Pestañas abiertas

1 abierta

    «Yo me confieso directamente con Dios»

    Introducción

    Es una objeción muy frecuente: “Yo no necesito confesarme con un hombre. Me confieso solo, en mi cuarto, y Dios me perdona”. Detrás de esta frase hay algo verdadero: Dios escucha a quien se arrepiente de corazón. Pero también hay una pregunta que la objeción no responde: ¿quién me garantiza que de verdad me arrepentí y que de verdad fui perdonado?

    Un ejemplo de nuestra realidad lo muestra con crudeza. Hay sicarios que, antes o después de matar, le rezan a la Virgen o a Dios pidiendo perdón, y luego vuelven a hacer lo mismo. Rezan, sí, pero no se convierten. Su caso muestra que pedir perdón a solas, sin nadie que nos ayude a mirar la verdad, puede convertirse en un modo de tranquilizar la conciencia sin cambiar de vida. Y ese peligro amenaza a cualquiera, católico o no.

    Este tema complementa el de “¿Por qué confesarme con un sacerdote?”, donde se explica que Cristo dio a su Iglesia el poder de perdonar los pecados (Jn 20,23).

    I. Lo que sí enseña la Iglesia

    «Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame.» — Salmo 51,3-4

    La Iglesia no dice que Dios ignore la oración de quien se arrepiente a solas. Al contrario:

    • El examen de conciencia diario y el acto de contrición son prácticas que la Iglesia recomienda a todos.

    • Los pecados veniales, los más leves, se perdonan por muchos caminos: la oración, la Eucaristía, las obras de caridad.

    • Incluso los pecados graves son perdonados por una contrición perfecta, es decir, un arrepentimiento nacido del amor a Dios. Pero esa contrición incluye el propósito firme de confesarse en cuanto sea posible.1

    Es decir, la Iglesia no opone la oración personal y la confesión. Para los pecados graves, el arrepentimiento verdadero lleva a buscar el sacramento que Cristo instituyó, y no a evitarlo.

    II. ¿Quién me asegura que estoy perdonado?

    «Lo más retorcido es el corazón; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?» — Jeremías 17,9

    «Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros.» — 1 Juan 1,8

    Cuando me confieso a solas, yo soy quien acusa, quien juzga y quien se declara perdonado. El problema es que el corazón humano se engaña con facilidad. Podemos quitarle gravedad a nuestro pecado, justificarlo, olvidar una parte o convencernos de que ya nos arrepentimos cuando en realidad no estamos dispuestos a cambiar.

    «¿Quién se da cuenta de sus yerros? De las faltas ocultas límpiame.» — Salmo 19,13

    «Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor.» — 1 Corintios 4,4

    Hasta san Pablo reconoce que su propia conciencia no es el juez definitivo. Que yo me sienta en paz no significa que esté perdonado (véase “«Desde que salí de la Iglesia católica tengo paz»”).

    III. Dios quiso que el perdón se escuchara

    «David dijo a Natán: “He pecado contra Yahvé.” Respondió Natán a David: “También Yahvé perdona tu pecado; no morirás.”» — 2 Samuel 12,13

    David no se quedó con su pecado a solas. Lo confesó ante el profeta, y escuchó de boca de Natán que Dios lo había perdonado.

    «Y le dijo a ella: “Tus pecados quedan perdonados.”… “Tu fe te ha salvado. Vete en paz.”» — Lucas 7,48.50

    Jesús podía perdonar en silencio, pero quiso decir las palabras en voz alta: “Tus pecados quedan perdonados”. Dios conoce nuestra necesidad de escuchar el perdón. Por eso, en el sacramento, el sacerdote dice con la autoridad de Cristo: “Yo te absuelvo de tus pecados”. No es una impresión interior que puede engañarme, sino una palabra que viene de fuera, de parte de Cristo, y que me da la seguridad de que fui perdonado.2

    IV. El perdón exige dejar el pecado

    «Al que encubre sus faltas no le irá bien, el que las confiesa y abandona obtendrá piedad.» — Proverbios 28,13

    El proverbio pone dos condiciones: confesar y abandonar. No basta con reconocer el pecado: hay que dejarlo.

    «Y al extender vosotros vuestras palmas, me tapo los ojos por no veros. Aunque menudeéis la plegaria, yo no oigo. Vuestras manos están de sangre llenas: lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien.» — Isaías 1,15-17

    Este texto parece escrito para el caso de los sicarios. Dios dice que no escucha la oración de quien tiene “las manos llenas de sangre” y no deja de hacer el mal. Rezar mucho no sirve si no hay conversión.

    Por eso la Iglesia enseña que el arrepentimiento verdadero incluye el propósito firme de no volver a pecar.3 Y esto vale también para la confesión con el sacerdote: si alguien se confiesa sin arrepentirse ni querer cambiar, la absolución no lo perdona. El sacramento no es magia. Pero la confesión ayuda a no engañarse: hay que decir el pecado en voz alta, el sacerdote puede preguntar, aconsejar y exigir, y para recibir la absolución hace falta el propósito de enmienda. Es más difícil engañarse frente a otro que frente a uno mismo.

    V. Reparar el daño

    «Y si digo al malvado: “Vas a morir”, y él se convierte de su pecado y practica el derecho y la justicia, devuelve la prenda, restituye lo que había robado, observa los preceptos que dan la vida… vivirá sin duda, no morirá.» — Ezequiel 33,14-15

    La conversión verdadera no solo deja el pecado, sino que repara el daño cuando es posible: devolver lo robado, decir la verdad que se ocultó, pedir perdón a quien se ofendió. Así lo hizo Zaqueo (Lc 19,8). Cuando alguien se confiesa a solas, nadie le recuerda que debe reparar. En la confesión, el sacerdote puede hacerlo, y la penitencia ayuda a ello (véase “Penitencia y reparación”).4

    VI. El pecado no es solo un asunto privado

    «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano.» — Mateo 5,23-24

    Jesús enseña que la relación con Dios no se puede separar de la relación con los demás. El pecado no solo ofende a Dios: hiere a otros y debilita a toda la comunidad, porque “si sufre un miembro, todos los demás sufren con él” (1 Cor 12,26). Por eso el perdón incluye también la reconciliación con la Iglesia, y el sacerdote la representa.5 Confesarse solo en el cuarto deja fuera esta dimensión.

    VII. Decir el pecado en voz alta sana

    «Mientras callé, se consumían mis huesos… Mi pecado te reconocí, y no te oculté mi culpa; dije: “Me confesaré a Yahvé de mis rebeldías.” Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado.» — Salmo 32,3.5

    «Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados.» — Santiago 5,16

    El salmista describe una experiencia que todos conocemos: guardar un pecado en secreto pesa y enferma. Santiago pide confesar los pecados “unos a otros” para ser curados. Decir el pecado en voz alta, ante otro, rompe su poder. Muchas personas experimentan después de una buena confesión un alivio que nunca sintieron rezando a solas.

    VIII. Lo que ofrece la confesión

    Además de la gracia del sacramento, la confesión ofrece cosas que la oración a solas no puede dar:

    • Una palabra objetiva: escuchar “yo te absuelvo” de parte de Cristo.

    • Un juicio que no depende de mí: el sacerdote ayuda a ver el pecado como es, sin agrandarlo ni disminuirlo.

    • Consejo y guía: para salir de un pecado repetido, a veces hace falta ayuda.

    • Exigencia: el propósito de enmienda y la reparación no quedan a mi gusto.

    • Secreto absoluto: el sacerdote no puede revelar nunca lo que escucha, ni siquiera para salvar su vida.6

    1. Reconocer lo verdadero: “Es cierto: Dios escucha a quien se arrepiente, y los católicos también oramos pidiendo perdón cada día”.

    2. Preguntar con respeto: “Cuando te confiesas solo, ¿cómo sabes que de verdad te arrepentiste y que Dios te perdonó?”.

    3. Mostrar la palabra de Cristo: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,23). Jesús no dijo eso para nada.

    4. Usar el ejemplo de los sicarios con cuidado: no para acusar a nadie, sino para mostrar que pedir perdón sin conversión es un autoengaño en el que cualquiera puede caer.

    5. Invitar a la experiencia: muchos que nunca se habían confesado descubren en el sacramento una paz que no conocían.

    Conclusión

    • Dios escucha el arrepentimiento personal, y la Iglesia recomienda el examen de conciencia y el acto de contrición diarios.

    • Para los pecados graves, el arrepentimiento verdadero incluye el propósito de confesarse.

    • El corazón se engaña con facilidad, y mi propia conciencia no es el juez definitivo (Jer 17,9; 1 Cor 4,4).

    • Dios quiso que el perdón se escuchara, como David lo escuchó de Natán (2 Sam 12,13).

    • El perdón exige dejar el pecado: Dios no escucha a quien reza con las manos manchadas de sangre y sigue haciendo el mal (Prov 28,13; Is 1,15-17).

    • La conversión verdadera repara el daño (Ez 33,15).

    • El pecado hiere también a los demás, y el perdón incluye la reconciliación con la Iglesia (Mt 5,23-24).

    • Decir el pecado en voz alta sana (Sant 5,16).

    No es lo mismo diagnosticarse uno mismo en internet que ir al médico. Uno puede leer sus síntomas, convencerse de que no es nada y recetarse lo que quiera. El médico, en cambio, ve lo que uno no ve, dice la verdad aunque no guste y da el tratamiento correcto. Confesarse solo es diagnosticarse a uno mismo; confesarse con el sacerdote es ponerse en manos del Médico que Cristo dejó a su Iglesia.

    El ejemplo de quien reza y sigue haciendo el mal debe hacernos pensar a todos, empezando por los católicos. También se puede ir al confesionario sin querer cambiar, y ese perdón tampoco es verdadero. Lo que Dios busca no es una fórmula, ni en el cuarto ni en el confesionario, sino un corazón que se arrepiente de verdad y se deja transformar.


    Notas bibliográficas

    1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1434-1439, 1451-1453 y 1458.

    2 CEC, n. 1449 y 1484.

    3 CEC, n. 1451 y 1490. Concilio de Trento, sesión XIV (1551), cap. 4: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1676.

    4 CEC, n. 1459 y 2412.

    5 CEC, n. 1440, 1443-1445 y 1469. San Juan Pablo II, exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia (1984), n. 31.

    6 CEC, n. 1467. Código de Derecho Canónico, can. 983.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

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    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.