Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo IV de Pascua

    Exordio.

    Cómo debe trabajar el prelado en el campo de los fieles

    1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Voy al Padre que me envió; y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?” (16, 5).

    Dice Santiago en la epístola canónica: “El labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que caigan las lluvias tempranas y las tardías” (5, 7). El labrador, que cultiva el campo, es el predicador que, con el sudor de su frente y con el escardillo de la palabra, cultiva el campo, o sea, el alma de los fieles, El agro, campo, deriva del verbo latino ágere, obrar, trabajar. Los campos o se siembran, o se cultivan a plantas, o se disponen para pastoreo, o se adornan con diversidad de flores. También en el alma es necesario hacer siempre alguna cosa, para que no suceda lo que dice Salomón: “Pasé por el campo del hombre perezoso; y he ahí que estaba totalmente invadido por espinas” (24, 30-31). “Donde existen la inercia y la pereza, en seguida prosperan las punzantes espinas de los malos pensamientos” (Glosa). Por esto el alma ha de ser sembrada con la semilla de la predicación, cultivada con las plantas de las virtudes, dispuesta para el pastoreo, o sea, para las aspiraciones a la vida eterna, y embellecida con variedad de flores, o sea, con los ejemplos de los santos. Si el campo fuere así cultivado, de él dirá el Señor: “He ahí el olor de mi hijo como el olor de un campo florecido, que el Señor bendijo” (Gen 27, 27).

    “El labrador espera el precioso fruto de la tierra”. Ya que el predicador cultiva el campo del Señor, espera el fruto de la tierra, o sea, de la vida eterna. Por esto el Señor promete al predicador por boca de Jeremías: “Si conviertes (a alguno), yo te convertiré, Si separas lo precioso de lo vil, tú serás como mi boca (15, 19) “. “Si conviertes”, o sea, si haces que se convierta “un pecador del error de su camino” (Sant 5, 20), yo te convertiré a ti, infundiéndote la gracia. Y “si separas lo precioso”, o sea, el alma, que yo compré con mi sangre preciosa, “de lo vil”, o sea, del pecado, del que nada es más vi¡, serás como mi boca, porque en la regeneración (juicio final) yo juzgaré a los impíos por medio de ti.

    Mientras tanto, hay que obrar con paciencia. Por esto añade: “El labrador espera pacientemente hasta recoger lo temporáneo y lo tardío”. Se llama “temporáneo” lo que madura antes; y “tardío”, cuando la maduración está completa. El predicador, si soporta con paciencia y con gozo, cuando cae en algún trance, recibirá lo temporáneo de la gracia en la vida presente y lo tardío de la gloria en la vida futura. De ello habla el Señor en el evangelio de este domingo: “Voy al Padre que me envió”.

    2. Observa que en este pasaje evangélico se destacan tres momentos. Primero: el retorno de Jesucristo al Padre, cuando dice: “Voy a aquel que me envió”. Segundo: la denuncia lanzada contra el mundo con respecto al pecado, a la justicia y al juicio, donde dice: “Cuando venga el Espíritu, acusará al mundo”. Tercero: las inspiraciones del Espíritu de verdad, donde concluye: “Cuando venga el Espíritu de verdad, les enseñará toda la verdad”.

    En este domingo y en el próximo se leen las epístolas canónicas. El introito de la misa de hoy nos exhorta: “Canten al Señor un cántico nuevo”. Y se lee la epístola del bienaventurado Santiago: “Todo don valioso que vamos a dividir en tres partes y establecer una concordancia con las tres partes del evangelio. Las tres partes de la epístola son: primera: “Todo don valioso…”; segunda: “Ustedes saben, hermanos míos queridísimos”; y la tercera: “Por esto, arrojen toda inmundicia”.

    I El retorno de Jesucristo al Padre

    3. “Yo voy al Padre que me envió”. Poco antes, el Señor había dicho: “Ustedes ya saben adónde voy y conocen también el camino”. Pero Tomás lo interrumpió: “Señor, no sabemos adónde vas”. Poco después, el Señor añadió: “Voy al Padre que me envió. Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre” (Jn 14, 4-5; 16, 28). Este es el círculo, del que habla el Padre en Isaías, amenazando al diablo: “Yo pondré un anillo en tu nariz y un freno en tus labios, y te haré volver por el camino por el que viniste” (37,29).

    El círculo, llamado así porque corre alrededor, es figura de Jesucristo, que, como el círculo, regresó allí de donde había partido. En efecto, había salido del Padre, incursionó hasta los infiernos y volvió al trono de Dios.

    Un anillo fue puesto en las narices del diablo, porque la Sabiduría de Dios se encarnó, para enseñarnos la verdadera sabiduría, y así, a través de la sabiduría por El enseñada, reducir a la nada las acechanzas del diablo, simbolizadas en sus narices. Las narices, llamadas en latín nares porque sale de ellas el aire (en latín, aer), o sea, el aliento, simbolizan la astucia de las acechanzas diabólicas. En efecto, el diablo, a través de conjeturas externas y del temperamento de los hombres, intuye y husmea, como por el olfato de las narices, a cuáles vicios es uno más propenso, y allí coloca sus trampas. Pero cada hombre, iluminado por la sabiduría de Dios, si quiere, puede evitar esas trampas.

    “Y pondré un freno en tus labios”. El freno es la cruz de Jesucristo. El diablo, frenado como un caballo por la cruz, ya no nos puede devorar, como lo hacía antes. Concuerda con esto lo que se lee en Job: “¿Quién se atreverá a poner una argolla en las narices de Behemot y a perforar sus quijadas con un gancho?” (40,24).

    El gancho -en latín, armilla, pequeña arma- es la cruz de Jesucristo, de la que dice Isaías: “El poder se estableció sobre sus hombros” (9, 6). Con semejante gancho, el Hijo de Dios perforé las quijadas del diablo, y liberó de sus fauces al género humano. Después, añade: “Te haré volver por el camino por donde viniste”.

    El diablo perdió la posesión del mundo por el mismo camino, por el cual lo había usurpado. Había engañado al hombre y a la mujer con el árbol prohibido y con la serpiente. Por un hombre también, o sea, por Jesucristo, y una mujer, o sea, la bienaventurada Virgen, por medio del árbol de la cruz y la serpiente, o sea, la muerte de Jesucristo, simbolizada por la serpiente que Moisés enarboló en el desierto en un asta de madera, el diablo perdió el dominio sobre el género humano. Cumplida la obra de nuestra salvación, Cristo dice: “Voy al Padre que me envió”.

    Con todo lo anterior concuerda lo que se lee en Tobías, cuando Rafael, después de haber encadenado al demonio y restituido la vista a Tobías, dijo: “Ya llegó el tiempo de regresar a aquel que me envió” (12, 20). Rafael se interpreta “medicina de Dios”. El es figura de Jesucristo, quien, con su carne clavada en el madero de la cruz, sacó de la serpiente un antídoto para nosotros; y as! encadenó al diablo y restituyó la vista al género humano. Y después dijo: “Ya llegó el tiempo de regresar a aquel que me envió”, o sea, “voy al Padre que me envió”.

    4. El Padre nos envió al Hijo, regalo óptimo y don perfecto, como se expresa en concordancia la epístola de hoy: “Todo regalo óptimo y todo don perfecto” (Sant 1, 17). Es óptimo, porque es sumo; y es perfecto, porque no se le puede añadir nada. Cristo es el regalo óptimo, porque nos fue dado por el Padre, del que es sumo y coeterno Hijo. Por esto se dice en el segundo libro de los Reyes: “La tercera batalla se realizó en Gob contra los filisteos; y en ella Adeodato, hijo de Salto, tejedor de vestidos variopintos, betlemita, mató a Goliat, el geteo” (2 1, 19).

    Adeodato -literalmente, dado por Dios al pueblo de Israel- es David, hijo de Salto, porque apacentaba a las ovejas de su padre en barrancas boscosas. Se dice de él: “Dios lo sacó del cuidado de las ovejas grávidas”. Era tejedor de vestidos variopintos, porque su madre era de la familia de Bezaleel, quien fue tejedor de vestidos de varios colores, como dice el Éxodo (38, 23). Era betlemita, porque oriundo de Belén.

    Sentido alegórico. “La tercera batalla sucedió en Gob”. Observa que el diablo acometió tres batallas contra el señor: en el cielo, cuando por soberbia quiso usurpar la majestad de la divinidad; en el paraíso terrenal, cuando, para ultraje del Creador, engañó a nuestros primeros padres con los halagos de falsas promesas; en el mundo, cuando en el desierto tentó al mismo Dios y Hombre y después lo hizo davar en el patíbulo de la cruz. De esta última batalla se dice: “La tercera batalla sucedió en Gob”, que se interpreta “lago”, y simboliza al mundo, que es “un lago de miserias y barro de impurezas” (Salm 39, 3). El lago es llamado así, porque es “el lugar del agua”, que está estancada y no corre. Este mundo es el lugar del agua, o sea, de la soberbia, lujuria y avaricia, que no corren, sino que crecen cada día. En este lago David, que se interpreta “misericordioso”, es figura de Jesucristo, cuya misericordia es inconmensurable, y que sólo por misericordia nos fue dado por el Padre, y que es el regalo precioso. El mató a Goliat, el geteo. Goliat se interpreta “transfigurado”; y geteo, “espantado”; y es figura del diablo, que se transfiguró en ángel de luz (2Cor 11, 14), porque temía ser sorprendido en su verdadero aspecto. Nuestro David lo mató, cuando le quitó el dominio del mundo y lo encerró en la cárcel del infierno. “Era hijo de Salto”. Es llamado “salto”, o sea, desfiladero boscoso, porque en él crecen los árboles muy en alto. “Saltos” fueron los antiguos padres, los patriarcas y los profetas, que, inspirados por el Espíritu de Dios, como árboles que se lanzan muy en alto, profetizaron la encarnación del Hijo de Dios. De esos mismos padres el Hijo de Dios asumió su carne, y por esto es llamado “hijo de Salto”.

    Se le llama también “tejedor de vestidos variopintos”. Los vestidos variopintos se hacen con la aguja. observa que en la aguja hay dos extremidades: aguda y horadada. En la extremidad aguda se indica la divinidad, y en la perforada, la humanidad. De esta aguja dice el mismo Señor en el evangelio: “El camello no puede pasar por el ojo de la aguja” (Mt 19, 24). El camello con la joroba, o sea, el rico podrido en dinero, no puede pasar por el ojo de la aguja, o sea, por la pobreza de Jesucristo. o también: en la parte embotada pueden ser simbolizadas la mansedumbre y la misericordia, que Cristo mostró en su primera venida; y en la aguda, la punzada de la justicia, con la que perforará en el juicio final.

