Domingo V de Pascua
Exordio.
Sermón sobre la unción de la gracia
1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “En verdad, en verdad les digo: Si piden algo al Padre en mi nombre, El se lo dará” (Jn 16, 23). Dice Juan en su primera carta: “Su unción les enseñará todas las cosas” (2, 27).
Observa que la unción es doble: la primera es la infusión de la gracia, de la cual habla el Profeta: “Te ungió Dios, tu Dios, con óleo de alegría más que a tus compañeros” (Salm 44, 8). Oh Dios Hijo, el Dios tu Padre te ungió, en cuanto hombre, con el óleo de la alegría, o sea, con la gracia de los siete dones, que te hizo inmune de todo pecado; “más que a tus compañeros”, porque en ti el Espíritu Santo fue infundido sin medida; en cambio, en los demás fue infundido con medida. Por esto se lee en Juan: “De su plenitud todos recibimos”.
La segunda unción es la predicación de la palabra de Dios, de la cual se dice en el tercer libro de los Reyes, que Sadoc y Natán ungieron al rey Salomón en Gihón (1, 38-39). Sadoc se interpreta “justicia”; Natán, “don de la gracia”; Salomón, “pacífico”; y Gihón, “lucha”.
La justicia de una vida honesta y el don de la gracia, o sea, la predicación de la palabra de Dios, ungen al pecador, reconciliado con Dios a través de la confesión, en Gihón, para que, libre de pecado y desprendido de las cosas temporales, luche con el diablo.
Cuando la primera unción unge interiormente el alma, la segunda es de gran provecho. Pero si la primera falta, la segunda ya no tiene eficacia. La Glosa comenta así el versículo: “Su unción nos enseñará todas las cosas”: “Nadie atribuya al maestro lo que siente y entiende de la boca del maestro, si interiormente no hay uno que enseña. La lengua del maestro se fatigaría en vano; sin embargo, el maestro no debe callar”, sino que debe hacer lo que está a su alcance, porque su predicación es útil para crear las buenas disposiciones.
Ahora bien, la unción de la inspiración interior, o de la predicación del Señor, nos instruye sobre todas las cosas, que atañen a la salvación del alma, que son: despreciar al mundo, humillarse a sí mismo y anhelar el gozo celestial. Y a este propósito dice el Señor en el evangelio de hoy: “En verdad, en verdad les digo: “Si piden algo al Padre en mi nombre, El se lo concederá”.
2. En este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la plenitud del gozo perfecto, cuando dice: “En verdad, en verdad les digo”. Segundo: la súplica de Jesucristo al Padre por nosotros: “Yo rogaré al Padre por ustedes”. Tercero: el conocimiento que Cristo tiene de todas las cosas: “Ahora conocemos que lo sabes todo”.
En el introito de la misa de este domingo se canta: “Con voz de júbilo anuncien”; y se lee la epístola del bienaventurado Santiago: “Sean cumplidores de la palabra”. Dividiremos el pasaje en tres partes y veremos su concordancia con las tres partes del pasaje evangélico. He aquí las tres partes de la epístola: Primero: “Sean cumplidores de la palabra”; segundo: “El que mira atentamente en la ley de la perfecta libertad”; tercero: “Si alguno se cree religioso…”
I.- Petición del gozo pleno
3. “En verdad, en verdad les digo: Si piden algo al Padre en mi nombre, se lo dará. Hasta ahora no pidieron nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su gozo sea cumplido” (Jn 16, 23-24). “En verdad”, se dice en hebreo amén; y es una afirmación solemne, un juramento. La Verdad (Jesucristo) nos promete el gozo repitiendo dos veces la palabra del juramento, para que creamos sin duda alguna en lo que dice.
“Si piden algo al Padre en mi nombre”. Presta atención a estas tres palabras: Padre, alguna cosa, en mi nombre.
No puede llamarse padre sino aquel que tiene un hi o, porque padre e hijo son nombres correlativos. Cuando dices “padre”, piensas en el “hijo”, del cual es padre. Dios es el Padre, del que nosotros somos hijos y al cual cada día decimos: “Padre nuestro que estás en el cielo”. También Isaías dice: “Tú, Señor, eres nuestro Padre, nuestro redentor: desde siempre éste es tu nombre”
Y Dios mismo nos dice con las palabras de Jeremías: “Ahora llámame así: oh Padre mío, tú eres el guía de mi virginidad” (3, 4). La virginidad del alma es la fe, que obra por medio del amor y preserva al alma de la corrupción: es Dios Padre quien, como un capitán, guía al alma a la fe. Nosotros, los hijos, debemos pedir a nuestro Padre alguna cosa. Todo lo que existe es nada, a excepción de amar a Dios. Amar a Dios es algo y es esto algo que debemos pedir, o sea, que nosotros, los hijos, amemos a nuestro Padre, como el hijo de la cigüeña ama a su padre.
Se cuenta que el hijo de la cigüeña tanto ama al padre, que, cuando envejece, lo sustenta y lo alimenta; y eso hace parte de sus características (instinto) (Aristóteles). Así en este mundo que ya envejece, nosotros debemos sustentar a nuestro padre en sus miembros débiles y enfermos, o sea, alimentarlo en los pobres y en los necesitados. “Lo que ustedes hacen a uno de los míos, aunque fuere el más pequeño, a mí me lo hacen” (Mt 25, 40). Si pedimos amor, el mismo Padre, que es amor, nos dará lo que El es: el amor.
4. Dice Dios mismo en el Éxodo. “Te daré una tierra, que mana leche y miel” (13, 5). Presta atención a estas cuatro palabras: la tierra, mana, leche y miel. La tierra, por su estabilidad, simboliza el amor de Dios, que da a la mente del hombre la seguridad de estar en la verdad. Dice Salomón en el Eclesiastés: “Una generación pasa, otra viene; pero la tierra permanece eternamente” (1, 4).
La generación, o sea, el amor de la carne, pasa; y la generación, o sea, el amor del mundo, viene; pero la tierra, o sea, el amor de Dios, permanece para siempre, porque, como dice el Apóstol, “la caridad jamás tendrá fin” (1Cor 13,8).
De esta tierra se dice que “mana”, a motivo de su abundancia. Se dice en el Salmo: “La vehemencia del río”, o sea, la abundancia del amor de Dios, “alegra la ciudad de Dios”, o sea, el alma, en la que vive el mismo Dios (45, 5).
Esta tierra abunda de leche y de miel. La leche alimenta, la miel endulza; así el amor de Dios alimenta el alma, para que crezca de virtud en virtud, y endulza el tormento de todas las tribulaciones. “Para el que ama, nada es difícil” (Cicerón).
Cuando la dulzura del amor divino llega a faltar, la amargura de la tribulación aun la más pequeña, se vuelve intolerable. Pero “el madero endulzó las aguas de Mara” (Ex 15, 23). “La harina del profeta Eliseo transformó en comestibles las amargas calabazas silvestres” (4 R 4, 38-41). Así el amor de Dios transforma toda amargura en dulzura. Dice el Eclesiástico: “Mi espíritu es dulce, y mi herencia supera en dulzura la miel y el panal” (24, 27). El Espíritu del Señor es el espíritu de pobreza, del que dice Isaías: “El Espíritu de los fuertes es como un torbellino que se abate contra la pared” (25, 4). Los fuertes son los pobres, que no vacilan ni en la prosperidad ni en las adversidades. Su espíritu, como el torbellino, abate la pared de las riquezas, de la que se lee en el mismo profeta: “El escudo desnudó la pared” (22, 6).
Escudo se dice en latín clypeus, porque clepit, o sea, esconde y protege el cuerpo; y simboliza el espíritu de pobreza, que esconde y repara al alma de los dardos de los demonios. Este escudo desnuda la pared de las riquezas.
La herencia del Señor fue la pasión de la cruz, que dejó a sus hijos. Por esto dijo: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19), o sea, en memoria de mi pasión. El Apóstol, en cuanto heredero, poseía esta herencia, al decir: “Llevo en mi cuerpo los estigmas de Cristo” (Gal 6, 17). El espíritu de pobreza y la herencia de la pasión son más dulces que la miel y el panal para el corazón del verdadero amante de Cristo.
Con toda razón se dice: “Si piden algo al Padre en mi nombre”. El nombre de Cristo, en hebreo, es Mesías; en griego, Cristo o Soter; en latín y en castellano, Ungido o Salvador.
Pidamos, pues, al Padre en nombre del Salvador, que, si no por nosotros, al menos en nombre de su Hijo, por medio del cual salvó al género humano, nos conceda el privilegio de su amor. Roguémosle con las palabras del Profeta: “Oh Dios, nuestro protector, dirige tu mirada y mira al rostro de tu Cristo” (Salm 83, 10), como si dijera: “Si no quieres mirarnos a nosotros por nuestro amor, mira al rostro de tu Cristo, que por nosotros fue golpeado por las bofetadas, ensuciado por los escupitajos, empalidecido por la muerte.
¡Mira al rostro de tu Cristo!”. ¿Y cuál Padre no miraría al rostro de su hijo muerto? Por esto, también tú, oh Padre, míranos a nosotros, porque por nosotros, que fuimos la causa de su muerte, Cristo, tu Hijo, murió. Como El nos mandó, en su nombre te pedimos que tú nos des a ti mismo, porque sin ti no hay existencia.
Dice Agustín: “Señor, si quieres que me aleje de ti, dame a otro, igual a ti mismo; diversamente yo no me alejaré de ti”.
5. Con razón dice el Señor: “En verdad, en verdad les digo: Si piden algo al Padre en mi nombre, se lo dará. Hasta ahora no pidieron nada en mi nombre Comenta la Glosa: “Confiando en mi presencia, ustedes no pidieron cosa alguna, o sea, algo que se compare a lo que es eterno”. En este paso el Señor reprende a los que piden cosas temporales, que son una nada. De ellos habla Oseas: “Su misericordia es como neblina de la mañana y como el rocío de la madrugada, que se desvanece” (6, 4). Como si dijera: “Cuando piden a Dios la misericordia, ustedes piden cosas temporales, que son como neblinas mañaneras, que son sólo aire condensado, símbolo de la vanidad condensada”.
Así los bienes temporales son como una nada; pero esa nada, para parecer algo, se disfraza de apariencias fantasmagóricas. Como las nubes impiden la vista del sol, así la abundancia de las cosas temporales estorba el conocimiento de Dios. Job dice: “La gordura cubre su rostro” (15, 27), porque la gordura de las riquezas ciega los ojos de la mente. Leemos en el Salmo: “Cayó sobre ellos el fuego y ya no vieron el sol” (57, 9).
El fuego del amor de las cosas mundanas ciega los ojos de los hombres, como una sartén hirviendo ciega los ojos del oso. Entonces “su misericordia, como neblina de la mañana y como rocío que al alba se disuelve”, se desvanece al calor del sol, justamente cuando sería más necesaria; las hierbas y las flores quedan expuestas al ardor del sol y así se queman. Por cierto la felicidad terrena da algún consuelo en esta vida, pero, desgraciadamente, encamina a los hombres hacia los suplicios eternos. Leemos en Nahúm: “Nínive fue como un estanque de aguas, pero de aguas que se van” (2, 8). Nínive se interpreta “espléndida”, y simboliza al mundo, que se cubre de falsa belleza, como el barro cubierto de nieve. Su consuelo es comparado al de un estanque, que abunda de aguas en el invierno, pero se seca durante el verano. El mundo abunda ahora de aguas de riquezas; pero, al llegar el ardor de la muerte, perderá sus riquezas y será entregado a los suplicios eternos. Por esto, hasta ahora, ustedes no pidieron nada; y si pidieron algo, no fue en mi nombre, o sea, para la salvación de sus almas.
El orden con el cual debemos pedir y suplicar, nos lo muestra el Apóstol escribiendo a Timoteo: “Ante todo, te encomiendo que se hagan súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias” (1Tim 2, 1).
La súplica, en los ejercicios espirituales, es una apremiante oración a Dios. En estas prácticas, el que, antes de la gracia auxiliadora, pone la ciencia, no pone otra cosa sino el dolor. En cambio, la oración es el afecto del hombre que se pone en relación con Dios, un piadoso y familiar coloquio y una pausa de la mente iluminada para gozarlo, hasta que sea posible.
La petición es la preocupación de obtener algunas cosas temporales, necesarias para la vida presente. En este caso Dios, aun considerando la buena voluntad del que pide, hace lo que El juzga más oportuno y concede de buena gana al que pide rectamente. De esta oración de petición dice el Salmista: “Mi oración está dirigida a las cosas que ellos aman” (140, 5), o sea, los impíos. En general, todos los hombres, y sobre todo los hijos de este siglo, desean la tranquilidad de la paz, la salud del cuerpo, la clemencia del tiempo, y todas las demás cosas que se refieren a las exigencias y a las necesidades de esta vida, e incluso los placeres de los que abusan de ellos.
Los que piden en conciencia estas cosas, aunque no las pidan sino por necesidad, todavía justamente en esto someten siempre su voluntad a la de Dios. En estas peticiones debemos orar con fervor y con conciencia, pero sin obstinarnos en esas solicitudes, porque nosotros no sabemos lo que nos es necesario en esta vida, sino sólo el Padre que está en el cielo.
En fin, la acción de gracias consiste en comprender y reconocer la gracia de Dios y su voluntad salvífica, y en la asidua e incansable orientación hacia Dios, aunque a veces falten o sean tibios el acto exterior o el afecto interior.
A este propósito dice el Apóstol: “El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Rom 7, 18), como si dijera: “Tengo siempre la voluntad de hacer el bien, pero a veces duerme, o sea, es ineficaz; procuro cumplir la obra buena, pero no hallo el modo. Todo esto lo obra la caridad, que jamás falta. Con la caridad se realizan la oración sin interrupción y la acción de gracias, según recomienda el Apóstol: “Oren sin cesar” (1Tes 5, 17), y “den siempre gracias a Dios” (Ef 5, 20). Dice, pues, con razón: “Hasta ahora no pidieron nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su gozo sea cumplido”.
6. observa que puede haber un gozo hueco, el de los hombres carnales, y un gozo pleno, el de los santos.
Del gozo hueco de los carnales trata Isaías: “El gozo de los onagros (asnos salvajes) son los pastos de los rebaños” (32, 14). Ten en cuenta que hay dos especies de onagros: los unos tienen cuernos y están en Grecia. De ellos trata Job: “¿Quién dejó libre al onagro y quién desató sus ataduras?”. Los otros se hallan en España; y de éstos sigue diciendo Job: “El vanaglorioso se levanta en su soberbia y se cree libre como el pollino del onagro” (11, 12). Asimismo, en este mundo hay dos especies de onagros, o sea, de soberbios. Hay algunos que se jactan de sus cuernos, o grados de dignidad; hay otros que van en soberbia sólo por la vanidad de su mente, y sacuden de sí el yugo de la obediencia. El gozo de los onagros son los pastos de los rebaños, o sea, de los pobres; pero los que tragan y depredan los bienes de los pobres, serán a su vez presa del diablo. Dice Salomón: “La caza del león”, o sea, del diablo, “es el onagro en el desierto” (Ecli 13, 23). E Isaías: “¡Ay de ti, que depredas! ¿No serás tú también depredado?” (33, 1).
Del gozo hueco de los carnales dice todavía Salomón: “Florecerá el almendro, engordará la langosta y la alcaparra perderá su eficacia” (Ecle 12, 5). Como el almendro florece antes que las otras plantas, así el hombre carnal anhela la flor en este mundo, pero en el otro mundo quedará desnudo de toda flor; y de la flor marchita engordará la langosta, o sea, el diablo. La gordura del diablo, si así puede llamarse, está en el gozo desenfrenado de la gloria temporal; y la alcaparra de la concupiscencia carnal y de la gloria mundana se desvanecerá.
Dice Santiago: “El rico pasará como la flor de la hierba. Sale el sol con su ardor y seca la hierba, su flor cae y perece la hermosura de su rostro. Así también se marchitará el rico en todas sus empresas” (1, 10- 11).
La raíz es la concupiscencia carnal, y la flor es el deleite de las cosas temporales. A la llegada del sol, o sea, a la llegada de la muerte o de la severidad del juez, la raíz se seca, la flor cae, la belleza de su rostro, o sea, el honor del mundo, los amigos y los vecinos, se desvanecerá. En conclusión, el gozo del mundo es hueco.
En cambio, acerca del gozo verdadero y pleno de la vida eterna dice Salomón: “Florecerá el almendro, engordará la langosta y la alcaparra perderá su eficacia”.
Observa que el gozo de los santos consiste en tres características: en la resurrección del cuerpo, en la bienaventuranza del alma y en la liberación de los estímulos de la carne y de las tentaciones del demonio.
El almendro, o sea, el cuerpo florecerá de cuatro prerrogativas: la luminosidad, la agilidad, la sutileza y la inmortalidad. Y la langosta, o sea, el alma, engordará, o sea, se saciará con la visión de Dios, con la bienaventuranza de los ángeles y con la compañía de los santos. Y entonces se desvanecerá la alcaparra, o sea, el estímulo de la carne y la tentación del demonio.
Escribe el Apóstol a los corintios. “Cuando este cuerpo mortal se revista de la inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: “La muerte fue absorbida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado” (1Cor 15, 54-56).
Entonces se desvanecerá la alcaparra, porque, como dice el Profeta, “los extraños ya no pasarán por Jerusalén” (Joel 3, 17), o sea, los demonios ya no tentarán al justo, y la mala bestia, o sea, la concupiscencia de la carne, ya no pasará por su alma.
7. Con ese doble gozo, o sea, el hueco y el pleno, concuerda la primera parte de la epístola de la misa de hoy: “Sean cumplidores de la Palabra y no sólo oidores, engañándose a sí mismos. Si uno es oidor de la Palabra y no cumplidor, puede compararse a un hombre que mira en el espejo su rostro natural: lo considera y después se aleja, y en seguida olvida cómo era” (1, 22-24).
Cumplidores de la palabra de Dios son los que piden el gozo pleno y lo alcanzan; sólo oidores son los que se esfuerzan por conseguir el gozo hueco del mundo. A este propósito dice el Salmo: “Es tiempo de obrar, Señor”, no sólo de oír o de hablar; “violaron tu ley” (118, 126) los que oyen y no obran. Y dice Salomón: “El que destruye la tapia”, o sea, la ley, “será mordido por la serpiente” (Ecle 10, 5), o sea, por el diablo. Viola la ley aquel, que no vive según lo que dice o lo que oye. A él se aplica el versículo: “Si uno es sólo oidor de la Palabra y no cumplidor”…
Observa que el espejo no es otra cosa que una lámina muy sutil de vidrio, en el cual se deben considerar tres elementos: el escaso valor, la fragilidad y la transparencia.
El vidrio es una materia de poco valor, porque se fabrica con un poco de arena, es de sustancia frágil y transparente en su claridad. Puesto contra el sol, brilla como otro sol.
Se dice espejo, porque refleja el esplendor, o porque las mujeres, mirándolo, admiran la belleza de su rostro (en latín hay asonancia entre, spéculum, espejo, y species, la belleza), o también porque es transparente como el vidrio. Y el vidrio es llamado así, porque es transparente y límpido a la mirada (Aquí hay otra asonancia entre vítrum, vidrio, y vista mirada).
El espejo, o el vidrio, simboliza la Sagrada Escritura, en cuyo esplendor está el rostro de nuestro origen: de dónde hemos nacido, cuáles hemos nacido y para qué fin hemos nacido. De dónde hemos nacido: se refiere a la ruindad de nuestro origen físico; cuáles hemos nacido: se refiere a la fragilidad de nuestra sustancia; para qué fin hemos nacido: se refiere a la dignidad de la gloria, en la cual, si somos cumplidores de la Palabra, por la proximidad del verdadero sol, como el sol resplandeceremos.
En el espejo de la sagrada doctrina se hallan estas tres acotaciones. Acerca del poco valor de la materia está escrito en el Génesis: “Eres polvo y al polvo regresarás” (3, 19). Acerca de la fragilidad de la sustancia dice el Salmo: “Nuestros años serán considerados como tela de araña” (89, 9). ¿Hay algo más frágil que la tela de araña? ¿Y hay algo más corruptible que la vida del hombre, que se arruina por una pequeña lesión y por un poco de fiebre?
Acerca de la luminosidad se dice en el evangelio: “Los justos resplandecerán como el sol” (Mt 13, 43).
En este espejo el pobre hombre considera el rostro de su nacimiento, cómo haya nacido, cuán frágil sea y cómo será su futuro; y de estas consideraciones le nacen, de vez en cuando, la compunción y la voluntad de hacer penitencia. Pero como es oidor de la Palabra no cumplidor, y es amante de la alegría vana y hueca, en seguida olvida cómo era y cómo se habla visto. El deleite de la vanidad aleja el pensamiento de la propia salvación; en cambio, el pensamiento del verdadero gozo produce en el alma el amor por la propia salvación. “Pidan, pues, y recibirán, para que su gozo sea cumplido”.
De este gozo se acuerda la iglesia en el introito de la misa de hoy: “Con voz de júbilo anuncien hasta los últimos confines de la tierra” (Is 48, 20). Oh predicadores, pregonen el feliz anuncio: “Pidan, para que su gozo sea cumplido”, no sólo a los justos que están en el seno de la iglesia, sino también hasta los extremos confines de la tierra y también a los que están fuera de los confines, o sea, a los que están fuera de los mandamientos de Dios, que son para nosotros mojones o guías para nuestra conducta, para que escuchen la voz jubilosa y puedan lograr el gozo pleno, que no tiene fin. A ese gozo nos conduzca Jesucristo. ¡Amén! ¡Así sea!
II - Jesucristo intercede por nosotros ante el Padre
8. “Yo rogaré al Padre por ustedes: el mismo Padre los ama, porque ustedes me amaron y creyeron que yo salí de Dios” (16, 26-27). Cristo, sacerdote se n el orden de Melquisedec y mediador entre Dios y los hombres, ruega por nosotros al Padre.
Se lee en el Levítico: “El sacerdote rogará por ellos, y el Señor les será propicio”; y de nuevo: “El sacerdote rogará por él y por su pecado, y el pecado le será perdonado” (4, 20 y 26).
Concuerdan con lo anterior las palabras del libro de los Números: “Moisés dijo a Aarón: “Toma el turibulo, pon en él el fuego del altar y echa sobre él el incienso y vete pronto al pueblo, para que ruegues por él, porque ya estalló la ira del Señor y el flagelo ya comenzó. Aarón ejecutó el comando: corrió en medio de la multitud, ya asolada por la plaga, y ofreció los inciensos; y, estando entre los muertos y los vivos, rogó por el pueblo, y la mortandad cesó” (16, 46-48).
“Moisés dijo a Aarón”, o sea, el Padre al Hijo: “Toma el turíbulo” de la humanidad, que fue fabricado por obra de Bezaleel (Ex 31, 1), que se interpreta “sombrilla divina”: es una figura del Espíritu Santo que fue “sombrilla divina” en el seno de la gloriosa Virgen, a la que cubrió con su sombra (Lc 1, 35), le aportó el refrigerio y extinguió totalmente en ella el fomes del pecado. “Llena” con el fuego de la divinidad el turíbulo de la humanidad, “en la que habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9).
Y con razón dice “del altar”, porque “salí del Padre y vine al mundo” (Jn 16, 28). “Y echa encima el incienso” de tu pasión; y así, como mediador, rogarás por el pueblo, al que el incendio del diablo está atrozmente devastando.
Y Cristo, obedeciendo a la voluntad y al mandato del Padre, tomó el turíbulo, y corrió a la muerte y a la muerte de cruz. Y estando en la cruz con los brazos abiertos, “entre los muertos y los vivos”, o sea, entre dos ladrones, de los cuales uno fue salvado y el otro condenado o también “entre los muertos y los vivos”, o sea, entre los que estaban encerrados en la cárcel del infierno y los que vivían en las miserias de este destierro- a todos los liberó del incendio de la persecución diabólica, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de suave olor. Con toda razón, pues, dice de sí mismo: “Yo rogaré al Padre por ustedes”. Y Juan en su carta canónica escribe: “Tenemos un abogado junto al Padre, Jesucristo, el justo; y El es propiciación, o sea, expiación, por nuestros pecados” (1 Jn 2, 1-2). Y por esto, todos los días, lo ofrecemos al Padre en el sacramento del altar, para que siga expiando por nuestros pecados.
Nos portamos como hace la mujer que tiene un hijo pequeño. Cuando su marido enojado quiere golpearla, ella, teniendo al niño en los brazos, lo pone delante del marido enojado, diciendo: “¡Hiere a éste, golpea a éste!”. El niño, con las lágrimas en los ojos, comparte el dolor de la madre. Entonces el padre, que se siente trastornar las entrañas por las lágrimas de su hijo, al que ama con gran ternura, por amor del hijo, perdona a la esposa.
Así también nosotros, a Dios Padre airado por nuestros pecados, le ofrecemos a su Hijo Jesucristo en el sacramento del altar, como alianza de nuestra reconciliación. Y Dios Padre, no por amor nuestro, sino por amor de su Hijo dilecto, aleja de nosotros los flagelos que en justicia habíamos merecido y, recordando sus lágrimas, sus sufrimientos y su pasión, nos perdona.
El mismo Hijo dice por boca de Isaías: “Yo hice y yo regiré, yo llevaré y yo salvaré” (46, 4). Presta atención a estos cuatro verbos: “Yo hice” al hombre, y “yo lo regiré” sobre mis hombros, como a la oveja descarriada y cansada; “yo lo llevaré”, como la nodriza lleva al niño en sus brazos. ¿Y qué puede hacer el Padre, sino responder: “Y yo lo salvaré?”. Con toda razón dice Cristo: “Yo rogaré al Padre por ustedes; el Padre los ama, porque ustedes me amaron y creyeron que yo salí de Dios”. El Padre y el Hijo son una sola cosa, como lo manifiesta el mismo Hijo: “Yo y el Padre somos una sola cosa” Un lo, 30). El que ama al Padre, ama al Hijo; y el Padre y el Hijo lo aman a él. En el evangelio de Juan dice el Hijo: “El que me ama, será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él” (14, 21).
9. Acerca de este amor, concuerdan también las palabras de la epístola de hoy: “El que mira atentamente en la ley de la perfecta libertad y le es fiel, no como un oidor desmemoriado, sino cumplidor de la obra, éste será feliz al practicarla” (Sant 1, 25).
La ley de la perfecta libertad es el amor de Dios, que hace al hombre perfecto en todo y libre de toda esclavitud. Del justo dice el Salmo: “La ley de su Dios está en su corazón” (36, 31). En el corazón del justo está la ley del amor divino; y por esto Dios dice: “Hijo, dame tu corazón” (Prov 23, 26). Como el gavilán, cuando caza un ave, ante todo busca el corazón y lo devora, así Dios nada busca y nada ama tanto en el hombre, como su corazón, en el cual se halla la ley del amor; y entonces “sus pasos no vacilarán” (Salm 36,31).
Los pasos del justo son sus obras o los afectos de su mente, que jamás vacilarán, o sea, jamás serán capturados por el lazo de las sugestiones diabólicas, ni resbalarán en la plaza de la vanidad mundana, Del lazo habla Job: “Su pie será atrapado por el lazo, y la sed se ensañará contra él” (18, 9). El pie del inicuo está atrapado en el lazo de las malas sugestiones, y así se ensaña contra él la sed de la codicia.
Del deslizamiento habla Jeremías: “Hicieron resbalosos nuestros vestigios, o huellas, en el camino hacia nuestras plazas” (Lm 4, 18). Plaza viene del griego platos, anchura. “Los vestigios” derivan de investigar, porque permiten descubrir el recorrido de quien pasó; y simbolizan las obras, por las que uno es conocido. En la barrosa anchura del placer mundano resbalan las obras de los pecadores, para que caigan de pecado en pecado y después se precipiten en el infierno.
Dice el Salmo: “Sus caminos se vuelvan oscuros y resbalosos; y el ángel del Señor”, o sea, el ángel malo (o sea, el que se ha vuelto) malo, “los persiga” (34, 6), hasta que los precipite en el abismo del infierno.
En cambio, los pasos del justo no vacilan, porque en su corazón se halla la ley del amor; y el que le es fiel, “hallará la felicidad en observarla”. En efecto, el amor de Dios infunde la gracia en la vida presente y la bienaventuranza de la gloria en la vida futura.
A esa gloria nos conduzca aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!
III La omnisciencia de Cristo
10. “Sus discípulos dicen a Jesús: “Ahora conocemos que lo sabes todo, y no necesitas que nadie te interrogue. En esto creernos que saliste de Dios” (Jn 16, 29-30).
Con toda razón dijeron los discípulos: “Ahora conocemos que lo sabes todo”. Y sobre esto tenemos el testimonio del Apóstol: “La palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos. Ella penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y las médulas, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay criatura alguna que pueda esconderse frente a El, sino que todo está desnudo y abierto a sus ojos” (Hb 4, 12-13).
La palabra, o sea, el Hijo de Dios, por medio del cual hemos conocido su voluntad, es viva, o sea, confiere la vida; es eficaz, o sea, capaz de efectividad y puede con facilidad llevar a cabo lo que quiere. La palabra de Dios es eficaz, porque el Hijo de Dios “hizo todo lo que quiso” (Salm 113b, 3). Obra lo que quiere y donde quiere y cuando quiere.
Dice Job: “El manda al sol, y éste no sale; y a las estrellas les pone su sello. El solo desplegó los cielos, y camina sobre las olas del mar. El crea las constelaciones de Arturo (Osa Mayor), y de Orión, las Pléyades y los penetrales del Austro. El hace cosas grandiosas e inconcebibles maravillas sin número” (9, 7-10). El que obra tales portentos, de veras sabe todo. El Hijo de Dios de veras lo puede hacer todo: El es vida potencia.
“El manda al sol, y éste no sale”. En el sol está simbolizada la iluminación de la gracia, que surge cuando se infunde en la mente, y no surge cuando no se concede. Por eso dice el Señor: “Yo tendré misericordia de quien quiero tener misericordia, y seré clemente hacia quien busque complacerme” (Ex 33, 19). Y de nuevo: “Yo endureceré el corazón del faraón” (Ex 4, 21). Se dice que el Señor endurece el corazón, cuando quita la gracia o no la concede. Dice el Señor en Oseas: “ No visitaré a sus hijas, cuando se prostituyan” (4, 14). Para un alma pecadora no puede haber peor mal que cuando el Señor abandona al pecador a la perversidad de su corazón y no lo corrige con el azote del castigo paternal.
“A las estrellas les pone su sello”. El sello es un signo que se graba en alguna cosa, para que quede escondida hasta que no se rompa el sello. “Las estrellas son los santos, que Cristo pone bajo el sello de su providencia, para que no se manifiesten cuando quieren, sino que estén siempre dispuestos para el tiempo establecido por Dios, para que, cuando oigan con el oído del corazón la voz del mandante, salgan del secreto de la contemplación para las obras que fueren necesarias” (Gregorio). “El solo despliega los cielos”. Los cielos son los santos predicadores, que llueven con las palabras, relampaguean con los ejemplos de su vida santa y truenan con las amenazas del castigo eterno. El Señor extendió estos cielos, para que por todas partes irradien la luz, cubran a los pecadores y se preocupen de no enfrascarse en los negocios temporales.
“Y camina sobre las olas del mar”. Las olas del mar son los soberbios de este mundo, sobre los cuales camina el Señor, cuando graba en sus corazones las huellas de su humillación. Dice la Sabiduría en el Eclesiástico: “Yo sola recorrí la vuelta del cielo, penetré en las profundidades del abismo y caminé sobre las olas del mar. Estuve en toda la tierra y extendí mi dominio sobre todos los pueblos y naciones; y con mi poder sojuzgué el corazón de todos los grandes” (24, 8-11).
“La vuelta del cielo”, o sea, el corazón del justo yo lo rodeo, defiendo y protejo; y “las profundidades del abismo”, o sea, el corazón de los malos, para convertirlos a la penitencia; y “sobre las olas del mar”, o sea, sobre los que están oprimidos por las tentaciones. “Y estuve en toda la tierra”, porque Dios se detiene sobre los humildes, sobre los que dan frutos de buenas obras y sobre los que perseveran, mientras el diablo se detiene sobre la arena. “Y extendí mi dominio sobre todos los pueblos y naciones”, con los que está formada la iglesia (Glosa).
11. “El crea las constelaciones de Arturo y Orión, y las Pléyades, y los penetrales del Austro”. Presta atención a cada una de estas cuatro palabras. Arturo (Osa Mayor) es llamada por los latinos “septentrión”, porque está compuesta por siete estrellas; y es llamado también “carro” por la disposición de las estrellas a forma de “carro”. Cinco estrellas forman el carro y otras dos, que, parecen estar en el mismo lugar, son consideradas como bueyes.
Las cinco estrellas simbolizan los cinco sentidos del cuerpo; las dos estrellas, o’ sea, la esperanza y el temor, deben arrastrar como dos bueyes. Aquí tienes una concordancia con el primer libro de los Reyes, donde se narra que “los filisteos tomaron a dos vacas, las ataron al carro y colocaron el arca ( de la alianza) sobre el carro nuevo” (1Rey 6, 10-11).
El ¡carro se dice en latín pláustrum, con asonancia de pilar, a cuyo alrededor se gira, y simboliza nuestro cuerpo, que debe darse vuelta, o sea, trajinar en las obras de misericordia; era un “carro nuevo”, por haber reparado los pecados con la penitencia, porque debe llevar el arca de la obediencia. Y este carro deben remolcarlo dos vacas, o sea, la esperanza y el temor, hasta Betsamés, que se interpreta “casa del sol”, o sea, la morada de la vida eterna, en la cual habita el Sol de justicia.
“Orión” es llamada la estrella de la espada. Por esto los latinos la llaman iúgula, o espada para degollar. Esa estrella está dispuesta como una espada, y por su luz es la más impresionante y la más luminosa de entre las estrellas. Las estrellas de Orión justamente aparecen en el rigor del tiempo invernal, y su aparición trae lluvias y tempestades. Las estrellas de Orión simbolizan la contrición del corazón y la confesión de la boca que, al manifestarse, producen la lluvia de las lágrimas y las tempestades de la disciplina, del ayuno y de la abstinencia.
“Las Pléyades” son cinco estrellas, dispuestas como la letra griega Y. Las Pléyades simbolizan las cinco palabras que Pablo, escribiendo a los corintios, hubiera deseado pronunciar en la iglesia, con el sentido por él querido (1Cor 14, 19). Ellas son: la oración, la alabanza, el consejo, la exhortación y la confesión.
“Los penetrales del Austro”. El Austro es un viento cálido y simboliza al Espíritu Santo, del que la esposa del Cantar dice: “Levántate, Aquilón, y ven, Austro; y soplen en mi jardín, para que las flores exhalen sus aromas” (4, 16).
El Aquilón, así llamado como si “ligara las aguas”, es símbolo del diablo, que con el hielo de la malicia coagula las aguas de la contrición en el corazón del pecador, Al Aquilón se le dice: “¡Levántate!”, o sea, “¡Aléjate!”; y ¡Ven tú, oh Austro! “, o sea, Espíritu Santo, “y sopla en mi jardín”, o sea, en mi conciencia, “para que exhalen sus aromas”, o sea, las lágrimas, que en presencia del Señor huelen mejor que todos los aromas.
“Los penetrales del Austro” indican el secreto de la contemplación, el gozo de la mente y la suavidad de la dulzura interior. Todos ellos son como los íntimos secretos del Austro, o sea, del Espíritu Santo, con los cuales El habita y, habitando, espira con la suave brisa de su amor.
12. “El hace cosas grandiosas e inconcebibles y maravillas sin número”. Cosas grandes hizo en la creación; cosas inconcebibles en la recreación y maravillas en la bienaventuranza eterna.
O también. “Hizo cosas grandes” en su encarnación; y por esto la bienaventurada María pregonaba: “Hizo en mí obras grandes el Todopoderoso y su nombre es santo” (Lc 1, 49); inconcebibles en su natividad, en la cual la Virgen dio a luz al mismo Hijo de Dios; y maravillosas en la obra de los milagros. ¡Sea, pues, bendito aquel que todo lo sabe y que para nosotros obré tales maravillas!. De El dijo el Apóstol: “La palabra de Dios es viva y eficaz”.
“Y más penetrante que una espada de dos filos”. Cristo hiere el alma con la contrición y el cuerpo con el sufrimiento, “y penetra hasta la división del alma”, o sea, de la animalidad (de la naturaleza), “y del espíritu”, o sea, de la razón.
Y considera que el alma es una entidad incorpórea, capaz de razón, ordenada a vivificar el cuerpo, Ella forma a los hombres como “animales” (naturales), que son sabios según la carne y apegados a los sentidos del cuerpo. Pero, cuando comienza a ser perfectamente razonable, el alma en seguida desecha de sí las características del género femenino y llega a ser “ánimo”, partícipe de la razón y preparado para regir el cuerpo. Mientras sea “ánima”, alma, muy pronto cae en lo carnal y se vuelve afeminada”; en cambio, el “ánimo”, o sea, el espíritu, sólo considera lo que es viril y espiritual; y así se establece la división del alma y del espíritu.
“Las coyunturas y las médulas”. Las coyunturas son las articulaciones, y la médula es la sustancia que impregna los huesos. En las coyunturas están indicadas las misteriosas concatenaciones de los pensamientos; y en la médula, la compunción de las lágrimas que riegan los huesos de las virtudes. Cristo, en virtud de su divinidad, penetra hasta la división de las coyunturas y de las médulas, porque conoce perfectamente el principio, el desarrollo y la conclusión de los pensamientos, a qué cosa tiendan, en qué modo se relacionen uno con otro, y de qué manera y con cuáles procesos la compunción salga del corazón.
Dice Salomón en el Eclesiastés: “Como ignoras cuál sea el camino del espíritu y en qué modo se formen los huesos en el seno de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, autor de todas las cosas” (11, 5). Sólo Dios sabe cuál es el camino del espíritu, o sea, la contrición, y de qué manera se forman los huesos en el vientre de la mujer encinta, o sea, las virtudes en la mente del penitente. Añade el Apóstol: “El penetra los pensamientos y las intenciones del corazón, y no hay criatura que pueda esconderse delante de El, porque, como dice también el Eclesiástico, “los ojos del Señor están en todo lugar” (23, 28). “Todo está desnudo y abierto a sus ojos. Delante de El, dice Job, está abierto también el infierno y el abismo no tiene cobertura” (26, 6).
Con pleno convencimiento dijeron, pues, los discípulos: “Ahora conocemos que lo sabes todo, y no es necesario que nadie te interrogue. Por esto creemos que saliste de Dios”.
El Hijo salió de Dios, para que tú salieras del mundo; vino a ti, para que tú fueras a El. ¿Qué significa salir del mundo e ir a Cristo, sino dominar los vicios y unir el alma a Dios con los vínculos del amor?
13. De todo lo anterior podemos relevar una concordancia con la tercera parte de la epístola de la misa de hoy: “Si uno cree ser religioso pero no frena la lengua, engaña su corazón y su religión es vana. La religión pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades, y conservarse puros de este mundo” (Sant 1, 26-27).
La religión se llama así, porque por medio de ella “religarnos” nuestras almas al único Dios, para tributarle el culto divino. La religión es la virtud que presta culto y veneración de naturaleza superior, que llaman divina (Agustín).
Escuche, pues, el religioso, hinchado de presunción, desenfrenado de lengua y desechado del reino de Dios: “Si uno cree ser religioso La lengua es llamada así de “ligar”; y si alguno no la tiene ligada con el silencio, demuestra que no tiene religión. El comienzo de la religión es frenar la lengua.
Dice a este respecto Salomón: “¿Quién pondrá en mi boca un candado y en mis labios un sello seguro, para que no cometa pecado por su causa ni mi lengua me lleve a la ruina?” (Ecli 22, 33), o sea, para que no diga el bien de manera errada y para que sepa tanto callar como hablar a su debido tiempo. A propósito dice “sello”. Lo que se pone bajo sello, se encierra para sustraerlo a los enemigos, no a los amigos.
Escuchen los religiosos de nuestro tiempo, que cargan el edificio de su religión con gran variedad de instituciones con diversos catálogos de preceptos. Ellos, como los fariseos, se glorían de la apariencia de una pureza exterior.
Al primer hombre, elevado a tan excelso grado de dignidad, Dios le dio un solo y breve mandato: “No comas del árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gen 2, 17); ¡y el hombre no observó ni aquel pequeño precepto!
En cambio, a los hombres de nuestro tiempo, reducidos a la miseria de una tan grande infelicidad y puestos ya al borde de este siglo o más bien, para hablar con franqueza, entre los desechos del mundo, se les imponen muchos y nuevos mandatos y abundantes normas organizativas. ¿Crees tú que las observarán? ¡Todo lo contrario! Así sólo habrá transgresores.
Escuchen ellos lo que dice el Señor en el Apocalipsis: “No les impondré otras cargas; pero lo que tienen, guárdenlo” (2, 24-25), o sea, el evangelio. Comenta la Glosa. “Escuchen ellos qué cosa es la verdadera religión. Dice Santiago: “La religión pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas”.
Observa que “la verdadera religión” consiste en dos cosas: en la misericordia y en la inocencia. Ordenando visitar a los huérfanos y a las viudas, sugiere todo lo que debemos hacer para el bien del prójimo; y ordenando que nos preservemos sin mancha en este mundo, nos muestra todo aquello en lo cual debemos ser castos.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, para que nuestro Señor Jesucristo nos infunda su gracia, con la cual podamos tender y llegar a la plenitud del verdadero gozo; y para que ruegue por nosotros al Padre, para que nos conceda la verdadera religión; y así podremos llegar al reino de la vida eterna. Nos lo conceda aquel Jesús que es digno de alabanza, principio y fin, admirable e inefable por los siglos eternos.
Y toda religión pura y sin mancha responda.- “¡Amén! ¡Aleluya!.