Pestañas abiertas

1 abierta

    Penitencia y reparación

    Introducción

    Este es un tema especialmente sensible en el diálogo entre católicos y protestantes, porque toca la relación entre la gracia y las obras. Muchos protestantes piensan que la penitencia católica es un intento de “pagar” por los pecados, como si el sacrificio de Cristo no bastara.

    Pero la Iglesia no enseña eso. Enseña que la culpa del pecado solo la perdona Dios, gratuitamente, por los méritos de Cristo. Y enseña también que, una vez perdonado el pecado, quedan consecuencias y desórdenes que el pecado dejó en nosotros y en los demás, y que el penitente, unido a Cristo, está llamado a reparar con obras concretas: la oración, el ayuno, la limosna y la reparación del daño causado.1

    Es la diferencia entre la culpa, que solo Cristo puede quitar, y las consecuencias del pecado, que el cristiano, unido a Cristo, ayuda a sanar. El Concilio de Trento lo expresó con claridad: esta satisfacción no se opone a la de Cristo, porque es por Él, con Él y en Él como podemos hacer algo que agrade a Dios.2

    I. “Por donde uno peca, por ahí es castigado”

    «En castigo de los insensatos pensamientos de su injusticia, que les extraviaban a dar culto a reptiles irracionales y a viles bichos, les enviaste en castigo una muchedumbre de animales irracionales, para que comprendieran que por donde uno peca, por ahí es castigado.» — Sabiduría 11,15-16

    Este texto enseña un principio: las consecuencias del pecado no son arbitrarias, sino que están relacionadas con la falta. Quienes adoraban a animales fueron castigados con animales, para que comprendieran el mal que habían hecho. Algunas traducciones antiguas dicen “en el pecado va la penitencia”, usando “penitencia” en el sentido de castigo.

    La pedagogía de Dios no busca vengarse, sino que el pecador comprenda su pecado. Es como un padre que no solo perdona a su hijo por haber roto algo, sino que le pide ayudar a repararlo. El perdón ya está dado, pero la reparación le enseña y consolida su arrepentimiento.

    II. Culpa perdonada, consecuencias que quedan

    «David dijo a Natán: “He pecado contra Yahvé.” Respondió Natán a David: “También Yahvé perdona tu pecado; no morirás. Pero por haber ultrajado a Yahvé con ese hecho, el hijo que te ha nacido morirá sin remedio.”» — 2 Samuel 12,13-14

    Este texto separa con claridad las dos realidades. El perdón de la culpa es inmediato: “Yahvé perdona tu pecado”. Pero queda una consecuencia que David deberá atravesar. Es el ejemplo bíblico más claro de la distinción entre la culpa perdonada y las consecuencias del pecado, que sigue la Iglesia (véase el tema “El purgatorio”).3

    «David suplicó a Dios por el niño; ayunó David y, entrando en casa, pasaba la noche acostado en tierra.» — 2 Samuel 12,16

    Y David, ya perdonado, no se queda de brazos cruzados: ayuna y suplica. El perdón no lo dispensa de la penitencia, sino que la hace posible.

    III. “Redime tus pecados con obras de justicia”

    «Por eso, oh rey, acepta mi consejo: redime tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres, para que tu ventura sea larga.» — Daniel 4,24

    Daniel no le dice al rey Nabucodonosor “arrepiéntete interiormente y basta”. Le da una tarea concreta: practicar la justicia y tener misericordia con los pobres. Algunos señalan que el verbo arameo puede traducirse también como “rompe con” tus pecados. Es cierto, pero en cualquiera de los dos sentidos, Daniel une el abandono del pecado con obras concretas de justicia y de caridad.4

    «Con amor y lealtad se expía la culpa, y con el temor de Yahvé se evita el mal.» — Proverbios 16,6

    «Ante todo, tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados.» — 1 Pedro 4,8

    Esta enseñanza no es solo del Antiguo Testamento: Pedro la repite en el Nuevo. El amor, que se hace concreto en obras de misericordia, “cubre multitud de pecados”. No porque compre el perdón, sino porque el amor sana lo que el pecado había herido.

