¿Existe Dios?
Introducción
Cada vez más personas, sobre todo jóvenes, dicen que no creen en Dios o que no pertenecen a ninguna religión. En Colombia, los estudios sobre diversidad religiosa muestran que en los últimos veinte o treinta años han aumentado los ateos, los agnósticos y los creyentes que no se identifican con ninguna religión. Entre los jóvenes, la proporción es todavía mayor.
Muchas veces no se trata de un ateísmo pensado, sino de indiferencia: Dios no parece necesario, la fe parece algo del pasado, o la ciencia parece haberlo explicado todo. Este tema no busca “demostrar” a Dios como se demuestra un teorema, sino mostrar que creer en Él es razonable, y que la razón, la creación, la conciencia y el corazón humano apuntan hacia Él.
La Iglesia enseña que el ser humano puede conocer con certeza la existencia de Dios mediante la luz de la razón, a partir de las cosas creadas.1 Pero enseña también que la razón sola no basta para conocerlo plenamente, y que Dios mismo salió a nuestro encuentro en Jesucristo.
I. La creación habla de su Autor
«Sí, vanos por naturaleza todos los hombres en quienes había ignorancia de Dios y no fueron capaces de conocer por las cosas buenas que se ven a Aquel que es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice… Que si, cautivados por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de estos, pues fue el Autor mismo de la belleza quien los creó… pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor.» — Sabiduría 13,1.3.5
El libro de la Sabiduría hace una observación sencilla: la belleza y la grandeza del mundo hablan de alguien que las hizo. Quien se queda admirando la creación sin preguntarse por su Autor se queda a mitad de camino. Es como admirar una pintura sin preguntarse quién la pintó.
«Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables.» — Romanos 1,20
San Pablo enseña lo mismo: a Dios no lo vemos con los ojos, pero lo “ve la inteligencia” a través de lo que hizo. Y “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Sal 19,2).
II. ¿Por qué existe algo, y no nada?
Es quizá la pregunta más profunda que puede hacerse un ser humano. Todo lo que vemos existe porque otra cosa lo causó: nosotros, por nuestros padres; los árboles, por las semillas; las estrellas. Pero si todo depende de otra cosa, la cadena no puede ser infinita, porque entonces nada explicaría por qué existe algo. Tiene que haber una realidad que no dependa de nada, que exista por sí misma y que haya dado origen a todo lo demás. A esa realidad la llamamos Dios. Es, en forma sencilla, el razonamiento que santo Tomás de Aquino presentó en sus “cinco vías”.2
Además, la ciencia moderna ha descubierto que el universo tuvo un comienzo, hace unos 13.800 millones de años. Lo propuso por primera vez un sacerdote católico, Georges Lemaître, con la teoría que hoy conocemos como Big Bang (véase “La Iglesia, la ciencia y la Inquisición”). Si el universo comenzó a existir, cabe preguntarse qué lo hizo existir.
«Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de manera que lo que se ve resultase de lo que no aparece.» — Hebreos 11,3
III. Un universo ordenado
«Pero tú todo lo dispusiste con medida, número y peso.» — Sabiduría 11,20
El universo no solo existe: está ordenado. Funciona según leyes matemáticas precisas, que la ciencia puede descubrir precisamente porque el mundo es inteligible. Muchos físicos señalan, además, que si algunas constantes de la naturaleza, como la fuerza de la gravedad, fueran apenas un poco distintas, no podrían existir ni las estrellas ni la vida. A esta observación se la conoce como el “principio antrópico” (del griego ánthropos, “hombre”): el universo parece tener exactamente las condiciones necesarias para que pueda surgir la vida humana. Algunos científicos explican este ajuste con hipótesis como la de muchos universos posibles, y el debate sigue abierto. Pero a muchos otros este orden les parece una huella de inteligencia.3
Lo mismo ocurre con la vida. Cada célula contiene en su ADN una cantidad enorme de información, organizada como un lenguaje. La experiencia nos dice que la información y el orden suelen venir de una inteligencia. Si encontráramos un mensaje escrito en la arena, nadie pensaría que lo escribieron las olas.
IV. La ley escrita en el corazón
«En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley… muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia.» — Romanos 2,14-15
Todos los seres humanos, de cualquier cultura, saben que hay cosas que están bien y cosas que están mal: que no se debe traicionar a un amigo, que abusar de un niño es un mal terrible, que la justicia es mejor que la injusticia. Discutimos sobre muchos casos concretos, pero todos sentimos que existe un “deber” que no inventamos nosotros. Cuando alguien nos trata injustamente, protestamos como si hubiera una ley que todos deberían cumplir.
Si no hubiera Dios, el bien y el mal serían solo opiniones o costumbres. Pero la conciencia nos dice que no lo son. Esa ley interior apunta a un Legislador: alguien que es el Bien mismo y que nos llama a él.4
V. Un corazón hecho para lo infinito
«Con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos.» — Hechos 17,27-28
El ser humano desea siempre más. Ningún éxito, ninguna relación ni ningún placer lo satisfacen del todo. Tenemos hambre, y existe la comida; tenemos sed, y existe el agua. Si tenemos un deseo de infinito que nada en este mundo llena, es razonable pensar que fuimos hechos para algo, o para Alguien, que está más allá de este mundo. San Agustín lo expresó en una oración famosa: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.5
«Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?» — Mateo 16,26
Jesús plantea la pregunta definitiva. Se puede tener éxito, seguidores, dinero y placer, y aun así perder lo más importante. Muchos jóvenes lo experimentan: tener muchas cosas y sentirse vacíos.
VI. “Dice el insensato: ¡No hay Dios!”
«Dice en su corazón el insensato: “¡No hay Dios!” Corrompidos están, de conducta abominable, no hay quien haga el bien.» — Salmo 14,1
El “insensato” del salmo no es una persona sin inteligencia. Es quien decide vivir como si Dios no existiera. El salmo lo dice “en su corazón”: muchas veces, el rechazo de Dios no nace de un razonamiento, sino de una elección de vida.
«Porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos… Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón.» — Romanos 1,21-22.24
Pablo describe un proceso: cuando el ser humano deja de dar gracias a Dios, su razonamiento se oscurece, y termina siendo esclavo de sus propios deseos.
«Luego, con el tiempo, se consolidó esta impía costumbre y fue observada como ley.» — Sabiduría 14,16
«Luego, no les bastó errar acerca del conocimiento de Dios, sino que, viviendo en una gran guerra por su ignorancia, a tamaños males los llaman paz.» — Sabiduría 14,22
Estos versículos parecen escritos para hoy. Cuando una sociedad se olvida de Dios, las costumbres contrarias a la dignidad humana terminan convertidas en ley, y se llama “paz” o “libertad” a lo que en realidad destruye a las personas. Muchos jóvenes viven en medio de esa “gran guerra”: ansiedad, soledad, adicciones y relaciones rotas. Y a veces se les dice que eso es la libertad.
VII. Los límites de la razón
«Los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas, pues un cuerpo corruptible agobia el alma y esta tienda de tierra abruma el espíritu lleno de preocupaciones. Trabajosamente conjeturamos lo que hay sobre la tierra y con fatiga hallamos lo que está a nuestro alcance; ¿quién, entonces, ha rastreado lo que está en los cielos? ¿Quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu santo espíritu?» — Sabiduría 9,14-17
La razón puede llegar a saber que Dios existe, pero no puede conocer por sí sola quién es Dios ni qué quiere de nosotros. Por mucho que estudiemos, no podemos abarcar a Dios con nuestra mente. Es como intentar meter el océano en un balde. Por eso Dios mismo decidió revelarse: hablarnos y mostrarse.6
VIII. Dios se dio a conocer en Jesucristo
«A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.» — Juan 1,18
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.» — Juan 14,9
La fe cristiana no es solo la conclusión de un razonamiento sobre un “ser supremo”. Es la respuesta a alguien que vino a nuestro encuentro: Jesucristo. En Él, Dios tiene un rostro, una voz y una historia. Y la Resurrección es el hecho que confirma que Jesús es quien dijo ser (véanse “Jesús es Dios” y “La Resurrección de Cristo”).
IX. Un amor que excede todo conocimiento
«Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios.» — Efesios 3,17-19
Este es el punto al que llevan todos los argumentos. Las razones pueden conducir hasta la puerta, pero lo que abre la puerta es el amor. Pablo no pide solo saber cosas sobre Dios, sino “conocer el amor de Cristo”, que va más allá de lo que la mente puede abarcar. Porque “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Blaise Pascal, matemático y creyente, lo decía así: “El corazón tiene razones que la razón no conoce”.7
X. Objeciones frecuentes
“La ciencia ya lo explicó todo.” La ciencia explica cómo funciona el universo, pero no por qué existe. Sus preguntas y las de la fe son distintas. Y muchos de los grandes científicos de la historia, como Copérnico, Kepler, Newton, Mendel o Lemaître, fueron creyentes.
“Si Dios existe, ¿por qué hay tanto mal?” Es la objeción más seria, y merece una respuesta seria (véase “¿Por qué existe el mal?”). Pero hay algo curioso: si no hubiera Dios, tampoco habría un bien absoluto, y entonces no podríamos llamar “mal” a nada. La misma indignación ante el mal supone que existe el bien.
“No lo veo, así que no existe.” Tampoco vemos el amor, la justicia ni el pensamiento, y son reales. Jesús lo comparaba con el viento: “oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va” (Jn 3,8). No vemos el viento, pero vemos moverse los árboles.
“La religión es un invento para controlar a la gente.” Es cierto que la religión se ha usado a veces para dominar, y la Iglesia lo ha reconocido. Pero que algo se pueda usar mal no prueba que sea falso. También la ciencia y la política se han usado para dominar.
XI. Cómo acompañar a quien duda
«Me buscaréis y me encontraréis cuando me solicitéis de todo corazón.» — Jeremías 29,13
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Escuchar sin escandalizarse. Las dudas no son un pecado. El padre del niño enfermo le dijo a Jesús: “¡Creo, ayuda a mi poca fe!” (Mc 9,24), y Jesús lo escuchó. Tomás dudó, y Jesús lo buscó (Jn 20,24-29).
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Preguntar qué hay detrás. A veces la duda es intelectual, pero muchas veces nace de una herida, una decepción con la Iglesia o el dolor ante un sufrimiento.
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Ofrecer razones, sin pretender ganar una discusión. Los argumentos abren caminos, pero nadie cree por haber perdido un debate.
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Dar testimonio. Lo que más convence a un joven no es un argumento, sino ver a alguien que vive con alegría porque ha encontrado a Dios.
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Invitar a la experiencia. Jesús no empezó explicando, sino invitando: “Venid y lo veréis” (Jn 1,39). Invitar a rezar, a leer el Evangelio, a servir a los pobres o a vivir una experiencia de comunidad.
Conclusión
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La belleza y la grandeza de la creación hablan de su Autor (Sab 13,5; Rom 1,20).
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Si todo depende de otra cosa, tiene que existir una realidad que no dependa de nada: Dios.
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El orden del universo y la información de la vida apuntan a una inteligencia (Sab 11,20).
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La conciencia moral es una ley escrita en el corazón que apunta a un Legislador (Rom 2,15).
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El corazón humano desea un infinito que nada en este mundo llena (Hch 17,27-28).
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Vivir como si Dios no existiera oscurece la razón y lleva a llamar “paz” a grandes males (Sal 14,1; Rom 1,21; Sab 14,22).
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La razón puede saber que Dios existe, pero solo Dios puede mostrarnos quién es (Sab 9,13-17).
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Dios se dio a conocer en Jesucristo, y su amor excede todo conocimiento (Jn 1,18; Ef 3,19).
No es lo mismo saber que Dios existe que conocer a Dios. Se puede saber que existe una persona sin haberla tratado nunca. Las razones nos dicen que Dios existe; el encuentro con Cristo nos permite conocerlo y amarlo.
Con los jóvenes, el camino no suele empezar por los argumentos, sino por una pregunta sincera sobre el sentido de la vida, el vacío o el sufrimiento. Las razones son importantes, porque muestran que la fe no es irracional. Pero el corazón solo se convence cuando descubre que es amado. Y de nada sirve ganar todos los debates si no se ayuda al otro a encontrarse con el amor de Cristo, “que excede a todo conocimiento”.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 31-36. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius (1870), cap. 2: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 3004.
2 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 2, a. 3.
3 Sobre el principio antrópico, la expresión la propuso el astrofísico Brandon Carter en 1973. Para profundizar: J. D. Barrow y F. J. Tipler, The Anthropic Cosmological Principle (Oxford: Oxford University Press, 1986), obra de referencia sobre el tema; M. Rees, Seis números nada más: las fuerzas profundas que amoldan el universo (Barcelona: Debate, 2001), una introducción accesible escrita por un astrónomo no creyente, que presenta el multiverso como alternativa; R. J. Spitzer, New Proofs for the Existence of God (Grand Rapids: Eerdmans, 2010), desde una perspectiva católica. Véase también san Juan Pablo II, Carta al P. George Coyne, director del Observatorio Vaticano (1 de junio de 1988), sobre el diálogo entre ciencia y fe.
4 CEC, n. 1776-1778 y 1954-1956. C. S. Lewis, Mero cristianismo (1952), libro I.
5 San Agustín, Confesiones, I, 1, 1. CEC, n. 27-30.
6 CEC, n. 37-38 y 50-53.
7 Blaise Pascal, Pensamientos, n. 423 (ed. Lafuma). San Juan Pablo II, encíclica Fides et ratio (1998). Francisco, encíclica Lumen fidei (2013), y exhortación apostólica Christus vivit (2019), dirigida a los jóvenes.