Domingo XIII después de Pentecostés
Prólogo
Elevamos nuestra gratitud a la gracia septiforme, con cuya ayuda hemos llegado al primer domingo del séptimo mes, Debemos ponderar que en este primer domingo y en el siguiente se lee en la Iglesia el libro de Job. Según lo que nos parezca mejor y Dios nos lo conceda, procuraremos concordar algunos pasajes de este libro con las partes del evangelio de este domingo y del siguiente.
Exordio.
Utilidad de la predicación
1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven … !” (Lc 10, 23).
Dice Job: “Un torrente divide la piedra de la oscuridad y la sombra de la muerte, del pueblo que va peregrinando” (28, 3-4). Vamos a ver lo que signifiquen la piedra de la oscuridad, la sombra de la muerte, el torrente, el pueblo que peregrina. El torrente es figura del predicador. Como el torrente abunda de aguas en el invierno y se seca en el verano, tanto que se dice que con la lluvia crece y con la sequía se deseca; así la predicación abunda, y debe abundar, en el invierno de la presente miseria (vida). A este torrente, durante el camino de este destierro, el alma, alejada del rostro y de los ojos de Dios, debe beber, detenerse sobre él como la paloma y proveerse a sí misma.
A esta alma infeliz, el mismo Job dirige esta imprecación: “¡Ya no verá las corrientes de los ríos, los torrentes de miel y de manteca!” (20, 17). En el río se designa el agua de la compunción, que lava la suciedad de los pecados; en el torrente de miel, la Sagrada Escritura, que consuela e ilumina -la miel, como está escrito en el primer libro de los Reyes (14, 27), dio claridad a los ojos de Jonatán-; en el torrente de manteca, la gracia de la devoción, que enriquece la mente.
El alma, pues, afecta a los placeres de la carne, no ve las corrientes del río, porque no llora sobre sí misma, ni los torrentes de la miel y de la manteca, porque no se ilumina con la dulzura de la predicación, ni se enriquece con la gracia de la devoción. Este torrente se deseca durante el verano, o sea, en la bienaventuranza eterna. Por eso dice Jeremías: “Nadie enseñará a su prójimo o a su hermano, diciendo: “¡Conoce al Señor!”, porque todos me conocerán desde el más pequeño al más grande” (31, 34).
Mientras tanto, cuán grande sea la utilidad de la predicación, lo señala Job, diciendo: “El torrente dividió la piedra de la niebla y la sombra de muerte, del pueblo que va peregrinando”.
La piedra se dice en latín lapis, porque hiere el pie (en latín, laédit pédem). La niebla, causada por la densidad del aire, es llamada así, porque es producida sobre todo por el calor del aire. La piedra de la niebla es la tentación del diablo, el cual, teniendo su morada en este aire neblinoso, insinúa en la mente la abrasada niebla de la sugestión, para herir y pervertir sus sentimientos.
La sombra es el aire sin sol se forma, cuando un cuerpo se pone delante de los rayos solares. La muerte es llamada así, porque es amarga. La sombra de la muerte es el olvido de la mente. El hombre miserable pone delante del verdadero Sol el impedimento, que son las riquezas, para hallar debajo de ellas refrigerio como bajo una sombra. Pero, mientras se halla cubierto por esa sombra, es privado del conocimiento y del recuerdo del Señor. En efecto, las cosas temporales hacen olvidar a Dios. Se lee en el Génesis: “El jefe de los coperos del faraón, vuelto a la prosperidad, se olvidó del intérprete de su sueño” (40, 23).
Entonces el torrente, o sea, la predicación, separa la piedra de la niebla, o sea, la tentación del diablo, y la sombra de muerte, o sea, el olvido de la mente, del pueblo que va peregrinando, o sea, de los penitentes, de los pobres de espíritu, de los seguidores de los apóstoles, los que se juzgan desgraciados y peregrinos, relegados y huéspedes en este destierro, a los que el Señor alienta en este evangelio: “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!”.
2. Presta atención. En este evangelio se destacan tres momentos: primero: la bienaventuranza de los que ven a Cristo, cuando dice: “¡Felices los ojos que ven!”; segundo: el amor de Dios y del prójimo, cuando añade: “Un doctor de la ley se levantó”; tercero: la bajada del hombre de Jerusalén a Jericó, cuando dice: “Un hombre bajó de Jerusalén a Jericó”.
En el introito de la misa de hoy se canta: “Mira, oh Dios nuestro protector” (83, 10). Y se lee la epístola del bienaventurado apóstol Pablo a los Gálatas: “A Abraham se le hicieron las promesas” (Gal 3, 16). Dividiremos el pasaje en tres partes y veremos la concordancia con las tres partes del evangelio. Primera parte: “A Abraham le fueron hechas las promesas”. Segunda: “Ahora les digo: un testamento Tercera: “ No hay mediador”.
Y Observa que la razón por la cual este pasaje de la epístola se lee junto con este evangelio se debe a que el contenido de ambos concuerda con la ley que se le dio a moisés.
I Bienaventuranza de los que ven a Cristo
3. “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! Les digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron” (Lc 10, 23-24). También Tobías decía: “Seré afortunado si queda un resto de mi descendencia, para ver el esplendor de Jerusalén” (13, 20), o sea, la humanidad de Jesucristo. El resto de la descendencia de Tobías fueron los apóstoles, “linaje que el Señor bendijo” (Is 61, 9). Y de nuevo Isaías: “Progenie santa será lo que quede de ella” (6, 13), o sea, la iglesia. Estos fueron la descendencia de Tobías por medio de la fe y del sufrimiento, y por esto merecieron ver el esplendor de Jerusalén. Y por esto se les dice: “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!”. Veían un hombre, y creían que era Dios.
¡Bienaventurados los ojos de los puros de corazón, que ven a Jesucristo! Dice Job: “Ahora mis ojos te ven” (42, 5). ¡Bienaventurados los ojos que no ciega el estiércol de las riquezas ni ofusca lo legañoso de las preocupaciones terrenas! Ellos pueden ver al Hijo de Dios envuelto en pañales, recostado en el pesebre, fugitivo a Egipto, sentado en un borriquillo, desnudo, colgado en el patíbulo. Así lo vieron los apóstoles; pero así no lo pueden ver los ojos legañosos. Dice el Salmo: “Cayó sobre ellos el fuego y no vieron más el sol” (57, 9). Los ojos legañosos no pueden mirar el sol.
4. El sol es Cristo que, para ser visto, se envolvió en una nube. El mismo dice por boca de Job: “Cosí un saco sobre mi piel y cubrí de ceniza mi carne. Mi rostro está hinchado por el llanto y mis párpados se entenebrecieron.
Padezco esto, sin que hubiere iniquidad en mis manos y mientras ofrecía a Dios mis oraciones puras. Oh tierra, no cubras mi sangre y no haya lugar donde se ahogue mi clamor” (16, 16- 1 9). En el saco y en la ceniza están designadas la aspereza y la abyección de la naturaleza humana. Jesucristo, con el saco de nuestra naturaleza, se confeccionó una túnica que cosió con la aguja, o sea, la misteriosa obra del Espíritu Santo, y con el hilo, o sea, con la fe de la bienaventurada Virgen, y se revistió con ella; y sobre la túnica esparció la ceniza de la abyección y de la pobreza. Esto no lo pueden ver los ojos legañosos y malditos.
¡Ay de mí! El rostro de Jesucristo se hinchó por las bofetadas y las lágrimas, que El sufrió, aunque sus manos fuesen puras. El no cometió pecado ni se halló engaño en su boca (Is 53, 9). El ofreció a Dios Padre oraciones inocentes en favor de los inmundos y de los malvados. El, como dice Isaías, oró por los transgresores (53, 12), diciendo: “¡Padre, perdónales!” (Lc 23, 34).
Oh tierra, oh pecador, no cubras con el amor de las cosas terrenas mi sangre, que es el precio de tu redención; permite, te ruego, que produzca en ti su fruto. En tu frente escribí con mi sangre la señal tau, para que el ángel golpeador no te golpeara (Ez 9, 4-5). No quieras, te lo suplico, cubrir con tierra aquella señal, no destruyas la inscripción del título, que Pilato no destruyó, sino que confirmó, diciendo: “¡Lo que escribí, escribí!” Un 19, 22). “No haya en ti lugar donde se ahogue mi clamor”. El clamor de nuestro Redentor es la sangre de la redención, que, como dice el Apóstol a los hebreos, “tiene la voz más elocuente que la de Abel” (Heb 12, 24). La sangre de Abel pedía la muerte del fratricida, mientras la sangre del Señor impetró la vida por los perseguidores.
Sin embargo, esa sangre halla en nosotros un lugar donde es ahogado, ese clamor, si la lengua calla lo que la mente cree. Ese saco (cilicio) y esta ceniza, los ojos legañosos no los ven; este clamor, los oídos sordos no lo oyen. Y por esto el Señor añade: “Les digo: muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y oír lo que ustedes oyeron”. En los profetas están señalados los prelados, en los reyes los poderosos de este mundo. Tanto los unos como los otros quieren contemplar a Jesús en el cielo, pero no lo quieren ver pendiente del patíbulo. Quieren reinar con Cristo y gozar con el mundo. Todos ellos dicen con Balaam: “ ¡Muera mi alma de la muerte de los justos!” (23, 10). Ellos quieren ver la gloria de la divinidad, como la vieron los apóstoles; pero no quieren aceptar la ignominia de la pasión y la pobreza de Jesucristo que sus discípulos soportaron. Y por eso no lo verán con los apóstoles, sino que con los impíos sólo verán a “aquel, a quien traspasaron” Un 19, 37). Ni oirán el silbo de una brisa suave: “¡Vengan, benditos de mi Padre!”, sino que oirán el trueno: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!” (Mt 25, 41).
5. A propósito dice Job: “El trueno de su poder, ¿quién puede comprenderlo?”. Y de nuevo: “¿No aferraste tú y sacudiste los bordes de la tierra, y no arrojaste de ella a los impíos?” (26, 14; y 38, 12-13). El Señor aferró los bordes de la tierra, cuando “escogió lo vil y lo débil del mundo, para confundir con ellos a los poderosos” (1Cor 1, 27). Presta atención a estas dos palabras: “aferraste” y “sacudiste”. El padre tiene con una mano al hijo y con la otra lo sacude y lo golpea: lo aferra para que no caiga en el precipicio, y lo golpea, para que no se vuelva insolente y soberbio. Así el Señor con la mano de la misericordia aferra al justo, para que no caiga en el pecado; lo golpea, para que no se ensoberbezca por la gracia recibida del Padre. Dice el Apóstol: “Para que no me ensalzara con la grandeza de las revelaciones … “ (2Cor 12, 7). “Y arrojaste de ella a los malvados”. En el día del juicio el Señor, de nuestra tierra en la que pecaron, sacudirá a los malvados al infierno, como se sacude el polvo de un bolso. La misma tierra, oprimida por el peso de sus pecados, los sacudirá al infierno, “en el que habrá llanto de los ojos que se perdieron detrás de las vanidades, y rechinar de los dientes” (Mt 8, 12), que arrancaron a los pobres sus bienes. Los ojos de todos ellos no verán a Jesús en el cielo, sino a la multitud de los demonios en el infierno. Esos tales no oirán la melodía de los ángeles, sino el crujir de dientes.
6. Con esta parte del evangelio concuerda el introito de la misa de hoy: “Mira, oh Dios, nuestro protector, mira el rostro de tu Cristo. Es mejor un día en tus atrios que mil fuera de ellos” (Salm 83, 10-11). ¡Bienaventurados los ojos que verán, en la amargura de su corazón, el rostro de Jesucristo, hinchado por las bofetadas y las lágrimas y cubierto de esputos, porque aquel rostro, “que los ángeles desean contemplar” (1 Pe 1, 12), ellos lo contemplarán resplandeciente en los atrios de la Jerusalén celestial.
A este propósito dice Job: “Verá en el júbilo su rostro” (33, 26), como si dijera: “Si antes el hombre, en la amargura del corazón, vio aquí abajo el rostro de Jesucristo como lo tuvo en la pasión, después lo verá en el júbilo del espíritu, un júbilo que no se puede ni expresar ni callar, como lo tendrá en la bienaventuranza eterna”
Ese esplendor del rostro de Cristo es ese “único día” que, sin obstáculo, ilumina la ciudad de Jerusalén. Ese esplendor es superior a cualquier otro. Para que merezcamos llegar a esa gloria, roguemos al Padre, diciendo: “Mira, oh Dios, nuestro protector”. La protección de Dios nos parece menos necesaria, cuando está siempre a mano; conviene, pues, que de vez en cuando nos sea sustraída, para que el hombre se convenza que sin ella es una nada.
“Mira, oh Dios, nuestro protector, y mira el rostro de tu Cristo”. Oh Padre, no mires nuestros pecados, sino mira el rostro de tu Cristo, que por nuestros pecados fue ensuciado con escupitajos y fue hinchado por las bofetadas y las lágrimas, para reconciliarnos contigo a nosotros pecadores. El, para obtener tu perdón, te mostró su rostro golpeado por las bofetadas, para que tú lo miraras y, mirándolo, dirigieras tu benevolencia a nosotros, que fuimos la causa de su pasión.
7. También en este aspecto tenemos una concordancia en Job: “Si hubiere un ángel que hablara en su favor y mostrara la sola cosa en la que le es semejante, para anunciar la justicia del hombre, Dios tendría misericordia de él y diría: “Líbralo, para que no baje a la corrupción (sepulcro); hallé una razón, para ser benévolo con él. Su carne fue gastada en los tormentos; ahora vuelva a los días de su adolescencia” (33, 23-25). Este ángel es Cristo, el cual habla al Padre en nuestro favor, mostrando la sola semejanza con nosotros. El en todas sus manifestaciones es infinitamente superior a nosotros. Sólo en una cosa no es diverso de nosotros, en la verdad de su condición de siervo (Filp 2, 7). El habla por nosotros al Padre mostrando su semejanza con nosotros: habla al Padre en cuanto es semejante a nosotros. Su hablar es mostrarse hombre en nuestro favor, porque fuera de El no se hallaría a nadie tan propicio, que, exento del pecado, intercediera por los pecadores.
“Tendrá misericordia de él”. El Mediador tiene compasión del hombre, porque asumió la condición humana. “Y dice: “Líbralo, para que no baje a la corrupción” (sepulcro). Su palabra es ya la liberación del hombre; y, asumiendo la naturaleza humana, la demuestra libre. Y por medio de la carne que asumió, demostró libre también la carne que redimió.
“Hallé una razón para serle benévolo”, como si dijera abiertamente: “Ya que no hubo hombre alguno que pareciera digno de interceder por los hombres delante de Dios, yo mismo me hice hombre para interceder por los hombres. Y mientras me mostraba como hombre, en el mismo hombre hallé el motivo para que Dios fuese propicio a los hombres”.
“Su carne fue gastada en los tormentos”. El género humano estaba oprimido por innumerables tormentos de vicios y de castigos; pero, al venir el Redentor, retorna a los días de su adolescencia, o sea, renueva la integridad de su vida, para no permanecer en la condición en que había caído, sino que, con la redención, retorne a la condición por la cual había sido creado (Glosa).
8. Con esta primera parte concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “A Abraham le fueron hechas las promesas y a su descendencia. No dice: a tus descendientes, como si se tratara de muchos, sino “a tu descendencia”, como a uno sólo; y ésta es Cristo” (Gal 3, 16), quien, como grano de mostaza, fue sembrado en el jardín de la bienaventurada Virgen. Por su pobreza y humildad fue la más pequeña de todas las semillas, o sea, de todos los hombres, en su natividad; creció a través de la predicación y la realización de milagros; y en esto fue más grande que todas las hortalizas, o sea, que los patriarcas del Antiguo Testamento. Hecho árbol en su resurrección, extendió sus ramas mediante la predicación de los apóstoles; y así los pájaros del cielo, o sea, los fieles de la iglesia, acuden por medio de la fe, y por medio de la esperanza y la caridad ponen su morada en sus ramas, o sea, en sus doctrinas y en sus ejemplos. ¡Felices, pues, los que ven ahora por medio de la fe a aquel en el que son bendecidas todas las gentes, y un día lo verán en su hermosura en la gloria celestial y oirán: “¡Vengan, benditos de mi Padre! “. A esa visión y a escuchar su voz se digne conducirnos el mismo Cristo, que es Dios bendito por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
II - Amor de Dios y amor del prójimo
9. Comienza la segunda parte: “Un doctor de la ley se levantó para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para poseer la vida eterna?”. Jesús le dijo: “¿Qué esta escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. El otro le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás al prójimo como a ti mismo”. Jesús le replicó: “Contestaste muy bien; haz esto y vivirás” (Lc 10, 25-28).
Observa que en esta parte del evangelio está incluida toda la perfección del camino y de la patria. Cada una de las palabras de este pasaje es de gran importancia y de gran utilidad. Por eso trataremos brevemente de cada una de ellas.
Amor se dice en latín dilectio, porque liga entre sí a dos personas (en latín, duos ligat). El amor comienza entre dos personas. El amor de Dios y el amor del prójimo sólo pueden ser entendidos en relación al bien. El Señor es llamado en latín Dominus, porque domína sobre toda la creación, o también, porque “manda en la casa” (en latín, domui praeest), o también, porque “hace amenazas” (en latín, dans minas).
Dios se dice en hebreo Eloe, que significa temor, en griego se dice Theos, que viene de theoreo, veo, porque ve todas las cosas. Theós significa también corro, porque Dios todo lo recorre y explora. El amor, pues, liga a Dios y al prójimo. Esta es la línea (medida), de la que habla el Señor en el libro de Job: “¿Quién extendió sobre la tierra la línea (medida)? ¿Sobre qué están aseguradas sus basas?” (38, 5-6). El Señor tendió la línea de su amor en el alma, para que ella se prolongara hasta el amor del prójimo. “¿Sobre quién”, si no sobre Jesús, “están aseguradas sus basas”, o sea, las rectas intenciones del alma, sobre las que se apoya todo el edificio de las virtudes? Si la basa de toda intención no está asegurada en Cristo, toda la obra de la construcción amenaza ruina; y “su ruina será grande” (Mt 7, 27). “Ama, pues, al Señor tu Dios”.
Presta atención a los dos términos: Señor y Dios. Es Señor, Dominus, porque domina sobre toda la creación; es Dios, porque todo lo ve y lo inspecciona. De El dice Sofar, naamatita, en el libro de Job: “Dios es más alto que el cielo: ¿qué puedes hacer? Es más profundo que los infiernos (abismo): ¿cómo podrás conocerlo? Su dimensión es más extensa que la tierra y más ancha que el mar. Si El todo lo trastorna, o todo lo restringe: ¿quién puede contrarrestarlo? o, ¿quién puede preguntarle: “¿Por qué haces esto?” (11, 810 y 9, 12).
Observa: los ángeles son aquí llamados cielos, los demonios infiernos, los justos tierra y los pecadores mar Los ángeles, pues, no llegan a su altura; juzga la malicia de los demonios mucho más severamente de lo que piensan; su paciencia supera la longanimidad de los justos, y El tiene siempre presentes las obras de los pecadores. O también: el hombre es cielo por la contemplación, infierno por la ofuscación de las tentaciones, tierra cuando lleva fruto y mar cuando se agita en su inconstancia. Sin embargo, también la contemplación del hombre se desvanece frente a Dios, y si se examina en las tentaciones, teme los severos juicios de Dios; y, en fin, la recompensa es superior a sus obras. Y aunque la mente se agite en la búsqueda, jamás llegará a conocer cuál será la justicia futura. Símilmente, Dios tiene amplitud en el amar, longitud en el tolerar, altura en el superar los deseos de la inteligencia, profundidad en el juzgar los impulsos ilícitos de los pensamientos.
El trastorna el cielo, cuando rinde vana la contemplación del hombre; trastorna los infiernos, cuando permite que en las tentaciones el asustadizo caiga en cosas peores; trastorna la tierra, cuando con las adversidades impide el fruto de las buenas obras; trastorna el mar, cuando confunde nuestra vacilación con el terror del juicio. El cielo y el infierno son compelidos juntos, cuando una misma mente se eleva con la contemplación y se oscurece con la tentación. La tierra y el mar son compelidos juntos, cuando la misma mente es robustecida por una fe segura en las cosas eternas y también atormentada por el soplo mudable de alguna duda. Este Dios, tan misterioso y tan grande, debe ser amado: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”.
Dice “tu” Dios; y por esto hay que amarlo aún más. En efecto, amamos más nuestras cosas que las ajenas. Merece que tú le ames porque, aunque sea el Señor tu Dios, se hizo tu siervo, para que así tú fueras “suyo” y no te avergonzaras de servirlo. Dice Isaías: “Me hiciste servir en tus pecados” (43, 24). Durante treinta y tres años, Dios se hizo tu siervo por tus pecados, para liberarte de la esclavitud del diablo. “Amarás, pues, al Señor tu Dios”, que te hizo, que se hizo por ti y que se dio todo a ti, para que tú te dieras todo a El. “Amarás, pues, al Señor tu Dios”.
