Pestañas abiertas

1 abierta

    El título de “Padre”

    Introducción

    Una objeción muy común en el diálogo con hermanos protestantes es esta: “Jesús dijo que no llamemos ‘padre’ a nadie en la tierra, y ustedes les dicen ‘padre’ a sus sacerdotes. Eso contradice la Biblia”.

    El argumento parte de un texto real, pero lo lee aislado. Leído en su contexto y junto con el resto de la Escritura, se ve que Jesús no prohíbe una palabra, sino una actitud del corazón.

    I. El texto en su contexto: una denuncia contra la vanidad

    «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres… Quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.» — Mateo 23,5-7

    Antes de hablar de títulos, Jesús describe a quién se dirige: a los escribas y fariseos que buscaban honores para sentirse superiores. Todo el capítulo 23 es una denuncia de la hipocresía religiosa, con los “¡ay de vosotros!”, los sepulcros blanqueados y los que cuelan el mosquito y se tragan el camello.

    «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Directores”, porque uno solo es vuestro Director: el Cristo.» — Mateo 23,8-10

    El texto no habla solo de “padre”. Menciona tres títulos: rabbí, padre y director o maestro.1 Jesús corrige una mentalidad: la de quien usa la religión para ponerse por encima de los demás. Es como cuando una mamá le dice a su hijo que “no se crea el rey de la casa”: no le prohíbe la palabra “rey”, le corrige la actitud.

    II. Si fuera literal, prohibiría también “maestro”

    «Él mismo dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros.» — Efesios 4,11

    Si Mateo 23 prohibiera esas palabras en sentido literal, Pablo lo estaría contradiciendo al decir que Cristo mismo da “maestros” a su Iglesia. Santiago también escribe: “No os hagáis maestros muchos de vosotros” (Sant 3,1). Así reconoce que en la comunidad hay maestros, y les advierte de su responsabilidad.

    Jesús mismo usa la palabra “padre” para personas humanas: “Honra a tu padre y a tu madre” (Mt 15,4). Además, a menudo habla con exageraciones para sacudir al oyente, como cuando dice “si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo” (Mt 5,29). Nadie entiende esa frase como una orden de mutilarse. Con Mateo 23,9 ocurre algo parecido: la fuerza del lenguaje muestra lo grave de la vanidad.

    Y en la vida diaria, ningún protestante deja de decirle “papá” a su padre ni “profe” a su profesor. En la práctica, todos entienden que Jesús no prohibió esas palabras.

    III. La Biblia llama “padre” a personas

    «Hermanos y padres, escuchad. El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham.» — Hechos 7,2

    Esteban, “lleno del Espíritu Santo” (Hch 7,55), llama “padres” a los jefes de Israel y “padre” a Abraham. Pablo comienza su defensa en Jerusalén con las mismas palabras: “Hermanos y padres, escuchad” (Hch 22,1).

    «Abraham, padre de todos nosotros, como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchas naciones.» — Romanos 4,16-17

    Pablo no llama a Abraham padre solo de los judíos, sino “padre de todos nosotros”, es decir, de los creyentes. Y en la parábola del rico y Lázaro, Jesús pone en boca del rico la expresión “Padre Abraham”, y Abraham le responde “Hijo” (Lc 16,24-25). Si decir “padre” a un ser humano fuera pecado, Jesús no lo habría usado sin corregirlo.2

    IV. Pablo, padre espiritual

    «No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino más bien para amonestaros como a hijos míos queridos. Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús.» — 1 Corintios 4,14-15

    Este es el texto decisivo. Pablo se llama a sí mismo padre de los corintios, y explica por qué: los “engendró” en Cristo por medio del Evangelio. Es exactamente la lógica del título que se da al sacerdote. No es padre por la sangre, sino porque por medio de su ministerio los fieles nacen y crecen en la fe.

    Pablo repite esta idea muchas veces. Llama a Timoteo “verdadero hijo en la fe” (1 Tim 1,2) y dice que lo sirvió “como un hijo junto a su padre” (Flp 2,22). A Onésimo lo llama “mi hijo, a quien engendré entre cadenas” (Flm 10). Juan escribe: “Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio” (1 Jn 2,13). Y Pedro llama a Marcos “mi hijo” (1 Pe 5,13).

    Si los apóstoles que escribieron el Nuevo Testamento hablan así, la prohibición de Jesús no puede ser literal.

    V. En el Antiguo Testamento, al sacerdote ya se le llamaba “padre”

    «Quédate conmigo; serás para mí padre y sacerdote.» — Jueces 17,10

    Este dato suele sorprender. En el libro de los Jueces, a un levita se le pide ser “padre y sacerdote” para una familia, y la expresión se repite en Jueces 18,19. Además, Eliseo llamaba a su maestro Elías “¡Padre mío, padre mío!” (2 Re 2,12). E Isaías anuncia que Elyaquim, el mayordomo del palacio, “será un padre para los habitantes de Jerusalén” (Is 22,21).

    La paternidad espiritual de quien guía al pueblo en las cosas de Dios no es un invento católico. Es una manera bíblica de hablar que Jesús conocía perfectamente.

    VI. Toda paternidad viene de Dios

    «Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra.» — Efesios 3,14-15

    En griego hay aquí un juego de palabras: “familia” se dice patriá, que viene de patér, “padre”. Por eso muchas traducciones dicen “de quien toma nombre toda paternidad”. Pablo enseña que Dios es el único Padre en sentido pleno, y que precisamente por eso existe la paternidad humana: es un reflejo de la suya. El Catecismo lo dice así: “La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana”.3

    Llamar “padre” al sacerdote no le quita nada a Dios, igual que llamar “papá” al padre de familia no le quita nada. Al contrario, recuerda que toda paternidad verdadera es participación en la de Dios. El Concilio Vaticano II pide a los sacerdotes que cuiden “como padres en Cristo” de los fieles que engendraron espiritualmente por el bautismo y la enseñanza.4

    Esa paternidad se vive en los sacramentos. En el bautismo, el ministro hace nacer a la vida de la gracia. En la confesión, devuelve la vida a quien estaba muerto por el pecado, como el padre del hijo pródigo: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lc 15,24). En la Eucaristía, alimenta al pueblo de Dios, como un padre da de comer a sus hijos.

    Pasa como con la luna: brilla de verdad, pero con una luz que recibe del sol. El sacerdote es padre de verdad, pero con una paternidad que recibe de Dios.

    VII. ¿De quién eres hijo?

    «Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad.» — Juan 8,44

    Este texto ilumina Mateo 23 desde dentro. Jesús habla a quienes querían matarlo (Jn 8,40) y que se creían hijos de Abraham y de Dios. En la Biblia, la paternidad espiritual no se mide por el título ni por la sangre, sino por las obras: “Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham” (Jn 8,39), y “si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí” (Jn 8,42).5

    Por eso el “uno solo es vuestro Padre, el del cielo” tiene un sentido profundo. Jesús no prohíbe la palabra “padre”, sino que pregunta de dónde viene tu vida espiritual.

    «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.» — Juan 14,23

    Quien ama a Cristo y guarda su Palabra se convierte en morada del Padre. Solo así puede alguien ser padre espiritual de otros: cuando tiene a Cristo como cabeza, vive fiel a su Palabra y guía a los demás con temor de Dios. Esa paternidad no le pertenece: la recibe del Padre que habita en él. Pablo puede llamarse padre de los corintios porque los engendró “en Cristo Jesús, por el Evangelio” (1 Cor 4,15), no por sí mismo. Es como una llave de agua: da agua limpia solo si está conectada a un pozo limpio.

    «Pues, si cualquiera se presenta predicando otro Jesús del que os prediqué, o recibís un espíritu diferente del que recibisteis, o un evangelio diferente del que abrazasteis, ¡lo toleráis tan bien!» — 2 Corintios 11,4

    Quien predica “otro Jesús”, uno que no es el Hijo de Dios hecho hombre, no puede ser reconocido como padre ni como maestro espiritual, por muchos títulos que use. Jesús da el criterio: “por sus frutos los reconoceréis” (Mt 7,16).

    Este criterio vale para todos, también para los católicos. El título de “padre” no es un honor que se reparte a cualquiera, ni algo que se gana por llevar una sotana. Es el reconocimiento de una paternidad que viene de Dios, se recibe en Cristo y se demuestra en la fidelidad al Evangelio.

    VIII. El testimonio de la Tradición

    La Iglesia ha usado este lenguaje desde sus comienzos. Hacia el año 155, cuando san Policarpo, obispo de Esmirna y discípulo del apóstol Juan, fue llevado al martirio, la multitud pagana gritaba contra él llamándolo “el padre de los cristianos”. Los primeros monjes del desierto eran llamados abba, “padre”, y sus enseñanzas se conocen como los “Dichos de los Padres del desierto”. Llamamos “Padres de la Iglesia” a los grandes maestros de los primeros siglos. Y la misma palabra “papa” viene de un término griego cariñoso que significa “padre”.6

    IX. Un criterio para todos por igual

    «Con la medida con que midáis, se os medirá.» — Mateo 7,2

    Si Mateo 23 se leyera de forma literal, también habría que aplicarlo a los títulos que usan muchas comunidades protestantes:

    • “Reverendo” viene del latín reverendus, “digno de reverencia”. Es claramente un título de honor.

    • “Pastor”: Jesús dijo “Yo soy el buen pastor” (Jn 10,11). Con el mismo razonamiento, nadie más podría llamarse así.

    • “Maestro” o “Doctor”: Mateo 23,8-10 menciona expresamente el título de maestro.

    • “Apóstol” o “Profeta”: algunas comunidades usan estos títulos para sus líderes.

    Esto no se dice para burlarse ni para devolver el golpe. Se dice para mostrar que, en la práctica, nadie lee Mateo 23 de forma literal: todos entienden que Jesús corrige la vanidad, no el vocabulario. Conviene señalarlo con respeto, como quien invita a leer el texto con más cuidado, y recordando que son hermanos en Cristo.7

    X. Servir, no dominar

    «El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.» — Mateo 23,11-12

    Aquí está el corazón del pasaje. El problema de los fariseos no era la palabra “rabbí”, sino el deseo de dominar y de ser admirados. La Iglesia entiende el ministerio sacerdotal como “un verdadero servicio”.8

    Un sacerdote que acompaña a los enfermos, confiesa a cualquier hora, entierra a los muertos y visita a las familias pobres vive el espíritu de Mateo 23, aunque le digan “padre”. En cambio, cualquier líder religioso, católico o protestante, que use su título para mandar, humillar o aprovecharse de los demás lo contradice, aunque nunca se haga llamar “padre”.

    Conclusión

    • Mateo 23 es una denuncia contra la vanidad de los fariseos, no una lista de palabras prohibidas (Mt 23,5-12).

    • El mismo pasaje menciona “maestro”, y el Nuevo Testamento reconoce maestros en la Iglesia (Ef 4,11; Sant 3,1).

    • La Escritura llama “padre” a Abraham, a los jefes de Israel y a los cristianos maduros (Hch 7,2; Rom 4,16; 1 Jn 2,13).

    • Pablo se llama padre espiritual porque “engendró” a sus comunidades en Cristo (1 Cor 4,15; Flm 10).

    • Ya en el Antiguo Testamento, al sacerdote se le llamaba “padre” (Jue 17,10).

    • Toda paternidad humana es reflejo de la de Dios (Ef 3,14-15).

    • La paternidad espiritual solo es verdadera cuando viene de Dios y se vive en fidelidad a Cristo (Jn 8,44; 14,23).

    • Lo que Jesús pide es servir, no dominar (Mt 23,11).

    Jesús no prohibió una palabra: prohibió un orgullo. No es lo mismo ser llamado padre que creerse dueño. El padre verdadero se gasta por sus hijos; el que se cree dueño, los usa.

    Esta enseñanza no es solo una respuesta a los protestantes: es también un examen para los católicos. El papa Francisco advirtió muchas veces contra el clericalismo, es decir, contra vivir el sacerdocio como poder y no como servicio. El título de “padre” es una responsabilidad antes que un honor: obliga al sacerdote a vivir como tal.9


    Notas bibliográficas

    1 En Mateo 23,10, la palabra griega kathegetés se traduce de distintas maneras: “director”, “maestro” o “guía”, según la versión.

    2 Sobre el cuarto mandamiento y la honra debida a los padres y a quienes tienen autoridad: Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 2197-2199.

    3 CEC, n. 2214.

    4 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), n. 28.

    5 Sobre la acción del diablo, “homicida desde el principio”: CEC, n. 394.

    6 Martirio de Policarpo, 12, 2.

    7 Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio (1964), n. 3. CEC, n. 818.

    8 CEC, n. 1551, que cita Lumen gentium, n. 24.

    9 Francisco, Carta al Pueblo de Dios (20 de agosto de 2018). Para profundizar: Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. 1 (Madrid: La Esfera de los Libros, 2007), sobre la paternidad de Dios y el Padrenuestro; Scott Hahn, Many Are Called: Rediscovering the Glory of the Priesthood (Nueva York: Doubleday, 2010), sobre la paternidad espiritual del sacerdote; Karl Keating, Catholicism and Fundamentalism (San Francisco: Ignatius Press, 1988), sobre las objeciones al título de “padre”.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

    Tema

    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.