Pestañas abiertas

1 abierta

    Fiesta de San Juan Evangelista

    1. “En aquel tiempo dijo Jesús a Pedro:

    “¡Sígueme!”… (Jn 2 1, 1 9).

    En este evangelio se destacan dos argumentos: la imitación de Cristo y su amor por su fiel discípulo.

    I Imitación de Cristo

    2. “¡Sígueme!”, dice Jesús a Pedro y lo repite a todo fiel cristiano. “¡Sígueme!” también tú desnudo, como yo estoy desnudo; también tú libre de impedimentos, como lo estoy yo. Dice Jeremías: “Me llamarás padre, y no dejarás de seguirme” (3, 19). “¡Sígueme!”, pues; abandona tu bagaje; tan cargado, no puedes seguirme a mí que corro. “Yo corrí, abrasado por la sed” (Salm 61, 5), la sed de la salvación del hombre. ¿A dónde corrió? A la cruz. Corre también tú en pos de El; y como El llevó su cruz por ti, también tú has de llevar por ti tu cruz. Dice Lucas: “El que quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo”, en la renuncia a la propia voluntad, “tome su cruz”, mortificando la carne, “cada día”, o sea, continuamente; y así “me siga” (Lc 9, 23). Así, pues, “¡sígueme!“.

    En otro sentido. Si deseas venir a mí y hallarme, “sígueme”, o sea, búscame de solo a solo. Decía Jesús a sus discípulos: “Vengan ustedes aparte a un lugar solitario, y reposen un poco. Eran muchos los que iban y volvían, tanto que no tenían el tiempo ni para comer” (Mc 6, 31).

    ¡Ay de mí! ¡Cuántos estímulos carnales y cuánto estrépito de pensamientos van y vienen por nuestro corazón, tanto que no hallamos más el tiempo de comer el alimento de la eterna dulzura ni de experimentar el sabor de la contemplación interior! Pero el Maestro bondadoso dice: “Vengan aparte”, lejos del gentío tumultuoso, “a un lugar desierto”, o sea, a la soledad de la mente y del cuerpo; “y descansen un poco”. De veras era muy poco, porque está escrito en el Apocalipsis: “Se hizo silencio en el cielo como de media hora” (8, 1). “¿Quién me dará alas de paloma, para volar y hallar reposo?” (Salm 54, 7).

    Y también Oseas: “He ahí, yo la amamantaré, la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (2, 14). En estas tres frases está indicado el triple estado de los incipientes, de los proficientes y de los perfectos.

    Amamanta a los incipientes, cuando los ilumina con la gracia, para que crezcan y progresen de virtud en virtud (proficientes); después, los aleja del tumulto de los vicios y de la confusión de los malos pensamientos y lo conduce al desierto, o sea, al reposo de la mente; y allí, vueltos ya perfectos, habla a su corazón. Y esto se verifica cuando experimentan la dulzura de la divina inspiración y se elevan totalmente al gozo del espíritu.

    ¡Oh, qué grandes son entonces en su corazón la devoción, el asombro y la exultación! Con la intensidad de su devoción se elevan sobre sí mismos, con la grandeza de su asombro son llevados por encima de sí mismos y con la abundancia de la exultación son arrobados fuera de sí mismos. Entonces, “¡sígueme!”.

    El Señor habla como una madre amorosa que, cuando enseña a su niño a caminar, le muestra un pan o una manzana y le dice: “Ven y te lo daré”. Y cuando el niño se acerca hasta casi tomarlo, la madre se aleja algún poco y, siempre mostrándole lo que tiene en la mano, le reitera: “Ven, si quieres recibirlo”. También algunas aves sacan del nido a sus polluelos y con su vuelo les enseñan a volar y a seguirlas (Dt 32, 11; y Glosa). Lo mismo hace Cristo: para que lo sigamos, se propone a sí mismo como ejemplo y promete el premio en su reino.

    3. “¡Sígueme!”, porque yo conozco el camino justo, para conducirte. Leemos en los Proverbios: “Te mostraré el camino de la sabiduría; te conduciré por los senderos de la rectitud; y, cuando entres, tus pasos no serán estorbados; y si corres, no tropezarás” (4, 11-12).

    El camino de la sabiduría es el camino de la humildad; cualquier otro es camino de la necedad y de la soberbia. Los caminos justos nos los mostró, cuando dijo: “¡Aprendan de mí!”.

