«Desde que salí de la Iglesia católica tengo paz»
Introducción
Es una de las objeciones que más se escuchan, y una de las más difíciles de responder, porque no es un argumento sino una experiencia: “Cuando estaba en la Iglesia católica sufría. Desde que me salí, tengo paz. Ahora sí siento a Dios en mi vida”.
Hay que tomar en serio esta experiencia, porque muchas veces es real. Pero también hay que preguntarse si sentirse en paz es la prueba de haber encontrado la verdad. La Escritura responde que no: Jesús nunca prometió una vida sin sufrimiento, y la paz que Él da es distinta de la simple tranquilidad.
I. Primero, escuchar
«No habéis fortalecido a las ovejas débiles, no habéis cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida, no habéis tornado a la descarriada ni buscado a la perdida; sino que las habéis dominado con violencia y dureza.» — Ezequiel 34,4
Antes de responder, hay que reconocer que muchas personas sí sufrieron en la Iglesia. Algunas fueron tratadas con dureza o con indiferencia. Otras nunca recibieron una verdadera formación ni acompañamiento. Otras vivieron la fe como una lista de obligaciones, sin conocer a Cristo personalmente. Y algunas fueron heridas por pecados graves de quienes debían cuidarlas (véase “Los escándalos en la Iglesia”).
Los obispos de América Latina lo reconocieron en Aparecida: muchos católicos se van a otros grupos no por razones doctrinales, sino por razones vivenciales. Buscan una comunidad que los acoja, una relación personal con Dios y una Palabra que les hable a la vida, y no siempre la encontraron en sus parroquias.1 Por eso la primera respuesta no es un argumento, sino una pregunta: “¿Qué te hizo sufrir?”. Y, cuando corresponda, pedir perdón.
II. Los sentimientos no son la medida de la verdad
«Lo más retorcido es el corazón; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?» — Jeremías 17,9
«Hay camino que parece recto, pero, al cabo, es camino de muerte.» — Proverbios 14,12
Sentir paz es bueno, pero no prueba que se esté en la verdad. Una persona puede sentirse muy tranquila en un camino equivocado, y muy inquieta en el camino correcto. El sentimiento es real, pero puede tener muchas causas: una comunidad nueva y cálida, la atención que se recibe al llegar, o el alivio de haber dejado algo que exigía conversión.
La fe no es un movimiento ciego del corazón: se apoya en la Palabra de Dios y en razones que la hacen creíble.2 Si el criterio fuera “donde me siento bien, ahí está Dios”, la misma experiencia valdría para cualquier religión, para cualquier grupo, e incluso para quien deja toda fe. Y valdría también al revés: muchas personas que salieron de comunidades evangélicas o de los Testigos de Jehová dicen que solo encontraron la paz al volver a la Iglesia católica. Las experiencias van en todas las direcciones. Por eso no pueden ser la regla de la verdad.
III. Jesús no prometió una vida sin sufrimiento
«Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo.» — Juan 16,33
Jesús promete dos cosas a la vez: paz y tribulación. No dice “en mí tendréis paz y por eso ya no sufriréis”, sino “tendréis paz en mí” y “en el mundo tendréis tribulación”. La paz cristiana no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Cristo en medio de ellos.
«Confortando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a perseverar en la fe y diciéndoles: “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.”» — Hechos 14,22
Pablo y Bernabé no prometían a los nuevos cristianos una vida fácil. Les decían lo contrario: las tribulaciones son parte del camino hacia el Reino.
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.» — Lucas 9,23
«Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones.» — 2 Timoteo 3,12
El Evangelio nunca presenta la falta de sufrimiento como señal de estar en el camino correcto. Jesús habla de una cruz “cada día”, y Pablo de persecuciones para “todos” los que quieran vivir según Dios. Esto no significa que sufrir sea prueba de estar en la verdad: el sufrimiento tampoco prueba nada por sí solo. Pero sí significa que una fe que promete acabar con todo sufrimiento promete algo que Jesús no prometió.3
IV. La paz que da Cristo
«Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.» — Juan 14,27
Jesús distingue dos clases de paz. La del mundo es la tranquilidad que llega cuando las cosas van bien, cuando no hay conflictos o cuando nadie nos pide nada. La de Cristo es más profunda: puede existir en medio del dolor, porque nace de saberse amado por Dios y reconciliado con Él. Pablo la llama “la paz de Dios, que supera todo conocimiento” (Flp 4,7).4
«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» — Mateo 11,28-30
Jesús promete descanso, pero no quita el yugo: lo hace suave. El descanso cristiano no consiste en no tener carga, sino en llevarla con Él.
V. La alegría del comienzo
«El que fue sembrado en pedregal es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida.» — Mateo 13,20-21
Jesús advierte que la alegría del comienzo no garantiza la verdad ni la perseverancia. Hay una alegría que dura mientras todo es nuevo, y que desaparece cuando llegan las dificultades.
«Me maravillo de que abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro evangelio.» — Gálatas 1,6
Los gálatas habían recibido el Evangelio con gran alegría, y después se dejaron llevar por otra enseñanza. Pablo les pregunta: “¿Dónde está ahora vuestra dicha?” (Gál 4,15). Los sentimientos cambian. Lo que permanece es la verdad.
VI. Un hospital, no un club de perfectos
«No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.» — Marcos 2,17
La Iglesia no es un club de perfectos, sino un hospital de pecadores. En un hospital hay enfermos, tratamientos que duelen y médicos que a veces se equivocan. Pero nadie diría que la salud está fuera del hospital porque allí uno ya no siente el dolor del tratamiento. Muchas veces, la incomodidad que sentimos en la Iglesia es la de la conversión: la Palabra nos confronta, el pecado se hace visible y la medicina empieza a actuar.
Jesús anunció también que en su campo crecerían juntos el trigo y la cizaña hasta el final (Mt 13,30). Encontrar pecadores en la Iglesia no es una sorpresa: es lo que Él dijo que pasaría. La Iglesia es santa por Cristo, pero formada por pecadores, y por eso siempre necesita purificación.5 El papa Francisco la describió como un “hospital de campaña”, y dijo que prefería una Iglesia herida por salir a la calle que una Iglesia enferma por encerrarse en sus seguridades.6
VII. “¿También vosotros queréis marcharos?”
«Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” Le respondió Simón Pedro: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.”» — Juan 6,66-68
Cuando Jesús anunció que daría su carne como alimento, muchos lo encontraron demasiado duro y se fueron (véase “El verdadero culto”). Seguramente se sintieron aliviados al irse. Jesús no los retuvo bajando la exigencia de su enseñanza. Y Pedro se quedó, no porque fuera más fácil, sino porque había encontrado en Jesús “palabras de vida eterna”.
La pregunta decisiva no es “¿dónde me siento mejor?”, sino “¿dónde está la verdad que Cristo enseñó?”. Pedro no entendía del todo, pero sabía que dejar a Cristo, aunque aliviara la dificultad del momento, era perder la vida eterna.
VIII. Paz verdadera y paz falsa
«Y han curado el quebranto de mi pueblo a la ligera, diciendo: “¡Paz, paz!”, cuando no había paz.» — Jeremías 6,14
Los profetas denunciaban a quienes prometían paz sin exigir conversión. Hay una paz falsa que consiste en no sentirse confrontado. San Pablo advierte también que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor 11,14), y san Ignacio de Loyola enseñaba que el mal espíritu puede dar una falsa consolación para alejar a una persona del bien mayor.7
¿Cómo distinguir la paz verdadera? Por sus frutos y por su duración. La paz que viene de Dios va unida a la verdad, a la humildad, a la caridad con todos, incluidos aquellos de quienes uno se separó, y a la perseverancia en las pruebas. El Espíritu da “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gál 5,22-23), no solo una de esas cosas.
IX. La paz que ofrece la Iglesia
«Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.”… Dicho esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados.”» — Juan 20,19.22-23
Es significativo que, la tarde de la Resurrección, Jesús uniera el don de la paz con el poder de perdonar los pecados. Muchos católicos que se fueron nunca conocieron de verdad la paz de una buena confesión, que la Iglesia describe como una reconciliación que trae serenidad de conciencia y un profundo consuelo espiritual (véase “¿Por qué confesarme con un sacerdote?“).8 Tampoco descubrieron el encuentro con Cristo en la Eucaristía, la Palabra meditada o una comunidad que los acompañara.
A menudo, lo que estas personas encontraron fuera fue algo que la Iglesia también tiene, pero que no les supimos ofrecer: una relación personal con Jesús, la Biblia leída y orada, y una comunidad cercana.
X. Cómo responder en el diálogo
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Escuchar sin interrumpir. Preguntar qué le hizo sufrir, y creerle.
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Reconocer lo que fue real, y pedir perdón cuando corresponda, en nombre de la Iglesia.
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Alegrarse por lo bueno que ha encontrado: si ahora lee la Biblia, ora y ama más a Jesús, eso viene de Dios.
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Preguntar con respeto: “¿Sentirse en paz demuestra que algo es verdad? ¿Qué harías si un día dejaras de sentir esa paz?”.
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Mostrar lo que Jesús prometió de verdad: paz en Él, pero también tribulación en el mundo (Jn 16,33).
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Invitar sin presionar: a conocer lo que tal vez nunca conoció de la Iglesia, como una buena confesión, la Eucaristía vivida o una comunidad parroquial viva.
Conclusión
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Muchas personas sufrieron de verdad en la Iglesia, y hay que escucharlas y reconocerlo.
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Sentirse en paz no prueba que se esté en la verdad: el corazón puede engañarse, y las experiencias van en todas las direcciones (Jer 17,9; Prov 14,12).
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Jesús prometió paz en Él y tribulación en el mundo, a la vez (Jn 16,33; Hch 14,22).
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La paz de Cristo no es la ausencia de problemas, sino su presencia en medio de ellos (Jn 14,27).
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La alegría del comienzo no garantiza la perseverancia (Mt 13,20-21).
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La Iglesia es un hospital de pecadores, no un club de perfectos (Mc 2,17).
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Ante una enseñanza difícil, la pregunta no es “¿dónde me siento mejor?”, sino “¿a quién iremos?” (Jn 6,68).
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La Iglesia ofrece una paz profunda en la reconciliación, la Eucaristía y la Palabra, que muchos nunca llegaron a conocer.
No es lo mismo sentirse bien que estar sano. Un analgésico quita el dolor, pero no cura la enfermedad. Una medicina, en cambio, a veces molesta, pero sana de verdad. La paz de Cristo no siempre es la que más rápido quita el dolor, sino la que sana desde dentro.
Y esta objeción es, sobre todo, un examen de conciencia para los católicos. Si alguien encontró fuera de la Iglesia la acogida, la Palabra y la cercanía que no encontró dentro, la mejor respuesta no es un argumento, sino una parroquia que acoja, una comunidad que acompañe y unos católicos que vivan con alegría la paz que Cristo les dio.
Notas bibliográficas
1 V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (2007), n. 225-226.
2 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 156-159.
3 CEC, n. 618 y 2015.
4 CEC, n. 2304-2305.
5 CEC, n. 827.
6 Francisco, entrevista con Antonio Spadaro, La Civiltà Cattolica (2013); exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013), n. 49.
7 San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, Reglas de discernimiento de espíritus para la segunda semana, n. 329-334.
8 CEC, n. 1468 y 1496.