Verdadero Dios y verdadero hombre
Introducción
Si Jesús es Dios, ¿cómo puede ser también un hombre que nace, tiene hambre, llora y muere? Y si es un hombre, ¿cómo puede ser Dios? Esta pregunta acompañó a la Iglesia desde el principio, y algunos intentaron responderla negando una de las dos verdades: o que Jesús fuera verdaderamente Dios, o que fuera verdaderamente hombre.
La Iglesia, fiel a la Escritura, ha confesado siempre las dos cosas a la vez: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. No es mitad Dios y mitad hombre, ni una mezcla de ambos, sino un solo Señor, que es plenamente Dios y plenamente hombre.1
I. Verdadero Dios: “impronta de su sustancia”
«En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.» — Hebreos 1,2-3
La Carta a los Hebreos usa dos imágenes para expresar la divinidad del Hijo:
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“Resplandor de su gloria”: como el resplandor procede del sol sin separarse de él, y el sol nunca existió sin su resplandor, así el Hijo procede del Padre desde siempre, sin comienzo.
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“Impronta de su sustancia”: la palabra griega charaktér designa la marca que deja un sello en la cera, que reproduce exactamente su forma. El Hijo reproduce perfectamente lo que Dios es.
La palabra que se traduce como “sustancia” es hypóstasis. Aquí significa el ser mismo de Dios. Siglos después, los concilios usarían esa misma palabra con un sentido más preciso, “persona”, para explicar cómo se unen en Cristo lo divino y lo humano. De ahí viene la expresión “unión hipostática” (véase la sección VII).
Sobre la divinidad de Cristo, véase el tema “Jesús es Dios”.
II. Verdadero hombre: “participó de la carne y de la sangre”
«Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas… Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo.» — Hebreos 2,14.17
La misma carta que llama al Hijo “impronta de la sustancia de Dios” dice, un capítulo después, que “participó de la sangre y de la carne” y que “tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos”. No tomó una apariencia de hombre: se hizo hombre de verdad.
«Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley.» — Gálatas 4,4
Jesús nació de una mujer, como todos nosotros. Y los Evangelios muestran su humanidad en cada página: creció en sabiduría y estatura (Lc 2,52), tuvo hambre (Mt 4,2), se cansó del camino (Jn 4,6), tuvo sed en la cruz (Jn 19,28), lloró ante la tumba de su amigo (Jn 11,35), sintió angustia en Getsemaní (Mc 14,33) y murió (véase “¿Tuvo miedo Jesús?”).
Tuvo un cuerpo verdadero, y también un alma humana, con inteligencia, voluntad y emociones humanas.2 Ya a finales del siglo I había quienes decían que Jesús solo “parecía” tener un cuerpo. San Juan los llama anticristos: “todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios” (1 Jn 4,2). Y san Ignacio de Antioquía, hacia el año 107, insistía en que Jesús “verdaderamente” nació, comió, bebió, padeció y murió.
III. “Siendo de condición divina… tomó condición de siervo”
«El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.» — Filipenses 2,6-8
Este himno, que Pablo recoge en su carta y que probablemente cantaban los primeros cristianos, une las dos naturalezas en un solo movimiento. Cristo era “de condición divina”, “igual a Dios”, y sin dejar de serlo, “tomó condición de siervo”. No cambió la divinidad por la humanidad: unió a su divinidad una humanidad verdadera, y en ella se humilló hasta la muerte.3
«Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.» — Juan 1,14
La misma Palabra que “era Dios” (Jn 1,1) “se hizo carne”. No dejó de ser Dios para hacerse hombre, ni fingió ser hombre siendo solo Dios.
IV. “Según la carne… Dios bendito”
«Y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.» — Romanos 9,5
En un solo versículo, Pablo afirma las dos naturalezas. “Según la carne”, es decir, en su humanidad, Cristo desciende de Israel. Pero ese mismo Cristo “está por encima de todas las cosas” y es “Dios bendito por los siglos”.
Algunas traducciones modernas ponen un punto antes de “Dios”, y leen la frase como una alabanza separada al Padre. Sin embargo, la lectura más natural del texto griego, y la de la gran mayoría de los Padres de la Iglesia, refiere la frase a Cristo.4 Además, la expresión “según la carne” pide un contraste, y ese contraste es precisamente su divinidad.
V. Uno y el mismo
Los Evangelios muestran una y otra vez a Jesús actuando como hombre y como Dios en el mismo momento, porque es una sola persona:
«Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal… Él, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: “¡Calla, enmudece!” El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza.» — Marcos 4,38-39
El que duerme, cansado como cualquier hombre, es el mismo que manda al viento y al mar, como solo Dios puede hacerlo.
«Jesús se echó a llorar… Dicho esto, gritó con fuerte voz: “¡Lázaro, sal fuera!” Y salió el muerto.» — Juan 11,35.43-44
El que llora por su amigo muerto, con lágrimas humanas, es el mismo que lo resucita con una palabra.
Por eso la Iglesia puede decir con verdad que “Dios nació” y que “Dios murió en la cruz”: quien nació y murió es la Persona divina del Hijo, en su naturaleza humana. La misma Escritura habla así: Pablo dice que “crucificaron al Señor de la gloria” (1 Cor 2,8). Y por eso María es verdaderamente Madre de Dios: no porque haya dado origen a la divinidad, sino porque el que nació de ella es Dios (véase “María, Madre de Dios”).5
VI. Los errores y la respuesta de la Iglesia
En los primeros siglos, algunos intentaron explicar el misterio de Cristo negando una parte de la verdad. La Iglesia respondió en sucesivos concilios, apoyándose en la Escritura:6
Error | Qué enseñaba | Respuesta de la Iglesia |
|---|---|---|
Docetismo (siglos I-II) | Jesús solo parecía tener un cuerpo | 1 Juan 4,2: Jesucristo "venido en carne" |
Arrianismo (Arrio, siglo IV) | El Hijo es una criatura, no Dios | Concilio de Nicea (325): el Hijo es "de la misma naturaleza que el Padre", "engendrado, no creado" |
Apolinarismo (Apolinar, siglo IV) | Jesús no tenía alma humana; el Verbo ocupaba su lugar | Concilio de Constantinopla I (381): Cristo tiene un alma humana verdadera |
Nestorianismo (Nestorio, siglo V) | En Cristo hay dos personas, una divina y otra humana | Concilio de Éfeso (431): una sola Persona; María es Madre de Dios |
Monofisismo (Eutiques, siglo V) | La humanidad de Cristo quedó absorbida por la divinidad | Concilio de Calcedonia (451): dos naturalezas, sin confusión ni separación |
Monotelismo (siglo VII) | Cristo tiene una sola voluntad | Concilio de Constantinopla III (681): dos voluntades, la humana sometida a la divina |
El Concilio de Calcedonia formuló la fe con cuatro palabras precisas: Cristo es uno y el mismo, “reconocido en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”.
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Sin confusión: no es una mezcla, como el café con leche, en el que ya no se distingue lo uno de lo otro.
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Sin cambio: Dios no deja de ser Dios, ni el hombre deja de ser hombre.
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Sin división y sin separación: no son “dos Jesús”, sino uno solo.
El último error de la tabla muestra la importancia de Getsemaní. Jesús dijo: “no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14,36). Su voluntad humana rechazaba la muerte, como la de cualquier hombre, pero se sometió libremente a la voluntad de Dios.
VII. La unión hipostática
A la unión de las dos naturalezas, divina y humana, en la única Persona del Hijo, la teología la llama “unión hipostática”, de la palabra griega hypóstasis, “persona”.7 Esto es lo único y exclusivo de Jesús. El Padre y el Espíritu Santo también son Dios, pero solo el Hijo se encarnó. Ningún otro ser ha unido en sí, en una sola Persona, la naturaleza de Dios y la naturaleza del hombre.
Toda comparación se queda corta ante este misterio, pero los Padres de la Iglesia usaban una imagen que ayuda: el hierro metido en el fuego. El hierro al rojo vivo tiene el calor y la luz del fuego, y quema como el fuego, pero sigue siendo hierro. Del mismo modo, la humanidad de Cristo está penetrada por la divinidad, sin dejar de ser verdaderamente humana.
VIII. ¿Por qué tenía que ser Dios y hombre?
«Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también.» — 1 Timoteo 2,5
Solo alguien que fuera a la vez Dios y hombre podía ser el mediador perfecto entre Dios y los hombres. Como hombre, podía representarnos, ofrecerse en nuestro lugar y morir por nosotros. Como Dios, su ofrenda tenía un valor infinito, capaz de reconciliar a toda la humanidad (véase “¿Puede un hombre redimir a otro hombre?”).
San Gregorio Nacianceno lo expresó en un principio: lo que Cristo no asumió no fue redimido.8 Si Cristo no hubiera tenido un cuerpo, un alma, una inteligencia y una voluntad humanas, no habría salvado nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Y san Atanasio lo resumió con una frase que hizo historia: el Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser hijos de Dios, “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1,4).8
Conclusión
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El Hijo es “resplandor de la gloria” de Dios e “impronta de su sustancia”: verdadero Dios (Heb 1,3).
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El Hijo “participó de la carne y de la sangre” y “se asemejó en todo a sus hermanos”: verdadero hombre (Heb 2,14.17).
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“Siendo de condición divina”, tomó “condición de siervo”, sin dejar de ser Dios (Flp 2,6-7).
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Cristo es, “según la carne”, descendiente de Israel, y es “Dios bendito por los siglos” (Rom 9,5).
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Es uno y el mismo el que duerme y calma la tormenta, el que llora y resucita a Lázaro.
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La Iglesia defendió esta verdad en los concilios: dos naturalezas, “sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”, en una sola Persona.
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Solo siendo Dios y hombre podía ser el mediador perfecto y salvarnos por completo (1 Tim 2,5).
No es lo mismo un hombre que se hace Dios que un Dios que se hace hombre. Los ídolos y los mitos de la historia presentan hombres que pretenden subir hasta el cielo. El cristianismo anuncia lo contrario: Dios bajó hasta nosotros, se hizo uno de nosotros y nos tomó de la mano para llevarnos con Él.
Este misterio no es solo una fórmula que hay que entender, sino una buena noticia que hay que agradecer. Dios no nos salvó desde lejos: se hizo cercano, conoció nuestro cansancio, nuestras lágrimas y nuestra muerte. Por eso podemos acercarnos a Él con confianza, sabiendo que nos comprende desde dentro (Heb 4,15-16).
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 464 y 469.
2 CEC, n. 470-478. San Ignacio de Antioquía, Carta a los tralianos, 9-10, y Carta a los esmirniotas, 1-3.
3 CEC, n. 461.
4 Entre los Padres que aplican Rom 9,5 a Cristo: san Ireneo de Lyon, Contra las herejías, III, 16, 3; Tertuliano, Contra Práxeas, 13; Orígenes, Comentario a la Carta a los Romanos, VII, 13; san Agustín, La Trinidad, II, 13, 23.
5 CEC, n. 466-468.
6 Concilio de Nicea I (325), Concilio de Constantinopla I (381), Concilio de Éfeso (431), Concilio de Calcedonia (451) y Concilio de Constantinopla III (681): H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 125-126, 150, 250-251, 301-302 y 556-559. San León Magno, Tomo a Flaviano (449): Denzinger-Hünermann, n. 290-295. CEC, n. 465-469, 471 y 475.
7 CEC, n. 466-469.
8 San Gregorio Nacianceno, Carta 101, a Cledonio. San Atanasio, Sobre la encarnación del Verbo, 54, 3, citado en CEC, n. 460. Véase también Orígenes, Sobre los principios, II, 6, 6, sobre la imagen del hierro y el fuego.