Fiesta de San Esteban Protomártir
1. “En aquel tiempo Jesús decía a la multitud de los judíos: -“He aquí, yo os envío profetas y sabios” (Mt 23, 1 y 34). En este evangelio se destacan dos momentos: la persecución de los justos y Cristo que se compara a la gallina.
I. - La persecución de los justos
2. “He ahí, yo os envío profetas y sabios En esta primera parte se observa, en sentido moral, que los mundanos y los carnales destruyen en sí mismos o rechazan de si la múltiple inspiración de la gracia divina.
“Decía a la multitud de los judíos”. Los judíos, que amaban las cosas pasajeras y sólo a ellas se dedicaban, representan a los mundanos, afectos al cuerpo, los que, como se dice en el libro de los jueces, no eran capaces de decir Shibolet, que significa “espiga” o “grano”, sino que decían Sibolet, que quiere decir “paja” (Juec 12, 6). Van tras la paja y así llegan a ser paja, que será quemada en el fuego eterno.
A éstos les dice el Señor: “He ahí, yo os envío profetas y sabios y escribas”. Observa que en estas tres categorías de personas está simbolizada la triple inspiración de la gracia divina.
Los profetas representan el temor del juicio y el horror del infierno, que el Señor envía al alma pecadora, para que les anuncien con anticipación al juez terrible y a la gehena vengadora. Dice Nahúm: “¿Quién podrá permanecer delante de su ira? ¿Y quién resistirá al furor de su cólera? Su ira se derrama como el fuego, y delante de él se disuelven las piedras” (1, 6). Y Joel: “Delante de él hay el fuego que devora, y después de él hay la llama que abrasa” (2,3).
El Señor, por boca de Jeremías, habla de estos profetas: “Yo os envié mis siervos, los profetas, levantándome de noche; y os los envié, para que os dijeran: “¡No hagais esta cosa abominable!”. Pero ellos no escucharon ni prestaron oído, para que abandonaran su maldad” (44, 4-5). Se dice que el Señor se levanta de noche para enviar a los profetas, cuando él, en su misericordia, provoca el temor del juicio y el horror de la gehena en el alma que vive en la noche del pecado, Pero el alma desgraciada no acoge la inspiración, ni presta el oído a la obediencia, para abandonar el mal y convertirse a la penitencia.
Asimismo, los sabios representan aquellas divinas inspiraciones que ponen orden en los pensamientos, pesan las palabras, embellecen las obras, regulan la vida y lo disponen todo rectamente. El que camina con estos sabios, se vuelve él también sabio. De ellos dice el Eclesiástico: “No desdeñes la doctrina de los sabios y aplícate a sus preceptos. Aprende de ellos la sabiduría y el discernimiento” (8, 9-10). Preciosa es su escuela, agradable su enseñanza y dignas de alabanza sus directivas que orientan las costumbres y destruyen los vicios.
En fin, los escribas representan los sentimientos de nuestra mente, que en el libro de la memoria escriben la impureza de nuestra concepción, la insignificancia de nuestro nacimiento, la infamia de la injusticia, la miseria de nuestra peregrinación, la brevedad del tiempo y el recuerdo de la muerte. Lee en este escrito tan verdadero y estudia en este libro, en el que, como dice Ezequiel, “están escritos lamentaciones, elegías y ayes” (2, 9).
Lamentaciones por la impureza de la concepción y la insignificancia de nuestro nacimiento; elegías o cantos lúgubres por la infamia de la injusticia y la miseria de nuestra peregrinación; y ayes por la brevedad del tiempo y el recuerdo de la muerte. He ahí en qué modo el Señor piadoso y misericordioso les envía a los profetas para infundirles el dolor, a los sabios para orientar sus costumbres y a los escribas para recordarles la condición de su vida.
3. Vamos a ver cómo los ingratos judíos, o sea, los amantes de las cosas mundanas, correspondieron con muchas maldades a tan grandes beneficios. Dice el Señor en el evangelio: “De éstos, a algunos los matarán y los crucificarán, y a otros los flagelarán en sus sinagogas” (Mt 23, 34). Unamos entre sí los términos: matan a los profetas, crucifican a los sabios y flagelan a los escribas. Los soberbios y los vanagloriosos matan a los profetas; los glotones y los lujuriosos crucifican a los sabios; y los avaros y los usureros flagelan a los escribas. La soberbia y la vanagloria matan en el hombre el temor del juicio y el horror del infierno. Por esto hoy Esteban dice a los judíos: “oh gente de dura cerviz”: he ahí la soberbia; “e incircuncisos de corazón y de oídos”: he ahí la vanagloria; porque no quieren entender ni oír sino cosas agradables; “tanto ustedes como sus padres siempre resistieron al Espíritu Santo. ¿A cuál de los profetas no persiguieron sus padres? Ellos mataron a los que anunciaban con anticipación la venida del justo” (Hech 7, 51-52). Pues bien, ellos los matan en sí mismos, porque anuncian con antelación la llegada del juicio.
Los glotones y los lujuriosos crucifican y atormentan a los sabios, porque son corruptos en los pensamientos, lascivos en las palabras, disolutos en las obras y desordenados en las costumbres. Ellos dicen: “Llenémonos de vinos exquisitos y de perfumes y no dejemos pasar ninguna flor primaveral. Coronémonos de rosas antes de que se marchiten, y ninguna pradera escape a nuestra lujuria” (Sab 2, 7-8).
Los avaros y los usureros flagelan a los escribas en las sinagogas, o sea, en sus conciencias, donde se halla “la sede y la sinagoga de Satanás” (Ap 2, 9-13). Estos desgraciados no prestan atención a la condición de su vida: a su nacimiento y a su muerte. Nacieron sin bolsa y sin un centavo y morirán con poca estopa y saco; nacieron desnudos y morirán cubiertos con poco paño. ¿Y de dónde les vino todo lo que poseen? De la rapiña y de la usura.
Dice Habacuc: “¡Pobre de aquel que multiplicó lo que no era suyo! ¿Hasta cuándo acumulará sobre sí tan denso fango?” (2, 6). Hace como el escarabajo, que junta una gran cantidad de estiércol y con gran fatiga compone una pelota redonda (Aristóteles); pero al final pasa un asno y pone la pata sobre el escarabajo y sobre la pelota, destruyendo en un instante al escarabajo y la pelota por la que mucho se habla fatigado. Así el avaro y el usurero acumulan por largo tiempo el estiércol del dinero y se fatigan por largo tiempo; pero, cuando menos lo piensan, el diablo los estrangula. Y así el alma va al diablo, la carne a los gusanos y el dinero a los parientes.
4.”Y serán perseguidos de una ciudad a otra” (Mt 23, 34). Aquellos desgraciados no se contentan con rechazar la inspiración de la gracia divina y de apagarla en sí mismos, sino que quieren rechazarla también de sus parientes, como de sus hijos y esposas, casi persiguiéndolos de una ciudad a otra. Por ejemplo: si el hijo de un usurero, sacudido por el temor del juicio y de la pena del infierno, se propone vivir honestamente y llorar sobre la miseria de su vida; y si su padre llega a saberlo, éste, con todas sus fuerzas, contraría en él tal gracia, y lo mismo hace con su hija, con la esposa y con toda la familia.
“Para que recaiga sobre ustedes toda la sangre inocente”, o sea, la justa venganza por la sangre derramada, “desde la sangre del justo Abel”, que se interpreta “luto”, “hasta la sangre de Zacarías”, que se interpreta “recuerdo del Señor”, “hijo de Barajías”, que se interpreta “bendición del Señor”. ¡He ahí, cuántas maldades cometieron aquellos homicidas! ¡Matan en sí mismos y en sus parientes el luto de la penitencia y el recuerdo de la pasión del Señor, que fue dada por Dios Padre como bendición para todo el mundo!
“A Zacarías lo mataron entre el templo y el altar”, o sea, en el atrio del templo. Dice el Apocalipsis: “El atrio, que está fuera del templo, déjalo aparte y no lo midas, porque fue entregado a los paganos” (11, 2), o sea, a los que viven como paganos. El templo es figura de la Iglesia triunfante; el altar, de la iglesia militante; en cambio, el atrio simboliza la vanidad mundana, en la que se mata el recuerdo de la pasión del Señor.
II. - Cristo se compara a una gallina
-¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados!”. Con gran sentimiento de compasión Jesús llora sobre los hombres, no sobre las piedras.
“Jerusalén, que matas a los profetas”, que anunciaron al Señor de los profetas, “y los apedreas”. justamente por este verbo “apedreas”, se lee este evangelio en este día, en el que el bienaventurado Esteban fue apedreado por los judíos. Mientras les reprochaba su dureza -“gente de dura cerviz”-, afrontó la dureza de las piedras. Pero “la paciencia vence a la dureza” (Lucano). Ayer nació el Señor, hoy fue apedreado el siervo; ayer el rey fue envuelto en pañales, hoy el soldado fue despojado de su vestido corruptible; ayer, el Salvador fue recostado en el pesebre, hoy Esteban es llevado al cielo.
Esteban se interpreta “regla”, o “coronado”, o también “que mira”. Regla para nosotros es su ejemplo: “Dobladas las rodillas”, oró por los que lo apedreaban: “Señor, no les imputes este pecado”. Fue “coronado” con su propia sangre; y “miró” al Hijo de Dios: “veo los cielos abiertos y a Jesús, que está a la derecha de Dios” (Hech 7, 56 … ) . “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste! (Mt 23, 37). Como si dijera: “Yo quise y tú no quisiste; y cada vez que los junté, con mi voluntad siempre eficaz, lo hice contra tu voluntad, porque fuiste siempre ingrata”.
6. En otro sentido. El Señor dirige su reproche al alma ingrata: ,¡Jerusalén, Jerusalén!”. Este nombre se interpreta “temor perfecto”, o sea, completo, o también “temerá cumplidamente”. Se dice casa imperfecta, cuando no está terminada.
Observa que llama dos veces “Jerusalén”, porque el alma desventurada, que, como se dijo anteriormente, mata en sí misma a los profetas, tiene temor por dos cosas: ve sobre sí al juez irritado, y debajo de sí ve la gehena abierta y ardiente; y su espanto es total. Ahora, en cambio, no teme, al no preocuparse “en este su día de lo que sirve para su paz” (Lc 19, 42).
“Y apedreas a los que te son enviados” (Mt 23, 37), o sea, que rechazas en la dureza de tu corazón las visitas y las inspiraciones de la gracia divina. Dice Isaías: “Yo sé que tú eres obstinado y que tu cerviz es un nervio de hierro y tu frente es de bronce” (48, 4). En el nervio de hierro está simbolizada la soberbia obstinada. Dice Agustín: “Erguir la cabeza es señal de soberbia”. En la frente de bronce está indicada la irreverencia, o sea, la impiedad. Dice Ezequiel: “Toda la casa de Israel es de frente impudente y de corazón endurecido” (3, 7).
“¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos y no quisiste!”. Considera que la justificación del hombre se realiza a través de dos acciones: la decisión personal y la inspiración divina, porque el Creador coopera con la acción de su creatura. Por eso, en la obra de nuestra justificación, el Creador requiere nuestro voluntario consentimiento, como lo señala Isaías: “Si quieren y me escuchan, comerán los frutos de la tierra” (1, 19).
Cuando se ponen trabas a esta acción, hay que achacarlo al libre albedrío, como lo pondera el Salmo: “¡Oh, si mi pueblo me hubiera escuchado … !” (80, 14). Si nosotros en esta obra no hacemos nada, inútilmente imploraríamos la ayuda del Creador y falsamente lo llamaríamos ayudador. Efectivamente, una cosa es hacer y otra es ayudar. ¿Qué quiere decir ayudar, sino cooperar con el que obra?
Quien entendió que tenía en él una ayuda y un cooperador, fue aquel que dijo: “Tú eres mi ayuda y mi libertador; ¡oh Señor, no tardes!” (Salm 69, 6). Todos los días buscamos su ayuda, cuando en nuestras oraciones cotidianas gritamos:
“¡Ayúdanos, oh Dios, nuestro Salvador!”. (Salm 78, 9). Está claro, pues, que esta obra, en la que el Creador coopera con su creatura, es realizada por dos personas.
En esta obra, pues, son necesarios nuestro aporte y la gracia divina. En vano, uno se apoya en el libre albedrío si no se sostiene con la ayuda divina. Nuestra justificación se realiza por medio de nuestra decisión y con la inspiración divina. El querer sólo cosas justas, significa ser ya justo. Sólo de nuestra voluntad depende el ser llamados, con razón, justos o injustos, aunque en ambos casos seamos ayudados por las obras. Haz, pues, lo que te toca a ti ofreciendo tu voluntad; y Dios hará lo que le compete infundiéndote su gracia.
Hay que tener muy en cuenta que ni ángel ni hombre ni diablo pueden constreñir el libre albedrío; y tampoco Dios quiere hacerle violencia. Pero Dios quiere amablemente recoger a tu alrededor, oh alma, a tus hijos, o sea, tus afectos y sentimientos que están dispersos en diversos intereses temporales y en los vicios, para que “habites en su casa de común acuerdo” (Salm 67, 7). Por esto tú debes ofrecerte a ti misma de buena gana y querer justamente esto.
7. “Como la gallina junta sus polluelos bajo las alas”. Observa que la gallina se enferma, cuando los polluelos se enferman; al llamarlos a comer, chilla tanto hasta hacerse ronca; los cobija bajo las alas y los defiende del milano con las plumas erizadas, Así Cristo, Sabiduría del Padre, por nosotros enfermos se hizo enfermo. Dice Isaías: “Lo hemos Observado: era despreciado y tenido como el último de los hombres”, o sea, el más ruin, “hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento” (53, 2-3).
El que quiere consolar a un enfermo, es necesario que se revista de cariño hacia el enfermo. Se lee en el cuarto libro de los Reyes que “Elíseo se encorvó sobre el niño; y el cuerpo del niño retomó calor” (4Rey 4, 34). El curvarse de Eliseo simboliza la encarnación de Cristo, de la que recibimos el calor de la fe y recuperamos la vida. Nos llamó al banquete de su doctrina y nos llamó por tan largo tiempo que “su garganta se enronqueció” (Salm 68, 4).
Observa que el ronco no tiene voz melodiosa, sino que echa sonidos bajos y ásperos; y por esto no se lo escucha con gusto. Así, hoy en día, la doctrina de Cristo no tiene la voz melodiosa de la adulación, porque no halaga a los pecadores ni promete ventajas temporales, sino que resuena ásperamente, porque enseña a mortificar la carne y a despreciar el mundo; y por esto no es escuchada de buena gana.
Por esto se lamenta Job: “Llamé a mi siervo y no me respondió; con mi propia boca lo conjuraba. Mi aliento vino a ser repugnante a mi mujer, y hasta debía suplicar a los hijos de mis entrañas” (19, 16-17). Esposa de Cristo son los clérigos, que engordaron con su patrimonio y que más que otros aborrecen su aliento, o sea, su predicación, que procede de lo profundo de su ser, porque, como dice Job, “escondido y profundo es el lugar de donde se la extrae” (28, 18).
Asimismo, para ampararnos, extendió sus brazos como alas en la cruz y, erizado de espinas, se opuso al diablo, que tramaba arrebatarnos. La corona de espinas en la cabeza como un yelmo, la cruz en los brazos como escudo, los clavos en las manos como una clava: así armado, derrotó a nuestro adversario. A Cristo, pues, sean alabanza y gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!.
III. Sermón alegórico
Salm.- “Harás un candelabro de oro purísimo, labrado a martillo, del que se ramificarán los brazos, las copas, las esferas y los lirios. Saldrán de sus lados seis brazos: tres de un lado y tres del otro” (Ex 25, 31-32).
Leemos en Mateo: “No se enciende una lámpara para colocarla debajo de un almud, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en casa” (5, 15).
En efecto, la gracia del Espíritu Santo, “lámpara que arde y alumbra” (Jn 5, 35), fue puesta sobre el candelero, o sea, sobre el bienaventurado Esteban, como dice Zacarías: “Miré, y he ahí un candelero todo de oro con una lámpara encima de él” (4, 2). Esta lámpara, o lucerna, no fue colocada bajo el almud, al servicio de ganancias temporales, sino que alumbraba a todos los que estaban en la casa, o sea, en la iglesia. De ahí que Lucas, en la lectura de hoy, dice: “Esteban, Reno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (Hech 6, 5).
Este candelabro fue de oro purísimo, que simboliza su áurea pobreza. En efecto, corno dice el Génesis, “el oro de la tierra de Hevilá” -que se interpreta “parturienta” e indica a la iglesia primitiva- “era purísimo” (Gen 2, 12). Pero, ¡ay de mí!, ahora se cambió en escoria.
Fue también “dúctil”, labrado con golpes. También el bienaventurado Esteban fue labrado y extendido con los golpes de las piedras; y sus brazos se abrieron para abrazar a los enemigos. Escribe Lucas: “Apedrearon a Esteban, mientras oraba y decía: “¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!”.
Concuerdan con esto las palabras del tercer libro de los Reyes: “Llevaron a Nabot de Jezreel fuera de la ciudad y lo mataron, lapidándolo” (21, 13). Nabot no había querido que su viña, herencia de sus padres, fuese transformada en una huerta de hortalizas. Así también fue lapidado el bienaventurado Esteban: “Lo arrastraron fuera de la ciudad y lo apedrearon” (Hech 7 , 5860), porque se oponía a los judíos, que querían transformar a la iglesia primitiva en una huerta de hortalizas, imponiendo la Observancia de sus ritos y de sus tradiciones.
9. “Seis brazos se ramificarán de sus lados, tres de un lado y tres de otro”. Los seis brazos del candelero simbolizan las seis virtudes, que se hallaban en el bienaventurado Esteban y que fueron recordadas en la lectura de la misa de hoy.
La fe. Se dice: “Eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo”; estas palabras destacan que la fe de Esteban era viva y operante. La gracia y la fortaleza: “Estaba lleno de gracia y de fortaleza”. La sabiduría y la audacia en la predicación: “No podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba”; y también: “Gente de dura cerviz e incircuncisos de corazón”. La oración por los que lo lapidaban: “¡Señor, no les tengas en cuenta este pecado!”. Vivía de fe, con la gracia comunicaba, con la fortaleza resistía, con la sabiduría instruía, con la audacia del espíritu confutaba y con la oración ayudaba.
En estos brazos había copas, esferas y lirios. En la cavidad de la copa está indicada la humildad del corazón; en la redondez de la esfera, la preocupación por las necesidades de los hermanos; en los lirios, la pureza del cuerpo.
He ahí, pues, el candelero de oro en la tienda del Señor, que alumbra la mesa de las ofrendas, o sea, a la iglesia y al alma fiel, o sea, al protomártir Esteban adornado de virtudes, bañado en su sangre y triunfante en los cielos.
Por sus plegarlas, nos conduzca a los gozos eternos aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
IV- Sermón moral
10. “Harás un candelabro de oro purísimo, labrado a martillo”. En el candelabro está simbolizada el alma de los fieles. De este candelabro el Señor dice a Aarón: “Después de haber preparado las siete lámparas, erigirás el candelabro en la parte meridional, para que las lámparas irradien su luz hacia el septentrión y hacia la mesa de los panes de la proposición” (Num 8, 2).
Las siete lámparas simbolizan la gracia del Espíritu Santo, la fe en el Verbo encarnado, el amor al prójimo, la enseñanza de la palabra de Dios, la luz del buen ejemplo, la recta intención del alma y la constancia en los propósitos.
De la gracia del Espíritu Santo dice Job: “Su lámpara brillaba sobre mi cabeza, y a su luz yo caminaba también en las tinieblas” (29, 3). La lámpara brilla sobre la cabeza, cuando la gracia ilumina la mente; y entonces en las tinieblas del presente destierro ve claramente donde pone el pie. De la fe en el Verbo encarnado habla Lucas: “¿Qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende la lámpara y barre la casa hasta hallarla?” (15, 8). Las nueve dracmas representan los nueve coros de ángeles; y la décima representa a Adán y a su descendencia, que se perdió, cuando fue echada del paraíso. Sin embargo, “la mujer”, o sea, la sabiduría de Dios Padre, “encendió la lámpara”, cuando en la frágil arcilla de nuestra humanidad colocó la luz de su divinidad. Y así “barrió la casa”, o sea, el mundo y el infierno, “hasta encontrarla”. Sobre el amor al prójimo está escrito en los Proverbios: “Los mandamientos son lámparas, la ley es luz, y las correcciones de la disciplina son senderos de vida” (Prov 6, 23). “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen recíprocamente” (Jn 13, 34).; este mandamiento es luz. “El que ama a su hermano permanece en la luz; y el que lo odia permanece en las tinieblas” (1 Jn 1, 10-11). Y la misma “ley” del amor, de la que dependen la Ley y los profetas, es “luz”. Y “las correcciones de la disciplina” son “senderos de vida”, o sea, senderos que llevan a la vida. Dice el Apóstol: “Ninguna disciplina, en el momento, parece ser causa de gozo, sino de tristeza”: he ahí la corrección; “pero, después, da frutos de paz y de justicia a los que en ella se ejercitaron” (Heb 12, 11): he ahí el sendero de la vida.
Sobre la enseñanza de la palabra de Dios dice el Salmo: “Tu palabra es lámpara para mis pasos” (118, 105). Y Pedro: “Tenemos una confirmación mejor en la palabra de los profetas, a la cual hacen bien en prestar atención como a una lámpara que brilla en lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero de la mañana se levante en sus corazones” (2 Pe 1, 19).
Sobre la luz del buen ejemplo habla Lucas: “Estén ceñidos sus lomos y las lámparas encendidas en sus manos” (12, 35). Y Gregorio comenta: “Tenemos en las manos las lámparas encendidas, cuando con las buenas obras mostramos a nuestro prójimo ejemplos luminosos”.
Sobre la recta intención del alma leemos en Mateo: “La lámpara de tu cuerpo es el ojo. Si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz” (6, 22). El ojo simboliza la intención, y el cuerpo la obra. Si la intención es buena, o sea, sin pliegues de fraude, toda la acción será luminosa, porque es iluminada por la lámpara de la recta intención.
Y, en fin, sobre la constancia en los propósitos hallamos en los Proverbios, donde se habla de la mujer fuerte: “Su lámpara no se extingue ni durante la noche” (31, 18). Como si dijera: “La noche de las tentaciones diabólicas no apaga la luz del alma perseverante”.
Estas siete lámparas deben ser puestas en el alma, para que se dirijan hacia el septentrión, contra el aquilón, o sea, contra el diablo, a fin de que el alma, iluminada por ellas, descubra las astucias de Satanás y se defienda; y para que iluminen también la “mesa de los panes de la proposición”, o sea, de las ofrendas, en la que está simbolizada la conducta de los fieles.
Como el alma se nutre de cosas celestiales, así esta mesa ofrece a todos, en las tinieblas de la presente ceguera, lo que es iluminado por dichas lámparas. Y Observa que el Señor manda que el candelero “sea erigido en la parte austral”, no en la occidental. La parte meridional es figura de la vida eterna: “Dios -dice Habacuc- viene del mediodía” (3, 3). El alma del fiel, cuando se levanta para cumplir una obra buena, levántese en la parte meridional, para que todo lo que hace, lo haga no por la hueca gloria del mundo, sino por la gloria celeste. “Harás, pues, un candelabro”.
11. “Dúctil, labrado con el martillo”. Con el martillo de la contrición el alma es labrada y ensanchada hacia el amor del Redentor. Con los golpes el alma crece y madura, y con el sufrimiento se dilata, porque “la paciencia goza en las cosas arduas” (Lucano). Algo semejante hallamos en el Eclesiástico: “El sabio se engrandece por sus palabras” (20, 29). Mientras él se golpea con las palabras de la propia acusación, o sea, de la confesión, se engrandece en el amor de Dios. Y dado que con los golpes de la contrición se llega a la pureza del corazón, el texto bíblico añade: “Candelabro de oro purísimo”. Dice el Apocalipsis: “La ciudad era de oro puro, semejante a terso cristal” (21, 18).
El alma del justo, sede o ciudad de la sabiduría, es llamada oro puro, porque resplandece por la pureza de los pensamientos; y si de vez en cuando, por la fragilidad de la condición humana, se mancha con algún pecado, inmediatamente lo manifiesta, como terso cristal, en la confesión; y así progresa en el amor a Dios y al prójimo.
“Seis brazos se ramificarán de los dos lados Los seis brazos del candelabro son en el justo como brazos amorosos, con los cuales el alma abraza a Dios y al prójimo.
De estos brazos, con los cuales abraza a Dios, se dice en el Deuteronomio y en Lucas: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 5; y Lc 10, 27). Agustín así habla y comenta: “Con todo el corazón”, o sea, con el entendimiento, sin errores; “con toda la mente”, o sea, con la memoria, sin olvidos; “con toda el alma”, o sea, con la voluntad sin recalcitrar”.
Asimismo, los brazos, con los que el alma abraza al prójimo, son éstos: perdonar al que peca, corregir al que yerra, nutrir al que tiene hambre. En estos brazos están insertos las copas, las esferas y los lirios.
Las copas simbolizan la gracia de la doctrina celeste, de la que beben los amigos y se embriagan los más queridos. Esta es la copa de plata de José, escondida en la bolsa de Benjamín (Gen 44, 2 y 12), o sea, en el corazón del justo.
En las esferas está simbolizado el correr rápido hacia la confesión. Dice Isaías: “Toma la cítara”, o sea, la confesión; “recorre la ciudad”, o sea, tu mente y tu vida”, para dar vuelta a todo y nada quede oculto-, “haz buena melodía”, acusándote a ti mismo; “reitera la canción”, echándote la culpa y llorando; “para que seas recordado”, en presencia de Dios (23, 16). Canta también el histrión delante de la puerta del rico, para recibir algún beneficio. En los lirios está simbolizada la luminosa y suave compañía de los bienaventurados ejércitos angélicos. “Mi amado se apacienta entre lirios” (Cant 2, 16), y dice: “El vencedor será vestido con vestiduras blancas” (Ap 3, 5). También el ángel de la resurrección apareció ceñido con una vestidura blanca (Mc 16,5).
Aquel que es el Dios bendito por los siglos eternos, nos lleve también a nosotros a recibir esta vestidura blanca, ¡Amén! ¡Así sea!