Domingo I de Adviento
Prólogo
Tributamos el homenaje de las alabanzas y cantos de gracias al Dios uno y trino, con cuya ayuda, en la exposición de los evangelios dominicales, hemos llegado al primer domingo de Adviento del Señor. Recordemos que durante todo el Adviento se lee el libro del profeta Isaías. Si el Señor nos lo concede, vamos a hallar la concordancia de algunas citas de este profeta con los pasajes de los evangelios y de las epístolas de Adviento.
Exordio.
Sermón a los penitentes o a los religiosos; y sermón sobre la confesión
1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas” (Lc 21, 25).
Dice Isaías: “En aquel tiempo el germen del Señor crecerá en magnificencia y gloria, y el fruto de la tierra será sublime” (4, 2). Sobre este pasaje haremos, ante todo, una exposición en sentido alegórico sobre el verbo encarnado, y, después, en sentido moral, sobre el pecador convertido.
En sentido alegórico. “En aquel tiempo”, o sea, en el tiempo de la gracia, cuando para los que yacían en las tinieblas, resplandeció el fulgor de la luz eterna, “crecerá”, dice Isaías con profética certidumbre, “el germen del Señor”, o sea, el Hijo del Padre, que la bienaventurada María, árbol de la vida, produjo como renuevo en su natividad. Isaías así implora: “¡Oh cielos, hagan descender su rocío!”. Y la Glosa añade: “Venga Gabriel y con su anuncio nos envíe el rocío. “Y las nubes lluevan al justo”; o sea, los profetas, regando con una lluvia saludable nuestros corazones, anuncian la natividad de Cristo. “Se abra la tierra”, o sea, que María crea al anuncio del ángel; “y así hará germinar al Salvador” (Is 45, 8).
El creció “en magnificencia” con la predicación y con la realización de milagros, y “en gloria” en su resurrección; El es el hijo de la tierra, o sea, de la bienaventurada Virgen; y fue sublime en su ascensión.
De la magnificencia de los milagros habla Isaías: “Dios mismo vendrá y nos salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como un ciervo y la lengua del mudo hablará” (35, 4-5). Y de la gloria de la resurrección, aludiendo a los apóstoles, dice: “Ellos verán la gloria del Señor y el esplendor de nuestro Dios” (35, 2). Y Juan: “vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre” (1, 14). Y de la sublimidad de la ascensión, así dice el Padre en Isaías, hablando del Hijo: “He aquí que mi siervo prosperará; y será elevado y exaltado; y será de veras sublime” (52, 13). El Hijo es llamado “siervo del Padre”, porque le fue obediente hasta la muerte.
2. En sentido moral. “En aquel día El día es el sol que resplandece sobre la tierra. Cuando el sol de la gracia ilumina la tierra, o sea, la mente del pecador, ésta produce por sí misma el germen del Señor, en el cual se designa la contrición. Dice Isaías: “Descienden del cielo la lluvia y la nieve, impregnan y embriagan la tierra, y la hacen germinar; y ella produce la semilla para el sembrador y el pan para el que come” (55, 10). En la lluvia y en la nieve está figurada la gracia del Espíritu Santo. Sobre el significado de la nieve, consulta el sermón del 11 domingo de Cuaresma, II, sobre el evangelio: “Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan”.
La gracia, como lluvia y nieve del cielo, o sea, de la divina misericordia, desciende e impregna la tierra, o sea, al pecador, afecto a las cosas terrenas, para que llegue a ser insensible a esas cosas terrenas, se arrepienta hasta las lágrimas y descubra el secreto de su pecado, La “embriaguez” produce estas tres cosas: vuelve insensible, provoca las lágrimas y hace descubrir los secretos.
“La impregna” del espíritu de pobreza, del que siempre Isaías dice: “Se derrame sobre nosotros el Espíritu de lo alto” (32, 1 5), para que no se encienda en él la sed de la codicia (Job 18, 9). “Y la hace germinar” de manera maravillosa; y esto sucede cuando el pecador se arrepiente de modo absoluto de todos los pecados cometidos y de las omisiones; entonces “produce la semilla” de las obras buenas “para el sembrador”, o sea, para el penitente, que siembra en las lágrimas; y “da el pan al que come”, porque cosecha en la exultación. “En aquel día, pues, crecerá el germen del Señor en magnificencia”..
“Y en gloria”. Del germen de la contrición brota la gloria de la confesión, de la que Isaías dice al alma penitente: “Le serán dados la gloria del Líbano y el esplendor del Carmelo y de Sarón” (35, 2).
El Líbano se interpreta “candor”, el Carmelo “circuncisión” y Sarón “cantos de tristeza”. justamente la confesión produce estos tres efectos: blanquea el alma, corta las cosas superfluas, se lamenta y canta cantos tristes: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mt 26, 38); y “la mujer, cuando da a luz, tiene tristeza” (Jn 16, 21).
De la purificación del alma del pecado, dice Isaías: “El Señor lavará las inmundicias de las hijas de Sión y limpiará la sangre del interior de Jerusalén, con el espíritu del juicio y con el espíritu del fuego” (4, 4). En las inmundicias está indicada la impureza. Dice Jeremías: “Sus suciedades estarán en sus pies” (Lam 1, 9), o sea, en los afectos; y en la sangre está indicada la lujuria de la carne. El Señor lava tales inmundicias de las hijas de Sión, o sea, de las almas de Sión, o de las almas de la iglesia, “con el espíritu del juicio”, o sea, de la confesión, con la cual se juzga y se condena el penitente; “y con el espíritu del fuego”, que es la contrición, en la cual el alma, como abrasada, se derrite en lágrimas de compunción.
Sobre lo superfluo que debe ser recortado en la confesión, dice Isaías: “En aquel día el Señor rasurará, con una navaja afilada, o alquilada, la cabeza y los pelos de los pies (piernas) y toda la barba a los que viven más allá del río” (7. 20). La navaja, en latín novacula, como si hiciera nuevo al hombre, simboliza la confesión, que renueva el espíritu del hombre. Dice Jeremías: “Roturen el barbecho, y no quieran sembrar entre espinas” (4, 3), para que, al crecer, no ahoguen la palabra de la confesión.
Esta navaja se dice “afilada” o “alquilada”: afilada, porque amputa el pecado y sus circunstancias; alquilada, porque el pecador, en la obra de su salvación, debe alquilarla con algún precio, que son la devoción y la humildad. Con esta navaja, el Señor rasura la cabeza, las piernas y la barba “a los que están más allá del río”, o sea, que cruzaron el río del bautismo. “El Señor rasura la cabeza, los pies y la barba”. En la cabeza y en los pies están designados el principio y el fin de la vida, y en la barba la intrepidez en hacer obras buenas.
Con la hoja cortante de una auténtica confesión, el Señor rasura en el penitente los vicios, simbolizados en el pelo, desde el inicio de su conversión hasta la conclusión de su vida. Rasura también toda la barba, para que no confíe en ninguna de sus obras buenas, como si las hubiera hecho El. Debemos confiar sólo en aquel que nos hizo, y no en lo que nosotros hicimos.
El que nos hizo, es todo el Bien, el sumo Bien; en cambio, el bien que hicimos nosotros, es como el paño de una mujer menstruada. Tú mismo puedes distinguir en cuál bien se debe confiar. Por cierto, en el buen Señor Jesús, al cual el Profeta dice: “¡Tú eres bueno, oh Señor!” (Salm 118, 68).
Símilmente, del canto de tristeza dice Isaías: “Por la cuesta de Luhit subirán llorando y elevarán gritos de arrepentimiento en el camino de Oronaim” (15, 5). Sobre este argumento consulta el sermón del domingo X después de Pentecostés, parte III, sobre el evangelio: “Jesús entró en el templo y echó a los vendedores y a los compradores”.
Y sigue la cita de Isaías: “Y el fruto de la tierra será sublime”. El fruto de la tierra es la satisfacción (cumplimiento) de la penitencia. Isaías de nuevo: “Y todo el fruto será la remoción de su pecado” (27, 9). El fruto de la penitencia es sublime, cuando el penitente es humilde y se humilla frente al verdadero Sol, sublime y humilde, o sea, Cristo, que cubrió con un velo el esplendor de su luz con el cilicio de nuestra mortalidad. Por esto se dice en el evangelio de hoy: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas”.
3. Observa que cuatro son los “advientos”
(venidas) del Señor. El primer “adviento” fue en la carne, y de él se dice: “He ahí, vendrá el gran Profeta, que renovará a Jerusalén” (Breviario Romano: primer domingo de Adviento).
El segundo “adviento” se realiza en la mente, como afirma el evangelio: “Vendremos a él y en él pondremos nuestra morada” (Jn 14, 23)
El tercer “adviento” se verificará en el momento de la muerte: “¡Bienaventurado el siervo, a quien el Señor, a su regreso, encuentre trabajando!” (Lc 12,43).
El cuarto “adviento” acontecerá en la gloria. Se lee en el Apocalipsis: “He ahí, El vendrá en las nubes y todo ojo lo verá” (1, 7).
Estos cuatro “advientos” están indicados en las primeras cuatro palabras de este santo evangelio. Más adelante, trataremos cada uno de estos “advientos”.
En el introito de la misa de hoy se canta: “A ti, Señor, elevo mi alma” (Salm 24, 1); y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Sabemos que ya es hora de levantarnos del sueño” (13, 11). Concordaremos este pasaje de la epístola con el primero y segundo “adviento”; en cambio, concordaremos el introito con el tercero y cuarto “adviento”. Ante todo, vamos a considerar el primer “adviento”.
I - El primer Adviento de Cristo en la carne
4. “Habrá señales en el sol y en la luna”. Se dice sol, porque resplandece solitario; y es figura de Jesucristo, que, solo, habita en una luz inaccesible (1Tim 6, 16); y en comparación con su esplendor, o sea, con su santidad, el esplendor de todos los santos desaparece. Dice Isaías: “Todos nosotros sonios como un hombre inmundo”, o sea, leproso; “y todas nuestras justicias son como paño de mujer menstruada” (64, 6). Este “sol”, como dice el Apocalipsis, “se hizo negro como un saco de cilicio”, o penitencial (6, 12). Cristo, con el saco de nuestra humanidad, cubrió la luz de su divinidad: “Puse el cilicio como mi vestido” (Salm 68, 12). Pero, ¿qué relación puede haber, oh Hijo de Dios, entre tú y el cilicio? Debe ponerse esta vestidura no Dios sino el reo; no el Creador sino, con toda razón, el pecador; es la vestimenta del pecador, no de aquel que perdona los pecados. ¿Y qué relación hay entre tú y el cilicio? Es una relación muy profunda y del todo necesaria para el pecador, porque: “Me arrepiento de haber creado al hombre” (Gen 6, 7), o sea, sufro una gran pena por el hombre. Dice Isaías: “Me hiciste servir con tus pecados; me cansaste con tus iniquidades”. Y de nuevo: “Estoy cansado de soportarlas” (43, 24; y 1, 14).
“El sol se hizo negro como saco de cilicio”. Bajo el cilicio de la carne, Cristo, “el fulgor de la luz eterna” (Sab 7, 26), se escondió a sí mismo. De El dice Isaías: “El germen de la vida es Dios, y no hay Dios fuera de ti. De veras, tú eres un Dios escondido, oh Dios de Israel y Salvador”. Y de nuevo: “Su rostro está escondido” (45, 14- 15; y 53, 3).
Con razón dice “escondido”. El anzuelo de la divinidad se escondió bajo la yesca de la humanidad, para matar al cetáceo (monstruo) del mar, o sea, al diablo, que está en este mundo salobre y amargo.
Dice Job: “Capturará a Behemot (monstruo marino) por los ojos, casi con un anzuelo” (40, 19). El Humilde captura al soberbio; nuestro Niño captura a la antigua serpiente. Y dice Isaías: “El niño de pecho se divertirá sobre el agujero del áspid; y el niño destetado pondrá su mano en la cueva de las serpientes venenosas” (11, 8). Nuestro Niño, envuelto en pañales, recostado en el pesebre, con la mano de su potencia arrancó al áspid y a la serpiente del agujero y de la cueva, o sea, de la conciencia de los pecadores.
He ahí, pues, que “el sol se hizo negro como saco de cilicio”. ¡Oh, el Primero! ¡Oh, el Ultimo! ¡Oh, el Humilde y Despreciado! “También nosotros lo hemos considerado un leproso, castigado y humillado por Dios” (Is 53, 4).
5. Sobre la humillación de Cristo tenemos una concordancia en el mismo Isaías: “Vi al Señor sentado sobre un trono excelso y elevado” (6, 1). Vamos a estudiar el significado de estas palabras: sentado, trono, excelso y elevado.
“ El Señor sentado” es figura del humilde anonadamiento de la divinidad en la humanidad. Dice el Eclesiástico: “El alfarero, sentado ante su trabajo, gira con los pies el torno y está siempre atento a su obra” (38, 32). El alfarero es el Hijo de Dios, del cual dice el Salmo: “Plasma uno a uno sus corazones” (32, 15). El “está sentado a su trabajo”; o sea, se humilló en la carne por nuestra salvación.
Siempre Isaías: (Vendrá el Señor) “para cumplir su obra, que no le tocaría a El; para hacer su extraña e insólita operación” (28, 21). Comenta Gregorio estas palabras misteriosas: “Vino al mundo, para hacer su obra, o sea, para redimir al género humano. Es una obra ajena a su naturaleza: por cierto, no conviene a su divinidad ser escupido, flagelado y crucificado”.
El, con los pies de su divinidad, hace girar hacia la vida la rueda de nuestra naturaleza, que antes giraba hacia la muerte; y a aquel al cual se le había dicho antes: “Eres tierra y a la tierra volverás” (Gen 3, 19), ahora se le puede decir: “¡Eres bienaventurado, y gozarás de todo bien!” (Salm 127, 2).
Y con cuánta solicitud se empeñó para cumplir su obra durante treinta y tres años, lo”testimonian con mucha evidencia los evangelios. Dice el Salmo: “Yo corrí sediento” (61, 5). Con tan grande deseo El corría a la cruz -como el alfarero corre al horno-, para realizar y completar su obra, que ni respondió a Pilato, para no retrasar la obra de nuestra salvación.
6. “Sentado sobre un trono”. El trono, en latín sólium, como sólidum, cosa sólida, es la humanidad de Cristo que, fundada sobre las siete columnas, fue en todo sentido sólida y estable. Dice Isaías: “En aquel día siete mujeres echarán mano de un hombre y le dirán: “Nosotras comeremos nuestro pan y nos vestiremos con nuestra ropa: sólo permítenos llevar tu nombre y así quitar nuestro oprobio” (4, 1). Las siete mujeres simbolizan los siete dones del Espíritu Santo, que son llamados mujeres, porque nadie puede ser engendrado para Dios sino por obra del Espíritu.
El hombre es Cristo -único, o sea, el solo sin pecado-, que los siete dones aferrarán, para retenerlo firmemente y no perderlo. Esos siete dones transitan, sin apoderarse de hombre alguno, hasta Cristo. No hay hombre sin pecado. En todos el Espíritu recibe una hospitalidad de tribulación y no una morada de reposo. El Espíritu estuvo en los profetas y en los demás justos; pero como eran hombres, y por ende pecadores, en ellos estuvo pero no moró. Por esto sólo de Cristo se dice en Juan: “Sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer en El, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo” (1, 33)
“Aferrarán un hombre y le dirán: “Comeremos nuestro pan y nos vestiremos con nuestra ropa”. Comenta la Glosa: “El que tiene pan y ropa, no necesita de otras cosas. “Comeremos nuestro pan y nos vestiremos con nuestra ropa”, quiere decir: al poseer al Espíritu Santo junto con el Padre y el Hijo, lo poseemos todo y no necesitamos más nada. “Sólo deja que seamos llamados con tu nombre”; esto es: De ti sean llamados cristianos los que desean disfrutar de nuestra morada. “Quita nuestro oprobio”, para que, eliminado del corazón de los hombres el hedor de los vicios, no seamos más obligados a cambiar tan a menudo de morada.
7. La humanidad de Jesucristo, en la cual está sentada como en un trono, o sea, se humilló, la divinidad, fue excelsa y elevada. Fue “excelsa” por una incomparable santidad de vida. Dice Juan: “El que viene de lo alto, está por encima de todos” (3, 31), por la sublimidad de su vida. Y también Isaías: “Comerá manteca y miel, hasta que aprenda a rechazar el mal y a elegir el bien” (7, 15). Considera que con la leche de oveja se elaboran dos productos: la manteca y el queso. la manteca es dulce y grasosa; en cambio, el queso es seco y de poco jugo. La oveja fue Adán, cuya naturaleza, antes del pecado, fue como la manteca por la inocencia y la pureza; después del pecado, fue como el queso seco y de poco jugo. Por ende: “¡Maldita la tierra”, o sea, tu carne, “por tu obra!. Te producirá espinas y abrojos” (Gen 3, 17-18). Cuando vino el Emmanuel, a quien la Virgen concibió y dio a luz, El no comió queso, sino manteca, porque no asumió una carne corrupta o sujeta a los vicios, sino que asumió carne purísima de la carne de la purísima Virgen. Comió también miel, que viene de lo alto, en la cual está simbolizada la absoluta perfección de su vida. En fin, la humanidad de Cristo fue “elevada” en el patíbulo de la cruz. Dice Juan: “Cuando yo sea elevado de la tierra, a todos atraeré a mí” (12, 32) con el anzuelo de la cruz, en la cual nuestro Sol se cubrió con el saco de cilicio y marcado con cinco señales. Por esto se dice: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas”.
8. Las señales en el Sol fueron las cinco llagas en el cuerpo de Cristo. Ellas son “las cinco ciudades de Egipto, que hablan la lengua de Canaán; y la primera se llamará Ciudad del Sor.
Egipto se interpreta “tristeza” o “tinieblas”. La tierra de Egipto simboliza la carne de Cristo, que estuvo en la tristeza, como lo dice la carta a los hebreos: “Se ofreció al Padre con lágrimas y fuertes clamores” (5, 7); y estuvo en las tinieblas, como dice el Salmo: “Me hizo habitar en las tinieblas como los ya muertos” (142, 3).
En esta tierra hubo cinco ciudades, o sea, las cinco llagas, que son las ciudades-refugio, en las que todo el que se refugia, será liberado de la muerte. Huye, pues, huye a las ciudades fortificadas, porque, el que fuere hallado fuera, será matado. Dice el Génesis, que “todo ser hallado fuera del arca, fue cancelado por las aguas del diluvio” (7, 21-23). Sólo en el arca hay vida. Huye a ella, como hizo Rut, a la cual dijo Booz: “Recibirás una recompensa abundante del Señor Dios de Israel, al cual viniste y bajo cuyas alas te refugiaste” (Rut 2, 12). Cristo, con los brazos abiertos en la cruz, como dos alas, acoge a cuantos acuden a El y en el refugio de sus llagas los esconde de las amenazas de los demonios.
“Que hablan la lengua de Canaán”, que se interpreta “cambiada”. Las llagas de Jesucristo, casi con un total cambio de lenguaje, hablan de nosotros al Padre, no para obtener venganza, sino misericordia. Dice el Apóstol a los hebreos: “Ustedes se acercaron al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la sangre de la aspersión, de voz más elocuente que la de Abel (Heb 12, 22-24). La sangre de Abel grita venganza, la sangre de Cristo implora misericordia.
Dice Bernardo: “Oh hombre, tienes un acceso seguro a Dios, porque delante del Hijo encuentras a la Madre, y delante del Padre encuentras al Hijo. La Madre muestra al Hijo su pecho y sus mamas, el Hijo muestra al Padre su costado (herido) y sus llagas. No puede haber rechazo allí, donde están reunidos tantos símbolos de amor”.
“La primera se llamará Ciudad del Sol”. La llaga del costado es la ciudad del sol. Con la abertura del costado del Señor se abrió la puerta del paraíso, desde la que resplandeció sobre nosotros el fulgor de la luz eterna.
Se lee en la Historia Natural que la sangre extraída del costado de la paloma quita las manchas de los ojos” (Plinio); así la sangre, extraída del costado de Cristo con la lanza del soldado, iluminó los ojos del ciego nato, o sea, del género humano.
9. Con este primer “adviento” del Señor concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Ya es hora de levantarnos del sueño” (Rom 13, 11).
Como en el último “adviento” “tocará la trompeta y los muertos resucitarán” (1Cor 15, 52), así en este primer “adviento” suena la trompeta de la predicación: “Ya es la hora de levantarse del sueño”. Esta hora es “el año de la benevolencia”, “la plenitud de los tiempos en la que Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley” (Gal 4, 4). Despertémonos, pues, del sueño, o sea, del amor de las cosas terrenales, de las que Isaías dice: “Ven cosas vanas, duermen y aman los sueños” (56, 10), o sea, las cosas temporales, que tapan los ojos del corazón de la contemplación de las cosas eternas. Las extravagancias de las cosas temporales, que ilusionan a los durmientes, en la primera hora del día, al levantarse el sol, se disipan. “El saco de cilicio”, o sea, los pobres pañales, en los que Jesús fue envuelto, y el humilde lugar del pesebre, donde Jesús fue recostado, nos invitan a despertarnos del sueño y a alejar las vanas fantasías. “Ya es hora de levantarnos del sueño”. Pero, ¡ay de nosotros, que ni en esta única hora podemos velar con el Señor, porque no queremos! El Señor veló, porque dijo Jeremías: “Yo veo una vara que vela” (1, 11). Jesucristo fue la “vara”, flexible por la obediencia y la humildad y delgada por la pobreza: en estas virtudes veló; pero nosotros no queremos velar con El. “Los hombres, esclavos de las riquezas, durmieron su sueño” (Salm 75, 6); en cambio, las riquezas de los hombres, o sea, la humildad y la pobreza de los justos, velan con el Señor; y por ende pueden decir con sinceridad lo que sigue: “Ahora nuestra salvación está más cerca de nosotros que cuando comenzamos a creer”
(Rom 13, 11). Y esto es lo que dice también Salomón: “El sendero de los justos es como la luz que comienza a resplandecer y va en aumento hasta el pleno día” (Prov 4, 18). “Luz que resplandece”, o sea, “cuando comenzamos a creer”; “hasta el pleno día”, o sea, “nuestra salvación está más cerca”. La luz esplendente se manifestó en la encarnación del Verbo, de la que brotó la fe; el día pleno se verificó en la pasión, con la que la salvación estuvo más cerca. “¿Qué nos habría servido el nacer, si no hubiésemos sido redimidos?” (Pregón del Sábado Santo).
Hermanos queridísimos, roguemos y supliquemos a Jesucristo, que en el primer adviento se cubrió por nosotros de cilicio y que fue marcado con las señales de la pasión para interceder por nosotros, para que nos despierte del sueño y nos haga velar con El. Así mereceremos poseer en su último “adviento” la herencia de la salvación eterna. Dígnese concedérnosla aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
II El segundo adviento de Jesucristo en la mente
10. “Habrá señales en la luna”. Las señales en la luna son las que describe Juan en el Apocalipsis: “La luna llegó a ser semejante a la sangre” (6, 12); y Joel: “La luna se cambiará en sangre” (2, 3 1). Dios creó dos grandes lumbreras, la mayor y la menor (Gen 1, 16), o sea, creó dos criaturas racionales. La lumbrera mayor es el espíritu angélico, la menor es el alma del hombre. Se dice “luna”, o sea, “entre las luces una”. En efecto, el alma del hombre fue creada para ser una de aquellos espíritus celestiales, capaz de comprender las cosas celestiales, alabar al Creador y alegrarse junto con los hijos de Dios. Sin embargo, por la demasiada cercanía de la tierra “contrajo la negritud” y perdió su luminosidad. Entonces, si quiere recuperarla, es necesario que antes llegue a ser toda sangre.
La sangre simboliza la contrición del corazón. El Apóstol en la carta a los hebreos dice: “Moisés tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos con agua, lana escarlata e hisopo, roció el mismo libro y a todo el pueblo, diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que Dios nos mandó.
Símilmente, roció con la sangre la tienda y todos los vasos del ministerio. Todo es purificado con la sangre y sin efusión de sangre no hay remisión” (9, 19-22). He aquí, pues, de qué manera la luna llega a ser sangre.
Ahora vamos a analizar el significado moral que tienen Moisés, la sangre, el agua, la lana escarlata y el hisopo, el libro y el pueblo, la tienda y sus vasos. Cuando el misericordioso y compasivo Jesucristo entra en la mente del pecador, entonces “Moisés toma la sangre Moisés es el mismo pecador ya convertido. Liberado de las aguas de Egipto, debe acoger en sí estas cuatro cosas. la sangre de la dolorosa contrición, el agua de la lagrimosa confesión, la lana de la inocencia, escarlata por la caridad fraterna, y el hisopo de la verdadera humildad. Con estos elementos debe rociar el libro, o sea, el secreto de su corazón, y todo el pueblo de sus pensamientos, y la tienda de su cuerpo y todos sus vasos, o sea, los cinco sentidos. En la sangre de la contrición todo se purifica y todo se perdona, con tal que haya el firme propósito de confesarse. Sin la sangre de la contrición no hay remisión de los pecados.
11. “Habrá señales en la luna”. Por las señales exteriores del penitente se conocen las señales interiores de la contrición. Cuando resplandezcan la castidad en el cuerpo, la humildad en el obrar, la abstinencia en el comer y la modestia en el vestir, habrá otras tantas señales de la santificación interior. Y en mérito a estas cuatro prácticas, Dios, por boca de Isaías, promete al alma penitente: “Vendrá a ti la gloria del Líbano: el abeto, el pino y el boj juntos, para adornar el lugar de mi santuario” (60, 13).
La gloria del Líbano es la castidad del cuerpo, de la que se gloría el alma en el Eclesiástico: “Como un cedro me elevé en el Líbano” (24, 17), nombre que se interpreta “candor”. El cedro con su aroma ahuyenta a las serpientes. En el Líbano, o sea, en el cuerpo casto, el alma se eleva como un cedro, porque con el aroma de su santa vida ahuyenta a las serpientes de las sugestiones demoníacas y de la concupiscencia carnal. Sobre esto, dice de nuevo Isaías: “Sobre toda gloria habrá la protección” (4, 5). Donde hay la gloria de la castidad, allí hay la protección de la divina misericordia, que guarda todas las obras.
Símilmente, el abeto, llamado en latín abies, porque sube más en alto (en latín, abeo) que todos los demás árboles, simboliza la humildad que es la más sublime de todas las virtudes. Con esa virtud concuerdan las palabras de Isaías- “En el año que murió Ozías, yo vi al Señor sentado sobre un trono excelso y elevado; y la casa estaba llena de su majestad; y lo que había debajo de El (sus faldas) llenaba el templo” (6, 1).
El rey Ozías, soberbio y leproso, representa el vicio de la soberbia. Si en el hombre este vicio “muere”, el Señor se sienta en él como en un trono. El alma del justo es sede de la sabiduría. En efecto, en el alma, excelsa por la humildad y levantada de las cosas terrenas a la contemplación celestial, reposa el Señor; y entonces la casa de los cinco sentidos se llena de su majestad. Todos los miembros están en quietud, cuando el Señor reposa en la mente. Dice el Señor en Isaías: “Mi pueblo”, cuando yo more en él, “habitará en una paz maravillosa” por la honestidad de la vida, “y en tiendas seguras” por la constancia de la conciencia, y “en un reposo opulento” por las riquezas de la buena fama. Y añade: “Y lo que estaba debajo de él, llenaba el templo”. Cuando el Señor mora en nuestra mente, todo lo que hacemos bajo su mirada, ya que se hace en la humildad, llena el templo, o sea, edifica al prójimo.
Asimismo, el boj, planta de color pálido, simboliza la abstinencia del alimento y de la bebida. Dice Isaías: “El Señor te dará pan escaso y poca agua” (30, 20). Y de nuevo: “Los borriquillos que trabajan la tierra”, o sea, los penitentes que castigan el cuerpo, “comerán una mezcla de cebada y paja” (30, 24), en la que está figurada la rusticidad de los alimentos.
En fin, el pino, del cual se saca la pez, simboliza la modestia en los vestidos: el vientre en ayunas y el hábito modesto imploran a Dios con gran sentimiento. Debemos expiar con la escasez de alimentos y el hábito modesto el exceso de los placeres pasados y del lujo en los vestidos, para que, como dice Isaías, “en lugar de los suaves perfumes haya el hedor, en lugar del cinturón una cuerda, en lugar de los rizos la calvicie y en lugar de la faja pectoral el cilicio” (3, 24).
Estos cuatro símbolos adornan el lugar del santuario del Señor, o sea, el alma del penitente, en la cual reposa el Señor. Por eso dice: “Vendremos a él y en él pondremos nuestra morada”.
12. Con este segundo “adviento” concuerda la segunda parte de la epístola: “La noche está avanzada y se acerca el día” (Rom 13, 12). Esto es lo que dice Isaías: “El antiguo error desapareció; conservarás la paz; la paz, porque en ti hemos esperado”, oh Señor (26, 3). La noche y el error simbolizan la ceguera del pecado, el día y la paz la iluminación de la gracia. La repetición de la palabra “paz” simboliza el reposo interior y exterior, del que el hombre goza, cuando el Señor está sentado en un trono excelso y elevado.
“Desechemos, pues, las obras de las tinieblas” (Rom 13, 12). También Isaías dice: “En aquel día el hombre arrojará sus ídolos de plata y sus estatuas de oro, que representaban talpas y murciélagos, que se habla fabricado para adorarlos” (2, 20).
Considera que en la plata se designa la elocuencia, en el oro la sabiduría, en las talpas la avaricia y en los murciélagos la vanagloria. La talpa, que carece de ojos, cava la tierra; en cambio, el murciélago no ve de día, porque carece del líquido cristalino y, además, tiene las alas ligadas con los pies.
El hombre carnal, que huele a tierra, con la plata de la elocuencia y el oro de la sabiduría, se fabrica ídolos, o sea, las talpas de la avaricia y los murciélagos de la vanagloria, que son las obras de las tinieblas. La avaricia, que carece de la luz de la santa pobreza, cava la tierra y ama las cosas terrenas. La vanagloria, mientras agrada “al día humano”, no ve el día divino. Sus alas, o sea, las obras, por las que podría volar al cielo, están ligadas a los pies, o sea, a los afectos carnales. En efecto, la vanagloria desea ser vista y alabada por los hombres.
¡Ay de mí! ¡Cuántos predicadores y prelados de nuestro tiempo, con la elocuencia y la sabiduría que Dios les dio, se fabrican ídolos y los adoran!. Buscan enriquecerse, ser honrados, ser llamados rabbí, maestros, y ser saludados en las plazas (Mt 23, 7).
Sin embargo, en aquel día, o sea, en la iluminación de la gracia, de la que se dice: “El día está cerca”, el hombre arrojará las talpas y los murciélagos, que no ven la luz y que simbolizan las obras de las tinieblas. Entonces se cumplirá lo que sigue: “Y vistámonos las armas de la luz” (13, 12).
13. Esto es lo que dice Isaías: “Levántate, levántate, vístete de tu fortaleza, oh Sión. Cúbrete con los vestidos de tu gloria, oh Jerusalén, ciudad del Santo” (52, 1). Sión y Jerusalén simbolizan el alma que, cuando peca, se hace esclava del diablo, mientras, cuando hace penitencia, se libera y se eleva. Levántate, pues, con la contrición; levántate con la confesión, vístete de la fortaleza de la perseverancia final, cúbrete con la vestimenta de tu gloria, o sea, de la doble caridad; y así serás ciudad del Santo Espíritu.
“Comportémonos honestamente, como en pleno día” (Rom 13, 13). Siempre Isaías: “La gloria del Señor se verá en ti; y los pueblos caminarán a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora” (60, 1-3). Los pueblos son los sentidos del cuerpo, y los reyes los afectos de la mente. Los primeros caminarán a la luz de una conducta honesta y los segundos en el esplendor de la pureza, cuando el alma del hombre es iluminada por la gloria de Dios.
“No andemos en glotonerías y borracheras” (Rom 13, 13). De ellas habla Isaías: “Se llenaron de vino y se emborracharon; a causa de la borrachera se extraviaron, y no reconocieron al vidente”, o sea, a Dios, que todo lo ve. “Desconocieron la justicia. Todas las mesas están cubiertas de vómito y de suciedad; y ya no hay lugar limpio” (28, 7-8). “No andemos en lujurias y lascivias” (Rom 13, 13). Dice Isaías: “Será como la cueva de los dragones y pasto de los avestruces” (34, 13). Consulta el sermón del domingo 1 de Cuaresma, 11 parte, sobre el evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto”.
“No andemos en contiendas y rivalidades” (Rom 13, 13). Dice Isaías: “Cada uno devorará la carne de su brazo” (9, 20), o sea, acometerá contra su prójimo, con contiendas y envidias. “Manasés contenderá contra Efraím, y Efraím contra Manases”, o sea, los laicos pelearán contra los clérigos, y los clérigos contra los laicos; “y unos y otros pelearán contra Judá”, o sea, contra los religiosos.
En cambio, “revístanse del Señor Jesucristo” (Rom 13, 14). Dice Isaías”Me revistió con las vestiduras de la salvación”, o sea, de las virtudes, “y me envolvió en el manto de la justicia”, o sea, de Jesucristo (61, 10). “Cuantos fueron bautizados en Cristo, se revistieron de Cristo” (Gal 3, 27). Hermanos queridísimos, invoquemos devotamente a Jesucristo, que cambie la luna, o sea, toda nuestra alma en la sangre de la contrición, con la cual, arrojando las obras de las tinieblas, merezcamos caminar en pleno día y revestirnos de El, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
III El tercer adviento de Cristo en la muerte
14. “Habrá señales en las estrellas”. Las señales en las estrellas son aquellas de que nos habla Juan en el Apocalipsis: “Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer los higos pasmados, cuando es sacudida por un fuerte viento” (6, 13).
Del hombre que sufre en la hora de la muerte dice Isaías: “Levantará sus ojos a lo alto y luego mirará a la tierra; y he ahí que sólo hallará tribulación y tinieblas, desfallecimiento y angustia que lo atormentarán; y no podrá liberarse de sus angustias” (8, 21-22).
En el momento de la muerte se manifiestan el sufrimiento de la enfermedad y la tiniebla en los ojos que entonces, como se dice, son privados de la luz; se manifiestan el desfallecimiento de todos los miembros, la angustia de la muerte y la oscuridad que atormenta, o sea, el miedo de la gehena o la presencia del diablo, que trata de arrebatar al alma en su salida del cuerpo. ¡Ay de mí! El pobre hombre, mire al cielo o mire a la tierra, ya no podrá liberarse de su angustia, sino cayendo a tierra y retornando a ella.
Dice Isaías: “Cayó, cayó Babilonia”, o sea, la carne del hombre; “y todas las estatuas de sus dioses”, o sea, los placeres de sus sentidos, “están despedazadas en tierra” (21, 9), “porque eres polvo y al polvo retornarás” (Gen 3, 19).
Este es el significado de las palabras: “Las estrellas”, o sea, los hombres vivientes, “cayeron del cielo”, del firmamento, o sea, de su condición humana, en la cual creían estar muy arraigados y vivir muy largamente en la tierra, de la que fueron creados.
“Como la higuera deja caer sus higos pasmados, cuando es sacudida por un fuerte viento”. La higuera es la naturaleza humana, la cual, cuando es sacudida por el gran viento de la muerte, deja caer los higos , o sea, pierde los sentidos y los miembros; y así se reduce a la impotencia. Estas son las señales de las estrellas. “Será, pues, bienaventurado aquel siervo a quien el Señor, cuando llegue y llame a la puerta, halle velando” (Lc 12, 36-37).
15. Feliz aquel que en la hora de su muerte pueda cantar lo que se canta en el introito de la misa de hoy: “A ti, Señor, elevo mi alma” (Salm 24, 1). Esto es también lo que dice Isaías: “Levántate, levántate, elévate, Jerusalén” (51, 17). Oh alma, levántate de las seducciones de la carne, levántate de la concupiscencia del mundo, elévate a los gozos eternos. En la hora de la muerte estará seguro aquel que así haya elevado su alma a Dios.
“¡Dios mío, en ti confío!” (Salm 24, 2). Esto es también lo que dice Isaías: “Sucederá en aquel tiempo que el resto de Israel ya no se apoyará en aquel que lo hirió”, o sea, en los asirios, o en el diablo; “sino que se apoyará en el Señor, en el Santo de Israel” (10, 20).
“En ti confío”, no en la carne ni en el mundo. De esta confianza dice Isaías: “He ahí, tú confías en Egipto, que es un báculo de caña cascada, que punza y hiere la mano del que se apoya en él” (36, 6). La abundancia de cosas mundanas y la salud del cuerpo son casi una caña que tiene sus raíces en el fango, hermosa por fuera y vacía por dentro. Esta caña, cuando el hombre se apoya en ella, en la hora de la muerte se rompe y, cascada, hiere el alma que, así herida, cae en el infierno.
“No seré avergonzado” (Salm 24, 2). De veras, muy de veras, el que confía en el Señor mientras viva, en la hora de la muerte no será avergonzado, sino que, exultando, dirá con Isaías: “Con gran gozo gozaré en el Señor y mi alma exultará en mi Dios” (6 1, 10). En cambio, el mismo Isaías así amenaza a los que confían en el mundo: “Ustedes se avergonzarán de los jardines que se escogieron, porque serán como encinas a las que se les caen las hojas y como un jardín sin agua; y su fortaleza será como una pavesa de estopa , y sus obras como una chispa; y los dos serán encendidos juntamente y no habrá quien apague el fuego” (1, 29-31).
Al fin de su vida los carnales se avergonzarán “de los jardines” de la gula y de la lujuria, que se eligieron, mientras vivían. Estarán desnudos y secos como “encinas a las que les faltan las hojas”, o sea, sin riquezas y sin placeres; y “como un jardín sin agua”, porque todo placer cesará. Ya no corren por los canales de los sentidos las aguas de los placeres mundanos para embriagar la concupiscencia- de la carne. Y entonces “su fortaleza”, o sea, la soberbia en la que confiaban, “será como pavesa de estopa” que muy pronto se consume, “y sus obras serán como chispas”, o sea, de ningún valor; “y las dos”, o sea, la fortaleza de la soberbia y las obras de la avaricia, “serán incendiadas” por los demonios; “y no habrá quien apague el fuego”. Concluye Isaías: “Su gusano no morirá, ni su fuego se apagará” (66, 24).
“No me escarnezcan mis enemigos” (Salm 24, 3). De este escarnio habla Jeremías en las Lamentaciones: “Contra ti aplaudieron con las manos los que pasan por el camino; silbaron y movieron despectivamente sus cabezas sobre la hija de Jerusalén; y decían: “¿Es ésta la ciudad que decían de hermosura perfecta y el gozo de toda la tierra? Abrieron contra ti su boca todos tus enemigos. Silbaron y rechinaron sus dientes, diciendo: “¡La hemos devorado! Este es el día que esperábamos: ¡lo hemos hallado y lo hemos visto!” (2, 15-16).
Al fin de su vida estarán libres de este escarnio los que confían en el Señor. A ellos les promete el Señor en Isaías- “Ustedes saldrán con alegría” del cuerpo; “en paz serán llevados” a la patria celestial. “Los montes”, o sea, los ángeles, “y los collados”, o sea, los apóstoles, “cantarán alabanzas” delante de ustedes; “y todos los árboles de la región”, o sea, las almas de los santos, “darán palmadas de aplauso” por su compañía, exultando y alabando con ustedes a Dios.
Hermanos queridísimos, supliquemos humildemente al Señor que, cuando lleguen nuestro último día y el término de nuestra vida, nos libere del escarnio de los demonios y nos haga partir en la alegría y conducir en paz por las manos de los ángeles.
Dígnese concedérnoslo aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
IV El cuarto adviento de Cristo en la majestad
16. “Habrá en la tierra consternación de pueblos” (Lc 21, 25). De esa consternación habla Isaías: “Con quebranto será quebrantada la tierra, en fragmentos será desmenuzada la tierra, con conmoción se bamboleará la tierra, con temblor temblará la tierra como un ebrio” (24, 19-20). Como el ebrio no sabe lo que hace, así todos los que se mueven de una parte a otra de la tierra, serán como ebrios por la magnitud de los males y quedarán como aturdidos ante los eventos.
La tierra, nombrada aquí cuatro veces, indica cuatro especies de pecadores: ¡os soberbios, los lujuriosos, los avaros y los iracundos. Los soberbios serán despedazados: “El Señor despedazará los dientes de los leones” (Salm 57, 7). Los lujuriosos serán desmenuzados, como dice Jeremías.- “El Señor los triturará con doble trituración” (17, 18), porque, los que pecaron con el alma y con el cuerpo, serán castigados en el alma y en el cuerpo. Los avaros se bambolearán: “Serán como la paja frente al viento y como la chispa que el torbellino dispersa” (Job 21, 18). Los iracundos temblarán: “Vi que los que obran la iniquidad y siembran dolores y los cosechan, al soplo de Dios perecen y son consumidos por el desahogo de su ira” (4, 8-9).
“Estarán angustiados por el bramido del mar y de las olas” (Lc 21, 25). De nuevo Isaías: “De improviso, súbitamente te visitará el Señor Dios de los ejércitos con truenos, con terremotos, con grandes estruendos de huracanes y de tempestades y de llamas de fuego devorador” (29, 6).
Los elementos de la naturaleza reivindicarán a su Autor. La ruina de los condenados llegará de improviso, como lo dice el Apóstol: “El día del Señor vendrá de noche como el ladrón. Y cuando dicen paz y seguridad, entonces repentinamente vendrá sobre ellos la destrucción, como los dolores a la mujer encinta; y nadie escapará” (1Tes 5, 2). Dice todavía el Apocalipsis: “He aquí: yo vengo en seguida. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!” (22, 20). Entonces el pecador será sorprendido por el trueno en el cielo y por el terremoto en la tierra, La tierra, oprimida por el peso excesivo de sus pecados, se sacará de encima al pecador. En el aire habrá un gran estruendo del huracán y en el mar el fragor de la tempestad. ¿A dónde huirá el desgraciado? ¿Dónde se esconderá? Si quiere subir al cielo, será rechazado por el trueno; si quiere salvarse en el aire, será arrollado por el huracán. Si quiere quedar en la tierra, no podrá resistir a su temblor, porque, como dice Job, “la tierra se rebelará contra él” (20, 27). Si quiere entrar en el mar, será expulsado por los oleajes. ¿Qué le queda al pobre pecador, para quien no se halla lugar en todo el mundo, sino caer en el abismo de Ramas del fuego devorador? Dice Job: “Lo devorará el fuego, no encendido por manos humanas” (20, 26).
17. “Los hombres se volverán secos (pasmados) por el terror y la expectación, que sobrevendrán a todo el orbe” (Lc 21, 26).
Esto es lo que dijo también ¡salas: “Aúllen, porque está cerca el día del Señor; vendrá como devastación del Señor. Por eso todas las manos se debilitarán; y desfallecerá y se despedazará todo corazón de hombre. Espasmos y dolores los asaltarán; sufrirán como una parturienta. Cada uno mirará con asombro a su vecino; sus rostros estarán como quemados por una llama. He aquí, viene el día del Señor, implacable y lleno de indignación, de ira y de furor, para convertir la tierra en un desierto y para exterminar de ella a los pecadores. Las estrellas del cielo y su esplendor ya no darán su luz; el sol se oscurecerá desde su salida, ni la luna expandirá su luz. Y castigaré al mundo por sus maldades y a los impíos por sus iniquidades. Haré cesar la soberbia de los infieles y humillaré la arrogancia de los prepotentes” (13, 6-11).
“Las potencias del cielo serán trastornadas” (Lc 21, 26), por el estupor. Dice ¡salas: “Toda la milicia de los cielos se disolverá, y los cielos se enrollarán como un libro” (34, 4). Comenta la Glosa: “Este aire será envuelto en el fuego y parecerá cerrarse como un libro. Después que todos los pecados sean abiertos y revelados, se cerrarán los libros que fueron abiertos, para que en ellos no se registren más los delitos. Dice Daniel: “Comenzó el juicio y se abrieron los libros” (7, 10).
“Y entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en una nube con gran poder y majestad” (Lc 21, 27). Presta atención a las dos palabras: poder y majestad. El poder se referirá a los que serán condenados; la majestad, a los que serán salvados. Tratemos los dos eventos.
18. Del poder tenemos una concordancia en Isaías: “El Señor saldrá como un valiente, y como un guerrero excitará su ardor”, para los justos castigos. “Vociferará, lanzará gritos y se esforzará contra sus enemigos. Yo siempre callé, guardé silencio, fui paciente. Ahora gritaré como una parturienta. Devastaré y devoraré a la vez. Reduciré a desierto los montes y los collados; y secaré toda su hierba” (42, 13-14). El Señor calló como una oveja llevada a la pasión; y ahora guarda silencio, porque no interviene con los castigos. Dice Job: “La vara de Dios no cae sobre ellos” (21, 9). Y fue paciente para que cada uno hiciera penitencia. Dice el Eclesiástico: “Tú disimulas los pecados de los hombres, para que hagan penitencia” (Sab 11, 24). Pero en el juicio gritará como una parturienta, espetando el dolor que había disimulado. Entonces dispersará todas las riquezas acumuladas y devorará todo su poder. Reducirá a desierto los montes y los collados, o sea, la soberbia de los prelados y de los súbditos, y secará todo germen de gula y de lujuria.
Símilmente, de ese poder dice Isaías: “La espada del Señor está llena de sangre y está engrasada con cebo; de la sangre de los corderos y de los chivos, de la sangre y de la grasa de los carneros. El Señor tiene víctimas en Bosra y una gran matanza en tierras de Edom. Y caen los unicornios y los toros con los poderosos; su tierra se abreva de sangre, y su suelo se impregna con la grasa de vísceras gordas, porque es el día de la venganza del Señor, un año de desquite para la causa de Sión. Sus torrentes se convertirán en resina y su suelo en azufre; y su tierra se convertirá en resina ardiente, que jamás se extinguirá ni de día ni de noche, y su humareda subirá incesantemente de una generación a otra” (34, 6~10).
En el día del juicio “la espada”, o sea, el poder “del Señor”, que se vengará de sus enemigos, “está llena de sangre y engrasada con cebo”, o sea, castigará los pecados y las orgías de los carnales. Estará llena “de la sangre de los corderos”, o sea, de los hipócritas, que se fingen corderos, mientras son lobos; “y de la sangre de los chivos”, o sea, de los libidinosos; “de la sangre y de la grasa de los carneros”, o sea, de los gordos abades y priores, que son los guías del rebaño.
“La víctima del Señor”, o sea, su venganza, “será en Bosra”, que se interpreta “fortificada”; y simboliza la comunidad disoluta y en discordia de los que viven en el claustro. Esa comunidad está defendida por fuera con los muros; pero por dentro está expuesta a todos los vicios que pasan. Dice Isaías: “Hiciste tu cuerpo como tierra y como camino para los que pasan” (51, 23).
“Y una gran matanza en el país de Edom”. Edom se interpreta “sanguinario” o “terreno”; y simboliza a los clérigos, contaminados con la sangre de la lujuria y con el barro del dinero.
“Y sus unicornios”, o sea, los emperadores y los reyes de este mundo, ,$y los toros”, o sea, los obispos mitrados, que tienen en la cabeza dos cuernos (de la mitra) como los toros. Todos ellos, que no hicieron verdadera penitencia de sus pecados, “caerán con los poderosos”, o sea, con los príncipes y las autoridades de este mundo, “en el infierno”, que es la tierra de los que mueren; tierra que se abreva “de su sangre y de su gordura”, o sea, de su malicia y de su soberbia.
La última parte de la cita de Isaías (por ser muy clara), no requiere explicaciones.
19. Sobre la majestad del Señor tenemos una concordancia en Isaías”El Señor será para ti una luz sempiterna y se acabarán los días de tu luto” (60, 20), porque los sufrimientos anteriores fueron olvidados y escondidos a la mirada de los que en esta vida, en la santidad y en la justicia, esperaban que viniera el Señor para el juicio. De ellos se dice en el introito de la misa: “Todos los que esperan en ti, no serán defraudados” (24, 3).
¡Sí, de veras, muy de veras! Ellos no serán defraudados, sino que exultarán eternamente. De la gloria de los buenos y del castigo de los malvados, tú prometes por boca de Isaías: “He aquí que mis siervos comerán; y ustedes padecerán hambre. He aquí que mis siervos beberán; y ustedes padecerán sed. He aquí que mis siervos se alegrarán; y ustedes serán confundidos. He aquí que mis siervos, en la felicidad de su corazón, cantarán alabanzas; y ustedes gritarán por el dolor del corazón y aullarán por la tortura del espíritu” (65, 13-14).
Hermanos queridísimos, roguemos, pues, al Señor Jesucristo, para que, cuando venga con gran poder y majestad en el día del último examen, para dar a cada uno según sus obras, no ejerza su poder con nosotros junto con los que serán condenados, sino que, con su majestad, nos haga bienaventurados junto con los demás bienaventurados y para que merezcamos con ellos comer y beber, alegrarnos y gozar en el reino de los cielos.
Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito y glorioso por los siglos eternos.
Y toda alma bienaventurada responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”.