    Con esta aguja, nuestro tejedor de vestidos variopintos confecciona para el alma fiel una túnica variopinta que se distingue por el diverso color de las virtudes. Dice Salomón: “La mujer virtuosa se confecciona un vestido de diversos colores; sus vestidos son de lino y de púrpura” (Prov 31, 22). El lino de la castidad y la púrpura de la pasión del Señor son los vestidos del alma fiel.

    Se dice también “betlemita”. Belén se interpreta “casa del pan”. Cristo, en su casa que es la iglesia, nos alimenta con el pan de su cuerpo. “El pan que les daré, es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 52).

    Otro comentario. Jesucristo nos fue dado por Dios en la natividad. Dice Isaías: “Nos nació un niño, nos fue dado un hijo” (9, 6). Fue Hijo de Salto en la predicación y en la pasión: en la predicación, porque escogió a los apóstoles como árboles que se lanzan hacia lo alto; y por eso dijo: “Yo los escogí para que vayan y lleven fruto” (Jn 15, 16): y en la pasión, porque fue coronado con las espinas de nuestros pecados.

    Fue “tejedor de vestidos variopintos” en la resurrección, en la que con la aguja de su potencia y de su sabiduría recompuso la túnica variopinta, o sea, la carne gloriosa, asumida de la Virgen María, desplegada por nosotros en el madero de la cruz, traspasada por los clavos y perforada por la lanza, y la restituyó a la inmortalidad.

    Será para nosotros “betlemita” en la bienaventuranza eterna, en la que nos saciaremos, cuando “lo veremos cara a cara” (1Cor 13, 12). Bien decimos, pues, que es un regalo óptimo. El Padre de las luces, como espléndido y misericordioso limosnero, no nos dio un regalo bueno o mejor, sino óptimo.

    5. “Y todo don perfecto”. Dice el Apóstol: “Con Cristo nos lo dio todo” (Rom 8, 32); y de nuevo: “Lo dio como cabeza de la iglesia” (Ef 1, 22). Comenta la Glosa: “¡Un don más grande no pudo dar!”.

    Con toda razón Cristo es llamado “todo óptimo regalo”, porque, cuando el Padre nos lo dio, por medio de El llevó a cabo todas las cosas. En efecto, “el Hijo del hombre vino a salvar lo que había perecido” (Mt 18, 11). Por eso hoy, en el introito de la Misa, canta la Iglesia: “¡Canten al Señor un cántico nuevo! “, como si dijera: “oh fieles, que fueron salvados y renovados por medio del Hijo del hombre, canten un cántico nuevo. Deben arrojar las cosas viejas, porque llegan las nuevas, Canten, repito, porque Dios Padre cumplió maravillas, cuando nos envió todo óptimo regalo, o sea, a su Hijo. “En presencia de las gentes manifestó su justicia” (Salm 97, 2), cuando nos dio todo óptimo regalo, o sea, a su mismo Hijo Unigénito, quien justifica a las gentes y lleva todas las cosas a la perfección.

    Con razón se dice: “Todo don perfecto”. Dios todo lo hizo en seis días: “Dijo y fue hecho” (Salm 148, 5). En el sexto período, “el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14). El sexto día y a la hora sexta padeció por nosotros, y as! lo cumplió todo. Por eso dijo en la cruz: “¡Todo está cumplido!” (Jn 19, 30).

    Cuanta es la distancia entre el decir y el hacer, tanta fue entre el crear y el recrear. Ágil y fácil fue la creación, que se realizó con una sola palabra, más aún, con la sola voluntad de Dios, cuyo decir es querer; pero la recreación fue muy difícil, porque aconteció con la pasión y muerte.

    Adán fue creado con facilidad y con grandísima facilidad cayó. ¡Ay de nosotros! ¡Qué desgraciados somos! ¡Fuimos recreados y redimidos con una pasión tan grande y tan grandes sufrimientos y dolores; y después con tanta facilidad caemos en gravísimos pecados y volvemos vana tanta fatiga del Señor!

    El mismo Jesús se queja por boca de Isaías: “En vano trabajé, sin motivo y sin provecho consumí mis fuerzas” (49, 4). En la creación el Señor no fatigó, porque “hizo todas las cosas que quiso” (Salm 134, 6); pero en la re-creación tanto fatigó que “su sudor era como grandes gotas de sangre que caían a tierra” (Lc 22, 44). Si tantos sufrimientos padeció en la oración (de la agonía), ¿cuántos piensas tú que haya experimentado en la crucifixión? El Señor fatigó y con la fatiga nos arrancó de las manos del diablo. En cambio, nosotros, pecando mortalmente, caemos en manos del diablo; y así, en cuanto dependa de nosotros, volvemos vana la fatiga del Señor.

    Por eso dice: “Trabajé en vano, para nada, sin provecho alguno”. En efecto, no veo ninguna ventaja de mi Pasión, porque “no hay quien haga el bien, ¡ni uno solo!” (Salm 13, 1). “El homicidio, el adulterio, el perjurio, el robo, la maldición y el engaño inundaron, y se derrama sangre sobre sangre” (Os 4, 2). “Los sacerdotes se preguntan: “¿Dónde está el Señor?”. Y a pesar de ser los custodios de la Ley, me desconocieron; y los pastores -o sea, los prelados se rebelaron contra mí; y los profetas -o sea, los predicadores- profetizaron en el nombre de Baal”, o sea, en un lugar alto. Ellos predican, para hacerse ver superiores a los demás. Con razón se queja el Señor: “trabajé en vano, para nada, y en vano consumí mis fuerzas”. La fortaleza de la divinidad casi se consumió en la debilidad de la humanidad. ¿No te parece que gastó su fortaleza, cuando El, Dios y Hombre, fue atado a la columna como un ladrón, fue golpeado con los flagelos, fue abofeteado, fue cubierto con escupitajos, le fue arrancada la barba, su rostro que hace temblar a los ángeles, fue aporreado; y finalmente fue crucificado entre dos ladrones?

    ¡Ay de los miserables, de los ruines y de los necios, que, a pesar de tantos martirios, no se sienten apremiados a huir de las vanidades mundanas! Inútilmente Cristo consumió sus fuerzas, porque se volvieron vanos aquellos, por los que las gastó. Por eso es necesario tener un gran temor para que, como al principio dijo: “Me arrepiento de haber formado al hombre”, no diga también ahora: “Me arrepiento de haber redimido al hombre, porque gasté todas mis fuerzas; pero ¡su maldad no fue destruida!”.

    6. Dice Jeremías: “Falló el fuelle, el plomo se consumió por el fuego; en vano fundió el fundidor; su maldad no fue consumida. Llámenlo plata desechada, porque el Señor los deseché” (6, 29-30). En esta cita son dignos de notar cinco elementos: el fundidor, el fuelle, el fuego, el plomo y la plata. En el fundidor está indicada la divinidad; en el fuelle, la predicación; en el fuego, la pasión; en el plomo, la humanidad de Jesucristo y en la plata, nuestras almas.

    En el horno de fuego, la plata se libera del plomo y se refina. Para liberar la plata de la escoria, que simboliza la maldad de nuestras almas, se juntaron Dios y el Hombre y su predicación. Pero inútilmente el fundidor hizo la fundición y en vano gastó sus fuerzas. Falló el fuelle y el plomo se consumió por el fuego de la pasión; así fatigó en vano y para nada, porque nuestras maldades no fueron destruidas, Por eso, la plata desechada será arrojada en el estercolero de la gehena, porque las almas de los pecadores serán arrojadas en el estanque del fuego ardiente.

    Dice Oseas: “La ortiga heredará su amada plata y los lampazos crecerán en sus tiendas” (9, 6). La ortiga, que quema (en latín, urtica, urit), simboliza el fuego del infierno; y el lampazo, que se adhiere, simboliza el encarnizamiento de las penas, con que serán atormentadas las almas de los impíos, porque no quisieron recibir el don perfecto de Dios, del cual se dice: “Todo regalo óptimo y todo don perfecto vienen de lo alto y descienden del Padre de las luces” (Sant 1, 17), como los rayos descienden del sol.

    como el rayo del sol, descendiendo, ilumina al mundo, pero nunca se aleja del sol, así el Hijo de Dios, descendiendo del Padre, ilumina al mundo; y, sin embargo, nunca se aleja del Padre, porque es una sola cosa con el Padre. El mismo lo dijo: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 30).

    Dice Juan Damasceno- “El Verbo se encarnó sin salir de su inmaterialidad; y así fue totalmente encarnado y totalmente incircunscrito (sin límites), En lo corporal se achicó y disminuyó; pero en lo divino permaneció sin límites, pero no porque se haya extendido la carne, ya que se mantuvo circunscrita (limitada) por la divinidad. Estaba en todas las cosas y por encima de todas las cosas; y, sin embargo, estaba en el seno de la santa Madre”. Y Agustín: “Cuando se lee: “El Verbo se hizo carne”, en el Verbo reconozco al verdadero Hijo de Dios, y en la carne al verdadero Hijo del hombre, uno y otro juntos en una sola persona, Dios y Hombre, unidos por la inefable grandeza de la gracia divina”.

    Con razón se dice: “Descendió del Padre de las luces, en el cual no hay variación ni sombra de cambio” (Sant 1, 17). En Dios no hay cambios, como si ora otorgara el bien y ora el mal, u otorgara el bien con alguna mezcla de mal. La Glosa comenta: “En su naturaleza no hay cambio alguno, sino sólo identidad; y esto no sólo en su naturaleza, sino también en la distribución de los dones, porque sólo infunde dones de luz y no tinieblas de errores”.

    Añade Santiago: “El, de su voluntad, nos hizo nacer a nosotros”, que antes éramos hijos de las tinieblas, con el agua de regeneración, en hijos de la luz, “a través de la palabra de la verdad”, o sea, la doctrina del evangelio, $,con el fin de que fuésemos el comienzo de su creación”. Ahora comienza la reforma del espíritu; pero la reforma completa se realizará en el futuro. o, según otra versión, “para que fuésemos la primicia de sus criaturas”, o sea, teniendo el primado sobre todo lo creado (Sant 1, 18).

    Habría también otra interpretación: “Dios nos engendró con una palabra de verdad, para que comencemos a gemir con la contrición y a dar a luz con la confesión, porque, según el Apóstol, “toda criatura gime y sufre dolores de parto hasta hoy” (Rom 8, 22), para que después gocemos con el Hijo de Dios, que dice: “Voy al Padre que me envió”.