En la creación, cuando tú no existías, te dio a ti mismo; en la redención, cuando tú estabas en el mal, se dio a ti, para que estuvieras en el bien; y cuando se dio a ti, te restituyó a ti mismo. Dado, pues, y restituido, tú te debes a El, y te debes dos veces, y te debes totalmente. “Amarás, pues, al Señor tu Dios”.
El que dice “todo”, no te dejó una parte de ti, sino que te mandó que te ofrecieras todo a El. Con todo lo suyo El te compró todo, para que únicamente El te poseyera todo (Bernardo). “Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón”
No quieras, pues, como Ananías y Safira, guardar para ti una parte de ti mismo, para no perecer totalmente con ellos. Ama, pues, con todo ti mismo, y no con parte. Dios no tiene partes, sino que en todo lugar está todo; y entonces no quiere una parte de lo tuyo que está todo en lo suyo. Si te reservas una parte, eres tuyo, no suyo.
¿Quieres tenerlo todo? Dale a El lo tuyo, y El te dará lo suyo; y así no tendrás nada de ti, y lo tendrás todo a El con todo ti mismo. “Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón”.
10. Presta atención a estas cuatro cosas: el corazón, el alma, las fuerzas y la mente.
El corazón está situado en el centro del pecho del hombre. Tiende un poco a la izquierda; en efecto se aparta un poco de la línea divisoria entre las tetillas y se dobla hacia la tetilla izquierda y está en la parte superior del pecho. Y no es grande ni es de forma alargada, sino que tiende, más bien, a la forma redondeada, y su extremidad es estrecha y aguda (Aristóteles).
Oh hombre, la disposición y la forma de tu corazón te enseñan cómo debes amar al Señor tu Dios. Tu corazón está situado en el centro del pecho entre las dos tetillas. En las dos tetillas se designa el doble recuerdo: el de la encarnación del Señor y el de su pasión, de las que el alma saca su nutrimento, como de dos mamas. En la tetilla derecha está simbolizado el recuerdo de la encarnación, y en la izquierda el recuerdo de la pasión. Entre estas dos tetillas debe ser colocado tu corazón, para que todo lo que pienses y todo lo que hagas de bien, todo lo refieras a la pobreza y a la humildad de la encamación y a la amargura de la pasión del Señor. Dice la esposa en el Cantar de los Cantares: “Mi amado es para mí como un ramillete de mirra que reposa entre mis pechos” (1, 12).
El alma, esposa de Jesucristo, Hijo dilecto de Dios Padre, labra para sí un ramillete de mirra con toda la vida de su dilecto. Trae a la memoria como fue recostado en un pesebre, envuelto en pañales y fugitivo a Egipto, desterrado, pobre y peregrino; como fue acometido con las injurias y blasfemias de los judíos; como fue traicionado por el discípulo, apresado por la cohorte del gobernador, llevado a Anás y a Caifás, atado a la columna y flagelado por Poncio Pilato, coronado de espinas, herido por las bofetadas, embadurnado con escupitajos; y en fin como fue crucificado entre dos ladrones y homicidas. Con todos estos eventos, recogidos juntos y reunidos por el vínculo de la devoción, el alma se labra un ramillete de mirra, o sea, de amargura y de dolor, y lo coloca entre los pechos, donde está colocado el corazón. Ese ramillete tiene que estar siempre sobre el corazón de la esposa, o sea, del alma.
Y considera que como el corazón tiende un tanto hacia la tetilla izquierda, así la compasión y la devoción del corazón debe dirigirse a la amargura de la pasión del Señor. Por eso María Magdalena derramó sus lágrimas y sus perfumes ante todo sobre los pies del Señor, en los que está simbolizada su pasión. Llora Sobre los pies del Señor el que toma parte en el dolor del que sufre; los unge el que da gracias por el beneficio de la pasión. Tanto los sentimientos de dolor como los de la devoción debemos dirigirlos a la pasión de Jesucristo.
Y como tu corazón está puesto en la parte superior del pecho, así su aspiración y su deseo deben estar dirigidos a la gloria del cielo. Donde está tu tesoro, o sea, Jesucristo, maná en una urna de oro, allí debe estar también tu corazón (Mt 6, 21).
Y corno tu corazón no es grande ni su forma es alargada, sino que tiende levemente a la forma redondeante, así también tú no debes ser grande por la exaltación ni alargarte en la codicia, sino que tu vida debe ser redondeante, o sea, perfecta. Lo que es redondo, no sufre disminución.
Y como la extremidad del corazón es estrecha y aguda, así debes siempre pensar que la conclusión de tu vida será estrecha y aguda. “Estrecha”, porque deberás transitar por el angostísimo pasaje de la muerte, por el cual nada podrás llevar contigo sino sólo tus pecados, que no son sustancias; “aguda”, porque el temor del juez te traspasará y el horror del castigo te aguijoneará. Por ende, mientras tengas el corazón en tu poder, “ama al Señor tu Dios con todo el corazón”.
11. “Y con toda tu alma”. “El alma es una sustancia incorpórea, intelectual, racional, invisible, de origen desconocido, sin mezcla de terrenidad” (Isidoro). Alma es como decir en griego ánemos, viento o, mejor, movimiento, porque tiene siempre su movimiento espontáneo y mueve los cuerpos; o también, siempre en griego, anamne o anámneia, que significa recuerdo o reflexión; o se compone de a y de nemo, que en griego significa conferir, porque confiere la vida a los cuerpos; o, en fin, anaema, de ana, sobre, y de aima, sangre, o sea, sangre superior.
Ama, pues, al Señor tu Dios con toda tu alma, para que tu movimiento, tu pensamiento, tu vida, todo, tú refieras a su amor.
“Ama al Señor con todas tus fuerzas”. Recuerda que tres son las “fuerzas” del alma- la fuerza racional, la concupiscible y la irascible. Con la fuerza racional distinguimos el bien del mal; con la fuerza concupiscible deseamos el bien; y con la irascible detestamos el mal. Estas fuerzas las perdieron los afeminados, de los que dice Job: “Fue grato a los guijarros de Cocito y tras de sí arrastra a todo el hombre” (21, 33). Guijarros son las piedras de los ríos, que las corrientes de agua arrastran consigo. Cocito, en griego, significa el llanto de las mujeres y de los enfermos. Los literatos afirman que Cocito es el río que corre en los infiernos y que allí abajo hay llanto para los inicuos.
Agradables son, pues, los resbaladizos guijarros del Cocito para los que no quieren resistir enérgicamente a los placeres y con sus caídas de cada día se dirigen al llanto eterno (Glosa). Y el placer del amor terreno “arrastra tras de sí a todo el hombre”, o sea, la fuerza racional, concupiscible e irascible. ‘La prudencia mundana arrastra la fuerza racional; el placer de la carne arrastra la fuerza concupiscible y la vanagloria la fuerza irascible.
12. Estos son los tres amigos de Job: Elifaz el temanita, Baldad el suhíta y Sofar el naamatita. Elifaz se interpreta “desprecio del Señor” y Temán “el viento austro”. Elifaz simboliza la prudencia mundana, que proviene del austro, o sea, del viento cálido, que es la codicia del mundo, porque “los hijos de este siglo son más sagaces en sus cosas que los hijos de la luz” (Lc 16, 8). Esta prudencia mundana desprecia la sabiduría del Señor y, a su vez, es por ella despreciada. Dice Isaías: “Cuando estés cansado de despreciar, tú mismo serás despreciado” (33, 1).
Baldad se interpreta “sola vejez” y suhíta “que habla”, y simboliza el placer de la carne, que comenzó con los primeros padres y que de generación en generación envejece la piel de los hijos. Este patrimonio nos lo transmitió el viejo Adán; esta vejez nació del lenguaje de la serpiente. En el Salmo dice el penitente: “De la voz de mi gemido”, o sea, de la sugestión del placer, que es causa de mi gemido, “adhirió mi hueso”, o sea, mi razón o mi fuerza, “a mi carne”, o sea, a mi carnalidad (Salm 101, 6).
Sofar se interpreta “ruina de la cima” y Naamatita “decoro”, y simboliza la vanagloria, que nace de una falsa apariencia religiosa; y por su causa se arruina la sublimidad de la contemplación y de toda obra buena. Dice el Señor: “Ya recibieron su recompensa” (Mt 6, 5).
Con estos tres pecados se destruyen las tres fuerzas del alma; y por ende es necesario que el bienaventurado Job, que se interpreta “el doliente”, o sea, el penitente que se duele, se libere de su dolor, no escuche a sus tres amigos, a quienes él mismo Rama: “Mis amigos locuaces” (16, 21), ni confíe en ellos, para que pueda amar al Señor Dios con todas sus fuerzas.
13. “Amarás a Dios con toda tu mente”. La mente es la parte del alma que abarca la inteligencia y la razón. Es llamada mente, porque es la parte más eminente del alma, o también porque tiene memoria (asonancia con mente). La mente no es el alma, sino lo que hay de superior en el alma, o sea, la parte más excelente, de la que proviene la inteligencia. El mismo hombre es llamado “imagen de Dios” por la mente. Sin embargo, todas estas cualidades están unidas al alma hasta formar una única entidad. El alma está indicada por diversos nombres según los actos de los que es causa eficiente.
Cuando vivifica el cuerpo, es alma; cuando quiere, es ánimo; cuando sabe, es mente; cuando juzga rectamente, es razón; cuando inspira, es espíritu; cuando percibe algo, es sentido. Ama, pues, al Señor tu Dios con toda tu mente, para que todo lo que recuerdas, sabes o comprendes, todo lo refieras al amor de Dios.
“Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Sobre este argumento examina el sermón del primer domingo de Pentecostés, sobre el evangelio: “Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino fino”. Sobre el mismo argumento tenemos una concordancia en Job, donde dice: “Si visitas a tu especie humana, no pecarás” (5, 24). La exposición de este pasaje lo hallarás en la segunda parte del sermón del domingo de Septuagésima.: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”.
14. Con esta segunda parte concuerda la segunda parte de la epístola: “Esto les digo, un testamento confirmado por Dios” (Gal 3, 17).
El testamento se llama así, porque es una voluntad escrita y confirmada delante de testigos. La voluntad de Dios es el amor hacia El y hacia el prójimo; y esa voluntad fue escrita en la ley de la naturaleza, de las tablas y de la gracia, y confirmada por testigos, a los que dijo: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros” (Jn 15, 12). Este testamento fue confirmado con la muerte del testador. Dice Juan: “Después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”, o sea, hasta la muerte (Jn 13, 1). Y esto, no porque con la muerte se acabe su amor, sino en el sentido de que tanto los amó que el amor lo llevó a la muerte.
Te rogamos, Señor Jesús, que nos ligues con el amor hacia ti y hacia el prójimo, para que te amemos “con todo el corazón”, tan profundamente que nada nos distraiga de tu amor; “con toda el alma”, o sea, con sabiduría, para no ser engañados por otros amores; “con todas las fuerzas y con toda la mente”, o sea, con tanta dulzura, para no ser jamás seducidos a separarnos de tu amor; y para amar al prójimo corno a nosotros mismos.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
15. “Haz esto y vivirás”. Dice Job: “Su lámpara resplandecía sobre mi cabeza. Yo lavaba los pies en la leche, y la piedra me derramaba ríos de aceite” (29, 3-6). En la lámpara se designa la predicación, en la cabeza la mente, en la leche la compunción de las lágrimas; en los pies los afectos del corazón, en la piedra Cristo, en el aceite la gracia del Espíritu Santo. Cuando resplandece la lámpara de la predicación en la mente del pecador, con la leche de la compunción que mana de la intensidad del amor, lava la suciedad de los pies, o sea, de los afectos desordenados del corazón. Y así la piedra, o sea, Jesucristo, le vierte ríos de aceite, o sea, la abundancia de la gracia del Espíritu Santo, que lo iluminará en la vida presente y le dará la gloria en la vida futura. Por esto dice el Señor: “Haz esto y vivirás”.
Presta atención a estas tres palabras: “Esto”, “haz” “y vivirás”. Con ellas se indican tres cosas: la doctrina, la vida y la gloria. “Esto”: he ahí la doctrina; “haz”: he ahí la vida; “y vivirás”: he ahí la gloria. Oh hombre, lo que oyes en la predicación, llévalo a las obras. Cuando resplandece la lámpara sobre tu cabeza, lava tus pies en la leche; y así vivirás, porque la piedra te verterá ríos de aceite, o sea, lo que oyes: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”.
Con estas cuatro modalidades del amor concuerdan las cuatro cualidades de Job, enumeradas al principio de su historia: “Habla en la tierra de Us un hombre llamado Job: era simple y recto, temía a Dios y huía del mal” (1, 1). En la tierra de Us, o sea, “del consejo”, vive el justo que guarda tanto los consejos del Señor como sus preceptos. Este justo es simple en la pureza del corazón, recto en el afecto del alma, teme a Dios con el uso ordenado de las cualidades naturales y huye del mal con el firme propósito de su voluntad.
“Haz esto”, para ser simple, sin pliegues fraudulentos, no buscando tu alabanza sino la de Dios, y diciendo con Job: “Si viendo el sol resplandecer y la luna clara avanzar, se dejó seducir en secreto mi corazón, y con la boca besé mi mano, también esto sería la más grande maldad y una negación del Dios Altísimo” (31, 26-28). El sol en su fulgor simboliza la obra buena que se manifiesta. La luna clara que avanza, simboliza la buena reputación que, resplandeciendo en la noche de esta vida, toma incremento de las buenas obras. “Y no se dejó seducir en secreto mi corazón”. Hay gente que se ensalza con sus propios elogios y se complace en sí misma. “Y con mi boca besé mi mano”. En la mano está simbolizada la obra y en la boca el discurso. Se besa con la mano la boca aquel que alaba lo que hace. “Y eso sería la más grande maldad y la negación del Dios Altísimo”, porque el que se atribuye a sí mismo el mérito de lo que hace, muestra que reniega de la gracia de su Creador. Haz esto, o sea, procura no ver el sol de tu buena obra ni la luna esplendente de tu buena reputación, para no complacerte de ello ni alabar lo que dices o haces, sino que todo atribúyelo a tu Creador.
16. Símilmente: “Haz esto, para ser recto”. Dice Baldad el suhíta en Job: “Si tú te levantas de madrugada para dirigirte a Dios e invocas al Todopoderoso, si caminas en la pureza y en la rectitud, ciertamente El velará por ti y volverá tranquila la morada de tu justicia. As!, aunque tu precedente condición fuere poca cosa, la última será mucho más espléndida” (8, 5-7).
“Si tú te levantas de madrugada”, o sea, con la contrición del corazón, “y te diriges a Dios Todopoderoso” con la mente y con el cuerpo, “y lo invocas” confesando tu pecado y proclamando su alabanza; “y si caminas en la pureza y en la rectitud” a través de la satisfacción penitencial, “en seguida El velará por ti” en la madrugada de tu contrición “y volverá tranquila la morada de tu justicia”, porque confesaste tu pecado. En efecto, el que hace un justo juicio de sí acusándose en la confesión, poseerá una tranquila morada para su cuerpo, en la tranquilidad de su conciencia, “Aunque tu precedente condición fuere poca cosa, la última será mucho más espléndida”. He ahí que la penitencia aumenta la gracia en la vida presente y al final conseguirá la gloria eterna. “Haz esto, pues, y vivirás”.
Asimismo: “Haz esto”, para ser timorato de Dios y poder decir con Job: “Yo siempre temí a Dios, como oleajes hinchados que incumben sobre mí, y no pude resistir a su carga” (la grandeza de su majestad) (31, 23). cuando amenazan oleajes tempestuosos, a los navegantes no les importa más nada de las cosas temporales ni su mente se dirige a los placeres carnales, sino que echan fuera del barco también las cosas por las que habían emprendido largas navegaciones.
De manera semejante, teme a Dios, como se temen las violentas tempestades que rugen encima de uno, aquel que, aspirando a la verdadera vida, desprecia todo lo que tiene y posee en esta vida. Y en los oleajes tempestuosos ve el símbolo del supremo poder de Dios, cuando todos los elementos sean trastornados y el juez supremo venga y lleve todo a esa conclusión, ante la cual los santos se llenan de terror (Mt 24, 29).
“Y no podía resistir a su carga” (la grandeza de su majestad), porque el que reflexiona con seriedad y atención sobre la llegada del último juicio, constata que de veras incumbe en todos tal espanto, cual no sólo ahora no se puede ver, sino que tampoco se puede mínimamente imaginar.
17. Símilmente: “Haz esto”, para huir del mal. Sofar, el naamatita, dice a Job: “Si alejas de ti la iniquidad que está en tu corazón y no permites que la injusticia more en tus tiendas, entonces podrás levantar tu rostro sin mancha y serás fuerte y nada temerás. Olvidarás también tu miseria y te acordarás de ella como de aguas que ya pasaron; y un fulgor meridiano resplandecerá para ti; y al atardecer, cuando te consideres destruido, surgirás como lucero. Y tendrás fe en lo que tú esperas y, sepultado, dormirás tranquilo. Reposarás y no habrá quien te espante” (11, 14-19).
Comenta Gregorio: “La iniquidad en la mano es el pecado en las obras; la injusticia en la tienda es la iniquidad en la mente. La mente es llamada tienda, en cuanto en ella nos escondemos, cuando exteriormente no somos vistos en nuestras obras. Levantar el rostro significa elevar el alma a Dios con los ejercicios de piedad. Este rostro resulta manchado, si la conciencia nos acusa de pecado”. “Y serás fuerte y no temerás”. Tanto menos temerá el juicio el que estuviere arraigado en las obras buenas. “Olvidarás también tu miseria”. El espíritu tanto más crudamente sentirá los males de la vida presente, cuanto más descuida de pensar en el bien venidero. Y si fija el ojo del corazón en las cosas que durarán siempre, le parecerá una nada toda obra o todo sacrificio que le ayude a alcanzar el fin. “Y como el fulgor del mediodía”. El esplendor meridiano, al atardecer, es el fortalecimiento de la virtud en la tentación.
“Y cuando te creas destruido A menudo nos asaltan tentaciones tan recias que nos inducen a la desesperación y al desplome; pero el Creador ve nuestra ofuscación y vuelve a infundir los rayos de su luz. Entonces tú tienes fe en la esperanza que te es dada de la misericordia divina.
“Y también sepultado, dormirás tranquilo”.
Duermen sepultados al seguro los que se sustraen a los fatigosos empeños de este mundo, para examinar atentamente su interior en la quietud y en la tranquilidad. “Reposarás y no habrá quién te espante”. El que fija su deseo en la eternidad, no habiendo en el mundo cosa alguna que lo atraiga, nada teme de lo que hay en el mundo.
“Haz, pues, esto, y vivirás”: vivirás de la vida de la gracia en este mundo y de la vida de la gloria en el otro.
A esta gloria se digne guiarnos aquel, que es Vida y Gloria y que es el Dios bendito por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
III El hombre que baja de Jerusalén a Jericó
18. “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de los ladrones, que lo despojaron, lo hirieron y se fueron, dejándole medio muerto, Aconteció que pasé por aquel camino un sacerdote, lo vio y siguió de largo. Asimismo, un levita lo vio y pasó de largo. Pero llegó un samaritano que iba de viaje, lo vio y se compadeció. Curó sus heridas con aceite y vino y se las vendé. Lo puso en su cabalgadura, lo llevó al albergue y cuidó de él. Al otro día, al partir, sacó dos denarios, los dio al mesonero y le dijo: “Cuídamelo; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré a mi regreso”. ¿Cuál de estos tres se portó como prójimo del que había caldo en manos de los salteadores?” (Lc 10,30-36). Este hombre es Adán, y todo el género humano, que, apresado por la soberbia, con su caída y su desobediencia, bajó de la bienaventuranza de la Jerusalén celestial a las miserias y a las penurias de esta vida, variable y sujeta al error. Y por esto “cayó en los ladrones”, o sea, cayó en poder de los ángeles de la noche, que se transforman en ángeles de luz, pero no llegan a mantenerse tales. Adán no hubiera tropezado con ellos, si él mismo, contra el mandato celestial, no se hubiese entregado en sus manos.
Los bandidos le quitan también la vestidura de la gracia espiritual, o sea, la inocencia y la inmortalidad, y lo llenan talmente de heridas, o sea, de pecados, hasta violar la integridad de la naturaleza humana y hasta introducir, por decir así, la muerte a través de las entrañas desgarradas. El que conserva sin manchas las vestiduras asumidas, no puede experimentar las llagas de los ladrones. “Se fueron”, no desistiendo de las acechanzas, sino ocultándolas. “Y lo dejaron medio muerto”, porque podían despojar al hombre de la inmortalidad, pero no podían privarlo del sentimiento y de la razón, sin que el hombre perdiera el sentido y el conocimiento de Dios.
El sacerdote el levita que pasan, simbolizan el sacerdocio y el ministerio de la antigua Ley o del Antiguo Testamento, en el que se ven las llagas y las heridas del mundo desfallecido, pero no son curadas.
El samaritano, que se interpreta custodio, es el Señor, que por nosotros se hizo hombre, emprendió el camino de la vida terrena y se acercó al herido, “llegando a ser semejante a los hombres y apareciendo en forma humana” (Filp 2, 7); afín a nosotros, asumiendo nuestros sufrimientos y, estando cerca de nosotros, ofreciéndonos su misericordia.
“Vendó sus heridas”, condenando los pecados y poniéndoles un freno. “Vierte el aceite” sobre las heridas, mientras ofrece a los penitentes una esperanza, diciendo: “¡Hagan penitencia, porque el reino de los cielos está cerca!” (Mt 4, 17). “Vierte el vino”, cuando en los pecadores infunde el temor del castigo, diciendo: “Todo árbol que no da frutos buenos, será cortado y echado al fuego” (Mt 3, 10). Viene a nosotros en la cabalgadura de su carne, y sobre ella carga al herido, porque “en su cuerpo llevó nuestros pecados” (1 Pe 2, 24). Se pone sobre su cuerpo el que cree en su encarnación y que cree que sus misterios le protegen contra las incursiones del enemigo.
“El albergue” es la iglesia militante, en la que se alimentan los viadores en su camino hacia la patria eterna. El herido es conducido al albergue, porque nadie entra en la Iglesia si no está bautizado, si no está incorporado al cuerpo de Cristo.
“Y cuidó de él”, para que el enfermo no descuidara las prescripciones (recetas) que había recibido. Pero el samaritano no tenía tiempo de permanecer largo tiempo en la tierra: debía regresar allá desde donde había descendido. Y por ende, “al otro día”, o sea, después de su resurrección, cuando el esplendor de la luz eterna resplandeció más luminoso que antes de la pasión, “sacó dos denarios”, o sea, los dos Testamentos, en los que están contenidos la imagen y el nombre del Rey eterno, y “los dio al mesonero”, o sea, a los apóstoles, porque “entonces les abrió la mente, para que comprendieran las Escrituras”, para guiar al pueblo.
“Y todo lo que gastes de más”. Gasta de más el Apóstol que dice: “Acerca de las vírgenes no tengo ningún mandato del Señor, pero les doy un consejo” (1Cor 7, 25). Y gasta de más también, cuando no utiliza el derecho de recibir un estipendio (2Tes 3, 9). Cuando regrese para el juicio, “yo te lo pagaré”, diciendo: “Ya que fuiste riel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho: entra en el gozo de tu señor” (Mt 25, 21).
“¿Quién de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?”. Según el sentido literal del relato está claro que ese extranjero fue más “prójimo” del ciudadano de Jerusalén que el sacerdote o el levita que eran sus conciudadanos. Nadie está más cerca de aquel que curó nuestras herid-as, porque la cabeza es una sola cosa con los miembros. Amémosle, pues, como a Dios y Señor y amémosle también como prójimo; y amemos también al que es imitador de Cristo. Y el evangelio sigue: “Haz tú también lo mismo”. Para mostrar que de veras amas al prójimo como a ti mismo, haz con amor todo lo que está en tu poder para aliviar sus necesidades corporales o espirituales.
19. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “No hay necesidad de mediador para una sola persona, y Dios es uno solo. la Ley, entonces, ¿va contra las promesas de Dios? En absoluto. Si Dios hubiese dado una Ley capaz de dar la vida, en verdad la justificación vendría de la Ley. En cambio, la Escritura lo encerró todo bajo el pecado, para que a los creyentes la promesa les fuera dada en virtud de la fe en Jesucristo” (Gal 3, 20-22).
He aquí que todo está claramente dicho que ni el sacerdote ni el levita, o sea, ni el sacrificio ni el ministerio de la antigua Ley, pudieron dar la vida y la justificación al género humano; sino el solo mediador y nuestro samaritano, Jesucristo, curó al herido, dio nueva vida al que estaba medio muerto y, tomándole sobre sus hombros, lo llevó al albergue de la Iglesia, para que le fuese dada a él, que creía en el mismo Jesucristo, la promesa de la vida eterna. La justificación, pues, no viene ni del sacerdote ni del levita, sino de la fe en Jesucristo. “La Escritura lo encerró todo bajo pecado”. Es justamente lo que dice el mismo Apóstol a los romanos: “Dios encerró a todos en la incredulidad (desobediencia), para tener misericordia de todos” (11, 32), como si dijera: “Conociendo los pecados por medio de la Ley, están encerrados, para que no puedan levantar excusas, sino que imploren la misericordia de nuestro samaritano y mediador”. Y sobre este tema tenemos una concordancia en Job: “No hay entre nosotros dos un árbitro, que pueda reprendernos a los dos y poner su mano sobre ambos” (9, 33). Si dos enemigos con la espada en la mano pelean entre ellos, ¿quién podría entrometerse entre los dos y sujetarlos, sino aquel que está en buenas relaciones con ambos? Dios y el hombre se peleaban uno contra otro: Dios con la espada del castigo y el hombre con la espada de la culpa. Nadie podía arreglar este litigio. Vino Cristo que está emparentado con los dos, porque es Hijo de Dios y del hombre, se puso en medio entre ellos y los refrenó. Reprendió al hombre para que no siguiera pecando, y con su pasión se opuso a Dios Padre para que no golpeara. Y puso sus manos entre los dos, para dar al hombre un ejemplo de cómo obrar y mostrar a Dios sus obras, con las que sería aplacado.
Hermanos queridísimos, elevemos unánimes nuestra oración a Dios, para que sane las heridas de nuestros pecados y nos reconcilie con El; y así de esta Jericó mereceremos retornar a la Jerusalén celestial, de la que caímos.
Nos ayude el mismo que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
20. “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones…
Dice el Señor a Job: “ ¿Puedes indicarme, si lo sabes, el camino por dónde se va a la morada de la luz y dónde está el lugar de las tinieblas?” (38, 1819). En la luz está simbolizada la justicia y en las tinieblas la iniquidad. La luz habita en Jerusalén; Jericó es el lugar de las tinieblas. Por ende, el que baja de Jerusalén a Jericó, pasa de la luz de la justicia a las tinieblas de la iniquidad. Está escrito: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó “.
Vamos a ver cuál podría ser el significado moral del hombre, de Jerusalén y de Jericó, de los bandoleros, del sacerdote y del levita, del samaritano, del aceite y del vino, de la cabalgadura, del mesón y del mesonero, y de los dos denarios. Si Dios nos lo concede, vamos a poner de acuerdo con todos estos elementos algunos pasajes del libro de Job.
Este hombre es cualquier justo, que mientras se dedica a las obras de penitencia y se sostiene en la dulzura de la contemplación, diciendo con Job: “Mi alma eligió el suspenso (7, 15), o sea, la elevación, sin duda habita en Jerusalén. En ese caso llega a ser un auténtico Job, “hombre simple, recto, timorato de Dios y ajeno a todo mal, que tiene siete hijos y tres hijas (1, 1-2).
Los siete hijos del justo son aquellas siete bienaventuranzas, proclamadas por el Señor en Mateo (5, 3-9).
“Bienaventurados los pobres en espíritu”. Esta bienaventuranza abarca dos momentos: la renuncia a las cosas materiales y la contrición del espíritu, porque también el que es bueno, debe considerarse inútil e inferior a los demás. Los pobres de espíritu no se empinan hacia cosas elevadas, sino que cultivan las virtudes del temor de Dios y de la verdadera humildad.
Dice Job: “Cambio mi rostro y me atormento en mi dolor. Me inquietaba por todas mis obras, porque sé que no perdonas al malvado” (9, 27-28). Cambia su rostro el que no piensa altivamente de sí, como lo pensaba antes, sino que piensa de una manera humilde y modesta; y así se atormenta en el dolor por sus hechos precedentes. El pobre de espíritu desconfía de sus obras, porque teme la pereza y el fraude. El amor de Dios, un tanto tibio, produce pereza; y el amor propio, o amor de sí mismo, produce defraudación, porque por el bien realizado aspira a la tácita aprobación del corazón humano, o a los vientos del aplauso, o a cualquier otra ventaja exterior.
En cambio, bienaventurado es aquel que “sacude de sus manos todo regalo” (soborno) (33, 15). Observa que el “regalo de la boca” es la gloria obtenida con la alabanza; “el regalo del corazón” es la espera de una aprobación del pensamiento; y “el regalo de las manos” es la entrega del premio. Contra estos peligros, hay que tener aquel temor que nos precautele, sabiendo que Dios no perdona al malvado. Por cierto, Dios llama a los pecadores a la conversión; pero jamás deja impune el pecado: o es el hombre que castiga (o se castiga), o es Dios (Glosa).
“Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra”. Manso es aquel cuyo ánimo no está afectado por asperezas o por amarguras, sino que en la simplicidad de su fe se motiva para aceptar toda injuria. Manso se dice en latín mitis, que suena como mudo”, porque no responde a las ofensas que se le hacen. Dice a este propósito Job: “Porque tuve temor de la gran multitud y el desprecio de los vecinos me aterrorizó, yo guardé silencio sin salir de mi casa” (31, 34); como si dijera claramente: “Mientras los demás desde fuera se agitaban en contra de mí, yo en mi interior me quedé tranquilo”.
“Y el desprecio de los vecinos me aterrorizó”. No faltan los que temen ser despreciados. Estos están constreñidos a salir de la puerta, porque, cubiertos de injurias, mientras manifiestan de sí cosas que se desconocían, salen afuera como por la puerta de la boca. Gregorio: “El no desear cosas del mundo da una gran seguridad, mientras se adhiere a lo inmutable; y no hay perturbación en el espíritu, aunque todos en derredor estén trastornados; y si hay una turbación exterior, esto se debe a la fragilidad de la carne. El que no teme el desprecio, no sale afuera por culpa de la lengua”.
Dice Agustín: “Si aquellos con los que vives, no te alaban por tu vida honesta, ellos están en error; pero si te alaban, tú estás en peligro”.
“Bienaventurados los que lloran” (Mt 5, 5). Dice Job: “Mi rostro se hinchó por el llanto y mis párpados se entenebrecieron”. Y de nuevo:
“Avanzaba llorando” (16, 17; y 30, 28). Comenta Gregorio: “Ese hombre santo, famoso por sus riquezas y honores, avanzaba llorando, porque, aunque la gloria del poder lo ponía en evidencia delante de los hombres, en su interior, con su dolor, ofrecía al Señor el sacrificio de un corazón contrito”.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5, 6). Dice Job: “Me revestí de justicia como de un manto y de mi juicio como de una diadema” (29, 14). Se reviste de justicia como de un manto aquel que en todas partes se reviste y se protege con las obras buenas, y no deja desnudo con el pecado a ningún aspecto de su actividad. El juicio de los justos es llamado diadema, porque desean ser premiados en lo alto, y no con las mezquinas cosas terrenales.
“Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia” (5, 7). Dice Job: “No les negué a los pobres lo que deseaban, ni dejé languidecer los ojos de la viuda. jamás comí solo mi pedazo de pan, sin compartirlo con el huérfano. Desde mi infancia creció conmigo la compasión y salió conmigo desde el seno materno. jamás desprecié al que moría por falta de abrigo y al pobre que no tenía con que cubrirse. Sus costados (los miembros de su cuerpo) me bendijeron, porque con los vellones de mis ovejas se calentó” (31, 16-20).
“Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5, 8). Dice Job: “Mi corazón no siguió mis ojos ni se pegó mancha a mis manos. Mi corazón no fue seducido por mujer y jamás aceché la puerta de mi vecino. Esto sería una abominación y una gran perversidad. Es un fuego que devora hasta la perdición y que extirpa todos los gérmenes” (31, 7-12). Como si dijera: “No quise ver lo que mi concupiscencia deseaba; ni, al verlo, seguí lo que la concupiscencia me sugería. No se pegó mancha a mis manos, o sea, no hubo culpa en mis acciones. Si a veces tuve pensamientos ¡lícitos, no permití que el pensamiento se convirtiera en obra”.
“Es un fuego que devora hasta la perdición”. El fuego de la lujuria no sólo llega a manchar y a contaminar, sino que devora hasta la perdición. “Y extirpa todos los gérmenes”. Los gérmenes son las buenas disposiciones del alma; y si no se resiste al mal de la lujuria, son destruidos también los gérmenes que parecían buenos.
“Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Dice Job: “jamás me sustraje al juicio con mi esclavo y con mi esclava, cuando intentaban un litigio en contra de mí. ¿Qué haré cuando Dios se levante para juzgarme? Y si me interroga, ¿qué podré responderle? Aquel que me hizo en el seno de mi madre, ¿no lo hizo también a él? ¿No fue Uno mismo que nos formó en la matriz?” (31, 13-15). Comenta Gregorio: “Job acepta entrar en juicio con sus esclavos como un igual, porque teme el juicio de aquel que está por encima de todo. Se ve a sí mismo como siervo del verdadero Señor; y por esto no se coloca por encima de sus esclavos con la soberbia de su corazón. El que no rehusó ser juzgado junto con sus esclavos y sus esclavas, claramente hace entender que jamás fue arrogante con ningún prójimo. Para los poderosos la virtud de la humildad es una gran cosa, teniendo en cuenta su estado y su condición”.
21. Estas siete bienaventuranzas son los siete hijos del justo, por cuya gloria él llega a ser noble, potente y famoso.
Las tres hijas son la contrición, la confesión y la satisfacción, de las que ya se habló a menudo en muchos sermones.
¡He aquí, cuánta luz y cuánta gloria hay en Jerusalén, o sea, en la vida santa! En cambio, ¡cuántas tinieblas y cuánta miseria, cuando uno baja a Jericó! Jericó se interpreta “luna” u ,olor”, y está a indicar la corrupta prosperidad de las cosas temporales, de la que los hijos de este siglo dicen al predicador, con las palabras de Jeremías: “No queremos escuchar el discurso que nos hiciste en nombre del Señor; sino que resueltamente pondremos por obra toda palabra que salga de nuestra boca, o sea, ofreceremos sacrificios a la reina del cielo y le derramaremos libaciones. Desde que dejamos de ofrecerle sacrificios, nos sobrevino una carestía total y somos exterminados por la espada y el hambre” (44, 16-18).
Reina del cielo era llamada la luna, en la que se indica la corrupta prosperidad de las cosas temporales, de la que los carnales son esclavos; y si esos bienes temporales llegan a faltar, los carnales piensan que serían exterminados por la espada y por el hambre; y por ende no quieren escuchar la palabra del Señor A esta luna no había bajado Job, que decía: “jamás consideré el oro como mi fuerza, ni dije al oro fino: “¡Tú eres mi esperanza! “. jamás me complací en mis abundantes riquezas ni en que mi mano hallase muchos bienes. jamás contemplé al sol en su fulgor ni a la luna cuando avanzaba en su claridad” (31, 24~26). Ciertamente, habría desesperado del Creador, si hubiese puesto su esperanza en la creatura. Nada, fuera de Dios, puede bastar al espíritu que de veras busca a Dios.
Desciende de Jerusalén a Jericó el que, de la luz de la pobreza, cae en las tinieblas de las riquezas. Se cuenta que el lobo, al ver la luna en el pozo, cree que sea un queso. Entonces, aconsejado por el zorro, bajó al pozo sin hallar nada y allí quedó decepcionado. Cuando los campesinos lo hallaron allí, lo masacraron con una tempestad de piedras. Así también hay algún religioso que ve en el pozo la luna de las vanidades mundanas que avanza luminosa; y el necio cree, por consejo del zorro, o sea, de la concupiscencia carnal, que lo que es pasajero e inestable, sea auténtico y duradero. Y el pobre iluso desciende de Jerusalén a Jericó, o sea, de la altura de la contemplación al pozo de la codicia; y así cae en manos de los ladrones, que lo cubren de heridas y se van dejándolo medio muerto.
Los ladrones son los cinco sentidos del cuerpo, de los que tenemos una concordancia en Job:
“Vinieron juntos los ladrones, y se abrieron el camino hacia mí y pusieron el asedio alrededor de mi tienda” (19, 12).
El ladrón deriva del latín láteo, estar escondido, porque está escondido para tender sus acechanzas. Los sentidos del cuerpo, escondidos bajo la apariencia de la necesidad, ponen las acechanzas del placer; y, para engañar más fácilmente, atacan todos juntos y a través de la pobre alma se abren un ancho camino que lleva a la muerte. Y los sentidos asedian de tal manera y todo en derredor la tienda de nuestro cuerpo, que el alma, por cualquier lado quiera salir, cae en su poder. Entonces ellos la despojan de los dones sobrenaturales y la hieren en los dones de la naturaleza. Tenemos otra concordancia en el mismo Job: “Cercó con una barrera mi camino para que no pase, y en mi camino extendió las tinieblas. Me despojó de mi gloria y me quitó la corona de mi cabeza. Me arruinó de todas partes y yo perezco; y me arrancó, como una planta, mi esperanza” (19, 8-10).
El camino de la pobre alma está asediado, cuando ella, esclava de los sentidos del cuerpo, ve el bien que hay que hacer, pero no puede llevarlo a cabo. Y las tinieblas se extienden por su camino, cuando tampoco puede discernir lo que hay que hacer. Se la despoja de la gloria, cuando se la priva de la gracia del Espíritu Santo; y se le quita la corona, cuando también es privada de la recta intención de la mente. Así destruida, va hacia la ruina y es como un árbol sin las raíces de la humildad, desarraigado de la tierra de la eterna estabilidad por el vendaval de la sugestión diabólica; así, a ella no le queda ni la esperanza en la divina misericordia.
22. He aquí, la cuál miseria se reduce aquel que baja de Jerusalén a Jericó! Debe afligirse y llorar con Job, y decir: “Perezcan el día en que nací y la noche en que se dijo: “Fue concebido un hombre”. Ese día se vuelva tinieblas y Dios no cuide de él desde arriba, ni jamás resplandezca sobre él la luz. Lo oscurezcan las tinieblas y las sombras de la muerte; lo cubra una densa oscuridad y lo envuelva de todas partes la amargura. Esa noche la posea un tenebroso torbellino, no sea computada en los días del año, ni entre en la cuenta de los meses. Aquella noche sea solitaria y no merezca ningún grito de alegría. La maldigan los que maldicen al día, los que se aprestan a despertar al Leviatán. Las estrellas sean oscurecidas por las tinieblas. Espere la luz del día y no la vea, ni vea los párpados de la aurora, porque no cerró la puerta del vientre que me llevaba, ni sustrajo el dolor a la vista de mis ojos. ¿Por qué no morí YO en la matriz? ¿Por qué no expiré al salir del vientre? ¿Por qué me acogieron las rodillas? ¿Por qué dos pechos me dieron de mamar?” (3, 3-12).
Observa. El día simboliza el placer del pecado, la noche la ceguera de la mente. El hombre puede ser descrito de tres maneras: por su naturaleza, por su culpa y por su fragilidad. Es día cuando nace el hombre, es noche cuando es concebido, porque no es arrebatado por el placer del pecado, si antes no se debilita por las tinieblas de su mente.
Sin embargo, “perezca el día”; o sea, el placer del pecado sea destruido por la fuerza de la justicia, Y la penitencia suprima “la noche”, o sea, lo que la mente cegada ejecuta dando el consentimiento, no habiendo antes examinado con cautela las seducciones del placer. Y para que la culpa, que comienza con las seducciones, no arrastre a la muerte, “el día se cambie en tinieblas”; o sea, al inicio del placer se debe ver a qué mortal conclusión la culpa arrastre; y, por ende, debe ser castigada con la penitencia. Y si es castigada de esta manera, “Dios no la busque más” en el juicio para penarla y no la ilumine más, o sea, no la meta en evidencia. Es puesto en luz, en evidencia, lo que se acusa; en cambio, si la memoria del juez no la recuerda, es de alguna manera cubierta y olvidada. Está escrito: “¡Bienaventurado aquel cuyos pecados fueron cubiertos!” (Salm 31, 1), para no ser expuestos a la presencia de los hombres.
“Las tinieblas no iluminen, sino que oscurezcan” el día del placer, para que no sea visto por aquel que todo ve. “Las tinieblas” son los gemidos de la penitencia o también los juicios misteriosos de Dios, con los que somos absueltos, por la mediación de la gracia preveniente, que no supimos merecer. “La sombra de muerte”, o sea, la muerte de Cristo según la carne, que destruyó nuestra doble culpa. El estuvo en el sepulcro un día y dos noches, porque unió la luz de su simple muerte a las tinieblas de nuestra doble culpa.
Es llamada “verdadera muerte” la que separa el alma de Dios; en cambio, es “sombra de muerte”, la que separa el alma del cuerpo. En otro sentido: a veces es llamado “sombra de muerte” el olvido, que hace que algo no esté más en la memoria, como la muerte hace que no esté más lo que nos entretiene en vida.
“Cubra ese día una densa oscuridad”, o sea, la humillación de la mente que tiende a la gloria humana, “y de todas partes sea envuelto” por la amargura de la penitencia. “Esa noche se la tome un torbellino tenebroso”, como si dijera: un torbellino tempestuoso, suscitado por el espíritu de amargura que anubla de tristeza el espíritu. Este es el espíritu (viento) que desgarra las naves de Tarsis (Salm 47, 8), o sea, la fuerza de la compunción, que humilla las mentes del mar, propensas al mundo, pero esparce sobre ellas un saludable rocío. “No se compute en los días del año, ni entre en la cuenta de los meses”. El año de nuestra iluminación se cumple, cuando, al sobrevenir del juez, se acaba nuestra peregrinación terrena. Los días del año son las virtudes, cada una en particular; y los meses son los varios actos de virtud. El justo teme que el juez quiera confrontar con estos actos de virtud los pecados cometidos; y entonces ruega que en ese momento recompense el bien cumplido, sin tener en cuenta el mal cometido. En efecto, si la noche (el mal) fuese computada con los días (el bien), todo se oscurecería. Para que en ese momento la noche no sea calculada, examinémosla ahora, para que ninguna culpa quede impune, y nadie defienda o justifique lo cometido, añadiendo así malicia a malicia.
Y añade. “Sea una noche aislada y no merezca cantos de alegría”. No faltan los que aprueban y defienden el mal; y así el pecado no quedaría aislado, sino que se cometerían dos. Contra ellos se lee en el Eclesiástico: “¿Pecaste? No continúes pecando” (21, 1), o sea, defendiendo el mal hecho. En cambio, persigue adecuadamente el mal el que no apetece la prosperidad de este mundo.
Y sigue: “La maldigan los que imprecan contra el día”. Golpean eficazmente la noche con la penitencia los que pisotean el brillo de la prosperidad y no tienen “el día” del placer. O también: el día simboliza la sugestión del enemigo. Y éste es el sentido: castigan de veras los pecados pasados los que saben descubrir aun en la sugestión agradable las acechanzas del seductor, provocando así aún más en contra de sí mismos al Leviatán (el diablo). Sobre este argumento consulta el sermón del III Domingo de Cuaresma, IV parte, sobre el evangelio: “Cuando un espíritu inmundo sale del hombre”.
Sin embargo, aunque los vicios estén debelados, siempre queda alguna mancha, aunque mínima, que no se puede eliminar. Para que el vencedor no monte en soberbia, añade: “Las estrellas sean oscurecidas por la niebla de la noche”, porque aun aquellos que resplandecen por su virtud, arrastran siempre algún resto de la noche que resiste por varias circunstancias; y esto para que brillen aún más, a causa de esas imperfecciones, que ellos no quisieran y por las que ellos son humillados y puestos en la sombra.
Se lee en el libro de Josué que en la Tierra Prometida “los cananeos no fueron matados, sino que llegaron a ser tributarios de la tribu de Efraím”(17,13). Algo semejante nos sucede a nosotros. Cuando con la esperanza entramos en la esfera de las cosas celestiales, aun en medio de obras perfectas quedan unos vicios, que nos sirven para ejercitarnos en la humildad, para que no monte en soberbia el que no puede eliminar todo mal, aunque fuere nimio.
Se lee también en el libro de los jueces: “Estas son las naciones que el Señor perdonó, para con ellas enseñar a Israel”, o sea, ponerlo a la prueba (3, 1). Esas naciones simbolizan los vicios, con los que el justo está siempre en lucha; y mientras teme ser vencido, reprime en si el orgullo por las propias virtudes; y frente a los pequeños defectos, aprende que no fue él quien pudo vencer los más graves. Otro sentido: “Las estrellas se oscurecen por la oscuridad de la noche”, porque la noche, o sea, el consentimiento de la culpa, transmitida en nosotros desde Adán, confunde de tal modo la vista que también los que brillan como astros frente al mundo, no pueden ver la luz eterna, como es verdaderamente. Y añade: “Espere la luz y no la vea”, porque por mucho fervor que tengan en este destierro, mientras estén en esta carne, no verán jamás aquella luz como ella es, por causa de la ceguera de la condenación en la que nacieron. “Ni vea los párpados de la aurora”. El surgir de la aurora simboliza el nuevo nacimiento de la resurrección, en la cual los santos nacerán en su carne a la visión de la luz eterna. Con todo, por mucho que aquí abajo resplandezcan los santos, jamás llegarán a comprender cómo será la gloria del nuevo nacimiento. Esta noche no cerró sino que abrió la puerta del vientre, porque al hombre concebido en el pecado le abrió los impulsos de la concupiscencia. Una vez abiertas estas puertas, o sea, estos impulsos de la concupiscencia carnal, somos arrastrados a los males sin número de la corrupción. Oprimidos por esos males, gemimos, porque la justicia quiere que lo que hicimos por nuestra voluntad, lo suframos también contra nuestra voluntad.
Sigue: “¿Por qué no morí en la matriz?”. La matriz, en la cual el hombre es concebido en el pecado, simboliza la mala sugestión. ¡Ojalá hubiese muerto, o sea, me fuese reputado como muerto, para que la sugestión no me arrastrara al placer! “¿Por qué no expiré apenas salido del seno materno?”. Salió del vientre aquel que, concebido en el pecado, es arrebatado por un deleite de fuera. Pero, ¡ojalá hubiese muerto en ese deleite, para no llegar hasta la locura de dar el consentimiento!
“¿Por que fui acogido en las rodillas? “. Es acogido en las rodillas, cuando todos los sentidos y los miembros, a causa del consentimiento del espíritu, se someten a la ejecución de la obra mala, como las rodillas se someten a recibir al recién nacido. “¿Por qué dos pechos me dieron de mamar?”. Uno es amamantado a los pechos, cuando es alentado al mal con vana seguridad y ridículas excusas.
Observa también que la culpa antes se comete a escondidas, y entonces está en la matriz; después se comete abiertamente, sin vergüenza, delante de los hombres, y entonces sale del vientre; luego llega a ser costumbre, y entonces es acogida en las rodillas; en fin, es alimentada o por la falsa esperanza o por la desesperación, y entonces es amamantada a los pechos.
23. He aquí, ahora ves claramente cuánto debe llorar y cuánto debe arrepentirse aquel que descendió de Jerusalén a Jericó.
Y sigue la parábola: “Aconteció que por aquel camino descendió un sacerdote, vio al herido y pasó de largo. También un levita se acercó al herido, lo vio y pasó de largo” (Lc 10, 31-32). En el sacerdote está simbolizada la pasión del dominio y en el levita la hipocresía. Sobre estas dos pasiones tenemos algo semejante en el libro de los jueces, donde se lee que Abimelec luchaba valerosamente para conquistar una torre, “se acercó a la puerta de la torre con la intención de prenderle fuego. Pero una mujer, desde lo alto, arrojó un fragmento de muela de molino sobre la cabeza de Abimelec, y le partió el cráneo. El llamó en seguida a su escudero y le dijo: “Desenvaina pronto tu espada y mátame, para que no se diga de mí que una mujer me mató”. El escudero cumplió la orden y lo mató” (9, 52-54).
Vamos a ver ahora qué signifiquen Abimelec y la torre, la puerta y el fuego, la mujer y el fragmento de muela, el cráneo y el escudero de Abimelec. Abimelec se interpreta “mi padre rey”, e indica a aquel que quiere mandar a los demás como padre y como rey. La torre simboliza la altura de la dignidad o autoridad, a la cual se acerca para expugnarla. Para poderla “quemar” más fácilmente, pone debajo de la puerta el fuego, o sea, monedas de oro y de plata, del cual fuego dice el profeta Miqueas: “Hay fuego en la casa del impío” (6, 10); y da ese “fuego” monetario a los que parecen ser la puerta de la iglesia, para poder por medio de ellos, quemados por ese fuego, ascender a la torre. O también: “prende fuego a la puerta”, o sea, a los porteros y a los notarios de su curia, que son perversos explotadores, que “ordeñan” la sangre de los pobres, vacían la bolsa de los ricos y distribuyen a sus sobrinos y sobrinas y, quizás, a sus hijos e hijas; reciben peticiones en papeles y, en cambio, perciben importes de oro y de plata. Dice Job: “El fuego devorará las tiendas de los que de buena gana aceptan regalos” (sobornos) (15, 34). Y de nuevo: “Prosperan las tiendas de los ladrones o depredadores, y descaradamente provocan a Dios, quien, por otra parte, puso todas las cosas en sus manos” (12, 6). Y todavía: “Son como onagros en el desierto: salen para su trabajo, rastrean la presa y preparan el alimento para sus hijos” y también para sus sobrinitas. Despiden desnudos a los hombres, quitándoles sus vestiduras. En las ciudades hicieron gemir a los hombres; y las almas de los heridos claman ayuda; pero Dios no dejará impunes tales cosas. Ellos fueron rebeldes a la luz” (24,5 … 13); y por eso serán privados de la luz de la gracia y de la gloria.
El desdichado Abimelec, que ansía el poder pero no por cierto para ser útil, emprende el viaje sin temer la falsedad de los huéspedes, el hielo de los Alpes, el calor italiano, los peligros de la Toscana ni los salteadores de Roma. Le basta acercarse a la puerta, pone debajo el fuego, es aligerado del oro y es cargado de plomo, colgado del rescripto. Vamos a ver ahora lo que le sucede a este desgraciado, que desea ascender.
“He aquí que una mujer le arrojó un fragmento de muela de molino”. La mujer es esta nuestra carne. El pedazo de muela de molino que parte el cráneo, simboliza las ansias del ambicioso, por la que su mente se dispersa en las cosas de este mundo y después él mismo será destruido por la condenación del severo juicio. Dice Job: “Si logra huir de las armas de hierro, le traspasa el arco de bronce. La espada, extraída y sacada de su vaina, lo fulgurará en su amargura” (20, 24-25).
Comenta Gregorio: “Las armas de hierro son las necesidades de la vida presente, que aprietan pesadamente. En el bronce está simbolizada la sentencia eterna, la cual, cuando no es atendida por el malvado, con toda razón se compara al arco, que hiere traidoramente. “Huirá de las armas de hierro”, porque, preocupado por las necesidades presentes, arrebatará muchas cosas con su avaricia, pero se expone a los golpes del eterno juicio. “Extraído y desenvainado”. El malvado, mientras trama fechorías en su mente, es como una espada en la vaina; y sale de la vaina, cuando se manifiesta a través de la ejecución de sus maldades. Con el nombre de fulguración, se entiende un resplandor con golpe. Pues bien, el que, revestido de autoridad, perjudica a los demás, se dice que está fulgurando, porque mientras contra los buenos se levanta como en una luz de gloria, después es atormentado con la vida de los buenos.
“El rey llamó a su escudero”, que se dice en latín armiger, portador de armas; pero como no combate con las armas, el escudero es figura del hipócrita. Y el desventurado Abimelec prefiere morir por mano del escudero a morir por mano de la mujer, o sea, a motivo de los pecados carnales, De ambos habla Job: “Cuando llega el momento, el avestruz extiende hacia lo alto sus alas” (39, 18). El avestruz, cuyas plumas se asemejan a las de la cigüeña y del gavilán, simboliza al hipócrita, que con las plumas de la santidad ajena agranda los flecos de su vestido. Este tiene las alas cerradas, o sea, tiene escondidos sus pensamientos; pero, cuando llega el momento, las eleva hacia lo alto, o sea, cuando llega la oportunidad, despliega sus pensamientos con gran soberbia. El que simula ser santo, aprieta en sí mismo lo que piensa y dobla humildemente sus alas en el cuerpo.
Ahora ya entiendes claramente quién sea el sacerdote, que ofrece a los dioses, como sacrificios, monedas de oro y de plata. De esos dioses está escrito: “Todos los dioses de las naciones son demonios” (Salm 95, 5). Y sabes también quién sea el levita, que es su ministro.
24. Recordemos, pues, que el sacerdote y el levita, aun viendo y despreciando a aquel hombre herido, despojado de todo y medio muerto, siguieron de largo.
Sobre esto tenemos una concordancia en Job: “El avestruz abandona sus huevos a la tierra; ¿los calentarás, quizás, tú en el polvo? olvida que el pie los puede pisar y que la fiera del campo los puede quebrar. Trata duramente a sus hijos como si no fueron suyos” (39, 14-16).
El avestruz es la hipocresía, que ambiciona las grandezas temporales; que abandona sus huevos, o sea, a los hijos que había engendrado; ni los cuida, para que, ya que están privados de amorosas exhortaciones, de instrucciones y de vigilancia, no sean pervertidos por los ejemplos de malas acciones ni sean quebrados por las bestias del campo. El campo es el mundo y la fiera del campo es el diablo, el cual, tendiendo sus acechanzas con las ladronerías de este mundo, se sacia cada día con la muerte del hombre, despojando e hiriendo el alma que baja de Jerusalén a Jericó.
El sentido es éste: que el diablo, ensañándose en este mundo, ataque a los que llevan buena conducta, el hipócrita no se preocupa para nada. Por esto se dice: “Trata duramente a sus hijos”. El que no está animado por la gracia y por la caridad, considera a su prójimo como extraño, aunque haya sido él a engendrarlo a Dios. Con razón está escrito: “Abandona sus huevos a la tierra”.
Abandonar los huevos a la tierra significa no ofrecer a los hijos ningún ejemplo de vida santa. Sin embargo, la Providencia celestial no los abandona; y por esto añade: “¿Los calentarás, quizás, tú en el polvo?”. Como si dijera: “Soy yo que los caliento en el polvo, porque inflamo con el fuego de mi amor las almas de los niños, abandonados en medio de los pecadores, que son “como el polvo que el viento dispersa de la faz de la tierra” (Salm 1, 4).
25. Espléndidamente sigue relatando el evangelio: “Un samaritano, que estaba de viaje, pasó cerca de él, lo vio y tuvo compasión. Se le acercó, vertió aceite y vino sobre las heridas y las vendó. Después, lo puso en su cabalgadura, le llevó al mesón y cuidó de él. El otro día, al partir, sacó dos denarios, se los dio al mesonero y le dijo:
“Cuídamelo; y todo lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso”.
Samaritano se interpreta “custodio”, y simboliza la gracia del Espíritu Santo, de la que habla Job: “¿Quién me concederá volver como en los meses pasados, como en los días en los que Dios era mi custodio? Cuando brillaba su lámpara sobre mi cabeza, y a su luz yo caminaba también en la oscuridad; como fui en los días de mi adolescencia, cuando Dios habitaba en el secreto de mi tienda: cuando el omnipotente estaba conmigo y a mi alrededor estaban mis hijos” (29, 2-5).
El alma, que desciende de Jerusalén a Jericó y cae en manos de los salteadores, al verse despojada de todo y herida, pensando en su inocencia bautismal, en la dulzura de la contemplación y en la prístina pureza de la vida, dice entre lágrimas y suspiros: “¿Quién me concederá volver corno en los meses pasados”, o sea, a la vida santa; “como fui en los días”, o sea, a la conciencia llena de luz, a la luz del buen ejemplo, “cuando Dios guardaba” mi entrada y mi salida? (Salm 120, 8). Mi entrada en la contemplación y mi salida para la actividad; mi entrada en la conciencia y mi salida en la fama del prójimo.
“Cuando brillaba su lámpara”, o sea, su gracia, “sobre mi cabeza”, o sea, en mi mente; “y a su luz caminaba” por los senderos de justicia, “en las tinieblas”, o sea, en medio de falsos hermanos. ¡Ay de mí, ay de mí! ¿Quién me concederá volver a los días de mi adolescencia, o sea, de la inocencia bautismal y de la vida pura, “cuando Dios habitaba en el secreto de mi tienda”, para que en el secreto progresara en el bien?”. Con estas palabras se arrepiente también de la ficción de ostentar a Dios en público, y no reconocerlo en el secreto.
Después de haber salido del secreto, caí en los salteadores. Mientras estaba en el secreto, “el omnipotente estaba conmigo y a mi alrededor estaban mi hijos”, o sea, los sentidos de mi cuerpo, que me servían con fidelidad y pureza.
¡Ay de mí, ay de mí, desventurado! Cuando bajé de Jerusalén, salí del secreto, y mis hijos se volvieron para mí salteadores, que me despojaron y me hirieron.
Ahora, vamos a ver qué cosa haga al alma herida la gracia del Espíritu Santo, “que ora”, o hace orar, “con gemidos inefables” (Rom 8, 26), que es “el padre de los pobres, dador de dones, luz de los corazones” (Secuencia de Pentecostés).
“Vendó sus heridas, vertiendo en ellas aceite y vino”. En el aceite, que ilumina, está representado el conocimiento del pecado; en el vino, que embriaga, la compunción de las lágrimas, que embriaga al alma, para que se olvide de las cosas temporales. En efecto, la embriaguez provoca las lágrimas.
Sobre estos dos valores tenemos una concordancia en Job, en el que el Señor dice: “¿Por cual camino se esparcen la luz y el calor sobre la tierra? ¿Quién señaló el curso a las aguas torrenciales y el camino al trueno ruidoso, para hacer llover sobre la tierra?” (38, 24-26).
El camino es la gracia del Espíritu Santo, por medio de la cual se esparce la luz, o sea, el conocimiento del pecado; y por ende el calor, o sea, el ardor de la contrición, se difunde sobre la tierra, haciendo que el pecador divida el cuerpo del pecado, o sea, distinga punto por punto el pecado mismo y sus circunstancias; y así da curso a las aguas torrenciales, o sea, a la compunción de las lágrimas, cuya vehemencia arrolla los obstáculos de la culpa y de la vergüenza, y abre un camino al trueno ruidoso, o sea, abre el camino de la confesión, que, como el trueno, aterroriza a los demonios.
Se lee en el primer libro de los Reyes: “El Señor tronó aquel día con gran estruendo sobre los filisteos, y los atemorizó; y fueron vencidos por los hijos de Israel” (7, 10). Con el trueno y con la espada de la confesión los filisteos, o sea, los demonios, aterrorizados, fueron vencidos por los hijos de Israel, o sea, por los verdaderos penitentes. Con razón se dice: “Vertió aceite y vino y vendó sus heridas”. La gracia del Espíritu Santo venda las heridas del alma, cuando promete al penitente la esperanza del perdón y la estola de la gloria. “Y lo puso sobre su jumento”. Jumento tiene asonancia con ayuda, y es el símbolo de la obediencia, que dice con el Salmista: “Yo era como un jumento delante de ti” (72, 23). Cuando el alma se somete a la voluntad ajena, entonces es ayudada y transportada: mientras lleva, es llevada. El mesón se dice en latín stábulum, o sea, establo, y simboliza el hedor del propio pecado; y el mesonero es el espíritu de contrición. Los dos denarios son las dos especies de compunción, o sea, por los pecados cometidos y por los de omisión. El penitente debe llorar, porque hizo lo que estaba prohibido y omitió lo que estaba mandado.
El alma, herida por el pecado, pero curada con el fármaco del Espíritu Santo, sobre el jumento de la obediencia, es llevada al establo, o sea, al hedor de la propia iniquidad, para sentarse allí con Job, del cual se dice: “Estaba sentado sobre un estercolero y con un tiesto se rascaba el pus” (2, 8).
El tiesto es un pedazo de terracota y se dice en latín testa. Al elaborarla, es blanda arcilla, pero se endurece con la cocción; por eso testa suena como tosta, tostada. El tiesto simboliza la aspereza de la penitencia, con la que el penitente, sentado en un estercolero, o sea, humillándose en el hedor de su pecado, debe rascar el pus de sus iniquidades. El pus en latín se dice sanies, porque nace de la sangre, que, alterada por el ardor de la herida, se cambia en pus. El pus es, pues, la putrefacción de la sangre; y, por ende, el penitente debe rascar el pus de la culpa con la aspereza de la penitencia. Y presta atención. Nadie puede retornar a Jerusalén, si no está puesto sobre el jumento de la penitencia. Por eso el Señor entró en Jerusalén, sentado sobre un asno.
De este asno dice Nehemías: “No había lugar para el jumento, sobre el que estaba sentado” (2 Esd 2, 14). Nuestro cuerpo, que debe ser como un jumento humilde, obediente y despreciable, sobre el cual debe sentarse el alma, no debe hallar lugar en este mundo, porque el lugar del hombre está sobre todas las cosas. Está escrito: “Pusiste al hombre por encima de todas las obras de tus manos” (Salm 8, 7).
Considera también lo que se dice en la Historia Natural, que cuando el jumento está en celo, si se le cortan las crines, se calma (Aristóteles). Algo semejante debemos hacer con nuestro cuerpo:
cuando por la abundancia de las cosas materiales quiere retozar y cuando es impulsado a la lujuria por la petulancia de la carne, debemos desfigurarlo y raparle la cabeza, como se hace con los locos. Por esto se lee en Job que “rasuró su cabeza y se postró en tierra” (1, 20). Al que está afectado por la tiña y por cualquier otra enfermedad, se suele rasurarle la cabeza. A este nuestro cuerpo, tiñoso y enfermo, debemos cortarle los cabellos de las riquezas y de los placeres, para que, como un animal amansado, pueda llevarnos a la ciudad de Jerusalén.
Hermanos queridísimos, imploremos la gracia del Espíritu Santo, para que en las heridas de nuestra alma vierta el aceite y el vino de su misericordia, las vende, nos cargue sobre el jumento de la penitencia, nos conduzca al mesón, o sea, al recuerdo de nuestras iniquidades, y nos recomiende al mesonero, o sea, al espíritu de contrición, para que quedemos bajo sus curas hasta que con dos denarios, o sea, con las dos especies de contrición, recuperemos el primitivo estado de salud que hemos perdido y para que, una vez recuperada la salud, podamos retornar a Jerusalén, de la que hemos caído.
Dígnese concedérnoslo el mismo Espíritu que, Dios único con el Padre y el Hijo, vive y reina por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Aleluya!