¿Es la Iglesia católica la gran ramera?
Introducción
Es una de las acusaciones más fuertes que se escuchan contra la Iglesia: “La Iglesia católica es la gran ramera del Apocalipsis, la Babilonia de la que hay que salir, y el Papa es la Bestia”. Muchas personas lo repiten de buena fe, porque lo escucharon de sus pastores, sin haber leído nunca con atención los capítulos 17 a 19 del Apocalipsis.
La acusación no es antigua. Durante quince siglos, ningún cristiano identificó a la Iglesia con la ramera. La idea nació en la Reforma: en 1520, Lutero escribió La cautividad babilónica de la Iglesia, y más tarde varias confesiones protestantes llamaron al Papa “el Anticristo”. En el siglo XIX la popularizó el libro de Alexander Hislop Las dos Babilonias (1853), que hoy los historiadores consideran sin fundamento. Hasta un autor evangélico, Ralph Woodrow, que había difundido esas ideas, terminó retractándose públicamente en 1997, después de comprobar que no tenían base.1
Veamos lo que dice realmente el texto.
I. La mujer es una ciudad
«Vino uno de los siete Ángeles que llevaban las siete copas y me habló: “Ven, que te voy a mostrar el juicio de la célebre Ramera, que se sienta sobre grandes aguas, con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución.”» — Apocalipsis 17,1-2
«Y en su frente un nombre escrito, un misterio: “La Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.”» — Apocalipsis 17,5
«Y la mujer que has visto es la Gran Ciudad, la que tiene la realeza sobre los reyes de la tierra.» — Apocalipsis 17,18
El mismo Apocalipsis explica quién es la mujer: “es la Gran Ciudad”. No dice que sea una religión, ni una Iglesia. Es una ciudad que “tiene la realeza sobre los reyes de la tierra”, es decir, que gobierna sobre otros reyes. Cuando Juan escribía, hacia el año 95, había una sola ciudad que reinaba sobre los reyes del mundo conocido: Roma, la capital del Imperio.
II. Babilonia: un imperio, no una religión
En el Antiguo Testamento, Babilonia era el imperio que destruyó Jerusalén y su Templo en el año 587 antes de Cristo, y que llevó al pueblo al exilio (2 Re 25). Era el símbolo del poder pagano que oprime al pueblo de Dios.
En el año 70 después de Cristo, Roma hizo lo mismo que Babilonia: destruyó Jerusalén y su Templo. Por eso, en la época del Apocalipsis, los judíos y los cristianos empezaron a llamar a Roma “Babilonia”.2
«Os saluda la que está en Babilonia, elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos.» — 1 Pedro 5,13
Pedro escribe desde Roma, y la llama “Babilonia”. Este texto es muy útil en el diálogo: muestra que los primeros cristianos usaban el nombre de “Babilonia” para referirse a la Roma pagana, y que la comunidad cristiana que vivía allí era “elegida”, no la ramera (véase “El Papa”).
III. Siete colinas, reyes y mercaderes
«Las siete cabezas son siete colinas sobre las que se asienta la mujer.» — Apocalipsis 17,9
Roma era conocida en todo el Imperio como “la ciudad de las siete colinas”. Ningún lector del siglo I tenía dudas sobre a quién se refería el texto.
«Lloran y se lamentan por ella los mercaderes de la tierra, porque nadie compra ya sus cargamentos: cargamentos de oro y plata… caballos, carros, esclavos y mercancía humana.» — Apocalipsis 18,11-13
El capítulo 18 describe una gran potencia comercial, a la que llegaban mercancías de todo el mundo, incluidos esclavos. Así era la economía del Imperio romano, que se sostenía en buena parte gracias a millones de esclavos.
IV. Ebria de la sangre de los mártires
«Y vi que la mujer se embriagaba con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires de Jesús.» — Apocalipsis 17,6
«Y en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de todos los degollados de la tierra.» — Apocalipsis 18,24
La ramera persigue y mata a los cristianos. Cuando se escribió el Apocalipsis, ¿quién mataba a los cristianos? El Imperio romano. Hacia el año 64, el emperador Nerón culpó a los cristianos del incendio de Roma, y el historiador romano Tácito cuenta que muchos fueron crucificados, despedazados por perros o quemados como antorchas para iluminar los jardines del emperador.3 En esa persecución murieron san Pedro y san Pablo, según lo recuerda san Clemente de Roma hacia el año 96.
Y aquí está lo decisivo: la comunidad cristiana de Roma, la Iglesia que Pedro y Pablo habían edificado, no era la que mataba a los mártires, sino la que ponía los mártires. La Iglesia de Roma no era “Babilonia”: era su víctima.
Algunos responden: “Pero el Papa vive en Roma, así que se refiere a la Iglesia”. Es al revés. Que la Iglesia esté en Roma se debe a que allí murieron mártires Pedro y Pablo, asesinados precisamente por la “Babilonia” del Apocalipsis.
V. La “ramera” en los profetas
«¡Cómo se ha vuelto ramera la villa leal!» — Isaías 1,21
En la Biblia, la imagen de la “ramera” se usa para describir a una ciudad que es infiel a Dios: por su idolatría, por su injusticia o por su ambición de riquezas. Los profetas llaman “ramera” a Jerusalén cuando se aparta de Dios (Is 1,21; Ez 16), pero también a ciudades paganas: a Nínive, la capital de Asiria (Nah 3,4), y a Tiro, la gran ciudad comerciante, que “fornicará con todos los reinos de la tierra” (Is 23,17). En todos los casos, la “ramera” es una ciudad, no una religión. El Apocalipsis usa la misma imagen para la gran ciudad de su tiempo: Roma.
Algunos estudiosos piensan que la ramera podría ser la Jerusalén que rechazó a Cristo, porque el Apocalipsis llama “la Gran Ciudad” también al lugar “donde su Señor fue crucificado” (Ap 11,8). La mayoría la identifica con Roma. Pero ninguna de las dos lecturas la identifica con la Iglesia.
VI. La Ramera y la Esposa
«Después oí en el cielo como un gran ruido de muchedumbre inmensa que decía: “¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos; porque ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos.”… “Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura.” El lino son las buenas acciones de los santos.» — Apocalipsis 19,1-2.7-8
El Apocalipsis presenta a dos mujeres enfrentadas: la Ramera, que persigue a los santos y es juzgada, y la Esposa del Cordero, que se viste de las buenas obras de los santos y celebra sus bodas. Son lo opuesto la una de la otra.
«Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo… “Ven, que te voy a enseñar la Novia, la Esposa del Cordero.”» — Apocalipsis 21,2.9
¿Quién es la Esposa del Cordero? San Pablo lo dice claramente:
«Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada… Gran misterio es este, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.» — Efesios 5,25-27.32
La Iglesia no es la Ramera, sino la Esposa de Cristo, por la que Él se entregó (cf. 2 Cor 11,2).4 Confundir a la Esposa con la Ramera es confundir a la víctima con el verdugo.
VII. “Las puertas del Hades no prevalecerán”
«Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.» — Mateo 16,18
Si la Iglesia que Cristo fundó sobre Pedro se hubiera convertido en la gran Ramera, el poder del mal habría prevalecido contra ella, y la promesa de Cristo habría fallado. Pero Cristo prometió estar con su Iglesia “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20; véase “¿Murió la Iglesia con el último apóstol?”). La Iglesia está formada por pecadores, y siempre necesita purificación. Pero sigue siendo la Esposa de Cristo, no su enemiga.
VIII. Una contradicción: Constantino
Muchos que acusan a la Iglesia de ser la Ramera dicen también que la Iglesia católica la fundó el emperador Constantino, en el siglo IV. Pero las dos acusaciones no pueden ser verdad a la vez. Si la Iglesia católica nació en el siglo IV, no podía aparecer en un libro escrito hacia el año 95. Y si ya existía cuando se escribió el Apocalipsis, entonces no la fundó Constantino, sino que viene de los apóstoles.
IX. ¿Y el Papa, la Bestia?
La Bestia del Apocalipsis (Ap 13) y el número 666 se explican en el tema “El Anticristo y los últimos tiempos”. En resumen: la Bestia representa al poder político que persigue a los cristianos y exige que se le adore. En tiempos de Juan, ese poder era el Imperio romano, que obligaba a rendir culto al emperador. Y el número 666 corresponde, según una antigua forma de calcular el valor de las letras, al nombre “Nerón César” escrito en hebreo.5
Además, la acusación cambia con cada Papa. Se ha dicho que la Bestia era Juan Pablo II, después Benedicto XVI, después Francisco, y ahora León XIV. Si cada Papa es “la Bestia”, ninguno lo es realmente. Y si la acusación solo empezó en el siglo XVI, ¿quién era la Bestia durante los quince siglos anteriores?
X. ¿Quién es, entonces, el anticristo?
«Hijos míos, es la última hora. Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido… ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.» — 1 Juan 2,18.22
Juan, el mismo autor del Apocalipsis según la tradición, define al anticristo: es el que niega que Jesús es el Cristo y niega al Padre y al Hijo. Y añade que son “muchos”. El anticristo no es un cargo, como el de Papa, sino una actitud: rechazar a Cristo.
El Papa confiesa cada día que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. No puede ser el anticristo según la definición de la Biblia.
Este criterio vale con justicia para todos. La mayoría de nuestros hermanos evangélicos también confiesan que Jesús es el Hijo de Dios, y por eso no son “anticristos”, sino hermanos separados, aunque estemos en desacuerdo en muchas doctrinas.6 El peligro del que habla Juan está en quienes niegan al Padre y al Hijo, o niegan que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre (1 Jn 4,2-3; 2 Jn 7).
XI. Cómo responder en el diálogo
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Pedir que lean el texto: “¿Qué dice Apocalipsis 17,18 que es la mujer?”.
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Preguntar por la historia: “Cuando se escribió el Apocalipsis, ¿quién mataba a los cristianos?”.
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Mostrar a la Esposa: “En Apocalipsis 19 aparecen la Ramera y la Esposa. Según Efesios 5, ¿quién es la Esposa de Cristo?”.
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Señalar la contradicción: “Si la fundó Constantino en el siglo IV, ¿cómo puede aparecer en un libro del siglo I?”.
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Preguntar por la definición: “Según 1 Juan 2,22, ¿quién es el anticristo? ¿El Papa niega que Jesús es el Cristo?”.
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Responder sin ofender: el insulto se responde con la Palabra de Dios, no con otro insulto.
Conclusión
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El Apocalipsis dice que la mujer “es la Gran Ciudad, la que tiene la realeza sobre los reyes de la tierra” (Ap 17,18), no una religión ni una Iglesia.
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Babilonia era un imperio. En tiempos de Juan, los cristianos llamaban así a Roma, la ciudad de las siete colinas (1 Pe 5,13; Ap 17,9).
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La Ramera se embriaga con la sangre de los mártires (Ap 17,6). La Roma imperial los mataba, y la Iglesia de Roma ponía los mártires.
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En los profetas, la “ramera” es siempre una ciudad infiel, como Jerusalén, Nínive o Tiro.
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El Apocalipsis contrapone a la Ramera y a la Esposa del Cordero, y la Esposa es la Iglesia (Ap 19,7-8; Ef 5,25-32).
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Si la Iglesia se hubiera convertido en la Ramera, las puertas del Hades habrían prevalecido contra ella (Mt 16,18).
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No se puede decir a la vez que Constantino fundó la Iglesia y que la Iglesia es la Ramera del Apocalipsis.
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El anticristo es el que niega que Jesús es el Cristo y niega al Padre y al Hijo (1 Jn 2,22), y el Papa confiesa todo eso.
No es lo mismo la Esposa que la Ramera, ni la víctima que el verdugo. La Ramera del Apocalipsis mataba a los mártires; la Iglesia es la que los dio. Acusar a la Iglesia de ser la Ramera es como acusar a la familia de un asesinado de haber cometido el asesinato.
Muchos de quienes repiten esta acusación lo hacen sin mala fe, porque se lo enseñaron así. Por eso la mejor respuesta no es devolver el insulto, sino abrir la Biblia con ellos y leerla juntos con calma. Muchos descubren entonces que les habían enseñado algo que el texto no dice. Y a nosotros, los católicos, este tema nos recuerda la tarea que el mismo padre señalaba: conocer nuestra fe para poder darla a conocer y defenderla.
Notas bibliográficas
1 Martín Lutero, La cautividad babilónica de la Iglesia (1520). Artículos de Esmalcalda (1537). Confesión de fe de Westminster (1646), cap. 25, 6. Alexander Hislop, The Two Babylons (1853). Ralph Woodrow, Babylon Mystery Religion (1966) y su retractación en The Babylon Connection? (1997). Véase también el tema “El Anticristo y los últimos tiempos”.
2 San Agustín, La ciudad de Dios, XVIII, 2 y 22, donde llama a Roma una “segunda Babilonia”. Tertuliano, Contra Marción, III, 13. También la literatura judía de la época, como el libro de 4 Esdras, usa “Babilonia” para referirse a Roma.
3 Tácito, Anales, XV, 44. San Clemente de Roma, Carta a los Corintios, 5-6.
4 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 796, 823 y 827.
5 CEC, n. 675-677. San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, V, 30.
6 Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio (1964), n. 3. CEC, n. 818.