¿Tuvo miedo Jesús?
Introducción
¿Sintió Jesús miedo? La pregunta no es un simple detalle. Hay dos errores opuestos que conviene evitar:
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Pensar que Jesús fue como nosotros también en el pecado: temeroso, inseguro, dominado por sus emociones.
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Pensar que Jesús no sintió nada: como si su humanidad fuera solo una apariencia, sin emociones reales.
La fe católica enseña que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Como hombre, tuvo un cuerpo, una inteligencia, una voluntad y unas emociones plenamente humanas, pero sin pecado.1 Sintió alegría, tristeza, compasión, ira santa y también miedo. Pero sus emociones nunca lo dominaron ni lo apartaron de la voluntad del Padre.
I. Verdadero hombre, en todo igual a nosotros menos en el pecado
«Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna.» — Hebreos 4,15-16
Jesús fue “probado en todo igual que nosotros”, con una sola excepción: el pecado. Si hubiera estado libre de todas las emociones humanas, no sería “igual que nosotros”. Y precisamente porque las vivió, puede “compadecerse de nuestras flaquezas”.
Los Padres de la Iglesia lo resumieron en un principio: lo que Cristo no asumió no fue redimido. San Gregorio Nacianceno lo formuló en el siglo IV: si Cristo no hubiera tomado todo lo humano, no habría sanado todo lo humano.2 Si Jesús no hubiera conocido el miedo, no habría redimido nuestro miedo.
II. Las emociones no son pecado
La psicología moderna habla de emociones básicas, como la alegría, la tristeza, el miedo, la ira o el asco. Pero la tradición cristiana las estudiaba desde mucho antes con el nombre de “pasiones”. Santo Tomás de Aquino distinguía once, entre ellas el temor, la ira, la tristeza y la alegría. El Catecismo enseña que las pasiones son movimientos naturales de la sensibilidad, y que en sí mismas no son ni buenas ni malas. Son buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas cuando llevan a lo contrario.3
«Si os airáis, no pequéis.» — Efesios 4,26
La Escritura misma distingue entre sentir una emoción y pecar. Se puede sentir ira sin pecar. Así fue la ira de Jesús: una ira santa, contra el mal y la dureza del corazón (Mc 3,5; véase “Ira santa de Dios”).
Los Evangelios muestran las emociones de Jesús con naturalidad: lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11,35), se conmovió ante la multitud (Mc 6,34), “se llenó de gozo en el Espíritu Santo” (Lc 10,21) y sintió una tristeza “hasta el punto de morir” (Mc 14,34). Ninguna de esas emociones fue pecado.
III. Getsemaní: “pavor y angustia”
«Tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Les dijo entonces: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad.” Él se adelantó un poco, cayó en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Decía: “¡Abbá, Padre!, todo es posible para ti; aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.”» — Marcos 14,33-36
Marcos usa dos palabras griegas muy fuertes: una que significa un espanto profundo, y otra que significa una angustia que oprime. Lucas añade:
«Entonces se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra.» — Lucas 22,43-44
«El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente.» — Hebreos 5,7
Jesús sintió el horror natural que todo ser humano siente ante la muerte, sobre todo ante una muerte tan cruel, y además el peso de los pecados del mundo. El Catecismo habla del “horror que representa la muerte para la naturaleza humana”.4 Su voluntad humana, como la nuestra, rechazaba de forma natural el sufrimiento: “aparta de mí esta copa”.
Pero aquí está lo decisivo: ese miedo no lo dominó. Jesús lo llevó a la oración y lo entregó al Padre: “no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”. El miedo no tuvo la última palabra: la tuvo la confianza.
IV. Sentir miedo no es lo mismo que ser cobarde
Aquí está la clave de todo. Hay una gran diferencia entre sentir miedo y dejar que el miedo decida. El cobarde es quien, por miedo, abandona el bien, huye de su deber o niega la verdad. Jesús sintió el miedo, pero nunca huyó.
«Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: “¿A quién buscáis?” Le contestaron: “A Jesús el Nazareno.” Díceles: “Yo soy.”… Cuando les dijo: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron en tierra.» — Juan 18,4.6
Pocos momentos después de su agonía en Getsemaní, Jesús no se esconde: sale al encuentro de quienes vienen a arrestarlo. Son ellos los que retroceden.
«Y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.» — Lucas 4,29-30
«Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén.» — Lucas 9,51
Cuando lo quisieron despeñar en Nazaret, Jesús pasó en medio de ellos con total serenidad, porque aún no había llegado su hora. Y cuando llegó el momento de ir a Jerusalén, donde sabía que iba a morir, “se afirmó en su voluntad” de ir. “Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente”, dijo de su vida (Jn 10,18).
El Catecismo define la virtud de la fortaleza como la que hace capaz de vencer el temor, incluso el temor a la muerte.5 La valentía no consiste en no sentir miedo, sino en no dejar que el miedo nos aparte del bien. Jesús es el modelo perfecto de esa valentía.
V. El miedo que nace de la falta de fe
«Él replicó: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza.» — Mateo 8,26
«No les tengáis miedo, pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse… No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.» — Mateo 10,26.31
Jesús anima constantemente a sus discípulos a no tener miedo. Pero lo que reprende en la barca no es la emoción natural ante la tormenta, sino un miedo que nace de la “poca fe”: un miedo que hace dudar de Dios, que paraliza y que los lleva a pensar que Él no se preocupa por ellos (“¿no te importa que perezcamos?”, Mc 4,38).
