Pestañas abiertas

1 abierta

    Miércoles de Ceniza

    Comienzo del ayuno

    1. En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando ayunan, no sean tristes como los hipócritas. Ellos desfiguran el rostro, para mostrar a los hombres que ayunan. De cierto, les digo que ya tienen su recompensa. En cambio, tú, cuando ayunas, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en el secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará en público” (Mt 6, 16-18). En este pasaje evangélico debemos tratar dos argumentos: el ayuno y la limosna.

    I - El ayuno

    2. “Cuando ayunan”… En esta primera parte debemos considerar cuatro cosas: la simulación de los hipócritas, la unción de la cabeza, el lavado de la cara y el ocultamiento del bien.

    “Cuando ayunan”. Se lee en la Historia Natural que con la saliva del hombre en ayunas se resiste a los animales que tienen veneno; mas aun, si la serpiente la ingiere, muere (Plinio). Entonces, en el hombre en ayunas hay de veras una gran medicina. Adán en el paraíso terrestre, mientras ayunó del fruto prohibido, permaneció en la inocencia. ¡He ahí la medicina, que mata a la serpiente diablo y que restituye el paraíso, perdido por culpa de la gula! También de Ester se dice que castigó su cuerpo con el ayuno para destituir al orgulloso Amán y reconquistar para los judíos la benevolencia del rey Asuero.

    Ayunen, pues, si quieren conseguir estas dos cosas: la victoria contra el diablo y la restitución de la gracia perdida. Pero, “cuando ayunan, no sean tristes como los hipócritas”, o sea, no quieran ostentar su ayuno con la tristeza del rostro. Por cierto, todo eso no prohíbe la virtud, sino la simulada apariencia de virtud.

    Hipócrita se llama también “dorado”, o sea, que tiene la apariencia del oro, pero en su interior, o sea, en su conciencia, es barro. Este es el ídolo de los babilonios, o sea, Bel, del que dice Daniel: “ No te engañes, oh rey; este ídolo por fuera es de bronce, pero por dentro es barro” (14, 6).

    El bronce resuena y aparentemente puede parecer oro. Así el hipócrita ama el sonido de la alabanza y ostenta una apariencia de santidad. El hipócrita es humilde en el rostro, modesto en el vestido, quedo en la voz, pero lobo en su mente.

    Esta tristeza no agrada a Dios. ¡Es un extraño modo de procurarse la alabanza, el de ostentar los signos de la tristeza! Los hombres suelen alegrarse, cuando ganan dinero. Pero son dos asuntos distintos: en éstos hay vanidad, en los otros falsedad.

    “Desfiguran sus rostros”, o sea, los envilecen más allá de los límites de la condición humana. Como puede haber jactancia por la elegancia de los vestidos, también puede haber jactancia por la escualidez y la extenuación (Glosa). Entonces no hay que abandonarse ni a una escualidez exagerada ni a una excesiva pulcritud: hay que buscar un término medio.

    “Para mostrarse a los hombres”. Cualquier cosa que hagan, es apariencia, pintada con falsos colores. Comenta la Glosa: “Lo hacen con tal de aparecer distintos de los demás y ser llamados “superhombres”, incluso a través del envilecimiento”.

    Para mostrarse a los hombres “que ayunan”. El hipócrita ayuna, para granjearse alabanza; el avaro, para llenar la bolsa; el justo, para agradar a Dios. “De cierto les digo: ya recibieron su recompensa”. He ahí la recompensa del prostíbulo, del que dice Moisés: “No prostituyas a tu hija” (Lv 19, 29). La hija son las obras, que exponen en el prostíbulo del mundo, para recibir la recompensa de la alabanza. Sería necio el que vendiera oro de elevados quilates por unas monedas de plomo. En realidad, vende una cosa de gran valor por un precio vil, el que hace el bien para procurarse la alabanza de los hombres.

    3. “Tú, en cambio, cuando ayunas, unge tu cabeza y lava tu cara”. Esto está de acuerdo con lo que dice Zacarías: “Así dijo el Señor de los ejércitos: “El ayuno del cuarto mes, del quinto, del séptimo y del décimo se convertirán para la casa de Judá en gozo y alegría y en días de gran fiesta” (8, 19). La casa de Judá se interpreta “ el que manifiesta” o “el que alaba”, y es figura de los penitentes que, al manifestar y al confesar sus pecados, dan alabanza a Dios. Para éstos es, y debe ser, el ayuno del cuarto mes, porque ayunan (se abstienen) de cuatro cosas: de la soberbia del diablo, de la impureza del alma, de la gloria del mundo de la injuria al prójimo. “Este es el ayuno y que yo quiero”, dice el Señor (Is 58, 6).

    El ayuno del quinto mes consiste en mantener los cincos sentidos alejados de las distracciones y de los placeres ilícitos. El ayuno del séptimo mes es la represión de la codicia terrenal. Como se lee que el séptimo día no tiene fin, así ni la codicia del dinero toca jamás el fondo de la suficiencia.

    El ayuno del décimo mes es el cese de toda finalidad mala. El fin de todo número es el diez. El que quiere contar más, debe comenzar del uno. El Señor se queja por boca de Malaquías: “Ustedes me están engañando, y me preguntan: “¿En qué te engañamos? En los diezmos y en las primicias” (3, 8), o sea, en el mal fin y en el principio de una intención perversa. Y presta atención: pone los diezmos antes que las primicias, porque es sobre todo por el fin perverso que es condenada toda la obra precedente.

    Este ayuno se transforma para los penitentes en gozo de la mente, en alegría del amor divino y en espléndidas solemnidades de conversación celestial. Esto quiere decir ungir la cabeza y lavar la cara. Unge la cabeza aquel que en su interior está colmado de alegría espiritual, y lava su cara aquel que embellece sus obras con una vida honesta.

    4. Hay otra interpretación. -Cuando tú ayunas”… Durante esta cuaresma son muchos los que ayunan, y, sin embargo, persisten en sus pecados. Estos no ungen sus cabezas.

    Observa que hay un ungüento triple: lenitivo, corrosivo y punzante. El primero lo produce el pensamiento de la muerte, el segundo la inminencia del futuro juicio y el tercero la gehena.

    La cabeza puede estar cubierta de pústulas, verrugas y roña. La pústula es una pequeña protuberancia superficial, repleta de pus; la verruga es una excrecencia de carne superflua, por la cual verrugoso puede significar también “superfluo”; y la roña es una sarna seca, que deteriora la belleza. En estas tres enfermedades están indicadas la soberbia, la avaricia y la lujuria obstinada. Oh tú, soberbio, has de poner ante los ojos de tu mente la corrupción del cuerpo, su podredumbre y su hedor. ¿Dónde estará entonces la soberbia de tu corazón, dónde la ostentación de tus riquezas? Entonces ya no habrá palabras infladas de viento, porque con una pequeña punción de aguja se desinfla la vejiga. Estas verdades, meditadas en lo íntimo, ungen la cabeza cubierta de pústulas, o sea, humillan la mente orgullosa.

    Oh tú, avaro, acuérdate del último examen, en el que habrá el juez indignado, el verdugo dispuesto a atormentar, los demonios que acusan y la conciencia que remuerde. Entonces, dice Ezequiel: “Tu plata será echada fuera, y tu oro será echado al basural. La plata y el oro no podrán liberarte en el día de la ira del Señor” (7, 19). Estas verdades, meditadas con atención, corroerán y desprenderán las verrugas de la superfluidad; y esas superfluidades serán compartidas entre los que no tienen ni lo necesario. Te ruego, pues, que cuando ayunas, unjas tu cabeza con este ungüento, para que lo que te sustraes a ti mismo, lo ofrezcas al pobre. Y tú, oh lujurioso, piensa en la gehena del fuego inextinguible, donde habrá muerte sin muerte y fin sin fin; donde se busca la muerte y no se la encuentra; donde los condenados se comerán la lengua y maldecirán a su Creador. La leña de aquel fuego serán las almas de los pecadores, y el soplo de la ira de Dios las incendiará. Dice Isaías: “Desde ayer”, o sea, desde la eternidad, “está preparado el Tofet”, o sea, la gehena de fuego, “profundo y vasto. El fuego y mucha leña son su alimento. El soplo del Señor, como torrente de azufre, le dará fuego” (30, 33). He aquí el ungüento punzante, capaz de sanar la más inveterada lujuria de la mente. Como el clavo echa fuera otro clavo, así estas verdades, meditadas asiduamente, reprimirán el estímulo de la lujuria. Entonces tú, cuando ayunas, unge tu cabeza con tal ungüento.

    5. “Lava tu cara”. Las mujeres, cuando quieren salir a la calle, se ponen delante del espejo y, si descubren alguna mancha en el rostro, la lavan con el agua. Así tú también mira en el espejo de tu conciencia y, si allí encuentras la mancha de algún pecado, corre en seguida al manantial de la confesión. Cuando en la confesión se lava con las lágrimas la cara del cuerpo, también el rostro del alma se ilumina.

    Hay que destacar que las lágrimas son luminosas contra la oscuridad, cálidas contra la frialdad, saladas contra el hedor del pecado.

    “Para no mostrar a los hombres que ayunas”.

    Ayuna para los hombres el que busca su aplauso; en cambio, ayuna para Dios el que se mortifica por su amor y da a los demás lo que se sustrae a sí mismo.

    “Y tu Padre que ve en lo secreto”. Comenta la Glosa: “El Padre ve en lo secreto, por motivo de la fe, y recompensa las obras hechas en lo secreto. Entonces se debe ayunar sólo donde El vea. Y es necesario que el que ayuna, ayune de tal modo que pueda complacer a aquel, a quien lleva en el pecho”. ¡Amén!

    II - La limosna

    6. “No se hagan tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen y donde los ladrones minan y hurtan” (Mt 6, 19).

    La herrumbre consume los metales y la polilla los vestidos. Lo que se salva de estos dos flagelos, lo hurtan los ladrones. Con estas tres expresiones se condena toda avaricia.

    Ahora vamos a considerar el significado moral de las cinco palabras: tierra, tesoros, herrumbre, polilla y ladrones.

    La tierra, llamada así porque se seca (en latín, terret) por la seguía natural, simboliza la carne, que es tan sitibunda que jamás dice basta. Los tesoros son los preciosos sentidos del cuerpo. La herrumbre, enfermedad del hierro, llamada así del verbo erodere, roer, es la libido, que, mientras deleita, destruye el esplendor del alma y la consume. La polilla indica la soberbia o la ira. Los ladrones (en latín fures, de furvus: oscuro), que trabajan en la oscuridad de la noche, son los demonios.

    Entonces, si llevamos algo en la carne y ocultamos los tesoros en la tierra, o sea, mientras ocupamos los preciosos sentidos del cuerpo en deseos terrenales o de la carne, la herrumbre, o sea, la libido los consume. Además, la soberbia, la ira y los demás vicios destruyen el vestido de las buenas costumbres; y si todavía queda algo, los demonios lo hurtan, que siempre tienden a eso: despojamos de los bienes celestiales.

    “Háganse tesoros en el cielo”. Gran tesoro es la limosna. Dijo san Lorenzo: “Los bienes de la Iglesia fueron colocados en los tesoros celestiales. que son las manos de los pobres”. Acumula tesoros en el cielo el que da a Cristo. Y da a Cristo el que da al pobre. Dice el Señor: “Todo lo que hicieron a uno de estos mis pequeños, me lo hicieron a mí” (Mt 25, 40).

    Limosna es un término griego; en latín y castellano se dice “misericordia”, que significa “el que riega el mísero corazón”. El hombre riega la huerta, para cosechar frutos. Riega tú también el corazón del pobre miserable con la limosna, que es llamada “agua de Dios”, para cosechar el fruto en la vida eterna. Tú cielo sea el pobre. En él coloca tu tesoro, para que en él esté siempre tu corazón, y sobre todo durante esta santa cuaresma.

    Y donde está el corazón, ahí está el ojo; y donde están el corazón y el ojo, ahí está la inteligencia, de la que dice el Salmo: “¡Bienaventurado el que piensa en el pobre y en el necesitado!” (40, 2). Y Daniel dijo a Nabucodonor: “Te sea grato, oh rey, mi consejo: “Rescata tus pecados con la limosna y tus iniquidades con obras de misericordia hacia los pobres” (4, 24). Muchos son los pecados y las iniquidades; y por eso tienen que ser muchas las limosnas y las obras de misericordia hacia los pobres, para que, rescatados de la esclavitud del pecado, puedan retornar libres a la patria celestial. Se lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III - Sermón moral

    7. Se lee en el libro de los jueces que “Gedeón expugnó los campamentos de Madián con lámparas, trompas y ánforas” (7, 16-23). También Isaías dice: “He ahí, el Dominador, el Señor de los ejércitos quebrantará con el terror el ánfora de cerámica; los altos de estatura serán cortados, y los poderosos serán humillados. La selva espesa será destruida con el hierro, y el Líbano caerá con sus altos cedros” (10, 33-34).

    Vamos a considerar qué significado moral tienen Gedeón, la lámpara, la trompa y el ánfora.

    Gedeón se interpreta “el que da vueltas en el útero”, y simboliza al penitente que, antes de acercarse a la confesión, debe dar vueltas en el útero de su conciencia, en la cual es concebido y engendrado el hijo de la vida o de la muerte. Debe pensar en su edad y en cuántos años podía tener cuando comenzó a pecar mortalmente; y después cuántos y cuáles pecados mortales cometió y cuántas veces. Cuántas y cuáles fueron las personas, con las que pecó. En qué lugares y en qué tiempos, si en privado o en público, si espontáneamente o constreñido; si antes fue tentado o si pecó antes de ser tentado, lo que sería mucho más grave. Si ya se confesó de estos pecados; y, si después de haberse confesado, volvió a caer en los mismos pecados, y cuántas veces, porque en este caso habría sido más y mas ingrato a la gracia de Dios. Si descuidó la confesión, y cuánto tiempo permaneció en el pecado sin confesarse; y si, estando con el pecado mortal, recibió el cuerpo del Señor.

    De este giro de inspección se dice en el primer libro de los Reyes: “Samuel fue juez en Israel todos los días de su vida. Y anualmente visitaba Betel, Gálgala y Masfa. Y después regresaba a Rama, donde tenía su casa” (7, 15).

    Samuel se interpreta “el que escucha al Señor”, Betel “casa de Dios”, Gálgala “colina de la circuncisión”, Masfa “el que contempla el tiempo”, Rama “vi la muerte”.

    El penitente, que oye al Señor que dice: “¡Hagan penitencia!”, debe juzgarse a sí mismo todos los días de su vida, para ver si puede ser Israel, o sea, para ver a Dios. Todos los años, durante la cuaresma, debe examinar la propia conciencia, que es la casa de Dios; y todo lo que halle de nocivo o superfluo, amputarlo en la humildad de la contrición. Debe también examinar el tiempo pasado, buscando con diligencia lo que cometió y lo que omitió; y después de todo esto volver siempre al pensamiento de la muerte, que debe tener delante de los ojos y vivir con este pensamiento.

    8. El penitente, después de haber dado esta vuelta como diligente explorador, en seguida debe encender la lámpara que arde e ilumina, en la que se indica el corazón contrito, que, al mismo tiempo que arde, ilumina. Dice Isaías: “La luz de Israel llegará a ser fuego y su Santo una llama; y será encendido y devorará en un día sus espinas y sus zarzas. Y la magnificencia de su selva y de su Carmelo será consumida por el alma hasta la carne” (10, 17).

    He aquí lo que hace la verdadera contrición. Cuando el corazón del pecador se enciende con la gracia del Espíritu Santo, quema por el dolor e ilumina por el conocimiento de sí mismo; entonces las espinas, o sea, la conciencia llena de espinas y de remordimientos, y las zarzas, o sea, la tormentosa lujuria, son destruidas, porque se le devuelve la paz en lo interior y en lo exterior. Y la magnificencia de la selva, o sea, el lujo de este mundo, y del Carmelo, que se interpreta “blando”, o sea, el libertinaje carnal, son consumidos por el alma hasta la carne, porque todo lo que hay de inmundo en el alma y en el cuerpo es consumido por el fuego de la contrición.

    ¡Afortunado aquel que quema e ilumina con esta lámpara! De ella dice Job: “Lámpara despreciada en el pensamiento de los ricos, preparada para el tiempo establecido “(12, 5). Las preocupaciones de los ricos de este mundo son: guardar las cosas adquiridas y sudar para conquistar otras; y por ello raramente o nunca se halla en ellos la verdadera contrición. Ellos la desdeñan, porque sólo anhelan las cosas transitorias. Mientras persiguen con tanto ardor los placeres de las cosas temporales, olvidan la vida del alma que es la contrición, y se encuentran con la muerte.

    Dice la Historia Natural que la caza de los ciervos se hace de esta manera. Dos hombres parten, y uno de ellos silba y canta. Entonces el ciervo sigue el canto porque lo atrae. Mientras tanto, el segundo lanza la flecha, lo golpea y lo mata (Aristóteles). Así es también la caza de los ricos. Los dos hombres son el mundo y el diablo. El mundo, delante del rico, silba y canta, porque le muestra y le promete placeres y riquezas; y mientras el necio lo sigue encantado, porque en aquellas cosas halla deleite, el diablo lo mata y lo lleva a las cocinas del infierno para hervirlo y asarlo.

    9. Finalmente, llega el tiempo de la cuaresma, instituido por la iglesia, para perdonar los pecados y salvar las almas. Para este tiempo está preparada la gracia de la contrición, que ahora, de manera espiritual, está ante la puerta y llama (cf. Ap 3, 20). Si quieres abrirle y acogerla, ella cenará contigo y tú con ella. Y entonces comenzarás a tocar la trompa de manera admirable.

    La trompa es la confesión del pecador arrepentido. De ella se lee en el Éxodo: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en el fuego; y el humo subía como el humo de un horno; y todo el monte se estremecía en gran manera. Y el sonido de la trompa, poco a poco, se hacía más fuerte y persistente” (19, 18-19). Estas palabras describen cómo debe portarse el pecador en la confesión. El monte se llama así, porque no se mueve. El monte Sinaí, que se interpreta “mis dientes”, es figura del penitente, inamovible en el tiempo de la tentación, que con los dientes, o sea, con los castigos que se inflige, despedaza las carnes, o sea, sus tendencias carnales. El humea todo por las lágrimas que salen del horno de la contrición; y esto procede de la venida de la gracia celestial. “Y todo el monte se estremecía en gran manera”, porque tiene las lágrimas y la tristeza en el rostro, el desaliño en los vestidos, el dolor en el corazón y los gemidos y suspiros en la voz.

    “Y el sonido de la trompa, o sea, de la confesión, se hacía más fuerte y persistente”. Aquí está indicado el modo de confesarse. Al comienzo de la confesión, el penitente debe iniciar la acusación de sí mismo, cómo pasó de la sugestión al deleite, del deleite al consentimiento, del consentimiento a la palabra, de la palabra a la acción, de la acción a la repetición, de la repetición al hábito.

    Comience, ante todo, de la lujuria y de sus modalidades y circunstancias, según natura y contra natura; después, de la avaricia, usura, hurto, rapiña y todo lo mal sustraído, que debe restituir, si tiene la posibilidad. Si es clérigo, comience de la simonía, y si recibió las órdenes, mientras estaba excomulgado, y si las ejerció; o si al recibirlas cometió alguna irregularidad. En fin, confesará todas las demás cosas, como les parecerá mejor al penitente y al confesor.

    10. Después de la confesión, se le debe imponer la satisfacción o la penitencia, indicada en la rotura del ánfora de cerámica. El ánfora se quiebra, y el cuerpo es castigado. Madián, que se interpreta “del juicio” o “de la iniquidad”, es figura del diablo, que ya está condenado por el juicio de Dios y está debelado; y su iniquidad está exterminada.

    Es lo que dijo Isaías: “Los altos de estatura”, o sea, los demonios, “serán cortados”; y “los poderosos”, o sea, los hombres orgullosos, “serán humillados”; “y el espeso bosque”,o sea, la abundancia de bienes terrenales, “será destruido por el hierro” del temor de Dios; y el Líbano, o sea, el esplendor del lujo mundano, “se desplomará con sus altos cedros”, o sea, las bagatelas, las estafas y las apariencias. Presta atención. La satisfacción consiste en tres cosas: en la oración a Dios, la limosna hacia el pobre y el ayuno hacia sí mismo. Así la carne, que alegremente llevó a la culpa, en la expiación recupera el perdón.

    Se digne concedérnoslo aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén!

    Cita bíblica