¿Basta con confesar que Jesús es Señor?
Introducción
Muchos hermanos evangélicos citan Romanos 10,9 como el resumen de todo el Evangelio: “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo”. Y a partir de ahí concluyen tres cosas:
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Que basta un acto de fe para quedar salvado para siempre: “una vez salvo, siempre salvo”.
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Que no hace falta nada más: ni obras, ni sacramentos, ni perseverancia.
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Que no hace falta la Iglesia, porque la salvación es un asunto entre cada persona y Dios.
Muchas veces este texto se usa en la llamada “oración del pecador”: “Repite esta oración, confiesa a Jesús como tu Señor, y ya eres salvo”.
Lo primero que hay que decir es que los católicos creemos lo que dice Romanos 10,9-13: hay que creer en Cristo resucitado y confesarlo como Señor para ser salvo. Lo proclamamos en cada Misa, en el Credo. La cuestión no es si el texto es verdadero, sino si dice todo lo que se le hace decir.1
I. Lo que dice el texto
«Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación. Porque dice la Escritura: Todo el que crea en él no será confundido. Que no hay distinción entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que le invocan. Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.» — Romanos 10,9-13
Confesar que “Jesús es Señor” no es una fórmula mágica. En la Biblia griega del Antiguo Testamento, “Señor” (Kýrios) es la palabra que traduce el nombre de Dios, YHWH. Decir “Jesús es Señor” significa reconocer que Jesús es Dios y entregarle la vida: si Él es el Señor, yo soy su siervo y hago su voluntad.2 Por eso no es una frase que se dice una vez, sino una confesión que compromete toda la vida.
II. “Todo el que invoque el nombre del Señor”
«Y sucederá que todo el que invoque el nombre de Yahvé será salvo.» — Joel 3,5
El versículo 13 cita al profeta Joel. Y ese mismo versículo lo citó san Pedro el día de Pentecostés. Lo interesante es lo que Pedro dijo después:
«“Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.”… Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.”» — Hechos 2,21.37-38
Pedro cita el mismo texto que Pablo, y cuando la gente pregunta qué tiene que hacer, no responde “nada, ya están salvos por haber creído”. Responde: “Convertíos y bautizaos”. Para los apóstoles, “invocar el nombre del Señor” incluía la conversión y el bautismo.
«Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.» — Hechos 22,16
Así se lo dijo Ananías al mismo Pablo, el autor de la Carta a los Romanos: “recibe el bautismo… invocando su nombre”. Pablo no separaba la invocación del bautismo, porque él mismo fue bautizado así.3
III. Leer lo que sigue: “¿Cómo predicarán si no son enviados?”
«Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?… Por tanto, la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo.» — Romanos 10,14-15.17
Inmediatamente después del texto que se usa para excluir a la Iglesia, Pablo explica cómo llega la fe: alguien tiene que predicar, y quien predica tiene que ser “enviado”. La fe no nace sola en la soledad del corazón: “viene de la predicación”. Es decir, se recibe de la Iglesia, que es enviada por Cristo (véase “San Pablo: ¿un llamado sin Iglesia?”).
El Catecismo lo explica con una imagen: nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo. Quien cree en Cristo la ha recibido de otros, y la Iglesia es la primera que cree y la que nos transmite la fe.4 Incluso quien hoy confiesa a Jesús lejos de la Iglesia católica lo hace porque la Iglesia conservó y transmitió, durante siglos, la Escritura y el anuncio de Cristo.
IV. “No todo el que me diga: Señor, Señor”
«No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.» — Mateo 7,21
«¿Por qué me llamáis: “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?» — Lucas 6,46
Jesús mismo advierte que no basta con llamarlo “Señor”. Romanos 10,9 dice que hay que confesar que Jesús es Señor; Jesús dice que esa confesión, si no va unida a hacer la voluntad del Padre, no salva. No se contradicen: se explican. La confesión verdadera es la de quien vive lo que confiesa.
«¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan.» — Santiago 2,19
Los demonios saben perfectamente quién es Jesús, y lo dicen (Mc 1,24; 5,7). Pero eso no los salva, porque no lo aman ni lo obedecen.
V. Una fe que obedece
«Pero no todos obedecieron a la Buena Nueva.» — Romanos 10,16
Tres versículos después, Pablo habla de “obedecer” al Evangelio, no solo de creerlo. Y en esta misma carta llama a su misión suscitar “la obediencia de la fe” entre todos los pueblos (Rom 1,5; 16,26). Para Pablo, la fe no es solo un acto de la mente, sino la entrega de toda la persona a Dios, que se traduce en una vida nueva (véase “¿Solo la fe?“).5
VI. “Serás salvo”: una salvación que se espera
El verbo de Romanos 10,9 está en futuro: “serás salvo”. En el Nuevo Testamento, la salvación se presenta en tres tiempos:
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Pasado: “En esperanza fuimos salvados” (Rom 8,24).
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Presente: el Evangelio es “fuerza de Dios para los que se salvan” (1 Cor 1,18).
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Futuro: “la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe” (Rom 13,11).
Si la salvación ya estuviera asegurada por completo en el momento de creer, Pablo no podría decir que “está más cerca” que cuando abrazamos la fe.
«Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué… Si no, ¡habríais creído en vano!» — 1 Corintios 15,1-2
Pablo dice “sois salvados, si lo guardáis”. La salvación supone perseverar en la fe recibida. Y advierte que es posible “haber creído en vano”.
VII. En la misma carta: “No te engrías; más bien, teme”
«Ellos fueron desgajados por su incredulidad, mientras tú, por la fe te mantienes. ¡No te engrías!; más bien, teme. Que si Dios no perdonó a las ramas naturales, no sea que tampoco a ti te perdone. Así pues, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad con los que cayeron, bondad contigo, si es que te mantienes en la bondad; que si no, también tú serás desgajado.» — Romanos 11,20-22
Este texto está en la misma Carta a los Romanos, solo un capítulo después. Pablo se dirige a cristianos que han creído, y les advierte: “si no te mantienes en la bondad, también tú serás desgajado”. Es la respuesta del propio Pablo a la idea de que basta creer una vez para estar salvado para siempre (véase “¿Puede perderse la salvación?”).
VIII. Muchos protestantes tampoco lo aceptan
Conviene saber que la idea de que “no hay que hacer nada más” no la comparten todos los protestantes. Los metodistas, siguiendo a John Wesley, y muchas iglesias pentecostales enseñan que la salvación se puede perder. Y dentro del propio mundo evangélico hubo, en los años 80, un fuerte debate entre quienes sostenían que basta creer en Jesús como Salvador, aunque no se lo siga como Señor, y quienes, como el pastor John MacArthur, respondían que una fe que no cambia la vida no es verdadera fe.6 Señalar esto en el diálogo ayuda a mostrar que la objeción no es “la” postura protestante, sino una de varias.
IX. Lo que enseña la Iglesia
La Iglesia enseña que la fe es necesaria para la salvación, y que es un don de Dios que se puede perder si no se cuida.7 Por eso el cristiano vive con una doble actitud:
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Confianza, porque Dios es fiel: “nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rom 8,39), y “el que inició en vosotros la buena obra la irá consumando” (Flp 1,6).
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Vigilancia, porque nosotros sí podemos apartarnos de Él: “el que crea estar en pie, mire no caiga” (1 Cor 10,12).
La Iglesia advierte de dos errores opuestos: la desesperación, que piensa que Dios no puede salvarnos, y la presunción, que da por segura la salvación sin conversión ni perseverancia.8 La esperanza cristiana está en el medio: confía plenamente en Dios y, por eso mismo, se esfuerza en serle fiel.
X. Cómo plantearlo en el diálogo
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Empezar por lo que compartimos: “Estoy de acuerdo: hay que confesar que Jesús es Señor y creer que resucitó”.
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Leer el versículo 13 junto a Hechos 2,21.38: “Cuando Pedro citó ese mismo texto, ¿qué dijo que había que hacer?”.
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Leer los versículos 14-17: “¿Cómo te llegó a ti la fe? ¿Quién te predicó? ¿Quién te dio la Biblia?”.
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Leer Romanos 11,20-22: “¿Por qué Pablo advierte a los creyentes que pueden ser desgajados?”.
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Preguntar con Mateo 7,21: “Si basta con decir ‘Señor’, ¿por qué Jesús dice que no todo el que le dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino?”.
Conclusión
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Los católicos creemos lo que dice Romanos 10,9-13: hay que creer en Cristo resucitado y confesarlo como Señor.
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Confesar que “Jesús es Señor” significa reconocerlo como Dios y entregarle la vida, no repetir una fórmula.
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Cuando Pedro citó el mismo texto de Joel, pidió conversión y bautismo (Hch 2,21.38).
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El mismo pasaje dice que la fe viene de la predicación de los enviados, es decir, de la Iglesia (Rom 10,14-17).
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Jesús advierte que no basta con decirle “Señor, Señor” (Mt 7,21).
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La fe verdadera obedece al Evangelio (Rom 10,16; 1,5).
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La salvación se recibe, se vive y se espera, y supone perseverar (Rom 13,11; 1 Cor 15,2).
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En la misma carta, Pablo advierte a los creyentes que pueden ser desgajados (Rom 11,20-22).
No es lo mismo decir “sí, acepto” que vivir casado. El día de la boda, los esposos dicen “sí” una vez, y ese “sí” es real y verdadero. Pero nadie piensa que, por haberlo dicho, ya puede vivir como soltero. El “sí” se renueva cada día con la fidelidad. Lo mismo pasa con la confesión de fe: el día en que dijimos “Jesús es Señor” fue real, pero se vive todos los días.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 161 y 185-187.
2 CEC, n. 446-451.
3 CEC, n. 1213 y 1257.
4 CEC, n. 166-169.
5 CEC, n. 143-144 y 1814.
6 John MacArthur, The Gospel According to Jesus (1988); Zane C. Hodges, Absolutely Free! (1989), que representan las dos posturas del debate.
7 CEC, n. 161-162. Concilio de Trento, sesión VI (1547), Decreto sobre la justificación, cap. 13 y canon 16: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1541 y 1566.
8 CEC, n. 1821 y 2091-2092.