Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo III de Cuaresma

    Exordio.- Utilidad de la predicación

    1. En aquel tiempo, “Jesús estaba echando a un demonio, que era mudo. Y, después de haber echado al demonio, el mudo habló; y la gente se maravilló” (Lc 11, 14).

    Se lee en el primer libro de los Reyes: “Y cuando el espíritu malo, de parte de Dios, se adueñaba de Saúl, David tomaba la cítara y la tocaba con su mano. Y Saúl tenía alivio y estaba mejor; y el espíritu malo se apartaba de él”.

    El espíritu malo, de parte del Señor, es el diablo, y se dice “del Señor”, porque también él es criatura de Dios; y es maligno por su propia arrogancia. De Luzbel, portador de luz, se cambió en portador de tinieblas, de ángel en diablo. Y es llamado diablo (del griego, diaballo), porque fue precipitado en lo profundo.

    Este espíritu se apodera de Saúl, que se interpreta “aprovechador abusivo”, o sea, del pecador, al cual, como dice Job, “Dios le dio tiempo de hacer penitencia; y, en cambio, él aprovecha el tiempo para aumentar su soberbia” (24, 23); y lo impulsa de un pecado a otro. Pero David, o sea, el predicador, debe tomar la cítara, o sea, la melodía de la predicación, y tocarla con la habilidad de sus manos; y así la dulzura de la cítara, o sea, la virtud de la predicación del Señor, ablandará el furor del pecador y echará de él al demonio, del cual justamente se habla en el evangelio de hoy: “Jesús estaba echando a un demonio”.

    2. Observa que en este evangelio hay cuatro partes, y sobre cada una de ellas queremos componer un breve sermón para el honor de Dios y para utilidad de los oyentes: 1. Jesús estaba echando a un demonio; 2. Cuando un hombre fuerte y armado; 3. Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre; 4. Una mujer de entre la multitud levantó la voz.

    Asimismo, la historia bíblica del Génesis, que se lee y se proclama en este domingo, se divide en cuatro partes: la primera trata de la venta de José; la segunda, de su encarcelación y de la interpretación de los sueños del copero y del repostero; la tercera, de las siete vacas y de las siete espigas y de los siete años de hambre; la cuarta, de la liberación de todo Egipto, gracias a las capacidades del mismo José.

    En nombre de Jesucristo, comencemos a exponer la primera parte de este evangelio

    I La venta de José

    3. “Jesús estaba echando a un demonio”. observa que en un solo hombre Jesús obró cuatro milagros: dio la vista al ciego - Mateo recuerda que este endemoniado era también ciego -, dio el habla a un mudo y abrió el oír a un sordo, y lo liberó del demonio. Ahora vamos a ver cómo el Señor, en la santa Iglesia, obre cada día espiritualmente estos cuatro milagros y cuál sea el significado moral de cada milagro.

    “Jesús estaba echando a un demonio”. Presta particular atención. Este endemoniado perdió sus naturales capacidades en los tres sentidos principales y más nobles que los demás, o sea, la capacidad de ver, de hablar y de oír. Así el pecador, a quien el diablo posee a través del pecado mortal, pierde su capacidad espiritual en tres sentidos de su alma, que son los más importantes y los más nobles; es decir, pierde la capacidad de ver, de hablar y de oír en el espíritu. Y observa que en la vista está representado el conocimiento, en la lengua la confesión y en el oído la obediencia. Sólo ve con claridad el que reconoce su malicia; sólo habla rectamente el que confiesa franca y totalmente la malicia reconocida; y sólo oye perfectamente el que obedece voluntariamente a la voz de su confesor.

    Con estas tres cosas concuerda la primera parte de la historia bíblica del presente domingo, cuando dice que “José, enviado desde el valle de Hebrón, llegó a Siquem, y de Siquem a Dotán” (Gen 37, 14-17). José se interpreta “creciente”, Hebrón “visión”, Siquem “fatiga”, Dotán “defección” o “rebelión”.

    José es el penitente que tanto crece en presencia de Dios, cuanto disminuye delante de sí mismo. Dice el Señor a Saúl en el primer libro de los Reyes.- “Cuando tú eres pequeño a tus ojos, yo te elegí como jefe de las tribus de Israel” (15, 17). En el valle del Hebrón, o sea, de la visión, está indicado el reconocimiento del pecado; en Siquem, la fatiga de la confesión y en Dotán la renuncia a la propia voluntad.

    El penitente, enviado desde el valle de Hebrón, llegó a Siquem. El valle de Hebrón, que se interpreta “visión”, es el conocimiento del pecado. Jeremías dice: “Mira tu proceder en el valle” (2, 23). En el valle, o sea, en la doble humildad, interior y exterior, mira, o sea, reconoce tus caminos, es decir, tus pecados, con los cuales, como recorriendo falsos caminos, te diriges al infierno. Dice el Profeta: “Examiné mis caminos y dirigí mis pies hacia tus mandamientos” (Salm 118, 59). Y de nuevo Jeremías: “Has de saber y ver -o sea, reconocerán malo y amargo es el haber abandonado al Señor tu Dios y no tener más el temor de mí, dice el Señor Dios de los ejércitos” (2, 19). Y de nuevo: “Levanta tus ojos en la dirección justa y mira dónde yaces postrada” (3, 2).

    Observa que dice: en la justa dirección. ¡Ay de mí! ¡Qué pocos son hoy los que miran en la justa dirección! Casi todos miran en la dirección equivocada, como si fueran estrábicos. Sin duda, mira en la dirección justa el que reconoce su iniquidad, cómo la cometió, y la confiesa en seguida, con exactitud, cómo sucedió. Levanta, pues, tus ojos en la dirección justa, y no en la falsa. No te avergüences ni tengas reparo. Son estas dos cosas las que suelen impedir la dirección justa de los ojos.

    Se dice que existe un ave -la calandria-, que si mira directamente al rostro de un enfermo, éste se libera de sus males. En cambio, si quita su mirada de ese enfermo o la levanta hacia otra dirección, es signo de muerte (Aristóteles).

    Así el pecador, si levanta su mirada en la dirección justa y considera sus pecados y los reconoce, créeme, “él vivirá y no morirá” (Ez 33, 15). Si, en cambio, mira en otra dirección, si disimula sus pecados o los confiesa tramposamente, esto es signo e indicio de eterna condenación.

    “Levanta tus ojos en la dirección justa, y mira”, o sea, reconoce, “dónde”, o sea, a cuál miseria, “te redujiste”, porque te hiciste “tributaría” del diablo y del pecado, “ahora”, tú que antes eras “dominadora de las gentes”, o sea, dominabas los vicios, y “señora de provincias”, o sea, dueña de tus cinco sentido.

    4. Es bueno, pues, hermanos queridísimos, habitar en el valle de Hebrón, ver y reconocer antes nuestra culpa y nuestra malicia, y después llegar a Siquem, que se interpreta “fatiga”, o sea, acercarse a la confesión, lo que implica verdaderamente fatiga y dolor.

    Dice Miqueas: “Sufre y jadea mucho, oh hija de Sión, como una parturienta” (4, 10). Oh hija, o sea, oh alma, que eres y debes ser “hija de Sión”, o sea, de la Jerusalén celestial, sufre en la contrición y jadea, o sea, obra lo suficiente, como una parturienta en la confesión. Con razón se dice “como una parturienta”. Como una parturienta se esfuerza y sufre, así el pecador debe esforzarse y sufrir en la confesión, para ser como la cierva, que pare con dolor y trabajo.

    Dice Job: “Las ciervas se encorvan hacia el feto, paren y emiten un mugido” (39, 3). Las ciervas son figuras de los penitentes, que deben encorvarse delante de un sacerdote y humillarse y parir sus pecados y emitir mugidos amarguísimos (de arrepentimiento). Pero, ¡ay de mí, ay de mí! ¡Cuántos son hoy los que no paren como las ciervas sino como las yeguas!

    En la Historia Natural se lee que “las yeguas no sufren al parir y que el humo de una lucerna que se apaga las hace abortar”. Así hay algunos pecadores que, al confesar sus pecados, los paren sin fatiga ni trabajo; pero “la mujer, al parir, pare con tristeza”, dice el Señor (Jn 16, 21). Y cuando en esos pecadores se extingue la lumbre de la gracia por culpa del humo de la concupiscencia, abortan, o sea, paren el pecado. Por eso dice Santiago: “La concupiscencia concibe y engendra el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte” (1, 15).

    Escucha de qué manera el santo Job, que se interpreta “doliente”, desde el valle de Hebrón llegó a Siquem, cuando decía: “Yo no guardaré cerrada mi boca, hablaré en la tribulación de mi espíritu, me lamentaré en la amargura de mi alma” (7, 11). He aquí un modo conciso y muy útil de confesarse. No tiene cerrada su boca aquel que confiesa el pecado y sus circunstancias con franqueza y sinceridad; habla en la tribulación de su espíritu aquel que con el corazón contrito y el espíritu dolorido se acusa a sí mismo, se imputa todo a sí mismo y se juzga; se lamenta en la amargura de su alma aquel que no guarda ninguna reserva sino que más y más renueva su dolor. Se pone a todo sí mismo en las manos del sacerdote y dice con Saulo:”Señor, Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hech 9, 6).

    Con razón sigue el relato: “De Siquem llegó a Dotán”, que se interpreta “defección, rebeldía”. El penitente debe huir de sí mismo y obedecer de buena gana a las órdenes de su confesor, que es su superior, diciendo con Samuel: “¡Habla, Señor, que tu siervo te escucha!” (1Rey 3, 10).

    Ahora, ya tienes en claro lo que el penitente deba ver, decir y escuchar. Pero, como lo que se expone, se conoce mejor por sus contrarios, ahora vamos a ver las cosas que se oponen a las tres que hemos analizado.

    5. “Jesús estaba echando a un demonio”. Este demonio era aquella fiera cruel, de la que se habla en el relato de este domingo: “Una fiera cruel -dijo Jacob- despedazó a José; una fiera lo devoró” (Gen 37, 33). Vamos a ver de qué manera esta fiera cruel devoró a José. Hemos indicado antes que el demonio había provocado en el endemoniado tres males: le apagó la vista, lo privó de la voz y le tapó el oído. Así al pecador, que vive en pecado mortal, el diablo le quita la vista, para que no reconozca sus pecados; lo priva de la voz, para que no los declare en la confesión; y le tapa el oído, para que no oiga la voz del que quiere enamorarlo de la sabiduría (Salm 57, 6). Con estos tres males concuerda el relato del Génesis, que sigue: “Apenas José llegó al lugar donde estaban sus hermanos, ellos lo despojaron de su variopinta túnica talar y lo bajaron a una cisterna sin agua. Después, lo extrajeron de la cisterna y lo vendieron a unos mercaderes ismaelitas, que se lo llevaron a Egipto” (Gen 37, 23…

    Considera estas tres acciones: lo despojaron de su túnica, lo bajaron a la cisterna y lo vendieron. En la túnica talar y variopinta se indica la admisión del pecado. Se dice en el evangelio de Juan, hacia el fin, que “Pedro se ciñó la ropa, ya que estaba desnudo, y se tiró al mar” (21, 7). En verdad, Pedro quedó desnudo, cuando, a las palabras de la criada, “negó a Cristo”, pero luego se revistió de la túnica, cuando reconoció la culpa de su triple negación. En ese momento, fue de veras Pedro, o sea, “el que reconoce”; y así se tiró al mar, o sea, se sumergió en la amargura de las lágrimas. Dice Lucas: “Pedro se acordó de la palabra de Jesús: “Antes que el gallo cante dos veces, tú me negarás tres veces. Salió afuera y lloró amargamente” (22, 61-62). As! el pecador debe ceñirse, o sea, reconocer su iniquidad, y tirarse al mar, o sea, sumergirse en la amargura de la contrición. En cambio, hoy hay mucha gente que se ciñe la túnica, admiten también su culpa, pero no quieren tirarse al mar, porque rehúsan hacer penitencia por sus pecados.

    Observa, además, que esta túnica es llamada “talar” y “variopinta”. La túnica de nuestra alma, que es conocimiento del pecado, debe ser talar, o sea, “final”. Por cierto, durante toda nuestra vida debemos diariamente reconocer nuestros pecados y, una vez reconocidos, llorarlos; pero, sobre todo, al fin de nuestra vida debemos reconocerlos aún más, con mayor diligencia y devoción, y confesarlos todos, tanto en particular como en general.

    En ese entonces, debemos hacer como hace el cisne, que, cuando muere, muere cantando; y dicen que esto sucede a causa de una pluma que tiene en la garganta. Sin embargo, aquel canto le provoca gran dolor.

    El cisne blanco es el pecador convertido, más blanco que la nieve. Este, en el momento de su muerte, debe cantar devotamente, o sea, examinar sus pecados en la amargura de su alma. La pluma en la garganta del cisne representa el conocimiento del pecado y su confesión en la boca del justo, del que debe brotar un canto de dolor, que le será sumamente fructuoso. Y así esta túnica talar será “variopinta”, o sea, adornada con una variedad de virtudes. En efecto, todas las alabanzas se cantan al final.

    Pero, ¡ay de mi, ay de mí! Los demonios despojan a José de esta preciosísima túnica, cuando ciegan los ojos de esta alma infeliz y le quitan el conocimiento de su iniquidad, para que no vea ni reconozca la vergüenza y la infamia de su desnudez.

    Sigue el relato bíblico: “Bajaron a José a una vieja cisterna sin agua”. La cisterna vieja sin agua es la conciencia del pecador inveterado en los días del mal; y en esa conciencia no hay ni el agua de la confesión ni las lágrimas de la compunción. El pecador es encerrado por los demonios en la cisterna de la obstinación, para que no pueda salir a la luz de la confesión. Se lee en el cuarto libro de los Reyes, que “Nabucodonosor le sacó los ojos a Sedecías, lo ató con cadenas y lo llevó a Babilonia” (25, 7). Así se porta el diablo. Ante todo, arranca al pecador los ojos, para que no reconozca su iniquidad, luego lo ata con cadenas de malas costumbres y en fin lo encierra en la cárcel de la obstinación, para que no pueda salir a la luz de la confesión.

    Sigue el punto tercero: “Vendieron a José a los mercaderes ismaelitas, que lo llevaron a Egipto”. El pecador es vendido y llevado a Egipto, cuando se sustrae a la predicación de la iglesia, no acepta los consejos de los buenos y cierra el oído para no oír la voz del que lo invita a la sabiduría. En verdad, este hombre es un endemoniado, poseído por el diablo, porque no ve su culpa y su indignidad, no habla en confesión, no escucha la doctrina de la vida eterna. Pero, ¿qué hizo el bondadoso y misericordioso Jesús?

    6. Dice Lucas: “Jesús estaba echando a un demonio”. Jesús echa al demonio de los pecadores, cuando graba en su corazón el sello de su amor y el signo de su pasión. Dice el bienaventurado Pablo en la epístola de hoy: “Sean imitadores de Dios, como hijos queridísimos; y caminen en su amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros, ofreciéndose en sacrificio de suave olor” (Ef 5, 1-2).

    En esta expresión se destacan dos cosas: el amor y la pasión de Cristo. Las dos cosas echan a los demonios. Por la inmensa caridad con que nos amó, Cristo se entregó a sí mismo por nosotros, ofreciéndose en sacrificio de suave olor. El olor de este sacrificio vespertino, o sea, de la pasión de Jesucristo, echa a todos los demonios.

    Se lee en el libro de Tobías que “éste extrajo de su alforja una parte del hígado (del pez) y la puso sobre brasas. Entonces el ángel Rafael capturó al demonio y lo desterré al desierto del Egipto superior” (8, 2-3). En el hígado, con el que amamos, se indica el amor de Cristo, y en las brasas vivas su pasión. Pongamos, pues, si no todo, al menos una parte del hígado sobre brasas ardientes; y pensemos cómo el Hijo de Dios, nuestro amor y, de alguna manera, nuestro hígado, por su solo amor por nosotros, sobre brasas ardientes, o sea, mediante la cruz y los agudísimos clavos, fue quemado como sacrificio de suave perfume.

    Créanme, hermanos: este suave perfume, o sea, esta memoria de la pasión del Señor, echa a todos los demonios. Y si hacemos esto, entonces Rafael, que se interpreta “medicina”, es decir, el mismo Jesucristo, que es nuestra medicina y el ángel del Sumo Consejo, capturará al diablo y lo desterrará al desierto del Egipto superior, para que no pueda más perjudicarnos.

