Pestañas abiertas

1 abierta

    Natividad de la Bienaventurada Virgen María

    SERMONES MARIANOS Y DE LAS FIESTAS DE LOS SANTOS

    Prólogo a los cuatro sermones para las fiestas de la bienaventurada Virgen María

    Los Sermones Marianos son seis. San Antonio insertó, entre los Sermones Festivos, uno sobre la Anunciación y otro sobre la Purificación.

    “Brilla como el lucero del alba en medio de nubes, resplandece como la luna en su plenilunio. Es como el sol refulgente, como arco iris esplendente entre nubes de gloria, como la flor de la rosa en la primavera, como los lirios junto a una corriente de agua, como el retoño del árbol del incienso en los días de verano; corno el fuego y el incienso en un brasero, como una copa de oro macizo y adornado con toda clase de piedras preciosas, como el olivo lozano y fecundo y como el ciprés que se eleva hacia lo alto” (Sir 50, 6-1 l).

    He aquí las doce piedras preciosas puestas en la diadema de la cabeza de Aarón. He aquí las doce estrellas en la corona de la gloriosa Virgen. En su alabanza queremos comentar estas expresiones del Eclesiástico, distribuyéndolas en cuatro sermones y haciéndolas concordar con sus cuatro fiestas: la Natividad, la Anunciación, la Purificación y la Asunción.

    Sermón de la Natividad de María: “Como el lucero del alba en medio de las nubes y como la luna en los días del plenilunio”.

    Sermón de la Anunciación: “Como el sol esplendoroso y como el arco iris esplendente entre nubes de gloria”. En la Natividad del Señor: “Como la flor de la rosa en los días de primavera y como los lirios junto a corrientes de agua”.

    Sermón de la Purificación: “Como el retoño del árbol del incienso en los días del verano, y como el fuego y el incienso en un brasero”.

    Sermón de la Asunción: “Como copa de oro macizo adornado con toda clase de piedras preciosas, como el olivo lozano y fecundo y como el ciprés que se eleva hacia lo alto”.

    Exordio

    1. Digamos, pues: “La gloriosa Virgen María fue como el lucero del alba entre las nubes”. Dice el Eclesiástico: “Belleza del cielo es la gloria de las estrellas, gloria que ilumina el mundo” (43, 9). En esta expresión se destacan tres eventos, que resplandecieron admirablemente en el nacimiento de la bienaventurada Virgen.

    Ante todo, la exultación de los ángeles, indicada por las palabras: “Belleza del cielo”. Se cuenta que un hombre santo, mientras perseveraba en devota oración, oyó venir del cielo la dulce melodía de un canto celestial. Pasado un año, la oyó también en el mismo día. Pidió al Señor que le revelara el significado de ese suceso. Se le respondió que en aquel día había nacido la bienaventurada María, por cuyo nacimiento los ángeles cantaban en el cielo las alabanzas de Dios. He aquí porque hoy se celebra el nacimiento de la gloriosa Virgen. 1 En segundo lugar, se destaca la pureza de su nacimiento con las palabras: “La gloria de las estrellas”. Y “como una estrella difiere de la otra en esplendor” (1Cor 15, 41), así el nacimiento de la bienaventurada Virgen se distingue del de todos los santos.

    En tercer lugar, se celebra la luz que resplandeció en el mundo entero, con las palabras: “Ilumina el mundo”. El nacimiento de la gloriosa Virgen iluminó el mundo, cubierto por la tinieblas y la sombra de muerte. Con razón dice el Eclesiástico: “Como el lucero del alba en medio de una nube”.

    María, anunciadora del Señor y toda perfecta en si misma

    2. El lucero del alba se llama lucífero, porque resplandece más que las otras estrellas y con mayor propiedad debería llamarse astro. El lucífero precede al sol y anuncia la mañana, y con el. fulgor de su luz rocía las tinieblas de la noche.

    Lucero del alba y portadora de luz es la bienaventurada María que, nacida en medio de una nube, disolvió la tenebrosa oscuridad y, a los que yacían en las tinieblas, en la mañana de la gracia les anunció el sol de justicia. Refiriéndose a ella, el Señor dijo a Job: “¿Eres tú el que hace despuntar a su tiempo el lucero del alba?” (38, 32).

    Cuando llegó el tiempo de la misericordia y el tiempo de edificar la casa del Señor, el tiempo favorable y el día de la salvación, entonces el Señor hizo surgir el lucero del alba, o sea, la bienaventurada María, para que fuese luz de los pueblos. De ella se debe decir lo que el pueblo de Betulia dijo a Judit: “Te bendiga el Señor por tu fortaleza, porque por medio de ti aniquiló a nuestros enemigos. Bendita eres tú, delante del Señor Dios excelso, más que todas las mujeres sobre la tierra. Bendito sea el Señor, que creó el cielo y la tierra y que te guió a herir la cabeza del jefe de nuestros enemigos. Hoy El exaltó tu nombre, para que no cese jamás tu alabanza en la boca de los hombres” (13, 22-25). La bienaventurada María fue, pues, el lucero del alba en su nacimiento.

    De ella dice Isaías: “Saldrá un retoño de la raíz de Jesé, y un renuevo brotará de sus raíces” (11, 1). Observa que la virgen es llamada “retoño” por las cinco propiedades que éste posee: es largo, recto, sólido, delgado y flexible. Así María fue larga en la contemplación, recta en la perfección de la justicia, sólida por la firmeza de la mente, delgada (sobria) por la pobreza y flexible por la humildad.

    Este retoño nació de la raíz de Jesé, que fue el padre de David; de él desciende María, de la que “nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 16). Por este motivo en el evangelio de hoy se lee la genealogía de Jesucristo, hijo de David.

    3. “Un retoñó brotará de la raíz de Jesé”. Vamos a estudiar qué significado moral puedan tener estos tres elementos: la raíz, el retoño y la flor. En la raíz está simbolizada la humildad del corazón; en el retoño, la rectitud de la confesión y el compromiso de la satisfacción; y en la flor, la esperanza de la eterna bienaventuranza.

    Jesé se interpreta “isla” o “sacrificio”; y es figura del penitente, cuya mente debe ser como una isla. Se llama isla, porque está situada en medio del mar. La mente del penitente está puesta en el mar, o sea, en la amargura, porque es golpeada por los oleajes de las tentaciones; pero resiste inamovible y ofrece a Dios el sacrificio de justicia de suave olor. La raíz de Jesé es la humildad de la contrición, de la que despunta el retoño de la sincera confesión y el compromiso de una conveniente penitencia. Y Observa que la flor no nace de la punta del retoño, sino de la misma raíz: “Y despuntará una flor de su raíz”, porque la flor, o sea, la esperanza de la bienaventuranza eterna, no nace de la mortificación del cuerpo, sino de la humildad del alma.

    Con todo ello concuerda el evangelio de hoy, en el que Mateo, describiendo la generación de Cristo, pone en primer lugar a Abraham, en segundo lugar a David y en tercer lugar la deportación a Babilonia.

    En Abraham, que dijo: “Hablaré a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gen 18, 27), se designa la humildad del corazón. En David, cuyo corazón fue recto con el Señor, quien dijo: “He hallado en David un hombre según mi corazón” (Hech 13, 22), está representada la rectitud de la confesión; y en la deportación a Babilonia están figuradas la práctica de la penitencia y la paciencia en las tribulaciones. Si se realizan en ti estas tres “generaciones”, conseguirás también la cuarta generación, o sea, la de Jesucristo, que nació de la Virgen María, de cuyo nacimiento se canta hoy: “Como el lucero del alba en medio de las nubes”.

    4. “Y brilla como la luna en su plenilunio”. La bienaventurada María es llamada luna plena, porque es perfecta bajo todo aspecto. Mientras la ¡una es imperfecta en su ciclo, porque tiene manchas y tiene cuernos (luna creciente o menguante), en cambio, la gloriosa Virgen jamás tuvo imperfecciones, ni en su nacimiento, porque fue santificada en el seno materno y guardada por los ángeles, ni tuvo cuernos (puntas) de soberbia durante los días de su vida; sino que siempre resplandeció de la plenitud de la perfección. Es llamada luz, porque disuelve las tinieblas.

    Te rogamos, pues, Señora nuestra, para que tú, que eres el lucero del alba, expulses con tu esplendor la nube de las sugestiones diabólicas, que cubre la tierra de nuestra mente. Tú, que eres la luna llena, llena nuestro vacío y disuelve las tinieblas de nuestros pecados, para que merezcamos llegar a la plenitud de la vida eterna y a la luz de la gloria sin fin.

    Dígnese concedérnoslo aquel que te creó para que fueras nuestra luz; aquel que, para nacer de ti, hoy te hizo nacer a ti.

    ¡A El sean honor y gloria por los siglos de los siglos!. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica