Los títulos de Dios que se dan a Jesús
Introducción
En el Antiguo Testamento, algunos títulos pertenecen exclusivamente a Dios. A menudo el texto lo dice expresamente: “fuera de mí no hay otro”. Ningún profeta, rey o ángel podía llevarlos sin usurpar lo que es solo de Dios.
El Nuevo Testamento da esos mismos títulos a Jesús, una y otra vez. Y los apóstoles lo hacen con plena conciencia: eran judíos que conocían esos textos de memoria. San Juan lo expresa con una frase que resume este tema: hablando de la visión en la que Isaías contempló la gloria de Yahvé, dice que “Isaías dijo esto porque vio su gloria y habló de él”, es decir, de Jesús (Jn 12,41).
Este tema recorre los títulos principales. Otros, como “Yo Soy” o “el Alfa y la Omega”, tienen su propio tema (véase “Jesús es Dios”).1
I. Salvador
«Pero yo soy Yahvé, tu Dios, desde el país de Egipto; fuera de mí no conocerás otro Dios, ni otro salvador que a mí.» — Oseas 13,4
«Yo, yo soy Yahvé, y fuera de mí no hay salvador.» — Isaías 43,11
«¿No soy yo, Yahvé? No hay otro Dios, fuera de mí. Dios justo y salvador, no hay otro fuera de mí.» — Isaías 45,21
Tres veces, los profetas unen dos títulos: Dios y Salvador. Y tres veces dicen que fuera de Yahvé no hay otro. En la Biblia, ser “el Salvador” no es un título que se pueda compartir: es exclusivo de Dios.
«Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor.» — Lucas 2,11
Y sin embargo, el ángel anuncia a los pastores el nacimiento de “un salvador”. Los samaritanos confiesan que Jesús “es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4,42), y Pedro proclama ante el Sanedrín: “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4,12). El mismo nombre de Jesús, en hebreo Yehoshúa, significa “Yahvé salva” (Mt 1,21).
«Aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo.» — Tito 2,13
«Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha cabido en suerte una fe tan preciosa como la nuestra.» — 2 Pedro 1,1
Pablo y Pedro unen los mismos dos títulos que unían los profetas, “Dios y Salvador”, y los dan a Jesús. Algunos objetan que “Dios” se refiere al Padre y “Salvador” a Jesús. Pero Pedro usa la misma construcción gramatical, en el mismo capítulo, para hablar de “nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pe 1,11), y nadie duda de que “Señor y Salvador” se refiere a una sola persona. Lo mismo vale para “Dios y Salvador”.2
Si fuera de Yahvé “no hay otro salvador”, y Jesús es “el Salvador del mundo”, Jesús no es otro distinto de Yahvé: es el mismo Dios que salva (véase “¿Puede un hombre redimir a otro hombre?”).
II. Señor
En la traducción griega del Antiguo Testamento, el nombre de Dios, YHWH, se traducía como Kýrios, “Señor”. Por eso, cuando los apóstoles aplican a Jesús textos que hablan del “Señor”, le están aplicando textos que hablan de Yahvé.3
«Una voz clama: “En el desierto abrid camino a Yahvé, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios.”» — Isaías 40,3
«Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.» — Marcos 1,1-3
Isaías anuncia a un mensajero que prepara el camino “a Yahvé, nuestro Dios”. Marcos abre su Evangelio diciendo que ese mensajero es Juan el Bautista, y que aquel a quien prepara el camino es Jesús. El que viene detrás de Juan es Yahvé mismo.
«Escucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé.» — Deuteronomio 6,4
«Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros.» — 1 Corintios 8,6
Este es uno de los textos más impresionantes del Nuevo Testamento. El Shemá (“Escucha, Israel”) es la oración fundamental del judaísmo, que todo judío rezaba cada día para confesar que hay un solo Dios. Pablo, un judío fariseo, la retoma y la divide en dos: “un solo Dios, el Padre” y “un solo Señor, Jesucristo”. No añade un segundo Dios al lado del único Dios: incluye a Jesús dentro de la confesión del único Dios de Israel.
Pablo también aplica a Jesús otros textos del “Señor” Yahvé: “todo el que invoque el nombre del Señor se salvará” (Jl 3,5; Rom 10,13; véase “¿Basta con confesar que Jesús es Señor?”) y “ante mí se doblará toda rodilla” (Is 45,23; Flp 2,10-11; véase “Solo a Dios se adora”).
III. Emmanuel, “Dios con nosotros”
«He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.» — Isaías 7,14
«Y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”.» — Mateo 1,23
Mateo cita la profecía de Isaías y traduce el nombre, para que nadie pierda su sentido: el niño que nace de la Virgen es “Dios con nosotros”.4 Y el Evangelio de Mateo termina con la misma idea, en boca de Jesús resucitado: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). El Evangelio empieza y termina con “Dios con nosotros”.
IV. El Pastor
«Yahvé es mi pastor, nada me falta.» — Salmo 23,1
«Porque así dice el Señor Yahvé: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él… Yo mismo apacentaré mis ovejas y yo las llevaré a reposar.» — Ezequiel 34,11.15
En Ezequiel, Dios denuncia a los malos pastores de Israel y promete algo nuevo: ya no enviará a otro, sino que vendrá Él mismo a cuidar de sus ovejas, “yo mismo”.
«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.» — Juan 10,11
Jesús responde a esa promesa: “Yo soy el buen pastor”. Es el cumplimiento de lo que Dios anunció en Ezequiel: Dios mismo ha venido a buscar a sus ovejas. Pedro llama a Jesús “el Mayoral”, el Pastor supremo (1 Pe 5,4), y la Carta a los Hebreos, “el gran Pastor de las ovejas” (Heb 13,20).5
V. La Roca
«Él es la Roca, su obra es consumada, pues todos sus caminos son justicia.» — Deuteronomio 32,4
«¿Hay otro dios fuera de mí? No hay otra Roca, yo no la conozco.» — Isaías 44,8
En el Antiguo Testamento, “la Roca” es un título de Dios, que expresa su firmeza y su fidelidad: “Yahvé, mi roca, mi fortaleza, mi libertador” (Sal 18,3). Y otra vez, Dios dice que no hay otra.
«Y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo.» — 1 Corintios 10,4
Pablo, hablando de la roca de la que Dios dio agua a Israel en el desierto, dice: “la roca era Cristo”. La Roca de Israel es Cristo.
Jesús llamó a Pedro “piedra” (Mt 16,18), pero no en el mismo sentido: Pedro es la piedra sobre la que Cristo edifica su Iglesia porque Cristo se lo concedió, como su vicario en la tierra. Cristo es la Roca por sí mismo, y Pedro participa de su firmeza por don de Cristo (véase “El Papa”).
VI. El Esposo
«Porque tu esposo es tu Hacedor, Yahvé Sebaot es su nombre.» — Isaías 54,5
«Yo te desposaré conmigo para siempre.» — Oseas 2,21
Los profetas describen la alianza de Dios con Israel como un matrimonio: Dios es el Esposo, y su pueblo es la esposa.
«¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?» — Marcos 2,19
Jesús se presenta como el Novio, y Juan el Bautista se llama a sí mismo “el amigo del novio” (Jn 3,29). Pablo dice que Cristo es el Esposo de la Iglesia (Ef 5,25-32), y el Apocalipsis anuncia “las bodas del Cordero” (Ap 19,7). El Esposo del pueblo de Dios, que en los profetas es Yahvé, en el Nuevo Testamento es Cristo (véase “¿Es la Iglesia católica la gran ramera?“).6
VII. La gloria que Dios no cede
«Yo, Yahvé, ese es mi nombre, no cedo a otro mi gloria.» — Isaías 42,8
«El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado… Y se gritaban el uno al otro: “Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria.”… ¡Mis ojos han visto al Rey Yahvé Sebaot!» — Isaías 6,1.3.5
«Isaías dijo esto porque vio su gloria y habló de él.» — Juan 12,41
Este es quizá el texto más sorprendente. Juan cita a Isaías y dice que el profeta “vio su gloria”, la de Jesús. ¿Cuándo vio Isaías una gloria así? En la visión del capítulo 6, cuando contempló a “Yahvé Sebaot” en su trono, rodeado de serafines que cantaban “Santo, santo, santo”. Para Juan, el Señor que Isaías vio en el Templo era el Hijo.
Jesús pide al Padre “la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese” (Jn 17,5), una gloria que Dios no cede a nadie (Is 42,8). Y Pablo lo llama “el Señor de la gloria” (1 Cor 2,8), como el salmo llama a Yahvé “el rey de la gloria” (Sal 24,10).
VIII. Rey de reyes y Señor de señores
«Porque Yahvé vuestro Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, poderoso y temible.» — Deuteronomio 10,17
«El Bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, el único que posee inmortalidad.» — 1 Timoteo 6,15-16
“Rey de reyes y Señor de señores” es un título del Dios único, “el único Soberano”.
«Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de Señores.» — Apocalipsis 19,16
El Apocalipsis da este título a Cristo, el jinete que vence al mal (cf. Ap 17,14). El “único Soberano” no es solo el Padre: es también el Hijo.
IX. El Juez
«Yahvé se levanta para pleitear, está en pie para juzgar a los pueblos. Yahvé viene a juzgar a los ancianos y jefes de su pueblo…» — Isaías 3,13-14
«Uno solo es el legislador y juez, que puede salvar y perder.» — Santiago 4,12
En el Antiguo Testamento, el juicio final de los pueblos y de los corazones le pertenece a Dios. Abrahán lo llama “el juez de toda la tierra” (Gn 18,25), y el salmo canta que “Dios mismo es el juez” (Sal 50,6). En Isaías, Yahvé se pone de pie como en un tribunal y pide cuentas a los jefes de su pueblo por haber “depredado la viña”. Santiago, ya en el Nuevo Testamento, lo repite: “uno solo es el juez”.
«Porque el Padre no juzga a nadie, pues todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado.» — Juan 5,22-23
Jesús afirma que todo el juicio está en sus manos. Y dice para qué: para que lo honren “como honran al Padre”. No dice “un poco menos que al Padre”, sino como al Padre. Ningún profeta pidió nunca ser honrado como Dios. Por eso esta frase en boca de un simple mensajero sería una blasfemia.
En la viña de Isaías. Jesús retoma esa imagen en la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-45). Allí los jefes del pueblo maltratan a los siervos y matan al hijo del dueño, y los sumos sacerdotes “comprendieron que estaba refiriéndose a ellos”. El Juez que en Isaías pedía cuentas por la viña es el mismo que ahora, en Jesús, se las pide a los jefes de su tiempo.
«Pues todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios.» — Romanos 14,10
«Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal.» — 2 Corintios 5,10
Aquí Pablo se delata a sí mismo. En una carta habla del “tribunal de Dios” y en otra del “tribunal de Cristo”, y no siente ninguna necesidad de explicar la diferencia. Para él no hay dos tribunales. Es como cuando un abogado dice “la Corte Suprema” y otro dice “el máximo tribunal”: nadie piensa que son dos juzgados distintos.
«Yo, Yahvé, exploro el corazón, pruebo los riñones, para dar a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras.» — Jeremías 17,10
«Y sabrán todas las Iglesias que yo soy el que sondea los riñones y los corazones, y yo os daré a cada uno según vuestras obras.» — Apocalipsis 2,23
Este es el golpe decisivo. Para juzgar a toda la humanidad no basta con tener el cargo: hay que conocer lo que hay dentro de cada corazón. Un juez humano solo ve las pruebas. Por eso existen los testigos falsos y los errores judiciales. En Jeremías, Yahvé se presenta como el único que “explora el corazón”. En el Apocalipsis, Cristo resucitado usa casi las mismas palabras: “yo soy el que sondea los riñones y los corazones”. El Juez que todo lo ve es el mismo.
Una objeción frecuente: “El Padre le entregó el juicio; entonces Jesús es un juez delegado, como Moisés o los jueces de Israel”. Es cierto que Dios dio a hombres la tarea de juzgar (Éx 18,21-22), y que los apóstoles “juzgarán a las doce tribus” (Mt 19,28). Pero ellos juzgan casos concretos, con lo que pueden ver y por encargo, igual que Pedro es “piedra” por don de Cristo (véase la sección V). Jesús, en cambio, juzga a todos los pueblos (Mt 25,31-32), sondea los corazones y recibe el mismo honor que el Padre. Que el Hijo reciba el juicio del Padre no lo hace menos que Dios: muestra la relación eterna entre el Padre y el Hijo, que todo lo tienen en común (Jn 16,15). Por eso la Iglesia confiesa en el Credo que Cristo “ha de venir a juzgar a vivos y muertos”.7
Título | Dios en el Antiguo Testamento | Jesús en el Nuevo Testamento |
|---|---|---|
Juez | Gn 18,25; Sal 50,6; Is 3,13-14; Jer 17,10 | Jn 5,22-23; 2 Cor 5,10; Mt 25,31-32; Ap 2,23 |
No es lo mismo ser juez de un pleito que ser el Juez de los corazones. Moisés juzgaba lo que veía; Cristo juzga lo que nadie más puede ver.
X. “Tu trono, oh Dios” (Hebreos 1,8)
«Pero del Hijo: Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos.» — Hebreos 1,8
En este texto, el Padre llama “Dios” al Hijo, con palabras del Salmo 45,7. La Traducción del Nuevo Mundo de los Testigos de Jehová lo traduce de otra manera: “Dios es tu trono”. Pero hay tres razones para preferir la traducción habitual:
-
El texto que sigue se dirige al Hijo de la misma manera: “Tú, al comienzo, oh Señor, pusiste los cimientos de la tierra” (Heb 1,10). Si el versículo 10 es un vocativo, “oh Señor”, lo natural es que el versículo 8 también lo sea, “oh Dios”.
-
El argumento de la carta compara al Hijo con los ángeles para mostrar que es superior a ellos (Heb 1,4-7). Decir “Dios es tu trono” no lo pondría por encima de los ángeles. Decir “tu trono, oh Dios” sí.
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La gran mayoría de las traducciones, católicas y protestantes, traducen “Tu trono, oh Dios”.
Resumen de los títulos
Título | Dios en el Antiguo Testamento | Jesús en el Nuevo Testamento |
|---|---|---|
Salvador | Os 13,4; Is 43,11; 45,21 | Lc 2,11; Jn 4,42; Tit 2,13; 2 Pe 1,1 |
Señor (Yahvé) | Is 40,3; Dt 6,4; Jl 3,5 | Mc 1,3; 1 Cor 8,6; Rom 10,13 |
Dios con nosotros | Is 7,14 | Mt 1,23 |
Pastor | Sal 23,1; Ez 34,15 | Jn 10,11; 1 Pe 5,4 |
Roca | Dt 32,4; Is 44,8 | 1 Cor 10,4 |
Esposo | Is 54,5; Os 2,21 | Mc 2,19; Ef 5,25; Ap 19,7 |
Rey de la gloria | Sal 24,10; Is 6,1-5 | Jn 12,41; 1 Cor 2,8 |
Rey de reyes y Señor de señores | Dt 10,17; 1 Tim 6,15 | Ap 17,14; 19,16 |
Luz | Sal 27,1; Is 60,19 | Jn 8,12 |
El Primero y el Último | Is 44,6 | Ap 1,17; 22,13 |
Yo Soy | Éx 3,14; Is 43,10 | Jn 8,24.58 |
Juez |
Conclusión
-
Los profetas dicen que fuera de Yahvé no hay otro salvador, y el Nuevo Testamento llama a Jesús “nuestro Dios y Salvador” (Os 13,4; Tit 2,13; 2 Pe 1,1).
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El camino que se preparaba “a Yahvé” es el camino de Jesús (Is 40,3; Mc 1,3).
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Pablo incluye a Jesús en la confesión del único Dios de Israel (Dt 6,4; 1 Cor 8,6).
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Jesús es Emmanuel, “Dios con nosotros” (Mt 1,23).
-
Es el Pastor que Dios prometió ser “Él mismo” (Ez 34,15; Jn 10,11).
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Es la Roca de Israel (1 Cor 10,4) y el Esposo del pueblo de Dios (Mc 2,19).
-
Es el Señor de la gloria que Isaías vio en el Templo (Is 6,1-5; Jn 12,41).
-
Es el Rey de reyes y Señor de señores (Ap 19,16).
-
Es el Juez de toda la tierra, que sondea los corazones y recibe el mismo honor que el Padre (Jer 17,10; Jn 5,22-23; Ap 2,23).
No es lo mismo llevar el uniforme del rey que ser el rey. Un embajador puede llevar los colores de su país, pero nunca la corona. Los profetas y los apóstoles fueron mensajeros, y nunca se atribuyeron los títulos de Dios. Jesús los lleva todos, porque no es un mensajero de Dios: es Dios mismo, que vino a salvarnos.
Y cada uno de estos títulos es también una promesa para nuestra vida. Si Jesús es el Salvador, no estamos perdidos. Si es el Pastor, no estamos solos. Si es la Roca, tenemos dónde apoyarnos. Y si es “Dios con nosotros”, no hay ningún momento de nuestra vida en el que Él no esté presente.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 446-451.
2 CEC, n. 430-432. La regla gramatical que se aplica a Tit 2,13 y 2 Pe 1,1, según la cual dos títulos unidos por “y” bajo un solo artículo se refieren a la misma persona, se conoce como “regla de Granville Sharp” (1798).
3 CEC, n. 446-447.
4 CEC, n. 497.
5 CEC, n. 754.
6 CEC, n. 796.
7 CEC, n. 678-679 y 1038-1041. El n. 679 dice: “Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo”.