¿Todos somos sacerdotes?
Introducción
Una de las objeciones más frecuentes contra el sacerdocio católico es esta: “La Biblia dice que todos los creyentes somos sacerdotes (1 Pe 2,9). Además, Cristo es el único Sumo Sacerdote, y su sacrificio fue suficiente. Entonces, ¿para qué hacen falta sacerdotes? El Nuevo Testamento ni siquiera llama ‘sacerdotes’ a los ministros de la Iglesia”.
La respuesta católica tiene tres partes, y las tres son bíblicas:
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Cristo es el único y verdadero Sumo Sacerdote.
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Todos los bautizados participan de su sacerdocio: es el sacerdocio común de los fieles.
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Cristo eligió a algunos para un sacerdocio ministerial, al servicio de todos.
Estos dos sacerdocios no compiten entre sí, ni con Cristo: ambos participan, de modo distinto, del único sacerdocio de Cristo.1
I. Cristo, el único Sumo Sacerdote
«Pero este posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre. De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor.» — Hebreos 7,24-25
«En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados.» — Hebreos 10,14
En esto, católicos y protestantes estamos de acuerdo. Cristo es el único Sumo Sacerdote, y su sacrificio en la cruz es único, perfecto y suficiente. Santo Tomás de Aquino lo resumía así: solo Cristo es el verdadero sacerdote, y los demás son sus ministros. El sacerdote católico no es un segundo sacerdote junto a Cristo, ni ofrece un sacrificio distinto del suyo (véase el tema “El verdadero culto”).
II. “Sacerdocio real”: todos los bautizados
«También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo… Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz.» — 1 Pedro 2,5.9
La Iglesia enseña exactamente esto: todos los bautizados forman un pueblo sacerdotal. Es el “sacerdocio común de los fieles”.2 Cada cristiano ofrece a Dios “sacrificios espirituales”: su oración, su trabajo, su familia, sus sufrimientos y su vida entera.
«Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual.» — Romanos 12,1
Una madre que cuida a su hijo enfermo, un trabajador que hace bien su labor y la ofrece a Dios, un joven que reza por sus amigos: todos ejercen ese sacerdocio. No es un título de adorno, sino una realidad. El problema no está en afirmar el sacerdocio común, sino en pensar que excluye el sacerdocio ministerial.
III. Israel: un pueblo sacerdotal con sacerdotes
«Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.» — Éxodo 19,6
Este es el texto que cita san Pedro en 1 Pedro 2,9: lo toma casi palabra por palabra de lo que Dios dijo a Israel en el Sinaí. Todo Israel era “un reino de sacerdotes”. Y, sin embargo, Dios mismo eligió dentro de ese pueblo a algunos para un sacerdocio especial:
«Haz que se acerque a ti, de entre los israelitas, tu hermano Aarón y con él sus hijos, para que sean mis sacerdotes.» — Éxodo 28,1
En Israel, el sacerdocio de todo el pueblo y el sacerdocio de Aarón convivían sin contradicción. Que el pueblo entero fuera sacerdotal no eliminaba a los sacerdotes.3
«Se amotinaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: “¡Ya está bien! Toda la comunidad, todos ellos, están consagrados, y Yahvé está en medio de ellos. ¿Por qué, pues, os encumbráis por encima de la asamblea de Yahvé?”… ¿Y además pretendéis el sacerdocio?» — Números 16,3.10
Es sorprendente: la rebelión de Coré usó exactamente el mismo argumento que se escucha hoy. “Toda la comunidad está consagrada, ¿por qué unos se ponen por encima?”. Y Dios defendió el sacerdocio que Él mismo había instituido (Nm 16,31-35).
«¡Ay de ellos!, porque se han ido por el camino de Caín… y han perecido en la rebelión de Coré.» — Judas 11
Y el Nuevo Testamento no trata este episodio como algo del pasado. La Carta de Judas lo aplica a los que, dentro de la comunidad cristiana, se rebelaban contra la autoridad. Si la rebelión de Coré no tuviera nada que ver con la Iglesia, Judas no la habría usado como advertencia para los cristianos.
IV. Cristo eligió a algunos
«Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar.» — Marcos 3,13-14
Jesús tenía muchos discípulos, pero eligió a Doce para una misión especial. Y a ellos, no a la multitud, les confió los encargos propios del sacerdocio:
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Celebrar la Eucaristía: “Haced esto en recuerdo mío” (Lc 22,19). Lo dijo a los apóstoles reunidos en la Última Cena.
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Perdonar los pecados: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,23). Lo dijo a los discípulos reunidos, a quienes envió como el Padre lo había enviado a Él.
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Bautizar y enseñar: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas” (Mt 28,19).
La Iglesia enseña que en la Última Cena, al decir “haced esto”, Cristo instituyó a los apóstoles como sacerdotes de la nueva alianza.4
V. Un ministerio que se transmite
«Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.» — 1 Corintios 4,1
Pablo no dice que todos los cristianos sean, del mismo modo, “administradores de los misterios de Dios”: se refiere a quienes tienen ese encargo en la Iglesia. Y ese encargo se transmitía por la imposición de las manos:
«Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.» — 2 Timoteo 1,6
El Nuevo Testamento muestra a presbíteros establecidos en cada Iglesia (Hch 14,23; Tit 1,5), con tareas propias. Santiago, por ejemplo, no dice que el enfermo llame a cualquier creyente, sino “a los presbíteros de la Iglesia”, para que oren sobre él y lo unjan, y así sus pecados le sean perdonados (Sant 5,14-15).5 Sobre la transmisión de este ministerio, véanse los temas “¿Cuál es la Iglesia de Cristo?” y “San Pablo: ¿un llamado sin Iglesia?”.
VI. “El Nuevo Testamento nunca los llama sacerdotes”
Es cierto que el Nuevo Testamento no usa la palabra griega hiereús, “sacerdote”, para los ministros de la Iglesia. Los llama “presbíteros” (presbýteroi), que significa “ancianos”, y “epíscopos” (epískopoi), que significa “supervisores”. Pero hay que tener en cuenta varias cosas:
Había una razón práctica. Mientras el Templo de Jerusalén seguía en pie, la palabra “sacerdote” designaba a los sacerdotes judíos y a los de los cultos paganos. Los cristianos evitaban confundir a sus ministros con ellos.
Las funciones sí eran sacerdotales.
«En virtud de la gracia que me ha sido otorgada por Dios, de ser para los gentiles ministro de Cristo Jesús, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo.» — Romanos 15,15-16
Pablo describe su propio ministerio con palabras del culto del Templo: es “ministro” (leitourgós, la palabra que se usaba para los que servían en el culto), “ejerce el sagrado oficio” (hierourgéo, literalmente “realizar una función sacerdotal”) y presenta a Dios una “oblación”. Usa el lenguaje sacerdotal para hablar de su misión.
«Tenemos nosotros un altar del cual no tienen derecho a comer los que dan culto en la Tienda.» — Hebreos 13,10
Y si los cristianos tienen un altar, tienen también un sacrificio y quienes lo ofrecen en nombre de Cristo.
La propia palabra lo muestra. Nuestra palabra “presbítero” viene de presbýteros. Y en muchos idiomas, la palabra “sacerdote” viene precisamente de ahí: el inglés priest, el francés prêtre o el alemán Priester.
Los primeros cristianos lo entendieron así. Hacia el año 96, san Clemente de Roma compara el orden de los ministros cristianos con el del sacerdocio de Israel. La Didaché, del siglo I, llama a quienes sirven en la comunidad “vuestros sumos sacerdotes”. Y la Tradición apostólica, de comienzos del siglo III, pide que el obispo ejerza “el sumo sacerdocio”.6
VII. “De entre ellos tomaré sacerdotes”
«Desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura.» — Malaquías 1,11
«Y también de entre ellos tomaré para sacerdotes y levitas, dice Yahvé.» — Isaías 66,21
Los profetas anunciaron que, en los tiempos del Mesías, se ofrecería a Dios una “oblación pura” en todo lugar, y que Dios tomaría sacerdotes “de entre ellos”, es decir, de entre los pueblos paganos que vendrían a adorarlo (Is 66,18-20). En Israel, solo los descendientes de Aarón podían ser sacerdotes. Isaías anuncia algo nuevo: un sacerdocio abierto a todas las naciones. Es lo que se cumple en la Iglesia, que tiene sacerdotes de todos los pueblos, que ofrecen la Eucaristía desde el oriente hasta el occidente.
VIII. Una diferencia de servicio, no de dignidad
El sacerdocio común y el ministerial no se diferencian en que unos sean más santos o más importantes que otros, sino en su función. El Concilio Vaticano II enseña que se diferencian “esencialmente y no solo en grado”, y que están ordenados el uno al otro.7 El sacerdocio ministerial existe para servir al sacerdocio común: para que todo el pueblo de Dios pueda vivir su vocación sacerdotal, alimentado por la Palabra y los sacramentos.
«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor… de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.» — Mateo 20,26.28
San Agustín lo expresó con una frase famosa: “Para vosotros soy obispo; con vosotros soy cristiano”. La palabra “obispo” indica un servicio y un peligro; “cristiano”, la gracia y la salvación que comparte con todos.8
IX. El sacerdote no compite con Cristo
El sacerdote no se pone entre Dios y los fieles como un intermediario más. Actúa “en la persona de Cristo”: cuando bautiza, es Cristo quien bautiza; cuando perdona, es Cristo quien perdona; cuando consagra, es Cristo quien ofrece su sacrificio. El sacerdote es solo el instrumento visible del único Sacerdote (véanse “¿Por qué confesarme con un sacerdote?” y “Un solo Mediador, muchos intercesores”).9
Conclusión
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Cristo es el único y verdadero Sumo Sacerdote, y su sacrificio es único y suficiente (Heb 7,24-25; 10,14).
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Todos los bautizados participan de su sacerdocio y ofrecen a Dios sacrificios espirituales (1 Pe 2,5.9; Rom 12,1).
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Israel era “un reino de sacerdotes”, y aun así Dios eligió a Aarón y sus hijos como sacerdotes (Éx 19,6; 28,1).
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El argumento de que “todos son santos, ¿por qué unos se ponen por encima?” ya lo usó Coré, y Judas lo recuerda como advertencia (Nm 16,3; Jds 11).
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Cristo eligió a los Doce y les confió la Eucaristía y el perdón de los pecados (Lc 22,19; Jn 20,23).
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Ese ministerio se transmitió por la imposición de las manos (2 Tim 1,6).
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Pablo describe su ministerio con lenguaje sacerdotal (Rom 15,16), y los primeros cristianos lo entendieron así.
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Los profetas anunciaron un sacerdocio abierto a todas las naciones (Is 66,21).
No es lo mismo un pueblo de sacerdotes que un pueblo sin sacerdotes. El sacerdocio de todos los bautizados no elimina el de los ministros, como el hecho de que todos en una familia se cuiden unos a otros no elimina al padre y a la madre. Cada uno tiene su lugar y su servicio en el único Cuerpo de Cristo.
Y esta enseñanza es también un llamado para los católicos. Para los fieles, a vivir de verdad su sacerdocio bautismal, sin pensar que la vida cristiana es “cosa de los curas”. Y para los sacerdotes, a recordar que su ministerio no es un privilegio, sino un servicio.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1544-1547. Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Carta a los Hebreos, 8, lección 1.
2 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), n. 10 y 34. CEC, n. 901-903 y 1546.
3 CEC, n. 1539-1541.
4 CEC, n. 611 y 1337. Concilio de Trento, sesión XXII (1562), canon 2: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1752.
5 CEC, n. 1536-1538 y 1510. Concilio de Trento, sesión XXIII (1563), Doctrina sobre el sacramento del orden: Denzinger-Hünermann, n. 1763-1778.
6 San Clemente de Roma, Carta a los Corintios, 40-44. Didaché, 13, 3. Hipólito de Roma (atribuida), Tradición apostólica, 3.
7 Lumen gentium, n. 10. CEC, n. 1547 y 1592.
8 San Agustín, Sermón 340, 1. San Juan Pablo II, exhortación apostólica Pastores dabo vobis (1992), n. 21.
9 CEC, n. 1548-1553.