Pestañas abiertas

1 abierta

    ¿Se acabó la expulsión de demonios?

    Introducción

    Algunos hermanos separados afirman que la expulsión de demonios fue un poder exclusivo de Jesús y de los apóstoles, útil solo para confirmar el nacimiento de la Iglesia, y que desapareció con la muerte de los Doce. Según esta idea, hoy ya no tendría sentido hablar de liberar a alguien del poder del maligno en el nombre de Cristo.

    Pero la Escritura enseña que el diablo sigue activo y que la lucha espiritual forma parte de la vida cristiana de todos los tiempos. La Iglesia ha ejercido siempre este ministerio, y lo sigue haciendo hoy, con orden y prudencia. Veamos si la Biblia pone fecha de caducidad a esta autoridad o si la presenta como parte permanente de la misión de la Iglesia.1

    I. Cristo vino a deshacer las obras del diablo

    «El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo.» — 1 Juan 3,8

    Las expulsiones de demonios no fueron un adorno en la vida de Jesús, sino un signo de su misión: anunciaban la victoria de Cristo sobre el “príncipe de este mundo” (Jn 12,31).2 Esa victoria es definitiva, pero su aplicación a cada persona y a cada época continúa mientras dure la historia.

    II. No solo los Doce

    «Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios.» — Marcos 3,14-15

    Jesús dio esta autoridad a los Doce, pero no solo a ellos:

    «Regresaron los setenta y dos alegres, diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.” Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo… Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.”» — Lucas 10,17-18.20

    Ya en vida de Jesús, setenta y dos discípulos, que no eran apóstoles, expulsaban demonios en su nombre. Esta autoridad nunca estuvo reservada solo al colegio de los Doce. Y Jesús añade una advertencia que vale para todos los tiempos: la alegría no debe estar en el poder sobre los demonios, sino en pertenecer a Dios.

    III. “Los que crean”

    «Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas.» — Marcos 16,17

    «Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.» — Marcos 16,20

    El texto no dice que estas señales acompañarán a los apóstoles mientras vivan, sino “a los que crean”, una categoría que sigue existiendo hoy. Y las une a la predicación “por todas partes”, la misma misión que Cristo prometió acompañar “hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

    Algunos objetan que este pasaje, el final de Marcos (Mc 16,9-20), no aparece en los manuscritos más antiguos y pudo añadirse poco después. La Iglesia lo reconoce como parte de la Escritura inspirada y canónica, y lo cita en su enseñanza.3 En todo caso, la idea no depende solo de este texto: la confirman todos los demás.

    IV. Pablo, años después de Pentecostés

    «Sucedió que, yendo nosotros a la oración, nos vino al encuentro una muchacha esclava poseída de un espíritu adivino… Pablo, cansado, se volvió y dijo al espíritu: “En nombre de Jesucristo te mando que salgas de ella.” Y en el mismo instante salió.» — Hechos 16,16.18

    Este episodio ocurre en Filipos, muchos años después de Pentecostés, en plena misión de Pablo. No fue un hecho de los primeros días de la Iglesia, sino parte normal de su ministerio.

    «Algunos exorcistas ambulantes judíos intentaron también invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, y decían: “Os conjuro por Jesús, a quien predica Pablo.”… Pero el espíritu malo les respondió: “A Jesús le conozco y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?” Y arrojándose sobre ellos el hombre en quien estaba el espíritu malo, dominó a unos y otros y pudo con ellos.» — Hechos 19,13.15-16

    Este episodio enseña algo importante: el nombre de Jesús no es una fórmula mágica. Quienes intentaron usarlo sin fe y sin estar unidos a la comunidad de los discípulos fracasaron. La autoridad para enfrentar al maligno se ejerce en la fe y en la comunión de la Iglesia.

    V. Una lucha que continúa

    «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas.» — Efesios 6,12

    «Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe.» — 1 Pedro 5,8-9

    Pablo y Pedro describen la lucha espiritual en presente, como una realidad constante de la vida cristiana, no como un episodio cerrado. Si el diablo sigue rondando “como león rugiente”, y ningún cesacionista lo niega, no tiene sentido sostener que Cristo retiró de su Iglesia toda autoridad para resistirlo y liberar a los oprimidos.4

    «Someteos, pues, a Dios; resistid al Diablo y él huirá de vosotros.» — Santiago 4,7

    Todo cristiano participa en esta lucha. La resistencia ordinaria al diablo se hace con la fe, la oración, los sacramentos y una vida unida a Dios.

    VI. “Aquel Día”

    «Muchos me dirán aquel Día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Y entonces les declararé: “¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!”» — Mateo 7,22-23

    “Aquel Día” es la manera en que Jesús se refiere al juicio final (cf. Mt 24,36). Este texto da por supuesto que hasta el final de la historia habrá quienes expulsen demonios en el nombre de Jesús. Pero también contiene una advertencia seria: expulsar demonios no garantiza la santidad, y ni siquiera la salvación. Jesús rechaza a quienes lo hacían sin hacer la voluntad del Padre. Por eso la Iglesia no mide a nadie por los fenómenos extraordinarios, sino por la fidelidad a Cristo.

    VII. El testimonio de los primeros siglos

    Si la autoridad para expulsar demonios hubiera terminado con los apóstoles, los cristianos de los siglos siguientes no hablarían de ella. Pero hablan, y con naturalidad:

    • San Justino, hacia el año 155, dice que en Roma y en todo el mundo muchos cristianos expulsaban demonios en el nombre de Jesucristo, crucificado bajo Poncio Pilato, cuando otros no habían podido.

    • San Ireneo, hacia el año 180, afirma que en su tiempo había cristianos que expulsaban demonios de verdad.

    • Tertuliano, hacia el año 197, desafía a los jueces paganos a traer ante cualquier cristiano a una persona poseída, seguro de que el espíritu tendría que reconocer el poder de Cristo.

    • El papa san Cornelio, hacia el año 251, menciona que la Iglesia de Roma contaba con 52 exorcistas, junto con los lectores y los porteros.5

    Lejos de desaparecer, este ministerio se fue organizando en la Iglesia.

    VIII. Cómo vive hoy la Iglesia este ministerio

    La Iglesia sigue ejerciendo la autoridad de Cristo sobre el maligno, pero de manera ordenada y prudente:

    • En el bautismo se hace una oración de exorcismo, para pedir que el que va a ser bautizado quede libre del poder del mal.

    • El exorcismo solemne solo puede realizarlo un sacerdote con permiso expreso de su obispo, siguiendo el ritual de la Iglesia.

    • La prudencia es necesaria. Antes de un exorcismo, hay que asegurarse de que se trata de una verdadera presencia del maligno y no de una enfermedad, sobre todo psíquica, que corresponde tratar a la medicina.

    • Todos los fieles pueden y deben resistir al diablo con la oración, los sacramentos, especialmente la confesión y la Eucaristía, y la oración de liberación, pidiendo a Dios que nos libre del mal, como en el Padrenuestro. Pero la Iglesia pide que los laicos no se dirijan directamente a los demonios ni dirijan reuniones de “liberación”, sino que lleven los casos a sus sacerdotes.6

    Esta disciplina no niega el poder de Cristo, sino que lo protege de los abusos, del sensacionalismo y de los daños que pueden causar quienes actúan sin preparación.

    Conclusión

    • Cristo vino a deshacer las obras del diablo (1 Jn 3,8), y esa misión continúa.

    • La autoridad para expulsar demonios no se limitó a los Doce: también la ejercieron los setenta y dos discípulos (Lc 10,17).

    • Jesús la une a “los que crean” y a la predicación por todas partes (Mc 16,17.20).

    • Pablo la ejerció años después de Pentecostés (Hch 16,18), y el fracaso de los hijos de Esceva muestra que no es una fórmula mágica (Hch 19,13-16).

    • La lucha contra el maligno es una realidad presente para todos los cristianos (Ef 6,12; 1 Pe 5,8; Sant 4,7).

    • Los cristianos de los primeros siglos siguieron expulsando demonios, y la Iglesia tuvo exorcistas desde el siglo III.

    • Hoy la Iglesia ejerce este ministerio con orden: el exorcismo solemne corresponde a sacerdotes autorizados, y todos los fieles resisten al maligno con la oración y los sacramentos.

    No es lo mismo decir “esta orden se cumplió una vez” que decir “esta orden sigue vigente mientras dure la batalla”. Si el enemigo sigue rugiendo, no tiene sentido pensar que Cristo retiró las armas a su Iglesia a mitad del combate. Pero tampoco es lo mismo un ejército ordenado que soldados que pelean cada uno por su cuenta. La autoridad de Cristo sobre el maligno sigue viva en su Iglesia, y se ejerce en comunión con ella.

    Y, sobre todo, no hay que poner el centro en el diablo, sino en Cristo. Como dijo Jesús a los setenta y dos, la verdadera alegría no está en que los demonios se sometan, sino en que nuestros nombres estén escritos en el cielo.


    Notas bibliográficas

    1 Sobre el diablo y su acción: Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 391-395. Sobre la petición “líbranos del mal”: CEC, n. 2850-2854.

    2 CEC, n. 550.

    3 CEC, n. 1507, que cita Mc 16,17-18. Sobre la extensión del canon: Concilio de Trento, sesión IV (1546), Decreto sobre los libros sagrados: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1501-1504.

    4 Sobre el combate espiritual: CEC, n. 407-409 y 2015.

    5 San Justino, Segunda Apología, 6. San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, II, 32, 4. Tertuliano, Apologético, 23. El papa san Cornelio, Carta a Fabio de Antioquía, citada por Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, VI, 43, 11.

    6 CEC, n. 1237 y 1673. Código de Derecho Canónico, can. 1172. Ritual Romano, De exorcismis et supplicationibus quibusdam (1999, revisado en 2004). Congregación para la Doctrina de la Fe, carta Inde ab aliquot annis a los obispos sobre las normas del exorcismo (29 de septiembre de 1985).

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

    Tema

    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.