Pestañas abiertas

1 abierta

    Las obras que solo Dios hace

    Introducción

    «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre.» — Juan 10,37-38

    Jesús no solo dijo quién era: lo mostró con sus obras. Y pidió que, si alguien no le creía por sus palabras, le creyera por lo que hacía.

    La Escritura atribuye algunas obras exclusivamente a Dios: perdonar los pecados, gobernar la naturaleza, dar la vida, juzgar al mundo, conocer los corazones y enviar su Espíritu. Los Evangelios muestran a Jesús haciendo cada una de esas obras, y haciéndolas no en nombre de otro, sino con su propia autoridad.1 Este tema recorre esas obras, uno de los caminos para reconocer que Jesús es Dios (véase “Jesús es Dios”).

    I. Perdonar los pecados

    «Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados.” Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: “¿Por qué este habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios solo?”… “Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados”, dice al paralítico: “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos.» — Marcos 2,5-7.10-12

    Los escribas tienen razón en una cosa: solo Dios puede perdonar los pecados. El mismo Dios lo dice en Isaías: “Era yo, yo mismo el que tenía que limpiar tus rebeldías por amor de mí” (Is 43,25).

    Jesús no los corrige diciendo que lo han entendido mal. Al contrario: les da una prueba visible de que tiene ese poder. Cualquiera puede decir “tus pecados te son perdonados”, porque nadie puede comprobarlo. Pero no cualquiera puede decir “levántate y anda” a un paralítico, porque todos verían si se cumple o no. Jesús hace lo visible para demostrar lo invisible.

    Hay un detalle más. Una persona puede perdonar lo que le han hecho a ella. Pero Jesús perdona los pecados que el paralítico cometió contra otros y contra Dios, como si todos esos pecados lo ofendieran a Él. C. S. Lewis lo señalaba: eso solo tiene sentido si quien perdona es el Dios contra quien se comete todo pecado.2 Los que estaban a la mesa con Jesús en otra ocasión se hicieron la misma pregunta: “¿Quién es este que hasta perdona los pecados?” (Lc 7,49).

    Los sacerdotes también perdonan los pecados en la confesión, pero no por su propio poder, sino porque Cristo se lo dio: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,23; véase “¿Por qué confesarme con un sacerdote?”). Jesús, en cambio, perdona con su propia autoridad: “el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados”.

    II. Mandar a la naturaleza

    «Increpó al viento y dijo al mar: “¡Calla, enmudece!” El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza… Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: “Pues ¿quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?”» — Marcos 4,39.41

    Jesús no ora para que Dios calme la tormenta: le da una orden al viento y al mar, como un señor a sus siervos, y la naturaleza obedece. Los discípulos, pescadores que conocían esas tormentas, conocían también los salmos que atribuyen ese poder solo a Dios:

    «Y hacia Yahvé gritaron en su apuro, y él los sacó de sus angustias; a silencio redujo la borrasca, y las olas callaron.» — Salmo 107,28-29

    El salmo describe a unos marineros en una tormenta que claman a Yahvé, y Yahvé calma el mar. En la barca, los discípulos claman a Jesús, y Jesús calma el mar. Por eso la pregunta les brota sola: “¿Quién es este?”. Y la respuesta de la Escritura es una sola: el que manda al mar es Dios.

    El contraste con Jonás es significativo. Jonás también dormía en medio de una tormenta, pero los marineros tuvieron que despertarlo para que orara a su Dios (Jon 1,5-6). Jesús, en cambio, se despierta y manda al mar. Por eso Él mismo dijo: “aquí hay algo más que Jonás” (Mt 12,41). Y caminó sobre las aguas, algo que la Escritura dice solo de Dios, el que “camina sobre las espaldas del mar” (Job 9,8; véase “Yo Soy”).3

    III. Dar la vida y resucitar a los muertos

    «Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.» — Juan 5,21

    «Yahvé da muerte y vida, hace bajar al Seol y retornar.» — 1 Samuel 2,6

    En la Escritura, dar la vida y devolverla es obra exclusiva de Dios. Jesús no dice que el Hijo pide al Padre que dé la vida, sino que el Hijo “da la vida a los que quiere”, igual que el Padre.

    La diferencia se ve al comparar a Jesús con los profetas que resucitaron muertos:

    «Se tendió tres veces sobre el niño y clamó a Yahvé diciendo: “Yahvé, Dios mío, que vuelva, por favor, el alma de este niño dentro de él.” Yahvé escuchó la voz de Elías.» — 1 Reyes 17,21-22

    «Y, acercándose, tocó el féretro… Y dijo: “Joven, a ti te digo: levántate.” El muerto se incorporó y se puso a hablar.» — Lucas 7,14-15

    Elías clama a Dios, y Dios escucha su oración. Eliseo también “oró a Yahvé” antes de resucitar al hijo de la sunamita (2 Re 4,33). Jesús no ora: manda. “A ti te digo, levántate” al hijo de la viuda de Naín; “Niña, a ti te digo, levántate” a la hija de Jairo (Mc 5,41); “¡Lázaro, sal fuera!” a su amigo muerto hacía cuatro días (Jn 11,43).

    «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo.» — Juan 10,17-18

    Y Jesús tiene poder incluso sobre su propia vida. Ningún ser humano puede decir “tengo poder para recobrar mi vida después de morir”. Jesús lo dijo, y lo cumplió: “Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré” (Jn 2,19; véase “La Resurrección de Cristo”).4

    IV. Juzgar al mundo

    «Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre.» — Juan 5,22-23

    En el Antiguo Testamento, juzgar a toda la humanidad es una obra exclusiva de Dios. Abraham lo llama “el juez de toda la tierra” (Gn 18,25), y el salmo proclama: “Dios mismo es el juez” (Sal 50,6). Jesús afirma que el Padre ha entregado al Hijo “todo juicio”.

    «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos.» — Mateo 25,31-32

    Jesús se presenta como el juez de todas las naciones, sentado en su trono de gloria. Para juzgar a todos los seres humanos de la historia hace falta conocer cada vida y cada corazón, algo que solo Dios puede hacer.

    San Pablo lo confirma con un detalle sorprendente. En la Carta a los Romanos dice: “todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios” (Rom 14,10). Y en la Segunda Carta a los Corintios: “es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo” (2 Cor 5,10). Para Pablo, el tribunal de Dios y el tribunal de Cristo son el mismo.5

    V. Conocer los corazones

    «Ya que tú solo conoces el corazón de todos los hijos de los hombres.» — 1 Reyes 8,39

    «Yo, Yahvé, exploro el corazón, pruebo los riñones, para dar a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras.» — Jeremías 17,10

    La Escritura dice que solo Dios conoce el corazón de todos los hombres. Y los Evangelios muestran a Jesús conociendo los pensamientos más íntimos de las personas: conoce lo que piensan los escribas sin que lo digan (Mc 2,8), conoce la vida de la samaritana sin haberla visto antes (Jn 4,17-18) y sabe quién lo va a traicionar (Jn 6,64).

    «Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre.» — Juan 2,24-25

    «Y sabrán todas las Iglesias que yo soy el que sondea los riñones y los corazones, y yo os daré a cada uno según vuestras obras.» — Apocalipsis 2,23

    En el Apocalipsis, Jesús resucitado repite casi palabra por palabra lo que Dios dice en Jeremías 17,10: “yo soy el que sondea los riñones y los corazones” y “daré a cada uno según sus obras”. Se aplica a sí mismo una obra que la Escritura reserva solo a Dios.6

    VI. Enviar al Espíritu Santo

    «Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne.» — Joel 3,1

    En el profeta Joel, es Dios quien promete derramar su Espíritu. Pero en el Nuevo Testamento es Jesús quien lo envía:

    «Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré.» — Juan 16,7

    «Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís.» — Hechos 2,33

    El día de Pentecostés, Pedro anuncia que la profecía de Joel se ha cumplido (Hch 2,16-17), y que quien derramó el Espíritu es Jesús. Enviar el Espíritu de Dios es una obra que solo puede hacer Dios. Jesús lo hace, en comunión con el Padre.7

    VII. Crear, sostener y dar la vida eterna

    «Yo, Yahvé, lo he hecho todo, yo solo extendí los cielos, yo asenté la tierra, sin ayuda alguna.» — Isaías 44,24

    Isaías dice que Dios creó todo “solo” y “sin ayuda alguna”. Y el Nuevo Testamento dice que todo fue creado por el Hijo (Jn 1,3; Col 1,16), que el Hijo “sostiene todo con su palabra poderosa” (Heb 1,3) y que “todo tiene en él su consistencia” (Col 1,17). La única manera de unir estos textos es que el Hijo no es un ayudante de Dios, sino Dios mismo (véase “Jesús es Dios”).8

    Y Jesús da lo que solo Dios puede dar: “Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás” (Jn 10,28).

    VIII. ¿No hicieron milagros también los profetas y los apóstoles?

    Es la objeción más frecuente. Y es cierto: Moisés, Elías, Eliseo y los apóstoles también hicieron milagros. Pero hay una diferencia decisiva en cómo los hicieron:

    «¿Por qué os admiráis de esto, o por qué nos miráis fijamente, como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho caminar a este?… Y por la fe en su nombre, este mismo nombre ha restablecido a este que vosotros veis.» — Hechos 3,12.16

    Pedro sana a un paralítico, y se apresura a aclarar que no lo hizo por su propio poder, sino “en el nombre de Jesús” (Hch 3,6). Los profetas oraban a Dios antes de hacer un milagro y decían: “Así dice Yahvé”. Los apóstoles actuaban “en el nombre de Jesús”. Jesús, en cambio, actúa en su propio nombre: “Yo te digo”, “Quiero, queda limpio”, “¡Calla, enmudece!”.

    Los profetas

    Los apóstoles

    Jesús

    Cómo hablan

    "Así dice Yahvé"

    "En el nombre de Jesús"

    "Yo os digo"

    Ante un muerto

    Oran a Dios (1 Re 17,21; 2 Re 4,33)

    Oran a Dios (Hch 9,40)

    Mandan: "A ti te digo, levántate" (Lc 7,14)

    Los pecados

    Anuncian el perdón de Dios (2 Sam 12,13)

    Perdonan con el poder que Cristo les dio (Jn 20,23)

    Perdona con su propio poder (Mc 2,10)

    Conclusión

    • Jesús perdona los pecados con su propia autoridad, algo que solo Dios puede hacer (Mc 2,5-12; Is 43,25).

    • Manda al viento y al mar, como solo Dios lo hace (Mc 4,39-41; Sal 107,29).

    • Da la vida a quien quiere y resucita a los muertos con su palabra, mientras los profetas oraban a Dios para hacerlo (Jn 5,21; Lc 7,14; 1 Re 17,21).

    • Tiene poder para dar su vida y recobrarla (Jn 10,18).

    • Juzgará a todas las naciones, y el tribunal de Cristo es el tribunal de Dios (Mt 25,31-32; Rom 14,10; 2 Cor 5,10).

    • Conoce los corazones, y se aplica las palabras de Dios en Jeremías: “yo soy el que sondea los riñones y los corazones” (Jer 17,10; Ap 2,23).

    • Derrama el Espíritu que Dios prometió derramar (Jl 3,1; Hch 2,33).

    • Creó y sostiene todas las cosas, y da la vida eterna (Col 1,16-17; Jn 10,28).

    No es lo mismo el mensajero que trae el perdón del rey que el rey mismo que perdona. Los profetas anunciaban lo que Dios hacía; los apóstoles actuaban en el nombre de Jesús; Jesús actuaba en su propio nombre, porque Él es Dios.

    Y estas obras no son solo pruebas del pasado. El mismo Jesús que perdonó al paralítico sigue perdonando los pecados en la confesión; el que calmó la tormenta sigue calmando las tormentas de nuestra vida; y el que resucitó a Lázaro nos promete: “Yo soy la resurrección y la vida; el que crea en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25).


    Notas bibliográficas

    1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 547-550.

    2 CEC, n. 589 y 1441. C. S. Lewis, Mero cristianismo (1952), libro II, cap. 3.

    3 CEC, n. 548.

    4 CEC, n. 646 y 649.

    5 CEC, n. 679 y 681-682.

    6 CEC, n. 473.

    7 CEC, n. 729-731.

    8 CEC, n. 291 y 320.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

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    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.