San Pablo: ¿un llamado sin Iglesia?
Introducción
Algunos hermanos protestantes afirman que san Pablo, en su conversión (Hch 9), fue llamado directamente por el Señor, sin necesidad de vincularse a la Iglesia. Y citan sus propias palabras:
«Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.» — Gálatas 1,11-12
A partir de ahí concluyen que ellos también pueden seguir ese ejemplo: si el Señor les ha hablado, pueden emprender su propio camino y su propio ministerio sin que la Iglesia lo confirme.
Es cierto que Pablo tuvo un encuentro personal con Cristo resucitado, y que su llamado vino del Señor, no de los hombres (Gál 1,1). Pero ¿significa eso que actuó por su cuenta? Veamos paso a paso lo que la Escritura cuenta sobre su conversión, su bautismo, su envío y su relación con los demás apóstoles.1
I. “Se te dirá lo que debes hacer”
«Él respondió: “¿Quién eres, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.”» — Hechos 9,5-6
Este es el primer golpe al argumento. Cristo resucitado, que podía decirle todo directamente, no le da a Pablo instrucciones completas. Lo envía a la ciudad para que otro le diga lo que debe hacer. Cuando Pablo cuenta después su conversión, lo repite: “Vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas” (Hch 22,10). Si Cristo hubiera querido fundar un ministerio independiente de la comunidad de creyentes, ese era el momento de hacerlo cara a cara. En cambio, lo remite a la Iglesia.
II. Ananías lo recibe, lo bautiza y lo integra
«Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: “Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo.” Al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista; se levantó y fue bautizado.» — Hechos 9,17-18
Ananías lo llama “hermano”, es decir, lo recibe en la familia de la fe, y es él quien le impone las manos y lo bautiza. No es Cristo quien lo bautiza en una visión: es un discípulo de la comunidad de Damasco, que actúa como instrumento visible de la Iglesia. Pablo mismo recuerda las palabras de Ananías: “Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre” (Hch 22,16). Es exactamente lo contrario de una conversión sin la Iglesia.2
III. “Sin pedir consejo”… y después, a ver a Pedro
«Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo a hombre alguno, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía.» — Gálatas 1,15-18
Es el texto que más se usa para la objeción, pero hay que leerlo completo. Pablo quiere dejar claro que su llamado vino de Cristo y no de una decisión humana. Pero el mismo pasaje termina diciendo que subió a Jerusalén “para conocer a Cefas”, es decir, a Pedro, y se quedó quince días con él. La palabra griega que se traduce como “conocer” (historésai) significa visitar a alguien para informarse, para aprender de él.
«Llegó a Jerusalén e intentaba juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo porque no creían que fuera discípulo. Entonces Bernabé le tomó y le presentó a los apóstoles… Y andaba con ellos por Jerusalén.» — Hechos 9,26-28
Cuando nadie confiaba en él, porque había sido perseguidor, fue Bernabé quien lo presentó a los apóstoles. Pablo no se impuso por su cuenta: fue recibido y avalado por la comunidad.
IV. Pablo recibió la Tradición
«Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce.» — 1 Corintios 15,3-5
Pablo, el que había tenido una revelación personal, dice que transmite lo que “a su vez recibió”. Usa las palabras propias de la Tradición: “recibir” y “transmitir”. El corazón de su predicación, la muerte y resurrección de Cristo, lo recibió de la Iglesia que lo precedió, y lo transmite fielmente. Lo mismo hace con la Eucaristía (1 Cor 11,23). El encuentro personal con Cristo no lo dispensó de recibir la fe de la Iglesia.3
V. “Para saber si corría en vano”
«Subí movido por una revelación y les expuse el Evangelio que proclamo entre los gentiles, tomando aparte a los notables, para saber si corría o había corrido en vano.» — Gálatas 2,2
Catorce años después, Pablo vuelve a Jerusalén, movido por una revelación, y expone su predicación a los apóstoles con un temor explícito: “correr en vano”. Si su ministerio fuera completamente independiente, ¿por qué temer correr en vano? Esa expresión solo tiene sentido si Pablo sabía que su misión debía estar en comunión con quienes eran apóstoles antes que él.
«Y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos.» — Gálatas 2,9
Aquí está la prueba más directa. Pedro, Santiago y Juan, las “columnas” de la Iglesia, reconocen el ministerio de Pablo y sellan con él un acuerdo formal de comunión. Pablo no se limita a anunciar que Cristo lo llamó: busca y recibe el reconocimiento visible de los apóstoles.4
VI. Enviado por la comunidad
«Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: “Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado.” Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron. Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia.» — Hechos 13,2-4
El envío misionero de Pablo no ocurre a solas entre él y Dios, sino dentro de la comunidad de Antioquía, reunida en oración y ayuno. Y Pablo no se va por su cuenta: la comunidad le impone las manos y lo envía. El texto dice que fueron “enviados por el Espíritu Santo”, y el Espíritu los envía precisamente por medio de la Iglesia que ora y les impone las manos.5
VII. Pablo acude a los apóstoles
«Se decidió que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión.» — Hechos 15,2
Cuando surgió una gran discusión sobre si los paganos convertidos debían circuncidarse, Pablo no la resolvió con su propia revelación, aunque la tenía. Fue a Jerusalén, para que los apóstoles y los presbíteros decidieran.
«Conforme iban pasando por las ciudades, les iban entregando, para que las observasen, las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén.» — Hechos 16,4
Y después, en sus viajes, Pablo entregaba a las comunidades las decisiones del Concilio de Jerusalén. El apóstol que había recibido su llamado directamente de Cristo transmitía con obediencia lo que la Iglesia había decidido.6
VIII. “Nuestro querido hermano Pablo”
«La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas en que habla de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente, como también las demás Escrituras, para su propia perdición.» — 2 Pedro 3,15-16
Este texto cierra el argumento. Pedro, la “columna” que le había dado la mano en señal de comunión, llama a Pablo “nuestro querido hermano”: no un rival ni un predicador independiente, sino un miembro querido de la misma familia apostólica. Y pone sus cartas al nivel de “las demás Escrituras”.7 Es imposible sostener que Pablo actuaba desligado de la Iglesia cuando el mismo Pedro reconoce su hermandad y la inspiración de sus escritos.
IX. El llamado personal y el discernimiento de la Iglesia
«No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno.» — 1 Tesalonicenses 5,19-21
«Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios.» — 1 Juan 4,1
La Iglesia no niega que Dios llame directamente a las personas, ni que dé carismas a quien quiere. Pero enseña que esos dones deben ser discernidos, y que ese discernimiento corresponde a los pastores de la Iglesia, no a quien los recibe.8 Un llamado auténtico de Dios no teme ser examinado.
Esto no significa que solo los sacerdotes puedan hablar de Dios. Todo bautizado está llamado a anunciar a Cristo con su palabra y su vida, sin necesidad de ser ordenado.9 El problema no es evangelizar, sino fundar iglesias o ministerios propios, reclamar una autoridad apostólica y rechazar toda comunión con el Cuerpo de Cristo, con el argumento de que “Dios me habló a mí”.
Conclusión
-
Cristo envió a Pablo a la ciudad para que otros le dijeran qué hacer (Hch 9,6).
-
Fue Ananías, un discípulo de la comunidad, quien lo bautizó y lo recibió como hermano (Hch 9,17-18).
-
Tres años después, Pablo subió a Jerusalén para conocer a Pedro, y Bernabé lo presentó a los apóstoles (Gál 1,18; Hch 9,27).
-
Pablo transmitió lo que había recibido de la Iglesia (1 Cor 15,3).
-
Expuso su Evangelio a los apóstoles para no correr en vano, y ellos le dieron la mano en señal de comunión (Gál 2,2.9).
-
Fue enviado por la comunidad de Antioquía, con la imposición de manos (Hch 13,3).
-
Acudió a los apóstoles para resolver la cuestión de la circuncisión, y transmitió sus decisiones (Hch 15,2; 16,4).
-
Pedro lo llamó “nuestro querido hermano” y equiparó sus cartas a las Escrituras (2 Pe 3,15-16).
No es lo mismo un llamado “directo del cielo” que un llamado “aislado de la tierra”. Pablo tuvo lo primero: un encuentro real con Cristo. Pero en cada paso, en Damasco, en Jerusalén y en Antioquía, aparece la Iglesia recibiéndolo, confirmándolo y enviándolo. Es como un hijo que recibe una herencia directamente de su padre, pero aun así necesita que la familia y el notario certifiquen que es legítima.
El error no está en afirmar que Dios llama directamente a las personas, sino en usar eso para justificar un ministerio que rechaza toda comunión con la Iglesia. Si el apóstol que vio a Cristo resucitado buscó la comunión con Pedro y los apóstoles, nadie hoy puede presentar su propia experiencia como razón para prescindir de ella.10
Notas bibliográficas
1 Sobre la apostolicidad de la Iglesia: Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 857-860. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), n. 20.
2 Sobre el bautismo como incorporación a la Iglesia: CEC, n. 1267-1270.
3 Sobre la Tradición apostólica: CEC, n. 75-78 y 83.
4 Lumen gentium, n. 22, sobre la comunión del colegio de los apóstoles con Pedro.
5 Sobre la imposición de manos: CEC, n. 1538. Véase también el tema “¿Cuál es la Iglesia de Cristo?”.
6 Sobre el Concilio de Jerusalén: véase el tema “El cumplimiento de la Ley con la muerte de Cristo”.
7 Sobre el canon de las Escrituras: CEC, n. 120. Véase también el tema “Historia de la Biblia”.
8 Lumen gentium, n. 12. CEC, n. 801.
9 CEC, n. 863-865 y 900. Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem (1965), n. 3 y 24, sobre el apostolado de los laicos en comunión con los pastores.
10 San Ignacio de Antioquía, Carta a los esmirniotas, 8, 1. Benedicto XVI, catequesis sobre san Pablo en las audiencias generales (2008-2009), con ocasión del Año Paulino.