    7. Cristo hizo como la tórtola, que durante el periodo invernal desciende a los valles y sin pluma se refugia en los troncos huecos de los árboles; en cambio, en el período estivo regresa a los montes. Así Cristo, en el invierno de la infidelidad y en el hielo de la persecución del demonio, descendió en el seno de la humildísima Virgen y habitó en este mundo pobre y abyecto, como un ave sin pluma. De esta tórtola dice Salomón en el Cantar de los Cantares: “La voz de la tórtola ya se oyó en nuestra tierra” (2, 12). La voz de la tórtola se asemeja al gemido y al llanto. Cristo descendió entre nosotros para gemir y llorar -jamás se lee que haya reído-, para enseñarnos también a nosotros a gemir y a llorar. “En nuestra tierra se oyó la voz de la tórtola: “¡Hagan penitencial”. Cuando se acercó el verano y comenzó a inflamarse la crueldad de la persecución judía y estalló el fuego de la pasión, entonces Cristo volvió al monte, o sea, al Padre. En efecto dijo: “Voy al Padre que me envió; y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?”.

    Preguntemos a Cristo por cuál camino regresó al Padre. Y contestará: “¡Por el camino de la cruz!”. El mismo lo anunció: “¿No era necesario que Cristo padeciera y así entrara en su gloria?” (Lc 24, 26).

    Cristo tuvo una doble herencia: una de parte de la Madre, o sea, trabajos y dolores; y otra, de parte del Padre, o sea, gozo y reposo. Entonces, dado que somos coherederos, también nosotros debemos procurar esa doble herencia. Por eso, nos equivocamos si queremos obtener la segunda herencia sin la primera, porque el Señor plantó la segunda sobre la primera, para que no buscáramos la una sin la otra.

    Injertó el árbol de la vida en el árbol de la ciencia del bien y del mal, cuando “el verbo se hizo carne”. Entonces “será como árbol plantado junto a la corriente de agua” (Salm 1, 3). E Isaías: “Fundó la tierra y plantó los cielos” (51, 16).

    En la tierra de la humanidad, fundada sobre las siete columnas de los siete dones de la gracia, plantó los cielos de la divinidad. Procuremos, pues, entrar en posesión de la primera heredad que nos dejó Jesucristo, y así mereceremos llegar a la segunda.

    II Recriminación del mundo

    8. “Cuando venga el Paráclito (el Consolador), convencerá al mundo con respecto al pecado, a la justicia y al juicio. Con respecto al pecado, porque no creyeron en mí; con respecto a la justicia, porque voy al Padre y ya no me verán; con respecto al juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado” (Jn 16, 8-11).

    El mundo se llama así, porque está siempre en movimiento (en latín, mundus, motus), y no se les concede reposo a sus elementos. El mundo se dice en griego cosmos, y el hombre, microcosmos, o sea, pequeño mundo. Como el mundo fue creado con la composición de cuatro elementos, así los antiguos sabios afirmaron que el hombre está formado por cuatro humores (fluidos), amalgamados en un único temperamento.

    El mundo indica a los mundanos, que están siempre en trajines. De ellos habla judas en su epístola canónica: “Ellos son nubes sin agua, arrastradas de acá para allá por los vientos, árboles otoñales, infructuosos, dos veces muertos, desarraigados; fieras ondas del mar, que espuman sus suciedades; estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la tempestad de las tinieblas” (Juec 1, 12-13). En este pasaje sobresalen cuatro elementos: las nubes, los árboles, los oleajes y las estrellas. En estos cuatro elementos están indicados los cuatro vicios de los mundanos, o sea, la soberbia, la avaricia, la lujuria y la hipocresía.

    Las nubes livianas y oscuras simbolizan a los soberbios, que, a causa de la superficialidad de su espíritu y la oscuridad de su mente, son arrastrados de una parte a otra por sus pecados; y están privados del agua de la compunción y de la gracia de los siete dones. De ellos habla el Profeta: “¡Dios mío, ponlos como una rueda y como el tamo delante del viento!” (Salm 82, 14). Presta atención a la rueda y al tamo. La rueda se dice, porque “rueda”, gira. El tamo es llamado en latín stípula con asonancia de usta, quemada. Dios vuelve a los soberbios como una rueda, permitiéndoles que caigan de un pecado a otro, y después los pone como el tamo delante del viento, porque ellos que, como el tamo, quedaron áridos, sin el humor de la gracia, serán quemados por el fuego de la pena eterna.

    Árboles otoñales e infructuosos son los avaros, que ocupan la tierra inútilmente: el Señor los maldice como hizo con el árbol en el cual no halló fruto. Presta atención a estas cuatro palabras: otoñales, infructuosos, dos veces muertos, desarraigados. El otoño es llamado así de “la tempestad”, que hace caer las hojas. Los avaros son árboles otoñales que, al sobrevenir la tempestad de la muerte, serán despojados de las hojas de las riquezas, con las que, adornados y recubiertos, caminaban con solemnidad. Y como fueron infructuosos, serán arrojados al fuego eterno, porque “todo árbol que no da buen fruto, será cortado y echado al fuego” (Mt 3, 10). Son árboles muertos dos veces, porque los avaros serán desarraigados de la tierra de los vivientes y sepultados en el infierno con el alma y el cuerpo.

    Los oleajes de un mar enfurecido son los lujuriosos. Los oleajes son llamados en latín fluctus, porque, agitados por el soplo de los vientos, fluctúan. Los lujuriosos, agitados por las sugestiones de los espíritus inmundos, fluctúan en diversidad de pensamientos y espuman la lujuria para confusión de sus almas. Hacen como la olla, puesta sobre el fuego, que echa fuera la espuma. “La olla es el corazón del pecador, en el cual está el agua de la concupiscencia carnal; por debajo de ella se pone el fuego de la sugestión diabólica y así espuma la lujuria de su degradación” (Gregorio). Las estrellas errantes son los hipócritas y los falsos religiosos. Las estrellas son llamadas en latín sídera, porque los navegantes las observan (en latín, consíderant) y por medio de ellas regulan su derrotero. Los dignos prelados de la iglesia y los verdaderos religiosos son astros que “brillan en un lugar oscuro” (2 Pe 1, 19) y dirigen por el recto derrotero de la vida eterna a los que navegan por el mar de esta vida. En cambio, los hipócritas y los falsos religiosos son estrellas errantes, causa de naufragio para los demás, y por esto serán arrollados por los torbellinos y las tempestades de la muerte eterna.

    9. Todos ellos son como “huevos de viento”, que no engendran polluelos. Se cuenta que la libido excite de tal manera a las perdices, que si el viento sopla detrás de los machos, las hembras se vuelven grávidas por el olor, pero depositan huevos no fertilizados; y todos estos huevos son “huevos de viento”.

    La perdiz, “ave falsa e inmunda” (Isidoro), simboliza a los susodichos pecadores, que, como dice Pedro, “tienen los ojos llenos de adulterio y no se sacian de pecar” (2Pe 2, 14). Ellos, con el viento de la sugestión diabólica, conciben huevos de viento, o sea, el amor de la vanidad mundana, de que habla Oseas: “Sembraron viento y recogerán tempestad; en ellos no hay espigas erguidas y no producirá harina” (8, 7). El que siembra el viento del amor mundano, sin duda, cosechará el torbellino de la muerte eterna. La espiga, llamada así del latín spículum, punta, es la contrición del corazón, que punza al pecador y produce la harina de la confesión. Esta espiga no está erguida, ni produce harina en los pecadores, que no conciben polluelos, o sea, obras de vida eterna, sino el viento de la vanidad mundana.

    Y advierte que “los huevos se distinguen en su aspecto; algunos son puntiagudos y otros anchos; y antes sale el huevo ancho y después el puntiagudo. Los huevos largos con punta aguda producen machos; y los huevos redondos, que, en lugar de la punta aguda, tienen una forma redondeante, producen hembras” (Aristóteles). Por esto se puede saber con certeza cuáles huevos producen machos y cuáles producen hembras.

    Asimismo, el diablo, por medio de las señales de la agudeza y de la redondez, distingue entre los hombres cuáles son machos y cuáles son hembras. En la agudeza están representadas la compunción y la contemplación de las cosas celestiales; en la redondez, los deleites de la carne y una ronda de cosas mundanas. Dice Satanás: “ ’ Di una vuelta por la tierra y la recorrí” (Job 1, 7). Dice Pedro: “Merodeó como un león, buscando a quién devorar” (1 Pe 5, 8). E Isaías: “Mi mano, como en un nido, arrebató las riquezas de los pueblos; y como se recogen los huevos abandonados, así yo me apoderé de toda la tierra; y no hubo quien moviera una pluma”, o sea, hiciera un acto de virtud, “o abriera la boca” para la confesión, “o gimiera” por la compunción interior (10, 14). Esto no obran los machos, o sea, los justos, compungidos en la mente y sumergidos en la contemplación; sino las hembras, o sea, los mundanos, que se volvieron afeminados por el amor a los bienes pasajeros. De ellos se dice: “Cuando venga el Paráclito, convencerá al mundo de pecado”.

    El término griego paráclisis significa “consolación”; y entonces “paráclito” quiere decir “consolador”; pero esa consolación los mundanos no la quieren recibir, porque tienen ya su consolación. Por esto los amenaza el Señor: “¡Ay de ustedes, que tienen su consolación!” (Lc 6, 24). E Isaías: “¿No son ustedes hijos malvados, prole bastarda, que se consuela con los dioses debajo de todo árbol frondoso?” (57, 4-5). Los mundanos son hijos malvados por su soberbia, prole bastarda por su lujuria. Ellos se consuelan con los dioses de la avaricia, que justamente es “esclavitud de los ídolos” (Col 3, 5), bajo todo árbol frondoso, o sea, en la gloria de las cosas de este mundo.

    10. “Cuando venga el Paráclito, convencerá al mundo del pecado” que tiene, “de la justicia” que no tiene, y “del juicio” que teme. Toma nota de estas tres cosas: el pecado, la justicia y el juicio. Pecador deriva del latín pellido, seducir, como hace la meretriz; entonces pecador es como seductor. En lo antiguo ese nombre estaba reservado a los infames y a los escandalosos; después llegó a ser el nombre común de los delincuentes, justamente porque el mundo está contaminado por el pecado de fornicación más que por cualquier otro pecado. Dice Oseas: “Fornicaron y no cesaron, porque abandonaron al Señor, transgrediendo la ley. La fornicación, el vino y la embriaguez quitan el corazón” (4, 10-11).

    Observa que en el corazón hay tres sentimientos: la indignación, la sede de la sabiduría y el amor. El corazón es un órgano noble y desdeñoso, y no tolera que entre en él algo inmundo. La fornicación hace perder los resortes u. la indignación, mientras se resigna a tragar tal bocado.

    Asimismo, el corazón es sede de la sabiduría; pero el vino la hace perder. Con el corazón amamos; pero pierde este amor el que, embriagado por la codicia de las cosas temporales, no socorre al prójimo. Que el pecado de fornicación quite el corazón, fue demostrado por el ejemplo de Salomón, que se entregó a la adoración de los ídolos. Dice el Apóstol: “Con el corazón se cree para obtener la justicia” (Rom 10, 10); pero la fornicación quita el corazón, en el cual está la fe. Por eso, a causa de la fornicación se pierde la fe. Fornicación significa necatio formae, muerte de la forma, o sea, matanza del alma, formada a imagen y semejanza de Dios.

    La vida del alma es la fe. Dice el Apóstol: “Cristo por medio de la fe habita en nuestro corazón” (Ef 3, 17); pero la fornicación quita el corazón, en el cual está la vida; y así el alma muere, porque, al cesar la causa, cesa el efecto. Y por eso dice el Señor: “El Paráclito lo convencerá del pecado, porque no creyeron en mí”. El Paráclito, pues, a través de los ministros de la predicación, convence al mundo del pecado de fornicación.

    11. “Y convencerá de la justicia”. La justicia es la virtud que juzga rectamente y da a cada uno lo suyo. justicia es como decir iuris status, estado de derecho. Dice Agustín: “La justicia es una disposición del espíritu que atribuye a cada uno la dignidad que le corresponde, teniendo en cuenta la utilidad común”.

    Hacen parte de la justicia: el temor de Dios, el respeto de la religión, la piedad, la humanidad, el gozo de lo justo y de lo bueno, el odio del mal, el compromiso de la gratitud.

    El mundo no posee esta justicia, porque no teme a Dios, deshonra la religión, odia el bien y es ingrato para con Dios. “Convencerá de la justicia”, que no hizo, porque, por los pecados cometidos, no se castigó según justicia.

    Convencerá de la justicia”, no suya, sino de los creyentes; y el mundo, confrontándose con los creyentes, será condenado. Cristo no dijo: “el mundo no me verá”, sino “ustedes, los apóstoles, no me verán”; y esto contra los mundanos, que dicen: “¿Cómo podemos creer en lo que no vemos?”. Es verdadera justicia, o sea, fe que justifica, creer en lo que no se ve.

    o también: “El Paráclito convencerá al mundo con respecto a la justicia” de los santos. Dice el Señor por boca de Zacarías: “Será tendida sobre Jerusalén la plomada” (1, 16). La plomada es un instrumento del albañil, y sirve para sopesar y apreciar. Puede ser una piedra o un plomo atado a un hilo, y con él se controla la perpendicularidad de las paredes. La justicia de los santos (su santidad) es como una plomada que se tiende sobre Jerusalén, o sea, sobre toda alma fiel, para que mensure y conforme su vida según el ejemplo de la vida de ellos.

    Cada vez que se celebran las fiestas de los santos, se aplica la plomada sobre la vida de los pecadores; y por ende celebramos las fiestas de los santos, para recibir de sus vidas una regla para nuestra vida. San Jerónimo nos amonesta: “Es ridículo en las solemnidades de los santos querer honrar con manjares a los que, corno sabemos, subieron al cielo a través de los ayunos”.

    Por cierto, amando al mundo y a su gloria, cuidando el cuerpo con sus placeres y acumulando dinero, no imitarnos la vida de los santos; más bien, su justicia (su santidad) será la contraprueba de que merecemos la condenación.

    12. “El Paráclito convencerá al mundo de juicio”. observa que en todo juicio son necesarias seis personas: el juez, el fiscal, el reo y tres testigos. El juez es el sacerdote-, el fiscal y el reo es el pecador, que debe acusarse a sí mismo como reo. Los tres testigos son la contrición, la confesión y la satisfacción, que dan testimonio al pecador que de veras está arrepentido. Dice Agustín: “Sube, oh pecador, al tribunal de tu mente; la razón sea el juez, la conciencia el fiscal, el dolor el tormento, el temor el verdugo; el lugar de los testigos sea tenido por las obras. Los mundanos, que no quieren someterse a tal juicio, en el examen del último juicio serán condenados con sentencia eternamente irrevocable junto con su jefe, el diablo, quien ya fue juzgado”.

    El apóstol Santiago, para instruir a estos hombres a cuidarse del pecado, a amar la justicia y a temer el juicio, en la segunda parte de la epístola de hoy, añade: “Bien saben, queridísimos hermanos míos: todo hombre sea pronto para escuchar y lento para hablar y lento para airarse; la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Sant 1, 19-20). Todo hombre debe ser pronto para escuchar lo que dice el Apóstol: “¡Huyan de la fornicación!” (1Cor 6, 18).

    13. Dice el Señor con las palabras del Salmo: “Si me escuchas, no habrá en medio de ti un nuevo dios, ni adorarás a un dios extraño” (80, 9-10). El “nuevo dios” es el vientre que busca siempre nuevos alimentos. Este Dios está en aquellos de los que habla el Apóstol: “Su dios es el vientre; y se glorían de lo que es su vergüenza: ellos sólo piensan en las cosas terrenales” (Filp 3, 19). El “dios extraño”, que aliena al hombre de Dios, es la lujuria. Este dios es Baalfegor, que se interpreta “el que devora las cosas antiguas”. Esta es justamente la lujuria, mal viejo y morbo antiguo, que devora todos los bienes.

    Concuerda con esto lo que se lee en el libro de los Números: “El pueblo fornicó con las hijas de Moab, que lo indujeron a tomar parte en sus sacrificios. El pueblo comió y adoró a sus dioses. As! Israel abrazó el culto a Baalfegor. El Señor, airado, dijo a Moisés: “Toma a todos los cabecillas del pueblo, y ahórcalos en los patíbulos contra el sol, para que el furor de mi ira se aleje de Israel” (25, 1-4).

    Las hijas de Moab, que se interpreta “del padre”, son la gula, la lujuria y los demás vicios, que tienen por padre al diablo. Con estos vicios el pueblo mundano se entrega a la fornicación. Comen y adoran a sus dioses, porque están abandonados a la gula y a la lujuria; y por esto los cabecillas del pueblo deben ser colgados en los patíbulos.

    Los cabecillas del pueblo son los cinco sentidos del cuerpo, que por los pecados cometidos deben ser colgados en los patíbulos de la penitencia. Y esto contra el sol. En el sol está indicada la celebridad mundana- porque con ella hemos pecado, contra ella debemos insistir con las obras de penitencia. O también, “contra el sol”: o sea, si hemos pecado públicamente, públicamente debemos hacer penitencia. Considera que Orígenes se sirve de este pasaje: “Toma a todos los cabecillas del pueblo y ahórcalos”… para hacer aplicación a los ángeles: “Si el ángel, a quien Dios nos confió en custodia, esperara una recompensa por el bien que nosotros hemos realizado, temería también ser culpado por el mal que hemos hecho. Por esto se dice que se vea claramente expuestos contra el sol, para que se vea claramente por culpa de quién fueron cometidos los pecados. Como consecuencia, seremos entregados a Baalfege, a otro ídolo, según la cualidad del pecado. Y si el jefe, o sea, el ángel asignado a cada uno, no faltó, sino que exhortó al bien y, por lo menos, habló en, corazón, para mover mi conciencia a alejarme del pecado; y si yo, rechazando sus amonestaciones y el freno de la conciencia, me eché en los pecados, me será duplicada la pena por haber despreciado al consejero y por los delitos cometidos. No te asombres, pues, si los ángeles se presentan al juicio junto con los hombres. El mismo Señor vendrá al juicio con los jefes de su pueblo”.

    Comentando el mismo pasaje, sigue diciendo Orígenes: “Según el Apocalipsis de Juan, en general cada Iglesia está presidida por un ángel, el cual encomiado por la buena conducta del pueblo o es interrogado acerca de los delitos del mismo pueblo”. Ante este hecho, yo me siento movido de admiración por este estupendo misterio, por el cual Dios tiene un cuidado tan solícito de nosotros que permite que sus mismos ángeles sean interrogados sobre nuestras culpas y hasta sean reprendidos por nosotros.

    Sucede como cuando se confía un niño a un pedagogo: si resulta menos instruido en las materias adecuadas, el mismo pedagogo sufrirá la culpa con tal que el niño, como testarudo, arrogante e insolente, no haya despreciado las saludables amonestaciones del maestro.

    Lo que suceda a aquella alma, nos lo dice Isaías: “La hija de Sión será abandonada, como una choza en la viña” (1, 8). En fin, comenta la Glosa: “Dios tiene mayor solicitud por la salvación de un alma que el diablo por su perdición”.

    14. “Sea, pues, todo hombre pronto para escuchar”. Todo hombre, por naturaleza, debería estar pronto para escuchar, En efecto, la oreja es llamada en latín auris, casi ávide rapiens, que aferra ávidamente, o hauriens sonum, que recoge el sonido.

    Y observa que en la parte posterior de la cabeza no hay carne ni cerebro, sino que en la parte posterior de la cabeza se halla el aparato del oído. Y todo esto está muy bien dispuesto, porque la parte posterior de la cabeza está vacía, llena de aire, y el instrumento del oído (o medio de propagación) es “aéreo”. Por esto el hombre oye en seguida, con tal que no surja algún impedimento.

    En la cabeza, o sea, en la mente, en la que no hay la carne de la propia voluntad, sino el aire de la mente devota, pasa rápidamente la voz de la obediencia, como se dice en el Salmo: “Al oír de mí, en seguida me obedecieron (17, 45). Y Samuel, en el primer libro de los Reyes, dice: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (3, 10). Y para que la obediencia penetre más velozmente, es necesario que sea aérea (o airosa), pura, sensible a las cosas celestiales, sin nada terrenal. “Sea, pues, todo hombre pronto para escuchar”.

    “Y lento para hablar”. La misma naturaleza nos comunicó esta enseñanza, al encerrar casi la lengua con dos puertas, para que no divagara libremente. La naturaleza puso delante de la lengua como dos puertas: los dientes y los labios, para indicar que la palabra no debe salir sin gran cautela. