Domingo VIII después de Pentecostés
Exordio.
La morada que el alma fiel prepara para Jesucristo
1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Guárdense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas; pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7, 15).
En el cuarto libro de los Reyes se lee que la mujer sunamita habló de Eliseo a su marido: “Yo pienso que el hombre que pasa a menudo por nuestra casa es un hombre de Dios, un santo. Preparémosle una pequeña habitación y pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelero, para que, cuando venga a nosotros, se pueda retirar en ella” (4 R 9, 10).
Vamos a ver qué cosa significan Eliseo, la sunamita y su marido, la habitación, la cama, la mesa, la silla y el candelero.
Eliseo se interpreta “salvación de mi Dios”, y es figura de Jesucristo, enviado por Dios Padre para la salvación de su pueblo, Vino a la sunamita, que se interpreta “esclava” o también “rojo escarlata”. Y ésta es el alma, que Cristo rescató con su sangre de la esclavitud del diablo. En esa alma Cristo se hospeda, mientras le da vida; y pasa adelante sustrayéndole su gracia para que se humille, cuando ella tiene de sí misma un concepto demasiado alto. El marido de esta sunamita es figura del entendimiento racional, el cual, con las fuerzas y el sentimiento, grabados en su naturaleza o concedidos por la gracia, debe dirigir el alma, aconsejarla, cuidarla y suscitar de ella una progenie de virtudes y de buenas obras. Con este marido el alma se aconseja y dice: “Pienso que éste es un hombre de Dios, un santo”.
Considera también que en la pequeña habitación está simbolizada la unidad; en la cama, la castidad; en la mesa, la dulzura de la contemplación; en la silla, el desprecio de sí mismo; y en el candelero, la luz del buen ejemplo.
La habitación es llamada en latín coenaculum, cenáculo, lugar en que varias personas comen juntas, como también coenóbium, cenobio, que quiere decir “reunión de muchos”. Y por todo ello significa la reunión o la unidad de los fieles, de la que dice el esposo del Cantar: “Has herido mi corazón, hermana y esposa mía, con uno de tus ojos y con un solo rizo de tu cuello” (Cant 4, 9). “Un solo ojo” simboliza la unidad y la concordia de los prelados que deben iluminar a toda la iglesia, como el ojo ilumina todo el cuerpo. En los rizos que descienden de la cabeza, están simbolizados todos los fieles, unidos a Cristo, su cabeza. Entonces el esposo es herido por la herida del amor para amar a la iglesia, cuando ve en ella la unidad de los prelados en concordia con los súbditos. Y el cenáculo de la unidad ha de ser pequeño por medio de la humildad, virtud que es como el cemento que liga entre sí a los súbditos y a los prelados. Símilmente, en la cama está indicada la castidad. Dice el Cantar: “Nuestro lecho es de flores” (1, 15). El lecho de la conciencia debe florecer con los lirios de la pureza. Asimismo, en la mesa está indicada la dulzura de la contemplación, de la que dice el Salmo: “Delante de mí tú preparas una mesa” (22, 5). La mente, cuando se eleva a saborear aquella dulzura, da poca importancia a las injurias y a las tribulaciones. Aquella dulzura impresiona tanto la mente que se despreocupa de angustiarse por el sufrimiento.
En la silla, que deriva de “estar sentado” y suena en latín como sella, asiento o trono, está simbolizado el desprecio de sí mismo. En esta silla estaba sentado aquel, del cual habla Jeremías: “Se sentará solitario y callará” (Lm 3, 28). “Se sentará” en señal de desprecio de sí mismo; “solitario”, apartado del tumulto de las cosas mundanas y de sus preocupaciones; “callará”, no pronunciará palabras envenenadas. En el candelero, que “no se debe poner debajo de un almud, sino sobre el monte, para alumbrar a los que están en la casa” (Mt 5, 15), está indicada la luz del buen ejemplo. Esta es la morada, tan adornada con el consejo del marido, que el alma debe preparar para el verdadero Eliseo, y no para los falsos profetas, o sea, para los herejes y los hipócritas, de los cuales dice el Señor en el evangelio de hoy: “Guárdense de los falsos profetas”.
2. Observa que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la simulación de los hipócritas, cuando dice: “Guárdense de los falsos profetas”. Segundo: los frutos del árbol bueno y el corte del árbol malo, cuando añade: “Todo árbol bueno da buenos frutos; pero el árbol malo da frutos malos”. Tercero: la expulsión del reino del que dice y no hace, y la acogida en el reino del que hace la voluntad de Dios, cuando concluye: “No el que dice: “¡Señor, Señor!”, entrará en el reino de los cielos”. Con estas tres partes del evangelio, veremos la concordancia de algunos relatos del cuarto libro de los Reyes.
En el introito de la misa de este domingo se canta: “He ahí: Dios es mi ayuda” (Salm 53, 6); y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Somos deudores, pero no hacia la carne”. La dividiremos en tres partes y estableceremos una concordancia con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Somos deudores”; segunda: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios”; tercera: “El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu.
I La simulación de los hipócritas
3. “Guárdense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas; pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso, se recogen uvas de los espinos e higos de los abrojos?” (Mt 7, 15-16).
Presta atención a estas tres cosas: falsos profetas, vestidos de ovejas, lobos rapaces. Los falsos profetas son los hipócritas, de los que dice Jeremías: “De los profetas de Jerusalén salió la corrupción sobre toda la tierra” (23, 15). Estos son los profetas de Jezabel, que se interpreta “estercolero”. Mientras “buscan los saludos en las plazas y los primeros asientos en las sinagogas” (Mt 23, 6-7), profetizan a favor del estercolero los que “fueron hechos como estiércol para la tierra” (Salm 82, 11). De estos profetas habla también miqueas: “Así dice el Señor contra los profetas, que seducen a mi pueblo y lo muerden con sus dientes, y que predican la paz; y a quien no les pone nada en su boca (o sea, no les dan de comer), le proclaman la guerra santa” (3, 5).
Considera estos cuatro verbos: seducen, muerden, predican y proclaman.
Los falsos profetas “seducen”, o sea, con la persuasión atraen a sí a los inocentes. “Muerden”, con las calumnias. De morder deriva morbus, morbo, enfermedad; y se llama morbo, porque es camino hacia la muerte. La calumnia es un morbo, por el cual, como por un camino, la muerte llega al alma. “Predican” la paz, para hacerse ver pacíficos; pero ellos no hallaron el camino de la paz (Salm 13, 3). Estos son los sacerdotes ladrones, que muerden con injurias a los que no dan. A los que dan, les predican la paz y les prometen la misericordia; y a los que no dan, les declaran la guerra santa. Piensan que sea cosa justa y santa perseguir a los que no dan y los hieren con la espada de la excomunión. Y si ellos dan, los bendicen con una bendición solemne, ellos que están maldecidos por Dios, el cual maldice también sus bendiciones (Mal 2, 2).
A los que dan, les dicen: “Ustedes son hijos de la iglesia y honran a su madre, porque sufren con ella por su pobreza; y entonces ustedes son bendecidos, porque le dan”. Díganme, oh falsos profetas, ladrones y homicidas: ¿quién es la iglesia, sino el alma riel? Para hacerla pura, sin mancha ni arruga, el Señor entregó a la muerte su alma querida, o sea, su vida (Ef 5, 27).
El que da a esta iglesia lo que tiene, el Señor lo bendecirá. Pero, ¡ay de mí, ay de mí! Dice Bernardo: “Hoy cae a tierra un asna, y en seguida hay alguien que la levanta; está en peligro un alma, ¡y no hay quien la ayude!”. Si fueran verdaderos profetas, dirían con el verdadero profeta Jeremías: “¡Ay de mí! ¡Mi alma desfallece a causa de los matados!”. “¡Ay de mí, a causa de la tribulación de mi pueblo!”. “¡Oh! ¿Quién dará agua a mi cabeza y una fuente de lágrimas a mis ojos, para llorar día y noche sobre los matados de la hija de mi pueblo?” (Jer 4, 3 1; 10, 19; y 9, 1).
Tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se relata que “el hombre de Dios, Eliseo, se turbó y lloró. Entonces le preguntó Hazael: “¿Por qué llora mi señor?”. Y Eliseo respondió: “Porque conozco los males que harás a los hijos de Israel: pegarás fuego a sus fortalezas, pasarás a filo de espada a sus jóvenes, despedazarás a sus niños y destriparás a sus mujeres preñadas” (4 R 8, 11-12).
Eliseo es figura del digno prelado de la iglesia, que debe llorar hasta tener el rostro congestionado, porque Hazael, o sea, el diablo, incendia con el fuego de la codicia a las ciudades, o sea, a las almas fieles; mata con la espada de la sugestión a los jóvenes, o sea, destruye las virtudes; despedaza a los niños, o sea, las obras buenas en sus comienzos; y destripa a las mujeres preñadas, o sea, el propósito de la buena voluntad.
¿Y quién no llorará sobre desgracias tan grandes? Pero los falsos profetas no se preocupan, con tal que tengan de qué depredar.
Con razón dice el Señor: “Guárdense”, o sea, cuídense atentamente, “de los falsos profetas”. Falso deriva del latín fari, decir, o sea, decir lo que no es verdadero. “Dicen: ¡Paz, paz, paz!; y no hay paz” (Jer 6, 14).
Se lee en el tercer libro de los Reyes que Acab, rey de Israel, reunió a los profetas y les preguntó- “¿Debo ir a la guerra contra Ramot de Galaad o debo desistir?”. Le respondieron: “Sube, porque el Señor la entregará en mano del rey” (3Rey 22, 6). De esos falsos profetas, el verdadero profeta del Señor, Miqueas, dice poco después: “He ahí, el Señor puso el espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas, que están aquí; en cambio, el Señor decretó contra ti una desgracia” (3Rey 22, 23).
Acab es figura del que ama este mundo y, contra la voluntad del Señor, quiere subir a la guerra contra Ramot de Galaad. Ramot se interpreta “visión de muerte”, y Galaad, “cúmulo de testimonios”, y simbolizan las dignidades y las riquezas de este mundo, en las cuales hay una visión de muerte eterna y un cúmulo de testimonios de condenación eterna contra los que las aman. Y cuando quieren escalar esas dignidades y riquezas, consultan a los falsos profetas, si deben ir. Consultan a los sacerdotes de nuestro tiempo, que les dicen: ¡Suban! “porque no es pecado poseer riquezas o conquistar cargos: también en tal estado uno puede salvarse”.
¡Ah! ¡Ojalá surgiera Miqueas, profeta del Señor, para confundir a estos nigromantes y ventrílocuos y constreñirlos a confesar el engaño! Así cerraría la boca a los embusteros (Salm 62, 12) con la autoridad de Jesucristo, que amonesta:
¡Ay de ustedes, ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, que ya están saciados! ¡Ay de ustedes, que ahora ríen, porque gemirán y Dorarán! ¡Ay de ustedes, cuando los hombres hablen bien de ustedes!” (Lc 6, 24-26). He aquí, el Señor dice: “¡Ay!”; en cambio, ustedes, falsos profetas, dicen: ¡Sube!”.
Guárdense, pues, ustedes, de los falsos profetas. No les crean, cuando les dicen de subir a Ramot de Galaad, porque allí habrá: “¡Ayes!”.
4. “Los falsos profetas vienen a ustedes con vestidos de ovejas; pero por dentro son lobos rapaces”. “¿Qué acuerdo puede haber entre Cristo y Belial? “ (2Cor 6, 15). ¿Qué acuerdo puede haber entre la oveja y el lobo? Es oveja en el vestido, lobo en su espíritu. “La justicia simulada no es justicia, sino doble injusticia” (Agustín).
Los falsos religiosos son lobos rapaces, pero se presentan disfrazados de ovejas. Tenemos algo semejante en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Jeroboam dijo a su mujer: “Levántate ahora y disfrázate, para que no te conozcan que eres la mujer de Jeroboam; y vete a Silo, donde está el profeta Ahías. Cuando la mujer se presentó al profeta, fingiendo no ser lo que era, Ahias oyó el rumor de sus pies, mientras entraba por la puerta, y le dijo: “Entra, mujer de Jeroboam. ¿Por qué te finges otra?” (3Rey 14, 2 y 5-6).
Jeroboam se interpreta “división del pueblo”, y es figura del falso religioso que, dividido entre la oveja y el lobo, suele provocar divisiones y discordias en los claustros y en los capítulos. Es como un Satanás entre los hijos de Dios (Job 1, 6). o como dice el Salmo (90, 6): “Es como una pestilencia que anda en la oscuridad”.
Su mujer es la libido lobuna; y el lobo quiere que ella cambie de vestido, o sea, que se ciña con piel de oveja. Pero Ahías, el profeta del Señor, la reconoce y le dice: “Entra, mujer; ¿por qué te finges otra?”. Ahias se interpreta “examen de la vida”, y simboliza la conciencia del hombre, que siempre protesta y denuncia toda simulación. Por eso dice el Apóstol a los romanos: “El testimonio de su conciencia y sus mismos razonamientos ora los acusan, ora los defienden” (Rom 2, 15). Y Salomón: “El malvado busca siempre contiendas y en su contra le será enviado un mensajero sin piedad” (17, 11), o sea, la conciencia que reprocha. Y considera que el hipócrita, disfrazado bajo la piel de oveja, es como la hiena, de la que se cuentan muchas cosas increíbles. La hiena es un animal pequeño y salvaje, que de noche cava los sepulcros y devora los cadáveres de los muertos. Imita la voz del hombre y va detrás de los pastores en sus recintos; escuchándolos atentamente, aprende los silbidos y las llamadas, con los que pueda expresarse imitando la voz humana y, de noche, ensañarse contra el hombre, después de haberlo atraído con una estratagema. Simula los vómitos humanos, con sollozos y estertores atrae a los perros y después los devora. Si los perros, en sus correrías de caza, entran en contacto con su sombra, pierden la voz y ya no pueden ladrar. Los ojos de la hiena asumen gran variedad y versatilidad de colores; pero ella no atenúa nunca la fuerza de la mirada, sino que procede sin pestañear contra el objetivo. En la boca no tiene encías; tiene un solo diente, que jamás pierde, y, como no se despunta, se engasta en una cavidad natural. Si la hiena da vuelta tres veces alrededor de un animal, éste ya no puede moverse (Solino). A este propósito, el Señor dice por boca de Jeremías: “Mi heredad llegó a ser para mí como la caverna de la hiena” (12, 8).
Así el hipócrita es un animal que vive bestialmente, se hace pequeño con la simulación y es salvaje a motivo de sus obras torpes, porque de noche cava en los sepulcros de la superchería. Como dice el Apóstol, se introduce en las casas de las mujeres (2Tim 3, 6), con palabras melifluas y con bendiciones seduce a los inocentes; y de esa manera se alimenta con los cadáveres de los pecadores. imita la voz, o sea, las alabanzas de los hombres; entra en los recintos de los pastores, donde se predica, y, escuchando atentamente, aprende también él a predicar; y después, con el favor de las tinieblas, engaña a la gente que se atrajo con su predicación.
Simula también el vómito del hombre, o sea, la confesión de los pecadores. Se proclama pecador, pero no cree serlo; con falsos sollozos y gemidos soborna a los hombres, para que lo crean santo, al verlo gemir de esa manera. Y a veces logra engañar también a los justos, que demasiado fácilmente creen en su fingida devoción. Si su sombra roza a alguno, éste ya no es capaz de ladrar en su contra, sino que, más bien, lo defiende. Y esto, sobre todo hoy, les sucede a los que se fían de los herejes. Estos no prestaron atención al consejo del Señor: “Guárdense de los falsos profetas”…
Símilmente, en los ojos del hipócrita hay muchas variaciones. A veces eleva los ojos al cielo y suspira; otras veces los baja hacia la tierra y llora. También hay cambios en el colorido: ora es pálido, ora negro; ora tiene vestidos desaliñados, ora elegantes; ora le va bien la abstinencia, ora no le va bien. Todo este cambio de colores es índice de la inestabilidad interior.
Símilmente, todo animal al que la hiena, o sea, el hereje o el hipócrita, rodeó tres veces, o sea, lo engañó con la palabra de la predicación, con el ejemplo de su fingida santidad y con el ofrecimiento de atractivas promesas, quedará inmovilizado en relación al bien.
“Guárdense”, pues, los conjuro, “de los falsos profetas. Los reconocerán por sus frutos”. Comenta la Glosa: “Se reconocen, sobre todo, por sus impaciencias en el tiempo de las adversidades”. Cuando la prosperidad los favorece, bajo la piel de oveja se oculta la mente del lobo. Pero cuando soplan los vientos de la contrariedad, la piel de oveja es rasgada por los dientes del lobo.
“¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?”. Las espinas son llamadas así de punzar, porque son agudas como las agujas (en latín, spicae); y los abrojos son llamados en latín tribuli, porque atribulan. Las espinas y los abrojos simbolizan a los herejes y a los hipócritas, en los que nadie podrá hallar la santidad o la verdad de los sabios, sino que dilaceran y hieren a los que se les acercan.
5. “Guárdense de los falsos profetas”. Falsos profetas son también los instintos carnales que, para engañar el alma, se valen del pretexto de la fragilidad y de la debilidad de la naturaleza, ensalzan la abundancia de los bienes terrenos, profetizan la paz y proclaman que es grande la misericordia del Señor. Insinúan todas estas cosas, para inducir al alma al pecado. De todas estas cosas dice el justo, llorando, con las palabras de Jeremías: “¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Señor Dios! Los profetas les dicen: “No verán espada ni sufrirán hambre, sino que en este lugar les dará una paz verdadera” (14, 13).
Cuando los instintos carnales hablan as!, no nos queda sino gemir y decir: “¡Ah! ¡Ah! ¡Ah, Señor Dios!”. En esta triple “¡Ah!” está simbolizado un triple dolor: el dolor del corazón, de la boca y del cuerpo. De ello habla el Señor a Ezequiel: “Tu, hijo del hombre, profetiza y bate una mano contra la otra; y duplíquese y triplíquese el furor de la espada para los que serán matados. Esta es la espada de la gran matanza, que los hará desmayar por el pasmo” (21, 14).
Cuando el justo escucha la voz de los profetas, el silbido de las llamadas de los rebaños y el murmullo de los deseos carnales, en seguida debe golpear mano contra mano y duplicar y triplicar la espada del dolor, para matar a los falsos profetas y aturdir sus apetencias. Con razón, pues, dice el Señor: “Guárdense de los falsos profetas”.
Sobre todo esto hallamos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde Jehú ordena: “Ahora llámenme a todos los profetas de Baal, a todos sus siervos y a todos sus sacerdotes; y que no falte ni uno”. Y cuando fueron reunidos, “Jehú mandó a los soldados y a sus capitanes: “Entren ahora en el templo y mátenlos; y que no escape ninguno”. Y los hirieron a filo de espada. Y sacaron del templo la estatua de Baal, la despedazaron y la quemaron. Destruyeron también el templo y destinaron el lugar para letrinas, hasta el día de hoy. Así Jehú exterminó a Baal de Israel” ( 4 R 10, 19 y 25-28).
Jehú se interpreta “excitado”, y simboliza al justo que debe excitarse e irritarse con gran furor contra si mismo, cuando se ve expuesto a la tentación. Entonces debe reunir a todos los profetas de Baal, a sus siervos y a sus sacerdotes… Baal, que se interpreta “devorador”, simboliza el vientre que todo devora y cuyos profetas son los instintos camales. El justo debe juntar esos instintos y exterminarlos con la espada de la penitencia. “Y sacaron del templo la estatua de Baal”. El templo se dice en latín fanum y deriva de fauno (semidiós de los campos y selvas), para el cual los paganos en su error construían templos; o también porque en el fanum aparecían figuras de demonios: en efecto, la palabra griega phanía significa aparición; o también del verbo fari, anunciar o profetizar.
El templo de Baal simboliza la gula, que suscita en la mente visiones de pescados y de carnes. El justo debe sacar de este templo la estatua, o sea, el ídolo de la concupiscencia, debe quemarla con el hambre y con la sed y despedazarla según la distintas modalidades de la mortificación.
“Destruyeron también el templo de Baal”. Este templo es llamado en latín aedes, y viene de edere, comer, e indica la rápida y desordenada voracidad en el comer, que el justo absolutamente debe destruir y en su lugar hacer una letrina. La palabra letrina, que es el retrete o el excusado, deriva del latín ldteo, apartarse, y simboliza el hedor del vientre. Cuando debemos evacuar el vientre, no por placer sino por necesidad, hemos de pensar que somos una letrina de estiércol, que nosotros, miserables e infelices, debemos llevar siempre con nosotros; y, reflexionando sobre ello, debemos sólo humillarnos. Dice Miqueas: “En medio de ti está tu humillación” (6, 14). En medio de nosotros se halla el vientre, letrina de inmundicias; y, reflexionando sobre ello, tendremos seguramente motivo de humillarnos. Con razón dice el Señor: “Guárdense de los falsos profetas”.
6. En el introito de la misa de hoy, el justo implora ser liberado de tales profetas: “He ahí, el Señor es mi ayuda, el Señor es el amparo de mi alma; devuelve el mal a mis enemigos y por tu fidelidad dispérsalos” (Salm 53, 6-7), “tú que eres mi defensor” (Salm 58, 12). El Señor socorre al justo, cuando le concede la gracia de exterminar a los profetas de Baal. Lo acoge, cuando del templo de la gula saca afuera la estatua de la concupiscencia. Retuerce el mal sobre sus enemigos, cuando, con ayunos y vigilias, despedaza y quema la estatua. Los dispersa en su fidelidad, cuando destruye completamente el templo de las malas costumbres. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Somos deudores, pero no hacia la carne, para vivir según la carne. Si ustedes viven según la carne, morirán; en cambio, si con el espíritu mortifican las obras de la carne, vivirán” (Rom 8, 12-13).
He aquí como en este pasaje el Apóstol muestra claramente que los falsos profetas de Baal deben ser exterminados. “Sí, somos deudores” -dice el Apóstol-, “pero no hacia la carne”, sino hacia el Espíritu Santo, que hace vivir; no hacia la carne, de la que viene la muerte. Por deuda, o sea, por obligación, estamos ligados al Espíritu, no a la carne, para vivir según la carne, o sea, según los placeres de la carne, aunque le demos lo necesario. Si vivimos según la carne, o sea, si creemos en los falsos profetas, moriremos, porque aquellos lobos rapaces nos dilacerarán. En cambio, si, con el espíritu y con la espada de la penitencia, damos muerte a las obras de la carne, o sea, a los profetas de Baal, si quemamos su estatua y si destruimos su templo, sin duda alguna viviremos de la vida de la gracia en el tiempo presente y de la vida de la gloria en el futuro”.
A esta gloria se digne llevarnos aquel Señor, que vive y reina por todos los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
II – Los frutos del árbol bueno y la tala del árbol malo
7. “Todo árbol bueno produce frutos buenos, y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo puede producir frutos buenos. Todo árbol que no produce frutos buenos, será cortado y echado al fuego. Así por sus frutos los conocerán” (Mt 7, 17-20).
Observa que en todo árbol bueno hay cinco partes: la raíz, el tronco, las ramas, las hojas y los frutos. La raíz se llama así, porque penetra en la profundidad de la tierra como por medio de unos rayos (en latín radix, radius). Los naturalistas dicen que la altura de los árboles corre pareja con la profundidad de sus raíces. El tronco es como la “estatura” del árbol, que se levanta sobre las raíces. Las ramas son como expansiones del tronco, y sobre ellas se forman las hojas, que protegen los frutos.
El árbol bueno es la buena voluntad, la cual, para durar y ser buena, debe tener estas cinco virtudes: la raíz de la humildad, el tronco de la obediencia, las ramas de la caridad, las hojas de la santa predicación y los frutos, o sea, la dulzura de la contemplación celeste.
La raíz de la humildad, que, cuanto más profunda es en el corazón, tanto más alta es en las obras. Y esto está simbolizado en el agua, que cuanto más baja, tanto más sube. La humildad del hipócrita, como no tiene raíces en el corazón, quiere aparentar grande en las obras. En cambio, la verdadera humildad, cuanto más se arraiga en lo profundo, tanto más se abaja; y así tanto más se exalta, o sea, sube a lo alto.
8. Sobre esta santa raíz del árbol bueno, tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se relata que “el rey Ezequías dijo a Isaías: “¿Qué señal tendré de que el Señor me sanará, y que al tercer día subiré al templo del Señor?”. Le respondió Isaías: “De parte del Señor tendrás esta señal de que el Señor cumplirá la promesa que te hizo: “¿Quieres que la sombra del reloj solar avance diez grados o que retroceda diez grados?”. Respondió Ezequías: “Es fácil que la sombra se alargue diez grados, y yo no quiero esto; en cambio, quiero que retroceda diez grados”.
Entonces Isaías invocó al Señor, que hizo retroceder diez grados la sombra que ya había descendido en el reloj de Acaz” (4 R 20, 8-11). El reloj de Acaz, cuyo nombre se interpreta convertido” o también “que recurre a la fortaleza”, es figura del corazón humilde del penitente, que, convertido del camino del pecado, recurre a la fortaleza de la perseverancia, para conquistar el premio de la gloria, En este reloj hay y debe haber diez grados de humildad, por los cuales, el sol, o sea, el alma, iluminada por la gracia de Dios, debe avanzar y luego nuevamente retroceder.
El primer grado de humildad consiste en considerar, dentro de sí, de cuál mísera y nauseabunda materia es procreado.
El segundo grado consiste en considerar que, por nueve meses, permanece recluso en las tinieblas del seno materno y es nutrido con sangre menstrua. Sobre estos dos temas hallarás más amplias reflexiones en el sermón del domingo de Quincuagésima, donde se comenta el evangelio de Lucas (18, 35): “Un ciego estaba sentado al borde del camino”.
El tercer grado consiste en considerar cómo de las tinieblas del útero se salga llorando y chillando, desnudo y sucio.
Por estos tres grados había descendido Job, cuando decía: “¿Quién hará puro lo concebido de semen impuro?”. Y de nuevo: “¿Por qué no morí yo en la matriz? ¿Por qué no expiré al salir del vientre? ¿Por qué fui acogido sobre las rodillas? ¿Por qué los pechos me amamantaron?” (Job 14, 4; y 3, 1112). Y Jeremías: “¿Para qué salí del vientre, para ver fatigas y dolores y para consumir mis días en la vergüenza?” (20, 18).
El cuarto grado consiste en considerar cuán miserable y desagradable sea la peregrinación de este destierro, en la que abundan los gemidos y el dolor, las dificultades y el llanto. Dice Jacob en el Génesis: “Los días de mi peregrinación y de mi vida fueron pocos y tristes” (47, 9).
El quinto grado consiste en el recuerdo de la propia iniquidad, de los pecados cometidos y de las muchas omisiones, y cuán ingrato fue para con Dios. Era libre y se vendió gratuitamente al diablo. Sobre este grado se lee en el cuarto libro de los Reyes, que “Ezequías dirigió el rostro hacia la pared, oró al Señor y prorrumpió en un gran llanto” (4 R 20, 2-3). La pared es figura de la cantidad de pecados, a la cual el pecador debe dirigirse, o sea, debe pensar en la amargura de su alma en cuántos pecados cometió y en cuántas obligaciones omitió; debe orar al Señor, para que le infunda nuevamente la gracia perdida y le perdone los pecados.
El sexto grado consiste en el pensamiento de la muerte, pensamiento más amargo que cualquier otra amargura. Dice el Eclesiástico: “Oh muerte, ¡cuán amargo es tu pensamiento para el hombre que vive tranquilo en su bienestar!” (41, 1). Si no se arrepiente, la carne será entregada a los gusanos y el alma a los demonios; y dejará sus riquezas a los hijos y a los parientes. Dice el Salmo: “Bajarán a lo profundo de la tierra”, o sea, al infierno: he ahí el alma dada a los demonios; “serán dados en poder de la espada”, o sea, de la muerte: he ahí la carne a los gusanos; “serán presa de los chacales”. he ahí las riquezas dejadas a los parientes que, astutos como chacales, se echarán sobre la piel del asno difunto (Salm 62, 10-11).
El séptimo grado de humildad consiste en llamar a la mente cómo el Hijo de Dios dobló la cabeza de su divinidad en el seno de la pobrecilla Virgen; cómo aquel que llena de sí el cielo y la tierra y que el cielo y la tierra no pueden contener, se hizo pequeño en el “tálamo” de una doncella, en la cual moró durante nueve meses; cómo fue envuelto en pañales, fue recostado en un pesebre de animales, fue llevado a Egipto para escapar de la presencia de Herodes; cómo el dueño de todo el mundo no halló un lugar donde posar la cabeza sino en la cruz, en la que, inclinada la cabeza en el seno del Padre, en sus manos entregó su espíritu (Jn 19, 30; y Lc 23, 46).
El octavo grado consiste en considerar cuánta misericordia y cuánta benevolencia usó hacia los pecadores, a los que atraía con la dulzura de su predicación y con los cuales también comía, para invitarlos a la penitencia; y cuánta compasión mostró aquel, que lloró amargamente sobre la ciudad en la que debía ser crucificado, y sobre Lázaro, a quien luego resucitaría; y cuánta mansedumbre manifestó aquel, que quiso conversar a solas con la mujer samaritana y permitió que la pecadora Magdalena lo tocase.
El noveno grado consiste en considerar cómo fue golpeado por las varas y por las bofetadas, cubierto de esputos, coronado con una corona de espinas, abrevado con hiel y vinagre y crucificado entre dos ladrones, como si El también fuera ladrón.
El décimo grado consiste en meditar con mucha seriedad cómo tocará la trompeta y cómo los muertos, “que duermen en el polvo de la tierra”, como dice Daniel, “se despertarán, algunos para la vida eterna y otros para la eterna vergüenza” (12, 2). Ahí se apreciará cómo el manso se volverá severo y el juzgado vendrá para juzgar al mundo con justicia, El que fue el Hijo de la Virgen mendicante; cómo a una seña de El “se sacudirán las columnas del cielo” (Job 26, 11), “las potencias de los cielos se bambolearán” (Mt 24, 29), “los cielos se enroscarán como un libro” (Is 34, 4), “el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre” (Joel 2, 31», y los hombres enloquecidos huirán y “dirán a los montes: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a las colinas. “¡Ocúltennos de la cara del que está sentado en el trono!” (Ap 6, 16).
A través de estos diez grados el alma del penitente debe subir y descender: cuanto más descienda, tanto más subirá. Y ésta será la verdadera señal de que el Señor la sanó de toda enfermedad de pecado y que podrá subir al templo de la Jerusalén celestial, construida con piedras vivas.
¡Bienaventurado, pues, aquel árbol que tenga tales raíces, porque de las raíces germinan los frutos del árbol. Por esto nos hemos detenido largamente en tratar de la raíz, en la que está simbolizada la humildad. De la raíz nace el árbol de la buena voluntad y el hombre recibe el fruto de la vida eterna. Con razón, pues, dice el Señor: “El árbol bueno da frutos buenos”.
9. “El árbol malo produce frutos malos”. Malo deriva del griego mélan, color negro o hiel negra. Por esto los hombres que rehúsan la compañía humana son llamados melancólicos, porque en ellos abunda la hiel negra.
El árbol malo es figura de la mala voluntad: su raíz es la codicia, su tronco la obstinación, sus ramas las obras perversas, sus hojas las palabras malignas, sus frutos la muerte eterna. Acerca de tal árbol añade el Señor: “Todo árbol que no produce frutos buenos, será cortado y echado al fuego”. Por esto dice Daniel: “Un vigilante y santo descendía del cielo, y clamaba fuertemente y decía as!: “Derriben el árbol y corten sus ramas, sacudan sus hojas y dispersen sus frutos; huyan las bestias que están debajo de él, y las aves de sus ramas” (Dan 4, 10- 11).
El árbol es derribado cuando el pecador, abatido por el hacha de la muerte, se desploma y retorna a la tierra. Y entonces las ramas de las riquezas y los sucesos de este mundo son tronchados y las livianas hojas de las palabras sacudidas. “Ya cesan las palabras, porque se llegó a los golpes” (en la fiesta de santa Lucía).
Y los frutos, o sea, sus obras malas, son dispersados, porque las puertas del cuerpo, a través de las cuales el alma desventurada solía salir para ver a las mujeres de aquella región (Gen 34, 1), ya están cerradas. Y las bestias, cuyo nombre suena como vastiae, devastadoras, o sea, los ladrones y los homicidas, que solían refugiarse a su sombra, muerto él, huyen. Y las aves, o sea, los soberbios, que solían cobijarse en sus ramas, todas huyen. Con razón dice el Señor: “Todo árbol que no produce frutos buenos, será cortado y echado al fuego, que está preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41).
Dice Isaías. “Desde ayer está preparado el Tofet, está preparado por el rey, y es profundo y dilatado. Su alimento es el fuego y mucha leña; el soplo del Señor, como torrente de azufre, lo enciende” (30, 33).
El Tofet, que significa anchura, es el infierno, que ensanchó su poder más allá de todo límite; fue preparado desde ayer, o sea, desde la eternidad, por el rey Jesucristo, para el cual todo el pasado es presente y para el cual todo lo que hizo desde la eternidad, es como para nosotros nuestro ayer. El infierno es llamado profundo y dilatado: profundo, o sea, lejos del fondo, o sea, las penas no tienen fin; y dilatado, para recibir las almas de los condenados.
Y se llama infierno, porque allí son arrojadas las almas (en latín, inferuntur). Su alimento está constituido por mucha leña, o sea, las almas de los pecadores. Y el soplo, o sea, la ira del Señor, como un torrente de azufre, que arde y apesta, lo encenderá. Aquel que en este mundo arde por el fuego de la codicia y se contagia con el hedor de la lujuria, allí se quemará eternamente.
10. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Ustedes no recibieron el espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que recibieron el espíritu de adopción, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!” (Rom 8, 14-15).
El Espíritu de Dios es la humildad; y los que son guiados, o sea, animados, por la humildad, de veras son un árbol bueno, porque son hijos de Dios, Como la raíz sostiene el árbol, así la humildad sostiene el alma. El espíritu de humildad es más dulce que la miel; y el que se alimenta de miel, produce frutos dulces.
“Ustedes no recibieron el espíritu de esclavitud”, que los constriña de nuevo, como en el tiempo de la Ley, a servir a Dios forzadamente por temor al castigo. El árbol malo no recibe el espíritu de adopción con los hijos, sino el espíritu de esclavitud con los esclavos, “que no permanecen siempre en la casa” (Jn 8, 35); y después serán cortados y echados al fuego inextinguible.
La adopción existe, cuando alguien es adoptado en lugar de un hijo. Por eso el hijo adoptivo, o sea, acogido en lugar del hijo, Jesucristo -¡que sea siempre bendito!-, de árbol estéril, después del injerto de la yema de la fe, logró un árbol bueno y fructífero; y de los hijos de la ira hace cada día hijos de la gracia, para que con la contrición del corazón y la confesión de la boca griten cada día: “¡Abba, Padre!”.
Abba es un término sirio y hebreo, que en griego y latín significa Pater, Padre. Y este doble nombre de la paternidad indica la doble misericordia de la benevolencia paterna. El penitente, recibido en lugar del hijo, debe confiar tanto en la remisión de los pecados como en la bienaventuranza de la gloria.
Te suplicamos, pues, Abba, Padre, que nos hagas árboles buenos y que nos concedas producir frutos di nos de penitencia; y así, arraigados y fundados en la raíz de la humildad y liberados del fuego eterno, mereceremos llegar y cosechar el fruto de la vida eterna.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
III - La expulsión de los malos y la acogida de los buenos en el reino
11. “No todos los que me dicen: “¡Señor, Señor!”, entrarán en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, entrará en el reino de los cielos” (Mt 7, 21). El “Señor” tiene este nombre, en latín Dominus, porque domina sobre todas las criaturas, o porque es la cabeza de la casa (en latín, domus, casa); o también, porque da amenazas (en latín, dans minas).
La Glosa comenta así este pasaje del evangelio: “El camino hacia el reino de Dios es la obediencia, y no la invocación de su nombre; tampoco se lo invoca con sinceridad y convencimiento, cuando la proclamación del nombre no concuerda con la voluntad. Dice el Apóstol: “Nadie puede decir: “¡Señor Jesús!”, sino bajo la moción del Espíritu Santo” (1Cor 12, 3). Decir con sinceridad: “¡Señor Jesús!”, significa creer con el corazón, confesar con la boca y testimoniarlo con las obras. Una cosa sin la otra equivale a negar”. Por cuantas alabanzas haga resonar la lengua, la vida después lo blasfema. Gritan “¡Señor!” los que no son sus siervos ni temen sus amenazas.
El mismo Señor dice por boca de Isaías: “Me dan voces desde Seir: “Custodio, ¿qué de la noche? Custodio, ¿qué de la noche?”. Responde el custodio: “Viene la mañana y después vendrá la tarde. Si quieren, busquen; ¡conviértanse y vengan!” (21, 11-12). Seir se interpreta “híspido”, y es figura del pecador, enfrascado en las espinas de las riquezas y de las preocupaciones. Y el Génesis dice que “Esaú se estableció en la tierra de Seir, de la región de Edom” (36, 8). Y observa que Esaú fue llamado Seir y Edom: Seir, porque peloso; y Edom, a causa de las lentejas rojas, por las que había vendido la primogenitura (Gen 25, 29). Esaú quiere decir también “montón de piedras”; y Edom, sangre. Donde hay un montón de piedras, o sea, de riquezas, allí hay también las espinas punzantes de las preocupaciones y derramamiento de sangre. El pecador grita desde Seir: “Custodio, ¿qué de la noche?”. Miren aquí “la rueda en medio de otra rueda” (Ez 1, 16; 10, 10).
En Mateo se dice dos veces “Señor”, y en Isaías dos veces “Custodio”, para indicar que aquel que es el Señor, es necesario que sea también el Custodio, para custodiar perfectamente la casa, de la que es Cabeza. Este doble nombre de Señor comprende en sí al Creador y al juez, y entre estos dos extremos se pone el centro, o sea, el Custodio. Jesucristo, en la creación de las cosas, fue Señor, y será Señor también en el examen del severo juicio, porque será juez, para dar a cada uno lo que es justo. Entre estos dos momentos fue custodio en la noche: el Señor asumió la forma de siervo, para custodiar a los siervos. Se lee en el evangelio de Lucas que “el Señor pasaba la noche en oración” (6, 12). El Custodio pasaba la noche en oración, no para sí sino para su criatura, que El vino a liberar. Fue también Custodio en la pasión. Se lee siempre en el evangelio de Lucas- “Jesús se alejó de sus discípulos como de un tiro de piedra y, puesto de rodillas, oró” (22, 41). La Glosa comenta: “A solas oraba por todos aquel, que a solas debía padecer por todos”. Y Ambrosio: “Padeció por mí aquel que no tenía nada, por lo cual debiera padecer”. Se arrodilla, para mostrar la humildad de la mente con la posición del cuerpo.
Entonces fue verdaderamente humilde, pero vendrá con severidad, para hacer de la tierra un desierto y destruir de ella a los malvados.
12. Y de estos malvados el Señor se lamenta con palabras del profeta Oseas: “Se llenaron y se hartaron; su corazón se ensoberbeció y se olvidaron de mí. Por esto seré para ellos como una leona, como un leopardo en el camino de los asirios. Los asaltaré como una osa, a la que fueron arrebatados los oseznos; desgarraré sus entrañas hasta el hígado y los devoraré como león. La bestia del campo los despedazará. Fuiste causa de tu ruina, Israel; sólo de mí te podrá venir la ayuda” (13, 6-9).
Observa que en este pasaje hay ocho elementos: cuatro vicios y cuatro castigos en correspondencia a cada vicio. “Se llenaron”: he ahí las riquezas y la avaricia; “se hartaron”: he ahí la gula; “su corazón se ensoberbeció”: he ahí la soberbia y la vanagloria; “y se olvidaron de mí”: he ahí la lujuria.
Dice por boca de Ezequiel: “Porque te olvidaste de mí y me echaste detrás de tu cuerpo, también tú llevarás tus perfidias y tus fornicaciones” (23, 35). Echa al Señor detrás de su cuerpo aquel, que se olvida de la amargura de la pasión del Señor y se abandona a los placeres del cuerpo; y por amor a su cuerpo se hace esclavo de la gula y del vientre. “Por eso”, dice el Señor, “seré como una leona” contra los que se llenaron; “como un leopardo en el camino de los asirios asaltaré” a los que se hartaron; “como una osa, a la que arrebataron los oseznos, desgarraré hasta el hígado las entrañas” de los soberbios, que se enorgullecieron en su corazón. Amamos con el hígado, en el cual está simbolizado el amor a las cosas terrenas; y el Señor dilacerará las entrañas de los que las aman. “Y como un león devoraré” a los lujuriosos; “y la bestia del campo”, o sea, el diablo, “los despedazará” con la espada de la muerte eterna; y así tendrán como torturador en el castigo a quien tuvieron como instigador en la culpa”.
“Fuiste causa de tu ruina, oh Israel”; como si dijera: “Si te arruinaste, la culpa es tuya”. Pero el socorro no te vendrá de ningún otro sino de mí, que custodio a Israel. Con razón se dice: “Custodio, ¿qué de la noche? Custodio, ¿qué de la noche?”. Y el Custodio responde: “Viene la mañana y después vendrá la noche. Si quieren, busquen; conviértanse y vengan”.
Custodio deriva de “cura”, cuidado; mañana, en latín, mane, deriva de mano. Los antiguos llamaban la mano “un bien”. ¿Y qué cosa hay mejor que la luz (de la mañana, mane)?
El Señor, nuestro Custodio, que tiene cuidado de nosotros (1 Pe 5, 7), a los que gritan: “¡Señor, Señor!”, les dice: “Viene la mañana”, o sea, la luz de la gracia; caminen, pues, hasta que es día, porque llegará la noche, en la que no se puede trabajar. Dice Salomón: “Si un árbol cae hacia el mediodía, o sea, hacia la vida, o si cae hacia el septentrión, o sea, hacia la muerte, permanece donde cayó” (Ecle 11, 3). Trabaja, pues, de manera apremiante, mientras dura el día, porque no hay ni acción ni razón en el infierno, hacia el cual, oh pecador, te apresuras, o, más bien, te impulsas a ti mismo con tus pecados.
Si ustedes quieren, o se proponen, buscar, busquen mientras sea día. Y, si buscan, ¿qué es lo que buscan? “Conviértanse”, responde, “y vengan”. He aquí cómo se busca a Dios y cómo se lo encuentra. Al Señor no hay que buscarlo con palabras:
“¡Señor, Señor!”, porque El busca adoradores, que lo adoren en espíritu y en verdad (Jn 4, 23-24), o sea, en el espíritu de contrición en la verdad de la confesión.
13. De esta manera buscó al Señor el santo Josías, rey de Judá, con el cual tienes una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se relata que “cuando Josías escuchó las palabras de la Ley del Señor, rasgó sus vestidos y concluyó una alianza con el Señor, comprometiéndose a seguir al Señor con todo el corazón y con toda el alma. ordenó que sacasen del templo del Señor todos los utensilios que habían sido labrados para Baal y los quemó fuera de Jerusalén, en el valle del Cedrón. Dio a las llamas los carros del sol. Asimismo, barrió a los nigromantes, a los adivinos, las imágenes de los ídolos, y todas las abominaciones y las inmundicias; y celebró la Pascua del Señor” (4 R 22, 11; 23, 3-4, 11 y 24).
Josías se interpreta “en él está el sacrificio”, y es figura del penitente, en el que se halla “el sacrificio a Dios”, o sea, un espíritu dolorido y contrito. El penitente, cuando oye predicar la gloria eterna de los justos y el castigo sin fin de los pecadores, rasga sus vestidos, o sea, mortifica sus miembros que son como el vestido del alma y establece un pacto con el Señor: el Señor le perdone sus pecados y él, en adelante, no volverá a cometerlos.
Y del templo del Señor, o sea, de su corazón, en el cual habita el Señor, sacará todos los vasos que habían sido labrados en honor de Baal, o sea, todas las modalidades de la gula, con las cuales servía al dios Baal, o sea, a su vientre, y los quemará en el valle del Cedrón, que se interpreta “tristeza y dolor”; o sea, los quemará en la humildad del disgusto y del arrepentimiento. Y con el fuego de la penitencia quema también los carros del sol, o sea, los cinco sentidos del cuerpo que sobre sus cuatro ruedas, o sea, entre los placeres de las cosas temporales que se expanden por las cuatro estaciones, retozan al sol, o sea, a la luz de la gloria pasajera.
Y aleja a los nigromantes, o sea, el espíritu de avaricia, a los adivinos y a los embaucadores, llamados en latín aríoli, porque gritan plegarias infames alrededor de los altares (en latín, ara), en los que están representados los hipócritas; y echa fuera las imágenes de los ídolos, o sea, las fantasías torpes, las inmundicias de las fornicaciones y las chocarrerías del lenguaje.
Purificado de todas estas suciedades, el penitente celebra con el Señor la “Pascua”, que quiere decir “pasaje”, porque pasa de los vicios a las virtudes para convertirse y seguir al Señor, no gritando “¡Señor, Señor!”, sino cumpliendo la voluntad del Padre; y así merecerá entrar, al fin de su vida, en el reino de Dios.
14. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8, 16-17).
Si, después de habernos convertidos, seguimos al Señor, purificando el templo del Señor de toda suciedad, entonces conoceremos plenamente que el Espíritu de Dios da testimonio de segura esperanza a nuestro espíritu y atestigua que somos hijos de Dios, porque hacemos la voluntad del Padre, que está en los cielos.
Y si somos hijos, somos también herederos, o sea, partícipes de su misma gloria: herederos de Dios, que nos constituyó herederos de la heredad eterna mediante el testamento, convalidado por la sangre y la muerte de su Hijo; y somos coherederos de su Hijo, porque El es “nuestra carne y nuestro hermano” (Gen 37, 27), a motivo de la coparticipación de nuestra naturaleza, que El exaltó por encima de los ángeles, “para que fuésemos participes y coherederos de su vida divina” (Misal: prefacio de la Ascensión).
Hermanos queridísimos, roguemos, pues, al Padre omnipotente, que nos conceda la gracia de cumplir su voluntad, de purificar de toda suciedad el templo de nuestro corazón y de celebrar la verdadera pascua, o sea, el verdadero pasaje, para poder llegar a la herencia eterna, que nos prometió por medio de nuestro coheredero Jesucristo, su dilecto Hijo. Nos lo conceda el mismo Padre, que con su amadísimo Hijo y el Espíritu Santo, un solo y eterno Dios, vive y reina por los siglos eternos. Y toda la iglesia responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”