Ascensión del Señor
1. “En aquel tiempo, mientras los once estaban sentados a la mesa, se les apareció Jesús” (Mc 16, 14).
En este pasaje evangélico se destacan tres momentos: la última aparición de Cristo, el envío de los apóstoles a la predicación y la ascensión de Cristo al cielo.
I - La última aparición de Cristo
2. “Mientras los once estaban sentados a la mesa”. observa que Jesús apareció a sus discípulos diez veces. En el mismo día de la resurrección apareció cinco veces, corno lo hemos pregonado en el sermón: “Florecerá el almendro”.
La sexta vez se apareció a Tomás junto con los otros discípulos, en la octava de la resurrección. La séptima vez, junto al mar de Tlberíades. La octava, en el monte que les había señalado. La novena y la décima vez, en este mismo día de la ascensión. En este día se les acercó a ellos, en Jerusalén, y les dijo. “Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24, 49). Comió con ellos; y por eso se deduce que ya había pasado la hora sexta, o sea, el mediodía; y ésta fue la novena aparición.
Después, los condujo afuera, al monte de los olivos, hacia Betania. Levantó las manos y los bendijo. Y a la vista de ellos, se elevó hacia el cielo, sostenido por una nube luminosa; y ésta fue la décima aparición.
“Mientras los once discípulos estaban recostados a la mesa, se les apareció Jesús”. Observa que Jesús se aparece a los recostados, o sea, a los que descansan en la tranquilidad y en la humildad del corazón.
Dice Isaías: “¿A quién dirigiré mi mirada, sino al pobrecillo, al contrito de espíritu y al que se estremece por mis palabras?” (66, 2). En el agua turbia y agitada no ve su rostro el que se refleja en ella. Si quieres que aparezca en ti el rostro de Cristo, que te está mirando, recuéstate y reposa. “Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos de poder, desde lo alto”.
Permanecer en la ciudad significa entrar en su conciencia y estar alejado del estrépito exterior. Se lee en el segundo libro de los Reyes que “David se estableció en su casa de cedro y el Señor le concedió tregua de todos sus enemigos, en derredor” (7, 1-2).
Se lee en la Historia Natural que “el cedro es un árbol muy alto, de agradable aroma y de larga vida, con su perfume ahuyenta a las serpientes, y tiene la característica de producir frutos continuamente, tanto en el verano como en el invierno”.
La casa de cedro es la conciencia del justo: es elevada por el amor de Dios y de agradable aroma por su honesta conversación, tiene larga vida por la perseverancia. Con el perfume de su pureza o de su oración devota ahuyenta a las serpientes, o sea, a los movimientos carnales o a los demonios; y tanto durante el invierno de las adversidades como en el verano de la prosperidad produce frutos de eterna salvación. El que vive en tal casa, estará al abrigo de todos los enemigos de los alrededores, o sea, el diablo, el mundo y la carne; y gozará de reposo, porque se reviste de poder desde lo alto, no desde lo bajo, o sea, desde el mundo. El que se reviste del poder del mundo, fácilmente será derrotado en la guerra; en cambio, el que se reviste del poder de lo alto, o sea, del poder del Espíritu Santo, destruye a los enemigos y cumple las obras de virtud.
3. “Jesús reprochó a sus discípulos por su incredulidad y por la dureza de su corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado”. ¡Oh, qué infelices fueron aquellos discípulos que no creyeron a Pedro, al que apareció el Señor, y quien lo vio resucitado de entre los muertos!
Pregona Pedro: “Ustedes mataron al autor de la vida, a quien Dios resucitó de los muertos; y de esto nosotros damos testimonio por haber comido y bebido con El, después de haber resucitado de los muertos” (Hech 3, 15; y 10, 41). Y en la resurrección de Cristo está prefigurada la verdadera resurrección de la carne.
No creen en la resurrección de Cristo, los que niegan la futura resurrección de los cuerpos. Se lee en la primera carta a los corintios: “Nosotros predicamos que Cristo resucitó de los muertos; pues bien, ¿cómo pueden afirmar algunos de ustedes que no existe la resurrección de los muertos? Si no existe la resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, entonces es vana nuestra predicación y es vana también su fe” (15, 12-14).
En la final resurrección de los cuerpos, Dios repudiará y condenará a los incrédulos y a los duros de corazón que ahora no creen que la resurrección pueda suceder.
II.- El envío de los apóstoles a la predicación
4. Los apóstoles son enviados a predicar, a través del mandato: “Vayan por todo el mundo” (Mc 16, 15). Un mandato semejante se halla en Isaías: “Vayan, mensajeros veloces, a un pueblo disperso y dilacerado, a un pueblo tremebundo como ningún otro, a un pueblo oprimido y a la expectativa” (18, 2).
El género humano se hallaba disperso, echado del gozo del paraíso terrenal, dilacerado por los vejámenes del diablo, con el alma aterrorizada por los castigos del infierno y con el cuerpo humillado por la perspectiva de la corrupción, pero a la expectativa del Salvador del mundo. A este pueblo el Salvador envió a veloces mensajeros, o sea, a los apóstoles dóciles, ordenándoles: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15), o sea, a todo el género humano. El género humano tiene algo en común con todas las criaturas: los ángeles, las ovejas, los maderos, las piedras, el fuego, el agua, con el tiempo cálido y con el frío, con el tiempo húmedo y con el seco, porque el hombre es llamado “microcosmos”, o sea, un mundo en pequeño.
“El que cree”, o sea, el que profesa la fe por sí mismo o por medio de otro, “y se bautiza”, o sea, persevera en la gracia recibida en el bautismo, “se salvará; el que no cree, será condenado, Y éstos serán los prodigios que acompañarán a los que creen: “En mi nombre echarán fuera a los demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en sus manos a las serpientes; si beben veneno, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán” (Mc 16, 16-18).
En aquel tiempo sucedían los milagros para la conversión de los infieles. Ahora, que la fe aumentó, los signos cesaron. En efecto, cuando nosotros plantamos plantas tiernas, las regamos, hasta que arraiguen y se fortifiquen.
5. Sentido moral. El mundo es llamado así, porque está siempre en movimiento. Sus elementos no gozan de reposo. El mundo tiene cuatro regiones: oriental, occidental, meridional y septentrional. Como el mundo consta de cuatro elementos, así el hombre, que es un pequeño mundo, según los antiguos, consta también de cuatro fluidos o humores, mezclados entre ellos y formando un único temperamento.
El pobre hombre, desde el comienzo de su vida hasta el fin, está siempre en movimiento y jamás reposa, hasta que llegue a su “lugar”, o sea, a Dios. Dice a este propósito Agustín: “¡Señor, nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti!”. “Y en la paz se halla su lugar” (Salm 75, 3). El “lugar” del hombre es Dios; y jamás puede haber paz sino en El; y por eso hay que volver a El. Los momentos principales de la vida del hombre son éstos: el oriente de su nacimiento, el occidente de su muerte, el mediodía de la prosperidad y el septentrión de la adversidad. A este mundo debemos ir: “¡Vayan por todo el mundo!”, para que mediten cómo eran en el momento del nacimiento, cómo serán en el momento de la muerte; cómo son cuando les sonríe la prosperidad y cómo son cuando la adversidad se abate sobre ustedes: examinen si la primera los exalta y si la segunda los deprime. De esta cuádruple meditación brota una cuádruple utilidad: la desconfianza en sí mismo, el desprecio del mundo, el equilibrio para no exaltarse y la paciencia para no deprimirse.
Es, pues, una gran obra buena ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura. Dice el Apóstol: “Si uno está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas las cosas fueron renovadas” (2Cor 5, 17). Y el Salmo: “El pueblo que será creado (nuevo), alabará al Señor” (101, 19). E Isaías: “He aquí, yo voy a hacer de Jerusalén una ciudad de exultación y de su pueblo, un pueblo de gozo. Yo me alegraré con Jerusalén y gozaré con mi pueblo” (65, 18-19). Crear es “hacer alguna cosa de la nada”. El hombre, cuando se halla en pecado mortal, nada es, porque Dios que de veras “es”, no “está” en él con la gracia.
“El hombre, dice Agustín, se torna nada, cuando peca”; pero, cuando, con la gracia de Dios, se convierte a la penitencia, es creado, o renace en él una nueva criatura, o sea, una conciencia pura y nueva. Y ésta es Jerusalén, la ciudad de la “paz”, que exulta por la misericordia de Dios que le fue concedida.
Es creado también un pueblo de muchos y buenos sentimientos y pensamientos, en los que abundan el gozo y la alabanza de Dios por su dulzura, que ellos saborean. Entonces las obras viejas, o sea, las obras y el arraigado comportamiento de los cinco sentidos pasan, se alejan y se renuevan en Cristo, para que el hombre “ya no viva para sí, sino para Cristo que por él murió” (2Cor 5, 15).
Estas son “todas las criaturas”: el hombre interior y el hombre exterior, renovados por la gracia. A esta criatura debemos predicar el evangelio del reino, o sea, anunciar “el bien”. La palabra griega “evangelio” significa justamente “el buen anuncio”. Anuncia el bien a toda criatura el que tanto por dentro como por fuera se reviste de virtudes. Predica el evangelio del reino a toda criatura el que, en lo íntimo de su corazón, considera cuán grande será la gloria de contemplar, junto con los espíritus bienaventurados, el rostro del Creador, alabarlo sin término junto con ellos, vivir siempre con El que es la vida y disfrutar eternamente de una felicidad inefable.
De aquella predicación derivan dos consecuencias: “El que cree y se bautiza”. Creer quiere decir “dar el corazón” (en latín, credo, cor do). “Hijo mío, dice Jesús, dame tu corazón” (Prov 23, 26). El que da el corazón, da todo. Cree, pues, el que con la devoción del corazón se somete completamente a Dios. Se bautiza, cuando se inunda de lágrimas o por la dulzura de la contemplación, o por el recuerdo de la propia iniquidad, o por la compasión ante las necesidades de los hermanos.
En cambio, “el que no cree”, no entrega el corazón a Dios; y si no das el corazón a Dios, necesariamente se lo darás al diablo, o a la carne, o al mundo. Y quienquiera haga esto, “será condenado”.
6. “Y estos prodigios acompañarán a los creyentes”. Los que entregan su corazón a Dios, van a ser asistidos por los signos, porque sobre su corazón ya existe el signo, del que habla el Cantar: “Ponme como un sello sobre tu corazón” (8, 6). Cuando queremos defender nuestra casa o nuestros bienes de los ladrones, solemos colocar un signo, o sea, una bandera del rey o de algún personaje poderoso, para que, al verlo, los ladrones no se atrevan a entrar. Así, si queremos defender nuestro corazón de los demonios, debemos colocar sobre él a Jesús, que es la salvación; y si es la salvación, es también la plena protección.
“En mi nombre echarán a los demonios”.
“Demonio” es un término griego, daimon, que significa “muy conocedor de las cosas”. Los demonios simbolizan la sabiduría de la carne y la astucia del mundo, que, como demonios, atormentan al hombre, o sea, su espíritu, y también con frecuencia afligen su cuerpo. La sabiduría de la carne simboliza al demonio nocturno; la astucia del mundo, al demonio meridiano.
La sabiduría de la carne es ciega, aunque ella cree que tiene la vista muy aguda -durante la noche algunos animales tienen la vista muy aguda, como el gato-; la astucia del mundo arde del calor de la malicia, como el sol a mediodía. El que entregó su corazón a Dios, echa de sí a estos demonios y también llevará a cabo los signos siguientes. “Hablarán lenguas nuevas”. La lengua del mundo es una lengua vieja, porque dirá cosas viejas del hombre viejo. Los que son atormentados por los demonios, hablan esta lengua; pero, cuando echan de sí a los susodichos demonios, hablarán lenguas nuevas en la novedad de su vida. Dice Isaías- -En aquel día habrá cinco ciudades en la tierra de Egipto, que hablarán la lengua de Canaán y jurarán en el nombre del Señor. La primera se llamará “Ciudad del Sol” (19, 18).
La tierra de Egipto, que se interpreta “tiniebla”, es el cuerpo humano, cubierto por las culpas y los castigos. En el cuerpo hay cinco ciudades, o sea, del cual uno, o sea, la vista, es llamado “Ciudad los cinco sentidos del cuerpo, del Sol”, porque como el sol ilumina todo el mundo, así la vista ilumina todo el cuerpo. Estas ciudades hablan la lengua de Canaán, que significa “cambiada”. Por el cambio obrado por la derecha del Altísimo se despojan del hombre viejo con sus acciones y se revisten del hombre nuevo, viviendo en la justicia y en la verdad (Col 3, 9; y Ef 4, 4-24).
Como el lenguaje comunica al exterior la palabra que está escondida en el corazón, así los cinco sentidos del hombre, ya cambiados y convertidos a Dios, hablan de El en el exterior, corno lo sienten en el interior; y en esto consiste el “jurar”: en afirmar la verdad. La verdad de la conciencia se afianza con el testimonio de una vida santa, para alabanza del Señor de los ejércitos, o sea, de los ángeles.
“Y aferrarán a las serpientes”, en las que están simbolizadas la adulación y la calumnia, que serpentean a escondidas e inoculan el veneno. El adulador avanza serpenteando y el calumniador inocula el veneno.
Los que hablan lenguas nuevas, alejan de sí a estas serpientes. Dice el primer libro de los Reyes: “Alejen de su boca las cosas viejas” (2, 3). La saliva del hombre en ayunas mata a la serpiente (Aristóteles); la lengua en ayunas, o sea, mortificada, es como una lengua nueva, cuyo antídoto suprime el veneno.
La antigua serpiente, de alguna manera, adulaba a Eva, diciendo: “¡No morirán de muerte! e infamaba a Dios, añadiendo: “Sabe Dios que el día que coman de él, se abrirán sus ojos, y serán como dioses, sabiendo el bien y el mal” (Gen 3, 5). Como si dijera: “Dios, por envidioso, les prohibió todo eso, no queriendo que ustedes fueran semejantes a él en la ciencia”. He aquí como la adulación serpentea y la calumnia inocula el veneno. En cambio, el que tiene la lengua en ayunas, escupa en la boca de la serpiente y lo mate; y así se libere de él.
7. “Y si beben algún veneno, no les hará daño”. Comenta la Glosa: “mientras escuchan las pestíferas sugestiones, pero no las llevan a cabo, es como si bebieran algo mortífero, que, no obstante, no les hará daño”.
Dice Isaías: “No beberán vino cantando, toda bebida les será amarga a los bebedores” (24, 9); y por esto no les hará daño. No bebe cantando el vino de las sugestiones diabólicas aquel, que no las consiente, y, más bien, las rechaza, sufre por ellas y llora; y por eso la bebida misma, o sea, la sugestión diabólica, es amarga para los que la beben, o sea, para los que son importunados y la sufren.
Al contrario, Joel dice: “Despiértense, ebrios; y lloren y clamen ustedes que beben vino con placer, porque les será quitado de su boca” (1, 5). Esto sucede justamente de manera literal, porque el placer del vino desaparece de la boca, apenas pasa por la garganta.
¡Oh! ¡Cuántos males ocasiona un brevísimo placer a aquel que, con el consentimiento de la mente y de las obras, bebe el vino de la sugestión diabólica! A los ebrios por este vino se les dice: “¡Despiértense y recuerden sus pecados, lloren en la contrición del corazón y clamen en la confesión!”.
El que hubiere realizado los cuatro signos anteriores, con toda certeza podrá ejecutar también el quinto: “impondrán sus manos sobre los enfermos; y éstos sanarán”.
Enfermo se dice en latín aeger, que suena como egens, necesitado de un remedio o de una medicina. El enfermo es el pecador, que tiene urgente necesidad de la medicina, o sea, del ejemplo de las buenas obras. E impondrá las manos sobre él para que se cure, o sea, para que vuelva a la penitencia, aquel que no sólo lo conforta con la palabra de la predicación, sino también con el ejemplo de la vida santa. ¡Amén! ¡Así sea!.
III La ascensión de Jesús al cielo
8. “Y el Señor Jesús”, que había descendido del cielo, después de haberles hablado, “fue elevado al cielo” (Mc 16, 19). Hallamos una concordancia en los Proverbios de Salomón: “¿Quién subió al cielo y descendió? ¿Quién encerró el viento en sus manos? ¿Quién recogió las aguas en su mano?
¿Quién levantó todos los confines de la tierra? ¿Cuál es su nombre, o el nombre de su hijo, si lo sabes?” (30, 4).
Presta atención a estos tres verbos: encerró, recogió y levantó. El Hijo de Dios Padre, Jesucristo, bajó del cielo y asumió nuestra carne mortal, y después subió al cielo con la misma carne, ya inmortalizada, Desde allí envió al Espíritu de la gracia septiforme, que El encierra en las manos de su potencia. Y es así, porque El lo da a quien quiere, y cuando quiere, y lo cierra a quien quiere.
Dice Job: “Entre sus manos esconde la luz y le ordena aparecer de nuevo. Anuncia a quien le es amigo que ella es su propiedad y que a ella puede acercarse” (36, 32-33).
A quien es amigo de Dios, de vez en cuando, se le manifiesta una luz en su conciencia, una luz de íntima alegría, como una lumbre que, encerrada entre las manos, se manifiesta y se esconde, según la voluntad del que la tiene; y lo hace, para que el alma se excite para llegar a la posesión de la luz eterna y a la herencia de la plena visión de Dios. Asimismo, el Hijo de Dios recoge, o sea, frena las aguas de la concupiscencia carnal en el manto, o sea, en el cuerpo, del cual el alma se cubre como de un vestido. Dice Job: “Yo me consumiré e iré en putrefacción, como una vestidura roída por la polilla (13, 28). La polilla nace de la vestidura y después la corroe; la corrupción nace del cuerpo y después lo consume. El Hijo de Dios recoge en este vestido los instintos de los sentidos, con el vínculo del amor o con la soga del temor, para que no se escapen las aguas de la concupiscencia carnal; y de esa manera promueve para la penitencia y para la gloria eterna todos los términos de la tierra, o sea, a aquellos que ya acabaron su condición terrenal. “Cristo subió al cielo”, para elevar consigo a la tierra y hacerla cielo. En efecto, el Padre habla por boca de Isaías: “Puse mis palabras en tu boca y con la sombra de mi mano te protegí, para que plantes cielos y pongas cimientos a la tierra, y digas a Sión: “Tú eres mi pueblo” (51, 16). El mismo Hijo dice: “El que me envió es veraz; y yo, lo que oí de El, eso digo al mundo” (Jn 8, 26).
En la hora de la pasión, el Padre lo protegió con la sombra de la mano de su potencia, porque le prestó aliento en el momento en que más arreciaba la saña judía. Dice el Salmo: “Extendiste tu sombra sobre mi cabeza en el día de la batalla” (139, 8), en la cual, con las manos clavadas en la cruz, derrotó las potencias del aire. El plantó los cielos, o sea, su divinidad en la tierra de nuestra humanidad, y puso los cimientos de la tierra de nuestra humanidad en el cielo, o sea, estableciéndola para siempre, Y concluye: “Y está sentado a la derecha de Dios” (Mc 16, 19). Y el Salmo: “Dijo el Señor”, el Padre, “a mi Señor”, a su Hijo: “Siéntate a mi derecha” (109, 1), o sea, reposa y reina conmigo sobre los bienes eternos.
El mismo Jesús, partícipe de nuestra naturaleza, nos haga también a nosotros partícipes de aquellos bienes, El que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
IV Sermón alegórico
9. “Atravesé este Jordán llevando sólo mi cayado, y ahora regreso con dos campamentos” (Gen 32, 10). Estas palabras las pronunció Jacob, al regresar de Mesopotamia a su tierra natal. Pueden muy bien aplicarse a Cristo, que de esta tierra retorna al Padre, teniendo como báculo la cruz.
Se lee en el primer libro de los Reyes: “Dijo el filisteo a David: “¿Soy yo, quizás, un perro, para que vengas contra mí con un bastón?” (17, 43). El filisteo, que se interpreta “beodo que está por caer” o “doble ruina”, es figura del diablo, que, embriagado de soberbia, cayó del cielo, y después hizo caer al hombre en la doble ruina del alma y del cuerpo.
Es llamado perro, porque con sus sugestiones ladra contra los inocentes, y no reconoce al amo, o sea, a su Creador. Nuestro David, Cristo, para luchar contra él en nuestro favor, lo enfrentó con el bastón de la cruz. He ahí porque en el mismo libro de los Reyes se dice un poco antes: “David tomó su bastón, que siempre llevaba en la mano; se escogió del torrente cinco guijarros lisos del torrente, y los colocó en su alforja de pastor, que llevaba consigo; después, tomó en la mano una honda y se encaminó contra el filisteo” (17,40).
He ahí las armas con las que Jesucristo mató a nuestro enemigo. Cristo tuvo siempre en sus manos el bastón de la cruz: antes de la pasión lo tuvo en sus obras; en la pasión fue clavado con sus manos en la cruz; y después de la pasión conservó en sus manos las heridas, para mostrárselas al Padre por nosotros. Dice Isaías: “He ahí que yo te escribí en mis manos>’ (49, 16).
Observa que, para escribir, son necesarios al menos tres útiles: el papel, la pluma y la tinta. El papel fue la mano de Cristo; la pluma, el clavo; y la tinta, la sangre. Esta escritura ofrece la prueba de nuestra liberación, impugna al enemigo y nos reconcilia con Dios Padre.
Los cinco guijarros bien lisos simbolizan las cinco llagas de Jesucristo, que El escogió del torrente de nuestra mortalidad. La alforja de pastor simboliza el amor, con el cual nos amó hasta el fin. “El buen pastor había dicho- expone la vida por sus ovejas” (Jn 10, 11). En esa alforja echó los cinco guijarros bien lisos, porque, por el amor que nos tenía, recibió en si mismo las cinco llagas, que nos hicieron bien lisos, o sea, puros y luminosos. La honda, que tiene dos tiras de cuero del mismo largo, simboliza la imparcialidad de la justicia, por la cual condenó al diablo y arrancó de sus manos al género humano. Era justo e imparcial, que el diablo perdiera al género humano, sobre el cual parecía jactarse de algún derecho: ese diablo se atrevió a extender sus manos contra Cristo, sobre el cual, ciertamente, no tenía ningún derecho. Dice Jesús: “Viene el príncipe de este mundo; pero sobre mí no tiene poder alguno” (14, 30), porque “yo soy libre en medio de los muertos” (Salm 87, 6); pese a todo, Cristo pasó por la muerte, para liberar a los muertos.
En efecto, dice: “Con mi bastón crucé este jordán”. “Del torrente beberá en el camino; y por eso levantará la cabeza” (Salm 109, 7). Con el bastón de la cruz, Cristo, solo, pobre y desnudo, pasó de la orilla de nuestra mortalidad a la orilla de su inmortalidad, a través del río del juicio -esto significa el nombre del jordán-, o sea, a través del derramamiento de su sangre, con la cual juzgó al diablo, o sea, lo condenó y destruyó su poderío.
10. Y de cuán grande utilidad para nosotros fue el “pasaje” (Pascua) de Cristo, nos lo explica lo que sigue: “Y ahora”, o sea, hoy, “regreso con dos campamentos”.
Su partida del Padre y su retorno al Padre, su incursión a los infiernos y su ascensión hasta el trono de Dios: he ahí toda la trayectoria de Cristo; he ahí también “el círculo, o anillo, puesto en las narices de Behemot” (Job 40, 15) o de Sennaquerib, al cual dice el Señor por boca de Isaías: “Pondré un garfio en tus narices y un freno en tus labios, y te haré volver por el camino por el cual viniste” (37, 29).
Cristo, sabiduría del Padre, que, como el círculo, no tiene principio ni fin, saliendo del Padre y a El regresando, juntando en sí mismo todas las cosas y encerrándolas todas en su seno, desenmascaró la perfidia del diablo, simbolizada en las narices. Como a través de las narices percibimos las cosas distantes, así el diablo, con la agudeza de su astucia, pondera el vicio hacia el cual el hombre está más propenso, y se esfuerza por capturarlo mediante aquel vicio.
En el freno hay dos elementos: el hierro y la rienda. El hierro se pone en la boca del caballo y con la rienda se lo frena y se lo maneja.
Cristo, en su pasión, con los clavos y con la rienda de su humanidad labré un freno, para domar y frenar al diablo, para que no corriera a su gusto, sino que, más bien, regresara por el camino por el cual había venido. Había venido por medio de Eva, Adán y el fruto del árbol prohibido. Debió regresar; y lo que pérfidamente había arrebatado, lo perdió por medio de Maria, Cristo y el madero de la cruz. Con ese bastón, nuestro Jacob, que suplantó al diablo, cruzó este jordán, y hoy, con dos campamentos, retornó al cielo.
“Jacob dividió en dos campamentos a toda la gente que estaba con él” (Gen 32, 7): en el primer campamento, las esclavas y sus hijos; y en el segundo, las libres, o sea, Lía y Raquel, con sus hijos. Estos dos grupos simbolizan a la iglesia, formada por los dos pueblos: el pueblo pagano, indicado por las esclavas, y el pueblo judío, indicado por las personas libres, por haber dado al mundo el conocimiento de Dios y su ley.
A esta Iglesia Cristo la conquistó en medio de muchos sufrimientos, en Mesopotamia, o sea, en el mundo, y hoy retornando al cielo, la llevó consigo, porque ella conservó consigo su fe y su devoción, para que su corazón y su vida ya no estuvieran en la tierra sino en el cielo.
Y al cielo nos lleve también a nosotros aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.
V Sermón moral
11. “Con mi bastón crucé el jordán”.
Consideremos el significado moral de estas cuatro cosas: el báculo, el jordán y los dos grupos. En el báculo está simbolizada la disciplina de la penitencia, de la que se habla en el Génesis, cuando Judá pregunta a Tamar: “¿Qué prenda quieres recibir? Responde Tamar: “Tu anillo, tu brazalete y el bastón que tienes en mano” (38, 18).
Judá es Cristo, nacido según el Apóstol de la tribu de Judá. Tamar, que se interpreta “cambiada”,o “amarga”, o “palmera”, es el alma, que cambió y pasó del mal al bien; amarga por la penitencia, para ser un día palmera en la gloria. Dice Job: “Moriré en mi pequeño nido”, o sea, en mi humilde y tranquila conciencia, “y como la palmera multiplicaré mis días” (29, 18).
Sin embargo, en esta triple interpretación se puede ponderar también el triple estado de los incipientes, de los proficientes y de los perfectos.
Cristo pregunta al alma: “¿Qué prenda quieres recibir?”. Prenda se dice en latín arrabo, que suena como arra bona, buena prenda: prenda es lo que se da como garantía.
El alma, para estar segura de las promesas, pide una buena prenda: el anillo, el brazalete y el bastón. En el anillo está indicada la fe formada. Se lee en Lucas: “Pónganle un anillo en la mano” (15, 22). Comenta la Glosa: “El anillo es el símbolo de la fe, con el cual se sellan las promesas en el corazón de los fíeles. “Pónganselo en la mano”, o sea, en las obras, para que la fe se manifieste en las obras, y las obras den testimonio de la fe”.
En el brazalete -en latín armilla de armus, hombroque es redondo y se lleva en el brazo, está indicada la obra de caridad, que extiende el brazo para sostener al hermano, y somete el hombro para llevar la carga de la necesidad del hermano. En el bastón, con el cual uno se defiende del perro y en el cual se apoya para no caer, se indica, como ya se dijo, la práctica penitencial, con la cual el alma se defiende del diablo y de la concupiscencia carnal y se sostiene para no caer en el pecado mortal.
En estas tres cosas está encerrada toda la justicia, que consiste en “dar a cada uno lo suyo”: el anillo de la fe a Dios, el brazalete de la caridad al prójimo y el bastón de la práctica penitencial a uno mismo.
12. “Crucé este jordán con mi bastón”. jordán se interpreta “descenso” o “apropiación de las cosas”, o sea, de las cosas transitorias de este mundo. El que quiere apropiarse de estas cosas, debe descender, o sea, debe declinar de su estado de justicia, del reposo de la mente y de la dulzura de la contemplación. Dice Gregorio: “El que se apoya en uno que cae, necesariamente caerá con el que cae”. ¡Feliz el hombre que puede decir: “ Con la práctica de la penitencia pasé de la orilla de la vanidad mundana a la orilla de la intimidad celestial; crucé este jordán y pasé por encima de todo lo que es transitorio y caduco!
Dice el Génesis: “Jacob pasó el vado de Jaboc; y, después de haber transportado todas las cosas que le pertenecían, quedó solo” (32, 22-23). Jaboc se interpreta “torrente de polvo” y simboliza las cosas temporales que, corno el torrente, abundan en el invierno de esta vida miserable, pero se vuelven áridos durante el verano, cuando llega el ardor de la muerte o del juicio futuro. Las cosas temporales, como el polvo, ciegan a sus amantes.
El polvo se dice en latín pulvis, porque es barrido, pulsus, por la fuerza del viento. De la misma manera estas cosas temporales son barridas por el viento de las adversidades y arrebatadas por la muerte. Pero Jacob, el justo, suplantador del mundo, pasa más allá de las cosas temporales, para no ser transitorio como ellas, para que ninguna de sus cosas quede allí, sino que transfiere todo lo que le pertenece. ¿Y qué cosa le pertenece al justo, sino la humildad, la caridad, la castidad y las demás virtudes?
El que transfiere estas cosas consigo, va a quedar solo, o sea, aislado del estrépito del mundo, del tumulto de los pensamientos y de los asaltos de los demonios. ¡Bienaventurado aquel hombre, que pasa as!, porque en la hora de la muerte podrá decir: “Y ahora regreso con dos grupos!”.
Todo ello concuerda con lo que se lee en el Cantar: “Todas las ovejas tienen crías gemelas, y ninguna entre ellas es estéril”. Y de nuevo: “Tus dos pechos son como dos crías mellizas de gacela que andan pastando entre los lirios, hasta que sople la brisa del día y se vayan las sombras” (4, 2-6).
La gacela, o corza, que se dice en latín cáprea, porque emprende cosas difíciles, ardua capiens, tiene la vista aguda, elige las hierbas que va a comer y busca las alturas.
La gacela es figura del justo, que, con el deseo del cielo, emprende las cosas arduas y hasta allí se eleva, tiene muy aguda la mirada de la fe y elige para sí las hierbas de los pastos eternos, con los que se alimenta. Sus dos ubres simbolizan el doble sentimiento de la caridad, con cuya leche y con cuya dulzura se nutre a sí misma y al prójimo. Estos dos sentimientos son como crías mellizas, o dos gacelas, o dos corzas, que andan pastando entre los lirios. El sentimiento de la caridad divina se apacienta entre los lirios, o sea, en la castidad de la mente y del cuerpo, o en el gozo de la contemplación; y el sentimiento de la caridad fraterna se apacienta entre lirios, o sea, a la luz de la buena fama.
¿Y hasta cuándo se apacentarán así? Hasta que despunte el día del eterno esplendor y desaparezcan las sombras de la presente ceguera.
Proclame, pues, el justo: “Y ahora”, o sea, al término de mi vida, “con dos grupos”, o sea, con los méritos de la vida activa y contemplativa, “retornar” a la patria celestial.
A esta patria nos haga llegar aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!