    Con razón se dice: “Jesús estaba echando a un demonio; y, después de haberlo echado, el endemoniado vio, habló y oyó; y la gente quedó maravillada”. No hace maravillas que, cesando la causa, cese también el efecto. Echado el demonio del pecado original del corazón del pecador, inmediatamente éste comienza a ver, o sea, a conocer; a hablar, o sea, a confesarse; y a oír, o sea, a obedecer. Por esto dice el Apóstol hacia el fin de la epístola de hoy: “Ustedes en otro tiempo eran tinieblas, ahora son luz en el Señor. Caminen, pues, como hijos de la luz. Los frutos de la luz consisten en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5, 8-9). Presta atención a estas tres palabras: “En toda bondad”: he ahí el reconocimiento del pecado, sin el cual nadie puede llegar a la bondad, como decía el buen penitente David: “Reconozco mi iniquidad” (Salm 50, 5). “En toda justicia”.- he ahí la confesión del pecado. ¿Puede haber justicia más grande que la de acusarse a sí mismo? “El justo - dice Salomón- es el primer acusador de sí mismo” (Prov 18, 17). “Y en toda verdad”: he ahí la obediencia, que consiste en obedecer voluntariamente a los preceptos de la verdad, o sea, a los preceptos de Jesucristo y de su vicario. Demos, pues, gracias a Jesucristo, hijo de Dios, que echó al demonio, iluminó al ciego, hizo hablar al mudo y oír al sordo. Y todos juntos, con la devoción de la mente, supliquemos y humildemente pidamos que aleje el pecado mortal de la conciencia de todo cristiano y le infunda la gracia de Dios, para que reconozca su iniquidad, la manifieste en la confesión y obedezca fielmente a los consejos y a los mandatos de su confesor. Se digne concedernos estas gracias, a nosotros y a ustedes, el mismo Jesucristo, al cual se deben el honor, la majestad, el dominio, la alabanza y la gloria por los siglos eternos.

    Y toda criatura diga: “¡Amén! ¡Así sea!”.

    II - Encarcelación de José, o sea, el hombre hecho esclavo del diablo

    7. “Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, todos sus bienes están al seguro; pero, si llega otro más fuerte que él y lo vence, le quita todas sus armas en las que confiaba, y reparte el botín” (Lc 11, 21-22).

    Hacia el fin del Génesis, en la bendición de José se lee: “Su arco se apoyó en el Fuerte (Dios) (49, 24). José se interpreta “crecimiento”, y es figura del predicador, que cada día debe hacer crecer a la iglesia con su predicación. Así podrá decir con José: “Dios me hizo crecer en la tierra de mi pobreza” (Gen 41,52).

    Dios hace crecer al predicador en la tierra de la pobreza, o sea, en el destierro de esta miserable peregrinación, cuando por su medio, y para merecimiento de él, acrecienta el número de los fieles. Su arco es la predicación; y como en el arco hay dos elementos: la madera y la cuerda, así en la predicación debe haber la madera del Antiguo Testamento y la cuerda del Nuevo.

    De ese arco dice Job: “Mi arco se reforzará en mi mano” (29, 20). El arco se refuerza en la mano, cuando la predicación está respaldada por las obras. Declara el bienaventurado Bernardo: “No predica a Dios con fruto, el que no antepone al sonido de la lengua el testimonio de las obras”.

    Y este arco debe apoyarse en el Fuerte, no en el débil; no en el predicador, sino en Cristo, para que todo lo atribuya a El, sin el cual no puede hacer nada bueno. Sólo Cristo fue el verdadero “fuerte”, que ató al fuerte diablo. Por esto se dice en el evangelio de hoy: “Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio De esta segunda parte del evangelio, ante todo veremos el sentido alegórico y después el sentido moral.

    8. El fuerte armado es el diablo. De él y de su armadura se dice en el primer libro de los Reyes: “Salió de los campamentos de los filisteos un hombre bastardo, de nombre Goliat, de Gat. Era alto seis codos y un palmo. Lucía en la cabeza un yelmo de bronce y estaba revestido con una cota de malla a escamas; y sobre sus piernas traía grebas de bronce (pieza de armadura); y un escudo de bronce le protegía los hombros; y el asta de su lanza era como un rodillo de telar” (17, 4-7).

    Goliat se interpreta “el que transmigra” o “ el que se transforma”, y es una figura del diablo, que pasó de las virtudes a los vicios, del gozo a la pena, y que cada día se transforma en ángel de luz, para engañar a los hombres… Y es de Gat, que se interpreta “trapiche”. El diablo exprime a los hombres a través de los aprietos de las tribulaciones, como la uva es exprimida en el trapiche, para que los buenos, como el vino, sean colocados en las bodegas de la vida eterna; y, en cambio, los malos, como los ollejos, sean echados en el basural de la condenación eterna.

    Goliat sale de los campamentos de los filisteos, que se interpreta “cayendo por la bebida”, y son figuras de los pecadores que, embriagados de amor mundano, de la gracia de Dios caen en la culpa y, posteriormente, de la culpa se precipitan en la gehena. En sus campamentos mora el diablo:

    morada del diablo es el corazón del hombre inicuo. Por esto la Glosa, refiriendo el dicho de Habacuc: “A causa de la iniquidad, he visto desbaratadas las tiendas de Etiopía” (3, 7), comenta- “Los que se afanan en conquistar riquezas y honores, llegan a ser morada de los demonios, ellos que debieran ser el templo de Dios”.

    Goliat era bastardo. Se dice bastardo el que en parte es noble y en parte despreciable. Así el diablo es noble en su creación, y despreciable por sus vicios. Se dice que Goliat era alto seis codos y un palmo. Se lee en Ezequiel que ese hombre, cuyo semblante resplandecía como el bronce, tenía en la mano una caña de la medida de seis codos y un palmo, con la cual midió el templo” (40, 3-5). He ahí que, cual fue la medida del templo, tal fue la medida de Goliat. La medida del templo es figura de los diversos grados que existen en la Iglesia, contra los cuales el diablo tiene su medida.

    En los seis codos se entienden las obras de misericordia, o sea, las obras de la vida activa; en el palmo se entiende la vida contemplativa, que apenas se puede gustar en esta vida; y por eso justamente está representada en el palmo. Y el diablo se lanza tanto contra los de vida activa como contra los de vida contemplativa.

    “Y su cabeza lucía un yelmo de bronce”. observa que todas las armas de Goliat eran de bronce. Así son también las almas del diablo. Las armas del diablo son aquellos que lo defienden., para que no sea derrotado en los malos. Y son de bronce, porque son poderosos en tomar las defensas del diablo. Se lee en Job: “ Sus huesos son corno cañas de bronce” (40, 13). Los huesos sostienen la carne. Los huesos del diablo son aquellos que alientan a los demás en el mal. Ellos son como cañas de bronce, que’ abundan en sonidos pero no tienen sentimientos, como la zampoña. Son elocuentes en palabras, pero no hacen ninguna obra buena; y como el bronce, si se lo golpea, resuena, as! éstos, bajo los golpes de la reprensión, responden imprecando.

    “Estaba revestido de una cota de malla a escamas”, o sea, una lámina de metal estaba inserta en la otra. Cota de malla del diablo son los malos, que le están inseparablemente atados. Dice Job: “Su cuerpo está compuesto casi de escudos fundidos, construido con láminas que se presionan entre sí. La una se une a la otra y entre ellas no hay ni un resquicio; una se adhiere a la otra y, encadenadas como están, jamás pueden ser separadas” (41, 6-8). Las escamas del diablo, o sea, sus defensores, se aprietan entre sí, porque uno defiende al otro. “Entre los impúdicos hay gran solidaridad” (juvenal). Están tan estrechamente unidos entre sí, que no puede infiltrárseles ni un soplo de la divina gracia ni de la predicación del Señor. Y como son cómplices del mal en este mundo, as! compartirán el eterno suplicio en el otro.

    “Sobre sus piernas traía grebas de bronce”. Las grebas representan las excusas de la lujuria. El lujurioso protege, como con grebas, sus fémures, cuando, para mayor agravio de su condenación, defiende el pecado de lujuria. Dice Job: “Las sombras protegen la sombra de él” (40, 17). Las sombras, o sea, los lujuriosos, que son negros y oscuros, protegen la sombra del diablo, o sea, disculpan su lujuria, bajo la cual el diablo descansa y duerme, como bajo una sombra.

    “Y un escudo de bronce cubría sus hombros”. El escudo del diablo representa a los que rechazan de sí mismos los dardos de la predicación. De ellos habla el Señor por boca de Ezequiel. “Hijo del hombre, yo te enviaré a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se alejaron de mí. Tú les referirás mis palabras, en la esperanza de que te escuchen y desistan del mal, porque me provocaron a la ira” (2, 3-7). Pero, “no te quieren oír a ti, porque no me quieren oír a mí” (3, 7).

    9. “El asta de su lanza era como el rodillo del telar”. Por medio del rodillo se teje la tela. Esta representa la tentación del mal, por medio de la cual el diablo teje la tela de la iniquidad. El diablo teje la tela como la araña.

    Dice la Historia Natural- La araña, ante todo, extiende los hilos de la trama y traza sus límites; después procede al tejido de la tela desde el centro hacia lo exterior, llenando el espacio, y prepara el lugar conveniente para la caza. Y ella se pone en el centro, como espiando la llegada de algún animalito. Y si cae alguna mosca o algún otro insecto, en seguida la araña se mueve, sale de su lugar de guardia y comienza a atarla y a envolverla con hilos hasta reducir la presa a la inmovilidad. Después, la lleva a su agujero, en el que deposita lo que captura. Y cuando sufre el hambre, chupa sus humores; y su vida y su alimento consisten sólo en aquellos humores.

    Así hace el diablo. Cuando quiere capturar a un hombre, antes extiende unos hilos de pensamientos capciosos y los fija casi en los límites, o sea, en los sentidos del cuerpo, por medio de los cuales puede astutamente conocer el vicio, hacia el cual el hombre se siente mayormente propenso. Después, comienza a tejer en el centro, o sea, en el corazón, y allí dispone la tela adecuada, o sea, la tentación más grave, y en el corazón dispone el lugar más conveniente para la caza. Y el mismo se establece en el centro, como espiando la llegada de algún animalito. El diablo, en todo el cuerpo del hombre, no halla otro miembro más adecuado que el corazón, para dar la caza, para observar y para engañar, porque del corazón del hombre procede la vida.

    Y si ve caer, con el consentimiento del corazón, en la tela de su sugestión alguna mosca, o sea, algún individuo afecto a los placeres de la carne, que de veras debería ser llamado mosca, inmediatamente comienza a atarlo con otras tentaciones y a envolverlo en tinieblas, hasta llegar a debilitar y enervar la mente; y después lleva la mosca, o sea, al mismo pecador, a la cueva donde deposita lo que captura. La cueva propia del diablo es la realización de la obra mala. Allí repone lo que captura con la tela de su capciosa sugestión; y allí chupa su humor, o sea, la compunción del alma. En efecto, mientras el alma tenga la compunción, el diablo de ninguna manera puede hacerle daño. Con razón se dijo: “El asta de su lanza era como un rodillo de telar”.

    10. Ahora ya conoces las armas de que dispone el diablo, del cual se dice: “Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, todos los bienes que posee están al seguro”. Antes de la venida de Cristo, todo el mundo era casa del diablo, y esto no a causa de la creación, sino a causa de la transgresión de nuestros primeros padres. Por la desobediencia de Adán, con el permiso de Dios, tuvo poder también sobre su posteridad. Y así se lo tenía todo al seguro, ya que ni Moisés, ni Elías, ni Jeremías, ni algún otro de los patriarcas del Antiguo Testamento lo podían expulsar de la casa. Finalmente, del trono regio, o sea, del seno del Padre, llegó el implacable guerrero -como se dice en el libro de la Sabiduría (18, 15)-, y se lanzó en medio de aquella tierra de exterminio, que el diablo había arruinado; se lanzó uniendo los dos pies de la divinidad y de la humanidad. Y así liberó -como escribe el Apóstol a los hebreos- a los que por toda la vida habían sido sometidos a la esclavitud y al espanto de la muerte (2, 15).

    Sigue el evangelio: “Si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita todas sus armas en las que confiaba, y reparte el botín”. El más fuerte es Cristo, de cuyas armas escribe Isaías: “Se revistió de la justicia como de una coraza, puso en su cabeza el yelmo de la salvación, se ciñó con los vestidos de la venganza y se cubrió de celo como de un manto” (59, 17).

    La coraza de Jesucristo fue la justicia, porque con pleno derecho expulsó al diablo de la casa que él tenía al seguro. Por haber alargado su mano contra Cristo, en el cual no tenía ningún poder, con toda razón mereció perder a Adán y a toda la posteridad, sobre los cuales creía tener algún poder. “Con toda razón pierde el privilegio, el que abusa de un privilegio que se le concedió” (Gracián).

    “Puso en su cabeza el yelmo de la salvación”. La cabeza es la divinidad. Dice el Apóstol: “La cabeza de Jesucristo es Dios” (1Cor 11, 3). El yelmo es la humanidad. Entonces la cabeza escondida bajo el yelmo es la divinidad escondida bajo la humanidad, que obró la salvación en nuestra tierra. “Y se ciño con los vestidos de la venganza y se cubrió de celo como de un manto”. Jesucristo se ciñó con los vestidos de nuestra humanidad, justamente para hacer venganza del enemigo, o sea, del diablo, y liberar de sus manos a su propia esposa, o sea, nuestra alma.

    Con razón se dice: “Si viene otro más fuerte que él y lo vence, le arrebata todas sus armas”. Las armas del diablo son aquellos cómplices, de los que hemos hablado antes. Y Cristo se los arrancó a todos, cuando de hijos de la ira los hizo hijos de la gracia. Como David derrotó a Goliat con la honda y con la piedra, así Cristo derrotó al diablo con la honda de su humanidad la y piedra de su pasión. Dice David: “Aferra las armas y el escudo, y levántate en mi auxilio” (Salm 34, 2). Aferra las armas, oh Hijo de Dios, o sea, los miembros humanos, y el escudo, o sea, la cruz; y así, con estas armas, tú puedes derrotar al diablo, que guardaba atado en la cárcel al género humano.

    11. Cristo es nuestro José que, como en una cárcel, con las manos y los pies atados, fue crucificado con los clavos entre dos ladrones. El antiguo José, hijo de Jacob, no quiso consentir al nefando adulterio de la meretriz, sino que abandonó en sus manos el manto, con el cual ella quería retenerlo, y huyó. Y ella lo denunció al marido Potifar por haberla ultrajado. Y Potifar, enfurecido, lo echó en la cárcel, en el que estaban atados el copero y el pastelero del rey de Egipto. A ellos, según la exacta interpretación de sus sueños, les dio una predicción cierta y segura de los sucesos futuros: al copero, que de la cárcel regresaría al palacio del rey, y al pastelero, que saldría de la cárcel, pero para ser colgado en un patíbulo.

    Lo mismo hizo Jesucristo, Hijo de Dios, que no quiso consentir a la pérfida meretriz, o sea, a la sinagoga de los judíos. Ella lo quería tener atado por el manto de las observancias legales y las tradiciones de los ancianos, que las utilizaban como un manto, para aparecer justos delante de los hombres. Pero Jesús dejó el manto, o sea, abandonó el rito de la observancia legal, y huyó, pero no como siervo de la ley, sino como el dueño. La sinagoga, al verse ultrajada, lo denunció ante Potifar. Potifar se interpreta “boca que despedaza”, y es figura de Pilato, que dirigió su boca a despedazar, o sea, a flagelar a Jesús. “Se lo entregaré -dijo-, después de haberlo flagelado “ (Mt 2 7, 2 6).

    La meretriz sinagoga acusó ante Pilato a nuestro José, diciendo: “Hemos hallado a este hombre que pervierte a la nación y prohíbe dar el tributo al César. Alborota al pueblo, enseñando por toda la Judea, comenzando desde la Galilea hasta aquí” (Lc 23, 2-5). Entonces Pilato, de acuerdo con las palabras de la meretriz, sentenció que se hiciese lo que ellos pedían y les entregó a Jesús, para que fuera crucificado. Y Jesús fue atado y crucificado con clavos, entre dos ladrones, como José entre el copero y el pastelero.

    A decir la verdad, el buen ladrón, además de ser un santo confesor que, mientras Pedro negaba a Cristo, él lo reconoció, fue un verdadero copero. Se embriagó con el vino de la compunción y ofreció al Señor el cáliz de oro de la fe, esperanza y caridad, diciendo: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino!”. En seguida, mereció oír aquellas palabras: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso”. En cambio, el ladrón malo, que blasfemó a Cristo, diciendo: “Si tú eres Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”, fue el panadero que, según su profesión, amasó el pan, no diría con la harina, sino con el afrechillo de la mala voluntad y con el agua de la incredulidad, y lo cocinó en el horno de su desesperación; y así de la cruz, como de una cárcel, justamente fue condenado al patíbulo de la eterna condenación.

    12. “Y distribuyó su botín”. El botín del diablo eran las almas de los justos, que, por la desobediencia del progenitor, eran retenidas en las tinieblas. Cristo distribuyó este botín, cuando despojó el infierno y entregó a cada alma la gloria del reino celestial (Lc 23, 39…) o, también, el botín fueron los apóstoles y los demás discípulos de Jesucristo, de los que el Padre dice al Hijo: “Acelera, toma el botín, apresúrate a pillar” (Is 8, 3). Oh hijo, acelera tu encarnación, toma el botín con la predicación, apresúrate a pifiar al diablo en tu pasión. Y este botín Cristo lo distribuyo, cuando dio a la iglesia a algunos como apóstoles, a otros como evangelistas a otros como maestros y doctores (Ef 4, 11). Por esto el Profeta: “El rey de los ejércitos estará sujeto al Dilectísimo, y a la belleza de su casa concederá dividir el botín (Salm 67, 13).

    Oh fieles del Dilecto, o sea, de Jesucristo, el rey, o sea, el Padre, que es rey de las potencias celestiales,- concederá a su dilecto Hijo -del cual dijo: “Este es mi Hijo dilecto- distribuir el botín, o sea, los apóstoles, los evangelistas y los doctores, a la belleza de la casa, o sea, a la iglesia, para que la embellezcan.

    Y de la belleza de su Iglesia nos haga partícipes también a nosotros aquel que derrotó al diablo y le arrancó sus armas, Jesucristo, que es bendito y es Dios sobre todas las cosas, por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III - El espíritu de soberbia

    13. “Cuando un fuerte, armado, guarda su casa”. El fuerte armado es el espíritu de soberbia, cuyas armas son los altísimos cuernos con los que hiende el aire y ataca a todo el mundo. Dice Daniel: “Vi un carnero que agitaba los cuernos contra el occidente, contra el septentrión y contra el mediodía. Ningún animal podía resistirle, ni nadie podía escaparse de su poder. obraba según su voluntad y fue exaltado” (Dan 8,4).

    Este carnero simboliza el espíritu de soberbia, que con los cuernos de la arrogancia se lanza contra occidente, septentrión y mediodía. Por occidente se entienden los pobres y los menores, en los que falta el calor de la fuerza y del poder; por septentrión se entienden los iguales. Dice el diablo en Isaías: “Pondré mi sede en el septentrión, y seré semejante, o sea, igual al Altísimo” (14, 13-14); por mediodía se entienden los superiores, en los que se abrasa el ardor de la dignidad y del poder. El carnero de los cuernos, o sea, el espíritu de la soberbia cornuda, se lanza contra occidente, oprimiendo a los pobres y a los menores; y contra septentrión, despreciando a los iguales; y contra mediodía, escarneciendo y ridiculizando a los superiores.

    “Ningún animal podía resistirle, ni nadie podía escaparse de su poder”. oh cornuda soberbia, ¿quién podrá liberarse de tu poder, si hasta al mismo Luzbel -“sello de semejanza (modelo de perfección), cubierto de toda especie de piedra preciosa” (Ez 28, 12-13)- impulsaste a tan alto vértice de ambición? Eres de origen celestial, y por esto solías insinuarte en las mentes de los seres celestiales, escondiéndote bajo la ceniza y el cilicio.

    El profeta David suplicaba ser salvado de los cuernos de esta bestia, cuando decía: “Sálvame de la boca del león, y de los cuernos de los unicornios salva mi debilidad” (Salm 21, 22). En la soberbia del unicornio está indicado el individuo, porque el soberbio quiere sobresalir a solas. En efecto, “ningún poderoso tolera a un socio” (Lucano). Y David detesta la soberbia, diciendo: “Señor, Dios mío, ¡si hice esto!…” (Salm 7, 4). Y observa que, para mayor rechazo de la soberbia, no la quiere ni nombrar con nombre propio.

    Dios detesta la soberbia más que todos los pecados. Dice Pedro: “Dios resiste a los soberbio, mientras da su gracia a los humildes” (1 Pe 5, 5). Y del unicornio se dice en Job: “Quizás, ¿ querrá el rinoceronte, o sea, el monóceros o unicornio, servirte o estar en tu pesebre? (39, 9). Como si dijera: “¡Por cierto, que no!”. El soberbio no puede dar importancia al pesebre del Señor, o sea, que fue acostado en un humilde pesebre, por nuestro amor.

    14. Hay que observar que algunos animales llevan los cuernos encorvados hacia atrás, Esto simboliza a aquellos cuya soberbia es destruida por su lujuria, de tal modo que, aunque sean arrogantes en sus pensamientos, son humillados por la lujuria de la carne. Dice Oseas: “La arrogancia de Israel dará testimonio en contra de él” (5, 5). Suele suceder que, quien no reconoce su soberbia escondida, cuando la descubre a causa del vicio de la lujuria, se cubre de vergüenza.

    Hay otros animales que llevan los cuernos dirigidos hacia adelante, como los unicornios. Esto simboliza la soberbia de los hipócritas, que disfrazan su soberbia bajo la apariencia de la religión. De ellos dice el Eclesiástico: “No faltan algunos que se humillan falsamente; pero su interior está lleno de engaño” (19, 23). Y el bienaventurado Gregorio: “Preciosa cosa es la humildad, con la cual la misma soberbia quiere disfrazarse, para no ser despreciada”.

    Además, hay animales que llevan los cuernos retorcidos en sí mismos, como la vaca salvaje; y esto simboliza la soberbia de algunos que se destruye en sí misma. Dice Isaías: “El Señor de los ejércitos despedazará en el terror el pequeño cántaro de barro cocido, y los altos de estatura serán truncados, y los más grandes serán humillados” (10, 33). El cántaro de barro cocido es la mente del pecador soberbio, hecha de barro y frágil, llena del agua de la arrogancia, que el Señor quebrantará, cuando en la mente del mismo soberbio infunda el terror del último juicio. Y en aquel juicio “los altos de estatura”, que ahora parecen despreocuparse de aquella sentencia: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!”, serán truncados; y “los más grandes”, que ahora caminan con paso solemne, con cabeza erguida y haciendo guiños con los ojos, serán humillados hasta el infierno y el lago profundo, en el cual no hay agua para su refrigerio.

    En fin, hay animales que llevan los cuernos enroscados hacia lo alto, como los ciervos; y esto simboliza a aquellos cuya soberbia procede solamente de la religión. Y ésta es la soberbia más peligrosa. De ella Isaías, dirigiéndose a los religiosos, los que, más que todos, tienen el deber de presentarse como modelos de humildad, hablando con la imagen de la visión del valle, les dice:”¿Qué te pasa que también tú subiste a los techos?” (22, 1). Como si dijera: es tolerable que los seglares deseen subir a lo alto; pero a ustedes los religiosos, que reciben tanta luz, ¿qué les sucedió que también ustedes deseen subir a lo alto?

    15. Sigamos adelante. “Si un fuerte armado guarda su casa”. La casa de la soberbia cornuda es el mismo corazón del soberbio, en el cual la soberbia eligió su morada particular. Como “del corazón parten las venas y en el corazón reside la primera energía que crea la sangre” (Aristóteles), así de la soberbia del corazón procede todo mal: “El comienzo de todo pecado es la soberbia” (Ecli 10, 15). Ella guarda la casa del corazón, para que ninguno de sus adversarios entre por caminos transversales y moleste su seguridad, de la que dice el Señor: “¡oh, si tú ahora, en este día, comprendieras lo que te sirve para tu paz!” (Lc 19, 42); y el Profeta: “Envidié a los inicuos, viendo la seguridad de los pecadores” (Salm 72, 3).

    “Pero si llega uno más fuerte y lo vence Más fuerte es la humildad, de cuya fortaleza dice David a Saúl-. “Yo, tu siervo, maté un león y un oso” (1Rey 17, 36). David se interpreta “de mano fuerte” y simboliza al humilde, que, cuanto más se humilla, más se hace fuerte. El humilde es como aquel gusano, que se Rama “intestino de la tierra” (Aristóteles), que primero se contrae, para luego alargarse mayormente; así el humilde se contrae y se hace pequeño, para luego extenderse con más energía, para lograr los bienes celestiales. Dice el Eclesiástico: “Dios lo elevó de su humillación y le hizo levantar la cabeza” de la tribulación; “y por eso muchos quedaron atónitos” (11, 13). Esto lo dice el humilde y el fuerte David: “¡Yo, tu siervo!”. ¡Oh fúlgida perla! ¡Oh nardo fragante! ¡Oh humildad’ ¡oh cinamomo aromático! “¡Yo, tu siervo!”. El humilde se considera siervo, se proclama siervo, se somete a los pies de todos, se rebaja a sí mismo, se aprecia mucho menos de lo que vale en realidad. Comenta Gregorio: “Es característica de los elegidos apreciarse a sí mismos menos de lo que valen”.

    Este humilde siervo mata el león de la soberbia y el oso de la lujuria. Y observa que afirma haber matado antes el león y después el oso, porque nadie puede suprimir en sí mismo la lujuria, si antes no se esforzó por expulsar de su corazón el espíritu de soberbia. Se dice, pues: “Si sobreviene uno más fuerte y lo vence, le arranca todas las armas en las que confiaba”.

    Las armas del espíritu de soberbia -“los vasos”, diría Mateo (12, 29)son los cinco sentidos del cuerpo, con los cuales, casi usándolos como armas, la soberbia asalta a los demás, y en los que, como en vasos, lleva el veneno mortífero de la insolencia y se lo ofrece a los demás.

    Pero sobreviene la humildad de Jesucristo, “que es Dios bendito sobre todas las cosas”, y que dice: “¡Aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón!” (Mt 11, 29). El entra en la casa del fuerte, o sea, en el corazón, en el que reside la soberbia, la vence y la expulsa. El antídoto de la humildad expulsa el veneno de la arrogancia; y después de haberla expulsado, la humildad le arranca todas las armas en las que confiaba, para que en adelante nada arrogante, nada ambicioso y nada vicioso aparezcan en los sentidos del cuerpo, sino que en todas partes ofrezcan insignes ejemplos de humildad.

    16. “Este cambio es obra de la derecha del Altísimo” (Salm 76, 11). Dice Isaías: “En aquel día habrá en Egipto cinco ciudades que hablarán la lengua de Canaán. La primera se llamará Ciudad del Sol” (19, 18). Egipto se interpreta “tiniebla” o «tristeza”, y simboliza el cuerpo del hombre, que yace en una tierra de tinieblas y de tristezas: tinieblas, porque está oscurecida por la niebla de la ignorancia, y la malicia; tristezas, porque está repleta de dolores y aflicciones. En esta tierra de Egipto hay cinco ciudades, o sea, los cinco sentidos del cuerpo. Entre estas cinco ciudades, la primera se llama Ciudad del Sol.

    Ciudad del Sol son los ojos. Como el sol ilumina al mundo entero, así los ojos iluminan a todo el cuerpo.

    Entonces, en aquel día, cuando llegue el más fuerte, o sea, la humildad, y entre en el corazón del hombre, y venza el espíritu de soberbia, y elimine la ceguera de la mente, cinco ciudades en la tierra de Egipto, que antes hablaban la lengua egipcia, o sea, la concupiscencia de la carne, hablarán la lengua de Canaán, que se interpreta “cambiada”, porque de los vicios pasarán a las virtudes, de la soberbia a’ la humildad. Entonces, en los ojos aparecerán la humildad y la sencillez; en la boca resonarán la verdad y la benignidad; de los oídos se quitarán la calumnia y la adulación; en las manos florecerán la pureza y la piedad; en los pies crecerá la madurez (de la experiencia).

    Supliquemos, pues, hermanos queridísimos, a Jesucristo, que con su humildad derrotó la soberbia del diablo, para que nos conceda también a nosotros quebrantar con la humildad del corazón los cuernos de la soberbia y de la arrogancia, y mostrar siempre en los sentidos de nuestro cuerpo el ejemplo de humildad. Así mereceremos llegar un día hasta su gloria.

    Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    IV - Las siete vacas, las siete espigas y los siete años de hambre

    17. “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares áridos en busca de reposo y, no hallándolo, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”. Y, cuando llega, la halla barrida y adornada. Entonces va y toma a otros siete espíritus peores que él. Ellos entran y moran allí; y la condición final de aquel hombre llega a ser peor que la precedente” (Lc 11, 24-26).

    Dice el profeta Joel: “Como un jardín de delicias es la tierra delante de él; pero detrás de él la soledad del desierto” (2, 3).

    La tierra, que deriva del verbo latino tero (pisotear, triturar), es figura de la mente del hombre, contrita por los pecados. Esta, mientras se halla en presencia de Dios, es como un jardín de delicias. ¿De dónde podrán venir a la mente del hombre un deleite y una alegría tan grandes, sino por hallarse delante de Aquel, con el cual y en el cual todo lo que existe, existe de veras; y sin el cual todo que parece existir, es nada; y sin el cual todo lo que abunda, es miseria? La mente del hombre está en presencia de El, cuando valora no tener ningún bien por sí misma, en sí misma y para sí misma, sino que todo lo atribuye a Aquel que es todo bien, sumo bien, y del que, como del centro, todas las líneas de la gracia arrancan, llegando directamente a la extrema circunferencia.

    Esta tierra, mientras está delante de El, es de veras un jardín de delicias, porque en ella florecen la rosa de la caridad, la violeta de la humildad, la azucena de la castidad. De este jardín dice la esposa en el Cantar: “mi dilecto descendió a su jardín, al cantero de los aromas” (6, 1). El jardín del dilecto es la mente del penitente, en el cual se halla la era de los aromas. En latín areola es diminutivo de era y simboliza la humildad de la mente, la humildad que produce los aromas, o sea, las virtudes. A este jardín desciende y en esta era descansa el dilecto. El mismo dilecto dice en Isaías: “¿Hacia quién dirigiré la mirada sino al humilde y al pacífico, o sea, al pobre de espíritu y al que se estremece por mis palabras?” (66, 2). Con razón se dice: “Como un jardín de delicias es la tierra delante de él”. “Y después de él la desolación del desierto”. Cuando la mente del hombre está delante del rostro de Dios, ya contemplando su bienaventuranza, ya saboreando su dulzura, entonces es de veras un jardín de delicias. Pero, cuando la desventurada mente no quiere estar delante de El, sino detrás de El, o sea, quiere mirar su dorso, entonces el jardín de delicias se transforma en la desolación del desierto. El dorso del Señor son las cosas de este mundo, de las que dice el Señor a Moisés en el Éxodo: “Tú verás mis espaldas; pero mi rostro no lo podrás ver” (33, 23). El que se deleita en estas cosas pasajeras y efímeras, ve sólo las espaldas del Señor y no su rostro. Dijo Agar en el Génesis: “vi las espaldas del que me miraba” (16, 13). Agar se interpreta “el que suscita fiesta” y simboliza el placer de los hombres carnales, que se exalta en las comilonas y en las orgías como en una fiesta. Este tal ve el dorso del Señor, porque se deleita en estas cosas visibles, que ve sólo con el cuerpo. Por esto dice Gregorio. “La mente de los hombres carnales no puede juzgar cosas buenas, sino las que ve materialmente”. Con razón se dice: “Y después de él, la desolación del desierto”.

    En la desolación está simbolizada la esterilidad de la mente y en el desierto la malicia del diablo. El diablo torna desierta y estéril de toda obra buena a la mente en la cual habita. De esta manera se destaca claramente la concordancia entre el evangelio y lo que dice Joel. Cuando Joel dice que “la tierra delante de él es como un jardín de delicias”, concuerda con la primera expresión del evangelio: “Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre”. En cambio, cuando Joel añade: “La desolación del desierto”, concuerda con la segunda expresión: “Entonces va y toma consigo a siete espíritus peores que él”. Con razón, pues, se dice: “Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre”. Y observa que en este evangelio se destacan cuatro puntos muy importantes: la salida del diablo, su tentación contra los justos, el tibio compromiso del alma negligente y el regreso del espíritu inmundo con otros siete espíritus. El primer punto: “Cuando un espíritu inmundo sale”; el segundo: “Merodea por lugares áridos”; el tercero: “Regresado, la halla barrida y adornada”; el cuarto: “Entonces va y toma siete espíritus”.

    18. Primero: “Cuando un espíritu inmundo sale”. observa que el diablo es llamado espíritu inmundo. Dice Gregorio: “Espíritu es nombre de la naturaleza, y Dios lo creó limpio, puro y bueno; pero, por la inmundicia de su soberbia, llegó a ser inmundo y decayó de la pureza de la gloria celestial; y como un puerco inmundo eligió como morada la inmundicia de los pecados y en ella descansa”. De él dice Job: “El duerme a la sombra, en la espesura del cañaveral, en lugares húmedos” (40, 16). En estas palabras son señalados tres vicios. En la sombra, que es fría y oscura, está indicada la soberbia, que expulsa el calor del amor divino y el esplendor de la verdadera luz. En la caña, que es agitada por el viento y es hermosa por fuera y vacía por dentro y cuyo fruto es sólo la pelusilla, está representado el avaro, que es por fuera agitado acá y allá por el viento de la codicia y se jacta de las cosas exteriores pero en su interior está privado de la gracia. Sus riquezas, amontonadas para su ruina, como la pelusilla, serán desparramadas por el torbellino de la muerte. En los lugares húmedos están representados los lujuriosos, que se revuelcan en el barro de la lujuria y de la gula. He ahí, en qué sitio duerme aquel puerco y descansa aquel espíritu inmundo, del cual se dice: “Cuando un espíritu inmundo sale del hombre”. El espíritu inmundo sale del hombre sólo cuando el hombre reconoce la inmundicia de su iniquidad.

    Se lee en el segundo libro de las Crónicas que “los príncipes y los ejércitos del rey de los asirios capturaron a Manasés y, atado con cadenas y grillos, lo llevaron a Babilonia. Reducido a semejante suplicio, oró al Señor su Dios y se arrepintió profundamente delante del Dios de sus padres. Suplicó y conjuró a Dios con fervor. Y Dios escuchó su oración y lo hizo regresar a su reino en Jerusalén. Y Manasés reconoció que sólo el Señor es Dios” (33, 11-13).

    Manasés se interpreta “olvidado”, y es figura del pecador, que, cuando las cosas van bien, se olvida de Dios y de sus mandamientos. Dice el Génesis que el jefe de los coperos del faraón, acariciado por la prosperidad, se olvidó de su intérprete José (que había interpretado favorablemente su sueño). Nuestro intérprete es Jesucristo, que nos habla de la vida eterna, de la que nos olvidamos cuando nos sentimos alentados por la prosperidad de las cosas transitorias. Las cosas temporales hacen olvidar a Dios. Manases, o sea, el pecador, olvidando a Dios, es aprisionado, con el consentimiento de su mente, por los asirios, que se interpretan “dirigentes”, o sea, los demonios que, con el arco de la malicia, dirigen la flecha de la tentación contra el alma para matarla. Y así el pecador, atado con las cadenas y con los grillos de las malas costumbres, es deportado a Babilonia, o sea, a la confusión de la mente, cegada por el pecado.

    Con todo, como la misericordia de Dios es más grande que cualquier malicia del pecador, éste debe hacer como hizo Manasés, del cual justamente se lee: “oró al Señor su Dios y se arrepintió profundamente; lo suplicó y lo conjuró con todas sus fuerzas”.

    Así el pecador, a los cuatro males expuestos anteriormente, debe oponer las cuatro actuaciones siguientes: debe orar al Señor, para que lo saque de las manos de los demonios; debe hacer penitencia, para romper las ataduras del mal comportamiento; debe suplicar al Señor, para que quebrante los grillos de las malas costumbres; y en fin debe conjurarlo con todas sus fuerzas, para que lo libere de la confusión de su mente, cegada por el pecado. Y Dios misericordioso, cuya misericordia no tiene límites, hará como se lee: “Escuchó la oración de Manasés, lo reportó a su reino en Jerusalén; y Manasés reconoció que sólo el Señor es Dios”. El Señor escucha la oración del pecador contrito y humillado y lo vuelve a llevar a su reino en Jerusalén. ¿Y qué es esta Jerusalén si no la infusión de la gracia, la remisión de los pecados y la reconciliación del pecador con Dios, en la cual se goza la visión de la paz” (Jerónimo) y en la cual reina “el que salió de la cárcel y de las cadenas para entrar en el reino?” (Ecle 4, 14).

    Y con esto el pecador puede de veras reconocer que sólo el Señor es Dios, quien lo liberó e hizo salir de él al espíritu inmundo, como lo declara el evangelio: “cuando un espíritu inmundo sale del hombre”.

    19. Segundo: “Merodea por lugares áridos en busca de descanso”. El merodeo del diablo no es otra cosa sino su tentación. El mismo responde en Job: “Di unas vueltas por la tierra y la recorrí” (1, 7). El diablo, ante todo, da vuelta alrededor de la tierra, o sea, la mente del hombre, indagando con astucia a cuál vicio esté más propenso, y después la recorre para tentar a cada uno, según sus observaciones. “Merodea por lugares sin agua”. Los lugares sin agua, o sea, “áridos”, según Mateo (12, 43), son los santos, desecados de los humores de la gula y de la lujuria. Uno de ellos lo dice en el Salmo: “En tierra desierta, sin camino y sin agua; pero ahora me presento delante de ti en el santuario, para ver tu potencia y tu gloria” (62, 2-3).

    Observa aquí las tres virtudes, que santifican al hombre e iluminan la mente para que pueda contemplar a Dios. En la “tierra desierta” se indica la pobreza, en la tierra “sin camino” la castidad y “sin agua” la abstinencia. La tierra es el cuerpo o la mente del justo, que es como un jardín de delicias delante de Dios, al cual dice: “oh Dios, oh mi Dios, en la tierra, o sea, en mi cuerpo o en mi mente, desierta por la pobreza, sin camino por la castidad -o sea, sin ese camino, del cual habla Salomón: “La mujer impúdica es como estiércol por el camino” (Ecli 9, 10), e Isaías: “Diste tu cuerpo como tierra y como camino para los viandantes” (51, 23)-, y sin agua, o sea, seca por la abstinencia de alimentos y de bebidas; as! en el santuario, o sea, en el comportamiento santo, me presenté a ti, para que tú, que estás sentado sobre los querubines, te manifestaras a mí”. Y después añade: “para ver” o sea, para poder contemplar, “tu potencia y tu gloria”, o sea, a Jesucristo, Hijo tuyo. De El dice el Apóstol: “El es potencia de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor 1, 24).; y Salomón: “Gloria del padre es el hijo sabio” (Prov 13, 1). Este es el camino para llegar a contemplar la potencia y la gloria de Dios, El que no avanza por este camino, es como un ciego y como uno que camina palpando con la mano la pared.

    Merodea por lugares sin agua”. El diablo tienta a los santos y a los justos. Job dice de él: “Tiene confianza de que el jordán afluya a su boca” (40, 18). Jordán se interpreta “humilde bajada” o también “arroyo del juicio”, y simboliza a los hombres santos que, si cometen algún pecado, llenos de rubor, se abajan en si mismos y se juzgan en el arroyo de la compunción y de la confesión. El diablo, pues, merodeando por lugares sin agua, tiene confianza que los tales afluyan a su boca. En ellos busca descanso. Pero ellos, como dice Job, “están preparados para despertar al Leviatán” (3, 8). Despiertan (echan) al Leviatán, o sea, al diablo, los que, negándole el consentimiento de la mente, no le permiten reposar en la morada de su corazón. Los santos deben hacer como hacen las abejas que, como se dice, “se detienen para vigilar las aberturas de las colmenas y si, por casualidad, entra por aquellas aberturas un insecto extraño, no toleran que permanezca entre ellas, sino que lo persiguen hasta expulsarlo de la colmena” (Aristóteles). Las abejas son así llamadas, porque se juntan entre sí con los pies, o porque nacen sin pies (abeja, apes, a privativo, sin; pes, pie). Simbolizan a los justos, que se unen entre ellos “con los pies”, o sea, con los sentimientos de la caridad, que les son concedidos no por la naturaleza sino por la gracia, según lo que dice el Apóstol: “Todos hemos nacido hijos de la ira” (Ef 2, 3). Su colmena es el cuerpo, cuyas aberturas son los cinco sentidos y, en sentido espiritual, los ojos, sobre los que deben vigilar con gran cuidado, para que no se infiltre algo extraño o algo diabólico. Y si, por casualidad, por esas aberturas entrara alguna sugestión del diablo o alguna complacencia carnal, de ninguna manera y por ninguna razón toleran que permanezcan con ellas, porque la dilación crea el peligro y, como dicen algunos, el pensamiento malo, morosamente retenido, es pecado mortal. Cuando la razón advierte que el pensamiento se dirige a cosas ¡lícitas y ella, en cuanto pueda, no lo aparta, incurre en un pensamiento malo secundado. En cambio, las “abejas” deben inmediatamente intervenir y con los aguijones de la oración y del arrepentimiento deben perseguir el mal pensamiento y expulsarlo de las colmenas de su cuerpo. Con razón se dice que los justos “están preparados para despertar y apartar al Leviatán”, para que en ellos no halle reposo.

    20. Tercero: “Y, no hallando reposo, dice:

    “Volveré a mi casa de donde salí”; pero, al llegar, la encuentra barrida y adornada”. Mateo dice: “La encuentra vacía, barrida y adornada”. (12, 44). Observa que hay una triple escoba: la contrición, la confesión y la satisfacción.

    De la escoba de la contrición dice el Profeta: “Yo barro mi espíritu” (Salm 76, 7). Barre su espíritu el que con la escoba de la contrición elimina del rostro de su alma las inmundicias de los malos pensamientos y el polvo de la vanidad mundana. De la escoba de la confesión y de la satisfacción, dice el Señor por boca de Isaías, cuando habla de Babilonia: “La barreré con la escoba de la destrucción, dice el Señor Dios de los ejércitos” (14, 23). El Señor barre a Babilonia, cuando purifica con la confesión al alma humillada por los pecados; y destruye con la escoba, cuando la aflige con los flagelos de la satisfacción. Con estas tres escobas se purifica la casa, o sea, el alma del hombre. De esta purificación dice el Señor en Isaías: “Lávense, purifíquense, quiten de mis ojos”, con la escoba de la contrición, “la maldad de sus pensamientos”; y, una vez purificados con la escoba de la contrición, “dejen de obrar inicuamente”; y, después de haberse castigado con la escoba de la satisfacción, “aprendan a obrar el bien” (1, 16-17).

    A veces, de las obras buenas suelen nacer una vana seguridad y hasta ociosidad, que son enemigas del alma; por eso añade: “Halló la casa vacía y adornada”. Declara el bienaventurado Bernardo: “El ocio es la sentina de todas las tentaciones y de todos los pensamientos malos e inútiles”. Se lee en el primer libro de los Reyes que “los amalecitas atacaron a Siceleg desde el sur, y la asolaron y le prendieron fuego; y se llevaron cautivos a las mujeres y a todos los que estaban allí, desde el menor hasta el mayor” (30, 1-2). Los amalecitas se interpretan “lamiendo sangre”, y simbolizan a los demonios, que desean lamer y tragar la sangre de las almas, o sea, las lágrimas del arrepentimiento. Ellos “atacaron a Siceleg desde el sur”. Desde el sur sopla el austral, un viento tibio, del que dice Job: “Observen los senderos de Temán y los caminos de Sabá” (6, 19).

    Temán se interpreta “austral tibio”, y simboliza una conducta de vida superficial y ociosa, sujeta a las tentaciones del diablo. Cuando el espíritu inmundo halla la casa vacía y entregada al ocio, entra allí. Por esto David, como se lee en el segundo libro de los Reyes, al permanecer en Jerusalén y al no ir a la guerra, se pudrió en el ocio y fue castigado con la caída (en el adulterio). Sabá se interpreta “red” o “prisionera”, y simboliza la atadura de la culpa que muy bien se acopla con la tibieza y la ociosidad. En efecto, el que no camina según normas severas sino con pasos apáticos y flojos y se embarca en actividades superficiales, se desvía de todo lo que respecta a Dios. Entonces Siceleg, que se interpreta “emisión de voz clara” y simboliza al alma que debe proclamar su pecado no balbuciendo sino hablando claramente, es atacada por los espíritus malignos desde el mediodía, o sea, desde la tibieza y la ociosidad de su vida y es quemada por el fuego de la iniquidad. Y todo lo que hay en ella de bien y de virtud, tanto de las cosas pequeñas como de las grandes, es capturado. justamente se dice: “La halla vacía y adornada”.

    21. Se lee en la Historia Natural que “las abejas pequeñas son las más laboriosas y tienen las alas sutiles, y son de color negruzco y casi quemado. En cambio, las abejas acicaladas pertenecen al número de las que no hacen nada”.

    Las abejas pequeñas son los hombres penitentes y pequeños a sus ojos. Ellos son de gran laboriosidad y están siempre ocupados en alguna actividad, para que el diablo no encuentre su casa vacía y ociosa. Tienen las alas sutiles, que son el desprecio del mundo y el amor del reino celestial. Con esas dos alas se elevan de las cosas terrenales y se ciernen en el aire, contemplando con mayor intensidad la gloria de Dios.

    Y estas abejas son de color negruzco y como quemado. Así habla el alma del penitente en el Cantar: “Morena soy pero hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Cedar, como las cortinas de Salomón. No reparen en que soy morena, porque el sol me destiñó” (1, 4-5). oh hijas de Jerusalén -o sea, coros de ángeles o almas fieles-, soy morena exteriormente por la ceniza y el cilicio, por los ayunos y las vigilias, pero interiormente soy hermosa por la pureza de la mente y la integridad de la fe.

    “Soy morena como las tiendas de Cedar”, que se interpreta “tristeza”. Vivo en tiendas que se trasladan de un lugar a otro. De ellas salen los soldados para pelear, pero también son atacados. “Aquí, abajo, no tengo una ciudad estable, sino que busco la futura” (Hb 13, 14). Yo combato, pero también se me ataca. En todo esto no tengo sino tristeza y sufrimiento. Pero “soy hermosa como las cortinas de Salomón”, que eran de seda azul y de púrpura. En las cortinas de seda azul están indicadas la pureza de la mente y la contemplación de la gloria celestial; en las cortinas de púrpura están indicadas la integridad de la fe y la aspereza del martirio y del sufrimiento.

    “No reparen en que soy morena, porque me destiñó el sol”. El sol, cuando pasa por algún eclipse, viene a faltar y destiñe todas las cosas. Así el verdadero sol Jesucristo, “que conoce su ocaso” (Salm 103, 19), padeciendo en la cruz el eclipse de la muerte, debe desteñir todos los colores, todas las vanidades, todas las glorias y todos los honores falsos. Dice el alma del penitente: “Soy morena y negruzca, porque me destiñó el sol”. Cuando con el ojo de la fe contemplo a mi Dios, a mi esposo, a mi Jesús, colgado en la cruz, crucificado con clavos, abrevado con hiel y vinagre y coronado con una corona de espinas, toda dignidad, toda gloria, todo honor, toda magnificencia transitoria se me transforman en escualidez; y yo todo lo considero como nada. Estas son las abejas pequeñas, negruzcas y quemadas.

    En cambio, las abejas variopintas simbolizan a los religiosos tibios y fatuos, que se pavonean de la suntuosidad de su vestido, ostentan las “filacterias” (flecos o talismanes) de su vida y ensalzan el cendal de su santidad. Su casa está adornada exteriormente, pero interiormente está llena de inmundicia y de huesos de muertos. Entonces les sucede lo que sigue: “Entonces va y toma consigo siete espíritus…”

    22. Y llegamos al cuarto punto. observa que estos siete espíritus son aquellas siete vacas, de las que en la historia de José se dice que “eran deformes, consumidas por la flaqueza y que devoraron a las otras siete que eran dignas de admiración por su belleza y por su corpulencia”. Asimismo, estos siete espíritus son “las siete espigas, afectadas por el añublo, que devoraron a las otras siete espigas, bien cargadas y lozanas. Y son los siete años de absoluta carestía, cuya duración consumió la abundancia de los siete años precedentes (Gen 41, 1-7).

    Las siete vacas lindas y gordas, y las siete espigas cargadas y lozanas y los siete años de gran abundancia simbolizan los siete dones del Espíritu Santo, señalados por Isaías: “Reposará sobre él el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y lo colmó el espíritu del temor del Señor” (11, 2-3).

    Estos dones son llamados “vacas lindas y gordas” a motivo de la honestidad de las costumbres y de la fecundidad de las virtudes, que ellos infunden en aquel en quien descansan. Y son llamados también “espigas cuajadas y lozanas” por la plenitud de la fe de Jesucristo, que fue “grano de trigo”, y por la plenitud del doble amor de Dios y del prójimo. Estos siete dones del Espíritu son llamados también siete años de “gran fertilidad”, porque “en los siete años de nuestra peregrinación” (o sea, de nuestra vida), con la gracia de los siete dones, el Espíritu hace rebosar de gran fecundidad espiritual la mente, en la que se posan.

    Con todo, ¡ay de mí! ¡Ay de mí! Las siete vacas deformes y escuálidas, las siete espigas afectadas por el añublo, los siete años de gran carestía, los siete espíritus peores que el primer espíritu inmundo entran en la casa vacía y limpia y devoran los siete dones del Espíritu; y así la condición final de aquel hombre se torna peor que antes. Y justamente son llamados peores, por los efectos que producen, porque hacen al hombre peor de lo que era.

    Y observa que estos siete espíritus peores son llamados “vacas deformes y escuálidas”, porque deforman la imagen y semejanza con Dios y deterioran la caridad, que es la riqueza del alma. Son llamados ,espigas afectadas por el añublo”, que es hedor de cosa quemada, por el hedor de los pecados mortales. Y en fin son llamados “años de absoluta carestía” a motivo de la total carencia de obras buenas, que aportan a esa alma desventurada todos los males, y la tienen en una espantosa esclavitud. Con razón se dice: “La condición final de ese hombre se torna peor que antes”.

    Te rogamos, pues, Señor Jesús, que por la potencia de tu gracia alejes del corazón de los fieles al espíritu inmundo, y los vuelvas secos y sin agua, hagas que su conciencia sea pura y fervorosa en tu santo servicio y la colmes con la gracia de los siete dones del Espíritu.

    Se digne concedernos estos favores aquel Señor Jesús, al que pertenecen el honor y la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica