Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo XI después de Pentecostés

    Exordio.

    Sermón de Navidad

    1. “En aquel tiempo dijo Jesús a algunos que presumían ser justos y despreciaban a los demás, esta parábola: “Dos hombres subieron al templo” (Lc 18, 9-10).

    Se lee en el Eclesiástico: “Tres veces más intenso es el sol que abrasa los cerros: él lanza rayos de fuego y, haciendo brillar sus rayos, ofusca los ojos” (Sir 43, 4).

    Es llamado sol, porque aparece solitario, después de haber hecho oscurecer con sus rayos todas las otras estrellas. En el sol están figurados cuatro caballos: Piroides, “el que resplandece”; Eoo, “el que calienta”; Etón, “el que arde”; Flegón, “el que templa el calor” (Beda). El sol, pues, -tiene cuatro propiedades: resplandece al salir; calienta al subir al cielo; arde al mediodía y es templado al ocaso. El sol es figura de Jesucristo, el cual “habita una luz inaccesible” (1Tim 6, 16); a su luz toda luz es tiniebla; a comparación de su justicia, toda la justicia de los santos es como el paño de una mujer menstruada (Is 64,6).

    Los cuatro caballos de este Sol son los cuatro evangelistas: Mateo, Marcos, Juan y Lucas. Mateo fue corno un caballo esplendoroso y está representado con rostro humano, porque comienza su evangelio escribiendo la vida del hombre: “Libro de la genealogía de Jesucristo”. Marcos es el que calienta y está representado con cara de león, que es de naturaleza fogosa. Su evangelio comienza: “Voz de uno que clama en el desierto”. Juan, el que arde, está representado por un águila, porque con ojos no ofuscados elevado como águila sobre sí mismo, fijó la mirada en el Sol, al decir: “En el principio existía el Verbo”. Lucas, el que templa el calor, está figurado en una cara de novillo, que se inmola en el sacrificio.

    Jesucristo fue sol esplendoroso en su natividad; fue sol que calienta en su predicación, en la cual ruge como un león: “¡Hagan penitencia!”; fue sol ardiente en la ejecución de los milagros, con los cuales demostró ser verdadero Dios; fue sol templado en su pasión; y, como novillo inmolado al Padre, tramontó en la muerte.

    Símilmente, este Sol, cuando sale para el pecador, resplandece para hacerle conocer sus pecados, lo calienta en el dolor de los pecados, lo quema en el fervor de la satisfacción y lo atempera en la mortificación de los vicios.

    De este Sol dice el Eclesiástico: “Tres veces más intenso es el sol que abrasa los montes; lanza rayos ardientes y, haciendo brillar sus rayos, deslumbra los ojos” (43, 4). El monte es llamado así, porque no se mueve (asonancia en latín entre mons et non motus). Los montes simbolizan a los soberbios de este siglo, de los que habla el Salmo: “Los montes se derritieron como cera en presencia del Señor” (96, 5); y esto sucede cuando el sol los abrasa con calor tres veces más intenso: con la contrición, con la confesión y con la satisfacción de la obra. Con este incendio deseaba ser abrasado el Profeta, que decía: “Abrasa mis riñones y mi corazón” (Salm 25, 2). El corazón se abrasa con la contrición, la lengua con la confesión y los riñones con la satisfacción.

    “El sol lanza rayos ardientes”, o sea, los emite de sí mismo. Los rayos del sol son la pobreza y la humildad, la paciencia y la obediencia de Jesucristo. Cuantos ejemplos y cuantas palabras de salvación nos dio, otros tantos rayos ardientes nos lanzó de sí mismo, para que nos abrasáramos de amor hacia El. Y sigue: “Y con el fulgor de sus rayos deslumbra los ojos”. Con los rayos de su pobreza y de su humildad deslumbra los ojos de los soberbios, “para que, aun viendo, no comprendan” (Jn 12, 40).

    Es como el colirio, que antes molesta al ojo enfermo y casi lo ciega, pero después lo aclara y lo ilumina. Por eso El mismo dice en Juan: “Yo vine a este mundo para juzgar, para que los que no ven vean y los que ven, se vuelvan ciegos”. Y todavía: “Si ustedes fueran ciegos, no habría ningún pecado” -porque buscarían el colirio que quita todo pecado-; “pero ahora dicen: “Nosotros vemos”, su pecado permanece” (9, 39 y 41).

    Por este Sol fue incendiado, abrasado y deslumbrado aquel publicano, verdadero penitente, del que se lee en el evangelio de hoy: “Dos hombres subieron al templo …

    2. Presta atención que en este evangelio sobresalen dos conductas: la arrogancia del fariseo y el arrepentimiento del publicano. La primera, cuando dice: “Dos hombres subieron al templo”. La segunda, cuando añade: “En cambio, el publicano, de pie y de lejos …

    Toma nota también que, en este domingo y en el siguiente, vamos a concordar algunos pasajes del libro del Eclesiástico con las partes de este evangelio y del domingo siguiente.

    En el introito de la misa de hoy se canta: “¡oh Dios, ven en mi ayuda!

    (Salm 69, 2), y se lee un pasaje de la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Pongo en su conocimiento el evangelio que les anuncié” (1Cor 15, 1). Lo podemos dividir en dos partes. La primera: “Pongo en su conocimiento”; y la segunda: “Yo soy el mínimo de todos los apóstoles”.

    I- La arrogancia del fariseo

    3. “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana y doy los diezmos de todo lo que poseo” (Lc 18, 10-12).

    Ante todo, con la Glosa, debemos ponderar que hay cuatro especies de hinchazón o de soberbia: cuando uno se atribuye a sí mismo el bien que tiene; o, aunque ese bien fuere dado por Dios, piensa que le fue dado por sus méritos; o se jacta de tener lo que no tiene; o, en fin, después de haber despreciado a los demás, ambiciona ser particularmente admirado por lo que tiene. A él se le puede aplicar el verso: “Se hinchan ellos mismos por sus propios méritos, pensando falsamente que los tienen más que los demás” (Autor ignoto).

    El fariseo, inficionado por esta peste, salió del templo no justificado, porque se atribuyó de manera particular los méritos de los beneficios divinos y se estimó mejor que el publicano. ¡He ahí a un león muerto y a un perro vivo! De ellos dice Salomón: “Es mejor un perro vivo que un león muerto” (Ecle 9, 4), o sea, es mejor el humilde publicano que el soberbio fariseo.

    Y Observa que el hueso del cuello del león es compacto, y no fraccionado en anillos; y además en sus huesos no hay médula. Los huesos del león son de una particular dureza más que los huesos de los demás animales; y por esto cuando uno choca con otro, brotan chispas” (Aristóteles). Símilmente, el cuello del soberbio no tiene anillos, o sea, no tiene flexibilidad. Dice Job: “Extendió contra Dios la mano, y se atrevió a ser fuerte contra el omnipotente. Corrió contra Dios con el cuello erguido y armado de su dura cerviz” (15, 25). “Oh árbol alto, doblega tus ramas, afloja tus rígidas fibras y atenúa el rigor que te dio la naturaleza” (Breviario: Himno de la Pasión).

    Oh soberbio fariseo, “¿por qué tu corazón se llena de orgullo -pregunta ob- y por qué tienes los ojos absortos como si tuvieras elevados pensamientos? Y ¿por qué tu espíritu se hincha contra Dios hasta proferir con tu boca tales palabras?” (15, 12-13). Tú dices con el fariseo: “Yo no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros”. “¿Qué es el hombre, para que se considere sin mancha y para que se llame justo el nacido de mujer? He ahí: ¡ni los cielos son puros delante de él, cuánto menos el hombre abominable y vil! “ (15, 14-16). “He ahí: ¡ni los que le sirven están al seguro; y El halla manchas en sus mismos ángeles! ¡Cuánto más hallará manchas en los hombres que viven en casas de barro (cuerpo) y tienen sus cimientos en el polvo!”. (4, 18-19).

    Y el soberbio no tiene tampoco la médula de la compasión. Sus palabras están en contraste con sus obras y de esta colisión brota el fuego de la arrogancia, de la ira y de la vanagloria.

    Se lee en el Libro de los Jueces: “Salga el fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano” (9, 15). La zarza es una especie de mata muy tupida y muy punzante, y simboliza al soberbio, asediado por las espinas de las riquezas y de los pecados. De esas espinas procede el fuego de la soberbia, que devora todos los cedros del Líbano, o sea, todas las obras que él hace: “Ayuno dos veces por semana y pago los diezmos de cuanto poseo”. Se pregunta Gregorio: “¿Qué importa si toda la ciudad está custodiada, si se olvida una brecha, por la cual los enemigos puedan entrar?”. Además, cuanto más somos orgullosos de la perfección de una vida buena, tanto más mostramos que ni estamos en los comienzos de la perfección. Nos amonesta el Eclesiástico: “No te enorgullezcas cuando cumples tu deber” (10, 29). “Es abominación delante de Dios todo altivo de corazón” (16, 5).

    Con razón, pues, se dice del león muerto: “El fariseo estaba en pie”, con el cuello erguido. Fariseo se interpreta “separado”. Al estimarse justo, se separaba del publicano: “No soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros-, ni como este publicano”. ¿Quiénes son los demás hombres sino todos, fuera de él? Como si dijera: “Solamente yo soy justo; los demás son pecadores”.

    4. Sobre este tópico tenemos una concordancia en el Eclesiástico: “Hay tres clases de personas que mi alma odia y me siento molesto por su existencia: el pobre soberbio, el rico mentiroso y el viejo necio y falto de juicio” (25, 3-4). Se dice soberbio, porque va por encima (en latín, super vadens); mentiroso, en latín méndax, es el que engaña la mente ajena; viejo es aquel que no se conoce (en latín, senex, se nesciens), o sea, delira por la provecta edad, o se vuelve insipiente por la edad o por la disminución de los sentimientos. Los naturalistas afirman que la edad de los niños y la edad de los viejos tienen analogías: en los niños la sangre no es todavía muy cálida, en los ancianos es casi fría.

    Pondera que estos tres tipos, odiosos a Dios, se hallan en este fariseo y también en todos los soberbios. El fariseo era un pobre soberbio: pobre, porque a través de la abertura que había olvidado, entraron los ladrones y hurtaron todos sus bienes; soberbio, porque, yendo por encima, se creyó mejor de lo que era. Además, el soberbio es pobre, porque carece de las riquezas de la humildad; y el que no tiene humildad, se halla en la más grande miseria. El fariseo fue un rico mentiroso: rico, cuando dijo: “Ayuno dos veces por semana”; mentiroso , cuando antepuso: “Yo no soy como los demás”.

    Lo mismo hacen los religiosos de nuestros tiempos, ricos en la apariencia de la santidad, pero mentirosos en la arrogancia de su mente. Dicen con Elías: “Estoy repleto de celo por el Señor Dios de los ejércitos, porque los hijos de Israel abandonaron tu alianza, demolieron tus altares y mataron de espada a tus profetas: quedé solo y ellos intentan quitarme la vida” (3 R 19, 10). Estos tipos, que están convencidos de ser los únicos en servir a Dios y postrarse delante de El, escuchen lo que dice el Señor: “Me reservé en Israel siete mil hombres, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal” (3 R 19, 18).

    Hermano, “¿de Nazaret puede brotar algo bueno?” (Jn 1, 46) (¡Y nada menos vino Jesús!). Nuestro Dios no es sólo Dios de los montes, sino también el Dios de los valles. El dice en los Cantares: “Yo soy la flor del campo y el lirio de los valles” (2, 1). Dios habita en lo más alto del cielo; y, sin embargo, ¡mira a los humildes!

    Finalmente, el fariseo fue un viejo necio: viejo, porque no se conocía a sí mismo, había perdido los sentimientos y no sabía lo que decía. Había subido al templo para orar y no para alabarse a sí mismo. Comenzó a alabarse a sí mismo aquel, que debía comenzar con la oración del Señor. La misma cosa hacen algunos con su predicación. Como prólogo comienzan a tejer sus alabanzas. “La alabanza en tu boca ensucia” (Sir 15, 9). “Te alabe la boca ajena, no la tuya” (Prov 27, 2).

    5- Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “Pongo en su conocimiento el evangelio que les prediqué y que ustedes recibieron y en el cual ustedes perseveran y por el cual son salvados, si lo guardan en la forma como se lo anuncié; diversamente habrían creído en vano” (1Cor 15, 1-2).

    El evangelio que Cristo y los apóstoles predicaron, es la humildad. Dice el Señor: “Aprendan de mí a ser mansos y humildes de corazón” (Mt 11, 29). Esta enseñanza los discípulos la recibieron de El y se la enseñaron a los demás. Por eso Pablo, que se interpreta “humilde”, escribe: “Pongo en su conocimiento el evangelio en el cual perseveran y por el cual son salvados”.

    Donde hay humildad, allí hay perseverancia y salvación. El fariseo no tuvo esa humildad, y por eso cayó en el mal: mientras se justificaba, se volvió pecador. El que guarda la humildad, se salva; el que no la guarda, vana es su fe y vana su fatiga. Y como por medio de la humildad se llega a la gloria, por esto se lee hoy, junto con el evangelio, justamente esta epístola, en la cual se recuerdan la muerte y la resurrección de Cristo. En este evangelio se lee: “El que se humilla, será ensalzado” (Lc 18, 14). Cristo se humilló hasta la muerte (Filp 2, 8), y fue exaltado en la resurrección.

    Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al mismo Señor Jesucristo, que aleje de nosotros la presunción del fariseo y grabe en nuestro corazón el evangelio de su humildad, para que podamos así subir al templo de su gloria en la resurrección general y merezcamos ser colocados a su derecha y participar de su felicidad.

    Nos lo conceda aquel, que murió y resucitó y que es digno de todo honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    6. “Hay tres tipos de personas que mi alma odia: el pobre soberbio, el rico mentiroso y el viejo necio e insensato” (Sir 25, 3).

    Además, dice el Eclesiástico: “El Altísimo creó de la tierra medicamentos, y el hombre juicioso no los desprecia” (38, 4). El Altísimo, Jesucristo, de la tierra, o sea, de su carne creó el medicamento de la humildad, con la cual sanó al género humano. O también: de la tierra se crea el medicamento, cuando por medio del sufrimiento del cuerpo se curan las heridas de la mente. Así, de nuestra carne se produce el medicamento, como de la serpiente el contraveneno.

    La carne fue como la serpiente en la culpa, y de la carne viene también el remedio a través del sufrimiento. Este medicamento, o sea, la humildad de Cristo y la mortificación de la carne, el hombre sabio no lo desprecia; sólo el soberbio mentiroso e insensato lo rechaza. De él se dice: “Tres tipos de personas tiene en odio mi alma: el pobre soberbio, el rico mentiroso y el viejo necio e insensato”.

    7. El pobre soberbio es este cuerpo miserable; el rico soberbio es este mundo; y el viejo necio es el diablo. Cuerpo deriva de corromper, y suena casi como “pus del corazón” (en latín corpus, pus cordis). Se puede decir también “custodia del corazón”, “que perece en la corrupción”, o también “expuesto en público” (en latín, corpus, coram positum) . Se dice pobre el que tiene muy poco y tiene poco poder.

    Nuestro cuerpo es pobre, porque entra en este destierro desnudo, ciego y llorando, y saldrá de este destierro desnudo, ciego y en un estado lastimero -¡y ojalá no precipite en el suplicio eterno!-, sometido a los sufrimientos del hambre y del frío, afligido por enfermedades y lleno de suciedad y de inmundicias. ¿Qué motivos tienes, pobre infeliz, para ensoberbecerte? ¿De qué puedes gloriarte? Si quieres jactarte, jáctate de la cloaca de estiércol que siempre llevas contigo.

    Oh miserable, oh pobre miserable, ¿qué te crees? ¿De qué te exaltas? ¿No eres tú el que fue engendrado en la oscura caverna de la matriz materna con fétido semen? ¿Y no fuiste allí nutrido por nueve meses con sangre menstrua, que, si los perros la lamieran, en seguida se volverían rabiosos? (Solino). ¿De qué, pues, puedes jactarte? ¿Quizás, de la sangre de tus antepasados? Si es así, te jactas del estiércol en que fuiste engendrado. ¿Te glorías, tal vez, de las riquezas? Te gloriarías de una cosa ajena, porque no te pertenecen , sino que te fueron dadas en préstamo. No es tuyo lo que no podrás llevar contigo. Es muy angosto el agujero de la muerte, por el cual apenas puedes pasar como pobre y desnudo, llevando contigo sólo tus pecados, “que nada son” (Agustín). ¿Te glorías, quizás, de tu sabiduría y de tu elocuencia? ¡No a ti, no a ti la gloria, sino sólo a aquel que da la boca y la sabiduría y que hace hablar a los mudos y oír a los sordos! (Salm 113, 9; Lc 2 1, 15; y Mt 7, 37). Oh pobre cuerpo, oh miserable cuerpo, al ver tu gran miseria y penuria, ¿todavía tienes el coraje de ser tan soberbio y tan vanaglorioso? ¿Qué harías, si fueras rico? ¡Bendito sea Dios, que humilló al soberbio como a un herido a muerte (Salm 88, 11), que secó el mar y el agua del profundo abismo, que golpeó al dragón, depuso al poderoso del trono y te dio a ti “en lugar de perfume hedor, en vez de cinturón una cuerda, en lugar de rizos calvicie!” (Is 3, 24).

    Humíllate, pues, pobre miserable, y gimiendo y llorando repite con Jeremías: “Yo soy un hombre que vi mi miseria bajo el látigo de la ira del Señor; me guió y me llevó no a la luz sino a las tinieblas. Hizo envejecer mi carne y mi piel y desmenuzó mis huesos. Construyó baluartes contra mí y me rodeó de hiel (amargura) y de trabajo. Me puso en las tinieblas, como los ya muertos de mucho tiempo. Me cercó por todos lados, para que no salga e hizo más pesadas mis cadenas. Me colmó de amarguras y me embriagó de ajenjos. Quebró mis dientes uno a uno y me nutrió de ceniza. ¡Acuérdate, Señor, de mi pobreza y de mi abatimiento, del ajenjo y de la hiel!” (Lam 3, 1)…

    8. “Un rico mentiroso”. El rico es el mundo, del cual dice Nahúm: “Nínive parece un estanque de aguas; pero ellos huyeron. ¡Deténganse, deténganse! Pero nadie regresa. Saqueen plata, saqueen oro, e innumerables son sus tesoros en sus vasos preciosos” (2, 8-9). Nínive se interpreta “seductora” y simboliza el mundo, hermoso por una falsa belleza. Sus aguas, o sea, las riquezas y los placeres, son como los estanques, que en el verano se secan. Al sobrevenir la Dama de la muerte, las riquezas y los placeres se desvanecen. Dice el Eclesiástico: “A la muerte de un hombre se manifiestan sus obras” (11, 29).

    Todos huyen: todos deben el tributo a la muerte. Y Nínive, la meretriz seductora, los escarnece, diciendo: “¡Deténganse, deténganse, saqueen la plata, saqueen el oro! “. Los amantes del mundo abandonan lo que no pueden llevar consigo: de ellos ninguno volvió, porque “el día del hombre es como una sombra y su vida como el viento”, que pasa y no retorna (Job 8, 9 y 7, 7). Las riquezas de Nínive son innumerables y por ende son innumerables también sus miserias, “en sus vasos preciosos”. Los vasos son los corazones de los mundanos, que son tan profundos en su codicia que, por grandes que sean sus riquezas, no pueden jamás saciarse.

    Símilmente, sobre la falsedad del mundo añade el mismo profeta: “¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda llena de mentiras y rapiñas, y que no cesa de depredar!” (Na 3, 1). ¡Amenazas de culpa y de pena al mundo, que es ciudad sanguinaria, o sea, de pecadores, en la que no hay verdad, sino toda falsedad!. Por eso dice el Salmo: “Desapareció la verdad entre los hijos de los hombres” (Salm 11, 2). Esta ciudad está colmada de rapiña y de estragos. Gregorio comenta: “La vida presente no se despliega sino entre lágrimas; y, a pesar de todo, entre lágrimas es amada”.Y de su falsedad dice el Señor por boca de Jeremías: “Llegó a ser para mí como aguas infieles que engañan” (15, 18).

    Aguas infieles son las riquezas, que no dan seguridad alguna al que las posee: mucho prometen y nada cumplen. Los que las aman, cuando abundan, alaban al Señor así: “Te alabará hasta que lo beneficies” (Salm 48, 19). Gregorio comenta: “Es de poco valor la alabanza hecha en la prosperidad; en cambio, es de gran mérito la alabanza, cuando se produce durante los golpes del sufrimiento”. Los carnales, cuando las riquezas prosperan, alaban al Señor; en cambio, cuando se desvanecen, también ellos reniegan de Dios.

    9. “Un viejo fatuo e insensato”. El viejo necio es el diablo, y de él se dice en el Eclesiastés: “Mejor es un muchacho pobre y sabio, que un rey viejo y necio, que no sabe prever el futuro” (4, 13). El diablo no supo conservar la sabiduría que se le habla infundido junto con los ángeles, porque rehusó someterse a su Creador. Llegan a ser sus miembros los que rehúsan someterse al yugo de la obediencia en nombre de aquel que fue obediente hasta la muerte. Cada vez que, obstinadamente, rehúsas obedecer a tu superior, llegas a ser como el ángel apóstata. No desprecias al hombre sino a Dios, que puso a los hombres sobre la cabeza de otros hombres.

    Dice Job: “Dios es aquel que dio un peso al viento” (28, 25). Se llama viento, porque es vehemente y violento. La naturaleza humana, propensa al mal desde la adolescencia, es leve e impetuosa, como el viento; y por eso Dios le dio un peso, o sea, la obediencia a los prelados, para que, frenada por su peso, no se exalte en vano por encima de sí misma, como el diablo, para caer después miserablemente por debajo de sí misma. Comenta Jeremías en las Lamentaciones: “Es cosa muy buena para el hombre llevar el yugo desde su adolescencia. Se sentará solitario y callará, porque se elevó por encima de sí mismo” (3, 27-28). Cuando tú te sometes a otro, entonces te elevas admirablemente por encima de ti mismo.

    El yugo es llamado así, porque une dos cosas (asonancia en latín, iugum, duo iungit). Oh hijo, lleva con Cristo, el Hijo de Dios, el yugo de la obediencia. El novillo joven, Jesucristo, constreñido bajo el yugo de la obediencia, arrastró, a solas, la carga de todos nuestros pecados. Dice Isaías: “El Señor cargó sobre El las iniquidades de todos nosotros” (53, 6). Y los judíos, como campesinos con la fusta, lo acicateaban, para que se apresurara.

    He ahí como nuestro joven novillo arrastra una carga que ni los ángeles ni los hombres habrían podido llevar; y no hay nadie que comprenda y medite en su corazón, oh hermano, corre, te suplico, agrégate a El bajo aquel yugo, y llévalo junto con Jesús, levántalo junto con Jesús. Dice Isaías: “Miré a mi alrededor y no había nadie que me diera una mano; busqué y no había nadie que me ayudara” (63, 5). Ayuda, pues, hermano, ayuda a Jesús, “porque si compartes sus sufrimientos, compartirás también sus consuelos” (2Cor 1, 7). Te rogamos, Señor Jesús, que seamos pobres humildes, ricos sinceros y ancianos sabios; y así mereceremos llegar a las delicias y a las riquezas eternas.

    Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II El arrepentimiento del publicano

    10. “El publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “ ¡Oh Dios, ten piedad de mi pecador!”. Les digo que éste retornó a su casa justificado, a diferencia del otro, porque cualquiera que se exalta, será humillado, y el que se humilla, será exaltado” (Lc 18, 13-14).

    En este pasaje se pueden considerar seis puntos: el recuerdo de la propia iniquidad, la humillación de la mente y del corazón, la contrición, la confesión, la satisfacción y la justificación del mismo publicano.

    El recuerdo de la propia iniquidad, donde se dice: “El publicano, estando le os”. Consciente de su iniquidad, se quedó lejos, y se reputó indigno de siquiera entrar en el templo. El fariseo se creía estar cerca, en cambio estaba lejos. El publicano se creía estar lejos, en cambio, estaba cerca. “Algunas ramas se desgajaron y fue injertado el olivo silvestre”. “Lo que buscaba Israel, no lo consiguió; en cambio, los elegidos lo consiguieron” (Rom 11, 17 y 7). Oh pecador, detente lejos, juzgándote indigno y repitiendo con Abraham: “Hablaré a mi Señor, aunque yo sea polvo y ceniza” (Gen 18, 27). Humildad de la mente y del cuerpo, cuando dice: “No quería ni alzar los ojos al cielo”. La señal de humildad suele aparecer en los ojos. Así rogaba el Eclesiástico: “ ¡Oh Señor, no me des la insolencia de los ojos!” (25, 5). “El ojo impúdico -decía Agustín- es señal de la impudicia del corazón”. Símilmente, en el gesto de golpearse el pecho se notan tres momentos: en la percusión la contrición, en la resonancia la confesión, en la mano la satisfacción de la obra. “¡Oh Dios, ten piedad de mi pecador!”; o sea, sé propicio hacia mi. El publicano, como el humilde, no se atreve a acercarse, para que Dios se le acerque; no mira, para ser mirado por Dios; golpea el pecho y pide un castigo, para que Dios le perdone; confiesa su pecado, para que Dios lo excuse. Y Dios lo disculpa, porque él se culpa a sí mismo.

    Presta atención y considera diligentemente cuánta coherencia tenla en sí mismo este pecador: en su mente brillaba la humildad, a la que correspondía la humildad de los ojos; el corazón le dolía, la mano golpeaba, y la lengua proclamaba: “¡Dios, ten piedad de mi pecador!”.

    11. Sobre esta coherencia tenemos una concordancia en el Eclesiástico: “En tres cosas se complace mi espíritu, y son gratas a Dios y a los hombres: la concordia entre hermanos, el amor del prójimo y la armonía entre marido y mujer” (25, 1-2). Vamos a analizar lo que signifiquen los hermanos, los prójimos, el marido y su mujer. Los hermanos son los cinco sentidos del cuerpo, de los que se habla en el Génesis: “Judá, te alabarán tus hermanos” (Gen 49, 8), que son Rubén, Simeón, Leví, Isacar y Zabulón. Judá es figura del penitente, a quien los cinco sentidos del cuerpo, si entre ellos hay concordia, alaban, o sea, lo consideran digno de alabanza. Rubén se interpreta “visión”. he ahí la vista; Simeón se interpreta “escucha”: he ahí el oído; Leví se interpreta “absorbido” (por la nariz): he ahí el olfato, porque con el olfato aspiramos el aire, por el cual vivimos; Isacar se interpreta “que recuerda al Señor”: he ahí la lengua, con la cual el penitente debe recordarse de alabar a Dios y confesar sus crímenes; y Zabulón se interpreta “morada de fortaleza”: he ahí el tacto. La concordia entre estos “hermanos” agrada mucho a Dios y a los hombres. Concordia significa “unión de los corazones” y concordar quiere decir “formar un solo corazón”.

    El amor entre prójimos. Los prójimos son los afectos del corazón, de los que no hay nada más cercano. Si entre ellos reina el amor de Dios, para que lo alcancen y lo amen, entonces agradan a Dios.

    La armonía entre marido y mujer. El marido simboliza la razón, la mujer la sensualidad. Si tienen mutuo acuerdo en el temor y en el amor de Dios, todo lo que le pidan les será concedido, como está escrito: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo acerca de cualquier cosa que pidan, mi Padre se lo concederá” (Mt 18, 19).

    Como en el penitente publicano reinaban la concordia, el amor y la armonía, por eso dice el Señor: “En verdad les digo que éste retornó a su casa justificado, a diferencia del otro”, en comparación con el fariseo (Lc 18, 14). Y el bienaventurado Bernardo comenta: “El publicano que se anonadó y se presentó como un vaso vacío, recibió una gracia más grande”. ¡Qué grande fue la gracia del Redentor! El publicano había subido al templo manchado y descendió justificado; habla subido pecador y descendió santo.

    Entonces, en el introito de la misa de hoy y confiando en la misericordia de Dios, el publicano implora: “¡Oh Dios, ven en mi ayuda!”, que corresponde a: “¡Ten piedad de mí pecador!”, o sea, perdona mis pecados. “¡Señor, ven pronto a ayudarme!” (Salm 69, 2), para infundirme tu gracia. Así regresaré a mi casa justificado.

    12. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Yo soy el mínimo de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no fue en mí vana” (1Cor 15, 9-10).

    Mínimo viene de la palabra mónada, que en latín indicaba la unidad, o sea, el primero más pequeño de todos.

    He aquí cómo concuerda Pablo, el mínimo, con el publicano, el humildísimo. Este, juzgándose indigno, se quedaba lejos; aquél se reputaba el más pequeño de los apóstoles. Uno no se atrevía a levantar los ojos al cielo, porque había pecado contra el cielo y contra Dios; el otro decía: “No soy digno de ser llamado apóstol”.

    Uno se acusaba pecador; el otro se acusaba de haber perseguido a la Iglesia de Dios. El primero encontró la gracia y también el segundo, como lo manifiesta: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que, como perdonó al publicano y a Saulo sus pecados y les infundió su gracia, así nos perdone también a nosotros y nos infunda su gracia, para que merezcamos llegar a su gloria. Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito y glorioso, vida y salvación, justo y misericordioso, por los siglos eternos.

    Y toda alma humilde responda: “¡Amén!

    ¡Aleluya!”.

    13. “El que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado”. Dice el Eclesiástico: “El recuerdo de Josías es como una mezcla de aromas, preparada cuidadosamente por un perfumista. Su recuerdo es dulce como la miel para toda boca y como música en un banquete alegrado por el vino” (49, 1-2).

    Josías se interpreta “en él está el sacrificio”, y es figura del penitente o del justo, en el que el sacrificio ofrecido a Dios es el espíritu quebrantado (Salm 50, 19). Su vida se compara a la obra de un perfumista, a la dulzura de la miel y a un instrumento musical. El verdadero penitente, como un perfumista, en el pequeño mortero de su corazón, mientras por encima golpea el majadero de la contrición, machaca toda especie de pensamientos, palabras y obras, lo reduce todo a un polvo finísimo y lo amasa con el bálsamo de las lágrimas. Esta es la mezcla de suavísimo aroma, y la obra del perfumista se compara a la dulzura de la miel.

    Observa que las abejas recogen la cera de las flores, la juntan con las patitas anteriores, después la pasan a las patas del medio y en fin al muslo de las patas posteriores; después la transportan en vuelo y entonces se descubre su peso. La abeja, cuando vuela, no picotea en flores diversas, ni pasa de una flor a otra, sino que recoge de una especie de flores todo lo que necesita y después regresa a la colmena; y trabaja y vive de su trabajo (Aristóteles).

    También el penitente está dotado de seis pies: los pies delanteros simbolizan el amor de Dios y del prójimo; los del medio, la oración y la abstinencia; y los traseros, la paciencia y la perseverancia. Las flores son los ejemplos de los santos Padres, de los cuales debe recoger la cera, o sea, la pureza del alma y del cuerpo; la recoge con los seis pies y con ella retorna a la colmena de la propia conciencia. En seguida comienza su trabajo interior y con este trabajo se nutre. Dice el Señor: “Procúrense no la comida que perece, sino la comida que permanece para la vida eterna” (Jn 6, 27). La obra del justo es la dulzura de la miel, o sea, la pureza de conciencia, la honestidad de la vida, el aroma de la buena reputación, el gozo de la divina contemplación.

    Oh curioso, que te afanas en tantas actividades, vete, no diría a la hormiga, sino “a la abeja y aprende la sabiduría” (Prov 6, 6). La abeja no se posa sobre tantas especies de flores… De su ejemplo aprende a no dar escucha a las diversas flores de palabras ni a los diversos librejos, ni deja una flor para pasar a otra, como lo hacen los petulantes, que deshojan libros, critican los sermones, sopesan las palabras, pero jamás llegan a la verdadera ciencia. Tú, en cambio, recoge de un libro lo que te sirve y colócalo en la colmena de tu memoria. Dice el Filósofo: “No prospera la planta que es trasplantada a menudo. Nada es tan útil que pueda valer con un cambio fugaz” (Séneca).

    Asimismo, la vida del justo se compara a un instrumento musical. El instrumento musical es la palabra de la predicación del Señor, o también la resonancia de una buena reputación, que armoniza con la santidad de la vida. De tal vida proviene el recuerdo perfumado que endulza las mentes de los oyentes y resuena agradablemente en sus oídos.

    14. De la humildad de este Josías, o sea, del penitente, que se humilló con el publicano, dice el Señor: “Todo el que se humilla, será exaltado”. Se dice humilde como “abajado hacia la tierra”. La puerta del cielo es baja; y el que quiere entrar por ella, es necesario que se abaje. Esto mismo nos enseñó el Señor, cuando, “inclinada la cabeza, rindió el espíritu” (Jn 19, 30). El mismo dijo: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja que un rico entre en el reino de los cielos” (Mc 10, 25).

    Literalmente, “el ojo de la aguja” era una puerta de Jerusalén. El camello, por su naturaleza, puede doblarse cuando pasa por un lugar bajo y puede caminar sobre las rodillas. Por esto la naturaleza lo abasteció de ciertos abultamientos, que son como estribos, para que no se lastime al caminar sobre las rodillas. Por ende “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja”, porque naturalmente puede abajarse, mientras el rico no lo puede hacer sino por medio de la gracia de Dios (Se desconoce la fuente de esta noticia).

    Para darnos una prueba de este abajamiento, una puerta de Jerusalén se llamaba puerta del valle, de la que habla Nehemías: “Salí de noche por la puerta del Valle hacia la puerta del Dragón y la puerta del Estiércol y observé los muros de Jerusalén como estaban agrietados y como sus puertas estaban consumidas por el fuego. Pasé luego a la puerta de la Fuente y al acueducto del Rey; pero no había lugar para que pasase la cabalgadura en la que iba. Di la vuelta y entré por la puerta del Valle y regresé a mi casa” (2 Esd 2, 13- 15).

    La “puerta” del Valle representa nuestro ingreso en este mundo, “Valle”, hacia el cual salimos para verla. La fuente del Dragón simboliza la fuente de las lágrimas. La puerta del Estiércol es la penitencia, por la cual se quita el estiércol de nuestros pecados; y entonces se descubre la ruina del muro espiritual, producida por el pecado. Las puertas quemadas son los sentidos, corrompidos también ellos por el pecado. La puerta de la Fuente es la contemplación, a la cual se llega después de haber cumplido la penitencia. El acueducto es el alma del contemplativo, por la que corren las aguas de las inspiraciones espirituales. La cabalgadura, por la cual no había lugar para que se pasara, es el cuerpo, cuyo peso hace que el hombre precipite de lo alto de la contemplación, porque “un cuerpo corruptible entorpece el alma” (Sab 9, 15). Es necesario, pues, regresar a la puerta del Valle, porque hay que perseverar en la humildad. Dice el Eclesiástico: “Humilla profundamente tu espíritu, porque la carne del impío será castigada con fuego y gusanos” (7, 19). La carne del impío es el impío carnal.

    Dice el Señor por boca de Ezequiel: “Soplaré contra ti el furor de mi ira, después te entregaré en las manos de hombres violentos, portadores de destrucción; y serás pasto del fuego” (21, 31-32). Y en Judit: “Pondré en sus carnes gusanos y fuego, para que se quemen y sufran para siempre” (16, 21).

    Humilla, pues, tu espíritu, porque, como dice el Eclesiástico, “la oración del que se humilla traspasa las nubes; y mientras no llegue a su destino, no se consuela” (35, 21).

    Dice Orígenes: “Vale más el poder de un santo orando que innumerables pecadores peleando”. La oración del santo penetra el cielo, ¿cómo no vencerá al enemigo en la tierra?

    Y Agustín: “Grande es el poder de la devota oración, que tiene acceso a Dios como una persona, y consigue sus objetivos, mientras la carne no tiene esa posibilidad”

    Y Gregorio: “La verdadera oración consiste en hacer resonar amargos gemidos de contrición y no vanas palabras”.

    Humilla, pues, tu espíritu, porque todo el que se humilla, será ensalzado. Concluye el Eclesiástico: “El Señor lo sacó de su humillación, y le levantó la cabeza” de la tribulación, “y muchos se maravillaron” (11, 13).

    Te rogamos, pues, Señor Jesús, que grabes en nosotros el sello de la humildad y nos levantes a tu derecha en el tiempo del último sufrimiento. Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica