Pestañas abiertas

1 abierta

    La fracción del pan

    Introducción

    En el tema “El verdadero culto” vimos qué es la Eucaristía: el sacrificio de Cristo hecho presente, su Cuerpo y su Sangre realmente recibidos. Este tema mira otra cosa: cómo la vivían los primeros cristianos. Porque la mejor manera de saber qué entendían los apóstoles por “haced esto en memoria mía” es ver qué hacían ellos y las comunidades que fundaron.

    Los primeros cristianos la llamaban “la fracción del pan”.1 Y al recorrer los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo y los escritos de los primeros siglos, aparecen dos cosas con claridad:

    • No era un símbolo: la recibían como el Cuerpo y la Sangre del Señor.

    • No era algo ocasional: la celebraban constantemente, al menos cada domingo, y algunos incluso cada día.

    Esto responde a dos ideas frecuentes: que la Cena del Señor es solo un recuerdo simbólico, y que basta con celebrarla una vez al año, como hacen, por ejemplo, los Testigos de Jehová.

    I. “Le reconocieron en la fracción del pan”

    «Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado… Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.» — Lucas 24,30-31.35

    El mismo día de la Resurrección, el primer día de la semana, dos discípulos caminaban hacia Emaús. Jesús les explicó las Escrituras por el camino, y después, en la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Son los mismos gestos de la Última Cena. Y en ese momento “le reconocieron”.

    Este relato tiene ya la estructura de la Misa: primero la Palabra, explicada por el Señor, y después la fracción del pan. Y muestra algo esencial: es en la fracción del pan donde los discípulos reconocen a Cristo resucitado.

    II. “Se mantenían constantes”

    «Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.» — Hechos 2,42

    Esta es la descripción de la primera comunidad cristiana, justo después de Pentecostés. La fracción del pan aparece como una de las cuatro columnas de su vida, junto a la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna y la oración. Y la palabra “constantes” indica una práctica permanente, no ocasional.

    «Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón.» — Hechos 2,46

    En los primeros días de Jerusalén, los cristianos partían el pan “por las casas”, y el texto lo une a lo que hacían “todos los días”.2

    III. La iniciación cristiana

    «Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: “Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo.” Al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista; se levantó y fue bautizado. Tomó alimento y recobró las fuerzas.» — Hechos 9,17-19

    En el sentido literal, el texto dice que Pablo comió después de tres días sin comer ni beber (Hch 9,9). Pero el orden del relato es llamativo: imposición de manos para recibir el Espíritu Santo, bautismo y alimento. Muchos lectores cristianos han visto aquí una imagen de la iniciación cristiana, que la Iglesia celebra con tres sacramentos: bautismo, confirmación y Eucaristía.3

    Este orden no es una suposición: es el que seguían los primeros cristianos. La Didaché, del siglo I, manda que nadie coma ni beba de la Eucaristía si no ha sido bautizado. San Justino, hacia el año 155, cuenta que, después de bautizar al nuevo cristiano, lo llevaban a la asamblea de los hermanos para celebrar la Eucaristía. Y la Tradición apostólica, de comienzos del siglo III, describe la noche de Pascua: el bautismo, la unción con el óleo y, a continuación, la primera comunión de los recién bautizados.3 Es lo mismo que la Iglesia sigue haciendo hoy en la Vigilia Pascual.

    IV. “El primer día de la semana”

    «El primer día de la semana nos hallábamos reunidos para la fracción del pan. Pablo, que debía marchar al día siguiente, disertaba ante ellos y alargó la charla hasta la media noche.» — Hechos 20,7

    «Subió luego, partió el pan y comió; y prolongó su conversación hasta el amanecer. Después se marchó.» — Hechos 20,11

    En Tróade, la comunidad se reunía “el primer día de la semana” con un propósito concreto: “para la fracción del pan”. En medio de la larga predicación de Pablo, un joven llamado Eutico se durmió, cayó por la ventana desde el tercer piso y murió, y Pablo lo devolvió a la vida (Hch 20,9-10). Después, Pablo partió el pan con la comunidad. Ni siquiera la emoción de ese momento les hizo dejar la fracción del pan: era el centro de su reunión.

    Pablo también pide a los corintios que separen sus ofrendas “cada primer día de la semana” (1 Cor 16,2). El domingo era ya el día de la reunión cristiana (véase “¿Sábado o domingo?”).

    Los testimonios de los primeros siglos lo confirman:

    • La Didaché (siglo I) manda: “Reunidos cada día del Señor, partid el pan y dad gracias”.

    • Plinio el Joven, gobernador romano y pagano, escribe al emperador Trajano hacia el año 112. Cuenta que los cristianos se reunían en un día fijo, antes del amanecer, para cantar himnos a Cristo como a un dios, y que después volvían a reunirse para tomar un alimento ordinario e inocente. Es el testimonio de un enemigo.

    • San Justino, hacia el año 155, describe la reunión del “día llamado del sol”, el domingo: lecturas de los apóstoles y los profetas, predicación, oraciones, presentación del pan y del vino, acción de gracias y comunión.

    • Los mártires de Abitina, en el norte de África, fueron arrestados en el año 304 por celebrar la Eucaristía dominical, que el emperador había prohibido. Cuando el juez les preguntó por qué habían desobedecido, respondieron: “Sin el domingo no podemos vivir”. Y murieron por ello.4

    V. Pan partido en medio de la tormenta

    «Dicho esto, tomó pan, dio gracias a Dios en presencia de todos, lo partió y se puso a comer. Entonces todos los demás se animaron y empezaron también a comer. Estábamos en total en la nave doscientas setenta y seis personas.» — Hechos 27,35-37

    En medio de una tormenta que duraba ya catorce días, Pablo anima a los que viajan con él a comer. En el barco había 276 personas, la mayoría paganas, así que probablemente se trata de una comida para recuperar fuerzas y no de una celebración eucarística en sentido estricto. Pero Lucas describe la escena con los mismos verbos de la Última Cena: “tomó pan, dio gracias, lo partió”. Para Pablo, partir el pan dando gracias a Dios era un gesto que marcaba toda su vida, incluso en medio del peligro.

    VI. Corinto: dos mesas que no se pueden mezclar

    «Por eso, queridos, huid de la idolatría. Os hablo como a personas sensatas. Juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas, ¿no están acaso en comunión con el altar?» — 1 Corintios 10,14-18

    «Pues lo que inmolan los gentiles, ¡lo inmolan a los demonios, y no a Dios! Y no quiero que entréis en comunión con los demonios. No podéis beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.» — 1 Corintios 10,20-21

    En Corinto, la carne que se ofrecía a los ídolos se vendía después en el mercado, y algunos cristianos participaban en banquetes en los templos paganos. Los corintios le habían preguntado a Pablo sobre esta carne (1 Cor 8,1). Pablo responde comparando tres mesas: la de los sacrificios de Israel, la de los sacrificios paganos y “la mesa del Señor”. En las tres, comer es entrar en comunión con aquello a lo que se ofreció el sacrificio.

    El argumento solo tiene fuerza si la mesa del Señor es también una mesa de sacrificio, en la que se participa realmente del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Si fuera solo un recuerdo simbólico, la comparación con el altar de Israel y con los sacrificios paganos no tendría sentido.5

    VII. “Eso ya no es comer la cena del Señor”

    «Cuando os reunís en esas condiciones, eso ya no es comer la cena del Señor, pues cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga.» — 1 Corintios 11,20-21

    Pablo había oído que en las reuniones de Corinto había divisiones (1 Cor 11,18). La comunidad se reunía con frecuencia para la Cena del Señor, que entonces se celebraba junto con una comida fraterna. Pero los ricos comían su propia cena sin esperar a los pobres. Pablo es tajante: así “ya no es comer la cena del Señor”. La Eucaristía es inseparable de la caridad. Por estos abusos, con el tiempo la Iglesia separó la Eucaristía de la comida común.

    VIII. “Yo recibí del Señor lo que os transmití”

    «Porque yo recibí del Señor lo que os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.”» — 1 Corintios 11,23-24

    Este es el relato más antiguo de la institución de la Eucaristía que se conserva, escrito hacia el año 55, antes que los Evangelios. Pablo usa las palabras propias de la Tradición: “recibí” y “transmití” (véase “San Pablo: ¿un llamado sin Iglesia?”). No inventa una ceremonia: transmite lo que la Iglesia ya celebraba.

    «Pues cada vez que comáis este pan y bebáis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.» — 1 Corintios 11,26

    “Cada vez que” indica algo que se repite. Y “hasta que venga” indica su duración: hasta la segunda venida de Cristo. La Eucaristía es la manera en que la Iglesia vive entre la primera y la segunda venida del Señor.

    IX. “Sin discernir el Cuerpo”

    «Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así que cada cual se examine interiormente antes de comer el pan y beber del cáliz, pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condena. Por eso hay entre vosotros tantos enfermos y achacosos, y mueren no pocos.» — 1 Corintios 11,27-30

    Algunos dicen que el “cuerpo y la sangre” de Cristo que se recibe es la Biblia, o la enseñanza de Jesús. Pero Pablo habla de “comer el pan” y “beber el cáliz”, y de las consecuencias reales de hacerlo indignamente: “hay entre vosotros tantos enfermos y achacosos, y mueren no pocos”. Nadie se hace culpable “del cuerpo y de la sangre del Señor” por comer mal un simple pan, ni enferma por leer la Biblia sin la debida preparación. Pablo habla así porque lo que se come es realmente el Cuerpo del Señor. Por eso la Iglesia pide confesarse antes de comulgar a quien tiene conciencia de un pecado grave.6

    X. Juan 6: “Mi carne es verdadera comida”

    «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.» — Juan 6,35

    El discurso de Jesús en Cafarnaúm ocurre cuando “estaba próxima la Pascua” (Jn 6,4), después de la multiplicación de los panes. Jesús empieza hablando de creer en Él, el pan de vida. Pero luego da un paso más:

    «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo. Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.”» — Juan 6,51-56

    Cuando los judíos se escandalizan y preguntan “¿cómo puede darnos a comer su carne?”, Jesús no suaviza sus palabras: las refuerza. Y hay un detalle en el griego: a partir del versículo 54, Juan deja de usar el verbo habitual para “comer” (phagéin) y usa trógo, que significa “masticar”. Es difícil expresar con más fuerza que se trata de un comer real.

    «Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?”… El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.» — Juan 6,60.63

    Algunos citan el versículo 63, “la carne no sirve para nada”, para decir que Jesús hablaba en sentido simbólico. Pero Jesús no dice “mi carne no sirve para nada”, porque acababa de decir que su carne da la vida eterna. “La carne” significa aquí la mirada puramente humana, que no puede comprender este misterio sin la fe que da el Espíritu.

    «Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” Le respondió Simón Pedro: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.”» — Juan 6,66-69

    Muchos se fueron porque entendieron que Jesús hablaba en serio. Jesús los dejó ir antes que aclarar que era un símbolo. Y Pedro se quedó, no porque lo entendiera todo, sino porque creía en quien lo decía. San Ignacio de Antioquía, discípulo del apóstol Juan, llamó a la Eucaristía “medicina de inmortalidad”.7

    XI. ¿Una vez al año?

    Algunos grupos celebran la Cena del Señor solo una vez al año, en la fecha de la Pascua judía, como hacen los Testigos de Jehová en su Conmemoración. Otros, una vez al mes o cada tres meses. Pero la Escritura y la historia muestran otra cosa:

    • Jesús dijo “cada vez que” (1 Cor 11,26), y no fijó una fecha anual.

    • Los primeros cristianos se reunían “el primer día de la semana para la fracción del pan” (Hch 20,7), y en Jerusalén lo hacían incluso a diario (Hch 2,46).

    • La Pascua judía era anual, pero era la figura. La nueva Pascua se celebra cada domingo, porque Cristo resucitó el primer día de la semana.

    • Jesús nos enseñó a pedir “el pan de cada día” (Mt 6,11), y desde los primeros siglos los cristianos vieron en esa petición también el pan eucarístico, como enseñaba san Cipriano.8

    Por eso la Iglesia pide participar en la Misa todos los domingos y fiestas, y recomienda vivamente comulgar con frecuencia, incluso a diario, si se está debidamente preparado.8

    Conclusión

    • Los primeros cristianos llamaban a la Eucaristía “la fracción del pan”, y en ella reconocieron a Cristo resucitado (Lc 24,35).

    • Era una de las cuatro columnas de su vida, y la vivían con constancia (Hch 2,42).

    • La iniciación cristiana llevaba del bautismo y el don del Espíritu a la Eucaristía, como muestran la Didaché, san Justino y la Tradición apostólica.

    • Se reunían “el primer día de la semana para la fracción del pan” (Hch 20,7), y los mártires de Abitina murieron por no poder vivir sin el domingo.

    • Pablo compara la mesa del Señor con la mesa de los sacrificios: en ella se entra en comunión real con Cristo (1 Cor 10,16-21).

    • La Eucaristía es inseparable de la caridad (1 Cor 11,20-21).

    • Pablo transmite lo que recibió, y la Eucaristía se celebra “cada vez” y “hasta que venga” (1 Cor 11,23-26).

    • Quien la recibe indignamente se hace culpable del Cuerpo del Señor, con consecuencias reales (1 Cor 11,27-30).

    • Jesús dijo “mi carne es verdadera comida”, y dejó que muchos se fueran antes que decir que era un símbolo (Jn 6,55.66).

    No es lo mismo una foto de una persona que la persona misma. Una foto ayuda a recordar a quien no está. Pero la Eucaristía no es la foto de Cristo, sino Cristo mismo, que se hace presente. Por eso los primeros cristianos no se reunían solo para recordarlo, sino para encontrarse con Él, cada domingo, “hasta que venga”.

    La fe de los primeros cristianos es también una pregunta para nosotros, los católicos. Ellos arriesgaban la vida para celebrar la Eucaristía del domingo, y muchos católicos hoy la dejan por cualquier motivo. Los mártires de Abitina decían “sin el domingo no podemos vivir”. Ojalá también nosotros podamos decirlo.


    Notas bibliográficas

    1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1328-1332.

    2 CEC, n. 1329 y 1342-1343.

    3 CEC, n. 1212, 1229-1233 y 1275. Didaché, 9, 5. San Justino, Primera Apología, 65. Hipólito de Roma (atribuida), Tradición apostólica, 21.

    4 Didaché, 14, 1. Plinio el Joven, Cartas, X, 96. San Justino, Primera Apología, 67. Actas de los mártires de Abitina (304). San Juan Pablo II, carta apostólica Dies Domini (1998), n. 46. Benedicto XVI, exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), n. 95. CEC, n. 2174-2178.

    5 CEC, n. 1382-1383 y 1396.

    6 CEC, n. 1385. San Juan Pablo II, encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003), n. 36-37.

    7 San Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, 20, 2. CEC, n. 1336 y 1405.

    8 San Cipriano, Sobre la oración del Señor, 18. CEC, n. 1389, 2181 y 2837.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

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    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.