Jesús es Dios
Introducción
Jesús de Nazaret no es simplemente un profeta extraordinario ni un maestro espiritual excepcional. Las Escrituras lo presentan como el Dios eterno que se hizo hombre.
Esta verdad no es una invención tardía de la Iglesia, sino el testimonio de toda la Biblia: lo anunciaron los profetas, lo proclamaron los apóstoles, lo confesaron quienes lo conocieron y lo creyeron los primeros cristianos. Este tema presenta los textos principales y sirve de puerta de entrada a otros temas que desarrollan, cada uno, un camino distinto para reconocer la divinidad de Cristo.1
I. El Mesías llamado “Dios Fuerte”
«Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. En su hombro traerá el señorío, y llevará por nombre: “Maravilla de Consejero”, “Dios Fuerte”, “Siempre Padre”, “Príncipe de Paz”.» — Isaías 9,5
Siglos antes de Belén, el profeta anuncia el nacimiento de un niño, un ser humano real, y le da el nombre de “Dios Fuerte” (en hebreo, El Gibbor). ¿Es solo un título de honor? El mismo Isaías responde, un capítulo después:
«Un resto volverá, el resto de Jacob, al Dios guerrero.» — Isaías 10,21
La expresión hebrea es la misma, El Gibbor, y aquí se refiere sin duda al Dios de Israel, al que volverá el resto del pueblo. Jeremías también la usa para dirigirse a Dios:
«Tú manifiestas tu amor a millares… Tú eres el Dios grande, el Fuerte; te llamas Yahvé Sebaot.» — Jeremías 32,18
El título que la Escritura reserva a Yahvé es el que Isaías da al niño que había de nacer. El profeta no anuncia a un delegado ni a un ángel, sino a Dios mismo que viene en forma humana. Siglos antes de Belén ya estaba escrito el anuncio de la Navidad: el que nace es un niño, y el que nace es Dios.
II. “La Palabra era Dios”
«En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.» — Juan 1,1-3
San Juan comienza su Evangelio igual que el Génesis, “en el principio”, y afirma que en ese momento la Palabra ya existía: Jesús no comienza en Belén. En una sola frase dice tres cosas: la Palabra es eterna (“existía”), es distinta del Padre (“estaba con Dios”) y comparte su misma naturaleza (“era Dios”).
Y el argumento final es sencillo: si todo lo que existe fue hecho por la Palabra, la Palabra no puede estar entre las cosas hechas. Está del lado del Creador, no de la criatura.2 San Pablo dice lo mismo: “en él fueron creadas todas las cosas” (Col 1,16; véase “Cristo, primogénito de toda la creación”).
III. Creador y sustentador de todo
«Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.» — Hebreos 1,1-3
Dios habló antes por medio de los profetas; ahora habla por medio de su Hijo, que es mucho más que un profeta. El texto hace tres afirmaciones:
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Por el Hijo fueron hechos los mundos. Es el Creador.
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El Hijo es “resplandor” e “impronta” de Dios. Como el resplandor procede del sol sin separarse de él, el Hijo procede del Padre desde siempre y reproduce perfectamente lo que Dios es.
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Sostiene ahora mismo el universo con su palabra. Algo que solo Dios hace.
No es un mensajero de Dios: es Dios.
IV. “Tu trono, oh Dios”
«Pero del Hijo: Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos… Y también: Tú, al comienzo, oh Señor, pusiste los cimientos de la tierra, y obras de tus manos son los cielos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; todos como un vestido envejecerán… Pero tú eres el mismo y tus años no tendrán fin.» — Hebreos 1,8.10-12
En este pasaje es Dios Padre quien habla al Hijo, y lo llama “Dios”: “Tu trono, ¡oh Dios!” (Sal 45,7). Y después le aplica las palabras del Salmo 102, una oración dirigida al Dios Creador. Para un judío, aplicar ese salmo a alguien que no fuera Dios habría sido impensable.
La creación es como un vestido que se gasta y se desecha; el Hijo es quien permanece. Todo cambia y perece; Él “es el mismo”.
V. “Toda la plenitud de la divinidad”
«Porque en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente, y vosotros alcanzáis la plenitud en él, que es la Cabeza de todo Principado y de toda Potestad.» — Colosenses 2,9-10
En Jesús no habita una parte ni un reflejo de la divinidad, sino “toda la plenitud”. Y la habita “corporalmente”, en su humanidad real. Por eso Jesús pudo decir: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Cómo puede ser a la vez Dios y hombre se explica en el tema “Verdadero Dios y verdadero hombre”.
VI. “¡Señor mío y Dios mío!”
«Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío.” Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.”» — Juan 20,28-29
El discípulo más escéptico, el que exigía tocar las heridas, pronuncia la confesión más clara del Nuevo Testamento. No es una exclamación de sorpresa: el texto dice que “le contestó”, es decir, se dirigió a Jesús, con la misma expresión con que el salmista invoca al Señor: “Dios mío y Señor mío” (Sal 35,23).
Y Jesús no lo corrige, como sí corrigen Pedro o el ángel cuando alguien intenta adorarlos (Hch 10,25-26; Ap 22,8-9). Al contrario: acepta su confesión y llama dichosos a quienes crean lo mismo sin haberlo visto, es decir, a nosotros.3
VII. Así lo creyeron los primeros cristianos
La fe en la divinidad de Cristo no la inventó ningún concilio. Los primeros cristianos ya la profesaban:
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San Ignacio de Antioquía, discípulo de los apóstoles, escribió hacia el año 107 a varias Iglesias, camino del martirio, y llamó a Jesús “nuestro Dios, Jesucristo”.
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Plinio el Joven, gobernador romano y pagano, informó al emperador Trajano, hacia el año 112, que los cristianos se reunían antes del amanecer para cantar himnos “a Cristo como a un dios”.
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El Concilio de Nicea, en el año 325, no creó esta fe: la defendió frente a Arrio, que negaba la divinidad de Cristo, y la expresó en el Credo que rezamos cada domingo: “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado”.4
VIII. Otros caminos para reconocer que Jesús es Dios
La divinidad de Cristo se muestra en la Escritura de muchas maneras. Cada una se desarrolla en su propio tema:
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Verdadero Dios y verdadero hombre: cómo se unen en Jesús la naturaleza divina y la humana, según la Escritura y los concilios.
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“Yo Soy”: Jesús se aplica el nombre que Dios reveló a Moisés en la zarza ardiente (Éx 3,14; Jn 8,58).
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El Alfa y la Omega: Jesús lleva el título que Isaías reserva al único Dios: “el Primero y el Último” (Is 44,6; Ap 1,17).
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Solo a Dios se adora: Jesús recibe una adoración que los apóstoles y los ángeles rechazan (Mt 4,10; 28,17; Heb 1,6).
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Las obras que solo Dios hace: perdonar los pecados, mandar a la naturaleza, dar la vida y juzgar al mundo (Mc 2,7; Mt 8,27; Jn 5,21-22).
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Los títulos de Dios que se dan a Jesús: Señor, Salvador, Pastor y Rey de reyes.
Y para responder a las objeciones más frecuentes:
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Cristo, primogénito de toda la creación: ¿es Jesús una criatura? (Col 1,15).
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¿Puede un hombre redimir a otro hombre?: por qué el Redentor tenía que ser Dios.
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La Resurrección de Cristo: el hecho que confirma que Jesús es quien dijo ser.
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¿Tuvo miedo Jesús?: la verdadera humanidad de Cristo.
Conclusión
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Isaías llamó “Dios Fuerte” al niño que había de nacer, con el mismo título que da a Yahvé (Is 9,5; 10,21; Jer 32,18).
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San Juan afirma que la Palabra “era Dios” y que todo fue hecho por ella (Jn 1,1-3).
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La Carta a los Hebreos presenta al Hijo como Creador y sustentador del universo, y el Padre lo llama “Dios” (Heb 1,2-3.8).
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En Cristo habita “toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9).
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Tomás lo confesó “Señor mío y Dios mío”, y Jesús aceptó su confesión (Jn 20,28).
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Los primeros cristianos lo adoraron como Dios desde el principio.
No es lo mismo un mensajero que trae una carta del rey que el rey mismo que viene a visitar a su pueblo. Los profetas fueron mensajeros; Jesús es Dios que vino en persona.
Que esta verdad no quede solo en el entendimiento. Que nos lleve, como a Tomás, a decir desde el corazón: “¡Señor mío y Dios mío!”, y a acercarnos a Él con la confianza de saber que en Jesús encontramos al mismo Dios, hecho cercano, que nos busca para salvarnos.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 241-242 y 464.
2 CEC, n. 291.
3 CEC, n. 448.
4 San Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, prólogo y 18, 2. Plinio el Joven, Cartas, X, 96. Concilio de Nicea I (325), Símbolo de fe: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 125-126. CEC, n. 465.
Algunos Testigos de Jehová traducen Hebreos 1,8 como “Dios es tu trono” en lugar de “Tu trono, ¡oh Dios!”. Si quieres anticipar esa objeción, se puede responder en el tema “Los títulos de Dios que se dan a Jesús”, o en uno dedicado a sus traducciones, junto con Juan 1,1.