    La “senda” es ancha sólo dos pies (medio metro), de tal modo que otro, de paso, no puede arrimársele. Senda, del latín semita, media senda, significa semis iter, de semis, media, iter, senda. Las sendas de la rectitud son la pobreza y la obediencia, por las que Cristo, pobre y obediente, te guía con su ejemplo. En ellas no hay nada enmarañado, sino sólo rectitud y sinceridad. Sin embargo, ¡oh maravilla!, a pesar de ser tan estrechos, los pasos no son estorbados. En cambio, los caminos del mundo son anchos y espaciosos; pero para los seglares, que los recorren como borrachos, nunca son bastante anchos: para el borracho todo camino es siempre angosto, por ancho que fuere.

    La maldad halla todo angosto; en cambio, la pobreza y la obediencia, por lo mismo que son estrechas, dan la libertad, porque la pobreza hace ricos y la obediencia hace libres. El que corre por estas sendas en pos de Jesús, no halla el tropiezo de las riquezas ni de la propia voluntad.

    “Sígueme”, y te mostraré “lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni entró en corazón de hombre” (1Cor 2, 9). “Sígueme y te daré” -como está escrito en Isaías- “los tesoros secretos y las riquezas escondidas” (45, 3); y todavía:

    “Entonces tú verás y te pondrás radiante; y se maravillará y se dilatará tu corazón” (60, 5). “Verás a Dios cara a cara, como es” (1 Jn 3, 2); abundarás en deleites y en las riquezas de la doble estola del alma y del cuerpo; tu corazón se extasiará frente a los coros de los ángeles y a los tronos de los bienaventurados, y así se ensanchará de gozo y prorrumpirá en cantos de exultación y de alabanza. “¡Sígueme!”, pues.

    II - El amor de Cristo hacia su fiel

    4. “Pedro, volviéndose, vio al discípulo al que Jesús amaba” (Jn 21, 20). El que verdaderamente sigue a Cristo, desea que todos le sigan; y por esto se dirige al prójimo con el celo del espíritu, con la oración devota y con la predicación de la Palabra. Esto significa la vuelta de Pedro. Y con esto concuerdan las palabras del Apocalipsis: “El esposo y la esposa”, o sea, Cristo y la iglesia, “dicen: “¡Ven!”. Y el que escucha, repita: “¡Ven!” (22, 17). Cristo con la inspiración y la iglesia con la predicación dicen al hombre: “¡Ven!”. Y el que los escucha, diga a su prójimo: “¡Ven!”, o sea, sigue a Jesús.

    “Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo al que Jesús amaba” (Jn 21, 20). Jesús ama al que le sigue y dice: “A mi siervo Caleb, que me siguió, lo introduciré en esta tierra que él recorrió, y su descendencia la poseerá” (Num 14, 24).

    “El discípulo, al que Jesús amaba”. Comenta la Glosa: “Aun sin nombrarlo, con estas palabras Juan se distingue de los demás, no porque Jesús lo amara sólo a él, sino porque lo prefería a los demás”. Amaba también a los demás, pero a Juan de una manera más íntima.

    Lo regaló con una mayor ternura de su amor, porque lo llamó cuando era todavía virgen y porque permaneció virgen; por eso le confió a su Madre. Y este discípulo, en la última cena, posó su cabeza sobre el pecho de Jesús. Fue un gran gesto de amor que sólo él posara la cabeza sobre el pecho de Jesús, “en el cual están contenidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2, 3). Y este hecho era un presagio de cuanto habría escrito sobre los “arcanos” (misterios) de la divinidad de Jesús, en comparación con los demás.

    5. Observa que Jacob descansó sobre una piedra, y Juan sobre el pecho de Jesús: el primero, mientras estaba de viaje, y Juan durante la cena. En Jacob están indicados los peregrinos, en Juan los bienaventurados. Aquellos están en camino, éstos ya llegaron a la patria.

    Leemos en el Génesis que Jacob salió de Berseba y fue a Harán. Queriendo descansar, puso una piedra bajo su cabeza y durmió. En el sueño vio una escala erguida y a los ángeles que subían y bajaban por ella; y el Señor estaba en la cúspide (28, 10-13).

    Jacob es figura del justo todavía peregrine y envuelto en múltiples conflictos. El salió de Berseba, que se interpreta “pozo séptimo”, y simboliza la codicia del mundo, que es como un pozo sin fondo, como el “séptimo día” del que se lee que no tiene fin. Y se dirige hacia Harán, que se interpreta “excelso”, o sea, hacia la Jerusalén celeste. Dice Habacuc: “Subiré y me uniré a nuestro pueblo, ya predispuesto” (3, 16), que triunfó sobre la maldad del mundo.

    Y como desea aliviar la fatiga de su peregrinación, pone una piedra bajo su cabeza y duerme. La cabeza es la, mente; y la piedra es, la constancia de la fe; la escala erguida es la doble caridad hacia Dios y hacia el prójimo; los ángeles son los justos que suben a Dios con la elevación de la mente y descienden hacia el prójimo con la compasión del alma, El justo, en su peregrinación, para descansar, rija la mente en la firmeza de la fe. Se lee en los Proverbios: “El lebrato (cría de la liebre), raza asustadiza, tiene su cueva en la peña” (30, 26). El lebrato, animal tímido, es, figura del pobre de espíritu, que por su timidez es impotente contra toda injusticia, y por esto coloca la “guarida” de su esperanza, en la peña de la fe, donde puede descansar y dormir y ver, erigida en sí mismo, la escala de la caridad, Y observa que el, Señor está en la cima de la escalera por dos motivos: para darle firmeza y para acoger a los que suben por ella. El sostiene el peso de nuestra fragilidad, para que podamos subir por las obras de la caridad, y acoge a los que suben, para que con El, que es eterno )’ bienaventurado” también nosotros seamos eternos y bienaventurados. Y entonces en esa cena de la eterna saciedad, reposaremos también nosotros, con Juan, sobre el pecho de Jesús.

    El corazón en el pecho es el amor en el corazón. Reposaremos, pues, en su amor, porque lo amaremos con todo el corazón y con toda el alma, y en él hallaremos todos los tesoros de la sabiduría y de la, ciencia.

    ¡Oh amor de Jesús! ¡Oh tesoro escondido en el amor, oh sabiduría de inestimable sabor y ciencia que todo lo conoce!

    “Me saciaré, cuando contemple tu gloria.” (Salm 16, 15). Y también: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste” (Jn 17, 3).

    A El sean la alabanza y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!.

    III. sermón alegórico

    6. “Una gran águila, de amplias alas, de larga expansión de miembros, de espeso plumaje de variados colores vino al Líbano y tomó la médula del cedro” (Ez 17, 3). 1 El águila, llamada así por la agudeza de su vista, es figura del bienaventurado Juan, que, elevado por encima de sí mismo con la penetrante, intuición de su mente, contempló, y nos lo comunicó, al Unigénito Hijo que está en el seno del Padre, el verbo que era desde el principio. “Y nosotros sabemos que su testimonio es veraz” (Jn 21, 24). Dice Ezequiel: “El aspecto de sus caras era cara de hombre y cara de león, a la derecha; y cara de buey, a la izquierda; y cara de águila, por encima de los cuatro” (1, 10).

    En la derecha está simbolizada la prosperidad, y en la izquierda la adversidad. Mateo y Marcos, que están representados en el hombre y en el león, estuvieron a la derecha, porque escribieron acerca de la encarnación de Cristo y de la predicación, en las que hubo algo de prosperidad. Lucas está representado en el buey, que solía ser ofrecido en el sacrificio. En efecto, comienza el evangelio con el sacerdocio (de Zacarías) y conduce a Cristo a la inmolación en el templo y en el altar de la cruz, donde sufrió la adversidad de la pasión. En fin, Juan está representado en el águila, que vuela más en alto que las demás aves; y además penetró más profundamente que los otros en el misterio de Dios; y por esto se dice: “por encima de los otros cuatro”. Sin embargo, nos deja atónitos lo que se dice: “Por encima de los cuatro”, mientras también él es uno de los cuatro. Estaba, pues, por encima de si mismo (Glosa). De veras estaba por encima de sí mismo, porque habló por encima de lo que puede hablar un hombre; y por eso es llamado “águila grande de amplias alas”. Que las alas de esta águila fueron grandes, lo dice la lectura de la misa de hoy, sacada del Eclesiástico: “En medio de la Iglesia abrió su boca” (15, 5). Lo mismo dice el Apocalipsis: “Y vi y oí la voz de un águila que volaba en lo alto del cielo” (8, 13), en el cual se designa la iglesia, en cuyo centro, o sea, para todos comunitariamente, “abrió su boca”. “Y el Señor lo colmó del espíritu de la sabiduría y de la inteligencia” (Sir 15, 5). He ahí, las dos grandes alas, con las que voló hasta el misterio de la divinidad: “En el principio existía el Verbo …

    7. El águila era “de larga expansión de miembros”. Las virtudes son como miembros del alma, que se expanden ampliamente, cuando se abren a las obras de caridad. Y esto concuerda con lo que se lee en la misa de hoy: “El que teme al Señor, obra el bien; y el que practica la justicia, alcanzará la sabiduría. La sabiduría saldrá a su encuentro como una madre honrada y lo acogerá como una esposa virgen” (Sir 15, 1-2).

    El bienaventurado Juan, porque honraba a Dios con un temor casto y filial, obró el bien, o sea, se explayó en obras de caridad. Y todo esto brilla con mayor claridad que la luz, si lees su epístola, en la que escribió sobre la caridad de manera extraordinaria, porque la vivía, “Comenzó a hacer y luego a enseñar” (Hech 1, 1), Y observó también la justicia, como se dice en el Eclesiástico. “Era como una copa de oro macizo, adornada de toda clase de piedras preciosas” (50, 10). Y porque guardó la justicia, o sea, la verdad del evangelio, la aprendió en la práctica , o sea, cosechó sus frutos.

    Dice el Señor en el evangelio: “El que deja al padre, a la madre, a la esposa, recibirá el céntuplo” (Mt 19. 29). El bienaventurado Juan dejó, por el Señor, a la madre y a la esposa; y el Señor le dio no cualquier madre, sino su misma Madre. Por eso se añade: “Saldrá a su encuentro una madre honrada”. La bienaventurada María, Madre del Hijo de Dios, honrada con dones de virtudes y con privilegios de gracias, salió al encuentro del bienaventurado Juan a los pies de la cruz: estaban ella a la derecha y él a la izquierda; y allí, como virgen esposa, lo acogió a él: virgen ella y virgen él. Narra Juan: “Cuando Jesús vio a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba presente, dijo a su Madre: “¡Mujer, he ahí a tu hijo!”. Después, dijo al discípulo: “¡He ahí a tu Madre!”. Desde aquel momento, el discípulo la tomó consigo” (19, 26), como a su madre, o para ampararla. ¡Oh perla fulgente de virginidad, bienaventurado Juan, que mereció ser acogido como hijo por la Madre del Hijo de Dios y acogerla a ella como su madre!

    8. De su perfecta virginidad se dice: “Águila, llena de plumajes variopintos”. Algo semejante dice Job: “Moriré en mi pequeño nido, y multiplicaré mis días como la palmera” (19, 18).

    El ave construye su nido cubriendo su interior con plumas y haciendo mórbido su contorno; y esto por dos razones: para que los huevos no sufran daño por las ramas y para que los polluelos, todavía implumes, hallen reposo y calor en la blandura de las plumas.

    El pequeño nido del bienaventurado Juan fue su humilde sentimiento. Y Observa que no se dice “nido”, sino “pequeño nido”. La virginidad se conserva con la humildad. La virgen soberbia no es virgen, sino corrupta. En el diminutivo nídulus, pequeño nido, se destaca la humildad. Su nido fue construido con mórbidas plumas y adornado con la suavidad de la pureza virginal. En ese nido los huevos de sus pensamientos permanecieron ilesos y los polluelos de sus obras gozaron de calor y de quietud.

    Esta águila estuvo “llena de plumas variopintas”, porque con la pureza de la mente llegó a una estupenda variedad de obras. ¡Estupenda variedad: lirios mezclados con rosas! De estas dos flores dice la lectura de la misa: “El Señor lo revistió con la estola de la gloria”, con respecto a la pureza virginal, Y “acumuló sobre él tesoros de alegría y de exultación” (Sir 15, 6), por la magnificencia de sus obras.

    Y aunque no concluyó su vida con el martirio, fue mártir igualmente, porque fue echado en una cuba de aceite hirviendo, fue relegado en destierro a Patmos y en Éfeso le dieron a beber veneno. Con todo, con la gracia de Dios, salió ileso de todos estos peligros; y así “multiplicó sus días como una palmera .

    La palmera no pierde su verdor ni por el hielo ni por el calor. Así el bienaventurado Juan no perdió la fuerza del ánimo y la virginidad del cuerpo ni por las persecuciones ni por las tentaciones. Y así murió en su pequeño nido, porque perseveró en la virginidad hasta la muerte.

    También, llamo “pequeño nido” su sepulcro, en el cual, después de haber celebrado los divinos misterios, como en el día de hoy descendió en vida y se recostó, como si quisiera dormir.

    9. “Vino al Líbano y tomó la médula del cedro”. El monte Líbano, que se interpreta “candor”, es figura de la patria celeste, “cuyos habitantes son más blancos que la nieve” (Lam 4, 7). Y en el Apocalipsis: “Ellos caminarán conmigo en blancas vestiduras, porque lo merecen” (3, 4).

    El cedro, árbol altísimo, simboliza la excelsitud de la divinidad. Pues bien, esa águila de grandes alas voló hasta la patria celeste y llevó la médula del cedro, cuando dijo: “En el principio existía el Verbo”.

    O también: El cedro incorruptible es figura de la humanidad de Cristo, que no conoció corrupción, y cuya médula es la divinidad. Tomó, pues, la médula del cedro y nos la trajo, cuando dijo: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Y esto concuerda con la lectura de la misa: “Lo nutrió con el pan de vida y de inteligencia, y le dio a beber el agua de la sabiduría y de la salvación” (Sir 15, 3).

    Ser nutridos con el pan de la vida y beber el agua de la sabiduría, no es otra cosa más que tornar la médula del cedro (o sea, la divinización).

    Roguemos, pues, al bienaventurado Juan, que, por sus oraciones, el Señor nos otorgue la gracia de despreciar las cosas terrenas y volar hacia las cosas celestes, para merecer ser nutridos con la médula del cedro.

    Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    IV- Sermón moral

    10. “Un águila grande”. En sentido moral se pueden ponderar tres virtudes en este pasaje: la sólida fe del justo o del penitente, su esperanza segura, su caridad perfecta.

    La fe salda: “Águila grande de amplias alas, de larga expansión de miembros”. El águila debe su nombre a la agudeza de su vista o también del pico; y cuando el pico se vuelve grueso y no puede tomar el alimento, lo afila frotándolo contra una piedra; y así se dice que se renueva: “Se renovará como la del águila tu juventud” (Salm 102, 5).

    El águila tiene una vista tan aguda que, cuando está en el aire, ve los pececillos en la profundidad del agua. Así el penitente, así el cristiano, con el ojo del corazón, iluminado por la fe -ya que, cuanto crees, tanto ves-, contempla los secretos de Dios y con la boca hace profesión pública de fe. Así el Apóstol, acerca de la agudeza de la vista y del pico, dice: “Con el corazón se cree para obtener la justificación, y con la boca se confiesa para alcanzar la salvación” (Rom 10, 10).

    En verdad, ésta es la gran águila -grande y agudo es el ojo de la fe-, que contempla al Hijo de Dios, mientras desciende en el seno de la Virgen; lo ve nacido en un establo, recostado en el pesebre, envuelto en pañales, ofrecido en el templo y rescatado con la ofrenda de los pobres; lo ve, mientras huye a Egipto, peregrino por el mundo, sentado sobre un pollino; lo ve escarnecido por el populacho, golpeado con los flagelos, ensuciado con los esputos, bebiendo hiel y vinagre, colgado desnudo en el patíbulo, colocado en un sepulcro; lo ve, mientras arranca del infierno a los cautivos esclavos, cuando resucita del sepulcro, mientras sube al cielo, mientras llena a los apóstoles de Espíritu Santo; y, en fin, cuando en el juicio recompensa a cada uno según sus obras. He ahí el águila grande por la agudeza de su vista y de su pico. Dice el Apóstol: “Nuestra boca se ha abierto a ustedes, oh corintios” (2Cor 6, 11). Lo que creía con el corazón fiel, lo predicaba con la boca abierta (o sea, con palabras claras), pero sin aspereza. Águila “de amplias alas”. Sobre esto tenemos la concordancia en el Apocalipsis: “Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volara al desierto, hacia su refugio” (12, 14). La mujer es el alma del penitente, de la que habla Isaías: “Como a mujer abandonada y con el ánimo afligido, el Señor te llamó” ( 54, 6). Las dos alas son la contrición y la confesión, con las que vuela al desierto de la penitencia, en el que halla el refugio de paz y de reposo.

    Y observa que estas alas son llamadas “grandes”. En efecto, las alas de la auténtica confesión tienen cuatro grandes plumas. La primera es la amargura por los pecados pasados; la segunda: el firme propósito de no volver a caer; la tercera: el perdón, de corazón, de toda ofensa-, cuarta: la reparación a todo hombre ofendido.

