Domingo III de Adviento
Exordio.
Sermón a los penitentes
1. “¡Alégrense siempre en el Señor!” (Filp 4, 4). Dice Isaías. “En aquel día cantarán este cántico en tierra de Judá: Sión es la ciudad de nuestra fortaleza; para nuestra salvación serán puestos un muro y un baluarte. Abran las puertas, para que entre un pueblo justo que guarda la verdad” (o fidelidad) (26, 1-2).
El día es la iluminación de la gracia, que nos hace esplendentes; y, resplandeciendo, cantamos el cántico del que habla Isaías: “Ustedes cantarán este cántico como voz de una santa solemnidad; y habrá alegría en los corazones, como cuando se avanza al sonido de la flauta, para ir al monte del Señor, hacia la Roca de Israel” (30, 29).
El canto de la confesión es la voz de la santa solemnidad, porque santifica al pecador, por cuya conversión los ángeles hacen gran fiesta. Está escrito: “Hay gran gozo delante de los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte” (Lc 15, 10).
De esta fiesta se genera una gran alegría en el corazón del justo, como dice Isaías: “Saliste al encuentro del que se alegraba y practicaba la justicia” (64, 5), como el que parte al sonido de la flauta.
La flauta es la melodía de la propia acusación; y quienquiera la cante de manera perfecta, subirá al monte del Señor, o sea, a la Jerusalén celestial, para contemplar la roca de Israel, Jesucristo.
¿Y dónde se canta este cántico? Se canta “en la tierra de Judá”, o sea, de los penitentes. A este propósito dice Isaías: “La tierra de Judá será el terror de Egipto” (19, 17), o sea, del mundo. Se atemorizan los mundanos, al ver a los justos, clavados en la cruz de la penitencia. Por esto dice Lucas de la pasión del Salvador: “La gente, al considerar todo lo que había acontecido, volvía golpeándose el pecho” (23, 48).
Vamos a escuchar lo que cantan los penitentes en la alegría de su corazón: “¡Sión, ciudad de nuestra fortaleza!”. Sión se interpreta “atalaya”, y señala la penitencia, de la que dice Jeremías: “Establécete señales, entrégate a las amarguras” (31, 21). Y el penitente responde en Isaías: “Señor, sobre la atalaya estoy yo, continuamente, de día; y estoy vigilando sobre mí mismo, de pie, todas las noches” (21, 8).
Como la prosperidad exalta y la adversidad deprime, por eso dice el penitente: “Sobre la atalaya de la penitencia, iluminado por la gracia del Señor, estoy firme, de pie, en el día de la prosperidad, para no desfallecer en mi propósito; y vigilo sobre mí mismo, de pie, todas las noches de la adversidad, para guardarme de todo pecado”. Con toda razón dicen los penitentes: “Sión, o sea, la penitencia, es la ciudad que nos fortifica y nos defiende en el día de la prosperidad, para que no nos exaltemos; y Sión es la ciudad de nuestra fortaleza, que nos preserva en la noche de la adversidad, para no ser sumergidos”.
“Para nuestra salvación, se pondrán un muro y un baluarte”. El muro se llama así, porque múnit, defiende. En el muro se designa la divinidad y en el baluarte la humanidad. Para la salvación de la ciudad se pondrá un muro, como si dijera: “La fe en el Verbo encarnado es la protección y la defensa de los penitentes”. Dice Isaías: “Como las aves vuelan sobre sus polluelos, así el Señor de los ejércitos amparará a Jerusalén, la protegerá y la liberará, pasará por ella y la salvará” (31, 5). “Como el águila provoca a sus polluelos a volar y vuela por encima de ellos” (Dt 32, 11) y como la gallina junta a sus pollitos bajo sus alas” (Mt 23, 37), así Jesús, el Señor de los ejércitos, o sea, de los ángeles, protege a Jerusalén, o sea, a la comunidad de los penitentes; la protege, repito, con la sombra de su humanidad y la libera con la potencia de su divinidad; pasa, cuando le hace cruzar el mar Rojo, o sea, la amargura de la penitencia, enrojecida con la sangre de su pasión; y la salva, cuando la introduce en la Tierra Prometida, que mana leche y miel.
Y en ese momento dirá a los ángeles: “Abran las puertas” del paraíso, “para que entre el pueblo justo” de los penitentes, “que guardaron la verdad” del evangelio.
Y a esta gente, que, acompañada por el sonido de la flauta, canta el himno de la santa solemnidad, el Apóstol les dice en la epístola de hoy: “¡Alégrense en el Señor siempre!”.
Sermón sobre la epístola de la misa
2. “¡Alégrense en el Señor siempre!” (Filp 4, 4); pero esta alegría no la pueden tener las personas, de las que habla Isaías: “Toda la cabeza está enferma y todo el corazón dolorido; de la planta de los pies al vértice de la cabeza no hay nada sano, sino heridas, contusiones y llagas vivas, que no fueron vendadas, ni curadas con medicamento, ni suavizadas con el aceite” (1, 5-6).
En la cabeza están indicados los prelados, en el corazón los verdaderos religiosos, en la planta de los pies los laicos.
Pero, ¡ay de mí! ¡Toda la cabeza está enferma! Dice Jeremías: “De los profetas de Jerusalén salió la corrupción hacia toda la tierra” (23, 15). Y Daniel: “La iniquidad salió de Babilonia por obra de los ancianos y de los jueces, que se tenían por guías del pueblo” (13, 5). Y del mal de estos jefes, dice de nuevo Isaías: “Todas las cabezas”, o sea, los prelados, “de ella”, o sea, de la Iglesia, “serán calvas y todas las barbas serán rasuradas” (15, 2). Después de una larga dolencia o por la vejez, de ordinario caen los cabellos y en la cabeza aparece la calvicie. ¡Ay de mí! Nuestra cabeza, o sea, nuestros prelados, a causa de la larga enfermedad de sus vicios y de su envejecimiento en el mal, perdieron la cabellera, o sea, la gracia del Espíritu Santo; y toda barba, o sea, todo vigor y fuerza en la realización de las buenas obras, les fue rasurada. Y así se volvieron débiles y afeminados. Así dice de ellos el Señor por Isaías: “Yo les daré por jefes a adolescentes, y hombres afeminados los dominarán” (3, 4). En verdad, “toda la cabeza está enferma”.
“Y todo el corazón está dolorido”. Considera que en el corazón hay tres cosas: hay la sede de la sabiduría; en él fue escrita la ley natural, que dice: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti” (Tob 4, 16); y es el órgano, del cual procede la aversión. Así en los verdaderos religiosos hay la sabiduría de la contemplación, la ley del amor y el odio por el pecado.
Este corazón, puesto en el centro entre la cabeza y los pies, o sea, entre los clérigos y los laicos, sufre y llora por la “enfermedad” de los dos. “De la planta de los pies hasta el vértice de la cabeza”, o sea, de los más humildes a los más elevados, de los laicos a los clérigos, de los de vida activa a los de vida contemplativa, no hay en todo el cuerpo parte alguna sana. ¿Cómo, pues, puedo alegrarme en el Señor?
“Heridas, contusiones, llagas vivas”. En la herida está figurada la lujuria, en la lividez la avaricia, de la que procede la ira; y en la llaga hinchada, la soberbia. De los dos primeros vicios se habla en el Génesis, donde Lamec se dirige a sus esposas y les dice: “Maté a un hombre por mi herida y a un adolescente por mi contusión” (4, 23).
Lamec, que fue el primero en introducir en la tierra el estiércol de la bigamia, simboliza al lujurioso y al avaro. El mató un hombre, o sea, la razón, por la herida de la lujuria, y a un adolescente, o sea, el inicio de la buena voluntad, por la lividez de la avaricia.
No hay sólo la avaricia del dinero temporal, sino que hay una avaricia, o apetencia, de las dignidades; y de esa apetencia nacen rencores, discordias y calumnias. El prestigio de una dignidad pasajera es como un hueso echado a los perros, que se arrojan sobre él con rabia y se muerden entre sí. Lo mismo hacen aquellos de los que habla Jeremías: “Esos perros voraces que nunca terminan de saciarse, son los pastores incapaces de comprender” (Is 56, 11).
De la hinchazón de la soberbia se dice en Job: “¿Por qué tu corazón te eleva en alto y por qué guiñan tus ojos, pensando en grandes proyectos (contra Dios)? ¿Por qué tu espíritu se hincha contra Dios, para que salgan de tu boca tales discursos?”. (15, 12-13).
Algo semejante dice el Señor a Senaquerib:
“Conozco tu habitación, sé cuando entras y cuando sales; y conozco tu furia en contra de mí. Cuando te enfureciste contra mí, tu soberbia llegó a mis oídos” (Is 37, 28-29).
Concluyamos, pues: la herida de la lujuria no fue vendada con las fajas de la continencia; la lividez de la avaricia no fue curada con el medicamento de la limosna; la llaga hinchada de la soberbia no fue suavizada con el aceite de la humildad interior, de la cual procede la luz de la conciencia, que engendra el gozo en el Espíritu Santo; y el que carece de esta luz, no puede alegrarse en el Señor. En cambio, pueden alegrarse en el Señor los que regresan de la iniquidad, como Jacob. De ellos dice Isaías: “Retornarán y vendrán a Sión cantando himnos de alabanza; y resplandecerá sobre su cabeza una felicidad sempiterna; alcanzarán gozo y alegría, y se alejarán los sufrimientos y los gemidos” (35, 10). “¡Alégrense, pues, en el Señor!”.
3. “Se lo repito: “¡Alégrense!” (Filp 4,4). Observa que dice dos veces “alégrense”, a motivo del doble “don” de la primera y segunda venida. Debemos alegrarnos, porque en la primera venida nos trajo riquezas y gloria. Y de nuevo debemos alegrarnos, porque en la segunda venida nos dará “largos días”. Se lee en los Proverbios: “Largos días están en su mano derecha, y en su izquierda riquezas” (3, 16). En la izquierda está indicada la primera venida, en la que nos trajo gloriosas riquezas, o sea, la humildad y la pobreza, la paciencia y la obediencia; en la derecha, la segunda venida, en la cual nos llevará a la vida eterna. De los dones de la primera venida nos habla Isaías: “¡Despierta, despierta, revístete de poder, brazo del Señor! ¡Levántate como en los tiempos antiguos, como en las generaciones pasadas! ¿No fuiste tú el que golpeó al soberbio y heriste al dragón? ¿No fuiste tú el que secó el mar, las aguas del abismo espantoso? ¿No fuiste tú el que abriste un camino en las profundidades del mar, para que pasaran los liberados” (de la esclavitud)? (51,9-10).
El brazo del Señor es Jesucristo, el Hijo de Dios, en el cual y por el cual Dios lo hizo todo. Este brazo de Dios Padre se quebró en dos partes por nosotros, cuando en la pasión el alma y el cuerpo se separaron: el alma descendió a liberar a los que estaban en el infierno y el cuerpo reposó en el sepulcro.
Sin embargo, en el día de la resurrección el Padre recompuso su brazo y curó el golpe de la llaga. Dice, pues: ¡oh brazo del Señor, oh Hijo mío! “Levántate” del trono de la gloria del Padre, “levántate” y asume un cuerpo; “revístete del poder” de la divinidad contra el príncipe del mundo, para echar al fuerte, tú que eres el más fuerte. “Levántate”, para redimir al género humano, “como en los tiempos antiguos” liberaste al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Oh Hijo, “tú golpeaste al soberbio”, o sea, al diablo, expulsándolo del cielo; “heriste al dragón” en tu pasión, arrancándole todo poder; “tú secaste el mar Rojo”; como si dijera: “Tú que hiciste tantas proezas, seguirás haciendo otras también”.
El Señor secó el mar y el agua del vertiginoso abismo, cuando destruyó el poder del diablo, simbolizado en el mar, y su perfidia, simbolizada en el abismo; y así, “en las profundidades del mar”, o sea, del abismo, trazó un camino, por el cual pasaran aquellos a quienes El había liberado. Con respecto al don de la segunda venida, dice el Señor en Isaías: “He aquí que yo con ángeles y con hombres crearé para la Jerusalén celestial la exultación y para su pueblo el gozo. Yo me alegraré con Jerusalén y me gozaré con mi pueblo; y ya no se oirán en ella la voz del llanto ni los gritos de angustia”, “porque el Señor Dios secará las lágrimas de todo rostro” (65, 18-19; y 25, 8).
4. “Que la modestia de ustedes sea conocida por todos los hombres” (Filp 4, 5). La modestia se llama así, porque tiene la justa medida en todas las cosas.
Observa que la modestia consiste en dos cosas: en la paz de la mente y en la honestidad del cuerpo, de las que dice Isaías. “La obra de la justicia es la paz; y el fruto de la justicia es la tranquilidad y la seguridad para siempre” (32, 17).
La obra de la justicia, o sea, de los que ya están justificados por la gracia, es la paz: ponen en la paz de la mente el fundamento de toda obra buena. Y el fruto, o sea, los actos y la conducta exterior, es la tranquilidad. Cuando el hombre interior descansa en la casa de la paz, el hombre exterior vive en una actitud de honestidad y de seguridad. Y los que se comportan con esta serenidad, gozarán de una seguridad eterna.
“El Señor está cerca” (Filp 4, 5). Esto dice el Padre: “Haré que se acerque ni¡ justicia”, o sea, mi Hijo; “no estará lejos; y mi salvación no tardará, En Sión daré la salvación y en Jerusalén mi gloria” (Is 46, 13). Y esto es lo que leemos hoy en el evangelio: “En medio de ustedes está uno” (Jn 1, 26), el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. El, en el campo del mundo, estuvo luchando contra el diablo y, después de haberlo vencido, le arrancó de su mano al hombre y lo reconcilió con Dios; “pero ustedes no lo conocieron”. Y esto lo dice también Isaías: “Crié y exalté hijos; pero ellos me despreciaron. El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su dueño; pero Israel no me conoce, y mi pueblo no comprende” (1, 2-3).
¡He ahí cuán cerca está el Señor, y nosotros lo desconocemos! “Crié hijos”, como una madre, con mi sangre como leche; “y exalté” la naturaleza humana, que asumí de ellos y que uní a mí por encima de los coros de los ángeles. De veras, no pudo otorgarnos un privilegio y un honor más grandes. Pero “ellos me despreciaron. Miren y vean si hay dolor semejante al mío” (Lam 1, 12). “¡Ay de ti, que desprecias! ¿No serás tú también despreciado?” (Is 33, 1), Leemos en el libro de los Proverbios: “El ojo que se burla de su padre y desprecia el parto de su madre, será arrancado por los cuervos del torrente y lo devorarán los aguiluchos” (30, 17). El sentido literal de esta frase muestra claramente el castigo reservado para el que desprecia al padre y a la madre.
“El buey”, o sea, el ladrón en la cruz, “conoce a su amo”, cuando dijo: “Acuérdate de mí, cuando estés en tu reino” (Lc 23, 42); “y el asno”, o sea, el centurión, “conoce el pesebre de su dueño”, cuando dijo: “¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!” (Mc 15, 39). En cambio, “Israel”, o sea, los clérigos, “no me conoció”; “y mi pueblo”, o sea, los laicos, “no me comprendió”.
5. “No se preocupen de nada” (Filp 4, 6). La preocupación por las cosas temporales hace olvidar a Dios. Por esto dice en Isaías: “Con tus manos hallaste la subsistencia, y por esto no me rogaste. Y para guardar tus riquezas, te preocupaste con temor; y me fuiste infiel y no te acordaste de mí” (57, 10-11). Y de nuevo: “Tú decías: “Seré soberana para siempre”; pero no te preocupaste de esto, ni te acordaste de tus postrimerías. Y ahora escucha esto, mujer voluptuosa, tú que reinas confiada y dices en tu corazón: “¡Yo, y nadie más fuera de mí! ¡jamás quedaré viuda y no conoceré la esterilidad!”. De repente y en un solo día te sobrevendrán estas dos cosas: la esterilidad y la viudez” (47, 7-9).
En un solo día, o sea, en el día de la muerte, “a la hija de los caldeos” (47, 1), a la que Dios amenaza estos castigos, o sea, al alma desgraciada, esclava de los vicios y de las concupiscencias, le sobrevendrán estos dos percances: la esterilidad, o privación de los bienes temporales, y la viudez, o privación de los placeres de la carne.
Amenaza el Señor en Isaías: “He ahí, yo con una amenaza convierto el mar en un desierto y secaré los ríos. Los peces sin agua morirán de sed y se pudrirán” (50, 2). La separación del alma del cuerpo es como una amenaza del Señor, de la que habla el Génesis: “Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, de la que fuiste sacado” (3, 19). Con la amenaza de la muerte convierte en un desierto el mar, o sea, la amargura y la profundidad de las riquezas temporales.
Insiste Isaías: “La hija de Sión será abandonada como una enramada en la viña y como una cabaña en una plantación de pepinos, como una ciudad expugnada” (1, 8). Como la enramada de una viña vendimiada, y como una cabaña después de la cosecha de los frutos y como una ciudad devastada y abandonada por el cautiverio de los ciudadanos, así la hija de Sión, o sea, el alma abandonada por Dios y entregada al diablo, será despojada de todas las riquezas y de todos los placeres. Y por ende: “Secaré los ríos”, o sea, el placer de los cinco sentidos; y entonces “los peces que recorren los senderos del mar”, o sea, los voraces y los ávidos de las cosas de este mundo, “se pudrirán” en su estiércol, “sin el agua” de la riqueza y de la concupiscencia, en la que solían chapotear; y “morirán de sed”, de aquella sed que atormentaba en el infierno al rico epulón, que vestía de púrpura y de lino fino. Y entonces “no se preocupen de nada”, porque de los voraces y de los ávidos habla Isaías: “Se entristecerán los pescadores y llorarán todos los que echan el anzuelo en el río (el Nilo) y lanzan las redes sobre la superficie de las aguas. Quedarán defraudados y confundidos los que trabajan el lino, los cardadores y los tejedores de lino fino” (19, 8-9).
Los pescadores son los amantes de este mundo, voraces y ávidos de riquezas y placeres. Los que echan el anzuelo en el río son los comerciantes inescrupulosos, que con la carnada de la falsa belleza cubren el anzuelo de sus embrollos, para capturar al que quiere comprar. Los que lanzan sus redes sobre la superficie de las aguas son los malditos usureros, que en la red de la usura capturan grandes y pequeños, ricos y pobres. Los que trabajan el lino, lo cardan y tejen cosas finas, o sea, hilan argucias, son los leguleyos, los decretistas (canonistas) y los falsos abogados. Todos ellos, tanto los unos como los otros, al término de su vida, cuando ya no podrán “administrar”, llorarán, porque serán miserablemente despojados de sus riquezas acumuladas con tanta solicitud y amadas con tanto ardor; se pudrirán, porque sus almas, al salir del cuerpo, serán entregadas a los demonios, para ser eternamente castigadas; y quedarán avergonzados en el día del juicio delante de Dios y de sus ángeles. Por esto “no se preocupen de nada”.
6. “Con oraciones, súplicas y acciones de gracia manifiesten a Dios sus peticiones” (Filp 4, 6); como manifestaba sus súplicas el rey Ezequías, según el relato del profeta Isaías: “Ezequías volvió su rostro hacia la pared”, o sea, hacia el templo, porque al templo no podía acudir, por hallarse gravemente enfermo. “Y suplicó al Señor, diciendo: “¡Te imploro, Señor! Acuérdate, te ruego, que yo caminé delante de ti con fidelidad e integridad de corazón e hice lo que era bueno a tus ojos”. Y Ezequías prorrumpió en un gran llanto” (38, 2-3). Comenta la Glosa: “Lloraba, porque moría sin hijos y temía que la promesa hecha a sus padres no se realizara por sus pecados”.
“Entonces la palabra del Señor se dirigió a Isaías en estos términos: “Ve a decir a Ezequías. “Así habla el Señor, el Dios de tu padre David: Escuché tu súplica y vi tus lágrimas. He ahí, yo añadiré a tu vida quince años, y te libraré a ti y a esta ciudad, de las manos del rey de Asiria; y la protegeré” (38, 4-6).
La pared, así llamada de paridad, igualdad, es figura de la humanidad de Jesucristo, en cuya vida no hubo desigualdad (discordia). De esta pared dice la esposa en el Cantar: “Helo ahí: está detrás de nuestra pared” (2, 9); y en Isaías: “El ímpetu de los violentos”, de los judíos, “es como un turbión contra la pared” (25, 4); o sea, que se ensaña, pero no la abate, como aconteció con Jesús, que en su pasión permaneció inamovible.
Oh pecador, prisionero de las dolencias de tu alma, dirígete a esta pared con la contrición del corazón y con una sincera confesión, que debes hacer con gran llanto y con el propósito de perseverar hasta el fin. Y así, haciendo penitencia, manifiesta tus súplicas al Señor. Y el Señor, a los días de tu penitencia añadirá años de gloria; y te arrancará de las manos del rey de Asiria, o sea, del diablo y de sus ministros; y protegerá y defenderá tu ciudad, o sea, tu alma y tu cuerpo.
Y sigue la epístola: “La paz de Dios guardará sus corazones y sus pensamientos” (Filp 4, 7). De aquella paz dice Isaías: “Venga la paz y descanse en su lecho aquel que caminó en la rectitud” (57, 2). Comenta la Glosa: “El profeta suplica que venga Cristo y, resucitando de los muertos, repose en su lecho, o sea, en la gloria de la majestad del Padre, o en la Iglesia, en la cual caminó con rectitud aquel que “no cometió pecado y en cuya boca no fue hallado engaño” (53, 9)
“La paz de Cristo sobrepasa todo entendimiento”, tanto de los ángeles como de los hombres. Por otra parte, “¿quién conoció el pensamiento del Señor o quién fue su consejero?” (Rom 11, 34).
“Esa paz guarde sus corazones”, para que la obra de la justicia sea la paz; “y sus inteligencias”, para que el fruto de la justicia sea la tranquilidad, “en Cristo Jesús”, Señor nuestro.
Hermanos queridísimos, supliquemos humildemente al Señor Jesús, que nos conceda cantar el cántico de las sagradas solemnidades y de gozar únicamente en El; y nos conceda vivir con sobriedad, liberarnos de toda preocupación y manifestarle todas nuestras peticiones, para que, amparados por su paz, podamos un día vivir en la celestial Jerusalén, ciudad de la paz.
Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito y glorioso por los siglos eternos.
Y toda alma, amante de la paz, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!