Domingo V de Cuaresma
Sermón a los predicadores o a los prelados
1. “¿Quién de ustedes me redarguye de pecado! Si digo la verdad, ¿por qué no me creen?” (Jn 8, 46). A los predicadores les dice Jeremías: “Tomen buen ánimo, hijos de Benjamín, en medio de Jerusalén; y toquen bocina en Tekoa, y en Bet-Aquérem icen el estandarte” (6, 1).
Tomen buen ánimo y no teman, oh predicadores, hijos de Benjamín, hijos de la derecha, o sea, de la vida eterna, de la que se dice: “Larga vida en su mano derecha” (Prov 3, 16).Tomen buen ánimo, les digo, en medio de Jerusalén, o sea, en medio de la iglesia militante, en la que hay una visión de paz, o sea, la reconciliación del pecador. Y con razón dice “en medio”. El centro de la iglesia es la caridad, que se extiende al amigo y al enemigo; y el predicador debe exhortar a los fieles de la iglesia a conservar este centro ( de la caridad). “Y en Tekoa”, o sea, entre los que cuando hacen algo, tocan la trompeta delante de si como los hipócritas, y “que se complacen de sí mismos en medio de la multitud de naciones”, como se lee en el libro de la Sabiduría (6, 3), hagan resonar la bocina de la predicación, para que, al oírla, digan: “¡Ay de nosotros, oh Señor, porque hemos pecado!” (Lm 5, 16). Y en Bet-Aquérem, o sea, en una casa estéril, en la casa de los que están privados de la linfa de la gracia y son estériles de buenas obras -su tierra, o sea, su mente, no recibe ni una gota de sangre que brota del cuerpo de Cristo-, icen el estandarte de la cruz; prediquen la pasión del Hijo de Dios, porque es el tiempo de la pasión; y anúncienla a los muertos, para que resuciten en la muerte de Jesucristo. ¿Quién hoy, con las palabras del evangelio, amonesta a las turbas de los judíos: “¿Quién de ustedes me redarguye de pecado?”.
2. Observa que en este evangelio se destacan siete características. Primero: la inocencia de Cristo, que dice: “¿Quién de ustedes me redarguye de pecado?”. Segundo: la amorosa docilidad a su palabra, cuando dice: “El que es de Dios, escucha las palabras de Dios”. Tercero: la blasfemia de los judíos:
¿No decimos bien nosotros, que tú eres un samaritano y estás endemoniado?”. Cuarto: la gloria de la vida eterna para quien guarda su palabra: “En verdad, en verdad les digo: “El que guarda mi palabra, no saboreará la muerte jamás”. Quinto: la glorificación del Padre: “Es mi Padre el que me glorificará”. Sexto: júbilo de Abraham: “Abraham, su padre, gozó al ver mi día”. Séptimo: el intento de lapidación de parte de los judíos y ocultamiento de Jesucristo: “Aferraron piedras, para lanzarlas contra El”.
Observa también que en este domingo y en el siguiente se lee a Jeremías y se canta el responsorio: “Estos son los días, que ustedes festejarán a su tiempo” (Lv 23, 4), junto con los demás, en los cuales se omite el “Gloria al Padre”.
I - La inocencia de Jesucristo
3. El Cordero inocente, que tomó sobre sí los pecados del mundo (Jn 1, 29), “que no cometió pecado ni se halló engaño en su boca” (1 Pe 2, 22), “que asumió el pecado de muchos y oró por los transgresores” (Is 53, 12), con razón puede decir: “¿Quién de ustedes me podrá acusar o redargüir de pecado?”. Por cierto, ninguno. ¿Quién se atreverá a acusar de pecado a aquel que vino a perdonar los pecados y a dar la vida eterna? Por eso hoy el Apóstol, en la epístola a los hebreos, dice: “Cristo, estando ya presente como sumo pontífice de los bienes futuros” (Hb 9, 11). “Estando presente” es lo mismo que “ayudante” u “obediente”. Cristo estaba presente, o sea, nos ayudaba. Dice el Profeta: “Ayuda al pobre en su miseria” (Salm 106, 41). El género humano era pobre, porque despojado de los dones de la gracia y deteriorado en su naturaleza, y se hallaba en esta condición sin que nadie le ayudara. Vino Cristo, se le acercó y lo ayudó, cuando le perdonó los pecados. Fue también obediente a Dios Padre: “obediente hasta la muerte y la muerte de cruz” (Filp 2, 8). “En la muerte, para la reconciliación del género humano, no ofreció a Dios Padre la sangre de carneros o de terneros, sino su propia sangre, para purificar nuestra conciencia de las obras muertas y servir a Dios viviente” (Hb 9, 13-14).
Cristo es llamado “pontífice de los bienes futuros”. Pontífice significa que “hace de puente” y “que es camino para los que le siguen”. Había dos orillas, una de una parte y otra de otra parte, la orilla de la mortalidad y la de la inmortalidad, entre las cuales corría un río que no se podía cruzar, el río de nuestras iniquidades y de nuestras miserias, de las que habla Isaías: “Sus iniquidades cavaron un abismo entre ustedes y su Dios, y sus pecados taparon el rostro de El; y así no los puede escuchar” (59, 2).
Vino, pues, Cristo, cercano a nosotros como pontífice, que hizo de sí mismo un puente desde la orilla de nuestra mortalidad a la orilla de su inmortalidad, para que por ese puente, como por una pasarela que cruza, pudiéramos llegar a la posesión de los bienes futuros. Por esto es llamado “pontífice de los bienes futuros”, no de los bienes presentes, que jamás prometió a sus amigos. Más bien, les dijo: “Ustedes en el mundo sufrirán tribulaciones” (Jn 16, 33). Cristo, pues, vino para perdonar los pecados, y como pontífice de los bienes futuros, para darnos los bienes eternos. ¿Quién, pues, podrá acusarlo de pecado? ¿Y qué es el pecado sino trasgresión de la ley divina y desobediencia a los mandamientos celestiales? ¿Quién, pues, puede acusar de pecado a aquel, cuya ley fue la voluntad de su Padre? ¿A aquel que no sólo obedeció al Padre celestial sino también a su Madre pobrecilla? “¿Quién de ustedes me puede acusar de pecado? Si les digo la verdad, ¿por qué no me creen?”. Ya no creían en la verdad, porque eran “hijos del diablo”, que es el mentiroso y el padre y el inventor de la mentira (Jn 8, 39…
II - Docilidad a la palabra de Cristo
4. “El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; por esto ustedes no las escuchan, porque no son de Dios” (Jn 8, 47). (Según algunos autores), el término hebreo “Dios” significa “temor”. Es de Dios el que teme a Dios; y el que teme a Dios, escucha su voz. Dice Dios por boca de Jeremías: “Levántate y vete a la casa del alfarero: allí escucharás mis palabras” (Jer 18, 2). Se levanta el que, sacudido por el temor, se arrepiente de lo que hizo; y va a la casa del alfarero, cuando se reconoce barro y teme que el Señor lo despedace como un vaso de barro cocido (Salm 2, 9); y allí escucha las palabras del Señor, porque es de Dios y teme a Dios.
Dice Jerónimo: “Es un gran signo de predestinación escuchar de buena gana las palabras de Dios, y escuchar los murmullos de la patria celestial, como uno que escucha de buena gana las noticias de la patria terrena”.
Hacer lo contrario es signo de obstinación. Dice Jesús: “Por esto ustedes no las escuchan, porque no son de Dios”; como si dijera: “Ustedes no escuchan sus palabras, porque ustedes no lo temen”. He aquí cómo amonesta Jeremías: “¿A quién hablaré y a quién amonestaré, para que oiga? He ahí que sus oídos están incircuncisos y no pueden oír. He ahí que la palabra de Dios llegó a ser para ellos motivo de escarnio, y no la acogen” (6, 10). Y de nuevo: “Haré pudrir la gran soberbia de Judá”, o sea, de los clérigos, y “la gran soberbia de Jerusalén”, o sea, de los religiosos; y haré pudrir también “a este pueblo malvado”, o sea, a los laicos, “que no quiere escuchar mis palabras y persiste en la obstinación de su corazón” (13, 9-10). Y sigue: “Ellos se ensalzaron y se enriquecieron; engordaron y se pusieron lustrosos; y descuidaron pésimamente mis palabras. No defendieron la causa de la viuda. ¿Y yo dejaré, quizás, de castigarlos y mi alma no tomará venganza de tal gente?” (5, 2 729).
Asimismo: “He aquí que yo traigo a este pueblo la desgracia, el fruto de sus pensamientos, porque no escucharon mis palabras y rechazaron mi ley. ¿Para qué me ofrecen el incienso de Sabá y la canela fragante de tierra lejana? Sus holocaustos no me son gratos, y sus sacrificios no me agradan, dice el Señor” (6, 19-20).
Sabá se interpreta “red” o “prisionera”. En el incienso está indicada la oración; en la canela la confesión del crimen o la proclamación de la alabanza. El que no escucha la palabra de Dios y rechaza su ley, que es la caridad, en la cual está la plenitud de la ley, éste en vano ofrece al Señor el incienso de la oración de Sabá, o sea, de la vanidad del mundo, que lo enreda y lo retiene prisionero. Y en vano ofrece la canela fragante de la confesión -que exhala suave aroma sólo cuando está hecha en la caridad-; canela traída de tierra lejana, o sea, de una mente impura, que separa al hombre de Dios. “Sus holocaustos”, o sea, sus ayunos, “no me son gratos”; y sus sacrificios”, o sea, sus limosnas, “no me agradan, dice el Señor”, porque rechazaron la caridad. En compendio: todas nuestras obras son inútiles para la vida eterna, si no están perfumadas con el bálsamo de la caridad.
III - La blasfemia de los judíos contra Cristo
5. “Los judíos respondieron: “¿No decimos bien nosotros que eres un samaritano y que estás endemoniado?”. Jesús contestó: “Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre; pero ustedes me deshonraron. Yo no busco mi gloria: hay quien la busca y juzga” (Jn 8, 48-50).
Los samaritanos, trasladados desde la Asiria, conservaban en parte los ritos de los judíos y en parte los ritos de los paganos. Los judíos no tenían trato con ellos, porque los consideraban impuros. Por eso, cuando querían insultar a uno, lo llamaban samaritano.
“Samaritanos” se interpreta “custodios”, porque fueron enviados por los babilonios para vigilar a los judíos. Dicen, pues: “¿No decimos bien nosotros que eres un samaritano?”. Cristo no niega sino que acepta, porque es el custodio: “No duerme ni dormita el que guarda a Israel” (Salm 120, 4), y vigila sobre su grey. El Señor pregunta a Jeremías: “¿Qué ves tú, Jeremías?”. Contesté: “Veo una vara vigilante”, o, según otras versiones, una rama de nogal, o de avellana, o de almendro. Y el Señor a mí: “Viste muy bien. Yo vigilaré sobre mi palabra, para llevarla a cabo” (1, 11-12).
La vara, llamada así de “vigor” o de “verdor” o de “gobernante”, es figura de Jesucristo, que es potencia de Dios, plantado junto a la corriente de agua, o sea, en la plenitud de la gracia; y es “verde”, permaneciendo inmune de todo pecado, como El dijo de sí mismo: “Si hacen esto con el madero verde, ¿qué harán con el seco?” (Lc 23, 31). A El le dijo el Padre: “Tú los gobernarás con una vara de hierro” (Salm 2, 9), o sea, con inflexible justicia. Esta vara vigila sobre su palabra, para llevarla a cabo, porque lo que predicó con la palabra, lo mostró con las obras. Vigila sobre sus palabras aquel que traduce en obras lo que predica con las palabras.
6. otra aplicación. Cristo es llamado “vara vigilante”, porque como el ladrón vela de noche y hurta en la casa de los que duermen, sustrayendo las cosas con la vara en la que hay un garfio; así Cristo, con la vara de su humanidad y el garfio de su cruz, hurta almas al diablo. En efecto, dijo: “ Cuando sea elevado de la tierra, todo lo atraeré a mí” (Jn 12, 32). También el día del Señor vendrá de noche como un ladrón (1Tes 5, 2). Amonesta el Apocalipsis: “Si no vigilas, vendré a ti como un ladrón” (3, 3).
Igualmente, Cristo es llamado “vara de nuez o de almendro”. observa que el fruto de estas plantas tiene el núcleo (pepita) dulce, la cáscara sólida y la corteza amarga. En el núcleo dulce está simbolizada la divinidad de Cristo; en la cáscara sólida, su alma; y en la corteza amarga su carne, o sea, su cuerpo, que sufrió las amarguras de la pasión.
Cristo vigiló sobre la palabra del Padre -al que llama “su Padre”, porque es uno con El-, para cumplirla. Dice El: “Como el Padre me ordenó, así obro”. Por ende, yo no tengo demonio, porque cumplo el mandato del Padre. Falsamente blasfeman los falsos judíos, al acusarlo: “¡Estás endemoniado!”. De esa blasfemia, hablando de Cristo, dice Jeremías: “¡Ay de mí, oh madre mía! ¿Por qué me engendraste hombre de contienda y hombre de discordia en toda la tierra? No di en préstamo ni tomé en préstamo; y, sin embargo, todos me maldicen, dice el Señor” (15, 10- 11). Observa que hay dos “ayes”: el de la culpa y el de la pena. Cristo tuvo el de la pena, no el de la culpa. Entonces: “¡Ay de mí, madre mía! ¿Por qué me engendraste para una pena tan grande, a mí, hombre de riña y hombre de discordia?”. La riña es una pelea que se excita entre muchos; y de ahí viene el reñidor, llamado así por el gruñido de perro, porque está siempre dispuesto a contradecir y a litigar. Discordia significa corazones diferentes; y discordar es tener dos corazones diferentes. Así, entre los judíos, a motivo de las palabras de Cristo, había riña, porque, como perros, estaban siempre dispuestos a ladrar y a contradecir. Y tenían corazones diferentes. Algunos decían: “¡Es bueno!”. Otros lo negaban: “¡No, sino que engaña a la gente!”.
“No di en préstamo ni pedí en préstamo”.
Prestamista se llama el que presta dinero y prestatario el que recibe dinero en préstamo. Cristo no fue prestamista, porque no encontró entre los judíos a persona alguna a la cual prestar la suma de su doctrina; y nadie le prestó a El, porque no quisieron multiplicar con las buenas obras el tesoro de sus enseñanzas. Más bien, “todos lanzaban contra mí improperios, diciendo: “¡Eres un samaritano y estás endemoniado!”. Y Jesús respondió: “Yo no estoy endemoniado”. Rechaza la falsa acusación, pero no retuerce el ultraje. Sólo responde: “Yo honro a mi Padre”, tributándole el debido honor y atribuyéndoselo todo. En cambio, “ustedes me deshonran”.
Siempre, hablando de Cristo, dice Jeremías:
“Frente a mi pueblo llegué a ser el escarnio de todos los días” (Lm 3, 14); y de nuevo: “Ofrecerá su mejilla al que lo golpea y será saciado con ignominias” (Lm 3, 30). “Pero yo no busco mi gloria”, como los hombres, que a las injurias responden con otras injurias. Su gloria la pone en las manos del Padre; y por eso añade: “Hay quien la busca y juzga”. Y Jeremías: “Y ahora, Señor de los ejércitos, tú juzgas con justicia y escudriñas el corazón y la mente; pueda yo ver tu venganza sobre ellos” (11, 20).
Observa que el juicio es doble: uno de condenación, del que se dice: “El Padre no juzga a nadie, sino que confía todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22); y el otro de discriminación, del que dice el Hijo en el introito de la misa de hoy: “Júzgame, oh Dios, y discrimina mi causa de la de la gente no santa” (Salm 42, 1). En este sentido se dice: “Es el Padre quien busca mi gloria” y la discrimina de la de ustedes, porque ustedes se glorían según este mundo; pero yo no: mi gloria es la que recibí del Padre, antes que el mundo existiese, y es muy diferente de la jactancia humana.
7. En sentido moral. “Tú tienes un demonio”. Demonio viene del griego “daimonion”, y significa “experto y conocedor de las cosas”. “Daimon” en griego significa “el que sabe mucho”. Si alguno, pues, adulándote o aplaudiéndote, te dice: “Eres un experto y sabes muchas cosas”, podría decirte: “Tú tienes un demonio”. Pero tú, con Cristo, debes inmediatamente responder., “Yo no tengo un demonio. Por mí mismo no sé nada, ni nada bueno tengo, sino que “honro a mi Padre”. A El todo se lo atribuyo y a El le doy las gracias, porque de El vienen toda sabiduría, toda capacidad y toda ciencia. “Yo no busco mi gloria”, y digo con el bienaventurado Bernardo: “¡Verbo de la vanagloria, no me toques!. Toda gloria sólo es debida a aquel al cual se le dice: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Y dice también: “El ángel en el cielo no busca la gloria de otro ángel. ¿Y el hombre, en la tierra, querrá ser alabado por otro hombre?”.
IV. La gloria eterna para los que guardan la palabra de Cristo
8. “En verdad, en verdad les digo: “El que guarda mi palabra, nunca verá la muerte”. Entonces los judíos le dijeron: “Ahora sabemos que estás endemoniado. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: el que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, el cual murió? ¡Y los profetas también murieron! ¿Quién pretendes ser?”. Respondió Jesús: “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es” (Jn 8, 51-54).
“Amén”, que significa “en verdad”, “fielmente” o “hágase”, es un vocablo hebreo, como el “Aleluya”. Y como Juan relata en el Apocalipsis que se escucharon en el cielo las palabras “Amén” y “Aleluya”, así estas dos palabras fueron enseñadas por los apóstoles a todas las gentes, para que las proclamasen aquí en la tierra.
“En verdad, en verdad les digo: “El que guarda mi palabra, nunca verá la muerte”. La muerte deriva su nombre de la mordedura del primer hombre, que, mordiendo el fruto del árbol prohibido, encontró la muerte. Si hubiese observado la palabra del Señor: “Puedes comer los frutos de todo árbol del jardín, pero no comas el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal”, nunca habría muerto. Pero, porque no la observó, sufrió la muerte y pereció junto con toda su posteridad. Comenta Jeremías: “Olivo fecundo, hermoso, fructífero, atrayente, era el nombre con que el Señor te llamó; pero, al sonido de una gran palabra, estalló contra esa planta el fuego, y todos sus frutos se quemaron (11, 16). La naturaleza humana, antes del pecado, fue en la creación un olivo, creada en un “campo damasceno” (lugar árido); pero, después, fue plantada, por así decir, en un jardín de delicias; fue lozana y fértil por los dones gratuitos, hermosa por los dones de naturaleza, fructífera por la fruición de la bienaventuranza eterna, atrayente en su inocencia. Pero, ¡ay de mí! Al sonido de una palabra “grande”, o sea, de la sugestión diabólica, que prometía grandes cosas: “¡Serán como dioses!”, el fuego de la vanagloria y de la avaricia estalló en su contra; y se quemaron todos sus frutos, o sea, toda su posteridad.
Oh hijos de Adán, ¡no imiten a sus padres, que no escucharon la palabra del Señor y por eso perecieron! Ustedes, en cambio, deben escucharla: “En verdad, en verdad les digo: “El que guarda mi palabra, nunca jamás saboreará la muerte”. Es evidente que aquí saborear quiere decir “experimentar”.
9. “Entonces respondieron los judíos: “Ahora sabemos que tienes un demonio”. ¡Oh locura de mentes insensatas! ¡oh perfidia de gente demoníaca! ¿No les basta lanzar un vituperio tan horrible y tan infame contra un inocente, inmune de todo vicio? Ahora quieren repetirlo una segunda vez: “Ahora sabemos que tienes un demonio”. ¡Oh ciegos! Si ustedes lo hubiesen de veras conocido, ¡jamás hubiesen afirmado que El tenía un demonio, sino que hubiesen creído que El era el Señor, el Hijo de Dios!
“Abraham murió”, pero no de la muerte (espiritual) señalada por el Señor, sino sólo de muerte corporal, de la que se lee en el Génesis: “Los días de Abraham llegaron a ciento setenta y cinco años. Después, desfalleció y murió en serena ancianidad, en edad muy provecta y repleto de días. Se reunió a su pueblo; y sus hijos, Isaac e Ismael, lo sepultaron en una caverna doble” (25, 7-9).
10. En sentido moral. Abraham es figura del justo, cuya vida debe durar ciento setenta y cinco años. En el número ciento, que es número perfecto, está indicada toda la perfección del justo. En el número setenta, que está formado por el siete y por el diez, están indicados la infusión de la gracia de los siete dones del Espíritu Santo y el cumplimiento de los diez mandamientos. En el número cinco está indicado el recto uso de los cinco sentidos. La vida, pues, del justo debe ser perfecta por la infusión de la gracia de los siete dones, por el cumplimiento del decálogo y por el recto uso de los cinco sentidos. Así se alejará del amor mundano, morirá al pecado y, colmado y no vacío de días, se reunirá a su pueblo. Dice el Señor por boca de Isaías: “Los días de mi pueblo serán como los del árbol” (65, 22), o sea, de Jesucristo, porque El vivirá y reinará eternamente, y con El también vivirá y reinara su pueblo. Se lee en el evangelio: “Yo vivo, y ustedes también vivirán” (Jn 14, 19).
“Y sus hijos, Isaac e Ismael, lo sepultaron en una caverna doble”. Isaac se interpreta “gozo”, Ismael “escucha de Dios”.El gozo de la esperanza de los bienes celestiales y la escucha de los divinos preceptos sepultan al justo en la doble caverna de la vida activa y contemplativa, para que, escondido a las intrigas de los hombres y alejado de las lenguas que contradicen, esté protegido al abrigo del rostro del Señor. De la contradicción de los judíos se dice: “¿Quién pretendes ser?”. Según ellos, El pretendía ser Hijo de Dios e igual a El, como si no lo fuera. Pero Cristo no lo pretendía, sino que lo era realmente, como lo proclamó el Apóstol: “No estimó un alarde el proclamarse igual a Dios” (Filp 2, 6). En cambio, ellos no preguntan: “¿Quién eres?”, sino:
¿Quién pretendes ser?”. Pero Jesús: “Si yo me glorifico a mí mismo, ni¡ gloria nada es”. En contra de lo que ellos dicen: “¿Quién pretendes ser?”, Jesús confía su gloria al Padre, al cual debe su ser de Dios.
V Cristo será glorificado por el Padre
11. “Quien me glorifica, es el Padre, a quien ustedes dicen que es su Dios, pero no lo conocen. Yo, en cambio, lo conozco; y, si dijera que no lo conozco, sería como ustedes mentiroso. Yo lo conozco y escucho su palabra” (Jn 8,54-55).
Observa que el Padre glorificó al Hijo en la natividad, cuando lo hizo nacer de la Virgen; en el río jordán y en el monte, cuando proclamó: “Este es mi Hijo dilecto”. Lo glorificó también en la resurrección de Lázaro y en su resurrección y ascensión. Por esto dijo en Juan: “Padre, glorifica tu nombre. Llegó entonces una voz del cielo: “Yo lo glorifiqué” en la resurrección de Lázaro”, “y lo volveré a glorificar” (12, 28) en su resurrección y ascensión.
Es, pues, el Padre quien me glorifica; y ustedes dicen de El que es su Dios. Aquí tienes un claro testimonio contra los herejes, que sostienen que la ley fue dada a Moisés por el Dios de las tinieblas. Pero el Dios de los judíos, que dio la ley a Moisés, es el Padre de Jesucristo. Entonces fue el Padre de Jesucristo el que dio la ley a Moisés. Y “ustedes no lo conocen” espiritualmente, mientras están al servicio de las cosas terrenas. “Yo, sí, lo conozco”, porque soy “uno” con El. Y si, mientras lo conozco, “dijera que no lo conozco, sería como ustedes mentiroso”, que dicen conocerlo, mientras no lo conocen. “YO lo conozco y observo su palabra”.
El, como Hijo, decía la palabra del Padre; y El, a su vez, era la Palabra del Padre, que hablaba a los hombres. Se “observa” a sí mismo, o sea, defiende en sí mismo la divinidad.
VI El júbilo de Abraham
12. “Abraham, su padre, exultó, al ver mi día. Lo vio y lo gozó. Le dijeron los judíos: “Todavía no tienes cincuenta años; y ¿viste a Abraham?”. Jesús les replicó: “En verdad, en verdad les digo, antes que Abraham existiera, yo soy” (Jn 8, 56-58). Presten atención a estas tres palabras: exultó, vio y gozó. Observa también que tres son los días del Señor: la natividad, la pasión y la resurrección. Del primer día dice Joel: “En ese día brotará una fuente de la casa de David y regará el torrente de las espinas” (3, 18). En el día de la natividad, una fuente, o sea, Cristo, brotará de la casa de David, o sea, del vientre de la bienaventurada Virgen, y regará el torrente de las espinas, o sea, nos levantará del cúmulo de nuestras miserias, que todos los días nos punzan y hieren.
Del segundo día dice Isaías: “En la firmeza de su espíritu tornó resoluciones para el día del ardor” (27, 8). En el día de la pasión, en la cual el Señor soportó el ardor de los tormentos y de la fatiga, en la firmeza de su espíritu, mientras pendía de la cruz, reflexionaba acerca de cómo podía condenar al diablo y arrancar de su mano al género humano. Del día tercero dice Oseas: “El tercer día nos resucitará y nosotros viviremos en su presencia; comprenderemos y seguiremos al Señor para conocerlo” (6, 3). El tercer día Cristo resucitó de los muertos y con El nos resucitó también a nosotros, en una resurrección conforme a la de El, porque como El resucitó, nosotros creemos que resucitaremos en la resurrección general. Y entonces viviremos, comprenderemos y lo seguiremos para conocerlo. En estos cuatro verbos están indicadas las cuatro propiedades de los cuerpos glorificados: viviremos: he ahí la inmortalidad; comprenderemos: he ahí la agudeza (de la inteligencia); seguiremos: he ahí la agilidad; para conocer al Señor: he ahí la luminosidad. Abraham, pues, o sea, el justo, exulta en el día de la natividad del verbo encarnado; con el ojo de la fe lo ve colgado del patíbulo de la cruz y sabe que con El gozará inmortal, en el reino celestial.
Considerando en El sólo la edad del cuerpo y no la naturaleza divina, los judíos le retrucaron: “No tienes todavía cincuenta años; ¿y viste a Abraham?”. Tal vez el Señor tenía treinta y uno o treinta y dos años; pero, por la excesiva fatiga y por la continua predicación, mostraba una edad superior. Y Jesús les dijo: “Antes que Abraham Regara a existir, yo soy”. No dijo “existiera”, sino “llegara a existir” (en latín, fieret), porque Abraham era una criatura; ni dijo de sí mismo “hecho”, sino “soy”, porque El es el Creador.
VII Jesús se esconde de los judíos, que le quieren apedrear
13. “Entonces aferraron unas piedras, para arrojárselas. Pero Jesús se escondió y salió del templo” (Jn 8, 59).
Los judíos recurren a las piedras, para apedrear a la piedra angular, o sea, a aquel que reunió en sí mismo a las dos paredes, o sea, el pueblo de los judíos y el pueblo de los paganos, que se enfrentaban. Los judíos, cuyos padres apedrearon en Egipto a Jeremías, imitando su maldad, quisieron apedrear al Señor de los profetas. Por esto dice el Señor en Mateo: “Ustedes son hijos de los que mataron a los profetas. Y ustedes colman la medida de sus padres” (23, 31-32).
14. En sentido moral. Los falsos cristianos, hijos extraños, o sea, del diablo, que mintieron al Señor violando el pacto del bautismo, con las duras piedras de sus pecados, en cuanto está en ellos, apedrean a su padre y señor, Jesucristo, del que recibieron el nombre de cristianos; e intentan matarlo, o sea, matar la fe en El.
Estos cristianos son como los hijos del buitre, que dejan morir de hambre a su padre. No son como los hijos de la grulla, que se exponen a sí mismos a la muerte, para salvar al padre, cuando el halcón lo persigue; y, además, cuando el padre envejece y ya no puede cazar, lo alimentan ellos mismos.
Nuestro Padre, como un pobre hambriento, llama a la puerta, para que le abramos y le demos, si no es una cena, al menos, un mendrugo de pan. “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3, 20). Pero nosotros, como hijos degenerados, dejamos morir de hambre a nuestro padre, como hacen los hijos del buitre. Por esto El se queja de nosotros por boca de Jeremías: “¿He sido yo un desierto para Israel, o una tierra de tinieblas? ¿Por qué me dijo mi pueblo: “Nos hemos alejado y jamás volveremos a ti”? ¿Se olvida la virgen de su atavío o la desposada de su cinturón? Pero mi pueblo se olvidó de mí por días y días” (2,31-32). El Señor no es el desierto ni tierra tenebrosa, donde no se produce ningún fruto, o pocos; al contrario, es el jardín del Padre y una tierra bendita, en la cual, cualquier cosa sembremos, cosecharemos el céntuplo.
¿Por qué, pues, nosotros, tan miserables, nos alejamos de El y nos olvidamos de El por tan largo tiempo? Pero el alma, esposa de Cristo, virgen por la fe y la caridad, no puede olvidarse de su ornamento, o sea, del amor divino, del cual se halla como adornada, ni del cinturón de su pecho, o sea, de la conciencia pura, con la que se siente tranquila.
Hermanos queridísimos, seamos como los hijos de la grulla, para que, si fuere necesario, nos expongamos a la muerte por nuestro padre, o sea, por la fe de nuestro Padre; y, en este mundo ya avejentado y pronto ya en ruina, restaurémoslo con las buenas obras, para que no nos suceda también a nosotros lo que dice el evangelio: “Jesús se escondió y salió del templo”.
Y es por esto que, desde el presente domingo, llamado “Domingo de la Pasión”, se omite en los responsorios el “Gloria al Padre”, aunque no se lo descuida del todo, ya que el Señor todavía no fue entregado en las manos de los verdugos.
Roguemos, pues, y con lágrimas imploremos a nuestro Señor Jesucristo, que no nos esconda su rostro, ni salga del templo de nuestro corazón; y que en su juicio no nos acuse de pecado, sino que nos infunda la gracia de escuchar con la máxima diligencia su palabra. Nos dé la paciencia para soportar las injurias, nos libere de la muerte eterna y nos glorifique en su reino, para que con Abraham, Isaac y Jacob merezcamos ver el día de la eternidad.
Nos lo conceda aquel Jesús, al cual pertenecen el honor y la potestad, el esplendor y el dominio por los siglos eternos.
Y toda la iglesia responda: ¡Amén! ¡Así sea!