¿La Iglesia son “los que hacen la voluntad de Dios”? (Mateo 12,50)
Algunos hermanos separados dicen: “La Iglesia de Dios no es una institución. Son los que hacen la voluntad de Dios, estén donde estén”, y citan las palabras de Jesús en Mateo 12,50. Suena bien, y tiene algo de verdad: sin obediencia a Dios, nadie se salva. Pero el texto no habla de la Iglesia, sino de la familia de Jesús. Además, la pregunta de fondo es otra: ¿qué es lo que Dios quiere? Si leemos la Escritura completa, hacer la voluntad del Padre nos lleva a la Iglesia, no nos dispensa de ella.
1. Lo que dice, y lo que no dice, Mateo 12,50
«Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él… Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.”» — Mateo 12,46.49-50
El contexto es una escena de familia: llegan sus parientes y Jesús aprovecha para enseñar que hay un parentesco más profundo que el de la sangre, el de la fe y la obediencia. Jesús no está definiendo qué es la Iglesia ni diciendo que no haga falta pertenecer a ella. Señala a sus discípulos, el grupo concreto que lo seguía y del que saldrían los Doce. No señala a “cualquiera que, por su cuenta, crea hacer el bien”.
Tampoco está despreciando a su madre. La primera que hizo la voluntad del Padre fue precisamente María:
«Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.”» — Lucas 1,38
Por eso San Agustín comenta que María fue más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser su madre1. Jesús no la saca de la familia: muestra por qué ella es la primera de esa familia (cf. Lc 11,27-28).
2. La familia de Dios tiene una casa, y esa casa es la Iglesia
«Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo.» — Efesios 2,19-20
«La casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.» — 1 Timoteo 3,15
Si los que hacen la voluntad de Dios son “la familia de Jesús”, la Biblia dice dónde vive esa familia: en “la casa de Dios, que es la Iglesia”. Y esa casa no flota en el aire: está “edificada sobre el cimiento de los apóstoles”. Ninguna familia vive en la calle, sin techo, sin mesa y sin padres. Decir “soy de la familia, pero no quiero entrar a la casa” es como el hijo que dice amar a sus papás pero nunca va a comer con ellos.
3. ¿Cuál es la voluntad del Padre? Jesús lo dice en Juan 6
«Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado… Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.» — Juan 6,38.40
El que dice “basta con hacer la voluntad del Padre” tiene que preguntarse qué incluye esa voluntad. Jesús lo explica en ese discurso, y pocos versículos después dice qué significa creer en Él:
«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo… En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.» — Juan 6,51.53
Si el Señor mandó comer su carne y beber su sangre, ¿cómo puede alguien decir que hace la voluntad del Padre si no lo obedece? Es como decir “yo cumplo todas las indicaciones del médico” sin tomarse el medicamento que él recetó. Y Jesús no lo dejó como sugerencia: en la Última Cena lo dio como mandato.
«Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.”» — Lucas 22,19
“Haced esto” es un imperativo. Por eso los primeros cristianos se reunían a celebrar la Eucaristía, y desde muy pronto ya había quienes se apartaban. San Ignacio de Antioquía, hacia el año 107, escribió que algunos herejes “se apartan de la Eucaristía y de la oración porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo”2. ¡Lo mismo que pasó en Juan 6!
«Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él.» — Juan 6,66
Jesús no los llamó para suavizar sus palabras. Dejó que se fueran. Hacer la voluntad del Padre no es escoger del Evangelio lo que me parece cómodo.
4. La voluntad de Dios tiene mandatos concretos
«Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.» — Mateo 28,19-20
Jesús no dice “enseñadles a hacer el bien como cada uno lo entienda”, sino “a guardar todo lo que yo os he mandado”. Eso incluye el bautismo (Jn 3,5), la Eucaristía (Lc 22,19), el perdón de los pecados por medio de los apóstoles (Jn 20,22-23) y la unidad (Jn 17,21). Quien define la voluntad de Dios a su manera termina fabricando un Dios a su medida. Es como un empleado que dice “yo hago lo que la empresa quiere”, pero no llega a la hora, no sigue el manual ni escucha a su jefe.
5. La voluntad de Dios incluye escuchar a los que Él envía
«Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.» — Lucas 10,16
«Si no les hace caso, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.» — Mateo 18,17
Fíjate en la cadena de Lucas 10,16: el Padre envía al Hijo, y el Hijo envía a los suyos. Rechazar a los enviados es rechazar al Padre. Entonces no se puede decir “yo hago la voluntad del Padre” mientras se rechaza a la Iglesia que el Hijo envió. En Mateo 18,17 Jesús pone a la comunidad, la ekklesía, como la última instancia para resolver un conflicto. Esto también desmonta la definición “la Iglesia es quien hace la voluntad de Dios”: si cada uno decide qué es la voluntad de Dios, ¿quién puede corregir a quién? No habría a quién “decírselo”.
6. Saúl: hacer cosas “religiosas” a mi manera no es obedecer
«¿Acaso se complace Yahvé en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la palabra de Yahvé? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros. Como pecado de hechicería es la rebeldía, como crimen de terafim la contumacia.» — 1 Samuel 15,22-23
Saúl no dejó de ser religioso. Al contrario, quería ofrecer sacrificios a Dios. Pero lo hizo a su manera: guardó lo mejor del botín “para sacrificarlo a Yahvé”, cuando Dios había mandado otra cosa (1 Sam 15,15.21). Antes ya había ofrecido el holocausto él mismo, sin esperar al profeta Samuel (1 Sam 13,8-13). Su pecado fue reemplazar la obediencia por su propia idea de devoción. Y Samuel lo compara con la hechicería, porque en el fondo es poner mi voluntad en el lugar de la de Dios.
Pasa lo mismo hoy cuando alguien dice: “Yo adoro a Dios a mi manera, en mi grupo, con mi interpretación; no necesito los sacramentos ni la Iglesia”. Puede haber mucho fervor, pero el fervor no reemplaza la obediencia. Saúl también tenía fervor.
7. Estudiar la Escritura y no venir a Cristo
«Vosotros investigáis las Escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida.» — Juan 5,39-40
Jesús les habla a personas que conocían la Escritura de memoria. Su problema no era la falta de Biblia, sino que no querían ir a donde la Biblia los llevaba. Es posible leer mucho la Biblia y aun así no llegar a Cristo. Y hoy Cristo se deja encontrar donde Él quiso quedarse: en su Palabra proclamada en la Iglesia, en los sacramentos y, de modo único, en la Eucaristía (Mt 18,20; 28,20; Lc 24,30-35).
8. En Pentecostés, los que obedecieron entraron a la Iglesia
«Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas. Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones… y el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.» — Hechos 2,41-42.47
Aquí se ve qué hicieron los primeros que obedecieron la voluntad de Dios. No se quedaron cada uno en su casa diciendo “yo ya creo”. Se bautizaron, se unieron a la comunidad, perseveraron en la enseñanza de los apóstoles y en la “fracción del pan”, que es la Eucaristía. Y fíjate en el final: es el Señor quien los agrega a la comunidad. La obediencia y la pertenencia no compiten entre sí: la obediencia lleva a la pertenencia.
9. Lo que sí es verdad: estar dentro no basta
«No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.» — Mateo 7,21
Se puede estar en la Iglesia y no hacer la voluntad del Padre. Jesús compara a la Iglesia con un campo donde crecen juntos el trigo y la cizaña hasta la cosecha (Mt 13,24-30). Un católico bautizado que vive en pecado grave, que no reza y solo va a misa por costumbre, no está haciendo la voluntad de Dios por el solo hecho de tener su partida de bautismo. El Concilio Vaticano II lo dice claramente: “No se salva, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia «en cuerpo», pero no «en corazón»“3.
Así que la verdad completa no es “Iglesia o obediencia”, sino Iglesia y obediencia. Ni la pertenencia sin obediencia, ni una obediencia inventada fuera de la Iglesia que Cristo fundó.
Cierre y síntesis
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Mateo 12,50 habla de la familia de Jesús, no define la Iglesia. Jesús señala a sus discípulos concretos. María es la primera que hizo la voluntad del Padre (Lc 1,38).
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La familia de Dios vive en una casa: “la casa de Dios, que es la Iglesia” (1 Tim 3,15; Ef 2,19-20).
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En Juan 6, la voluntad del Padre es creer en el Hijo, y creer en el Hijo incluye comer su carne y beber su sangre (Jn 6,40.51-53; Lc 22,19).
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La voluntad de Dios incluye el bautismo, la Eucaristía, escuchar a los enviados y la unidad (Mt 28,19-20; Lc 10,16; Mt 18,17).
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Saúl muestra que la devoción a mi manera no reemplaza la obediencia (1 Sam 15,22-23).
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Se puede estudiar la Escritura y no ir a Cristo (Jn 5,39-40).
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En Pentecostés, los que obedecieron se unieron a la Iglesia (Hch 2,41-47).
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Estar en la Iglesia no basta si no se vive la caridad (Mt 7,21; LG 14).
No es lo mismo hacer la voluntad de Dios que hacer mi voluntad en nombre de Dios. Saúl ofreció sacrificios y aun así desobedeció. Una pregunta sencilla para el diálogo: “Si Jesús dijo ‘haced esto en memoria mía’ y ‘si no coméis mi carne no tenéis vida’, ¿estamos haciendo su voluntad si no lo hacemos?”
Este argumento sirve para examinar ideas, no para juzgar el corazón de nadie. La Iglesia enseña que quien, sin culpa propia, no conoce a Cristo o a su Iglesia, pero busca a Dios con sincero corazón y trata de cumplir su voluntad según su conciencia, puede alcanzar la salvación4. Sólo Dios conoce el corazón. El argumento también nos cuestiona a nosotros: de nada sirve defender la Eucaristía si no la recibimos dignamente (1 Cor 11,27-29), o defender la Iglesia si vivimos como si Dios no existiera. Muchos hermanos separados aman a Cristo con sinceridad y nos dan ejemplo en el amor a la Palabra. La invitación es a que ese amor los lleve a la plenitud.
Notas bibliográficas
1 San Agustín, Sermón 72A (Denis 25), 7: “Más dichosa fue María al ser discípula de Cristo que al ser madre de Cristo”. Cf. CEC 964 y 967.
2 San Ignacio de Antioquía, Carta a los Esmirniotas 7,1. Cf. San Justino, Primera Apología 66.
3 Concilio Vaticano II, Lumen gentium 14; CEC 837.
4 Lumen gentium 16; CEC 846-848.
5 Sobre el mandato de Juan 6,53: CEC 1384. Sobre “haced esto”: CEC 1341-1344. Sobre la vida de la comunidad en Hechos 2,42: CEC 2624 y 1342. Sobre la voluntad del Padre: CEC 2822-2827. Sobre el bautismo como necesario: CEC 1257.