in Europa (2003), n. 9.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

    Tema

    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.