Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo IX después de Pentecostés

    Aunque seamos indignos, damos gracias a Dios, uno y trino, porque, con la ayuda de su gracia, hemos completado el ciclo de los EVANGELIOS DOMINICALES (Sermones) hasta el primer domingo de agosto (Octavo Domingo después de Pentecostés).

    Observa que, desde el primero de agosto hasta el primero de setiembre, se leen en la Iglesia los cinco libros de Salomón: los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, el libro de la Sabiduría y el Eclesiástico.

    En el mes de agosto hay cuatro domingos. Si Dios nos lo concede, consideraremos de estos cinco libros las cosas más útiles para la edificación espiritual y más adecuadas a nuestra materia, y hallaremos la concordancia con los evangelios de estos domingos.

    Exordio.

    La ciencia y la vida del prelado o del predicador

    1. “En aquel tiempo había un hombre rico que tenía un mayordomo, el cual fue acusado ante él como disipador de sus bienes” (Lc 16, 1).

    Dice Salomón en los Proverbios: “El que aprieta fuertemente las ubres, para sacar leche, exprime manteca; y el que ordeña con violencia, saca sangre” (30, 33).

    Presta atención a estas cuatro palabras: ubres, leche, manteca y sangre.

    Las ubres representan el Antiguo y el Nuevo Testamento; la leche, la interpretación alegórica; la manteca, la enseñanza moral; y la sangre, la compunción de las lágrimas.

    De las ubres del Antiguo y Nuevo Testamento dice Oseas: “¡Dales, Señor”! ¿Qué les darás? Dales una matriz sin hijos y ubres marchitas” (9, 14). A los predicadores y a los prelados de la iglesia, que cometen prevaricaciones, el Señor les da una matriz, o un vientre, sin hijos. Su mente no es fecundada por la gracia del Espíritu Santo y por esto permanece estéril de obras buenas, sin hijos; y as! sus ubres, o sea, la ciencia del Antiguo y Nuevo Testamento, que predican, resulta árida e infructuosa.

    Dice Salomón en los Proverbios: “Donde no hay bueyes, el pesebre está vacío; donde abundan las mieses, allí es patente la fuerza de los bueyes” (14, 4). El pesebre se dice en latín praesepe, de prae, y sepe, como rodeado de tapia, y simboliza la asamblea de los fieles, que el Señor rodeó con la tapia de la fe.

    Este pesebre está vacío, cuando los bueyes, o sea, los prelados, no están allí con su vida, donde están con su prelatura. En cambio, si con la fuerza de las obras están allí donde están con la grandeza de su dignidad, sin duda, hay abundancia de mieses, o sea, de obras de virtud, en la asamblea de los fieles. Con razón dice Salomón: “El que aprieta reciamente las ubres”.

    Aprieta reciamente las ubres aquel que, a la ciencia de los dos Testamentos, aplica la mano a la obra, para que no se le pueda echar en cara lo que dice Salomón en los Proverbios: “El perezoso mete su mano bajo las axilas y se cansa con sólo llevarlas a la boca” (26, 15). Las axilas son cavidades bajo los brazos, que ellas pueden mover y agitar. Esconde las manos bajo las axilas y no las lleva a la boca aquel que predica con la boca, pero descuida obrar con las manos.

    El predicador, pues, debe sacar de las ubres la leche del relato histórico, para que pueda sacar de la leche la manteca suavísima de la enseñanza moral. Observa que la leche está compuesta de tres sustancias. La primera se llama suero acuoso; la segunda es el queso; y la tercera es la manteca. El suero acuoso simboliza el relato histórico, el queso la interpretación alegórica y la manteca la enseñanza moral, que cuanto más es blanda, tanto más gratamente impresiona las mentes de los oyentes, porque las costumbres están corruptas. Por eso es mejor insistir en la enseñanza moral, que reforma las costumbres, que en la interpretación alegórica que suscita la fe. Gracias a Dios, la fe está esparcida en toda la tierra (Guillermo, abad). “El que ordeña con violencia, saca sangre”. La sangre es llamada así porque vivifica y sustenta, o también porque es suave (asonancia entre el latín sangre y suave), y simboliza la compunción de las lágrimas, que vivifican y sustentan el alma, para que no caiga en el pecado. ¿Y qué hay de más suave que las lágrimas, que manan de la dulzura de la contemplación? “Las lágrimas, dice Agustín, son la sangre del alma”. Se llaman lágrimas de la dilaceración de la mente. El pecador, cuando con vehemencia es “ordeñado” por la palabra de la predicación que eleva en alto su mente, echa sangre, o sea, prorrumpe en lágrimas, por haber derrochado los bienes que el Señor le había confiado. Por esto en el evangelio de hoy se dice: “Había un hombre rico, que tenía un mayordomo …

    2. Observa que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la acusación del mayordomo ante el amo y el despilfarro de sus bienes, cuando se dice: “Había un hombre rico”. Segundo: la convocatoria de los deudores de su amo, cuando se añade: “Llamados los deudores uno a uno”.

    Tercero: la acogida en las tiendas eternas de los que hacen el bien a los pobres, cuando dice: “Y yo les digo: “¡Háganse amigos!”. Procuraremos poner de acuerdo algunos dichos de Salomón con las tres partes de este evangelio.

    En el introito de la misa de hoy se canta: “Yo grité al Señor, y El me escuchará” (54, 17). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los Corintios: “No codiciemos cosas malas” (1Cor 10, 6). La dividiremos en tres partes y veremos su concordancia con las tres partes del evangelio. Primera parte: “No codiciemos cosas malas”; segunda parte: “El que piensa estar de pie”; parte tercera: “Dios es fiel.

    I El mayordomo es denunciado al patrón por dilapidarle los bienes

    3. “Había un hombre rico que tenla un mayordomo, el cual fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás ser más mayordomo”. Entonces el mayordomo dijo para sí: “¿Qué cosa haré ahora que mi amo me quita la mayordomía? Cavar no puedo, y mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que, cuando se me quite la mayordomía, me reciban en sus casas” (Lc 16, 1-4).

    En esta primera parte del evangelio debemos considerar con gran atención qué signifiquen el hombre rico, el mayordomo, el despilfarro de los bienes del amo, cavar y mendigar.

    Este hombre rico es figura de Jesucristo: hombre por la naturaleza humana y rico por la naturaleza divina. Por esto dice Salomón: “El pobre y el rico se encontraron; a ambos los creó el Señor” (Prov 22, 2). El pobre, o sea, la naturaleza humana, y el rico, o sea, la naturaleza divina, están unidas en Cristo, para que el hombre pobre fuese liberado de las penas y de las culpas con las que estaba atado. De las riquezas de este hombre rico se dice en los Proverbios: “La larga vida está en su derecha y en su izquierda las riquezas y la gloria. Sus caminos son caminos deleitosos y todos sus senderos son pacíficos” (Prov 3, 1617). Derecha significa “que da fuera” (en latín, dans extra); izquierda, “que deja fuera” (en latín, sinens extra). La izquierda y la derecha de Jesucristo son sus dos venidas: la primera está indicada en la izquierda, la segunda en la derecha.

    En la primera venida Cristo tuvo las riquezas, o sea, la pobreza y la humildad, que expuso en nuestros mercados, para que las compráramos, y sin las cuales no podemos ser ricos. Presentó también la gloria, que es la alegría en las tribulaciones y la paciencia en las persecuciones. A estos mercados acudieron los apóstoles, que compraron aquellas maravillosas mercaderías, cuando “se retiraron del sanedrín llenos de alegría por haber merecido sufrir ultrajes por el nombre de Jesucristo” (Hech 5, 41).

    Sobre esto tenemos una concordancia en los Proverbios: “¡Es cosa sin valor, es cosa sin valor! -grita siempre el comprador-; pero al alejarse, se jacta” (20, 14). Si piensas ir a los mercados de las tribulaciones, en los que se venden las auténticas riquezas, examina antes si tienes en la bolsa del corazón el dinero de la paciencia y de la alegría, con el cual puedas comprar; diversamente, te aconsejo que no vayas, porque volverías con las manos vacías. En cambio, si puedes contar con el importe, acude y compra. No te preocupes si aquellas riquezas son arduas, si es disgustoso y amargo beber el cáliz de las tribulaciones, porque, cuando regreses, entonces te gloriarás, porque pasarás de la izquierda a la derecha, porque tendrás larga vida: “Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación” (Salm 90, 16).

    “Sus caminos son caminos deleitosos”. Observa que dos son los caminos y dos son los senderos de Jesucristo. El primer camino recorrido fue el del Padre a la madre; y este camino se llama camino de la caridad, de la cual habla el Profeta: “Enséñame, Señor, tu camino; caminaré yo en tu verdad” (Salm 85, 11). El segundo camino fue el de la Madre al mundo, y éste es el camino de la humildad, de la cual habla el Salmo: “En el mar ( en latín, in mari) fue la vía tuya” (76, 20), como si dijera: “Tú te hiciste en María un camino de la humildad. Si a la palabra mari añades el a del pronombre tuya, obtienes María, que se interpreta “estrella del mar”. “Y éstos caminos son deleitosos”. Del primer camino se dice en el Salmo: “Con tu magnificencia y con tu belleza lánzate, avanza felizmente y reina” (44, 5). Oh Verbo, que procediste del corazón del Padre, avanza felizmente hacia la liberación del género humano, procede a asumir la naturaleza humana y, vencido el diablo, reina, para poder decir: “Me fue dado todo poder en el cielo y en la tierra” (28, 18); y lleva a cabo todo esto en la belleza de tu amor, para destruir la lepra de nuestra iniquidad.

    De la belleza del segundo camino se dice en el Cantar: “¡Qué hermosos son tus pies en las sandalias, hija del príncipe!” (7, 1). La Virgen María fue Madre e Hija del Príncipe, o sea, de Jesucristo; y sus pies, o sea, los sentimientos del corazón, fueron hermosos en las sandalias de color jacinto, o sea, en los deseos de la gloria celestial. Dice Ezequiel: “Te di sandalias color jacinto” (16, 10), o sea, del deseo de las cosas celestiales. Y Judit, como se lee en su libro, “puso las sandalias a sus pies” (10, 3). Judit se interpreta “que alaba”, y es figura de la bienaventurada María, que alabó al Señor, diciendo: “Mi alma proclama la grandeza del Señor” (Lc 1, 46). Esta, a los pies de los sentimientos, puso las sandalias de las cosas celestiales.

    Símilmente, el primer sendero de Jesucristo fue el de la persecución judía; y el segundo fue el del patíbulo de la cruz. Sendero se dice en latín semita, o sea, semis iter, medio sendero, porque semis significa “la mitad”.

    Estos dos senderos fueron pacíficos, o sea, portadores de paz. Dice Isaías: “Cayó sobre Él el castigo de nuestra paz; y por sus llagas fuimos curados” (53, 5). El castigo se dice en latín disciplina, o sea, addiscitur plena, que se aprende plenamente. El Hijo de Dios aceptó por nosotros el castigo de la pasión, “para pacificar con su sangre las cosas del cielo y las de la tierra” (Col 1, 20), o sea, reconciliar al género humano con Dios Padre. Considera, alma miserable, cuán grande era la discordia entre tú y Dios Padre, con el cual jamás hubieras podido reconciliarte sino mediante el castigo de su Hijo. Considera, oh pecador, cuán graves eran tus Hagas, que no pudieron ser curadas sino mediante las llagas de Jesucristo. Y como tus llagas eran mortales, y te hubieran llevado a la muerte eterna, por eso el Hijo de Dios quiso morir por ti.

    “Medicina del dolor es el mismo dolor” (P. Siro). Te suplico, pues: no seas ingrato hacia el hombre rico, hacia el Hijo de Dios y del Hombre, porque curó tus llagas con sus llagas, con su muerte te resucitó a ti que estabas muerto y te constituyó administrador de sus bienes, para que los conservaras y no los despilfarraras. Pero ya que no tienes miedo en disiparlos, era necesario que tú rindieras cuenta. “Había un hombre rico que tenía un administrador, a quien se acusó ante su amo de derrochar sus bienes”.

    El mayordomo es llamado en latín villae custos, o sea, custodio de la hacienda; y aquí se usa como ecónomo o administrador, que administra todas las sustancias de la casa. Este administrador es figura de todo hombre, al cual el Señor confió tres especies de dones: los gratuitos (sobrenaturales), los naturales y los temporales. Pero el hombre desventurado disipa los bienes sobrenaturales y naturales pecando gravemente, y despilfarra los bienes temporales acumulándolos ¡lícitamente o gastándolos indebidamente.

    4. Y como suceda este derroche, nos lo explica la concordancia en los Proverbios de Salomón: “Por tres cosas se alborota la tierra, o, mejor, hay cuatro cosas que no puede soportar: un esclavo que llega a ser rey, el necio cuando se harta de alimentos, una mujer antipática cuando se casa y una sirvienta que llega a ser heredera de su señora” (30, 21-23). La tierra, así llamada por su superficie que es pisoteada (en latín, teritur), simboliza la mente del hombre, cuando es “pisoteada” por muchos y diferentes pensamientos; cuando es pisoteada, se estremece; y cuando se estremece, disipa sus energías; y después que las disipó, es despojada de los bienes sobrenaturales y es herida en los bienes naturales. Se estremece, digo, a causa de esos cuatro malditos eventos susodichos.

    El esclavo que llega a ser rey es el cuerpo recalcitrante, del cual habla el Eclesiástico: “El forraje, el palo y la carga para el asno; el pan, el castigo y el trabajo para el esclavo. Trabaja cuando es castigado y ama el reposo; relaja tus manos y él busca la libertad. El yugo y la rienda doblegan el cuello duro y la asidua fatiga amansa al esclavo. Para el esclavo malvado, el tormento y las cadenas; oblígalo al trabajo, para que no esté ocioso, porque la ociosidad enseña mucha maldad. Ponlo a trabajar como corresponde; y si no te obedece, encadénalo” (33, 25-30).

    Con todo, como en el castigar el cuerpo se requiere mucha discreción, sigue el texto sagrado: “Pero no te propases con nadie, ni hagas nada sin justicia. Si tienes un esclavo fiel y juicioso -o sea, si tu cuerpo no te da ninguna molestia-, trátalo como si fuera tu alma, trátalo como un hermano” (33, 3031).

    Símilmente, “el necio harto de alimentos”

    simboliza al espíritu infatuado, embriagado de placeres, del cual se dice: “Cuando se castiga al impío, también el necio se hace más sabio” (Prov 19, 25). o sea, cuando el cuerpo recalcitrante se castiga como se dijo, también el necio, o sea, el espíritu infatuado se hará más sabio, porque no se embriagará más de placeres, sino de lágrimas de arrepentimiento.

    Continúan los Proverbios: “La necedad está atada al corazón del niño; pero la vara de la corrección la alejará de él” (22, 15). El niño simboliza el cuerpo, que se comporta de modo pueril y apetece las flores y los frutos de las cosas temporales. En su corazón está anidada la necedad, o sea, está arraigado el amor a las cosas temporales, que la vara de la penitencia ahuyenta, Con el hombre de corazón soberbio se debe obrar como con el león enfurecido, ante el cual se golpea al cachorro; aterrorizado por los golpes, también él depone su ferocidad. De manera semejante, si se golpea el cuerpo con la vara de la penitencia, el ánimo lleno de soberbia leonina se humilla.

    Símilmente, “la mujer antipática que se casa”. Mujer deriva del latín molicie, o sea, muy blanda, y simboliza el mal pensamiento, que se hace odioso, o sea, pecado, cuando lleva al consentimiento de la mente; y se casa, cuando el pensamiento se realiza en las obras.

    “La esclava que llega a ser heredera de su señora”. La señora es la razón, la esclava la sensualidad. Ni la tierra puede sufrir, cuando ella pretende usurpar el dominio de la razón.

    A causa de estos malditos eventos, el ingrato administrador despilfarra los bienes de su amo, y por eso es acusado ante él. Aclara la Glosa: “Se hace esta acusación, porque no practica las obras de misericordia con aquellos hacia los cuales está obligado”.

    5. “El amo lo llamó”. El dueño llama al administrador, cuando suscita el miedo a la condenación eterna. “Y le dice: “¿Qué es esto que oigo de ti?”. Da cuenta de tu administración”, o sea, mientras estás en esta vida, piensa cómo debes comportarte. Dice Salomón: “El que labra su tierra, se saciará de panes; en cambio, el que se abandona al ocio, se llenará de miseria” (28, 19). Se saciará de panes de la gracia en la vida presente y de panes de la gloria en la vida futura el que labra “la tierra de su cuerpo” con obras buenas. En cambio, el que se abandona al ocio, o sea, a los placeres del cuerpo, se llenará con la miseria de la muerte eterna. “Ya”, o sea, desde el tiempo de la muerte, “no podrás ser más mayordomo”.

    “Entonces el administrador”, apresado por el pánico, “dijo para sí: ¿Qué haré”, para evitar el castigo, “ahora que mi amo me quita la mayordomía? Cavar no puedo, mendigar me da vergüenza”.

    El pecador, cuando considera que con su vida terminarán todas las cosas temporales, se preocupará de encontrar más amigos que acumular riquezas; comprende que, terminada esta vida, no habrá para él más lugar para cavar la tierra de su alma con la azada de la devota compunción, para llevar fruto, y también comprende que sería vergonzoso para él mendigar, como mendigarán las vírgenes insensatas (Glosa) (Mt 25, 8).

    Dice Salomón: “El perezoso no ara durante el invierno; mendigará durante el verano, y nadie le dará” (Prov 20, 4). El que no quiere arar en el invierno de la vida presente es aquel que no quiere hacer penitencia. Arar viene de aes, porque en los tiempos antiguos se araba con el arado de bronce. El bronce es indestructible y sonoro, y simboliza la penitencia asidua que acusa sus pecados, con la que los padres antiguos solían arar su carne. En cambio, nuestros penitentes modernos no aran con el bronce sino con un madero seco. Hoy no hay casi nadie que practique la verdadera penitencia; y por eso mendigarán durante el verano, o sea, en el día de la resurrección final: “¡Señor, Señor, ábrenos!”. Y no se les dará más vida, sino que se les dirá: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!”.

    6. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “No debemos codiciar cosas malas, como ellos las codiciaron. No sean idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: “El pueblo se sentó a comer y a beber; y después se levantó para divertirse. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron; y en un solo día cayeron veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como algunos de ellos lo tentaron; y perecieron por las serpientes. Ni murmuren, como algunos de ellos murmuraron; y perecieron por el destructor” (1Cor 10, 6-10).

    En este pasaje sobresalen cuatro pecados: la idolatría, la fornicación, la tentación y la murmuración, con los cuales se derrochan los bienes del hombre rico. Y estos cuatro pecados concuerdan con los cuatro eventos señalados más arriba.

    El que ama a su cuerpo, que es un esclavo traidor, no según sus necesidades, sino por el placer, es como un idólatra que adora un ídolo, como está escrito en el Éxodo: “Se sentó el pueblo para comer y beber”, delante del becerro de oro, “y se levantaron para divertirse”, o sea, para adorarlo, o para organizar juegos y fiestas en su honor (32, 6). Asimismo, cuando el necio se harta desmedidamente de alimentos, se mancha de fornicación, como se lee en el libro de los Números, que “Israel fornicó con las hijas de Moab, que los invitaban a los sacrificios; y comieron las carnes ofrecidas a los !dolos. Y el furor del Señor se encendió contra ellos y en un solo día cayeron veintitrés mil” (Num 25, 1-6). He ahí que de la gula se pasa a la fornicación, y de la fornicación se llega a la muerte y a la condenación, Símilmente, el que se casa con una mujer odiosa: con el consentimiento de la mente y de la obra mala, tienta a Cristo a quien alaba sólo con las palabras, mientras sigue su propio instinto en lugar de obedecerle a El. El mismo Cristo sucintamente compendió esos tres pecados, diciendo: “El que mira a una mujer con intenciones libidinosas”: he ahí la mujer odiosa, “en su corazón ya cometió adulterio con ella”: he ahí que de alguna manera la asumió en matrimonio” (Mt 5, 28); y así será herido por las mordeduras de las serpientes, o sea, de los demonios.

    En fin, el que hace de la esclava, o sea, de la sensualidad, una dueña de la razón, suscita murmuraciones y disensiones en la habitación de su mente.

    Roguemos, pues, al Señor, que con las cuatro virtudes capitales destruya estos cuatro vicios, afiance la tierra de nuestra mente, conserve en nosotros sus bienes para que no los disipemos y así merezcamos llegar a la posesión de los bienes eternos.

    Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos, ¡Amén! ¡Así sea!

    7. “Había un hombre rico que tenla un administrador” (1). Este administrador es figura del prelado, al cual el Señor confió en custodia su hacienda, o sea, la Iglesia. A este prelado le habla Salomón en los Proverbios: “Sé diligente en conocer el rostro de tus ovejas y mira con cuidado por tus rebaños. No podrás tener para siempre este poder; pero te será dada una corona para perpetuas generaciones” (27, 23-24).

    Oh prelado, procura conocer a fondo el rostro de tus ovejas, o sea, de tus súbditos: si tienen en la frente la tau de la pasión del Señor, que recibieron en el bautismo, o si la rasparon y sobrescribieron “la marca de la bestia” (Ap 13, 16). Y gobierna bien a tu rebaño, para que no haya alguien inficionado por el morbo de la herejía o del cisma, y pueda contagiar también a los demás.

    “Corre”, pues, como dice el texto bíblico, “apresúrate y despierta a tu amigo. No concedas sueño a tus ojos, ni se duerman tus párpados” (Prov 6, 34). No vas a tener este poder para siempre, sino de manera interina. Si velas y cuidas con diligencia a tu rebaño, se te dará la corona por los siglos de los siglos. He ahí en qué modo el mayordomo deba custodiar la hacienda de su amo.

    Sin embargo, ¡ay de mí, ay de mí! No diría un mayordomo, sino un ladrón, un lobo, destruye la hacienda del amo y devora los bienes encomendados. Y cómo la malicia de los prelados destruya a la iglesia, nos lo explica Salomón: “Por tres cosas se alborota la tierra, o, mejor, cuatro cosas no puede soportar: un esclavo que llega a ser rey, un necio harto de alimentos, una mujer odiosa que se case y una esclava que llegue a ser heredera de su dueña” (Prov 30, 21-23).

    La tierra, bendecida por el Señor, es la santa iglesia, de la que El mismo dice en el Génesis: “Produzca la tierra hierbas lozanas” (1, 11). Sobre este tema estudia el sermón del domingo de Septuagésima: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra”.

    Esta tierra, o sea, la comunidad de los fieles, es sacudida en estabilidad de su fe y en la santidad de su vida por los malos ejemplos de los prelados. “El esclavo que llega a ser rey”. “El esclavo que reina es el prelado, esclavo del pecado, hinchado del espíritu de soberbia, un mono en el tejado, que es cabeza del pueblo de Dios” (San Bernardo). De él dice Salomón: “Un león rugiente, un oso hambriento, un príncipe impío está a la cabeza de un pueblo pobre” (Prov 28, 15).

    El prelado de la iglesia, esclavo que reina y príncipe inicuo, es un león rugiente por la soberbia, oso hambriento por la rapiña, y despoja al pobre pueblo. Más aún, observa que este desdichado es más cruel que un oso. Dice la Historia Natural que la índole del águila y del oso es tal que jamás hacen rapiñas en la zona, donde puso el nido o donde eligió la caverna (Aristóteles).

    ¡Oh servidor malvado, ten al menos consideración por los tuyos, entre los cuales pusiste el nido de tu estiércol y el antro de tu ceguera!

    Este servidor se porta con sus súbditos como el buitre con sus polluelos. Dice la Historia Natural que “el buitre echa fuera del nido a los polluelos, antes de que puedan volar” (Aristóteles); y se porta así por aversión hacia ellos, aversión inserta en su naturaleza, originada por la voracidad. Cuando está hambriento, hace muchas presas y es celoso de los pequeños, a los que ve crecer y engordar.

    El buitre debe su nombre a su vuelo lento (en latín, vultur, buitre, y volatus tardus, vuelo lento); y no puede tener un vuelo rápido a motivo de la grandeza de su cuerpo.

    El buitre es figura del prelado de la Iglesia, que, obstaculizado por las cosas temporales, no puede elevarse en vuelo de las cosas terrenas a las celestiales. El, con el mal ejemplo de su vida, echa a sus súbditos. Aun antes que sepan volar, o sea, que sepan despreciar las cosas mundanas y amar las cosas celestiales, él los expulsa del nido de la fe, aniquilando su buen propósito.

    ¡Ay de mí! ¡Cuántos cristianos se convirtieron a la herejía, después de haber despreciado, por el mal ejemplo de los prelados, el nido de la fe, del cual dice Job: “Yo moriré en mi pequeño nido” (29, 18). Y como “por envidia del diablo la muerte entró en todo el mundo” (Sb 2, 29), este prelado envidia a sus súbditos, sus parroquianos, cuando los ve prosperar en la abundancia.

    “El envidioso se consume por la prosperidad ajena” (Horacio). Si se atormenta por la felicidad ajena, ¿a quién podrá desear felicidad? ¿De cuál dichoso evento podrá complacerse? Si es malvado con los suyos, ¿Cómo podrá ser bueno con los demás?

    (Ecli 14, 5). Por culpa de tal esclavo sufre ruinas la Iglesia de Jesucristo.

    La tierra se alborota “por el necio harto de comida”. El necio saturado de alimentos es el prelado de la iglesia, glotón y lujurioso, del que se dice en los Proverbios: “El que ama la comida suculenta y el vino, no se enriquecerá” (21, 17), de bienes espirituales. Y a él le habla Salomón: “oh Lamuel, no des, no des vino a los reyes, porque no se guarda secreto alguno allí donde reina la embriaguez. Si beben, se olvidan de sus juicios”, o sea, de los beneficios, traicionan la causa de los hijos de los pobres” (Prov 31, 4-5).

    Lemuel se interpreta “en él está Dios”, y es figura del prelado, en el cual está Dios por la dignidad de su oficio y –!ojalá!- por su santidad de vida. A él se le ordena dos veces, para que se lo grabe bien en la memoria, el mandato: “No des, no des a los reyes el vino”. Aquí por “reyes” se entienden todos los fieles, miembros del sumo Rey, a los que, oh prelado, no les debes dar vino, en el cual son designadas la gula y la lujuria; o sea, no los corrompas con el mal ejemplo de tu vida.

    “No debes -repito- darles el vino”, porque, donde reina la embriaguez tanto en el prelado como en el súbdito, no hay más algún secreto de pureza y de castidad.. “No debes darles vino”, para que, embriagados por el ejemplo de tu vida disoluta, no olviden los juicios de Dios y para que, impulsados por un juicio injusto, traicionen la causa de los hijos de los pobres, que demandan se les haga justicia.

    Cuando duele la cabeza, también los demás miembros del cuerpo sufren. Si se seca la raíz, se secan también las ramas. Está escrito en los Proverbios: “Si falta la profecía, el pueblo se desenfrena” (Prov 29, 18). Si falta el ejemplo de vida y la enseñanza de la verdad en el prelado, también el pueblo se corrompe: olvida los juicios de Dios y traiciona injustamente la causa de los pobres.

    ¡Oh! ¡Qué gran ruina causa al pueblo la vida disoluta del prelado, el cual, cuando está harto de alimentos, se olvida de Dios y del pueblo que se le confió. El, como está escrito en los Proverbios, se comporta como una mujer adúltera, “la cual come y, limpiándose la boca, dice: “¡No cometí ninguna maldad!” (30, 20). También el prelado, a pesar de todo el mal cometido, desea aparecer delante de los hombres santo y justo.

    8. Símilmente, la Iglesia se arruina “por causa de la mujer antipática, cuando se la recibe en matrimonio”. Esta mujer simboliza la simonía de los prelados, que, cuando es prometida, es odiosa y, cuando se la acepta, es como tomada en matrimonio. De esa mujer Salomón habla así: “La mujer insensata es alborotadora, experta en seducciones pero ignorante; se sienta a la puerta de su casa en una silla , en los lugares altos de la ciudad, para llamar a los viandantes, que van derechos por su camino, y les dice: “El que es pequeño (inexperto), venga a mí”. Y habla as! al insensato: “Las aguas furtivas son más dulces, y el pan comido a escondidas es más sabroso” (Prov 9, 13-18). Los que se le juntan, se desplomarán en el infierno; sólo el que se aleja de ella, se salvará. Observa que la simonía es llamada “mujer insensata y alborotadora, llena de seducciones e ignorante”. “Mujer”, porque por su causa casi todos son corruptos. “Insensata”, porque vende oro por plomo, lo espiritual por lo material.

    “Alborotadora”, porque ladra descaradamente contra tribunales y curias. “Llena de seducciones”, que compra para su vergüenza, dando en pago su alma. “Ignorante”, o sea, no comprende, que Dios no puede dejar impune un delito tan grave, porque “el dinero del simoníaco irá con él en perdición, porque vende por dinero el don de Díos, dado gratuitamente” (Hech 8, 20).

    “Se sienta a la puerta de su casa”. La casa de la simonía es la mala voluntad del simoníaco; y sus puertas, en las que está sentada la simonía, son las manos y la lengua. En efecto, el que con una oración o por dinero, con la palabra o con un don, con una promesa o con un obsequio, por temor o por amor terreno y carnal, vende o dona una cosa espiritual o anexa a lo espiritual, es simoníaco, y no puede salvarse si no restituye y no hace una verdadera penitencia. En síntesis, la mala voluntad de comprar o vender una cosa espiritual hace al hombre simoníaco.

    Y como la simonía se elige los lugares más elevados en los más eminentes prelados de la Iglesia, el texto bíblico añade: “Sentada en una silla, en el lugar más alto de la ciudad”. La ciudad es llamada en latín urbs, de orbe o círculo, porque los antiguos construían la ciudad dentro de un circulo.

    La ciudad es figura de la iglesia, que debe ser redonda, o sea, perfecta, a la que el Señor dice- “¡Sean perfectos, como es perfecto su Padre celestial!” (Mt 5, 48). Y el lugar más alto de la iglesia es la dignidad de la prelatura. La simonía, pues, se sienta en una silla en el más alto lugar de la ciudad, o sea, en las cátedras de la dignidad eclesiástica. Ya que apetecen estas dignidades, serán privados de las segundas (o sea, las del cielo), “cuando caerán de la silla de espaldas y se romperán la cabeza” (1Rey 4, 18).

    ¡Ay de aquellos que de buena gana aceptan donaciones, porque éstas ciegan los ojos de los sabios! Estos construyen Jerusalén en la sangre, o sea, otorgan los beneficios eclesiásticos a los consanguíneos, a los sobrinos y a las sobrinas. De alguna manera es sacrilegio dar las cosas de los pobres a los que no son pobres. Si das algo a los parientes, no se lo debes dar porque son parientes, sino porque son pobres.

    Cuídate, pues, de echar el patrimonio de Jesucristo “en la corbona, tesoro, porque es precio de sangre” (Mt 27, 6). Por eso, no debes dar la sangre a la sangre, sino que has de dar a los peregrinos y a los pobres, “por cuya sepultura, con el precio de la sangre del Señor, se compró el campo llamado Acéldama”, (campo de sangre), o sea, la santa Iglesia, cuyos bienes no pertenecen a los ricos, sino a los pobres.

    “Para invitar a los viandantes, que van derechos por su camino”. Los viandantes y los que van por su camino son los penitentes, los cuales, “no teniendo aquí una ciudad estable” (Hb 13, 14), libres de sus cargas, corren en pos de Jesús, apresurándose a conquistar la palma de la suprema llamada. La mujer insensata, sentada en lo alto, los llama para que vayan a ella. En cambio, ellos rehúsan absolutamente desviarse hacia ella, porque “no buscan la gloria que viene de los hombres, sino la que viene de Dios” Un 5, 41).

    Lamentablemente, el inexperto y el insensato (en latín, vecors, sin corazón), o sea, los carnales, que sólo saben a carnalidad, cuya gloria será su confusión, se dirigen a ella, beben el agua furtiva y devoran a escondidas su pan. Las aguas furtivas son las prebendas que se toman como el agua, pero clandestinamente, o sea, simoniacamente. Y el pan, comido a escondidas, simboliza la grandeza de las dignidades, que se confieren a escondidas, casi en la oscuridad, a los que son ciegos de vida y de ciencia. Estos cargos son tanto más dulces y gratos, cuanto más grandes son el ardor de la sed y el hambre de la codicia para procurárselos.

    Y esos infelices ignoran que allí, en las dignidades logradas de esa manera, están los gigantes, o sea, los demonios; y sus convidados, o sea, los simoníacos, serán eternamente castigados, junto con el diablo, en lo profundo del infierno. El que se junte en matrimonio con esa odiosa mujer, se hundirá en el infierno; en cambio, el que se aleja de ella, se salvará. Con toda razón se dice que la simonía es la ruina de la iglesia.

    9. “La tierra se alborota también a causa de una esclava que llega a ser heredera de su señora”. La señora simboliza la teología, la esclava la ley o códice Justiniano, y la ciencia fuente lucrativa. Hoy se prefiere la esclava a la señora, Agar a Sara, la ley justiniana a la ley divina.

    Los prelados de nuestro tiempo, que no son discípulos de Cristo sino del anticristo, despreciada la legítima consorte, no se avergüenzan de unirse a una concubina que, constatando estar encinta, desprecia a su señora (Gen 16, 4). En las curias episcopales los bribones hacen resonar la ley de Justiniano, no la de Cristo; cuentan historietas, pero no según tu ley, oh Señor, ley que ya está abandonada y tomada en odio. Por esto siente el impulso de gritar y de decir a Abraham: “Te comportaste injustamente conmigo. Yo te di en brazos a mi esclava; y ella, al ver que había concebido, me mira con desprecio” (Gen 16, 5). Por ahora Abraham no presta atención a la cosa; pero sin duda negará el momento en que dirá: “Echa fuera a la esclava y a su hijo; sólo la libre tendrá derecho ala herencia” (Gen 2 1, 10).

    ¡Oh, qué desventurado es aquel que dedica sus esfuerzos a la ley, según la cual son juzgadas las cosas temporales, y no se preocupa de aquella ley según la cual él mismo será juzgado!

    Sobre este argumento mira una exposición más completa en el sermón del II domingo después de Pascua, sobre el evangelio: “Yo soy el buen pastor”.

    He aquí que ahora ya sabes como el mayordomo despilfarra los bienes del Señor, y como por la malicia de los prelados se arruina la Iglesia, la cual, vejada por su iniquidad, se dirige a su Esposo con las palabras del introito de hoy: “Cuando grité al Señor, El escuchó mi voz contra los que se me acercan. Los humillará aquel que existe antes de los siglos y vive eternamente. Echa sobre el Señor tus afanes y El te sustentará” (Salm 54, 17-23). Aquí debemos considerar tres cosas: la aceptación del grito de la iglesia, el rechazo de los falsos ministros y el consuelo de la misma iglesia. La iglesia, marcada por la pobreza de su Esposo en medio de una nación inicua y perversa, que se le acerca sólo de palabra y no de obra, con el cuerpo y no con el espíritu, grita al Señor, pidiendo que la libere de la opresión de esta nación perversa. Y el Señor benévolo la liberará y humillará en lo profundo del infierno a la nación perversa y pecadora que pretende ser llamada iglesia y en cambio es la “sinagoga de Satanás” (Ap 2, 9); y hará esto cuando “limpiará su era y recogerá el trigo en su granero y quemará en el fuego inextinguible la paja, o sea, a aquellos que ahora se dispersan a la búsqueda de la paja de las riquezas (Mt 3, 12).

    Oh iglesia pobrecilla, trastornada por la tempestad y sin consuelo alguno, echa tus afanes en el Señor, y El te sustentará, porque, como dice Isaías, “serás amamantada de los pechos de los reyes” (60, 16). Estos reyes son los apóstoles; los dos pechos son la doctrina de Cristo y la gracia del Espíritu Santo, con las que fueron amamantados los apóstoles y con las que serás amamantada también tú hasta que, creciendo de virtud en virtud, contemplarás al Dios de los dioses en Sión (Salm 83, 8), al cual sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.

    II - Convocatoria de los deudores del patrón

    10. “El mayordomo llamó a cada uno de los deudores de su amo y preguntó al primero:

    “¿Cuánto debes a mi amo?”. Y él contestó: “Cien barriles de aceite”. Le dijo: “Toma tu recibo, siéntate pronto y escribe cincuenta”. Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Y él le contestó: “Cien quintales de trigo”. Le dijo: “Toma tu cuenta y escribe ochenta”. Y el amo alabó al mayordomo deshonesto, porque había obrado sagazmente, porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de la luz” (Lc 16, 5-8).

    La Glosa explica así las medidas nombradas en este pasaje: “El barril es llamado en griego kados, y en latín ánfora, contiene tres urnas. El quintal es llamado en hebreo coro y contiene treinta almudes. Todo esto puede entenderse más sencillamente: el que alivia por la mitad o por un quinto la miseria del pobre, recibirá la recompensa por su misericordia.

    Sentido moral. Vamos a estudiar ahora el significado de los dos deudores, de los cien barriles de aceite, de los cien coros de trigo y de la reducción a cincuenta y ochenta.

    Los dos deudores representan a todos los fieles cristianos, que deben observar los dos preceptos de la caridad, por la cual deben amar a Dios y al prójimo. En los cien barriles de aceite está simbolizado el amor de Dios; y en los cien quintales de trigo, el amor del prójimo.

    ¿Y por qué razón el aceite simboliza el amor de Dios? El aceite flota por encima de todo líquido; y ésta es la causa. En la sustancia aceitosa no hay elementos de agua y de tierra, sino de aire, y por esto flota sobre el agua, porque el aire que lo impregna, lo levanta como si fuera un odre; y de ahí viene su levedad (Aristóteles). Así también el amor de Dios debe estar por encima de todo otro amor.

    Dice Salomón: “El fruto de la sabiduría es más precioso que toda riqueza; y todo lo que se puede desear, no se le puede comparar” (Prov 3, 14- 1 Salm). El fruto de la sabiduría es el amor de Dios; y el alma, después de haber saboreado su dulzura, “comprende cuán suave es el Señor” (Salm 33, 9). ¿Puede haber algo más precioso? ¿Algo más deseable? A él no se le pueden comparar ni riquezas ni gloria.

    Y como en el aceite no hay nada de agua ni de tierra, sino de aire, así en el amor de Dios no debe mezclarse nada de carnalidad ni de terrenidad, sino sólo aire, o sea, la pureza de la mente y una conducta celestial. ¡Bienaventurada el alma, que guarda en sí el amor de Dios, porque flota sobre todas las aguas, porque el aire que se halla en el alma amante, la lleva en alto!.

    11. Se lee en el Génesis: “El Espíritu del Señor se cernía sobre las aguas” (1, 2). Este pasaje puede interpretarse de cuatro maneras.

    Primero: como la mente del artífice se cierne sobre la obra que está por hacer, y como las aves se posan delicadamente sobre los huevos, de los que nacerán los polluelos, así el Espíritu del Señor se cernía sobre las aguas, de las que “haría nacer toda especie de criaturas, según su género” (Gen 1, 11). Segundo: el Espíritu del Señor, o sea, la inteligencia espiritual, debe cernerse sobre las aguas, o sea, sobre la inteligencia carnal. Dice Juan: “Es el Espíritu que da vida; la carne -o sea, la inteligencia carnal- no sirve para nada” (6, 64). “La letra mata -como en el segundo libro de los Reyes se relata que Urías llevó consigo la carta de su muerte (2 R 11, 14)-; es el Espíritu que da la vida “ (2Cor 3, 6).

    Y Ezequiel dice: “El Espíritu de vida estaba en las ruedas” (1, 20). En las ruedas del Antiguo y del Nuevo Testamento se halla el Espíritu de vida, o sea, la inteligencia espiritual, que da vida al alma. Se lee en los Proverbios: “La ley del sabio es manantial de vida, para apartarse de la ruina de la muerte” (13, 14).

    Tercero: el Espíritu del Señor, o sea, el prelado espiritual, se cierne sobre las aguas, o sea, sobre los pueblos. En efecto, cuanto la vida del pastor es superior a la de las ovejas, tanto la vida del prelado debe ser superior a la de los súbditos. Dice Ezequiel: “Sobre las cabezas de los seres vivientes habla, extendido sobre sus cabezas, una especie de firmamento, semejante a un cristal esplendente, que suscitaba terror” (1, 22). Este firmamento es figura del prelado, en el cual deben resplandecer el sol de una vida sin mancha, la luna de la doctrina que ilumina la noche de este destierro, las estrellas de una buena reputación; y su conducta debe ser transparente como el cristal y debe causar temor. En el cristal están simbolizadas la constancia de la mente y las caricias de la mansedumbre; y en el terror, el rigor de la corrección. El prelado, pues, debe tener firmeza y dulzura, debe ser severo y suscitar terror, cuando las circunstancias lo reclamen; y así se cernirá sobre las aguas y sobre la cabeza de los seres vivientes, o sea, de sus súbditos, sobre los cuales se extenderá, como el firmamento, para protegerlos y defenderlos.

    Cuarto: el Espíritu del Señor, o sea, el alma que ya concibió el espíritu del amor divino, se cierne sobre las aguas, o sea, sobre las cosas temporales: Dice el Génesis: “El arca flotaba sobre la superficie de las aguas. Y las aguas subieron mucho sobre la tierra y cubrieron todos los montes más altos que hay debajo de todo el cielo” (7, 18-19).

    Las aguas de las riquezas y de las concupiscencias ya subieron tanto que cubrieron toda la tierra. Por eso dice Isaías: “Su tierra está llena de plata y de oro, y sin fin son sus tesoros”: he aquí la avaricia; “y su tierra está repleta de caballos y son innumerables sus cuadrigas”: he ahí la soberbia; “y su tierra está llena de !dolos”: he ahí la lujuria (2, 7~8). Toda la tierra está cubierta por estas malditas aguas; y lo que es mucho peor y peligroso, también todos los montes más altos, o sea, los prelados de la iglesia, están cubiertos por esas aguas. Pero el arca de Noé, o sea, el alma del hombre espiritual, flota sobre las aguas, porque lo juzga todo como estiércol. Con razón, pues, se dice que el aceite del amor divino flota sobre todo líquido.

    En los cien barriles de aceite se debe entender la perfección del amor de Dios. El mayordomo, o sea, el prelado, debe decir a todo fiel que es deudor de Dios: “¿Cuánto debes a mi amo?”. o sea, ¿en qué medida estás obligado a amar a Dios? Responderá: “Cien barriles de aceite”; o sea, estoy obligado a amar a Dios con un amor perfecto, porque estoy obligado a amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas mis fuerzas. Sin embargo, como soy un pecador, no tengo fuerza para llegar a aquella perfección del amor. Entonces el mayordomo de la iglesia, proveyéndose a sí mismo y al otro, debe decir: “ Toma tu caución (recibo), siéntate pronto y escribe cincuenta”. Caución viene de cautelarse, y es una obligación escrita con la propia mano.

    Observa que aquí están indicadas tres cosas, en las que consiste la verdadera penitencia. El prelado, o el sacerdote, debe decir al pecador: ya que no puedes subir a aquella perfección del amor, mientras tanto, “recibe tu caución”, o sea, prepara tu vida para hacer penitencia; “siéntate”, en la contrición del corazón; “siéntate pronto”, o sea, porque el tiempo es breve; “y escribe”, con la confesión de la boca; “cincuenta”, en obras de satisfacción. Sobre este número cincuenta hallarás un tratado más amplio en el sermón del día de Pentecostés: “Al cumplirse los días de Pentecostés”.

    12. “Y después preguntó a otro: “Tú, ¿cuánto debes a mi amo?”. El respondió: “Cien quintales de trigo”. Le dijo: “Toma tu cuenta y escribe ochenta” (Lc 16, 7).

    El trigo simboliza el amor al prójimo, del que Salomón dice: “Al que esconde el trigo, el pueblo lo maldecirá; en cambio, se invoca una bendición sobre la cabeza de los que lo venden” (Prov 11, 26). “El que esconde el trigo”, o sea, sustrae su amor al prójimo, “será maldecido” en aquella reunión universal, en la que todos los pueblos se juntarán delante del tribunal del juez. En cambio, “será invocada la bendición: “¡Vengan, benditos de mi Padre!”, sobre la cabeza de los que lo venden”. Si vendes al prójimo el trigo del amor, recibirás el premio de la recompensa eterna. Se dice en los Proverbios: “Presta al Señor el que hace la caridad al prójimo; y el bien que hizo, se lo volverá a pagar” (19, 17). En los cien quintales de trigo se entiende la perfección del amor interior.

    Diga, pues, el mayordomo, diga el sacerdote o el prelado de la iglesia al pecador: “¿Cuánto debes?”, o sea, ¿cuánto debes amar a tu prójimo en Dios? Responderá: “Cien quintales de trigo”, o sea, debo amar al amigo y al enemigo, en Dios y por Dios; y por mi prójimo, si fuera necesario, debo estar dispuesto a dar la vida. Sin embargo, como soy débil y carnal, no llego a una tal perfección del amor al prójimo. Entonces el administrador debe decirle: “Ya que todavía no estás dispuesto a arriesgar tu vida por el hermano, por el momento, “toma tus letras (cuenta) y escribe ochenta”. La palabra “letra” suena casi como legitera, o sea, légit iter, muestra el camino al que lee, o “reitera leyendo”.

    “Toma, pues, tus letras”, o sea, prepara el camino de tu mente para el amor al prójimo; “y escribe ochenta”, o sea, enseña al prójimo para que no yerre y socórrelo para que no desmaye; instruye su espíritu en la doctrina de los cuatro evangelistas; alimenta su cuerpo, compuesto de los cuatro elementos, con el subsidio de un beneficio temporal; y así escribe ochenta. Y debes tener siempre estas letras ante tus ojos, para que, cada vez que veas al prójimo, escribas en él ochenta; y escribiendo, leas; y leyendo reiteres tu buena acción. Si tú lees en este sentido, las mismas letras te prepararán el camino, por el cual llegarás a merecer el premio.

    13. “Y el amo alabó al mayordomo inicuo, por haber obrado sagazmente, porque los hijos de este mundo, en el trato con sus semejantes, son más sagaces que los hijos de la luz” (Lc 16, 8). El sacerdote, o el prelado de la Iglesia, es llamado deshonesto, porque, llevando una vida mala, disipa los bienes de su Señor. “Inicuo” quiere decir no ecuo, no equitativo, o sea, injusto, porque está manchado por acciones deshonestas. Pero como aconseja a los pecadores, explica la palabra de Dios y muestra a todos y enseña con prudencia qué cosa cada uno deba dar a Dios y al prójimo, según las propias capacidades, el amo lo alaba: “Los hi os de este mundo son más prudentes que los hijos de la luz”.

    Observa que la prudencia se refiere a las cosas humanas, la sabiduría a las cosas divinas. Forman parte de la prudencia el conocimiento de los asuntos civiles, militares, terrenales, marítimos. igualmente, la prudencia es el conocimiento tanto de las cosas buenas como de las cosas malas, o sea, de ambas; y de ella forman parte la memoria, la inteligencia y la previsión.

    En segundo lugar, la prudencia consta también de distintas generaciones. En efecto, se dice lo que sigue, o sea, que algunas cosas pasan y sobrevienen otras. “Los hijos de este mundo, en su generación carnal, son más prudentes que los hijos de la luz”. La luz se llama así, porque diluye las tinieblas. Los hijos de este mundo, que corren detrás de las cosas temporales, son en su generación (mejor, en su género) más prudentes que los hijos de la luz que en cambio las desprecian y que con la luz de su vida diluyen las tinieblas de los pecados.

    Sobre este tema hallamos una concordancia en los Proverbios de Salomón: “Hay un género de gente que maldice a su padre y no bendice a su madre. Hay un género de gente que se cree limpia; y sin embargo no se limpió de su inmundicia. Hay un género de gente de ojos altivos y de párpados atrevidos. Hay un género de gente cuyos dientes son espadas y sus muelas son cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra y a los menesterosos de entre los hombres” (30, 11-14). Observa que en este pasaje son señalados cuatro géneros de hombres inicuos, o sea, los prelados malvados, los falsos religiosos, los soberbios, los avaros y los usureros.

    “El género de gente que maldice a su padre y no bendice a su madre”, representa a los prelados y sacerdotes malvados de la iglesia que con su vida escandalosa y la negligencia en su oficio maldicen a Dios Padre, cuyo “nombre es blasfemado por su culpa” (Rom 2, 24), y no bendicen a su madre, la iglesia; más bien, destruyen su fe con las malas obras en lugar de predicar con la palabra y el ejemplo.

    “El género de gente que se cree limpia”, representa a los falsos religiosos, hipócritas, semejantes a sepulcros blanqueados, de los que habla el bienaventurado Bernardo: “Si pudieran vivir su vida exterior sin llamar la atención, piensan haber salvado todo”.

    Símilmente, “el género de gente de ojos altivos y de párpados atrevidos”, son los soberbios, que caminan con el cuello erguido y guiñando con los ojos. Sus párpados no miran sus pasos, sino se dirigen hacia lo alto. Contra los tales dice el Profeta: “Señor, mi corazón no se enorgullece, ni mis ojos se ensoberbecen” (Salm 130, 1).

    Asimismo, “un género de gente cuyos dientes son espadas y cuyas muelas son cuchillos”, son los avaros y los usureros, “cuyos dientes son lanzas y flechas” (Salm 56, 5), que devoran a los pobres y se apoderan de los bienes ajenos. Todos ellos son hijos de este siglo, que consideran estúpidos a los hijos de la luz y se creen más sagaces; pero “su prudencia es su muerte” (Rom 8, 6).

    Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “El que piensa estar firme de pie, mire que no caiga. Que no les sobrevenga ninguna tentación que no sea humana” (1Cor 10, 12-13).

    El mayordomo pensaba estar de pie, pero cayó de su administración, por haber despilfarrado los bienes de su amo. Los hijos de este siglo piensan estar de pie, pero, sustraído el bastón de caña de las riquezas, en el cual se apoyan, caerán en el infierno; y entonces comprenderán que los hijos de la luz eran más prudentes que los hijos de este siglo.

    “La tentación”, o sea, el atractivo del pecado, “no los sorprenda, oh hijos de la luz”, o sea, no incite su razón al consentimiento, sino que sea tentación humana, es decir, acerca de aquellas cosas sin las cuales no es posible la vida. La tentación humana es juzgar las cosas de manera diversa de lo que son en realidad, y cuando en buena fe nos equivocamos en alguna decisión. Sin embargo, aunque no esté en nosotros la perfección del ángel, no haya tampoco la presunción del diablo (Glosa).

    Te suplicamos, pues, Señor Jesucristo, que nos concedas el amor hacia Dios y hacia el prójimo, que nos hagas hijos de la luz, que nos preserves de caer en el pecado y de ser tentados por el diablo. Y así mereceremos subir a la gloria de la luz inaccesible.

    Concédenoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!

    III - Acogida en las moradas eternas de los que hacen el bien a los pobres

    14. “Y yo les digo: “Ganen amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas les falten, ellos los reciban en las moradas eternas” (Lc El evangelio llama a las riquezas con el término sirio mammona, que significa “riquezas injustas”, porque son fruto de la injusticia. Si, pues, la injusticia, bien administrada, se convierte en justicia, ¡cuánto más elevarán hacia el cielo a un capaz administrador las riquezas de la palabra de Dios, en las que no hay nada injusto!

    “Amigo” significa como “un custodio del alma”, y deriva de “amar”. “La amistad consiste en desear el bien a favor de aquel a quien se ama, de acuerdo con sus aspiraciones” (Agustín).

    Los ricos de este mundo, que con embrollos acumulan riquezas de iniquidad, o sea, haciendo desigualdades (en latín hay una asonancia entre iniquidad y desigualdad), no podrían tener amigos más cercanos, si lo entendieran bien, que las manos de los pobres, que son el tesoro de Cristo. Dice Gregorio: para que los ricos, después de su muerte, tengan algo en sus manos, se les dice que antes de morir pongan sus riquezas en manos de los pobres”. Oh rico, da a Cristo lo que El mismo te dio. Lo tuviste como donador, tenlo como deudor, lo poseerás como remunerador con intereses. Oh rico, te suplico, extiende al pobre tu mano árida; y si antes era árida por la avaricia, ahora florecerá con la limosna.

    Dice Salomón en el Eclesiastés: “Florecerá el almendro, engordará la langosta, se desvanecerá la alcaparra” (12, 5). El almendro, dice Gregorio, florece antes que los demás árboles, y simboliza. al limosnero, que, floreciente de compasión y misericordia, debe hacer brotar ante todo la flor de la limosna.

    Dice Isaías: “Florecerá y germinará Israel” (27, 6). Israel, o sea, el justo, florecerá con la limosna y germinará con la compasión. Pero presta atención que, aunque el germen venga antes que la flor, no escribió antes “germinará”, sino “florecerá y germinará”; y lo hizo por esta razón que, cuando el justo florece con la limosna, debe antes germinar con la compasión, porque debe ofrecer la limosna al pobre no sólo con la mano, sino también con afecto del corazón, para que la avaricia no deplore la limosna.

    “Florecerá, pues, el almendro”, o sea, el limosnero, “y engordará la langosta”, o sea, el pobre, que justamente es comparado a la langosta. Como la langosta, cuando hace frío, va en letargo y pierde las fuerzas, pero, cuando viene el calor, se alegra, por así decir, y salta, así el pobre en el tiempo del hambre y en el hielo de la necesidad pierde las fuerzas, su cuerpo se entumece y su rostro se vuelve pálido; pero, al sobrevenir el calor del beneficio y el don de la limosna, recupera las fuerzas y por el beneficio recibido da gracias a Dios y al donador.

    “Y así se desvanece la alcaparra”. La distribución de la limosna marca la destrucción de la avaricia. “Ganen amigos por medio de las riquezas injustas, para que, cuando éstas falten, ellos los reciban en las moradas eternas”.

    15. Observa que cuatro son las moradas. La primera es de los carnales, la segunda de los incipientes, la tercera de los proficientes, y la cuarta de los que ya llegaron, o sea, de los perfectos. La primera es la morada de los idumeos y de los ismaelitas; la segunda, de Cedar; la tercera, de Jacob; y la cuarta, del Señor de las virtudes (ejércitos).

    De la primera morada dice el Salmo: “En contra de ti hicieron alianza las moradas de los idumeos y de los ismaelitas” (82, 6-7). Los idumeos se interpretan “sanguinarios”; los ismaelitas, “obedientes”, pero añade, “a sí mismos y no a Dios”. Y en ellos vemos a los lujuriosos que se contaminan con la sangre de la lujuria, y a los soberbios, que se obedecen a sí mismos y no a la voluntad de Dios. Sus moradas, o sea, sus conciliábulos, contratan una alianza contra la alianza establecida por el Señor en el monte, cuando dijo: “¡Bienaventurados los pobres en espíritu!”. De estas moradas se debe huir hacia las moradas de Cedar, de las que habla el cantar de los Cantares: “Morena soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Cedar, como las cortinas de Salomón. No reparen en que soy morena, porque me descoloró el sol” (1, 4-5). Hallarás un comentario a este pasaje en el sermón del tercer domingo de Cuaresma: “Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre”.

    El que haya obrado rectamente en estas moradas, pasará a las moradas de Jacob, de las que habla el libro de los Números: “¡Qué hermosas son tus tiendas, Jacob, y tus moradas, Israel! Son como valles frondosos, como huertas regadas cerca del río, como tiendas plantadas por el Señor, como cedros junto a las aguas” (24, 5-6).

    Presta atención a estas tres perspectivas: los valles, las huertas y los cedros. Los valles frondosos simbolizan la humildad de la mente; las huertas regadas, la compunción de las lágrimas; los cedros, la contemplación de las realidades celestiales. Pues bien, las tiendas de Jacob y las moradas de Israel representan la vida del hombre activo y del hombre contemplativo. El mismo Señor plantó estas tiendas, porque están dispuestas según su beneplácito.

    En el Éxodo se le dice a Moisés: “Mira y ejecuta según el modelo que te fue mostrado en el monte” (25, 40). El monte se llama así, porque no se mueve; y es figura de Cristo, el cual “no sigue el consejo de los impíos” (Salm 1, 1). El modelo es su misma vida, según la cual debemos plantar y construir nuestras tiendas (o moradas). Tiendas y moradas son la misma cosa y significan lo mismo. Estas moradas se llaman en latín tentirium, porque se tienden con cuerdas y postes; y se llaman también tiendas o pabellones.

    Las moradas del hombre activo y del contemplativo son hermosas como “valles frondosos”, porque están fundadas en la humildad de la mente, que brinda sombra y protección contra el ardor de los vicios; como “huertas regadas cerca del río”, porque su mente se riega con la compunción de las lágrimas; y “como cedros junto a las aguas”, porque profundamente arraigados en la sublimidad de la contemplación, en el aroma de una vida santa y en la abundancia del río que alegra la ciudad de Dios (Salm 45, 5).

    Y en fin, cuando esté acabada la prueba de esta vida, cuando haya pasado el invierno y la lluvia cese de caer (Cant 2, 11), entonces de estas moradas transmigrará a las moradas del Señor de las virtudes (ejércitos), que el Señor promete por medio de Isaías: “mi pueblo habitará en la belleza de la paz, en habitaciones seguras y en un reposo opulento” (32, 18). El pueblo de los penitentes, “el pueblo del Señor y ovejas de su pasto” (Salm 94, 7), que ahora está en medio de las luchas, “se sentará en la belleza de la paz”.

    “La paz es la libertad en la tranquilidad” (Cicerón), y deriva de “pacto”: antes se establecen los pactos y después se logra la paz. El que ahora labra el pacto de reconciliación con el Señor, después se sentará en la belleza de paz (o paz maravillosa) en el reino celestial Lamentablemente, ¡cuántas veces es perturbada la paz del tiempo y del corazón! En cambio, la paz de la eternidad permanecerá bella por los siglos de los siglos, y perfectamente al seguro. Entonces no habrá nadie que espante (Job 11, 19), y todos se sentirán al seguro y vivirán en “un reposo opulento”, rico y espléndido. “opulento” deriva de ops, riqueza. Este reposo opulento simboliza la consecución de la doble estola de gloria, o sea, la glorificación del alma y del cuerpo, que los santos gozarán por toda la eternidad.

    Oh ricos de este mundo, háganse amigos a los pobres; recíbanlos en sus moradas, para que, cuando les falte la riqueza injusta y cuando les sea quitada la paja de las cosas temporales, ellos los acojan en las moradas eternas, donde reina la belleza de la paz, la confianza en la seguridad y el opulento reposo de la saciedad eterna.

    Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “Dios es riel y no permitirá que ustedes sean tentados por encima de sus fuerzas, sino que con la tentación les dará también una salida y la fuerza para soportarla” (1Cor 10, 13).

    El Apóstol habla a los pobres de Cristo y a los penitentes, “que luchan en las moradas de Cedar”. “Dios es fiel”, sincero en las promesas; “no permitirá que ustedes”, que ya sufren por El, “sean tentados por encima de sus fuerzas”. Pero aquel que da el permiso al tentador, ofrece también al tentado su misericordia.

    “Les dará también una salida”, o sea, el aumento de las fuerzas, “para que puedan soportar la tentación”, o sea, para que no sucumban, sino que salgan victoriosos.

    Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que nos haga salir de las moradas de los idumeos y nos haga luchar en las moradas de Cedar; y después nos haga pasar a las moradas de Jacob. Y así mereceremos trasmigrar finalmente a las eternas moradas de la paz, de la seguridad y del reposo.

    Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y de amor, y que vive en los siglos eternos.

    Y toda la Iglesia diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

    (1) En este sermón la parábola del mayordomo infiel es comentada dos veces. En el primer comentario (desde el N. 1 al 6), el administrador de los bienes del Amo es cada uno de nosotros. En el segundo comentario (desde el N. 7 al final), el mayordomo es el prelado de la iglesia.

    Cita bíblica