Pestañas abiertas

1 abierta

    Anunciación de la Bienaventurada Virgen María

    Exordio

    1. “Como el sol fulgurante y como el arco iris esplendente entre nubes de gloria…” (Sir 50, 7-8). Dice el Eclesiástico: “¡Vaso admirable es la obra del Altísimo!” (43, 2). La bienaventurada María es llamada “vaso”, porque es “tálamo del Hijo de Dios, especial morada del Espíritu Santo, triclinio (convite) de la santa Trinidad” (Adán de San Víctor). Por esto dice ella: “El que me creó, reposó en mi tienda” (Sir 24, 12).

    Este vaso fue obra admirable del Altísimo, del Hijo de Dios, que la hizo más hermosa que todos los mortales y más santa que todos los santos y en la cual El mismo quiso hacerse: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

    De esta obra admirable se dice en el tercer libro de los Reyes que “Salomón esculpió en las puertas del templo querubines, palmeras y guirnaldas de flores en relieve” (6, 32). La puerta del cielo y la puerta del paraíso es la bienaventurada María, en la que el verdadero Salomón esculpió a los querubines, que simbolizan la vida angélica y la plenitud de la caridad; las palmeras, que representan la victoria sobre el enemigo, la lozanía de la perseverancia y la sublimidad de la contemplación; y guirnaldas de flores, que son bajos relieves preciosos, en los que están figuradas la humildad y la virginidad. Todo esto fue esculpido en la bienaventurada Virgen por la mano de la Sabiduría. Con razón se la proclama: “Como el sol fulgurante y como el arco iris esplendente entre nubes de gloria”.

    I - Virtudes y prerrogativas de la bienaventurada Virgen María

    1. Considera que la bienaventurada María fue como el sol fulgurante en la anunciación del ángel, como el arco iris esplendente en la concepción del Hijo de Dios y como la rosa y el lirio en su nacimiento. En el sol sobresalen tres prerrogativas: esplendor, candor y calor, que corresponden a las tres partes del saludo del ángel. La primera: “Ave, nena de gracia”; la segunda: “No temas”; y la tercera: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti”.

    Cuando dice: “¡Ave, llena de gracia! El Señor está contigo; tú eres bendita entre las mujeres” (Lc 1, 28): he ahí el esplendor del sol. Y esto puede referirse también a las cuatro virtudes cardinales; y cada una de ellas refulgió en María en tres modalidades, De la templanza le vinieron la prudencia de la carne, la modestia en el hablar y la humildad del corazón. Tuvo la prudencia, cuando calló en su turbación, cuando comprendió lo que había oído y cuando respondió a lo que se le había propuesto. Tuvo la justicia, cuando atribuyó a cada uno lo que le era debido. Con ánimo decidido aceptó la costumbre en sus desposorios, en la circuncisión del Hijo y en la purificación legal. Manifestó su compasión hacia el que sufre, cuando dijo: “¡No tienen vino!” (Jn 2, 3). Compartió la comunión de los santos, cuando “perseveraba en oración con los apóstoles y con las otras mujeres” (Hech 1, 14). Por su fortaleza y grandeza de ánimo asumió el propósito de la virginidad, lo observó y guardó fidelidad a tan altísimo compromiso.

    San Bernardo afirma que “las doce estrellas que resplandecen en la corona de la mujer del Apocalipsis (12, 1), representan las doce prerrogativas de la Virgen: cuatro del cielo, cuatro de la carne y cuatro del corazón, que descendieron del cielo sobre ella como estrellas.

    Las prerrogativas del cielo fueron la generación de María, el saludo del ángel, la intervención del Espíritu Santo y la inefable concepción del Hijo de Dios.

    Las prerrogativas de la carne: fue la primera de todas las vírgenes, fecunda sin corrupción, grávida sin incomodidad y puérpera sin dolor.

    Las prerrogativas del corazón fueron: la devoción de la humildad, el culto del pudor, la magnanimidad de la fe y el martirio del corazón, por el cual “una espada traspasó su alma” (Lc 2, 35).

    A las prerrogativas del cielo se refieren las palabras: “El Señor está contigo”; a las prerrogativas de la carne, las palabras: “Tú eres bendita entre las mujeres”; y a las prerrogativas del corazón, las palabras: “Llena de gracia”.

    3. Cuando dice: “He ahí, concebirás y darás a luz a un hijo, y le pondrás el nombre de Jesús” (Lc 1, 3 1): he ahí el candor del sol. ¿Y cómo habría podido concebir “el candor de la luz eterna y el espejo sin mancha”, si ella misma no fuera cándida? Del candor de la Madre habla el Hijo en el Cantar: “Tu vientre es todo marfil, constelado de zafiros” (5, 14).

    El marfil, que es hueso del elefante, es cándido y frío, y en esto está indicada una doble pureza: en el candor la pureza del alma y en la frialdad la pureza del cuerpo. Y ambas adornaron el tálamo de la bienaventurada Virgen.

    Se lee en la Historia Natural, que el elefante es el más doméstico y el más obediente de todos los animales salvajes; puede ser amaestrado y aprende con facilidad; y por esto se le enseña a adorar al rey y manifiesta buen sentido. Rehuye sobre todo del olor del ratón que, como se cuenta, nace de la humedad de la tierra. El ratón (en latín mus) es tierra, que se llama también humus (Aristóteles) Bajo este aspecto, el elefante puede ser también figura de la bienaventurada Virgen, que fue la más humilde y obediente de las criaturas y adoró al Rey, a quien había dado a luz.

    El ratón es símbolo de la lujuria, que nace de la humedad de la tierra, o sea, de los placeres de la gula. Y María no sólo evitó la lujuria sino también evitó su olor. En efecto, se turbó por la entrada de] ángel. De la misma manera, todos los que quieren vivir castamente en Cristo Jesús, no sólo deben evitar el ratón de la lujuria, sino su mismo olor. Y no hay de que asombrarse que se deba huir de la fornicación, cuando el elefante, que por su gran mole parece una montaña, huye del ratón.

    4. Dice el Señor en Isaías: “Exterminaré de Babilonia el nombre y el resto, el vástago y la estirpe” (14, 22). El justo, el nazireo (consagrado), debe exterminar el “nombre de Babilonia”, o sea, todo género de lujuria. “Se alejen de su boca las cosas viejas” (1Rey 2, 3). “Mi boca no hable de las obras de los hombres” (Salm 16, 4). Debe exterminar “el resto”, o sea, las fantasías impuras, que suelen restar después del pecado ya perdonado. Debe exterminar “el vástago”, o sea, la curiosa lascivia de los ojos. De ese vástago dice Isaías: “De la raíz de la serpiente saldrá una víbora, y su estirpe engullirá el ave” (14, 29). “De la raíz de la serpiente”, o sea, de la sugestión del diablo y del consentimiento de la mente, saldrá una víbora, o sea, el ojo lujurioso, porque, como afirma Agustín, “el ojo impúdico es señal del corazón impúdico”. Y debe exterminar su “estirpe, que engulle aves”; o sea, la molicie de las palabras y el exceso de la risa engullen el ave, o sea, al justo. ¡Ay de mí! ¡Cuántas aves, o sea, cuántos justos son engullidos de modo tan funesto y por estos excesos! Y, por ende, toda progenie, o sea, toda ocasión de lujuria debe ser destruida y exterminada, para que el vientre, o sea, la mente, pueda ser cándida como el marfil. Con razón se dice: “Tu vientre es todo marfil, constelado de zafiros”.

    El zafiro es una piedra preciosa de color celeste, Si en una casa hay un zafiro, el demonio no se le acerca. En el zafiro se designa la contemplación celestial. A la mente absorta en la contemplación, el demonio no se le acerca.

    Y como no se puede vivir siempre sumergidos en la contemplación, por esto se dice “constelado de zafiros”, como si dijera- “No por todas partes hay zafiros, porque uno no puede dedicarse continuamente a la vida contemplativa”. El vientre de la gloriosa Virgen fue todo marfil y constelado de zafiros, porque en el cuerpo sobresalía por el candor de la virginidad y en el alma por el esplendor de la contemplación.

    5. Cuando dice: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti”: he ahí el calor del sol. Observa que el calor es el alimento y el nutrimento de todos los seres vivientes; y si falta el calor, sobrevienen la declinación y la muerte. La muerte es la extinción del calor natural en el corazón por la falta de linfa (circulación) y por la llegada de lo contrario al calor (frío) (Aristóteles).

    Observa que la causa de la caída de las hojas es la sustracción del nutrimento, o sea, del calor. Cuando en el tiempo invernal el frío envuelve desde fuera a los árboles y a las hierbas, el calor, huyendo de su contrario (hielo), se refugia en las raíces; y, mientras en las raíces aumenta, atrae a sí en lo profundo la linfa sustrayéndola a las ramas y a las extremidades superiores, para mitigar la intensidad de su calor e impedir que las partes inferiores ardan. Por eso, al faltarles el nutrimento en las partes altas, es necesario que las hojas caigan. El calor es la gracia del Espíritu Santo. Si ella se retira del corazón del hombre, llega a faltar la linfa de la compunción; y así la pobre alma cae en la muerte del pecado. Al añadirse después el hielo de la iniquidad, el calor del Espíritu Santo huye de lo que le es contrario; y así el alma queda despojada de todo bien. La entrada del vicio provoca la salida de la virtud. Se lee en el libro de la Sabiduría: “El Espíritu Santo, el educador, huye de la falsedad, se aparta de los pensamientos insensatos y se siente rechazado cuando sobreviene la injusticia” (1, 5); o sea, es rechazado con todos sus bienes, al sobrevenir la iniquidad.

    En cambio, si viene el calor, la tierra concibe y hace germinar la hierba y produce los frutos. Así, al sobrevenir del Espíritu Santo, la tierra bendita concibió y dio a luz el Fruto bendito, que quitó toda maldición. Con razón se dice: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti”. Por eso la bienaventurada María en la anunciación del ángel fulguró como el sol.

    6. María fue “arco iris esplendente” en la concepción del Hijo de Dios. El arco iris se forma cuando el sol entra en una nube, en la que hay cuatro colores: el fuliginoso, el azul, el áureo y el ígneo. Así en este día, el Hijo de Dios, sol de justicia, entró en la nube, o sea, en el seno de la gloriosa Virgen; y ella llegó a ser como un arco iris esplendente, señal de la paz y de la reconciliación, entre las nubes de la gloria, o sea, entre Dios y el pecador. Se lee en el Génesis: “Yo pongo mi arco en las nubes del cielo, y será signo de mi alianza con la tierra” (9, 13).

    Observa que dos son las nubes: la ira de Dios y la culpa del hombre. Dios y el hombre luchaban entre sí. Dios, con la espada de su ira, hirió al hombre y lo condenó a la muerte; y el hombre, con la espada del pecado, pecó mortalmente contra Dios. Después que el sol entró en la Virgen, se hicieron la paz y la reconciliación, porque el mismo Hijo de Dios y de la Virgen, dando plena satisfacción al Padre por la culpa del hombre, frenó su ira para que no hiriese al hombre. Estas dos nubes se llaman “de gloria”, porque fueron disipadas por la gloriosa Virgen. Considera que en el color fuliginoso del arco iris se designa la pobreza de María; en el azul, la humildad; en el color oro, la caridad; y en el color ígneo, cuya llama no puede ser partida ni perjudicada por ninguna espada, su intacta virginidad.

    De este arco iris dice el Eclesiástico: “Mira el arco iris y bendice al que lo hizo: es bellísimo en su esplendor. Envuelve el cielo con una aureola de gloria” (43, 11-12). Contempla el arco iris, o sea, considera la belleza, la santidad y la dignidad de la bienaventurada María; y bendice con el corazón, con la boca y con las obras a su Hijo, que así la hizo. En el esplendor de su santidad, ella es de veras estupenda, más que todas las hijas de Dios. Ella envolvió el cielo, o sea, ella rodeó la divinidad con un círculo de gloria, o sea, con su gloriosa humanidad.

    ¡Ea, pues, Señora nuestra y única esperanza! Te suplicamos que ilumines nuestras mentes con el esplendor de tu gracia, que nos purifiques con el candor de tu pureza, que nos calientes con el calor de tu visita y que nos reconcilies con tu Hijo, para que merezcamos llegar al esplendor de su gloria. Dígnese concedérnoslo aquel que hoy, por el anuncio del ángel, quiso asumir de ti su gloriosa carne y habitar por nueve meses en tu tálamo. A El sean honor y gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II - El Hijo de Dios Comparado al rocío

    7. “Yo seré como el rocío para Israel; e Israel germinará como el lirio y hundirá sus raíces como el bosque del Líbano. Sus ramas se extenderán, y su esplendor será como el del olivo, y su fragancia como la del Líbano” (Os 14, 6-7). “En aquel día los montes destilarán dulzura, y los collados manarán leche y miel” (Joel 4, 18).

    El día, del sánscrito dían, que significa “luminosidad”, indica el tiempo de la gracia, en la que los montes, o sea, los predicadores, destilan la dulzura de la predicación; y los collados, o sea, los oyentes de los predicadores, manan la leche y la miel de la encarnación del Señor.

    Y observa que dice: “Los montes destilan”, porque, cualquier cosa que prediquen, es como una gota en comparación con la divina misericordia, que “no nos salvó por nuestras obras de justicia” (Tit 3, 5). Y “los collados manarán”, o sea, los oyentes, después de haber recibido las gotas de la predicación, deben abundar ampliamente en su fe del Verbo encarnado, o sea, en el Hijo de Dios, que justamente dice en Oseas: “Yo seré como el rocío para Israel”.

    8.”El Hijo de Dios es comparado al rocío por tres propiedades: el rocío desciende por la mañana, se posa con suavidad y brinda refrigerio en el calor. De la misma manera el Hijo de Dios descendió en la Virgen por la mañana, o sea, en el tiempo de la gracia. Se lee en el Éxodo: “Por la mañana apareció en el desierto un rocío menudo y como pisado en el mortero”, -se entiende el maná-; “y ese rocío se asemejaba a la escarcha esparcida por tierra; y su sabor era como el de flor de harina amasada con miel” (16, 13 … ). Y el desierto es figura de la bienaventurada María, de la que dice Isaías: “Envía, Señor, al Cordero”, no al león, “para dominar la tierra”, no para devastarla, “de la piedra del desierto”, o sea, de la bienaventurada Virgen, “al monte de la hija de Sión”, o sea, de la Iglesia, que es la hija de Sión, o sea, de la Jerusalén celestial (16, 1).

    Y Observa que la bienaventurada Virgen es llamada “piedra del desierto”: piedra, porque no puede ser arada y porque sobre ella la serpiente, o sea, el diablo, que habita en las sombras, como dice Salomón, no pudo hallar ningún pasaje. Se dice también “del desierto”, porque no fue sembrada con semen humano, sino fecundada por obra del Espíritu Santo.

    Digamos, pues: “Apareció el rocío”, o sea, el Hijo de Dios, “en el desierto”, o sea, en la bienaventurada Virgen. Este fue como el maná menudo en la concepción y en el nacimiento, “y como pisado en el mortero” en su pasión, flagelado con los azotes, golpeado con las bofetadas y ensuciado con los salivazos. “Y semejante a la escarcha sobre la tierra” a través de la predicación de los apóstoles: “Por toda la tierra resonó su voz” (Salm 18, 5). “Y su sabor nos será dulce como el de flor de harina amasada con miel”, o sea, de la humanidad con la divinidad, en la bienaventuranza de la patria celestial. Con razón, pues, puede afirmar el Hijo de Dios: “Yo soy como el rocío”, que en la mañana de la gracia desciende en la Virgen.

    Pero yo seré como el rocío, que se posa suavemente, como dice el Profeta: “Descenderá como la lluvia sobre el césped y como chaparrones que riegan la tierra” (Salm 71, 6). Hay que tener en cuenta que es diferente la caída de la lluvia de la caída del granizo. La lluvia desciende suavemente para fecundar, el granizo cae con violencia para destruir.

    En su primera venida, Cristo fue como la lluvia que descendió en el seno de la Virgen. En cambio, en la segunda venida será como granizo, que golpeará a los inicuos con sentencia de muerte. Por eso dice David: “Fuego y granizo, nieve y hielo, y viento huracanado que obedecen a sus órdenes” (Salm 148, 8). Será “fuego”, que quema y no consume, del que está dicho: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!” (Mt 25, 41). Y será “granizo”, que golpea, del que dice Jeremías: “Tempestad que se abate sobre la cabeza de los impíos” (30, 23). Será “nieve”, que absorbe, de la que dice Job: “Sobre quien teme la escarcha”, o sea, la expiación de la penitencia, “caerá la nieve” de la muerte eterna (6, 16). Será “hielo”, que tritura. Será “viento huracanado”, que jamás cesará.

    Todo esto forma parte del cáliz, o sea, de los castigos, de los que beben del cáliz de oro de Babilonia, o sea, del mundo, que está en las manos de la meretriz, o sea, de la concupiscencia de la carne. Pero el Hijo de Dios, en su primera venida, fue como la lluvia que desciende sobre la hierba, como se lee en el libro de los jueces: “El rocío descendió sobre el vellón” de Gedeón (6, 3738). Y comenta san Bernardo: “El Hijo de Dios se infundió totalmente en el “vellón”, o sea, en la Virgen; y después regó toda superficie árida, o sea, el mundo”.

    9. Vino, pues, el Hijo de Dios, para hacerse una vestidura con la lana de la oveja, o sea, la Virgen, que es llamada oveja por su inocencia. Ella es nuestra Raquel, que se interpreta “oveja”, que el verdadero Jacob halló junto al pozo de la humildad, como está escrito en el Génesis (29, 10).

    La oveja puede simbolizar también a Adán, del que está escrito: “Anduve errando como una oveja perdida” (Salm 118, 176).

    Se lee en la Historia Natural que, si se confecciona un vestido con la lana de una oveja despedazada por el lobo, ese vestido pululará de gusanos (o, más bien, piojos) (Plinio). Así la lana de nuestra carne, que asumimos de la oveja, o sea, de nuestro primer padre, despedazada por ese lobo que fue el diablo, pulula de los gusanos de los instintos naturales y se echa a perder.

    En cambio, Cristo, para purificarnos de la contaminación de la carne y del espíritu, asumió una lana incontaminada, como la tenía la oveja (Adán) antes de ser rasgada por el lobo. De Cristo dice Isaías: “Comerá manteca y miel” (7, 15). Observa que la oveja produce dos alimentos: la manteca y el queso. La manteca es dulce y grasosa, el queso seco y sólido.

    La manteca simboliza la inocencia de la naturaleza, como fue antes del pecado; el queso simboliza la culpabilidad y las privaciones, que sufrió después del pecado. Está dicho: “¡Maldita la tierra”, o sea, la carne, “por tu obra!”, o sea, por tu pecado; “te producirá espinas y zarzas”, o sea, dolores grandes y pequeños (Gen 3, 17-18).

    En cambio, Cristo no comió queso, sino manteca, porque asumió nuestra naturaleza, como la tenla Adán antes del pecado, no la que tuvo después del pecado. Asumió no tanto el vestido (envoltura), sino su contenido; no el pecado, sino el castigo del pecado.

    Cristo fue también la abeja que se posa en la flor, o sea, en la bienaventurada Virgen en Nazaret, nombre que significa “flor”. De esta abeja dice el Eclesiástico: “La abeja es pequeña entre los animales que vuelan; pero su producto tiene el primado entre los dulces sabores” (11, 3). En la primera venida tuvo la miel de la misericordia; pero en la segunda venida herirá con el aguijón de la justicia. Dice el Profeta: “Te cantaré, oh Señor, la misericordia y la justicia” (Salm 100, 1).

    Ahora puedes apreciar claramente cómo Cristo descendió con suavidad, como la lluvia sobre la hierba.

    10. De esa delicadeza se dice en el tercer libro de los Reyes: “He ahí, un viento grande e impetuoso, que partía las montañas y resquebrajaba las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Y después del viento, hubo un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Y después del terremoto, se encendió un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, se oyó el silbo de una brisa suave: ahí estaba el Señor” (19, 11-12). En el evangelio de hoy tienes estos cuatro momentos. El viento grande e impetuoso fue el saludo del ángel Gabriel, que prometía cosas grandes: promesas dirigidas a una mujer fortísima. Gabriel se interpreta “fortaleza de Dios”. Ese saludo partió los montes de la soberbia y resquebrajó las rocas, o sea, la dureza de la mente humana.

    Los cuatro elementos que se hallan en aquel saludo, pueden ser comparados a las cuatro propiedades de la piedra preciosa, llamada zafiro. Parece que el zafiro muestre una estrella: a esta propiedad se refiere la expresión: “Ave, llena de gracia”. El zafiro es de color azul; y a éste se refieren las palabras: “El Señor está contigo”. El zafiro coagula la sangre; y con esta propiedad concuerdan las palabras: “Bendita tú entre las mujeres”, porque María restañó la sangre de la primera maldición. En fin, el zafiro mata el carbunclo o tizón; y a esta propiedad se refieren las palabras: “Y bendito el fruto de tu vientre”; y ese Fruto mató al diablo. Con razón se dice: “Hubo un viento grande e impetuoso; pero allí no estaba el Señor”, o sea, la encarnación del Verbo.

    Y después del viento del saludo, hubo un terremoto: “Al oír estas palabras, ella se turbó y se preguntaba qué podía significar ese saludo” (Lc 1, 29). Y tampoco allí estaba el Señor, o sea, la encarnación del Verbo. Y después del terremoto, hubo el fuego, o sea, la intervención del Espíritu Santo y el cubrimiento del poder del Altísimo. Y tampoco allí estaba el Señor. Y después del fuego, hubo un silbo de brisa suave, o sea, la respuesta de la Virgen: “¡He aquí la esclava del Señor!”; y allí estaba el Señor, o sea, la encarnación del Hijo de Dios. Cuando ella dijo: “¡Hágase en mí según tu palabra!” (Lc 1, 38), inmediatamente “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

    11. El rocío brinda refrigerio. Así el Hijo de Dios derramó agua fresca sobre el género humano, oprimido por el ardor de la persecución demoníaca. De esa agua dice Salomón: “Como el agua fresca para una garganta sedienta es una buena noticia que viene de países lejanos” (Prov 25, 25).

    El buen mensajero que trae la buena noticia fue Jesucristo, que derramó con profusión el agua fresca de su encarnación en el alma de Adán y en las de su posteridad, abrasadas por la sed en el fuego de la gehena, cuando las sacó del pozo sin agua, en virtud de la sangre de su alianza (Zac 9, 11). Dice el Hijo en Oseas: “Yo seré como el rocío”, que desciende suavemente por la mañana y brinda refrigerio.

    Dice también la Escritura: “E Israel florecerá como el lirio”. Israel, que se interpreta “que ve a Dios”, es la bienaventurada María que vio a Dios en cuanto lo nutrió en el seno, lo amamantó con sus pechos y lo llevó a Egipto. Ella, envuelta por el rocío del Espíritu Santo, floreció como el lirio: su raíz es medicinal, su tallo sólido y erguido, su flor cándida y sus pétalos abiertos.

    La raíz de la Virgen fue la humildad, que reprime la hinchazón de la soberbia. Su tallo fue sólido por la renuncia a las cosas temporales y erguido por la contemplación de las cosas sobrenaturales; y su flor fue blanca por el candor de su virginidad. María fue un lirio con los pétalos abiertos; pero no olvidó sus raíces, cuando dijo: “¡He aquí la esclava del Señor! “. Este lirio floreció, cuando, permaneciendo intacta la flor de su virginidad, dio a luz al Hijo de Dios Padre. Y “como el lirio no perjudica a la flor al expandir su fragancia, así la bienaventurada Virgen no perjudicó a la flor de su virginidad, al dar a luz al Salvador” (Guerrico, abad).

    “Hundirá sus raíces como el bosque del Líbano y sus ramas se extenderán”. La raíz del lirio simboliza la intención del corazón. Si esa intención es simple, como dice el Señor: “Si tu ojo”, o sea, la intención de tu corazón, “es simple”, o sea, sin el doblez del fraude, se expandirán sus ramas, porque crecerán hacia lo alto sus obras; y así “todo tu cuerpo”, o sea, las obras que siguen, “será luminoso” (Lc 11, 34).

    La raíz, o sea, la intención de la bienaventurada Virgen, fue purísima y fragante; y de ella procedieron las ramas de sus obras, derechas y dirigidas hacia lo alto.

    Y observa también que la raíz de la intención es Ramada “del Líbano”, porque de la pureza de la intención proviene el incienso, o sea, el perfume de la buena fama.

    “Y su esplendor será como el del olivo”, que es el símbolo de la paz y de la misericordia. La bienaventurada Virgen María, nuestra medianera, restableció la paz entre Dios y el pecador. De ella se dice en el Génesis: “Pondré mi arco en las nubes, que será signo de mi alianza con la tierra”. El arco iris tiene dos colores: el color del agua y el color del fuego.

    En el agua, que nutre todas las cosas, se designa la fecundidad; y en el fuego, cuya llama no puede ser dañada por la espada, se indica la inviolada virginidad. Este es el signo de la alianza y de la paz entre Dios y el pecador.

    Y es también el olivo de la misericordia. A este propósito comenta san Bernardo: “Oh hombre, tú tienes un acceso a Dios, porque tienes a la Madre delante del Hijo y al Hijo delante del Padre. La Madre le muestra al Hijo su seno y sus pechos, el Hijo le muestra al Padre su costado y sus heridas. No habrá, pues, ningún rechazo, donde intervienen tantas muestras de amor”.

    “Y su fragancia será como la del Líbano”. Líbano se interpreta “candor”, y simboliza el candor de la vida inocente de la bienaventurada Maria, cuyo perfume, difundido por todas partes, devuelve a los muertos la vida, a los desesperados el perdón, a los penitentes la gracia y a los justos la gloria. Por los méritos y por las oraciones de María, el rocío del Espíritu Santo temple los ardores de nuestra mente, cancele nuestros pecados y nos infunda su gracia, para que merezcamos llegar a la gloria de la eterna e inmortal vida.

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.

    III - La natividad del Señor

    12. “Como la flor de la rosa en los días de primavera y como los lirios junto a una corriente de agua” (Sir SO, 8).

    Dice el Eclesiástico: “Fructifiquen como un rosal plantado junto a las corrientes de agua; exhalen suave fragancia como el Líbano (incienso), hagan brotar flores, expandan el aroma como el lirio y cúbranse de follaje lozano” (39, 17-19). En esta cita están indicadas tres características: la abundancia de las lagrimas, la insistencia de la oración y la pureza de la vida.

    Las rosas son las almas de los fieles, enrojecidas con la sangre de Jesucristo, que deben ser plantadas en las orillas de las aguas, o sea, en una profusión de lágrimas, para que puedan producir frutos dignos de penitencia.

    Deben tener, como el Líbano, el incienso de la oración devota, que se expande como un suave perfume. Y como el lirio, por la pureza de su vida cándida, deben exhalar el aroma de la buena reputación y abundar en acciones de gracias. Si las almas de los fieles tienen estas características, podrán participar dignamente en esta festividad, o sea, en el nacimiento del Señor y en el parto de la bienaventurada virgen, de la que se dice: “Como la flor de la rosa en los días de primavera”.

    13. El parto de la gloriosa Virgen es comparado a la rosa y al lirio, porque, como estas flores, aun exhalando una fragancia deliciosísima, no se deterioran, así la bienaventurada María, al dar a luz al Hijo de Dios, permaneció virgen. Entonces el Padre, cuando la Virgen daba a luz a su Hijo, podía decir lo que dijo Isaac a Jacob en el Génesis: “Mira, el olor de mi hijo es como el olor de un campo fértil, bendecido por el Señor” (27, 27). La natividad de Cristo fue como el perfume de un campo, lleno de flores, porque guardó intacta la flor de la virginidad de la Madre, cuando de ella vino a la luz.

    Y la misma bienaventurada Virgen fue un campo colmado de rosas y lirios, bendecido por el Señor. Por esto se dice: “¡Bendita tú entre las mujeres!”. Considera que la bienaventurada María se turbó, al oírse proclamar “bendita entre las mujeres”, ella que siempre había preferido ser llamada “bendita entre las vírgenes”. Y por esto pensaba qué podía significar ese saludo, que en el primer momento le parecía “sospechoso”.

    Y cuando en la promesa de un hijo todo le fue claro, ya no pudo ignorar el peligro que corría su virginidad, sin preguntar: “¿Cómo puede ser eso, si yo no conozco hombre?”, o sea, ¿si me propuse no conocerlo? o tal vez se dijo turbada, porque oía decir de sí lo que absolutamente no le parecía ser. “¡Una virtud, de veras, rara, que tu santidad tan evidente sólo a ti te sea desconocida!” (San Bernardo), quien después añade (hablando del hombre): “Tú te desaprecias en secreto, porque te ponderas en la balanza de la verdad; pero después en público, pensando ser de muy otro precio, nos lo vendes a nosotros a precio mayor del que recibiste”.

    Del parto virginal de María digamos: “Como la flor de la rosa en los días de primavera”. Decimos primavera (en latín ver), porque todo reverdece. En primavera la tierra se viste de hierbas, se colorea de flores variopintas, retorna el clima apacible, las aves “tocan la cítara” y todo parece sonreír. ¡Te damos gracias, Padre santo, porque en el corazón del invierno, entre los fríos más recios, nos regalaste el tiempo primaveral!

    En efecto, en este nacimiento de tu Hijo, Jesús bendito, que se celebra en el corazón del invierno y en la época de los mayores fríos, nos regalaste el tiempo primaveral, lleno de todo encanto. Hoy la Virgen, tierra bendita y bendecida por el Señor, parió la hierba verde, el pasto de los penitentes, o sea, al Hijo de Dios. Hoy la tierra se pinta con las flores de las rosas y con los lirios de los valles. Hoy los ángeles “tocan la cítara”, cantando. “Gloria a Dios en las alturas”. Hoy se restablecen en la tierra la tranquilidad y la paz.

    ¿Qué quieres más? Todo ríe, todo exulta. Hoy el ángel dijo a los pastores: “Miren, les anuncio un gran gozo, que será para todo el pueblo. Hoy, en la ciudad de David, les nació el Salvador, que es Cristo, el Señor. Y ésta es la señal: “Hallarán a un infante envuelto en pañales y recostado en el pesebre” (Lc 2, 10-12).

    14. Observen, queridísimos, que el ángel se apareció a los pastores de las ovejas, porque, como dice Salomón, “su familiaridad es con los sencillos” (Prov 3, 32). Los que guardan en su mente como un rebaño de pensamientos simples e inocentes, oyen del ángel: “Esta es la señal”, con la que ustedes se asegurarán; “hallarán a un infante”; he ahí la humildad; “recostado en el pesebre”, no adherido a los pechos de la madre: he ahí la abstinencia; “envuelto en pañales”: he ahí la pobreza. Con esta señal el Padre señaló al Hijo y lo envió al mundo. Con esta señal ustedes se asegurarán: “ Hallarán a un infante”, o sea, el que no habla. De veras fue uno que no habló, porque delante de los que lo esquilaban, no sólo, sino que también “delante de los que lo esquilaban y mataban, El permaneció mudo y no abrió su boca” (Is 53, 7).

    Hallarán, pues, a un infante. Sí, es de veras un infante el que ahora calla, disimulando los pecados de los hombres; y porque no se venga con el castigo, los pecadores creen que no vea. Por esto se queja el Señor en Isaías: “Tú faltaste a la fe y no te acordaste de mí, ni reflexionaste en tu corazón. Porque yo callaba como si no te viera, te olvidaste de mí. Yo haré conocer tu (falsa) justicia” (57, 11-12); “y te retribuiré según tus obras” (Prov 24, 29); pero, añade, “tus obras no te servirán de ningún provecho” (Is 57, 12).

    Hallarán a un infante. ¡Ay de mí, ay de mí! Yo no hallo al infante, el que no habla, sino al que ladra y al que calumnia, al que murmura y al que adula, adondequiera me dirija. ¿Y tú dices: “Hallarán a un infante?”. Yo hallo al que habla, al que levanta su lengua hasta el cielo y cuya lengua recorre la tierra (Salm 72, 9), sin perdonar en su maledicencia ni al justo ni al pecador. Hallo al que habla, al que llama bien al mal y mal al bien, al que cambia las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, lo amargo en dulce y lo dulce en amargo (Is 5,20).

    “Recostado en el pesebre”. Casi todos, como los pollinos, chupan las ubres desde atrás; o sea, se abandonan a los placeres de la gula y de la lujuria. El Señor fue recostado en el pesebre; y éstos se cuelgan de los pechos de “la gran fornicaria y meretriz, que con el vino de su prostitución embriagó a los habitantes de la tierra” (Ap 17, 1-2), para ser un día colgados del patíbulo de la gehena, para la eterna ruina de su alma.

    “Lo hallarán envuelto en pañales”. En pañales y no en pieles, como fueron revestidos nuestros primeros padres, echados del paraíso. Los que se revisten de pieles, están en la morada de los demonios. Las pieles, pelles, son llamadas así de pellere, arrojar, quitar; o sea, detraer, difamar. Y de ahí viene péllex, concubina y meretriz. Pero péllex, más bien, se relaciona con pellicio, seducir, porque la meretriz seduce a los hombres con la belleza de su piel. El verbo latino pellicio significa “engatusar con halagos”. Los glotones y las meretrices se visten con pieles, porque se ufanan de su apariencia exterior.

    ¿Qué les diré de los afeminados prelados de nuestro tiempo, que se acicalan como mujeres destinadas a las bodas y se revisten de pieles variopintas, y cuyos excesos se manifiestan en monturas pintadas y en arreos y en espuelas de caballos, que enrojecen de la sangre de Cristo? ¡He aquí a quien está confiada hoy la esposa de Cristo, quien fue envuelto en pañales y recostado en el pesebre. En cambio, ellos se revisten de pieles y se abandonan a la lujuria en lechos de marfil.

    Elías y Juan tenían un cinturón de piel ceñido a los lomos. Oh pieles, envejecidas en días de pecado, si quieren tener una piel, tengan un cinturón y no una túnica de piel; y apriétenlo contra los lomos, para mortificar la piel de su cuerpo. Dice Job: “¡Piel por piel; y todo lo que el hombre tiene, dará por su vida!” (2, 4). Mortifiquen la piel de su cuerpo, destinado a la muerte, para que la reciban glorificada en la resurrección general. Oh pastores de la iglesia, ésta será también para ustedes la señal: “Hallarán a un infante”. Márquense ustedes también con el signo de la humildad y de la abstinencia y con el sello de su áurea pobreza, ustedes que viven de su patrimonio.

    15. “Como la flor de la rosa en los días primaverales”. Observa que, como en la primavera, o sea, en el mes de marzo, Dios creó el mundo, así en la natividad de su Hijo hizo un mundo nuevo, todo renovado.

    En el primer día dijo Dios: “¡Hágase la luz!”; y la luz se hizo”. Y hoy “el Verbo del Padre, por el cual todo fue hecho, se hizo carne” (Jn 1, 3-14). Esta Luz, que dijo: “¡Hágase la luz!”, hoy se hizo. Por eso de ella se canta hoy en la Misa de la Luz (de la aurora): “Hoy resplandecerá sobre nosotros la Luz, porque nació el Señor”.

    Presta atención. En este día se cantan tres misas: la Misa de medianoche, en la que se canta: “El Señor me dijo: “Tú eres mi Hijo; hoy te engendré”; y nos recuerda la misteriosa generación de la divinidad, que nadie puede describir. La Misa de la Luz (de la aurora), que nos recuerda la generación de hoy desde la Madre. La Misa de Tercia (del día), que nos recuerda a un tiempo la generación del Padre y de la Madre. En esta tercera Misa se canta el introito: “Hoy nos nació el Niño”; y esto se refiere a la generación desde la Madre. Y se lee el evangelio de Juan: “En el principio existía la Palabra”, que se refiere a la generación desde el Padre.

    La primera misa se canta en el corazón de la noche, porque esa generación desde el Padre es misteriosa también para nosotros los creyentes. La segunda misa se canta de madrugada, porque la generación desde la Madre fue visible también para nosotros, pero envuelta en una cierta nube. “¿Quién puede desatar la correa de su sandalia” (Mc 1, 7), o sea, penetrar el misterio de su encarnación?

    La tercera misa se canta en pleno día, porque en el día de la eternidad, cuando sea eliminada toda oscuridad, conoceremos perfectamente en qué modo Cristo sea engendrado del Padre y en qué modo sea engendrado de la Madre.

    Entonces conoceremos a aquel que todo conoce, porque “lo veremos cara a cara y seremos como El es” (1 Jn 3, 2). Con toda razón se dice: “Como el rocío en los días de primavera”.

    16. “Como los lirios junto a una corriente de agua”. Observa como el lirio nace de una tierra no cultivada, germina en los valles, es perfumado y cándido; cerrado, mantiene el aroma; abierto, lo despide. Tiene seis pétalos, los estambres dorad ’ os y en el centro el pistilo, y puede curar los miembros quemados. Es llamado lirio, porque es casi lácteo; y es figura de la bienaventurada María, cándida por el esplendor de la castidad, que nació de padres castos y humildes: Joaquín, que se interpreta “Dios sostiene”, y Ana, que se interpreta “gracia”. Hoy María dio a luz al Hijo de Dios, como el lirio exhala su perfume. llene seis pétalos. Y sobre este argumento consulta el sermón del domingo V después de Pentecostés, sobre el evangelio: “El gentío se agolpaba sobre Jesús”, donde se habla de las seis gradas del trono de Salomón.

    Los estambres dorados del lirio son la pobreza y la humildad en María, virtudes que fueron el adorno de su virginidad. El pistilo en el centro del lirio simboliza la sublimidad del divino amor en el corazón de la bienaventurada Virgen. Es ella la medicina de los pecadores, que fueron quemados en el fuego de los vicios.

    De ellos dice Joel: “Todos sus rostros tomarán el color de la olla” (2, 6). La olla es el recipiente para cocinar; y se llama así, porque, gracias al fuego debajo, el agua entra en ebullición y produce vapor. Y es llamada también “burbuja”, que se produce en el interior del agua como por el soplo del viento. La olla es la mente del pecador, en la cual está el agua de la concupiscencia, que produce las burbujas de los pensamientos perversos, cuando por debajo se coloca el fuego de la sugestión diabólica. De esa olla procede el humo del culpable consentimiento, que ciega los ojos del alma; y así la mente del pecador se cubre de hollín.

    El rostro (en latín vultus) es llamado así, porque por él se transparenta la voluntad del ánimo; y simboliza las obras, por las cuales el hombre es conocido. Los rostros de los pecadores toman el color de la olla, cuando las obras son contaminadas por la negrura de la mente. La bienaventurada María, con el candor medicinal de su santidad, elimina tal negrura y cura las quemaduras; y de esa manera devuelve la plena salud a los que esperan en ella.

    Digamos, pues: “Como los lirios junto a la corriente de agua”, como para decir: “Como los lirios, junto a las corrientes de agua, permanecen en su lozanía, belleza y fragancia, así la bienaventurada María, al dar a luz a su Hijo, permaneció en la lozanía y en la belleza de la virginidad”.

    Te suplicamos, pues, oh Señora nuestra y excelsa madre de Dios, en la natividad de tu Hijo, a quien engendraste permaneciendo virgen, a quien envolviste en pañales y recostaste en el pesebre. impétranos de tu Hijo su benevolencia y cura con el emplasto de tu misericordia las quemaduras de nuestra alma, que nos procuramos con el fuego del pecado. Y así, gracias a tu misericordia, mereceremos llegar al gozo de la fiesta eterna. Nos lo conceda aquel Jesús, que hoy se dignó nacer de ti, oh gloriosa Virgen. A El sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.

    Cita bíblica