    Y también en el ala de la confesión hay cuatro grandes plumas. La primera es humillarse con la mente y con el cuerpo delante del sacerdote. “maría Magdalena, dice el evangelio, estaba sentada a los pies del Señor” (Lc 10, 39).E Isaías: “Desciende y siéntate en el polvo, virgen hija de Babilonia; siéntate en tierra” (47, 1); o sea, desciende con la humildad de la mente, y siéntate en el polvo o en la tierra con la humillación del cuerpo. La segunda es la acusación completa y minuciosa de los propios pecados: “Me acusaré a mí mismo” (Salm 31, 15); y de nuevo: “Soy yo que he pecado, soy yo que obré inicuamente” (2Rey 24, 17). La tercera es la determinación de las circunstancias de los pecados, en correspondencia a estas preguntas: “¿Quién? ¿Qué? ¿Dónde? ¿Por medio de quién? ¿Cuántas veces? ¿Por qué ¿Cómo? ¿Cuándo?”. La cuarta es la aceptación respetuosa y pronta de la penitencia, impuesta por el sacerdote, para poder decir con Samuel: “¡Habla, Señor, que tu siervo te escucha! “ (1Rey 3, 9).

    Acerca de la satisfacción, o sea, la ejecución de la penitencia, añade: “Alas, con larga expansión de miembros”. La mano, que antes se hallaba como encogida para dar limosna, ahora se abre y se extiende. Marcos relata que había en la sinagoga un hombre con una mano paralizada. El Señor le ordenó: “Extiende tu mano”. El enfermo la extendió y recuperó el uso de la mano (3, 1-5). Las rodillas eran débiles y casi encogidas; los pies ya no desarrollaban su función, porque la pereza los había privado de la misma, como se lee en los Proverbios: “Dice el perezoso: “Hay una leona por el sendero, hay un león por el camino. Como la puerta gira sobre su quicio, así el perezoso gira en su lecho” (26, 13-14). Pero ahora corre y dobla las rodillas para la oración. He ahí el águila grande, de larga expansión de miembros.

    11. “Llena de plumas variopintas”. Algo semejante se lee en Job: “¿Acaso, por tu orden se remonta el águila a lo alto y pone su nido en lugares de difícil acceso?” (39, 27). El penitente, o también el religioso, “se eleva” de las cosas terrenas con las alas susodichas, a la orden del Señor que dice: “¡Vengan en pos de mi!”; y también: “Deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 4, 19; y 8, 22); y “pone su nido en lugares de difícil acceso”, o sea, pone su esperanza en los premios de la vida eterna. Y construye este nido con las plumas de la paciencia y de la benevolencia. Con estas plumas había construido su nido también Job, cuando decía: “Aunque me mate, yo esperaré en él” (13, 15). “Puede ser llevadero el sufrimiento, si no falta la paciencia” (Ovidio).

    “Llena de plumas variopintas”. Cuando se multiplican las tentaciones o las persecuciones, el justo fabrica su nido con las plumas de la paciencia, y con ellas se cubre a sí mismo y a los “polluelos” de sus obras; y así “con su paciencia salva su alma” (Lc 21, 19).

    12. “Vino al Líbano y tomó la médula del cedro”. El cedro, que con su aroma, ahuyenta a las serpientes, es figura de la caridad, que ahuyenta del corazón del justo las serpientes de la envidia, de la ira, del rencor y del odio.

    En la primera carta a los corintios (13, 4-5), dice el Apóstol: “El amor no tiene envidia”, porque, no deseando nada en este mundo, ignora la envidia de los éxitos ajenos; “el amor no obra injustamente”, porque, obrando por el solo amor de Dios y del prójimo, desconoce todo lo que no es recto; “el amor no piensa mal”, porque, afianzando la mente en el amor a la pureza, mientras extirpa de raíz todo odio, no sabe elucubrar en su mente lo que contamina. Por esto se dice que está en el monte Líbano, que se interpreta “candor”, al cual va el justo y toma la médula del cedro.

    La médula simboliza la dulzura de la contemplación o también la compasión hacia el prójimo. Cuando se eleva al amor de Dios, entonces experimenta su dulzura; y cuando se dirige al amor del prójimo, entonces usa la médula de la compasión.

    Roguemos, pues, al Señor Jesucristo, que nos otorgue la gracia de volar lejos de los pecados con las alas de la contrición y de la confesión, de poner el nido de la esperanza en las cosas celestes y de tomar la médula de la doble caridad: caridad hacia Dios y caridad hacia el prójimo.

    Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica