Solo a Dios se adora
Introducción
La Biblia es tajante: la adoración pertenece solo a Dios. Adorar a cualquier otro, por grande que sea, hombre o ángel, es idolatría. Y sin embargo, Jesús recibe adoración una y otra vez, de hombres y de ángeles, y nunca la rechaza.
Este es uno de los argumentos más fuertes para reconocer que Jesús es Dios. Se puede resumir en tres pasos: solo Dios debe ser adorado; los siervos de Dios, sean apóstoles o ángeles, rechazan la adoración; Jesús la recibe y la acepta. La conclusión se impone por sí sola (véase “Jesús es Dios”).
I. La regla: solo a Dios
«Dícele entonces Jesús: “Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y solo a él darás culto.”» — Mateo 4,10
El mismo Jesús establece la regla, citando el Deuteronomio (Dt 6,13): la adoración es exclusiva de Dios. Esto es clave, porque quien enseña esta regla es el mismo que después recibirá adoración. Si Jesús no fuera Dios, se estaría contradiciendo a sí mismo.
«Yo, Yahvé, ese es mi nombre, no cedo a otro mi gloria, ni mi prez a los ídolos.» — Isaías 42,8
Dios no comparte su gloria con ninguna criatura.1
II. Los siervos de Dios rechazan la adoración
«Cuando entraba Pedro, salió Cornelio a su encuentro y cayó postrado a sus pies. Pedro le levantó diciéndole: “Levántate, que también yo soy un hombre.”» — Hechos 10,25-26
Cornelio, un centurión romano, se postra ante Pedro, el primero de los apóstoles. Pedro lo levanta de inmediato: “también yo soy un hombre”.
«La gente, al ver lo que Pablo había hecho, empezó a gritar: “Los dioses han bajado hasta nosotros en figura de hombres.”… Al oírlo los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus vestidos y se lanzaron en medio de la gente gritando: “Amigos, ¿por qué hacéis esto? Nosotros somos también hombres, de igual condición que vosotros.”» — Hechos 14,11.14-15
En Listra, después de una curación, la multitud quiere ofrecer sacrificios a Pablo y Bernabé como si fueran dioses. Ellos se rasgan las vestiduras, el gesto de quien escucha una blasfemia, y se apresuran a impedirlo.
«Yo, Juan, fui el que vi y oí esto. Y cuando lo oí y vi, caí a los pies del Ángel que me había mostrado todo esto para adorarle. Pero él me dijo: “No, cuidado; yo soy un siervo como tú y tus hermanos los profetas y los que guardan las palabras de este libro. A Dios tienes que adorar.”» — Apocalipsis 22,8-9
Incluso un ángel, una criatura gloriosa que viene del cielo, rechaza la adoración de Juan: “A Dios tienes que adorar”. Y esto ocurre dos veces en el Apocalipsis (cf. Ap 19,10). Ningún santo ni ningún ángel acepta la adoración, porque saben que no les corresponde.
III. El que la aceptó
«El día señalado, Herodes, regiamente vestido y sentado en la tribuna, les arengaba. Entonces el pueblo se puso a aclamarle: “¡Es un dios el que habla, no un hombre!” Pero inmediatamente le hirió el Ángel del Señor porque no había dado la gloria a Dios; y convertido en pasto de gusanos, expiró.» — Hechos 12,21-23
El contraste es impresionante. El rey Herodes Agripa aceptó que lo aclamaran como a un dios, y murió en el acto, “porque no había dado la gloria a Dios”. Para la Escritura, que una criatura acepte honores divinos es un pecado gravísimo.2
IV. Jesús recibe la adoración
Frente a todo esto, Jesús recibe adoración desde su nacimiento hasta su ascensión, y nunca la rechaza:
«Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.» — Mateo 2,11
Los magos no se postran ante María, sino ante el Niño. La tradición ha visto en el incienso, que se ofrecía en el culto del Templo, un reconocimiento de su divinidad.
«En esto, un leproso se acercó y se postró ante él, diciendo: “Señor, si quieres puedes limpiarme.” Él extendió la mano, le tocó y dijo: “Quiero, queda limpio.”» — Mateo 8,2-3
Jesús no aparta al leproso. Y no ora pidiendo la curación, como harían los profetas: responde con su propia voluntad, “Quiero”.
«Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: “Verdaderamente eres Hijo de Dios.”» — Mateo 14,33
Después de verlo caminar sobre el mar, los discípulos, judíos que conocían el mandamiento de adorar solo a Dios, se postran ante Él.
«Él entonces dijo: “Creo, Señor.” Y se postró ante él.» — Juan 9,38
El ciego de nacimiento, recién curado, confiesa su fe y se postra ante Jesús. En el Evangelio de Juan, el verbo griego que se usa aquí, proskynéo, aparece siempre con el sentido de adorar a Dios (cf. Jn 4,20-24).
«En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “¡Dios os guarde!” Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron.» — Mateo 28,9
«Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.”» — Mateo 28,17-18
Ante el Resucitado, las mujeres y los discípulos se postran y lo adoran. Jesús no los corrige, como Pedro corrigió a Cornelio o el ángel a Juan. Al contrario, confirma por qué la merece: tiene “todo poder en el cielo y en la tierra”. Y cuando subió al cielo, sus discípulos “se postraron ante él” y volvieron a Jerusalén “con gran gozo” (Lc 24,52).
V. “Que todos honren al Hijo como honran al Padre”
«Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado.» — Juan 5,22-23
Jesús no pide un honor menor, como el que se da a un enviado. Pide el mismo honor que se da al Padre: “como honran al Padre”. Y añade que quien no honra al Hijo no honra al Padre. Ningún profeta pudo hablar así sin cometer una blasfemia.
VI. “Ante mí se doblará toda rodilla”
«Volveos a mí y seréis salvados, confines todos de la tierra, porque yo soy Dios, no existe ningún otro. Lo juro por mí mismo; de mi boca sale la verdad, una palabra que no vuelve atrás: que ante mí se doblará toda rodilla y por mí jurará toda lengua.» — Isaías 45,22-23
En este texto, Dios afirma que Él es el único Dios, “no existe ningún otro”, y jura por sí mismo que toda la humanidad se arrodillará ante Él. Es una adoración universal reservada al único Dios. Pablo cita este mismo texto en Romanos 14,11, para hablar del juicio de Dios.
«Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.» — Filipenses 2,9-11
Pablo toma las palabras de Isaías, “se doblará toda rodilla” y “toda lengua”, y las aplica a Jesús. La adoración que Isaías reservaba al único Dios, “no existe ningún otro”, es la que ahora se da “al nombre de Jesús”. Y la extiende a toda la creación: “en los cielos, en la tierra y en los abismos”. El “Nombre que está sobre todo nombre” es el nombre de Dios: Jesús es “SEÑOR”, la palabra que la Biblia griega usaba para el nombre divino.3
Y esto no quita nada a la gloria del Padre: al contrario, es “para gloria de Dios Padre”. Adorar al Hijo es glorificar al Padre.
VII. “Adórenle todos los ángeles de Dios”
«Y nuevamente, al introducir a su Primogénito en el mundo, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios.» — Hebreos 1,6
Los ángeles, que rechazan ser adorados, reciben la orden de adorar al Hijo. Y la Carta a los Hebreos toma estas palabras de un texto del Antiguo Testamento que, en la versión griega, se refiere a Dios (Dt 32,43; cf. Sal 97,7). Si los ángeles deben adorar al Hijo, el Hijo no es un ángel ni una criatura, sino Dios.
VIII. La misma adoración al Padre y al Cordero
«Cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero… Y decían con fuerte voz: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.” Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos.” Y los cuatro Vivientes decían: “Amén”; y los Ancianos se postraron para adorar.» — Apocalipsis 5,8.12-14
En la liturgia del cielo, el Cordero, que es Cristo, recibe exactamente la misma alabanza, honor y gloria que Dios sentado en el trono. No hay una adoración de primera para el Padre y otra de segunda para el Hijo: es la misma. Y la ofrece “toda criatura”, igual que en Filipenses 2.
El profeta Daniel ya lo había anunciado: al Hijo del hombre “le dieron poder, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará” (Dn 7,14).
IX. “Señor Jesús, recibe mi espíritu”
«Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios.» — Hechos 7,55
«Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: “Señor Jesús, recibe mi espíritu.” Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado.” Y diciendo esto, se durmió.» — Hechos 7,59-60
Esteban, el primer mártir, muere con la mirada puesta en Jesús, a quien ve glorioso a la derecha de Dios. Y en el momento de morir, le entrega su espíritu. Este gesto tiene un peso enorme, porque en la Escritura solo hay uno a quien vuelve el espíritu del hombre:
«Y vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios, que es quien lo dio.» — Eclesiastés 12,7
«En tus manos mi espíritu encomiendo, tú, Yahvé, me rescatas, Dios de verdad.» — Salmo 31,6
El espíritu del hombre vuelve a Dios, porque es Dios quien lo dio. Por eso el salmista lo encomienda en las manos de Yahvé, y Jesús, en la cruz, lo entrega en las manos del Padre. Esteban, en cambio, lo entrega en las manos de Jesús. Un judío piadoso como él, que acababa de recordar ante el Sanedrín toda la historia de Israel (Hch 7,2-53), no habría encomendado su espíritu a nadie que no fuera Dios.
Y hay algo más. Las dos oraciones de Esteban reproducen las dos oraciones de Jesús en la cruz, pero dirigidas a Jesús:
Jesús en la cruz | Esteban al morir |
|---|---|
“Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23,46) | “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hch 7,59) |
“Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34) | “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60) |
Jesús dirige sus oraciones al Padre. Esteban dirige las mismas oraciones a Jesús. Le encomienda su espíritu, algo que solo se hace con Dios, y le pide que perdone el pecado de sus verdugos, algo que solo Dios puede hacer: “¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?” (Mc 2,7). Y lo hace de rodillas, el gesto de la oración y de la adoración (cf. Flp 2,10).
Esteban no es una excepción. Pablo describe a los cristianos como “los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro” (1 Cor 1,2). En el Antiguo Testamento, “invocar el nombre de Yahvé” era la manera de describir la oración y el culto al verdadero Dios: así lo hacía Abraham cuando levantaba un altar (Gn 12,8). Los cristianos invocan de la misma manera el nombre de Jesús (véase “¿Basta con confesar que Jesús es Señor?”).
Y una de las oraciones más antiguas de la Iglesia ni siquiera está en griego, sino en arameo, la lengua de Jesús y de los primeros discípulos: Maranathá, “¡Señor nuestro, ven!” (1 Cor 16,22; Ap 22,20). Pablo la conserva sin traducir en una carta escrita a cristianos griegos. Es la prueba de que, desde el principio, en la primera comunidad de Jerusalén, los cristianos de origen judío ya oraban a Jesús. No fue una idea tardía de los cristianos de origen pagano.4
X. ¿Adorar o rendir homenaje?
Los Testigos de Jehová responden que la palabra griega proskynéo puede significar “postrarse” o “rendir homenaje”, y no siempre “adorar”. Por eso, su Traducción del Nuevo Mundo traduce “adorar” cuando se refiere a Dios, y “rendir homenaje” cuando se refiere a Jesús.
Es cierto que la palabra puede tener ambos sentidos. Pero el argumento no depende de una sola palabra, sino de todo el conjunto:
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Jesús mismo usa ese verbo para lo que solo se debe a Dios: “Al Señor tu Dios adorarás” (Mt 4,10).
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Pedro y el ángel rechazan incluso ese gesto, precisamente porque podía entenderse como un honor divino (Hch 10,25-26; Ap 22,8-9). Jesús, en cambio, nunca lo rechaza.
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Los textos más claros no dependen de esa palabra: Filipenses 2 aplica a Jesús la adoración que Isaías reserva al único Dios; Hebreos 1,6 aplica al Hijo un texto que habla de Dios; y el Apocalipsis da al Cordero la misma gloria que al Padre.
Además, en sus primeras ediciones, la propia Traducción del Nuevo Mundo traducía Hebreos 1,6 como “que todos los ángeles de Dios le adoren”. El cambio vino después.
La Iglesia distingue entre la adoración, que se da solo a Dios, y la veneración, que se da a los santos y a las imágenes (véase “¿Son idólatras los católicos?“).5 Precisamente por eso la Escritura es tan cuidadosa con el honor que se da a Jesús: el que recibe es el de Dios.
XI. Adorar hoy a Jesús
«Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.» — Juan 4,23
La adoración a Jesús no es solo un argumento: es el centro de la vida cristiana. La Iglesia lo adora en la liturgia, en la oración personal y, de modo especial, en la Eucaristía. Cuando un católico se arrodilla ante el Santísimo Sacramento, hace lo mismo que los magos ante el Niño y que los discípulos ante el Resucitado: adora a Dios presente entre nosotros (véase “El verdadero culto”).6
Conclusión
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Solo Dios debe ser adorado, y Dios no cede su gloria a otro (Mt 4,10; Is 42,8).
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Los apóstoles y los ángeles rechazan la adoración (Hch 10,25-26; 14,14-15; Ap 22,8-9).
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Herodes la aceptó y murió por no dar la gloria a Dios (Hch 12,21-23).
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Jesús recibe adoración de los magos, del leproso, de los discípulos, del ciego y de las mujeres, y nunca la rechaza (Mt 2,11; 8,2; 14,33; 28,9.17; Jn 9,38).
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Jesús pide el mismo honor que se da al Padre (Jn 5,23).
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La adoración que Isaías reserva al único Dios, “ante mí se doblará toda rodilla”, se da al nombre de Jesús (Is 45,23; Flp 2,10-11).
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Los ángeles reciben la orden de adorarlo (Heb 1,6).
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En el cielo, el Cordero recibe la misma gloria que el Padre (Ap 5,13-14).
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Los primeros cristianos le oraban y le cantaban como a Dios (Hch 7,59; 2 Pe 3,18).
El argumento se resume en tres frases:
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Solo Dios debe ser adorado.
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Jesús recibe adoración y la acepta.
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Por lo tanto, Jesús es Dios.
No es lo mismo un embajador que un rey. Si alguien se arrodilla ante un embajador, este lo levanta y le dice: “Yo solo represento al rey”. Pedro, Pablo y el ángel hicieron exactamente eso. Jesús no lo hizo nunca, porque no es el embajador: es el Rey.
Que esta verdad no quede solo en la cabeza. Que nos lleve a hacer lo mismo que los magos, el leproso y los discípulos: postrarnos ante Jesús con fe, con humildad y con amor, y decirle con Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 2084 y 2096-2097.
2 CEC, n. 2112-2114.
3 CEC, n. 449 y 461.
4 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 2665-2668, sobre la oración dirigida a Jesús. Sobre la invocación Maranathá: CEC, n. 451 y 2817. Plinio el Joven, Cartas, X, 96..
5 CEC, n. 2132.
6 CEC, n. 1378-1381.