«Mi justo vivirá por la fe; mas, si es cobarde, mi alma no se complacerá en él. Pero nosotros no somos cobardes para perdición, sino hombres de fe para la salvación del alma.» — Hebreos 10,38-39
La palabra griega significa literalmente “echarse atrás”. Es el miedo que lleva a retroceder en la fe, a abandonar a Cristo. Ese miedo es contrario a la fe, y el enemigo busca infundirlo para alejarnos de Dios. El Apocalipsis pone a “los cobardes” al comienzo de la lista de quienes quedan fuera del Reino (Ap 21,8). Jesús nunca tuvo este miedo, porque nunca dudó del amor del Padre.
VI. “El amor pleno expulsa el temor”
«No cabe temor en el amor; antes bien, el amor pleno expulsa el temor, porque el temor entraña castigo; así que quien teme no ha alcanzado la plenitud en el amor.» — 1 Juan 4,18
Juan habla aquí de un miedo concreto: el miedo al castigo, el de quien se relaciona con Dios como un esclavo con su amo y no como un hijo con su padre. Cuando se descubre el amor de Dios, ese miedo desaparece.6
Hay que distinguir este miedo del “temor de Dios”, que es un don del Espíritu Santo (Is 11,2). El temor de Dios no es tenerle miedo, sino un respeto amoroso, como el del hijo que no quiere ofender a su padre porque lo ama. Jesús, que vivía en total confianza con el Padre, nunca tuvo el miedo servil del que habla Juan, y vivió plenamente el temor de Dios, su “actitud reverente” (Heb 5,7).
VII. La educación de la conciencia
«Jesús volvió con ellos a Nazaret y vivió sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.» — Lucas 2,51-52
Jesús creció como verdadero hombre, en una familia, bajo el cuidado de María y José.7 El Catecismo enseña que la educación de la conciencia es tarea de toda la vida, y que una buena educación preserva o sana del miedo, del egoísmo y del orgullo, así como de los sentimientos insanos de culpa.8 Se refiere al miedo desordenado: el que paraliza, el que nace de la inseguridad o de una imagen equivocada de Dios.
Y propone el camino para formar la conciencia: la Palabra de Dios, la oración, la mirada a la cruz, los dones del Espíritu Santo, el consejo de otros y la enseñanza de la Iglesia.8 Quien se deja formar así no deja de sentir miedo, pero aprende a no dejarse dominar por él, porque sabe en quién confía.
VIII. Por qué esto importa: Jesús comprende nuestro miedo
«Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos… Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados.» — Hebreos 2,17-18
Si Jesús no hubiera sentido nunca miedo, estaría lejos de nosotros cuando tenemos miedo. Pero lo sintió, y por eso nos comprende desde dentro. Cuando tenemos miedo ante una enfermedad, una pérdida, una decisión difícil o la muerte, podemos mirar a Jesús en Getsemaní y aprender de Él: llevar el miedo a la oración, decirle al Padre lo que sentimos y entregarnos a su voluntad.
Conclusión
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Jesús es verdadero hombre, probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado (Heb 4,15).
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Las emociones, como el miedo o la ira, no son pecado en sí mismas: lo es que nos dominen o nos lleven al mal (Ef 4,26).
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En Getsemaní, Jesús sintió “pavor y angustia” ante la muerte (Mc 14,33; Lc 22,44).
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Pero el miedo no lo dominó: lo entregó al Padre (“no sea lo que yo quiero”) y salió al encuentro de quienes venían a arrestarlo (Jn 18,4).
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El miedo que Jesús reprende es el que nace de la poca fe y lleva a echarse atrás (Mt 8,26; Heb 10,38-39). Ese miedo Jesús nunca lo tuvo.
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El amor de Dios expulsa el miedo al castigo (1 Jn 4,18).
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La formación de la conciencia, con la Palabra de Dios y la oración, sana el miedo desordenado (CEC 1784-1785).
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Porque sintió miedo, Jesús comprende el nuestro y nos enseña a vencerlo (Heb 2,18).
No es lo mismo sentir miedo que dejar que el miedo te tenga. El valiente no es el que no siente miedo, sino el que no deja que el miedo decida por él. Jesús sintió el miedo más grande que un ser humano puede sentir, y aun así dijo: “Hágase tu voluntad”.
Una palabra pastoral. Muchas personas sufren de ansiedad o de miedos que no pueden controlar. Eso no es falta de fe ni pecado, sino una dificultad que a veces necesita también ayuda profesional, y la fe y la psicología no se oponen. A esas personas no hay que decirles “tienes miedo porque te falta fe”, sino mostrarles a un Jesús que también conoció el miedo, y que las acompaña en el suyo.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 464-470 y 475. Concilio de Calcedonia (451) y III Concilio de Constantinopla (681): H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 301-302 y 556-559.
2 San Gregorio Nacianceno, Carta 101, a Cledonio.
3 CEC, n. 1762-1770. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 23, a. 4.
4 CEC, n. 612. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 15, a. 4, 6, 7 y 9, sobre las pasiones, la tristeza, el temor y la ira en Cristo.
5 CEC, n. 1808.
6 CEC, n. 1828 y 1831.
7 CEC, n. 472 y 531-534.
8 CEC, n. 1784-1785.