Domingo II después de la Octava de la Epifanía
Exordio.
Sermón contra los ricos y los sabios de este mundo
1. “En aquel tiempo, al descender Jesús del monte, lo seguía mucha gente. Y he aquí que vino un leproso y se postró delante de El” (Mt 8, 1-2). Leemos en el libro de la Sabiduría: “No los curaron ni las hierbas ni los emplastos, sino tu palabra, Señor, que todo lo cura” (Sab 16, 12). Presta atención a las dos palabras: la hierba y el emplasto. En la hierba están indicadas las riquezas provisorias y en el emplasto, la sabiduría de este mundo.
La lozanía de la hierba simboliza el esplendor de las riquezas, que, cuando llega la llama de la muerte, se seca. Dice Santiago: “El rico pasará como la flor de la hierba. Cuando sale el sol con calor abrasador, la hierba se seca, su flor se cae y la belleza de su apariencia se desvanece; así también el rico se marchitará en todas sus empresas” (1, 10- 11). Dice Isaías: “La caña y el junco se marchitarán” (19, 6).
En la caña, vacía por dentro y linda por fuera, está simbolizada la vanagloria; en el junco, que se impregna de mucha agua, la codicia de las riquezas, que en la muerte se marchitarán. Dice Isaías: “Será como la flor caduca de la espléndida gloria de Efraím” (28, 4), o sea, de los carnales, los cuales dicen en el libro de la Sabiduría: “¡Que no nos escape ninguna flor primaveral; coronémonos de rosas antes de que se marchiten y no haya pradera que no atraviese nuestra lujuria!” (2, 7-8). ¡Oh desgraciados! ¿Qué sirve al ladrón, si es arrastrado al patíbulo a través de un prado floreciente? Y al rico epulón, ¿qué ventajas le dieron la púrpura y el lino fino, cuando poco después fue sepultado en el infierno? Dice Job: “Yo sé que el aplauso de los impíos dura poco y que el júbilo del hipócrita es como un punto” (20, 4-5). He ahí, ahora sabes que la hierba de las riquezas no cura el alma de la enfermedad del pecado, sino que, más bien, la mata. No hay salud en ella, sino veneno que sólo se expulsa con el antídoto de la pobreza.
Símilmente, ni el emplasto de la sabiduría mundana devuelve la salud, porque, como dice Isaías, “los sabios consejeros del faraón le dieron un consejo necio” (19, 11). En aquel consejo no participe el alma de los que buscan al Señor (Gen 49, 6). Se desvaneció la sabiduría de los que “están siempre aprendiendo y nunca llegan al conocimiento de la verdad. Como Janés y Mambrés -sabios del faraónresistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad: hombres de mente corrupta y réprobos en la fe. Pero no irán más adelante” (2Tim 3, 7-9). ¿Cómo pueden conferir la salud los que están tan lejos de la salud? No es, pues, la hierba de las riquezas que hace sano a un leproso, sino que, lo que es peor, hace leproso a un sano. Ni el emplasto de la sabiduría terrena sana al siervo paralizado, sino que, lo que es peor, lo atormenta más cruelmente (Mt 8, 6). “Son sabios para hacer el mal, pero no saben hacer el bien” (Jer 4, 22). Pero la que cura al leproso y al siervo paralizado del centurión es “tu palabra omnipotente, oh Señor: “Quiero, sé limpio”, y “vete, y que suceda como creíste” (Mt 8, 3 y 13). De todo esto habla el evangelio de hoy: “Al bajar Jesús de la montaña…”
2. Observa que en este evangelio sobresalen dos acontecimientos: la curación del leproso y la del paralítico. El primero, cuando dice: “Al bajar Jesús”; el segundo, cuando dice: “Al entrar Jesús en Cafarnaún”.
En el introito de la misa de hoy se canta:”Adoren al Señor, todos ustedes sus ángeles” (96, 7). Y se lee la epístola a ¡os romanos: “No quieran ser prudentes a sus ojos” (12, 16). La vamos a dividir en dos partes y a concordar con las dos partes del evangelio. La primera parte: “No quieran”; la segunda: “Si tu enemigo tiene hambre”.
I La curación del leproso
3. “Al descender Jesús del monte”. Vamos a analizar qué signifiquen el monte y el descenso de Jesús.
El monte es la eternidad de la gloria celestial. Dice el Salmo: “¿Quién subirá al monte del Señor?” (23, 3). El que desciende de sí mismo y “el que se humilla como niño” (Mt 18, 4), éste es el que desciende del monte.
El descenso de Jesús en la carne humana fue la humillación: “Abajó los cielos” de la divinidad “y descendió” en el seno de la Virgen Madre (Salm 17, 10).
Sobre este argumento ya disertamos varias veces anteriormente; por esto, para que la repetición del sermón no produzca fastidio, no queremos insistir más sobre ello; sino que vamos a pasar a la curación del leproso, cómo fue realizada y cuál sería su significado moral.
“Y he ahí que vino un leproso, que se postró delante de El” (Mt 8, 2). Acerca de las varias especies de lepra y de su significado, consulta el sermón del domingo xiv de Pentecostés, parte segunda, sobre el evangelio de los diez leprosos. Este leproso es figura del pecador contagiado por la lepra del pecado mortal. El Levítico dice: “Si aparece color blanco en la piel y cambia el color del pelo, y en la piel aparece la carne viva, se trata ciertamente de lepra crónica y extendida en la piel” (13, 10-11). En el color blanco están indicadas la soberbia y la vanagloria, en el cambio del color del pelo la avaricia, y en la carne viva la lujuria. ¡He ahí la lepra crónica!
Dice el Señor en Mateo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así son ustedes: ¡por fuera se muestran justos delante de los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de iniquidad!” (23, 27-28). Y Pablo: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!” (Hech 23, 3). Símilmente, del cambio que produce la avaricia, dice Jacob a Lía y a Raquel: “Su padre me engañó y me cambió el salario diez veces” (Gen 31, 7). ¡Oh, cuántas veces la avaricia cambia el color de los cabellos, o sea, los pensamientos de la mente! “El necio, o sea, el avaro, cambia como la luna”, dice el Eclesiástico (27, 12). Crece y decrece, y no puede establecerse en lo mismo; tiene dos pesas y dos medidas; y por esto es abominable ante Dios. Dice Miqueas: “En la casa del impío hay todavía, como el fuego, tesoros inicuamente acumulados, y las medidas escasas están llenas de ira. ¿Podré yo justificar las balanzas falsas y la bolsa de pesas engañosas? Con ellas los ricos de la ciudad se llenaron de rapiñas, y sus habitantes dicen mentiras y en su boca hay una lengua engañosa” (6, 10-12). Cuantas las lenguas, tantas las conciencias. Este no es “el cambio de la derecha del Altísimo”, porque “su derecha se llenó de regalos” (Salm 76, 11; y 25, 10); y por esto serán colocados a la izquierda. Igualmente, la lujuria se llama así por el lujo en la comida y en la bebida, por cuyo exceso la carne viva y descarada se da a la lujuria. Por este modo de vivir, “ningún viviente será justificado en tu presencia” (Salm 142, 2), sino que, más bien, será condenado. Dijo Rebeca a Isaac: “Tengo fastidio de mi vida a causa de las hijas de Hit -que se interpreta “vida”-; si Jacob toma mujer de las hijas de esta tierra, ya no quiero vivir” (Gen 27, 46). Jesucristo, crucificado y muerto, no tomó una “esposa” viva, sino una crucificada y muerta. Dice el Apóstol: “Los que son de Cristo, crucificaron su carne con los vicios y las concupiscencias”; y añade: “Yo llevo en mi cuerpo las llagas del Señor Jesús” (Gal 5, 24; y 6, 17).
Carne viva, carne leprosa: su vida no es vida, sino que, más bien, ha de ser llamada muerte. El que se halla en este estado, si quiere vivir, venga a la Vida, como hizo el leproso, del cual se dice:
4. “Y he aquí que vino un leproso, se postró delante de El y le dijo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Mt 8, 2). Observa que en estos tres verbos: vino, se postró y dijo: “Señor, si quieres…”, están indicadas la contrición, la confesión y la fe, que son absolutamente necesarias a todo pecador. Ante todo, el pecador debe acercarse a Dios con la contrición. Se dice en el Cantar: “¡Ven del Líbano!” (4, 8), o sea, del falso esplendor de la vanidad del mundo; y en el Apocalipsis: “El que escucha, diga: “¡Ven! “ (22, 17). El que por inspiración interior percibe el silbo de una brisa suave, debe decir al pecador: “¡Ven!”, por medio de la contrición. También Isaías dice: “Si quieren buscar, busquen; conviértanse y vengan a mí” (21, 12).
“El leproso vino y lo adoró”. ¡He ahí la humildad de la confesión, de la que Marcos con más precisión dice: “Vino a El un leproso, rogándole; se postró y le dijo: “¡Si quieres, puedes limpiarme!” (1, 40). Así el pecador, cuando va a la confesión, debe arrodillarse delante del sacerdote, vicario de Jesucristo, que le dio poder de atar y desatar. El pecador debe poseer una fe tan grande en la dignidad del ministerio sacerdotal hasta decirle: “Señor, si quieres, puedes limpiarme y absolverme de mis pecados”.
“Y Jesús extendió la mano, le tocó y dijo de manera imperativa: “ ¡Quiero: sé limpio!” (Mt 8, 3).
¡Oh manos torneadas, manos de oro, llenas de jacintos (color del cielo), a cuyo contacto se desata la lengua del mudo, la hija del arquisinagogo resucita y la lepra del leproso es limpiada! Dice Isaías: “Todo lo hizo mi mano” (66, 2).
Mano viene de munus, don, regalo. Oh Señor, ¡extiende tu mano, para ofrecer el don, mano que fue extendida en la cruz por el clavo; y toca al leproso! Todo lo que ella toque será limpiado y sanado. Dice Lucas: “Jesús tocó su oreja y lo curó” (22, SI).
Jesús extendió la mano y le otorgó el don de la curación, diciendo: “¡Quiero; sé limpio!”. Y en seguida su lepra desapareció” (Mt 8, 3).
“El hace todo lo que quiere” (Salm 113 B, 3). Entre su querer y su obrar no hay distancia. Lo mismo el Señor obra cada día en el alma del pecador a través del ministerio del sacerdote, el cual también debe cumplir estas tres cosas: extender, tocar y querer. Extiende la mano, cuando vierte delante de Dios su oración por el mismo pecador y sufre de compasión por él; lo toca, cuando lo consuela y cuando promete el perdón al mismo pecador; y tiene la voluntad de limpiarlo, cuando lo absuelve de sus pecados. Y esto es el triple apacentar, que Jesús dirigió a Pedro: “¡Apacienta, apacienta, apacienta!”.
5. “Y Jesús le dijo: “¡Mira, no lo digas a nadie!” (Mt 8, 4). Esto no lo dicen los que, cuando hacen algo bueno, tocan la trompeta delante de si; y su izquierda sabe bien lo que hace su derecha. Ellos “prostituyen a su hija”, mientras Moisés lo prohibía: “¡No prostituyas a tu hija!” (Lv 19, 29). “Tu hija” es tu obra, que tú pones en el prostíbulo, cuando la vendes en el lupanar del mundo por el dinero de la vanagloria.
¡Oh desgraciado negocio! ¡Vender el premio del reino de los cielos por el viento que sale de la boca del hombre! ¡Mira, no lo digas a nadie, no muestres a nadie tus cosas! Hermano, ¿no te bastan Dios y tu conciencia? ¿Qué ventaja te da la lengua del hombre, que condena lo que merece alabanza y alaba lo que merece condenación? ¿No precipita esa lengua al justo a lo más profundo del infierno y no exalta al impío hasta la sede de Dios y del Cordero?
¡Mira, pues, no se lo digas a nadie! Dice el Eclesiástico: “No des al agua ni una salida pequeña” (25, 34). E Isaías: “¡Mi secreto es para mí, mi secreto es para mí!” (24, 16). Por esto leemos en el cuarto libro de los Reyes que, a la palabra de Eliseo, “la mujer fue y cerró la puerta detrás de sí y de sus hijos” (4, 5). Y Mateo: “Cierra la puerta y ora a tu Padre en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (6, 6). Y Lucas: “No quieran pasar de casa en casa” (10, 7). ¡Mira, no se lo digas a nadie! La naturaleza colocó dos puertas delante de la lengua: los dientes y los labios, para que, como una meretriz, que ama siempre el lugar público, “no salga a las plazas, bulliciosa, vagabunda e incapaz de sosiego” (Prov 7, 10-11). Cierra, pues, los dientes, aprieta los labios, para que la meretriz no salga al lupanar. Aconseja el Eclesiástico: “No des a la mujer malvada el permiso de aparecer” (25, 34); y así cumplirás el mandato del Señor: “¡Mira, no se lo digas a nadie!”.
“Sino ve y muéstrate a los sacerdotes” (Mt 8, 4). Para el significado de estas palabras consulta el sermón del domingo XIV después de Pentecostés, II parte, sobre el evangelio: “Mientras Jesús iba a Jerusalén”.
6. “Y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio” (Mt 8, 4). Se lee en el Levítico: “El Señor habló a Moisés, diciendo: “Este es el rito que se aplicará para el leproso cuando quede limpio. Será presentado al sacerdote, el cual saldrá del campamento y, al constatar la curación de la lepra, ordenará al leproso que va a ser purificado, que ofrezca para si dos aves vivas, de las que sea lícito alimentarse, madera de cedro, escarlata e hisopo, El sacerdote ordenará que una de la aves sea inmolada sobre una vasija de barro con agua viva (de manantial). Después tomará el ave viva, la madera de cedro, la escarlata y el hisopo, y los mojará con la sangre del ave muerta. Rociará siete veces al que debe ser purificado; lo declarará puro y dejará en libertad al ave viva, para que huya a los campos. Y el que debe ser purificado, tomará”, o sea, ofrecerá, “dos corderos sin mancha, una cordera de un año sin mancha, tres décimos de una medida de flor de harina amasada con aceite, en sacrificio, y un sextario (medio litro) de aceite. Pero, si es pobre y su mano no puede disponer de las cosas sobredichas, tomará un cordero en reparación de su pecado, un décimo de la medida de flor de harina amasada con aceite, como sacrificio, y un sextario de aceite, dos tórtolas o dos pichones de palomas: uno en expiación de su pecado y el otro para el holocausto. Ofrecerá estas cosas al sacerdote, a la puerta de la tienda del testimonio, en presencia del Señor” (14, 1 … 21). Vamos a estudiar el significado moral de este rito. Observa que hay dos especies de penitentes que son limpiados de la lepra del pecado: una se halla en la orden religiosa y la otra en el mundo. Los religiosos deben hacer la primera ofrenda. Los demás, o sea, los casados y los buenos cristianos, que están ocupados en el cuidado de las cosas del siglo y que no están tan ricos de virtudes, deben hacer la segunda ofrenda.
Dos aves vivas son el cuerpo y el espíritu del religioso, que puede decir con el Apóstol: “Vivo yo, mas no yo; vive en mí Cristo” (Gal 2, 20). Ofrece estas aves al Señor para su enmienda. Se lee en los jueces: “Ustedes que voluntariamente se ofrecieron al grave peligro, ¡bendigan al Señor! Ustedes, que cabalgan asnos esforzados, que se sientan en los tribunales y que marchan por el m-mino, ¡atiendan bien!” (5, 9-10).
Los asnos esforzados son los cuerpos de los religiosos, que “llevan el peso del día y del calor” (20, 12) y que deben ser alimentados, como los asnos, con alimentos groseros e insípidos. Dice el Eclesiástico: “El forraje, el bastón y la carga para el asno; el pan, el rigor y el trabajo para el siervo” (33, 25), o sea, para el religioso, que se sienta en el tribunal, cuando obedece a su prelado y marcha por el camino, del que dice Jeremías: “Este es el camino, marchen por él” (6, 16); el Camino mismo, que dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (14, 6).
Debe ofrecer también madera de cedro, en la cual está simbolizada la pobreza; la escarlata o cochinilla, en la cual está simbolizada la caridad; y el hisopo, en el cual está simbolizada la humildad. El elevado cedro de la pobreza, cuyo olor ahuyenta a las serpientes de la avaricia y de la rapiña, va muy de acuerdo con el hisopo de la humildad, que cura la hinchazón del pulmón, o sea, el orgullo, mediante la tela escarlata de la doble caridad (hacia Dios y hacia el prójimo).
“E inmolará una de las aves”, o sea, el cuerpo, para poder decir con el Apóstol: “El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gal 6, 14); y de nuevo: “Yo ya estoy derramado como una libación” (2Tim 4, 6), o sea, ofrecido en sacrificio. “En una vasija de barro”. Dice el Apóstol:
“Nosotros llevamos ese tesoro en vasijas de barro” (2Cor 4, 7).
“Con agua viva”, o sea, la compunción de las lágrimas, que serán “vivas”, cuando “fluyen de la corriente superior y de la inferior” (Juec 1, 15). Dice Zacarías: “En aquel tiempo saldrán aguas vivas de Jerusalén”, o sea, del corazón del penitente; “la mitad de ellas hacia el mar oriental”: he ahí la corriente superior; “y la otra mitad hacia el mar occidental” (14, 8): he ahí la corriente inferior, El mar oriental es la amargura por la pérdida del esplendor de la luz eterna; y el mar occidental es la amargura por la perpetración de los propios pecados, por la morada de este destierro y por los pecados del prójimo.
El religioso, pues, sacrifica el ave sobre una vasija de barro con agua viva, cuando crucifica su cuerpo con sus vicios y concupiscencias y, en la amargura de su alma, medita sobre la fragilidad de la vida y la desgracia del destierro.
“La otra ave viva El ave viva es el espíritu, que con la madera de cedro de la pobreza y la escarlata de la caridad y el hisopo de la humildad debe ser mojado en la sangre del ave inmolada, o sea, del cuerpo, en el altar de la penitencia. El sufrimiento y la maceración del cuerpo, figurado en la sangre, purifican y santifican el espíritu, el cual de esta manera, mediante las virtudes sobredichas, en alas de la contemplación, vuela por el campo, o sea, por el cielo.
“Y tomará dos corderos sin mancha y una cordera de un año sin mancha, tres décimos de una medida de flor de harina y un sextario de aceite”. En los dos corderos está simbolizada la mansedumbre del espíritu y del cuerpo; en la cordera, la recta y sencilla intención en toda obra; en los tres décimos de flor de harina, la triple obediencia a los superiores, a los iguales y a los inferiores; y en el sextario de aceite, las seis obras de misericordia, Esta es la ofrenda que todo religioso debe ofrecer en expiación de sus pecados.
“Pero, si es pobre En el cordero está simbolizada la inocencia de la vida; en el décimo de flor de harina, la perfección del amor eterno; en el sextario de aceite, la seis obras de misericordia; en las dos tórtolas o palomas, el doble gemido de la contrición, que debe tener todo pecador por los pecados cometidos y por los pecados de omisión. Esta es la ofrenda que, en expiación de sus pecados, deben presentar al Señor los casados y los demás buenos hombres, que viven en el mundo: vivir en la inocencia, amar al prójimo, practicar las obras de misericordia y arrepentirse por los pecados cometidos y por los pecados de omisión. Digamos, pues: “Vete y muéstrate a los sacerdotes; y presenta las ofrendas, como mandó Moisés, para que les sirva de testimonio”.
7. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “No quieran ser prudentes para ustedes mismos” (Rom 12, 16). La prudencia de la carne es la lepra del alma. Dice el Apóstol: “La prudencia de la carne es la muerte del alma” (Rom 8, 6). E Isaías: “Tu ciencia y tu sabiduría te engañaron” (47, 10). Y Jeremías: “Son sabios para hacer el mal, pero el bien no lo saben hacer” (4, 22). Pero “no hay sabiduría, ni prudencia, ni consejo contra el Señor” (Prov 21, 30), quien “hace necios a los consejeros y priva a los jueces de juicio” (Job 12, 17).
Dice el Señor en Abdías: “Yo dispersaré a los sabios de Edom y la prudencia del monte de Esaú” (1, 8). Edom se interpreta “sanguinario” y Esaú, “montón de piedras”. Los idumeos representan a los legistas y a los canonistas, que exprimen la sangre de los pobres. Ellos son “las dos hijas de la sanguijuela”, o sea, del diablo, “que siempre gritan: “¡Trae, trae!”, y jamás dicen “¡Basta!” (Prov 30, 15). El monte de Esaú simboliza las dignidades de los clérigos, que en la iglesia de Cristo son montones de piedras. Ellos, como las piedras miliares, muestran el camino a los demás; pero ellos permanecen allí inmóviles, duros e insensibles. El Señor dispersará la sabiduría de los idumeos y la prudencia de éstos. “No sean, pues, prudentes para ustedes mismos”.
“No paguen a nadie mal por mal”: he ahí la mansedumbre y la inocencia, que están simbolizadas en los sobredichos corderos.
“Procuren el bien no sólo delante de Dios, sino también delante de los hombres”: he ahí el sextario de aceite, o sea, las obras de misericordia. “Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos los hombres”: he ahí la cordera sin mancha y el décimo de la medida de flor de harina amasada con aceite. “No se venguen, queridísimos, sino dejen lugar a la ira de Dios”: he ahí los pichones de palomas, que carecen de hiel. Dejen “a mí la venganza, y yo pagaré, dice el Señor” (Rom 12, 17), el cual, en el día de la recompensa, fallará en favor de los mansos de la tierra, o sea, de las tórtolas y de los pichones de palomas, de los penitentes y de los humildes de la santa Iglesia, que presentan la susodicha ofrenda para ser purificados de su lepra.
Roguemos, pues, queridísimos hermanos, al mismo Señor Jesucristo, que nos limpie de la lepra de la soberbia y de la vanagloria, de la lujuria y de la avaricia, para que merezcamos dedicarle la sobredicha ofrenda y, purificados de todos los pecados, serle presentados en la patria celestial a aquel, que es el Dios bendito por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
II - Curación del siervo paralizado
8.”Al entrar Jesús en Cafarnaún, se le acercó un centurión, suplicándole por su criado” (Mt 8, 5). Por el nombre de Cafarnaún y su significado, consulta el sermón del domingo XXI después de Pentecostés, parte I, sobre el evangelio: “Había un funcionario real, que tenía un hijo enfermo”. El Señor no quiso ir al hijo del funcionario real, para que no pareciera que honrara las riquezas; en cambio, consintió en ir en seguida al siervo del centurión, para no parecer que despreciara la condición servil. Por esto dijo: “Yo iré y lo curaré” (Mt 8, 7). ¡He ahí nuestro Médico, que con una sola palabra cura todas las cosas! De él dice el Eclesiástico: “Honra al médico a motivo de la necesidad” (38, 1).
“Pero el centurión le respondió: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Solamente di una palabra y mi siervo sanará” (8, 8). En cambio, Zaqueo acogió al Señor, rebosante de alegría (Lc 19, 6). En ello se destaca la diversidad de las intenciones. Algunos, por la reverencia hacia el cuerpo de Cristo, dicen: “Señor, no soy digno”; y se abstienen con frecuencia de la recepción de la Eucaristía; en cambio, otros, para honrar el cuerpo de Cristo, lo reciben con gozosa gratitud. Dice Agustín: “No alabo ni desapruebo la recepción diaria de la Eucaristía, porque algunos por veneración no se atreven a recibirlo; en cambio, otros, por veneración, no se atreven a dejar pasar día alguno sin recibirlo”.
“Sólo di una palabra y mi siervo se curará, porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a uno: “ve” y él va; y a otro “Ven” y él viene” (Mt 8, 8-9). De esto se deduce que “aquel, a quien los ángeles sirven, obedecen y adoran, sin la presencia del cuerpo, puede ordenar a la enfermedad que se aleje y a la salud que vuelva” (Glosa). Se canta en el introito de hoy: “¡Adoren a Dios, todos sus ángeles” (Salm 96, 7).
“Al oír esto, Jesús quedó asombrado y dijo a los que le seguían: “De cierto, les digo que no hallé una fe tan grande en Israel” (Mt 8, 10), o sea, en el pueblo israelita de este tiempo; en cambio, la hallé en los antiguos, o sea, en los patriarcas y en los profetas, a excepción de la bienaventurada Virgen y de los apóstoles, cuya mayor fe les fue divinamente infundida.
“Y les digo que vendrán muchos del oriente y del occidente”, o sea, vendrán a la fe católica muchos paganos, de los que el centurión es figura, “y se recostarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos”; o sea, descansarán con los otros salvados; “en cambio, los hijos del reino”, o sea, los judíos, “serán echados fuera a las tinieblas, donde habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 8, 11-12).
El llanto está por el fuego y el rechinar de dientes por el frío, porque, como dice Job, “pasarán de las aguas del deshielo a un calor excesivo” (24, 19) . En el infierno hay un fuego inextinguible y un frío intolerable. Estas penas el Señor las insinúa aquí. “Entonces concluyó Jesús, diciendo al centurión: “Vete y que se cumpla según tu fe” (Mt 8, 13), porque a cada uno se le dará lo que pide según la medida de su fe.
“Y el criado se sanó en aquella misma hora”. ¡Tu omnipotente Palabra, Señor, purificó al leproso y sanó al criado!”.
9. En sentido moral. El centurión, rodeado de soldados, es figura del prelado o también de cualquier justo, que debe estar dotado de virtudes, como soldado, para su defensa.
Se lee en el segundo libro de los Reyes: “Todo el pueblo y todos los hombres valientes caminaban a la derecha y a la izquierda del rey David”; y de nuevo: “Todos los siervos del rey caminaban a su lado, y también las legiones de los cereteos”, o sea, exterminadores, “y las legiones de los peleteos”, o sea, los vivificadores «16, 6; y 15, 18). En todos ellos están representadas las virtudes que exterminan los vicios y vivifican el alma.
Se lee en el segundo libro de los Macabeos, que cuando Judas Macabeo y Timoteo se trabaron en lucha, “en lo más encarnizado de la batalla, aparecieron desde el cielo a los enemigos cinco espléndidos hombres montados en caballos con frenos de oro, que guiaban a los judíos. Dos de ellos colocaron al Macabeo en medio de ellos y, protegiéndolo con sus armaduras, lo hicieron invulnerable, mientras arrojaban flechas y rayos contra los enemigos, los que, enceguecidos por el resplandor y repletos de confusión, sucumbían” (10, 29-30).
Timoteo se interpreta “benéfico”; pero indica al diablo que, hacia los amantes del mundo, parece por el momento benéfico, pero con el tiempo llega a ser venenoso, porque los que lo siguieron cuando los incitaba al pecado, después lo hallarán como torturador en el castigo.
El diablo, pues, después de haber juntado el ejército de los vicios, avanzó para luchar contra Macabeo, o sea, contra el justo. Y cuando entre las dos partes se encendió una violenta batalla, he ahí que aparecen desde el cielo, gracias a la misericordia celestial, cinco personajes, o sea, cinco virtudes, que son la humildad de la mente, la castidad del cuerpo, el amor de la pobreza, la excelencia de la doble caridad y el propósito de la perseverancia final. Estas virtudes, “sobre el caballo” de la buena voluntad -“el caballo, dice Salomón, se prepara para el combate; pero es el Señor que da la salvación” (Prov 21, 31)-, “con los frenos” de la abstinencia y de la disciplina, con el freno “de oro” de la discreción, “hacen de guía a los judíos”, o sea, a los penitentes. En cambio, “para los enemigos”, o sea, para los demonios y los vicios, preparan el exterminio. La entrada de la virtud obra la salida del vicio. La humildad defiende y hace invulnerable al Macabeo, o sea, al justo, de la soberbia del corazón; y la castidad, de la depravación del cuerpo.
El que está defendido por tales soldados, con razón podrá decir a uno:
Vete!”, o sea, a la humildad de la mente o a la paciencia: “1 Vete!” a cumplir la obediencia de una total sujeción y a soportar toda injuria; y esas virtudes irán, porque dice el filósofo Lucano: “La paciencia goza en las asperezas”. Y “sobre mi dorso”, o sea, sobre ni¡ paciencia, “construyeron los pecadores” (Salm 128, 3). Y podrá decir a otro: “¡Ven!”, o sea, podrá decir a la castidad o a la abstinencia, “¡ven!” a frenar las apetencias de la gula o la lascivia de la carne; y esas virtudes vendrán. Lo mismo vale para las otras virtudes.
10. “Y digo a mi siervo: “¡Haz esto!”; y él lo hace” (Mt 8, 9). El siervo del justo es la carne. Dice el Eclesiástico: “Para el servidor rebelde, tortura y cepos; fuérzalo a trabajar, para que no quede ocioso, porque el ocio enseña muchas maldades” (33, 28-29). ¡Oh, qué afortunado es aquel que tiene un siervo tan sujeto que le obedece en todo lo que justamente se le manda. Si le dice: ayuna, él ayuna; si le dice: vigila, el otro vigila; y así en todo lo demás. Entonces el hombre espiritual dice a su siervo: haz esto; y él lo hace.
El siervo del centurión es el parroquiano confiado a su pastor, y está cruelmente atormentado por la parálisis; y cuando busca liberarse de los vicios y de los placeres, es retenido brutalmente por el diablo. El prelado, pues, que fuera protegido por las virtudes y que hubiera domado virilmente a su siervo, o sea, su carne, podrá impetrar la salud del siervo, a ejemplo del centurión.
Considera también que, como en este evangelio resaltan de manera extraordinaria la misericordia de Dios, su piedad y su caridad hacia el leproso y el paralítico, así también en la segunda parte de la epístola de hoy resaltan la misericordia y la caridad que debemos tener nosotros hacia cualquiera de nuestros prójimos, “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” (Rom 12, 20). Como hizo Eliseo que, según el relato del cuarto libro de los Reyes, delante de sus enemigos que querían capturarlo, ordenó que “se les sirviera pan y agua, para que comieran y bebieran” (6, 22). “Haciendo esto, amontonarás ascuas de fuego”, o sea, de caridad, “sobre su cabeza”, o sea, en su mente (Rom 12, 20).
La maldad de una mente fría se quema al fuego de la caridad, cuando se ama a aquel que odia y cuando se previene con beneficios a aquel que nos persigue. La naturaleza del hombre se avergüenza de no amar a aquel que nos ama y no abrazar con los brazos de la caridad a aquel que nos sirve con devoción.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que nos fortalezca con los sobredichos soldados, que cure al siervo paralizado y abrase con el fuego de la caridad la mente fría.
Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y glorioso por los siglos.
Y toda alma, curada de la parálisis, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.