Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo I de Cuaresma (II)

    Exordio.- Sermón a los claustrales o acerca del alma penitente

    1. “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto” (Mt 4, 1). Se lee en el Apocalipsis: “Se le dieron a la mujer dos alas de águila, para que volara al desierto” (12, 14). Esta mujer es el alma penitente, de la que en el evangelio de Juan dice el Señor. “La mujer”, o sea, el alma, “cuando pare” en la confesión el pecado, que concibió en el placer, “sufre tristeza” (16, 21), y debe sufrirla. A esta mujer se le dan dos alas de águila.

    El águila, llamada así por la agudeza de su vista, o también del pico, es el justo. El águila tiene una vista muy aguda; y cuando por la vejez su pico se hincha, lo afila frotándolo contra una piedra, y así rejuvenece. Así el justo, con la agudeza de la contemplación, contempla el esplendor del verdadero sol; y si poco a poco su pico, o sea, el ardor de la mente, se debilita a motivo de algún pecado y le impide nutrirse del sólido alimento de la dulzura interior, en seguida lo afila contra la piedra de la confesión; y así rejuvenece en la juventud de la gracia. De él dice el Profeta: “ Tú juventud se renovará como la del águila” (102, 5). Dos son las alas de esta águila: el amor y el temor del Señor. De ello dice el Señor a Job: “¿Es por tu sabiduría que el gavilán se cubre de plumas y extiende sus alas hacia el mediodía?” (39, 26). El águila y el gavilán son figuras del justo. Y observa que el gavilán hace dos cosas: aferra con las garras y no aferra el ave sino cuando está volando. Así el justo: aferra con el pie del afecto y no aferra el bien sino volando, sin preocuparse de las cosas terrenas. El se cubre de plumas, gracias a la sabiduría de Dios. Las plumas del gavilán son los pensamientos puros del justo, que crecen ordenadamente en su mente por la sabiduría de Dios, que viene de “sabor”. Cuanto tienes del sabor de Dios, otro tanto crecerán tus plumas. Cuanto experimentas del sabor de su dulzura, otro tanto echarás las plumas de los buenos propósitos. Y así este buitre extiende sus alas, o sea, el amor y el temor de Dios, hacia el mediodía, o sea, hacia Jesucristo, que viene del mediodía (Hab 3, 3), para irradiar el calor que nutre e infundir en ellas la gracia que sostiene. Estas dos alas se dan a la mujer, o sea, al alma penitente, con las que, soliviada de las cosas terrenas, pueda volar al desierto de la penitencia, del que se dice en el evangelio de este domingo: “Jesús fue llevado al desierto”…

    2. En este domingo se dice en el introito de la misa: “Me invocó y yo lo escuché”, y en la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios” (2Cor 6, 1).

    Y porque llegaron para nosotros los días de la penitencia para la remisión de los pecados y para la salvación de las almas, vamos a tratar de la penitencia, que consiste en tres actos: la contrición del corazón, la confesión de la boca y la obra de satisfacción. Vamos también a tratar de los pecados contrarios a la penitencia: la gula, la vanagloria y la avaricia. Estos seis argumentos están tomados del evangelio de hoy. ¡Y todo sea para alabanza de Dios y para utilidad de nuestra alma!

    I La contrición del corazón

    3. “Jesús fue llevado al desierto”. “Les di un ejemplo -dice Jesús-, para que, como hice yo, así hagan ustedes” (Jn 13, 15). ¿qué hizo Jesús? Fue llevado por el Espíritu al desierto. Y a ti, que crees en Jesús y de El esperas la salvación, te conjuro a hacerte conducir al desierto de la confesión por el espíritu de la contrición, para que cumplas de manera perfecta el número cuadragésimo de la satisfacción.

    Observa que la contrición del corazón es llamada “espíritu” (o soplo). Dice David: “Con soplo violento tú destrozarás las naves de Tarsis” (Sal 47, 8). Tarsis se interpreta “búsqueda del gozo”. Las naves de Tarsis simbolizan las aspiraciones de los seglares que, a través del mar de este mundo, son arrastrados por el velamen de la concupiscencia carnal y el viento de la vanagloria a la búsqueda del gozo del bienestar mundano. Entonces, con el viento impetuoso de la contrición el Señor destrozará las naves de Tarsis, o sea, las aspiraciones de los seglares, para que, transformadas por la contrición, no busquen el gozo falso sino el verdadero.

    Y observa que el espíritu (viento) de la contrición se dice “impetuoso” por dos motivos: lleva en alto a la mente y nos sustrae de la amenaza eterna. De ese “espíritu” se dice en el Génesis: “Espiró en su rostro el aliento de vida” (2, 7). El Señor sopla en el rostro del alma el aliento de vida, que es la contrición del corazón, cuando la imagen y la semejanza de Dios, afeadas por el pecado, se graban nuevamente en el alma, o se renuevan, mediante la contrición del corazón.

    4. Cómo deba ser la contrición, lo señala el Profeta al decir: “El sacrificio grato a Dios es el espíritu dolorido; un corazón contrito y humillado, tú, oh Señor, no lo desprecias” (50, 19). En este versículo se destacan cuatro cosas: el arrepentimiento del corazón dolorido por los pecados, la reconciliación del pecador, la universal contrición de todos los pecados y la perseverante humillación del pecador arrepentido. Dice, pues: el espíritu del penitente, arrepentido y contrito por los pecados, que son como espinas punzantes, es un sacrificio grato a Dios, porque aplaca a Dios en favor del pecador y reconcilia al mismo pecador con Dios.

    Y dado que la contrición debe ser universal, añade “corazón contrito”. Y observa que no dice sólo “triturado” (tritum), sino “triturado junto” (contritum). El pecador debe tener el corazón “triturado” y “contrito”: triturado, para quebrarlo con el martillo de la contrición, y para dividirlo en pequeñas parcelas con la espada del dolor, y para colocar sobre cada pecado mortal una parcela, y para llorar en la pena y apenarse en el llanto. El debe apenarse más por un pecado mortal cometido que si hubiese perdido el mundo entero y todo lo que hay en él, si fuera dueño. Por el pecado mortal perdió al Hijo de Dios, que es más digno, más estimable y más precioso que toda la creación. Debe tener también el corazón “contrito”, para dolerse en general por todos los pecados cometidos, por los pecados de omisión y por los olvidados. Y porque la perfección de todo bien es la humildad, en el cuarto y último lugar se dice: “Un corazón humillado Dios no lo desprecia”. Más bien, como dice Isaías: “El Excelso y el Sublime, que tiene una sede eterna, pone su morada en el espíritu contrito y humilde, para vivificar el espíritu de los humildes y el corazón de los arrepentidos” (57, 15).

    ¡Oh bondad de Dios! ¡oh dignidad del penitente! ¡Aquel que tiene una sede eterna, habita también en el corazón del humilde y en el espíritu del penitente! Es propio del corazón verdaderamente contrito humillarse en todo y considerarse “un perro muerto y una pulga” (1Rey 24, 15).

    II - La confesión de la boca (acusación)

    5. De ese espíritu de contrición el penitente es llevado al desierto de la confesión, que con razón es llamada “desierto” por tres motivos.

    Observa que se llama desierto a la tierra deshabitada, llena de fieras y que causa terror. Tal era literalmente el desierto, en el cual estuvo Jesucristo durante cuarenta días y cuarenta noches. Así la confesión debe ser “deshabitada”, privada, secreta, oculta a todo conocimiento humano y encerrada en el tesoro de la memoria del confesor bajo un sello inviolable y escondida a toda conciencia humana. Por eso, aunque todos los hombres que hay en el mundo conocieran el pecado del que se confesó contigo, tú debes igualmente tenerlo escondido y encerrarlo bajo la llave del silencio perpetuo. Son verdaderamente hijos del diablo, condenados por el Dios vivo y verdadero, expulsados de la Iglesia triunfante, excomulgados por la Iglesia militante, merecedores de ser depuestos del oficio y del beneficio y de ser expuestos a la infamia pública los confesores que no diría con las palabras, que es cosa peor que un homicidio, sino con un gesto o de cualquier otra manera oculta o patente, en broma o en serio, descubren o manifiestan el secreto de la confesión. Lo afirmo con fuerza: el que viola la confesión, comete un pecado más grave que el de judas el traidor, que vendió a los judíos al Hijo de Dios, Jesucristo. Yo me confieso a un hombre, pero no como a hombre, sino como a Dios.

    Y el Señor dice por boca de Isaías: “Mi secreto es para mí, mi secreto es para mí” (24, 16). Y el hombre, nacido de la tierra, ¿no sellará el secreto de la confesión en lo más íntimo de su corazón?

    6. Con razón se dice que la confesión debe ser una tierra deshabitada e inaccesible, para que a ningún hombre le sea descubierto el secreto de la confesión. Por eso el Señor, bajo amenaza, manda en el Éxodo: “Guárdense de subir al monte, ni toquen sus faldas. Cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá. Ninguna mano deberá tocarlo, porque será apedreado o asaeteado. Sea animal sea hombre, no vivirá” (19, 12-13).

    Este monte Sinaí, que se interpreta “medida”, simboliza la confesión, que con razón se dice “monte” por su excelencia, que es la remisión de los pecados. ¿Puede haber cosa más sublime que la remisión de los pecados? Es llamada también “medida” por la correspondencia que ha de haber entre la culpa y la confesión. El pecador debe portarse de tal modo que la confesión corresponda a la culpa, o sea, que no la disminuya por vergüenza o temor ni añada bajo la apariencia de la humildad, sino que se exprese según la verdad. ¡Nadie debe mentir por humildad!

    Guárdense bien, pues, oh confesores, oh sacerdotes, de subir a este monte. Subir al monte significa descubrir el secreto de la confesión. Y no les digo sólo: “¡No suban, sino también que no toquen las faldas!”. Las faldas del monte son las circunstancias de la confesión, que nadie debe manifestar ni con palabras, ni con gestos, ni de otras maneras. ¡Ay de mí! ¡Qué pena! Hay algunos que temen subir al monte, pero no temen tocar sus faldas, manifestando con palabras o signos las circunstancias del pecado. Escuchen, pues, estos infelices su sentencia de muerte: “Cualquiera que toque el monte, de seguro morirá”. ¿Y de qué muerte, Señor? La mano del poder seglar no debe tocarlo, para ser colgado como un ladrón o un homicida -cosa que quizás sería para él menos penosa-, sino que sea golpeado con las piedras, o sea, con severas excomuniones, o sea, traspasado con las flechas de la condenación eterna. Tanto si se tratara de un animal, o sea, de un simple sacerdote, como si se tratara de un hombre, o sea, de un sacerdote ilustrado y sabio, absolutamente deben morir.

    Se puede entender de otra manera. Aunque se trate de un animal, o sea, de un laico o de un simple clérigo, con los cuales en caso de extrema necesidad podemos confesar los pecados, si no estuviere presente ningún sacerdote; o se. trate también de un hombre, o sea, de un sacerdote de la iglesia, ya no podrá vivir, sino que morirá eternamente, porque subió al monte y tocó las faldas. Con razón concluimos diciendo que la confesión es una tierra deshabitada e inaccesible.

    7. La confesión es llamada también desierto, porque está nena de bestias. Vamos a ver cuáles son estas bestias, de las que la confesión tiene que estar llena.

    Las “bestias” son los pecados mortales. Su nombre en latín suena como vastiae, devastadoras, porque los pecados mortales devastan y dilaceran el alma. De ellos Isaías, cuando habla de la pérfida Judea, o sea, del alma pecadora, dice: “Será una guarida de dragones y pasto de avestruces. Y acudirán demonios con onocentauros, los sátiros gritarán unos a otros; allí se agazapó el chacal y halló reposo. Allí encontró su cueva el erizo y alimentó a sus cachorritos, excavó a su alrededor y los calentó a su sombra” (34, 13-15).

    Observa que en este pasaje se nombran siete especies de bestias: el dragón, el avestruz, el onocentauro ( animal fabuloso: cruza de asno y toro), el sátiro, el chacal y el erizo. A través de estas bestias abarcamos los siete géneros de pecados. Todos ellos y los que les son similares, deben ser manifestados con exactitud en la confesión, como fueron cometidos en el consentimiento de la mente y en la ejecución de la voluntad.

    Dice, pues: “Será una guarida de dragones”… En el dragón se destaca la venenosa malicia del odio y de la calumnia, en el avestruz la falsedad de la hipocresía, en el asno la lujuria, en el toro la soberbia, en el sátiro la avaricia y la usura, en el chacal la perfidia de los herejes, en el erizo la astuta disculpa del pecador.

    8. “Será una guarida de dragones” … La mente o la conciencia del pecador es una guarida de dragones a causa del veneno del odio y de la difamación. Se dice en el cántico de Moisés: “Su vino es hiel de dragones y mortífero veneno de víboras” (Dt 32, 33). Su vino, o sea, el odio y la difamación de los pecadores, que aturde e intoxica la mente de los oyentes, es hiel de dragones y mortífero veneno de víboras. Dice Salomón en el Eclesiastés: “El difamador oculto no es menos dañoso que la serpiente que muerde en silencio” (10, 11). Con razón se dice “mortífero”, porque “el golpe del azote produce lividez, pero los golpes de la lengua del difamador desmenuzan por dentro los huesos de las virtudes” (Ecli 28, 2 1). Con razón se dice: “Será una guarida de dragones”.

    9. “Será pasto de los avestruces”. El avestruz, que tiene plumas, pero por el tamaño de su cuerpo no puede volar, es una figura del hipócrita, el cual, agobiado por el amor de las cosas terrenas, simula ser gavilán fingiendo elevarse a la contemplación, bajo las plumas de una falsa religiosidad.

    Dice Job: “Las plumas del avestruz son similares a las de la cigüeña y del gavilán” (39, 13). En la mente, pues, del falso religioso existe “el pasto del avestruz”. Observa con cuánta razón se dice “pasto”. El hipócrita, mientras se jacta de tener las plumas del gavilán, se nutre con su misma jactancia. El hace como el pavo real, que, cuando es admirado por los niños, despliega la magnificencia de sus plumas y con la cola hace una rueda; pero, haciendo la rueda, descubre vergonzosamente su traste. Así el hipócrita, mientras se jacta, despliega las plumas de su santidad que finge tener y hace la rueda de su comportamiento. Dice, en efecto: “Yo hice esto y aquello, yo inicié la tal cosa y llevé a término la tal otra” … Y mientras así rueda, pone en evidencia la fealdad de su deshonestidad. El necio se vuelve repugnante, mientras cree hacerse atractivo.

    10. “Los demonios se encontrarán con los onocentauros”. Onos en griego es asno.

    El asno es figura del lujurioso. El asno es estúpido, perezoso y tímido. Así el lujurioso es estúpido, porque perdió la verdadera sabiduría, cuyo sabor hace al hombre sabio y sobrio, y así elimina la lujuria de la carne, que hace al hombre estúpido y fatuo. El lujurioso es también perezoso. Se pregunta el poeta Ovidio: “¿Por qué Egisto llegó a ser adúltero? La causa es evidente: era perezoso”. El lujurioso es también tímido, como el asno. Se lee en la Historia Natural que “el animal que tiene un corazón grande es miedoso y el que lo tiene reducido es más corajudo. Y la situación en que se va a encontrar este animal por el miedo, depende sólo de que el calor del corazón es limitado, y no puede satisfacerlo del todo, y llega a ser más débil en los corazones dilatados. Y así la sangre se enfría. llenen el corazón dilatado también las liebres, los ciervos, los asnos y los ratones. Como un fuego pequeño calienta menos en una casa grande, así es del calor en estos animales”

    (Aristóteles).

    Lo mismo sucede en el lujurioso. llene un corazón dilatado para pensar y cometer grandes maldades y graves pecados de lujuria, pero tiene poco o nada de calor y de amor del Espíritu Santo; y por esto es miedoso, inestable e “inconstante en todas sus acciones” (Sant 1, 8).

    El toro es figura del soberbio. Y el Señor se queja por boca del profeta: “Me asediaron toros gordos” (Sal 21, 13). Los toros, o sea, los soberbios, que nadan en la opulencia de las cosas temporales, me asediaron como los judíos, con la voluntad de crucificarme de nuevo.

    A estos onocentauros, o sea, a estos lujuriosos y soberbios, en la hora de la muerte acudirán los demonios, para adueñarse de sus almas, mientras salen del cuerpo; y así los mismos que los instigaban en la culpa, serán sus torturadores en el castigo.

    11. “Y los sátiros gritarán unos a otros”. Los sátiros son los avaros y los usureros, que con razón son llamados pilosi, o sea, peludos, amarretes. La avaricia llama a la usura y la usura a la avaricia: aquélla induce a ésta y ésta a aquélla. ¡Ay, qué desgracia! El clamor de estos sátiros ya colmó el mundo entero. Y la figura de éstos es el peludo Esaú, que se interpreta “encina”; y los avaros y los usureros son peludos para recibir, pero son encinas, o sea, duros e inconmovibles, para restituir.

    12. “Allí se agazapó el chacal y halló reposo”. El chacal, dicen, es una bestia que tiene cara humana, pero termina con la cola de bestia. Es una figura de los herejes, que, para engañar más fácilmente, se presentan con rostro humano y con palabras persuasivas. De ellos dice Jeremías en las Lamentaciones: “Los chacales muestran la teta y amamantan a sus cachorros” (4, 3). Los herejes muestran la teta, cuando predican su secta, y amamantan a sus cachorros, cuando en su falsedad alimentan a sus pérfidos seguidores, que con razón son llamados cachorros y no hijos, porque, como rústicos, vulgares y disolutos, no saben hacer otra cosa que ladrar contra la iglesia y blasfemar contra los católicos.

    13. “Allí tiene su cueva el erizo”. Observa que el erizo es todo espinoso; y si alguno intenta apresarlo, se enrosca completamente en si mismo y toma la forma de un globo en manos del que lo cazó. llene la cabeza y la boca en la parte inferior y en la boca tiene cinco dientes (Aristóteles). El erizo es el pecador obstinado, totalmente cubierto con las espinas del pecado. Si quieres amonestarlo por el pecado cometido, se enrosca inmediatamente en si mismo y esconde con varias excusas el pecado cometido. Por eso tiene la cabeza y la boca dirigidas hacia la parte inferior. En la cabeza está indicada la mente, en la boca la palabra. El pecador, cuando se disculpa por el pecado cometido, ¿ qué otra cosa hace sino inclinar la mente y la boca hacia las cosas terrenas? Los cinco dientes que están en la boca del erizo, son las cinco especies de excusas del pecador obstinado. Cuando se lo reprende, aduce como excusas la ignorancia, o la fatalidad, o la sugestión diabólica, o la fragilidad de su carne, o la ocasión del prójimo. Y as!, añade Isaías, “nutre a sus cachorros”, o sea, a sus impulsos pecaminosos, les excava alrededor las defensas y los fomenta a la sombra de sus excusas.

    14. Estas siete bestias, bajo cuyo número se pueden abarcar todas las especies de pecados, deben aparecer en gran número o, más bien, todas en el desierto de nuestra confesión, para que nada quede escondido al sacerdote, y nada esquive el penitente, sino que confiese todo, con la máxima exactitud, tanto el pecado como las circunstancias. Dice el Señor por boca de Isaías: “Después de setenta años, Tiro será como el canto de una meretriz. oh meretriz olvidada, toma la cítara, recorre la ciudad; canta bien, reitera la canción, para que se renueve tu recuerdo” (23, 15-16). En este pasaje con el número setenta de los años y el número siete de las bestias, se indica la totalidad de los pecados. Por esto se dice que el Señor expulsó de la Magdalena a siete demonios, es decir, todos los vicios. Entonces con los setenta años y las siete bestias abarcamos todos los vicios. Dice Isaías: “Después de los setenta años, es decir, después de haber cometido toda suerte de crímenes, “para Tiro”, que se interpreta “angustia” y se refiere al alma acongojada por los pecados, “no queda más que el canto”, o sea, la confesión de los pecados. Después de haber cometido toda suerte de crímenes, a la pobre alma no le queda más remedio que la confesión de los pecados, que es “la segunda tabla de la salvación después del naufragio” (Pedro Lombardo). Al alma se le dice: “Oh meretriz, ya que abandonaste al verdadero esposo, Jesucristo, y te uniste al diablo adúltero; y si no te conviertes, serás entregada al olvido eterno, toma la cítara”. Presta atención a las palabras. En el verbo “toma” se señala la voluntad bien dispuesta para la confesión, no forzada ni constreñida. En “la cítara” se indica la confesión de todo pecado y de las circunstancias. Toma, pues, la cítara y confiésate espontáneamente. Dice el Eclesiástico: “Confiésate vivo y sano, y así darás gloria a Dios” (17, 27).

    15. Observa que como en la cítara se templan las cuerdas, así en la confesión deben declararse las circunstancias de los pecados, que responden a las preguntas: “¿Quién? ¿Qué? ¿Dónde? ¿Por medio de quién? ¿Cuántas veces? ¿Por qué? ¿De qué manera? ¿Cuándo?”. Has de discernir todas estas preguntas, oh sacerdote, y tanto con las mujeres como con los hombres interroga con diligencia y discreción.

    ¿Quién?: Está casado o es soltero, laico o clérigo, rico o pobre, qué oficio o cargo ejerce, libre o esclavo, a qué orden o congregación pertenece… ¿Qué?: Si es grande y de qué suerte es el pecado; si es una simple fornicación, como entre dos célibes; si la célibe se prostituye o vende su cuerpo; si es adulterio; si es incesto, que sucede entre consanguíneos y afines: si violó a una virgen, porque le abrió el camino al pecado, y cometió un pecado gravísimo; y se cuide éste de no hacerse cómplice de todos los pecados que aquella mujer podría cometer; por esto debe proveerle algún lugar donde haga penitencia o procurarle algún casamiento, si lo puede hacer; si cometió un pecado contra natura, que consiste en cualquier efusión de semen fuera del órgano femenino. Todas estas cosas se deben preguntar con mucha discreción y delicadeza. Si cometió un homicidio con la mente, con la boca o con la mano; si cometió un sacrilegio, una rapiña o un robo, y a cuáles personas, y si lo hizo en público o en privado; si ejerció la usura y de qué manera, porque todo lo que se recibe fuera del capital es usura; si hubo perjurio, falso testimonio y de qué modo lo hizo; si obró con soberbia, que es de tres especies: no querer obedecer al superior, no querer tener iguales, despreciar al inferior. También todas estas cosas debemos confesar con fidelidad.

    ¿Dónde?: Si cometió el pecado en una iglesia consagrada o no consagrada, o cerca de la iglesia, o en el cementerio de los fieles, o en algún lugar destinado a la oración, o si en todos estos lugares pronunció discursos ilícitos.

    ¿Por medio de quién?: Con la ayuda o con el consejo de cuáles personas pecó, o a quién indujo a pecar; si pocos o muchos fueron los cómplices o los conocedores del pecado; si cometió el pecado para recibir dinero o para darlo.

    ¿Cuántas veces?: Se debe confesar cuántas veces se cometió el pecado, al menos aproximadamente; si pecó frecuentemente o raras veces; si permaneció en el pecado, poco o mucho tiempo; si a menudo volvió a caer y si a menudo se confiesa.

    ¿Por qué?: Si pecó con pleno consentimiento de la mente, o si cometió el pecado aun antes de ser tentado; si de alguna manera hizo violencia a la naturaleza, para completar el pecado, pecando así de manera mortalísima.

    ¿De qué modo?: Se deben confesar las modalidades del pecado; si de modo indebido, insólito, con contactos ilícitos, y así de otras cosas similares.

    ¿Cuándo?: Si en el tiempo del ayuno o en la fiesta de algún santo; si fue a realizar lo ilícito, mientras debía ir a la iglesia; y también a qué edad había cometido éste o aquel pecado.

    Estas circunstancias y otras semejantes hacen más grave el pecado y atormentan el alma del pecador; por eso en la confesión hay que declararlas todas. Estas son las cuerdas templadas en la cítara de la confesión, de la que se dijo: “Toma la cítara”.

    16. “Recorre la ciudad”. La ciudad es la vida del hombre, que él debe recorrer: el tiempo y la edad, el pecado y sus modalidades, el lugar y las personas con las que pecó y a las que hizo pecar con el mal ejemplo, con la palabra y la acción; y los pecadores, a los que no apartó del pecado, pudiéndolo hacer. Todo, como se dijo, debe confesar abierta y claramente.

    Así obraba el Profeta, que decía: “Anduve alrededor de tu altar y en su tienda inmolé un sacrificio de alabanza en voz alta” (Salm 26, 6). Recorrí toda mi vida como un buen soldado, que va alrededor de su campamento para controlar si hay alguna brecha por la cual pueda infiltrarse el enemigo; y en su tienda, o sea, en la Iglesia, delante del sacerdote, inmolé un sacrificio de alabanza en voz alta, o sea, hice la confesión, que ha de ser en voz alta, porque el pecador no debe confesar su pecado a medias y con boca estrecha, como balbuciendo, sino con la boca abierta y casi gritando. Con razón se dice: “Recorre la ciudad”.

    17. “Canta bien”, cántate a ti mismo y no al diablo, echando la culpa a la fatalidad o a otras personas. o también: canta bien, confesando todos tus pecados a un solo sacerdote y no dividiéndolos entre varios sacerdotes.

    Tal vez, me pides un consejo sobre este planteo y me dices: “Hice una confesión general de todos mis pecados a un solo sacerdote, pero después volví a caer en el pecado mortal. ¿Es necesario que confiese de nuevo todos los pecados ya confesados?”. Te voy a dar un consejo recto, provechoso y muy necesario para tu alma. Cada vez que te presentas a un confesor nuevo, confiésate como si jamás te hubieses confesado (¡Atención! Esta es una opinión personal de Antonio, no es la praxis de la Iglesia). Si, en cambio, vuelves al confesor que ya conoce tu conciencia y con el cual hiciste la confesión general, no estás obligado a confesarle sino los pecados cometidos después de la confesión general o los pecados olvidados.

    “Canta bien”, pues, y repite el canto de la confesión, acusándote una y otra vez a ti mismo. ¿Y esto para qué? Para que el recuerdo de ti viva en la presencia de Dios y de sus ángeles, para que perdone tus pecados, infunda su. gracia y te conceda la gloria eterna.

    18. Ahora ya sabes cuáles son las bestias, de las que debe abundar el desierto de tu confesión; o sea, en la confesión deben aparecer con sencillez y claridad los pecados y sus circunstancias; sólo as! el desierto de la confesión causará gran terror. ¿Y a quiénes? A los espíritus inmundos. Se lee en el Génesis: “¡Qué terrible es este lugar! Este no es otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo” (28, 17).

    El lugar de la confesión y, sobre todo, la misma confesión son terribles para los espíritus inmundos. Se lee en Job: “Mis rugidos son como una inundación” (3, 24). Al oír el rugido del león, todas las bestias se detienen. La inundación vence todo obstáculo. El rugido del león es la confesión del pecador arrepentido, del que dice el Profeta: “Bramaba por el desgarro de mi corazón” (Salm 37, 9), porque del desgarro del corazón debe prorrumpir el rugido de la confesión y, al escucharlo, los espíritus del mal, aterrorizados, no se atreverán a abrirse camino con las tentaciones. La inundación es figura de las lágrimas de la contrición, que disuelven y derrotan todo lo que los espíritus del mal traman para impedir las lágrimas del penitente.

    La confesión es llamada también “casa de Dios”, a motivo de la reconciliación del pecador. En la confesión el pecador se reconcilia con Dios, como el hijo se reconcilia con el padre, cuando éste lo recibe en la casa paterna. Por esto se lee en Lucas: “Cuando el hijo mayor se acercó a la casa paterna, en la que el hijo arrepentido banqueteaba con el padre, oyó la música y el coro” (15, 25).

    Observa que en aquella casa había tres cosas: el banquete, la música y el coro. Así en la casa de la confesión, en la cual es acogido el pecador que regresa de “la región de la desemejanza” (ya que con el pecado había perdido la semejanza con Dios) (San Bernardo), debe haber tres cosas: el banquete de la contrición, la música de la acusación y el coro de la enmienda. Como confiesas tu pecado, así debes esforzarte por enmendarte.

    Escucha la música que resuena suavemente.- “Reconozco mi culpa y mi pecado está siempre delante de mí” (Salm 50, 5). Escucha al coro que responde en perfecta sintonía: “Yo estoy dispuesto al castigo y mi dolor está siempre delante de mí” (Salm 37, 18). Lamentablemente, son muchos los que ejecutan música suave, o sea, se acusan a sí mismos, pero ¡jamás se enmiendan!

    19. Otra interpretación. Si en la casa de la confesión resuena la música del llanto de la amarga confesión, en seguida responde a una voz el coro de la misericordia divina, que perdona los pecados. Es lo que se promete en el introito de la misa de hoy: “Me invocará y yo lo escucharé, lo liberaré y lo cubriré de gloria, lo colmaré de largos días” (Salm 90, 15-16).

    Observa que al penitente se le prometen cuatro cosas. La primera, cuando dice: “Me invocará”, para que le perdone los pecados, y “yo lo escucharé”, porque le infundiré mi gracia. La segunda: “Yo lo liberaré” de los cuatro males nombrados en el tracto de la misa (hoy, salmo responsorial): el terror de la noche, la flecha que vuela de día, la peste que serpea en las tinieblas y el demonio que devasta a mediodía. El terror de la noche es la tentación oculta del diablo; la flecha que vuela es su manifiesta malicia; la peste que serpea en las tinieblas son las intrigas de los hipócritas; el demonio meridiano es la fogosa lujuria de la carne. De todo ello el Señor libera al verdadero penitente. La tercera: “Lo glorificaré” en el día del juicio con una doble estola de gloria. La cuarta: “Lo saciaré de largos días” en la perpetuidad de la vida eterna.

    La confesión es llamada también “puerta del cielo”. ¡Oh verdadera puerta del cielo, oh verdadera puerta del paraíso! Por ella, como a través de una puerta, el pecador arrepentido es introducido al beso de los pies de la divina misericordia, es elevado al beso de las manos de la gracia celeste y es acogido al beso de la boca de la reconciliación con el Padre. ¡Oh casa de Dios! ¡Oh puerta del cielo! ¡Oh confesión del pecado! ¡Dichoso el que habitará en ti! ¡Dichoso el que entrará a través de ti! ¡Dichoso el que en ti se humillará!

    Oh queridísimos hermanos, humíllense, pues, y entren por la puerta de la confesión. Confiesen los pecados y sus circunstancias, como ya oyeron, porque “éste es el tiempo favorable” para la confesión, “éste es el día de la salvación” a través de la reparación.

    Y, después de todo esto, añade: “Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches”.

    III Las obras de satisfacción

    20. El ayuno de Cristo, durante cuarenta días, nos enseña de qué manera podemos hacer penitencia por los pecados cometidos y cómo debemos comportarnos para no recibir en vano la gracia de Dios. Por esto nos dice el Apóstol en la epístola de hoy: “Los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Dice el Señor en Isaías: “En el momento favorable te escuché y en el día de la salvación te socorrí”. Miren: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2Cor 6, 1-2).

    Recibe inútilmente la gracia de Dios el que no vive según la gracia que le fue dada; también recibe inútilmente la gracia de Dios el que atribuye a sus méritos la gracia que le fue dada gratuitamente; y la recibe inútilmente también el que, después de la confesión de sus pecados, rehúsa hacer penitencia “en el tiempo favorable, en el día de la salvación”. He aquí, pues, ahora el tiempo favorable y el día de la salvación, que nos fueron dados para merecer la salvación. Dice el bienaventurado Bernardo: ¡Nada es más precioso que el tiempo, y, sin embargo, nada se halla hoy mas menospreciado! Pasan los días de la salvación y nadie reflexiona, nadie se preocupa por perder un día que jamás volverá. Como no caerá un cabello de la cabeza, así tampoco irá perdido un momento de tiempo”. Dice Séneca: “Si sobrara mucho tiempo, igualmente habría que usarlo con parsimonia; ¿qué se debe hacer al disponer de tan poco?” Y el Eclesiástico- “Hijo, ahorra el tiempo” (4, 23), porque es un don sacrosanto. Por esto, en estos cuarenta días de cuaresma, hagamos penitencia.

    El número cuarenta consta del cuatro y del diez. El Creador de todas las cosas, Dios, creó el cuerpo y el alma, y en cada una de estas dos entidades infundió una serie de cuatro elementos y otra de diez.

    El cuerpo se compone de cuatro elementos y se regula y obra con diez órganos de sentido, casi diez dirigentes, y son: dos ojos, dos oídos, el olfato y el gusto, dos manos y dos pies. Al alma Dios le confirió cuatro virtudes principales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, y le dio los diez preceptos del decálogo, que son: “Escucha, Israel; el Señor tu Dios es uno solo. No tomes el nombre de Dios en vano. Acuérdate de santificar el sábado”. Estos tres que se refieren al amor de Dios, fueron escritos en la primera tabla. Los otros siete, que se refieren al amor del prójimo, fueron escritos en la segunda tabla, y son: “Honra a tu padre y a tu madre. No matar. No fornicar. No hurtar. No levantar falso testimonio contra tu prójimo. No desear a su mujer, ni a su siervo, ni a su sierva, ni a su buey, ni a su asno, ni cosa alguna que le pertenece”.

    Ya que nosotros, en nuestro cuerpo mortal, que está compuesto por cuatro elementos y se regula con los diez sentidos, pecamos cada día contra las cuatro virtudes y contra los diez preceptos, debemos dar satisfacción al Señor mediante el ayuno de cuarenta días.

    21. Y de qué manera se deba hacer esto, lo tenemos en el libro de los Números, en el que se relata que “los exploradores, enviados por Moisés y por los hijos de Israel, recorrieron durante cuarenta días toda la tierra de Canaán” (13,26).

    Canaán se interpreta “comercio” o también “humilde”. La tierra de Canaán es nuestro cuerpo, con el cual debemos negociar o permutar, con cambio favorable, los bienes terrenos por los eternos, los transitorios por los permanentes; y esto siempre en la humildad del corazón.

    De este comercio se lee en los Proverbios, cuando habla de la “mujer fuerte”: “Gustó y vio que su comercio andaba bien” (31, 18). observa las dos cosas: “Gustó y vio”. La mujer fuerte, o sea, el alma, gusta cuando experimenta, con el sano paladar de la mente, las dulzuras de la gloria celestial, por cuyo amor desprecia el reino de este mundo y todas sus riquezas; y de este modo, con el tiempo y el ojo penetrante de la razón, ve y comprende que es un buen negocio “vender todo lo que tiene y dar el importe a los pobres”; y entonces, despojada de todo, seguir a Cristo desnudo.

    Esto lo decía Job: “Piel por piel y todo lo que tiene dará el hombre por su alma” (2, 4). El hombre, viendo y constatando lo bueno que es el Señor, da y cambia la piel de la grandeza de este mundo por la piel de la gloria celestial. También está dispuesto a entregar al verdugo y al torturador el cuerpo con su piel mortal y exponerlo a la espada y a la muerte, en cambio de la piel gloriosa del cuerpo inmortal. Con razón nuestro cuerpo es llamado “piel”. Como la piel cuanto más es lavada, más se deteriora, así nuestro cuerpo cuanto más es alimentado con delicadeza y debilitado por los placeres, tanto más prontamente pierde las fuerzas, envejece y se cubre de arrugas. Y por su alma el hombre no dará sólo su piel, sino también todo lo que posee, para merecer oír con los apóstoles, que habían abandonado piel y todo: “Se sentarán sobre doce tronos, y juzgarán a las doce tribus de Israel” (Mt 19, 28).

    22. Nosotros, pues, como verdaderos e intrépidos exploradores, durante estos cuarenta días, recorramos toda región de nuestro cuerpo, examinando cuidadosamente los pecados cometidos con la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, y confesándolos diligentemente con sus circunstancias, para que no quede ni la mínima traza, tras el ejemplo de lo que hizo Josué, del que se dice: “Josué capturó a Maceda y la hirió a filo de la espada; mató a su rey y a todos sus habitantes; no dejó la más mínima traza” (Jos 10, 28).

    Maceda se interpreta “antes” o también “quemadura”, y simboliza el pecado, por el cual el hombre, ante todo, es quemado por medio del bautismo. Este pecado queda vencido en la penitencia. El rey de esta ciudad es la mala voluntad, que es herida con la “boca de la espada” (en latín, in ore gladii, o sea, “con la espada de la boca”, mediante la confesión. Los súbditos de aquel rey son los que obedecen a los cinco sentidos, que también deben ser destruidos mediante la penitencia, o sea, liberados del estado de pecado. Las “trazas” son los recuerdos de los pecados y los resabios del placer, que de ninguna manera deben permanecer.

    Se lee en el mismo libro: “Josué devastó todo el territorio montuoso, el del mediodía y el de la llanura, como también Asedot con sus reyes. No dejó ninguna traza, sino que mató todo lo que podía respirar” (10, 40). El territorio montuoso es la soberbia; el del mediodía es la codicia; y el de la llanura es la lujuria, por la cual el lujurioso brinca como caballo desenfrenado por los campos. Asedot se interpreta “maleficio del pueblo”, y simboliza toda torpe imaginación, que alimenta el fuego del pecado.

    Depositemos todo esto en la confesión con el propósito de no volver a caer, y por todo ello hagamos una conveniente penitencia: cuanto más el cuerpo se rebeló, tanto más debemos humillarlo en la confesión; y cuanto más se entregó a los placeres, tanto más debemos castigarlo con los sufrimientos, a pan y agua, con la disciplina y con las vigilias, para que oiga con la hija de Jefté: “Me engañaste, hija mía, carne mía, con los placeres de la gula y de la lujuria; y ahora tú también permaneces engañada” (Juec 11, 35), o sea, eres castigada con la disciplina, con las vigilias y con los ayunos.

    Después de haber tratado todas estas cosas sobre el espíritu de contrición, el desierto de la confesión y los cuarenta días de la penitencia, y después de haber explicado en qué consistan la remisión de todos los pecados, la infusión de la gracia y el premio de la vida eterna, nos vamos a disponer a describir los vicios que se les oponen, o sea, la gula, la vanagloria y la lujuria.

    IV- Lo que se opone a los tres actos de la penitencia, o la triple tentación

    23. “El tentador se le acercó y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios”… El diablo en circunstancias iguales procede con métodos iguales. Con la misma táctica con que tentó a Adán en el paraíso terrestre, tentó también a Cristo en el desierto, y tienta a todo cristiano en este mundo.

    Tentó al primer Adán de gula, vanagloria y avaricia, y tentándolo lo venció. De manera similar tentó al segundo Adán, Jesucristo, pero en la tentación fue derrotado, porque aquel a quien tentaba no era sólo un hombre, sino también era Dios. Nosotros, que somos partícipes de los dos, del hombre según la carne y de Dios según el espíritu, debemos despojarnos del hombre viejo con sus obras, que son la gula, la vanagloria y la avaricia, para revestirnos del hombre nuevo, a través de la renovación de la confesión. Así, reprimiremos con el ayuno el desenfrenado ardor de la gula, abatiremos con la humillación de la confesión la arrogancia de la vanagloria y pisotearemos con la contrición del corazón el espeso barro de la avaricia. “Bienaventurados, dice el Señor, los pobres en el espíritu”, que tienen el espíritu dolorido y el corazón contrito, “porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3).

    24. Observa que como el diablo tentó de gula al Señor en el desierto, de vanagloria en el templo, de avaricia en el monte, así nos tienta todos los días: de gula en el desierto del ayuno, de vanagloria en el templo de la oración y del oficio divino, y de muchas formas de avaricia en el monte de nuestros cargos.

    Mientras ayunamos, nos tienta de gula, en la que pecamos de cinco maneras: demasiado pronto, opulento, demasiado, vorazmente, con refinamiento (San Gregorio).

    Demasiado pronto, cuando se anticipa la hora de la comida.

    Opulento, cuando se excita la gula y se quiere despertar un apetito flojo con condimentos, especias y suntuosos alimentos.

    Demasiado, cuando se engullen alimentos más de lo que sea necesario al cuerpo. Comentan algunos golosos: “Debemos ayunar; entonces comamos de una sola vez lo que debía servir para el almuerzo y la cena”. Estos son como el gusano que no abandona la planta en la cual se instaló hasta que no la haya devorado totalmente. El gusano es llamado así, porque está hecho casi sólo de boca, y simboliza al goloso, que es todo gula y vientre y que asalta el plato como si fuera un alcázar y no lo deja sino después de haber devorado todo. O revienta el vientre o se vacía el plato.

    Vorazmente, cuando el hombre se arroja sobre todo alimento, como si fuera al asalto de una fortaleza, abre los brazos, alarga las manos y come con todos sus sentidos. A la mesa, es como un perro que, en la cocina, no admite rivales.

    Con refinamiento, cuando se buscan alimentos exquisitos y se preparan con gran refinamiento, Como se lee en el primer libro de los Reyes, los hijos de Elí no querían aceptar la carne cocida, sino que pretendían la carne cruda, para prepararla con más arte y refinamiento (2, 15).

    25. Asimismo, el diablo nos tienta de vanagloria en el templo. Mientras estamos en oración, o rezamos el oficio, o atendemos a la predicación, el diablo nos asalta con los dardos de la vanagloria y, lamentablemente, muy a menudo nos dejamos herir. Hay algunos que, mientras rezan y doblan las rodillas y sueltan suspiros, quieren ser vistos, Hay otros que, cuando cantan en el coro, modulan la voz y hacen gorgoritos, porque desean ser escuchados. Y hay otros también que, cuando predican, truenan con la voz, multiplican las citas y las comentan a su modo, y se dan vuelta en el púlpito, porque desean ser alabados. Todos estos mercenarios, créanmelo, “ya recibieron su recompensa” (Mt 6, 2), y “colocaron a su hija en el prostíbulo”.

    Dice Moisés en el Levítico: “ No prostituyas a tu hija” (19, 29). Mi hija es mi obra; y yo la prostituyo, o sea, la coloco en el lupanar, cuando la vendo por el dinero de la vanagloria. Por esto, el Señor nos aconseja: “Cuando tú ores, entra en tu habitación y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre” (Mt 6, 6). Tú, cuando quieres orar o hacer alguna obra buena -y en esto consiste el “orar sin interrupción”-, entra en tu habitación, o sea, en el secreto de tu corazón, y cierra la puerta de los cinco sentidos, para que no apetezcas ser visto, oído o alabado. Dice Lucas que Zacarías entró en el templo del Señor a la hora del incienso (1, 9). En el tiempo de la oración, que sube a la presencia del Señor como el incienso (Salm 140, 2), debes entrar en el templo de tu corazón y orar a tu Padre; y “tu Padre que ve en el secreto, te dará la recompensa” (Mt 6, 6).

    26. En fin, en el monte de nuestros cargos, o sea, de nuestra dignidad efímera, nos tientan muchos pecados de avaricia. Y observa que no es sólo codicia de dinero, sino también la de preeminencia. Los avaros, cuanto más tienen, más desean tener; y, una vez colocados en lo alto, cuanto más suben, más se esfuerzan por subir; y así se desplomarán con una caída peor, ya que “los huracanes embisten las cumbres más altas” (Ovidio), y “a los ídolos se les ofrecen sacrificios en los altozanos” (4 R 12, 3). A este propósito dice Salomón: “El fuego jamás dice: “¡Basta!” (Prov 30, 15). El fuego, o sea, la avaricia del dinero y de la preeminencia, nunca dice: ¡Basta!”. Pero, ¿qué dice? “¡Dame, dame!”. Oh Señor Jesús, quita, quita estas dos palabras: “¡Dame, dame!”, de los prelados de tu iglesia, que se pavonean en el monte de las dignidades eclesiásticas y derrochan tu patrimonio que conquistaste con las bofetadas, los salivazos, los flagelos, la cruz, los clavos, el vinagre, la hiel y la lanza.

    Nosotros, pues, que nos llamamos cristianos por el nombre de Cristo, todos juntos, con la devoción de la mente, imploremos al mismo Jesucristo y pidámosle insistentemente, que del espíritu de contrición nos haga llegar al desierto de la confesión, para que en esta cuaresma merezcamos recibir la remisión de todas nuestras iniquidades. Y así, renovados y purificados, mereceremos fruir de la alegría de su santa resurrección y ser colocados en la gloria de la eterna bienaventuranza.

    Nos lo conceda aquel Señor, a quien corresponden todo honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica