Domingo XVI después de Pentecostés
Exordio.
El alma penitente
1. “En aquel tiempo, Jesús iba a una ciudad llamada Naín” (Lc 7, 11).
En el libro de Judit se lee que esta mujer descendió a su casa, “se sacó el cilicio y depuso su ropa de viudez. Lavó su cuerpo y se perfumó con mirra finísima”. Dividió “y peinó los cabellos de su cabeza y la adornó con una diadema y se puso los vestidos de alegría (de fiesta). Calzó las sandalias a sus pies y se puso brazaletes con los lirios, aros y anillos, y se cubrió con todos sus adornos” ( 10, 2-3).
Judit se interpreta “que manifiesta”, y simboliza al alma fiel, que en la confesión manifiesta su pecado y canta las alabanzas del Señor. Esta baja a su casa, cuando, retornando a su conciencia, piensa en sus pecados en la amargura de su alma (Is 38, 15). Dijo el ángel a Agar: “Vuélvete a tu señora, y humíllate bajo su mano” (Gen 16, 9). Agar se interpreta “buitre”, y es figura del alma que cuando, a través de los sentidos del cuerpo, sale para llevar a realizar las obras de la carne, entonces es como el buitre que se echa sobre las carroñas. A ella le dice el ángel, o sea, la gracia del Espíritu Santo: “Vuélvete a tu señora”, o sea, entra en tu conciencia, “y humíllate bajo su mano” en la amargura de la penitencia.
“Se quitó el cilicio”. En el cilicio está simbolizado el hedor del pecado, que el alma elimina de sí cuando, entrando en su conciencia, reflexiona sobre lo que cometió y lo que omitió. Dice el Salmo: “De noche meditaba en mi corazón, me ejercitaba y examinaba mi espíritu” (76, 7). Presta atención a los tres verbos: meditar, empeñarse y examinarse. El pecador, que se halla en la noche del pecado, debe meditar en su corazón lo que cometió, lo que perdió y lo que consiguió. Cometió, o sea, dio la muerte a su alma; perdió la gloria y consiguió la gehena. Por todo esto debe ejercitarse en la contrición y en la amargura del corazón, y debe examinar y purificar el hedor del pecado, mediante la confesión de la boca.
“Depuso los vestidos de su viudez”. En latín vestimentum suena casi como vestigmentum, un vestido que se alarga hasta el vestígium, huella, o sea, hasta los pies. Es llamada viuda una mujer que está sola y ya no tiene deberes conyugales, en relación a su marido.
El vestido de la viudez es figura del pecado mortal. Cuando el alma se revista del pecado mortal, se vuelve viuda del auténtico Esposo; y se despoja de ese vestido, cuando, en la confesión, depone su pecado con todas las relativas circunstancias. Dice el Señor, con las palabras de Jeremías reportadas por Baruc: “Jerusalén, quítate tu vestido de luto y de dolor; y revístete con el esplendor, el honor y la sempiterna gloria, que vienen de Dios” (Bar 5, 1). El vestido del luto y de la aflicción es el pecado, en el cual propiamente hay luto y aflicción. Se dice luto, porque para el corazón humano es como una herida o una úlcera, para cuya curación se emplean las consolaciones. Como la herida o la úlcera afligen el cuerpo, así el pecado aflige el alma, a la cual se dirige la exhortación: “oh Jerusalén, quítate” en la confesión “tu vestido de luto y de aflicción; “y revístete de la belleza” de las virtudes “y del honor de la gloria”, que es la pureza de conciencia, para que puedas llegar a la gloria sempiterna.
“Y lavó su cuerpo”, o sea, las obras de la carne con las lágrimas de la penitencia. Dice el Señor a Moisés: “Ve a mi pueblo y santifícalo hoy y mañana. Laven sus vestidos y estén preparados para el día tercero” (Ex 19, 10-11). Presta atención a los días, que son tres: la contrición, la confesión y la satisfacción. Hoy y mañana, o sea, con la contrición y con la confesión, debemos santificarnos y con las lágrimas lavar los vestidos, o sea, las obras carnales; y así estaremos preparados para el día tercero, o sea, para cumplir la satisfacción.
“Y se ungió con mirra finísima”, o sea, con la mortificación de la carne, para matar los gusanos de la concupiscencia. En el evangelio de Juan se relata que Nicodemo llegó “llevando una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras”. El mismo Nicodemo y José de Arimatea “tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos de lino, junto con los aromas, según la costumbre judía de sepultar” (19, 39-40).
Nicodemo se interpreta “sometido a juicio”, e indica un espíritu profundamente contrito, que somete los sentidos del cuerpo a un juicio de discernimiento, para que no vayan errando por las praderas de los placeres ¡lícitos. Este espíritu lleva una mezcla de mirra y áloe, o sea, la mortificación de la mente y del cuerpo, en la cual consiste toda la perfección del hombre; y esto es como unas cien libras.
José se interpreta “añadido”, y está a indicar que la confesión debe añadirse al espíritu de contrición. Estas dos actitudes sepultan al justo en el sepulcro de una vida nueva y lo envuelven con los lienzos de una conciencia pura, junto con los aromas de la buena fama. Esta es la costumbre de sepultar de los judíos, o sea, de los verdaderos penitentes. “Y separó y peinó los cabellos de su cabeza”; o sea, separó con diligente discernimiento los particulares pensamientos de la mente. Dice el Señor a Jeremías: “Si sabes discernir lo precioso de lo vil, serás mi boca” (15, 19). Una piedra es preciosa, para diferenciarla de una vil, o sea, que no tiene valor; además, la piedra preciosa es rara. Vil en latín, vilís, viene de villa, casa de campo o ambiente rústico, sin urbanidad, o sea, sin buenos modales. “Si, pues, tú separas lo precioso de lo vil”, o sea, los pensamientos puros, que son raros, de los pensamientos impuros, que vienen de la carne, “serás como mi boca”, porque “yo no digo cosas terrenales, sino celestiales”.
“Y puso sobre su cabeza la diadema”. Es lo que hallamos también en el Eclesiástico: “Sobre el turbante de Aarén una corona de oro, que llevaba grabada la inscripción de su consagración, insignia de honor, estupendo trabajo” (Sir 45, 14). De esto habla también el Éxodo: “Harás una lámina de oro purísimo, en la cual, con trabajo de cincel, grabarás: “Consagrado al Señor”. La atarás con un cordón de color de jacinto al turbante, sobre la frente del pontífice” (28, 36-38).
La cabeza simboliza la mente; el turbante sobre la cabeza simboliza el firme propósito de la mente de cumplir obras buenas; la lámina de oro sobre el turbante es la áurea paciencia, en la cual se graba: “Consagrado al Señor”, o sea, el tetragrama, el nombre de Dios, de cuatro letras hebreas: hito, he, Abú, he: GW, Yahvé. Y significa: “Este es el principio de la vida y de la pasión”; como si dijera: “Este, a quien yo prefiguro, es el principio de la vida”, perdida en Adán, “y de la pasión”, o sea, que sería reconstituida con su pasión. El genitivo: de la pasión, según el uso de la lengua griega, está por el ablativo: por la pasión. En la lámina de la áurea paciencia se graba el nombre de la pasión del Señor, que es nuestra gloria, nuestro honor y la obra sobre la cual se funda nuestra fuerza.
“Y vistió los vestidos de su alegría”. Los vestidos de la alegría son las obras de la caridad. Dice el Salmo: “¡Feliz el hombre que tiene compasión y presta! ” (111, 5).
“Calzó las sandalias a sus pies”, o sea, defendió el cúmulo de sus obras con los mandamientos del evangelio. Se dice en el evangelio de marcos que los apóstoles “estaban calzados con sandalias”. Comenta la Glosa: “Estaban calzados con sandalias”, para que los pies no fuesen del todo cubiertos ni desnudos en la tierra; o sea, el evangelio no debe ser ocultado, ni debe apoyarse en ventajas terrenas.
“Y se enhebró los brazaletes” (en latín, dextrariola), que son el ornamento y el premio de la derecha, o sea, de la vida eterna (Mt 25, 34). Dijo Jesús: “Echen las redes a la derecha de la barca y hallarán” (Jn 21. 6). Echar a la izquierda sería perder, porque izquierda, en latín sínistra, significa sinens extra, que deja fuera. Todo lo que haces por este mundo, lo dejas todo aquí; y así lo pierdes. En cambio, echar a la derecha significa hallar, porque el latín déxtera significa dar fuera. Si trabajas para la vida eterna, del tesoro interior de la vida, puesto fuera de ti, se te da la gracia, con la que podrás retornar a la patria.
“Y tomó los lirios”, o sea, la castidad y la pureza, de las que dice el Cantar: “Mi amado se apacienta entre lirios” (2, 16). Entre los lirios de la doble continencia reposa y se deleita el Hijo de la Virgen María.
“Y tomó aros”, o sea, la devota obediencia. Se lee en el libro de Job: “Cada uno de sus amigos le dieron una oveja y un aro de oro” (42, 1 l). En la oveja está simbolizada la inocencia, en el aro la obediencia, o sea, la humilde escucha adornada de gracia. Hay que subrayar que aquí con el aro se ofrece una oveja y con la oveja el aro, porque a las mentes inocentes se añade el adorno de la obediencia, según lo atesta el Señor: “Mis ovejas escuchan mi voz” (Jn 10, 27). Las ovejas, dice el Señor, y no los lobos. El que no escucha la voz del prelado, no se demuestra oveja, sino lobo. Y porque la misma obediencia no debe ejecutarse por temor, sino por amor, por eso se relata que los amigos de Job le ofrecieron un aro de oro.
“Y se puso anillos”, o sea, la señal de la fe operante. Por eso el padre del hijo pródigo ordena: “Pónganle el anillo al dedo” (Lc 15, 22). Y el anillo al dedo simboliza la fe operante, para que la fe brille en las obras y las obras sean convalidadas por la fe.
“Y se adornó con todas sus joyas”, o sea, con todas las otras virtudes con las que se adorna el alma. Dice el Salmo: “A tu derecha está la reina con un vestido dorado, con gran variedad de adornos” (44, 10).
Todas estas cualidades debe tener aquel que quiere ser resucitado por el Señor junto con el hijo de la viuda y que es restituido a la madre, o sea, a la Jerusalén celestial. Por esto en el evangelio de hoy se dice: “Jesús fue a una ciudad llamada Naín”.
2. Observa que en este evangelio se destacan dos episodios importantes: el acercamiento de Jesús a la puerta de la ciudad de Naín, y la resurrección del hijo muerto de la viuda. El primero, donde dice: “Jesús iba”; el segundo, donde dice: “Al ver a la madre, el Señor sintió gran compasión”. Considera también que en este domingo y durante la semana se leen los libros de Judit y de Ester, de los cuales sacaremos algunos pasajes que haremos concordar con las partes de¡ evangelio.
En el introito de la misa de hoy se canta: “justo eres tú, Señor, y rectos tus juicios” (118, 137). Y se lee la epístola del bienaventurado apóstol Pablo a los efesios: “Les conjuro que no pierdan el ánimo a causa de mis tribulaciones por ustedes” (3, 13). Vamos a dividirla en dos partes y hacerla concordar con las dos partes del evangelio. Parte primera: “Les conjuro”; parte segunda: “Arraigados y fundados en la caridad”. Y considera también que esta epístola se lee con este evangelio, porque en el evangelio se relata cómo Cristo resucitó al hijo de la viuda; y Pablo en la epístola dice: “Cristo habite por la fe en sus corazones”. Y es por medio de la fe que el hombre resucita interiormente de sus pecados.
I. Jesucristo se acerca a la puerta de la ciudad
3. “Jesús iba a la ciudad llamada Naín, y con El iban sus discípulos y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad” (Lc 7, 11-12).
La Glosa interpreta brevemente así este episodio: “Cuando el Verbo, hecho carne, introdujo al pueblo pagano a la Jerusalén celestial, mediante las puertas de la fe, he aquí que el pueblo judío, más joven, muerto a motivo de su infidelidad, es llevado al sepulcro. La madre iglesia, que posee este mundo como propio, rodeada de gran número de pueblos, lo llora con piadoso afecto, y con piadosas lágrimas procura llamarlo de nuevo a la vida. interinamente lo alcanza en unos pocos judíos convertidos; y al fin lo alcanzará en plenitud”.
El ataúd en el cual el difunto es llevado, simboliza el cuerpo humano; los portadores son las malas costumbres, que arrastran a la muerte al mismo cuerpo. Pero Jesús toca el ataúd, cuando levanta en la cruz la frágil naturaleza humana. Entonces los portadores del ataúd se detienen, porque no tienen más el poder, como antes, de llevar a la muerte. Por ende Jesús habla, o sea, lanza su mensaje de salvación. Al oír sus palabras, el lánguido se levanta a la vida y con las buenas obras es restituido a la madre.
Considera y observa con atención como el relato de Judit concuerde de manera excelente con el evangelio de este domingo. En el evangelio se destacan tres circunstancias importantes: la ciudad de Naín, el hijo de la viuda que había muerto y la misma viuda. Símilmente, en el relato de Judit se destacan tres circunstancias particulares: la ciudad de Betulia, su pueblo afligido por la sed y casi moribundo, y la misma viuda Judit.
El Señor, movido a compasión por las lágrimas de la viuda, le resucita al hijo; y por las lágrimas y las oraciones de la viuda Judit libera al pueblo de Betulia del asedio de los enemigos. Vamos a ver el significado moral de todo esto.
La ciudad de Naín y la ciudad de Betulia significan lo mismo. Naín se interpreta “movimiento” o “movimiento de la ola” o “fluctuando”; Betulia se interpreta “casa doliente” o “casa de la parturienta”. Ambas son figuras de nuestro cuerpo, en el cual hay el movimiento de los impulsos primeros o instintivos, el oleaje de los malos pensamientos, el dolor de las tribulaciones, el parto de los gemidos y de las lágrimas. Disertemos sobre estas cuatro cosas.
4. Considera que en cada uno de nosotros, cuando se cae en el pecado, nada más sucede que lo que había sucedido a los primeros tres protagonistas: la serpiente, la mujer y el hombre. Ante todo hay la sugestión, ya por medio de¡ pensamiento, ya por medio de los sentidos del cuerpo. Si, después de la sugestión, nuestra concupiscencia no se siente inducida al pecado, entonces se descubre la trampa de la serpiente. En cambio, si es inducida al pecado, queda casi convencida como la mujer. A veces sucede que la razón con energía viril llega a refrenar y a domar la concupiscencia ya estimulada. Y cuando esto se verifica, nosotros no caemos en el pecado, sino que después de alguna lucha salimos vencedores. En cambio, si la razón consiente y decide ejecutar aquello a lo que le impulsa la concupiscencia, entonces el hombre es expulsado de toda vida bienaventurada, como lo fue del paraíso terrenal. Entonces el pecado es imputado, aunque no se llegue a la acción, porque la conciencia es juzgada como culpable por haber consentido.
Es necesario también investigar con una disquisición más profunda acerca de lo que sea para el alma el pecado mortal o venial. Si no se retiene el pecado por largo tiempo con complacencia del pensamiento, sino que apenas el impulso sensual afecta a la mujer, o sea, a la parte inferior de la razón, en seguida es echado por la autoridad del hombre, o sea, por la parte superior de la razón, entonces es pecado venial. Y por ende de tales pensamientos hay que pedir perdón, golpeando el pecho y diciendo: “Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6, 12).
En cambio, si, aun con el solo pensamiento, se detiene con gusto y por largo tiempo en placeres ilícitos, de los que al punto debería alejarse, aunque no decida cometer malas acciones, sino que revive con complacencia el recuerdo, es pecado mortal; y, si no se arrepiente, será condenada.
Está escrito en el Génesis que Noé engendró a Cam, y Cam engendró a Canaán, del cual se dice: “¡Maldito sea Canaán ¡Y sea esclavo de los esclavos para sus hermanos!” (Gen 9, 25).
Noé se interpreta “reposo”, Cam “calor” y Canaán “impulso”. Del reposo, o sea, de la tibieza y de la ociosidad es engendrado el calor de la concupiscencia. Del calor de la concupiscencia nace el impulso de la miserable carne. El que está caliente, en seguida se mueve. “¡Sea, pues, maldito Canaán!” ¡Sea maldito el impulso carnal, que debemos sujetar y reducir a esclavitud!
Símilmente, del oleaje de los malos pensamientos dice Isaías: “Los impíos son como el mar en tempestad que no puede jamás tranquilizarse, y sus oleajes arrojan cieno y lodo”. Y el Señor dice- “No hay paz para los impíos” (57, 20-21). El corazón del impío es como un mar agitado: se hincha de soberbia, hierve de lujuria; y así los oleajes de los malos pensamientos arrojan cieno y lodo. Cometen dos males: pisotean la gracia y llevan la suciedad del pecado.
Además, de los sufrimientos de las tribulaciones dice el Salmo: “He hallado tribulaciones y sufrimientos” (114, 3). Adán, echado del paraíso terrestre, halló las espinas de los dolores en la mente, los abrojos de las tribulaciones en el cuerpo. “La tierra te producirá espinas y abrojos” (Gen 3, 18). Espina viene de punzar, porque las espinas son puntiagudas como las agujas; y tribulus, abrojo, viene de tribular. Las espinas de los dolores punzan el alma; los “tríbulos” de las tribulaciones atribulan el cuerpo, el cual así pare lágrimas y gemidos. He ahí la ciudad de Naín, en la cual muere el hijo único; he ahí la ciudad de Betulia, en la cual un pueblo es atribulado. El hijo y el pueblo son figuras del alma humana, afligida por las tentaciones y por los ataques de los enemigos invisibles; y si ella consiente, muere miserablemente en el mismo cuerpo. Digamos, pues: “He ahí que era llevado al sepulcro un muerto, que era hijo único de su madre”.
Difunto viene del verbo latino defungi, acabar, dar cumplimiento: cesar de un oficio o haber cumplido una tarea. Es difunto quien cumplió los deberes de la vida o terminó la vida. El difunto, que es llevado fuera de la puerta en presencia de mucha gente, simboliza al que comete pecado como un criminal y que no esconde su pecado en la celda del corazón, sino que lo manifiesta a los demás con obras y palabras, como a través de las puertas de su ciudad. La puerta, por la cual el difunto es llevado afuera, simboliza a uno de los sentidos, por el cual fulano cayó en el pecado; y, sobre todo, es figura de la vista. La puerta se llama así, porque a través de ella es posible llevar afuera o traer algo. Por los ojos, el alma sale afuera a mirar a las mujeres de esa región (Gen 34, l), o sea, los falsos placeres de la vida; y por los ojos trae adentro la muerte, que destruye todas las virtudes.
5. Y observa que la ciudad de Naín, o sea, nuestro cuerpo, tiene cuatro puertas: la oriental, la occidental, la meridional y la septentrional, por las que es llevada afuera el alma difunta. Para que no sea llevada afuera, estas puertas deben ser cerradas con barras y defendidas por custodios. El Señor, corno se lee en el libro de los Números, dijo a Moisés: “Cada uno acampará, con el grupo al que pertenece, alrededor de la Tienda de la Alianza. Judá acampará al oriente, y junto a él las tribus de Isacar y Zabulón; en la zona meridional acamparán Rubén, Simeón y Gad. En la parte occidental acamparán Efraím, Manasés y Benjamín. En la parte septentrional se establecerán Dan, Aser y Neftalí (Num 2, 2-29).
La Tienda de la Alianza es figura del cuerpo. Dice Pedro: “Creo muy justo que, hasta que esté en esta tienda del cuerpo, los tenga despiertos con mis exhortaciones, sabiendo que pronto he de dejar esta tienda” (2Pe 1, 13-14), o sea, este mi cuerpo. Las cuatro puertas de la ciudad, o los cuatro lados de esta tienda, son la vista, el oído, el gusto y el tacto. En el oriente está indicada la vista, porque como el oriente (sol) ilumina el mundo, así los ojos iluminan todo el cuerpo. Como custodios, hay que poner a Judá, Isacar y Zabulón. Judá, que entró primero en el mar Rojo, mereció el primado sobre todas las tribus. De su tribu fueron David y Cristo. Judá simboliza la dignidad de un ánimo regio, que tiene el poder de reprimir toda incursión de los impulsos ilícitos y que, como un león, no teme los asaltos de las tentaciones. Isacar, que se interpreta “merced”, simboliza la recompensa de la vida eterna. Zabulón se interpreta “morada de la fortaleza”, y simboliza el firme propósito de perseverar hasta el fin. De estos dos últimos dice Moisés: “Alégrate, Zabulón, en tus salidas; y tú, Isacar, en tus tiendas” (Dt 33, 18).
El que persevera en el Señor hasta el fin, o sea, hasta su salida de este mundo, entonces podrá de veras alegrarse, porque transmigrará a las tiendas de la recompensa eterna. Si estas tres características, o sea, la dignidad del ánimo regio, la espera de la recompensa eterna y la firmeza de la perseverancia final, están reunidas, ciertamente preservarán los ojos de toda mirada ¡licita. Repugna a la dignidad regia mirar cosas deshonestas; la espera de la recompensa invisible sustrae el ojo de las cosas visibles; el propósito de la perseverancia impide el contagio del pecado, el cual, si entrara por el ojo, debilita el propósito del ánimo.
En el mediodía está simbolizado el oído. Se dice mediodía, porque es medíus dies, o sea, a la mitad del día. Mediodía en latín es meridies, que quiere decir más puro, del griego mérum, que significa puro (Otros autores dicen que meros en griego significa “parte”).
El oído está como en medio entre la vista y el gusto. Veo de más lejos de lo que oigo; oigo de más lejos de lo que gusto. Gustar es como el grado positivo, oír el grado comparativo y ver en grado superlativo. En el oído, pues, deben acamparse Rubén, Simeón y Gad.
De Rubén dice Moisés: “¡Viva Rubén y no muera, aunque sea pequeño de número!” (Dt 33, 6). En estas palabras está indicada la humildad. Ya que eras pequeño a tus ojos, te volviste grande a mis ojos (1 R 17, 17). Simeón se interpreta “siente disgusto” o “tristeza”. Gad se interpreta “armado”. Considera que son tres las cosas que aturden nuestro oído: las palabras de la arrogancia, de la calumnia y de la adulación. Contra las palabras de la arrogancia, sé discreto, humilde y paciente. Dice el Filósofo: “El modo mejor para vencer es la paciencia” (Publio Siro). Contra los calumniadores, sé como uno que escucha con disgusto y con tristeza. Dice Salomón en los Proverbios: “El viento de¡ norte ahuyenta las lluvias, y un rostro lleno de tristeza desalienta la lengua detractora” (25, 23). Contra los aduladores, ármate con el recuerdo de tu iniquidad, y cree más a la voz de tu conciencia que a la lengua ajena.
En el occidente está simbolizado el gusto. Se llama “occidente”, porque hace occídere, caer o morir el día. Quita la luz del mundo y hace sobrevenir las tinieblas.
Considera que con la lengua pecamos de tres maneras: con la adulación, con la calumnia y con la ingestión de alimentos y bebidas más de lo necesario. Adulamos a quien está presente, criticamos a quien está ausente y nos sometemos al placer de la gula; y así se pone para nosotros el sol de justicia y sobrevienen las tinieblas de la ignorancia.
En esta zona deben plantar sus tiendas Efraím que se interpreta “creciendo”, Manasés que se interpreta “olvidadizo”, y Benjamín que se interpreta “hijo de la amargura”. Cuando quieres que con tu alabanza otro crezca y sea ensalzado, disminúyete en ti mismo. oye lo que dijo José, cuando le nació el hijo Efraím: “El Señor me hizo crecer en la tierra de mi pobreza” (Gen 41, 52). Dijo “de la pobreza”, no de la “adulación”. ¿Quieres crecer delante de Dios y no de los hombres? Da toda alabanza y toda gloria al Creador y no a la criatura. ¿Quieres liberarte de la detracción? Sé Manasés, olvidadizo de todo rencor del corazón y de toda rivalidad. Cuando hablas, jamás hables del ausente sino en bien. De toda persona ausente, a la que no amas en verdad y en pureza, te ruego, hermano mío, olvídate de ella, mientras hablas, para poder decir con José, cuando le nació Efraím: “El Señor me hizo olvidar todos mis afanes” (Gen 41, 51). Es de veras un gran afán perjudicar la vida ajena con la lengua de la detracción, hacer propio el mal ajeno y tomar sobre sí la carga de los demás. Dice el Salmo: “Bajo su lengua hay afán y dolor” (10, 7). Y Jeremías: “Extendieron su lengua como un arco de mentira y no de verdad” (9, 3).
Y observa que dice “extendieron”. En la Historia Natural se cuenta que la serpiente extiende con astucia su lengua, en la cual tiene dos apéndices: ante todo, muerde con el diente y después, en la herida practicada, inserta los dos apéndices; y entonces entra en la herida un poco de líquido venenoso; y así envenena al hombre (Plinio). La serpiente es llamada así, porque serpentea, y simboliza al detractor, que murmura a escondidas. En su lengua hay dos apéndices: o habla mal de aquel a quien no ama, o, si tiene miedo y no es creído, lo alaba con ironía. Por ejemplo, dice: “Fulano sería perfecto, si no tuviera tal vicio”. Mientras muerde la vida con la lengua de la crítica, inocula el veneno de su malvada intención. Símilmente contra los placeres de la gula, has de ser Benjamín, o sea, “hijo de la amargura”, es decir, de la pasión de Jesucristo. Dijo Booz a Rut: “Moja tu bocado en la salsa” (2, 14). Sobre este argumento consulta el sermón del domingo de Quincuagésima, sobre el evangelio: “Un ciego estaba sentado al borde del camino”.
En el septentrión está indicado el tacto. El septentrión se dice en latín áquilo, aquilón, como “ligando las aguas”. La iniquidad te liga las manos, para que no las extiendas a las buenas obras. Y en esta zona deben plantar sus tiendas Dan que se interpreta “juicio”, Aser que se interpreta “riquezas” y Neftalí que se interpreta “anchura”. Considera que con el tacto de las manos pecamos en tres modos: tocando cosas deshonestas e impuras, hurtando las cosas ajenas, rehusando a los pobres lo que les pertenece. Contra lo primero, júzgate a ti mismo. Contra lo segundo, conténtate con lo que tienes en justa medida: “Gran riqueza es la gozosa pobreza y contentarse con lo que uno tiene” (Séneca). Contra lo tercero, ensánchate a ti mismo, extendiendo la mano al pobre, para recibir después el doble de las manos de Jesucristo (Prov 31, 20).
Si las puertas de tu cuerpo están defendidas por tales cerrojos y tales custodios, el difunto no será llevado afuera por las puertas de la ciudad de Naín.
6. Hasta ahora oíste hablar del hijo difunto, escucha ahora algo del afligido pueblo de Betulia. Se relata en el libro de Judit que Holofernes, mientras hacía un giro de inspección, descubrió que las aguas de la ciudad provenían de una fuente situada en la parte meridional fuera de la ciudad, y ordenó que se cortara el acueducto que la abastecía. Holofernes se interpreta “que debilita el novillo gordo”, y simboliza al diablo que, con la ardiente fiebre de la lujuria, con la tiña de la avaricia y el vértigo de la soberbia, debilita el novillo gordo de este mundo, o sea, al pecador engolfado en las cosas terrenales. El diablo hace una gira de inspección, “buscando a quién devorar” (1 Pe 5, 8); y entonces descubre la fuente que abastece a la ciudad.
La fuente es la gracia del Espíritu Santo; el acueducto es la devoción de la mente; la parte meridional es la fe de Jesucristo, ya que “Dios vendrá del mediodía” (Ha 3, 3); la ciudad es el alma. La fuente de la gracia fluye por el acueducto de la devoción, de la parte austral de la encarnación del Señor a la ciudad del alma riel. Pero el diablo, al descubrir la fuente, con las preocupaciones del mundo corta el acueducto de la mente; y Así el alma, que antes “solía sacar el agua con gozo de las fuentes del Salvador” (Is 12, 3), quemada por la sed, despojada de la gracia, se halla como en el umbral de la muerte.
Considerando dentro de sí que todo esto sucedió por justo juicio de Dios y porque se lo mereció, clama con el pueblo de Betulia en el introito de la misa de hoy: “Tú eres justo, Señor, y rectos son tus juicios. obra con tu siervo según tu misericordia” (S 118, 13 7 y 124). Lo mismo se lee en el libro de Tobías, donde se dice que “hubo un llanto general, y en la asamblea todos alzaron grandes gritos, y durante muchas horas suplicaron al Señor, diciendo: “Hemos pecados nosotros y nuestros padres, hemos obrado injustamente, hemos cometido iniquidades. Tú, que eres piadoso, ten misericordia de nosotros” (7, 18-20).
7. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Les ruego que no se desanimen por las pruebas que soporto por ustedes y por las que han de sentirse orgullosos” (Ef 3, 13). En cambio, Holofernes justamente buscaba esto, y afligía al pueblo de Betulia con grandes persecuciones, para que se desanimara y entregara la ciudad. Así el diablo atormenta al hombre, para que se desespere y caiga. El Apóstol dice: “Les suplico que no se desanimen en las tribulaciones, que soporto por ustedes y que son su gloria”.
También Judit dice: “También nuestro Padre, Abraham, fue puesto a prueba y, después de muchas pruebas y tribulaciones, llegó a ser el amigo de Dios” (8, 22).Y Pablo: “Por esto yo doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, del que toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que les conceda, según las riquezas de su gloria, que sean fuertemente corroborados por su Espíritu en el hombre interior: que Cristo habite por la fe en sus corazones” (Ef 3, 14-17).
Y todavía lo mismo se lee en el libro de Judit, donde dice que “se postró delante del Señor y le suplicó diciendo: “Señor, Dios de mi padre, Dios de los cielos, Creador de las aguas y Señor de toda la creación, escucha a esta pobre que te suplica y todo lo espera de tu misericordia. Acuérdate, Señor, de tu alianza y ponme tú las palabras en mi boca y fortifica mi corazón en esta empresa, para que tu casa”, o sea, la iglesia”, “permanezca siempre en tu santidad” (9, 1 … ). Y el Apóstol: “Que Cristo habite por la fe en sus corazones”.
Hermanos queridísimos, roguemos y supliquemos al Señor, para que defienda las puertas de nuestra ciudad con los susodichos custodios, guarde Él el acueducto del agua viva para que no sea cortado por Holofernes y habite en nuestros corazones. Así mereceremos habitar con El en los cielos.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos, ¡Amén! ¡Así sea!
II Jesucristo resucita al hijo de la viuda
8. “La mujer era viuda, y con ella había mucha gente de la ciudad. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: “¡No llores!”. Se acercó y tocó el ataúd. Los portadores se detuvieron. Y dijo: “joven, a ti te digo:‘Ievántate”. Entonces el muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y Jesús se lo dio a su madre” (Lc 7, 12-15). La Glosa comenta: “Ante todo, Jesús se mueve a compasión: he aquí un ejemplo de piedad para ser imitado; y después, lo resucitó: en esto se funda la fe en su admirable potencia”. Sobre estos dos grandes valores tenemos una concordancia en el libro de Ester.
Para lo primero: “Cuando Asuero vio delante de si y de pie a la reina Ester, ella agradó a sus ojos. El rey tendió hacia ella el cetro de oro que tenía en mano”; y esto era un signo de clemencia. “Ella se acercó y besó la punta de su cetro” (5, 2).
Asuero se interpreta “bienaventuranza”, y es figura de Jesucristo, que es la bienaventuranza de los santos. El, al ver a Ester, que se interpreta “escondida”, porque debe ocultarse de la vista del diablo en el costado abierto del mismo Cristo; cuando la ve delante de sí, de pie, que no vacila en las adversidades ni se inclina ante los deseos terrenos, que no está sentada en la ociosidad del cuerpo ni recostada en el lecho de los placeres, entonces ella agrada a sus ojos.
¡Oh bienaventurado Jesús, dichoso el que agrada a tus ojos, infeliz el que agrada a sus ojos! ¿Quieres agradar a Dios? ¡Desagrádate a tus ojos! Dice Ezequiel: “Se horrorizarán de si mismos por las iniquidades cometidas y por todas sus abominaciones” (idolatrías) (6, 9). Y entonces podrás decir con David: “Tu misericordia está delante mis ojos., y me complazco en tu verdad” (Salm 25,3).
Considera que la misericordia del Señor consiste en la encarnación y en la pasión. Por ende debemos tener ante los ojos de nuestra mente la misericordia, o sea, la encarnación y la pasión, para que humillen los ojos de nuestra soberbia. Dice Salomón en los Proverbios: “Estas cosas jamás se alejen de tus ojos” (3, 21). Y en el Éxodo: “Esto será para ti una señal y un recuerdo que pende delante de tus ojos” (13, 16). Y habla así por el ejemplo del que hace un nudo o algo semejante por alguna cosa que su memoria no debe olvidar.
“Y me complazco en la verdad”. Dice el Salmo: “En tu verdad me humillaste” (118, 75). Como si dijera: “Cuando considero la humildad de la Verdad, o sea, la humildad de tu Hijo, me humillo a mí mismo, y así te complazco a ti. O también: “Me complazco en tu verdad”, o sea, en el cumplimiento de tus promesas. En efecto, antes de que el Señor cumpliera sus promesas, el hombre se hallaba desfigurado, y por ende no podía complacerse; pero, después de haber sido reformado mediante la encarnación del Hijo de Dios, con la cual se cumplieron las promesas del Señor, tiene en sí mismo de qué complacerse. Y porque fue Jesucristo a realizar esta renovación, El mismo dice en el Eclesiástico: “Yo soy como un ciprés en el monte Sión” (24, 17).
Se lee en la Historia Natural que las hojas del ciprés eliminan la morfea, que es una especie de lepra (Plinio). Así Cristo eliminó la mancha de corrupción que se manifestaba en nuestra figura; y por ende mereció oír para sí y para sus bautizados: “Este es mi Hijo dilecto, en el cual me complazco” (Mt 3, 17). Con razón, pues, decimos, que Ester agradó a los ojos de Asuero.
“Y extendió hacia ella el cetro de oro”. Cetro de oro es la cruz de su pasión, con la que conquistó el poder, como dijo: “Todo poder me fue dado en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18). Y el Apóstol: “Por eso Dios lo exaltó” … (Filp 2,9).
El extiende este cetro hacia el alma, cuando se acerca y toca el ataúd. He aquí la concordancia. El ataúd es la conciencia del hombre: cuando el Señor la toca con el cetro de oro de su pasión, o sea, le graba las señales de su sangre y le fija el recuerdo de su pasión, entonces el alma se levanta, confiando en su misericordia, y besa la cúspide del cetro. La cúspide del cetro, o sea, de la pasión del Señor, fue la caridad, de la cual dice el Apóstol en la epístola de hoy: “Conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Ef 3, 19), o sea, que supera todo conocimiento y que jamás puede ser conocido plenamente. El amor de Cristo, que nos amó hasta el fin, fue superior a todo conocimiento de los hombres. Dios se hizo hombre, “el justo murió por los injustos” (1 Pe 3, 18). Entonces el alma besa la cúspide del cetro, cuando se une inseparablemente al amor de Cristo; y entonces puede decir con el Apóstol: « ¿Quién me separará del amor de Cristo?”. (Rom 8, 35).
9. “Los que llevaban el ataúd se detuvieron”. Observa que el pecador es como llevado por los cuatro elementos de que está compuesto. Es llevado por la tierra, cuando sólo piensa en cosas terrenas. Dice el Salmo: “Establecieron dirigir sus ojos a la tierra” (16, 11). Es llevado por el agua, cuando piensa en la lujuria. En el Génesis dijo Jacob de Rubén: “Estás disperso como las aguas, por cuanto subiste al lecho de tu padre y violaste su tálamo” (49, 4). Se relata que Rubén durmió con Bila, la concubina de su padre (35, 22). Es llevado por el aire, cuando hace todo por la alabanza humana. El aire tiene menor densidad que los demás elementos, y por eso simboliza la vanagloria, que es un frívolo y evidente engaño. Dice el Salmo: “Los hijos de los hombres son mentirosos en las balanzas, para engañar” (61, 10). Oh falso hipócrita, ¿por quién te crees? ¿Por qué quieres venderte a los demás hombres a un peso diverso de lo que señala el fiel de la balanza de la verdad? Sopésate primero a ti mismo con discernimiento y no te vendas a nosotros a un valor más alto de lo que indica la balanza de la equidad, En fin, es llevado por el fuego, cuando se inflama de ira. Dice el Salmo: “Serán eliminados como cera que se funde; cayó sobre ellos el fuego y ya no vieron el sol” (57, 9). Cuando el fuego de la ira, que viene del diablo, cae en el corazón del pecador, entonces se funde como cera en palabras blasfemas, entonces él se destruye a sí mismo y sale fuera de sí.
Estos cuatro elementos llevan al alma a la sepultura en el infierno; pero, si el Señor con la mano de su misericordia y el cetro de oro de su pasión, toca la conciencia del pecador, los cuatro vicios mencionados son destruidos; y la mente, vuelta en sí misma al Dios que la llama, va al encuentro de la vida y responde obedeciendo al Salvador. En efecto, continúa el evangelio: “¡joven, te lo digo: levántate! “.”El muerto se sentó y comenzó a hablar. Y Jesús lo dio a su madre”.
Presta atención a estos cuatro verbos: levántate, se sentó, comenzó a hablar y lo dio a su madre. Este es el justo procedimiento para regresar a la vida. Primero, el pecador debe alzarse: alzarse del pecado, execrándolo y detestándolo. Segundo: se sentó, o sea, debe humillarse en la contrición del corazón. Tercero: debe hablar en la confesión. Cuarto: y así el Señor lo restituirá a su madre, o sea, a la gracia del Espíritu Santo. Sobre estos cuatro aspectos tenemos una concordancia en el libro de Ester.
10. Primero: acerca de la execración y de la detestación del pecado, dice Ester: “Tú, Señor, que todo lo sabes, sabes que yo odio la gloria de los enemigos y detesto el lecho de los incircuncisos y de cualquier extranjero. Tú conoces mi debilidad y mi necesidad, que detesto el emblema de mí grandeza y de mi gloria, puesto sobre mi cabeza en los días de mi aparición en público; y lo detesto como paño de mujer menstruada” (14, 14-16). Así el alma, que quiere alzarse del pecado, debe odiar la gloria de los mundanos y detestar el lecho de los incircuncisos, o sea, de los vicios, reprobar el emblema de la grandeza y de la gloria transitoria y abominarlo como paño de mujer menstruada.
Símilmente, lo segundo: acerca del corazón contrito por la humillación, se lee en el mismo libro: “Ester se dirigió al Señor, angustiada por el peligro que la amenazaba. Se quitó sus regios vestidos, y se revistió de vestidos más adecuados para el llanto y el luto. Y en lugar de sus distintos perfumes, se cubrió la cabeza con ceniza e inmundicia. Mortificó su cuerpo con el ayuno y con los cabellos desceñidos daba vueltas por los lugares en los que antes solía alegrarse. Y conjuraba al Señor Dios de Israel” (14, 1-3).
También el alma, temiendo el peligro de la muerte eterna que amenaza a los pecadores, debe refugiarse en la misericordia del Señor, despojarse de los vestidos de la gloria temporal y darse al llanto y al luto de la penitencia. En lugar de los distintos perfumes, o sea, de los placeres de la carne, debe esparcir sobre la cabeza de la mente la ceniza, o sea, el recuerdo de su fragilidad, e inmundicia, o sea, el recuerdo de su iniquidad; debe mortificar su cuerpo con ayunos y recorrer con los cabellos desceñidos los lugares en los que antes se deleitaba. De esa manera, tantos holocaustos acometerá de sí, cuantos placeres tuvo en sí misma (Glosa).
Además, lo tercero: acerca de la confesión dice Mardoqueo en el mismo libro de Ester: “oh Dios, Rey y Señor, escucha mi súplica y sé propicio a tu herencia; y cambia nuestro luto en gozo”. Y Ester oraba: “Señor mío, tú que eres nuestro único Rey, socórreme a mí que estoy sola y no tengo ninguna otra ayuda fuera de ti” (13, 15-17; y 14, 3). Mardoqueo se interpreta “amarga contrición”, de la que procede la verdadera confesión, que alcanza el perdón y que cambia el luto de la penitencia en gozo de la gloria.
11. Y en fin: de qué manera el Señor restituya al penitente a la gracia, se lee en el mismo libro de Ester: “Si el rey quiere honrar a alguien de manera especial, este debe ser revestido con vestidos regios, sentarse sobre un caballo y una montura del rey, recibir la corona del rey sobre su cabeza. Además, el primero de los príncipes reales maneje el caballo y, girando por la plaza de la ciudad, grite en voz alta: “Así es honrado aquel al que el rey quiere honrar” (6, 7-9). Y todo esto mandó el rey Asuero que se cumpliese en favor de Mardoqueo. Vamos a analizar ahora lo que signifiquen los vestidos regios, el caballo y la montura del rey, la corona regia, el primero de los príncipes reales. Los vestidos son llamados así, en cuanto véhunt, llevan y manifiestan la condición propia del hombre. El rey es figura de Cristo, y los vestidos son las virtudes, con los que se reviste el alma que se le convirtió. Dice Ezequiel: “Te lavé con agua, te limpié de tu sangre y te ungí con aceite; te revestí con vestidos bordados y te calcé con sandalias color jacinto, te ceñí con lino fino y te recubrí de velos delgados. Y te atavié con magnificencia” (16, 9-11).
La sangre es llamada así porque es suave, y simboliza la inmundicia de la lujuria, que “es suave para el hombre, pero después su boca se llena de piedras” (Prov 20, 17), o sea, de carbones ardientes de la gehena. El Señor lava esta sangre del alma y la purifica con el agua de la compunción; y la unge con el aceite de su paterna consolación; y la reviste con vestidos bordados, o sea, con las diversas virtudes; y la calza con sandalias de color jacinto, o sea, le infunde el deseo de los bienes eternos, para que pueda pisotear las serpientes y los escorpiones; y la ciñe con el lino fino de la castidad y la recubre con velos delgados, o sea, con la simplicidad de una mente pura; y la adorna ricamente con la honestidad. El alma, así revestida, puede sentarse sobre el caballo y la montura del rey.
El caballo es figura del cuerpo; la montura, en latín sella, que viene de sentarse y es la silla, simboliza la humildad o la pobreza de Jesucristo, en la cual él tomó asiento, cuando se humilló en la carne humana. El cuerpo, pues, que vive en la humildad y la pobreza, con razón se dice que es sella, montura del rey. Sobre este caballo es puesta el alma, cuando la carne se somete al espíritu; y entonces es coronada con la diadema real, o sea, del amor de Dios y del prójimo.
“Y el primero de los príncipes reales”. Considera que Dios constituyó para el hombre tres príncipes, para que lo guardaran: la razón, la inteligencia y la memoria. El primero, o sea, la razón, debe dominar el caballo, para que el cuerpo no vaya vagando de acá para allá, y debe conducirlo por la plaza de la ciudad, o sea, en la concordia fraterna, para que no se desvíe.
Oh queridísimos, así será honrado aquel a quien el Rey, Jesucristo, quiere honrar. El que desea ser objeto de tal honor, debe ante todo levantarse; después, sentarse; y, en fin, comenzar a hablar; y así será restituido con honor a su madre, o sea, a la gracia del Espíritu Santo, para ser, más tarde, partícipe del honor de la gloria eterna.
12. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola:
“Arraigados y fundados en el amor, ustedes podrán comprender con todos los santos la anchura, la longitud, la sublimidad (altura) y la profundidad” (Ef 3, 17-18). Observa que estas cuatro dimensiones concuerdan con las susodichas acciones: levántate, se sentó, comenzó a hablar y lo dio a su madre.
Cuando uno se levanta de los aprietos del pecado, entonces entra en la anchura de la mente. Dice el Salmo: “Me llevó a un lugar espacioso, y me salvó porque me quiere” (17, 20). Y el Señor, después de haber resucitado a Lázaro, dijo a sus discípulos: “Desátenlo y déjenlo ir” (Jn 11, 44). El que se alza del hedor del pecado, se va libre.
Símilmente, en la humildad del corazón contrito está la longitud, una dimensión que mira al pasado, al presente y al futuro; al pasado para llorarlo, al presente para considerar la miseria de su vida, y al futuro para precaverse.
Además, en la confesión está la sublimidad. El excelso es llamado sublime, como decir supra limen, por encima de todo límite. En el límite están el ingreso y la salida, que simbolizan nuestra entrada y nuestra salida de la vida. En el ingreso a la vida hay la miseria, en la salida la angustia. En cambio, la confesión se halla en lo sublime, o sea, nos pone más allá de los límites, porque nos aparta de la miseria y nos libera de la angustia.
La confesión llevó al ladrón a lo sublime, porque lo liberó de la miseria y de la angustia. Por eso mereció oír: “Hoy estarás conmigo”, en el cual no existe miseria alguna, sino sólo gloria, “en el paraíso”, donde no hay angustia alguna, sino sólo gozo y felicidad.
En fin, en la restitución del pecador convertido a su madre existe la profundidad de la misericordia de Dios.
¡Oh profundidad de la divina clemencia, más allá del fondo de la inteligencia humana, porque su misericordia no tiene número! Está escrito en el libro de la Sabiduría: “Dios lo dispuso todo con medida, peso y número” (11, 21); pero no quiso encerrar la misericordia dentro de estas leyes y dentro de estos términos; más bien, es la misericordia que todo lo encierra y todo lo abarca. Su misericordia se halla en todas partes, incluso en el infierno, porque ni el condenado es castigado en la medida que su culpa exigirla.
“De la misericordia del Señor está llena la tierra (Salm 118, 64). Y todos nosotros, miserables, “hemos recibido de su plenitud gracia tras gracia” (Jn 1, 16). Y Pablo: “Por la misericordia de Dios soy lo que soy” (1Cor 15, 10), sin la cual nada sería. Oh Señor, si me privas de tu misericordia, yo me hundirla en la eterna miseria.
Tu misericordia es columna del cielo y de la tierra; y si tú la quitas, todo caerá en ruinas. Y lo debemos a tus innumerables misericordias, si todavía no estamos aniquilados (Lam 3, 22). ¡En verdad, son muchas! Cada vez que con la mente o con el cuerpo hemos cometido el pecado mortal y no fuimos estrangulados al punto por el diablo, si estamos todavía en vida, debemos atribuírselo a la infinita misericordia del Señor. El espera que nos convirtamos, y por eso no permite que el diablo nos ahogue. Por ende, por las innumerables misericordias debemos dar gracias al Padre misericordioso, porque, a pesar de haber pecado, no fuimos destruidos.
¡Oh, qué miserables somos! ¿Por qué somos tan ingratos ante tan grande misericordia? “Dios le dio el tiempo de la penitencia -dice Job-, pero él abusa y monta en soberbia” (24, 23); y así acumula sobre sí la cólera para el día de la ira (Rom 2, 5). Ten, pues, piedad de tu alma, porque “las misericordias del Señor son muy antiguas” (88, 50). El no olvida tener piedad de aquel que tiene piedad de si mismo. Estas cuatro dimensiones: anchura, longitud, sublimidad y profundidad, pueden ser concordadas, pero en sentido inverso, con las cuatro expresiones que se hallan hacia el fin del evangelio. “Todos fueron apresados por el miedo”: he ahí la profundidad del temor; “y glorificaban a Dios”: he ahí la sublimidad de la devoción; “Decían: un gran profeta surgió entre nosotros”: he ahí la longitud del tiempo favorable, porque surgió de lejos, o sea, del seno del Padre y vino en la plenitud de los tiempos; “y Dios visitó a su pueblo”: he ahí la anchura de la caridad, por la cual se dignó visitar al mundo.
Hermanos queridísimos, roguemos al mismo Señor Jesucristo, para que nos haga resucitar del pecado, nos haga residir en la contrición del corazón y confesar nuestros pecados, para ser restituidos a la madre, o sea, a la gracia, y así merecer ser conducidos por las manos de los ángeles a la Jerusalén celestial, que es nuestra madre de arriba (Gal 4, 26).
Nos lo conceda aquel que es el Dios piadoso y benigno, misericordioso y paciente, digno de alabanza y de gloria por los siglos eternos. Y toda alma resucitada responda: “¡Amén!
¡Aleluya!”.