Pestañas abiertas

1 abierta

    En alabanza de la Bienaventurada Virgen María

    1. En aquel tiempo: una mujer de entre la multitud levantó la voz y dijo: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!” (Lc 11,27).

    En el Cantar de los Cantares el esposo dice a la esposa: “Resuene tu voz en mis oídos, porque tu voz es suave” (2, 14). La voz suave es la alabanza -a la Virgen gloriosa, que resuena dulcísima a los oídos del esposo, o sea, de Jesucristo, Hijo de la misma Virgen.

    Pues bien, cada uno en particular y todos juntos levantemos la voz en alabanza de la Virgen María, y digamos a su Hijo: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!”.

    2. “Bienaventurado” quiere decir “bien afortunado”. Bienaventurado es aquel que tiene todo lo que quiere y no quiere nada malo.

    Bienaventurado es aquel que consigue todo lo que desea. Bienaventurado, pues, es el vientre de la gloriosa Virgen que por nueve meses mereció llevar todo el Bien, el sumo Bien, la Bienaventuranza de los ángeles y la Reconciliación de los pecadores.

    Dice san Agustín: “Según la carne, fuimos reconciliados sólo por medio del Hijo; pero, según la divinidad, no fuimos reconciliados con el solo Hijo. Es la Trinidad que nos reconcilió consigo misma, porque ella misma hizo que tomara carne el solo Hijo”. Bienaventurado es, pues, el vientre de la gloriosa Virgen, de la que siempre san Agustín, en su tratado De la Naturaleza y de la Gracia, dice: “Cuando se trata de los pecados, no quiero ni nombrar a la Virgen María por el honor que se le debe al Hijo, Sabemos bien que, para vencer el pecado en todas sus manifestaciones, le fue dada una gracia mayor a aquella que mereció concebir y dar a luz a aquel del que consta no haber tenido pecado. Y si pudiéramos juntar a todos los santos y santas y les preguntáramos si tuvieron algún pecado, a excepción de la santa Virgen María, todos nos responderían con las palabras de Juan: “Si dijésemos que no hemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y no habría en nosotros la verdad” (1Jn 1, 8). “La Virgen gloriosa fue prevenida y colmada de una gracia singular, para poder tener como fruto de su vientre a aquel que desde el principio ella tuvo como Señor del universo” (Pedro lombardo).

    3. ¡Bienaventurado, pues, el vientre, del que en alabanza de su Madre el Hijo dice en el Cantar de los Cantares: “Tu vientre es un cúmulo de trigo, rodeado de azucenas!” (7,2) El vientre de la Virgen gloriosa fue como un cúmulo de trigo: cúmulo, porque en él se acumularon todas las prerrogativas de méritos y de premios; de trigo, porque en él, como en un granero, por obra del verdadero José, fue colocado el trigo, para que no muriera de hambre todo Egipto.

    El trigo, que se conserva en un granero muy limpio, se dice en latín tríticum, porque su grano es triturado y molido; es blanco por dentro y rubio por fuera, y es figura de Jesucristo, que, escondido por nueve meses en el granero del vientre purísimo de la gloriosa Virgen, fue triturado por nosotros en el molino de la cruz; fue cándido por la inocencia de la vida y rubicundo por la efusión de la sangre. Ese vientre bienaventurado fue rodeado de azucenas. La azucena, blanca como la leche, simboliza por su candor la virginidad de Maria. Su vientre fue circunvalado, o sea, protegido por el valle de la humildad, y rodeado de azucenas por su doble virginidad, la del espíritu y la del cuerpo. Agustín lo proclama: “El unigénito de Dios, en la concepción, asumió verdadera carne de la Virgen, y en el nacimiento conservó en la Madre la integridad virginal”.

    ¡Bienaventurado, pues, el vientre que te llevó! Fue de veras un vientre bienaventurado, porque te llevó a ti, oh Dios e Hijo de Dios, Señor de los ángeles, Creador del cielo y de la tierra y Redentor del mundo. La hija llevó al Padre, la Virgen pobrecilla llevó al Hijo. Oh querubines y serafines, oh ángeles y arcángeles, en humilde actitud, con la cabeza inclinada, con reverencia, adoren el templo del Hijo de Dios, sagrario del Espíritu Santo, el bienaventurado vientre circunvalado de azucenas, y aclamen: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó!”. oh hombres, hijos de Adán, a los que están concedida esta gracia y esta prerrogativa, con fe y devoción, con mente compungida, postrados en tierra, adoren el trono del verdadero Salomón, trono de marfil, excelso y sublime, y proclamen: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó!

    4. “Y los pechos que mamaste”. De ellos canta Salomón: “Cierva amable y cervatillo gracioso: sus ubres te embriaguen siempre y gózate siempre en su amor” ( Prov 5, 19).

    La Historia Natural nos dice que la cierva pare en un camino frecuentado, sabiendo que el lobo evita el camino frecuentado a causa de la presencia del hombre. La cierva amable simboliza a María, que en el camino frecuentado, o sea, en el establo, dio a luz a su pequeño Hijo, gracioso cervatillo, que nos fue dado en gracia y en el tiempo oportuno.

    Sigue Lucas: “Dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales” para que nosotros recibiéramos la estola de la inmortalidad, “y lo acostó en el pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue” (2, 7). Y añade la Glosa: “No halló lugar en el albergue, para que nosotros tuviéramos muchas mansiones en el cielo”.

    Los pechos de esta cierva, amabilísima para todo el mundo, te embriaguen en todo tiempo, oh cristiano, para que, olvidando, como ebrio, todas las cosas temporales, te despliegues hacia las cosas futuras. Pero es muy sorprendente el verbo: “te embriaguen”, porque de los pechos no brota el vino que embriaga, sino la sabrosísima leche. Escucha cómo el esposo, su Hijo, la alaba en el Cantar: “ ¡Qué hermosa y qué graciosa eres, oh amor, hija de delicias! Tu talla se asemeja a la palmera y tus pechos a los racimos” (7, 6-7). ¡Qué hermosa eres en el alma, qué graciosa en el cuerpo, madre mía, esposa mía, cierva amable, en las delicias, o sea, en los premios de la vida eterna!.

    5. “Tu talla se asemeja a la palmera”. observa que la palmera, en la parte baja y en la corteza, es áspera; en cambio, en lo alto, es hermosa a la vista y cargada de frutos; y, como afirma Isidoro, produce frutos sólo cuando es centenaria. Así la vida de la Virgen María fue dura y áspera a causa de la corteza de la pobreza; pero ahora es hermosa y gloriosa en el cielo, porque es la reina de los ángeles. Ella mereció el fruto centuplicado que se da a las vírgenes, porque ella es la Virgen de las vírgenes y la Virgen sobre todos. Con razón podemos ensalzarla: “Tu talla se asemeja a la palmera y tus pechos a los racimos”.

    El racimo es un género de fruto que reúne muchos granos en unidad, como los racimos de la uva, producidos por la vid.

    En la historia de José, el hebreo, dice el copero del rey: “Yo soñaba que veía delante de mí una vid con tres sarmientos que crecía poco a poco, echaba yemas, después las flores y la uva que maduraba” (Gen 40, 9-10). Esta expresión contiene siete cosas dignas de nota: la vida, los tres sarmientos, las yemas, las flores y la uva. Vamos a ver cómo estas cosas convengan excelentemente a la Virgen María.

    La vid, llamada así por su fuerza (en latín, vís) en echar pronto raíces o porque se enlaza con las otras vides, es la Virgen María que, desde el principio, se arraigó más profundamente que todos en el amor de Dios, y se enlazó inseparablemente con la vid verdadera, o sea, con su Hijo, que dijo: “Yo soy la vid verdadera” (Jn 15, 1). Y en el Eclesiástico María dijo de sí misma: “Yo, como la vid, produje frutos de suave perfume” (24, 23).

    El parto de la bienaventurada Virgen no tiene semejanza con ninguna otra mujer, pero tiene semejanzas en la naturaleza. ¿Preguntas cómo la virgen engendró al Salvador? Como la flor de la vid produce el perfume. Tú hallarás que la flor de la vid, al emanar su perfume, permanece incorrupta; de manera semejante debes creer que el candor de la Virgen se conservó inviolado, después que engendró al Salvador. ¿Qué otra cosa es la flor de la virginidad sino la suavidad de su perfume? Los tres sarmientos de esta vid fueron el saludo del ángel, la intervención del Espíritu Santo y la inefable concepción del Hijo de Dios. Producida por estos tres sarmientos, la familia de los fieles se ensancha diariamente por todo el mundo y se multiplica por medio de la fe. Las yemas de la vid son la humildad y la virginidad de María; las flores son la fecundidad sin corrupción y el parto sin dolor; los tres racimos de uva son la pobreza, la paciencia y la templanza de la Virgen. Estas son las uvas maduras, de las que fluye el vino perfecto y aromático, que embriaga; pero, aun embriagando, hace sobrias las mentes de los fieles. Con razón, pues, se dice: “Las delicias de sus pechos te embriaguen en todo momento y en su amor deléitate continuamente”. Así, con ese amor, podrás despreciar los falsos placeres del mundo y reprimir la concupiscencia de tu carne.

    6. Refúgiate junto a ella, oh pecador, porque ella es la ciudad del refugio. Como en el pasado el Señor, como se lee en el libro de los Números, “estableció las ciudades de refugio”, en las que se refugiasen los que involuntariamente hubiesen cometido un homicidio (35, 11-14); así ahora la misericordia del Señor nos dio el nombre de María como refugio de misericordia, también para los que mataron voluntariamente.

    Una torre inexpugnable es el nombre de María, para que junto a ella se refugie el pecador y sea salvado. ¡Nombre dulce, nombre que reconforta al pecador y nombre de dichosa esperanza! “Señora, ¡tu nombre es el suspiro del alma!” (Is 26, 8). Y el nombre de la virgen era María. “Tú nombre es perfume fragante” (Cant 1, 2). “El nombre de María es júbilo para el corazón, miel para la boca, melodía para el oído” (Bernardo). De manera excelente, pues, se proclama en alabanza de la Virgen: “¡Bienaventurado el vientre que te nevó y los pechos que mamaste!”.

    Observa que del latín sugere, mamar, viene sumendo agere, obrar mamando. Cristo, mientras mamaba la leche, obraba nuestra salvación. Nuestra salvación fue su pasión. Sufrió la pasión en el cuerpo, que había sido alimentado con la leche de la Virgen. Por eso se dice en el Cantar: “Bebí mi vino con mi leche” (5, 1).

    Señor Jesús, ¿por qué no dijiste: “Bebí el vinagre con mi leche?”. Fuiste amamantado por los pechos virginales y fuiste abrevado con hiel y vinagre. La dulzura de la leche se cambió en la amargura de la hiel, para que esa amargura nos procurara la dulzura eterna. Mamó de los pechos aquel que en el monte Calvario quiso que la lanza traspasara su pecho, para que los pequeños, en lugar de la leche, mamaran la sangre, como se lee en Job: “Los polluelos del águila maman la sangre” (39, 30).

    7. Sigue el evangelio: “Y Jesús les respondió: “¡Bienaventurados, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la practican!” (Lc 11, 28). Como si dijese que María no sólo era digna de alabanza porque llevó en el vientre al Hijo de Dios, sino que también fue dichosa porque en su obrar observó los mandamientos de Dios.

    Te rogamos, pues, nuestra Señora y nuestra esperanza. Tú que eres la estrella del mar, brilla sobre nosotros que andamos sacudidos por las tempestades del mar de este mundo y guíanos al puerto. En el momento de nuestro “tránsito”, defiéndenos con tu presencia consoladora, para que, sin temor, podamos salir de la cárcel y merezcamos llegar felizmente al gozo infinito. Nos lo conceda aquel Jesús, a quien llevaste en tu vientre bendito y amamantaste con tus pechos sagrados. A El sean el honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica