«Esa palabra no está en la Biblia»
Introducción
Es una de las objeciones más repetidas en el diálogo con hermanos protestantes y con otros grupos: “La palabra ‘purgatorio’ no está en la Biblia. Tampoco ‘católico’, ni la Asunción de la Virgen. Y si no está en la Biblia, es un invento”.
La objeción parece sencilla, pero confunde dos cosas distintas: las palabras y las realidades. Una verdad puede estar en la Escritura aunque no aparezca con el nombre que hoy le damos. Y, como veremos, quienes hacen esta objeción usan constantemente palabras que tampoco están en la Biblia.
El Catecismo lo resume con claridad: no creemos en las fórmulas, sino en las realidades que esas fórmulas expresan.1
I. Las palabras no son lo mismo que las realidades
Muchas de las palabras más importantes de la fe cristiana no aparecen en la Biblia, y todos los cristianos las usan:
Palabra | ¿Aparece en la Biblia? | ¿Está la realidad en la Biblia? |
|---|---|---|
Trinidad | No. La usan por primera vez Teófilo de Antioquía (hacia el año 180) y Tertuliano | Sí: Mt 28,19; 2 Cor 13,13 |
Biblia | No. La Biblia nunca se llama a sí misma "Biblia" | Sí: "las Escrituras" (Lc 24,27) |
Encarnación | No | Sí: "la Palabra se hizo carne" (Jn 1,14) |
Rapto | No. Viene del latín rapiemur, "seremos arrebatados", de la Vulgata, la Biblia latina católica (1 Tes 4,17) | Se discute qué significa (véase "El Anticristo y los últimos tiempos") |
"Aceptar a Jesús como Salvador personal" | No | La fe personal en Cristo, sí (Jn 3,16) |
"Solo la Biblia" | No | No (véase "¿Solo la Biblia?") |
La palabra “Trinidad” es el mejor ejemplo. Nadie puede señalar un versículo con esa palabra, y sin embargo la inmensa mayoría de los protestantes cree en la Trinidad, porque la realidad está en la Escritura. La Iglesia tuvo que crear palabras nuevas, como “Trinidad”, “persona” o “naturaleza”, precisamente para expresar con fidelidad lo que la Biblia enseña y defenderlo de los errores.2
Si la regla fuera “solo vale lo que tiene su nombre en la Biblia”, habría que dejar de creer en la Trinidad y dejar de decir “Biblia”.
II. Las palabras de la objeción, una por una
“Infierno.” La objeción ni siquiera es exacta. La palabra aparece en muchas biblias, también protestantes. Por ejemplo, la Reina-Valera traduce así Mateo 5,22: “quedará expuesto al infierno de fuego”. El Nuevo Testamento usa la palabra griega Gehenna, y Jesús es quien más habla de ella (véase “El infierno”).
“Católico.” La palabra viene del griego katholikós, “universal”, que a su vez se forma de la expresión kath’ holés, “según el todo”. Esa expresión sí está en la Biblia: “la Iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaria” (Hch 9,31). Y hacia el año 107, pocos años después de la muerte del apóstol Juan, san Ignacio de Antioquía ya escribía “Iglesia católica”.3 El nombre es antiquísimo, y la realidad, una Iglesia extendida por todo el mundo, es la que Cristo anunció: “seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).
“Purgatorio.” La palabra no está, pero la realidad sí: el que “se salvará, pero como quien pasa a través del fuego” (1 Cor 3,15), los pecados que se perdonan “en el siglo venidero” (Mt 12,32) y la oración por los difuntos (2 Mac 12,46) (véase “El purgatorio”).
“Asunción.” El relato no está narrado, pero hay textos y figuras que la iluminan: Henoc y Elías llevados por Dios (Gn 5,24; 2 Re 2,11), el arca de la alianza que aparece en el cielo junto a la Mujer vestida de sol (Ap 11,19–12,1) y el salmo que dice “levántate, Yahvé, hacia tu reposo, tú y el arca de tu fuerza” (Sal 132,8) (véase “Inmaculada y Asunta”).4
III. La regla tampoco está en la Biblia
Hay algo más importante todavía. La regla de que “toda doctrina debe estar escrita explícitamente en la Biblia” tampoco está en la Biblia. Ningún versículo lo dice.
«Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia.» — 2 Timoteo 3,16
Este es el texto que suele citarse, pero dice que la Escritura es inspirada y “útil”, no que sea la única fuente de la fe ni que todo deba estar escrito en ella (véase “¿Solo la Biblia?”). Quien exige que todo esté en la Biblia está usando una regla que no sale de la Biblia.
IV. La Biblia dice que no todo fue escrito
«Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.» — Juan 21,25
«Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.» — 2 Tesalonicenses 2,15
El mismo Evangelio advierte que no todo quedó escrito. Y Pablo pide conservar lo que se transmitió “de viva voz o por carta”, es decir, la Tradición oral y la Escritura. La Biblia nunca pretendió ser un catálogo completo de todo lo que hay que creer.5
V. Jesús enseñó deduciendo
«Aquel día se le acercaron unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección… Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos.» — Mateo 22,23.31-32
Este texto es muy valioso para el diálogo. Los saduceos solo aceptaban como Escritura los cinco libros de Moisés, y como allí no se habla expresamente de la resurrección, la negaban. Jesús no les responde con un versículo que diga “habrá resurrección”. Toma un texto que habla de otra cosa (Éx 3,6) y deduce de él la resurrección: si Dios sigue siendo el Dios de Abraham, Abraham sigue vivo para Dios.
Jesús enseña así que una verdad puede estar contenida en la Escritura sin estar escrita con todas las letras. Los saduceos exigían lo explícito, y Jesús les mostró lo implícito.
VI. Los apóstoles decidieron lo que no estaba escrito
«Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que estas indispensables.» — Hechos 15,28
La primera gran discusión de la Iglesia fue si los paganos convertidos debían circuncidarse. No había ningún versículo que resolviera la cuestión. Los apóstoles y los presbíteros se reunieron en Jerusalén, escucharon, discernieron y decidieron, con la certeza de que lo hacían guiados por el Espíritu Santo (véase “El cumplimiento de la Ley”).
VII. El caso de san José
La Biblia no cuenta la muerte de san José. Si la regla fuera “lo que no está escrito no existe”, habría que concluir que sigue vivo. Y, en el diálogo, se puede responder con humor: “Entonces, cuando vaya a Jerusalén, le mando saludos de su parte”.
Pero el ejemplo es más profundo de lo que parece, porque todos creemos que José murió, y lo creemos por deducción a partir de la misma Escritura:
«Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos.» — Lucas 2,51
Es la última vez que los Evangelios mencionan a José vivo, cuando Jesús tenía doce años. Durante la vida pública de Jesús, José ya no aparece, y en Nazaret se refieren a Jesús como “el hijo de María” (Mc 6,3).
«Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.» — Juan 19,26-27
Jesús confía su madre a Juan. Si José hubiera estado vivo, no habría hecho falta. Todos llegamos a la conclusión de que José había muerto antes, y nadie lo considera un “invento”, aunque no esté escrito.6 Es el mismo modo de razonar con el que la Iglesia, a la luz de toda la Escritura y la Tradición, reconoce verdades como la Asunción de María.
VIII. Las palabras que nacieron para defender la Biblia
A lo largo de la historia, cuando surgieron errores, la Iglesia tuvo que precisar con palabras nuevas lo que la Escritura enseñaba. En el año 325, frente a Arrio, que decía que Jesús era una criatura, el Concilio de Nicea afirmó que el Hijo es “de la misma naturaleza” que el Padre (homooúsios), una palabra que no está en la Biblia. En el año 431, el Concilio de Éfeso llamó a María “Madre de Dios” (Theotókos), para defender que Jesús es una sola persona, verdadero Dios y verdadero hombre (véanse “Jesús es Dios” y “María, Madre de Dios”).7
Estas palabras no añaden nada a la fe, sino que protegen lo que ya estaba en la Escritura. San Vicente de Lerins, en el siglo V, lo explicaba con una imagen: la doctrina crece como un niño que se hace adulto. Cambia de tamaño, pero sigue siendo la misma persona.8
Conclusión
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No hay que confundir las palabras con las realidades: no creemos en fórmulas, sino en lo que expresan.
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Palabras como “Trinidad”, “Biblia” o “rapto” no están en la Biblia, y quienes hacen la objeción las usan sin problema.
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“Infierno” sí está en muchas biblias, y “católico” viene de una expresión que aparece en Hechos 9,31.
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La regla de que “todo debe estar explícito en la Biblia” no está en la Biblia.
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La Escritura dice que no todo fue escrito y pide conservar la Tradición oral (Jn 21,25; 2 Tes 2,15).
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Jesús mismo dedujo la resurrección de un texto que no la menciona (Mt 22,31-32).
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Los apóstoles decidieron con autoridad cuestiones que la Escritura no resolvía (Hch 15,28).
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Todos creemos que José murió, aunque la Biblia no lo cuente, porque lo deducimos de ella.
No es lo mismo que una palabra no esté en la Biblia que una verdad no esté en la Biblia. La palabra “abuelo” no aparece en tu partida de nacimiento, pero tu abuelo existe: se deduce de quiénes son tus padres. Del mismo modo, muchas verdades de la fe no aparecen con su nombre, pero se desprenden de lo que la Escritura enseña.
Y una palabra sobre el tono. Responder con humor, como en el caso de san José, puede abrir la conversación y ayudar a que el otro vea lo débil de su argumento. Pero el humor debe servir para iluminar, no para humillar. San Pedro pide responder “con dulzura y respeto” (1 Pe 3,15-16), y una broma que deja en ridículo al otro puede ganar la discusión y perder al hermano.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 170.
2 CEC, n. 251-252. Teófilo de Antioquía, A Autólico, II, 15. Tertuliano, Contra Práxeas, 2-3.
3 San Ignacio de Antioquía, Carta a los esmirniotas, 8, 2. San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, XVIII, 23, sobre el sentido del nombre “católica”. CEC, n. 830-831.
4 Sobre el infierno: CEC, n. 1033-1035. Sobre el purgatorio: CEC, n. 1030-1032. Sobre la Asunción: CEC, n. 966.
5 CEC, n. 80-83. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum (1965), n. 8-9.
6 Sobre san José: San Juan Pablo II, exhortación apostólica Redemptoris custos (1989). Francisco, carta apostólica Patris corde (2020).
7 Concilio de Nicea (325) y Concilio de Éfeso (431): H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 125-126 y 251.
8 San Vicente de Lerins, Conmonitorio, 23. CEC, n. 66 y 94. Véase también J. H. Newman, Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana (1845).