    IV. “Frutos dignos de conversión”

    «Dad, pues, frutos dignos de conversión… La gente le preguntaba: “¿Pues qué debemos hacer?” Y él les respondía: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga para comer, que haga lo mismo.”» — Lucas 3,8.10-11

    Cuando la gente le pregunta a Juan el Bautista qué debe hacer, él no se limita a pedir un arrepentimiento interior. Da instrucciones concretas: compartir con los pobres, que los publicanos no cobren de más y que los soldados no extorsionen (Lc 3,12-14). La conversión verdadera se traduce en obras.

    «Anuncié… que se convirtieran y se volvieran a Dios haciendo obras dignas de conversión.» — Hechos 26,20

    Y no es solo una enseñanza del Bautista. Pablo, el apóstol de la gracia, resume así su propia predicación ante el rey Agripa: convertirse a Dios y hacer “obras dignas de conversión”. Las obras no ganan la gracia, pero la gracia verdadera produce obras.5

    V. Zaqueo: la restitución como fruto de la conversión

    «Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo.” Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa.”» — Lucas 19,8-9

    Este texto muestra el orden correcto. Primero llega la iniciativa de Jesús, que se invita a la casa de Zaqueo y lo acoge sin condiciones. Y como fruto de ese encuentro, Zaqueo decide dar a los pobres y devolver lo robado. No se salva por devolver el dinero: devolver el dinero es la prueba de que su conversión es real. Y Jesús no le dice “no hace falta, ya te perdoné”: acoge su gesto como parte de la salvación que ha llegado a su casa.

    La Iglesia enseña lo mismo: quien ha robado o ha causado un daño injusto debe reparar, en la medida de lo posible. Pedir perdón a Dios no dispensa de devolver lo ajeno.6

    VI. El ayuno

    «Que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado ni pasten ni beban agua. Que se vistan de sayal hombres y bestias, e invoquen a Dios con todas sus fuerzas; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos… Vio Dios lo que hacían, cómo se convertían de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo.» — Jonás 3,7-8.10

    El ayuno y el sayal de los ninivitas no fueron un ritual vacío, sino el signo visible de una conversión real. El texto dice que Dios “vio lo que hacían” y “cómo se convertían de su mala conducta”: el gesto exterior expresaba y sostenía el cambio interior.

    «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas… Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro… y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.» — Mateo 6,16-18

    Jesús no dice “si ayunáis”, sino “cuando ayunéis”: da por supuesto que sus discípulos ayunarán. Lo que corrige es la vanidad, no el ayuno. Y anuncia que lo harán después de su partida: “Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán” (Mt 9,15). Por eso la Iglesia vive tiempos de penitencia, como la Cuaresma y los viernes, y pide el ayuno en algunos días del año.7

    VII. “Completo en mi carne lo que falta”

    «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia.» — Colosenses 1,24

    Es el texto más discutido sobre este tema, y conviene explicarlo bien. Pablo no dice que al sacrificio de Cristo le falte algo: Cristo pagó plenamente el rescate por todos (1 Tim 2,6; véase el tema “¿Puede un hombre redimir a otro hombre?”). Lo que “falta” no está en la obra de Cristo, sino en su aplicación a la vida de la Iglesia: Cristo quiso asociar a sus discípulos a su obra. Pablo entiende que sus sufrimientos, unidos a los de Cristo, tienen valor para el bien de todo el Cuerpo. Es la base bíblica de la práctica de ofrecer los propios sufrimientos y penitencias, unidos a Cristo, por los demás.8

    VIII. Orar unos por otros

    «Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.» — Santiago 5,16

    En la comunidad cristiana, la reconciliación no era un asunto puramente privado. Tenía una dimensión comunitaria, con efectos reales, sostenida por la oración de unos por otros. Este punto se desarrolla en el tema “¿Por qué confesarme con un sacerdote?”.

    IX. Lo que enseña la Iglesia

    Cuando una persona se confiesa, el sacerdote le impone una penitencia: una oración, una obra de misericordia, un sacrificio o la reparación de un daño. El Catecismo explica el porqué: la absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. El pecador, ya perdonado, debe recobrar la plena salud espiritual, y para eso debe hacer algo más para reparar sus pecados.9

    Esta satisfacción no es nuestra, como si pudiéramos pagar algo por nosotros mismos. Es la de Cristo, que nos permite unirnos a Él y participar en su obra. Los primeros cristianos lo vivían así: Tertuliano y san Cipriano hablan, en los siglos II y III, de la penitencia pública que hacían los pecadores para reconciliarse con la Iglesia.10

    Conclusión

    • Las consecuencias del pecado no son arbitrarias: enseñan al pecador lo que hizo (Sab 11,16).

    • Dios perdona la culpa de inmediato, pero pueden quedar consecuencias por reparar (2 Sam 12,13-14).

    • La justicia y la misericordia con los pobres reparan el pecado, y “el amor cubre multitud de pecados” (Dn 4,24; Prov 16,6; 1 Pe 4,8).

    • La conversión verdadera se demuestra con “obras dignas de conversión”, como predicaban Juan el Bautista y Pablo (Lc 3,8; Hch 26,20).

    • Zaqueo reparó el daño como fruto de la salvación, no como condición para recibirla (Lc 19,8-9).

    • Jesús da por supuesto que sus discípulos ayunarán (Mt 6,16-18; 9,15).

    • Los sufrimientos del cristiano, unidos a Cristo, tienen valor para toda la Iglesia (Col 1,24).

    No es lo mismo pagar una deuda que reparar un daño después de que la deuda ha sido perdonada. Si alguien rompe el jarrón de un amigo, el amigo puede perdonarlo de corazón, al instante y sin condiciones, como nos perdona Dios por Cristo. Pero es bueno que la persona, movida por gratitud y no por miedo, ayude a reparar el jarrón o haga algo bueno por su amigo. No repara para ser perdonada: repara porque ya fue perdonada.

    Este punto puede deformarse en dos direcciones. La primera es pensar que las obras “compran” el perdón o sustituyen el mérito de Cristo, lo que contradice la Escritura: “por gracia habéis sido salvados… no por las obras” (Ef 2,8-9). La segunda es pensar que, como el perdón es gratuito, reparar el daño, devolver lo robado o pedir perdón a quien se ofendió es innecesario. El caso de David muestra que las dos cosas son verdad a la vez: el perdón fue total e inmediato, y aun así hubo un camino de penitencia que recorrer.


    Notas bibliográficas

    1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1430-1433, 1459-1460 y 1472-1473.

    2 Concilio de Trento, sesión XIV (1551), Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, cap. 8: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1689-1692.

    3 CEC, n. 1472-1473.

    4 En arameo, el verbo peraq puede significar “redimir” o “romper con”. Las traducciones griega y latina antiguas lo entendieron como “redimir”. Sobre las formas de la penitencia (ayuno, oración y limosna): CEC, n. 1434, que cita 1 Pe 4,8.

    5 CEC, n. 1435.

    6 CEC, n. 2412, que cita el ejemplo de Zaqueo.

    7 CEC, n. 1438 y 2043. San Pablo VI, constitución apostólica Paenitemini (1966).

    8 CEC, n. 618 y 1508. San Juan Pablo II, carta apostólica Salvifici doloris (1984), n. 24.

    9 CEC, n. 1459-1460. San Juan Pablo II, exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia (1984), n. 31.

    10 Tertuliano, Sobre la penitencia, 9. San Cipriano, Sobre los apóstatas (De lapsis), 35.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

    Tema

    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.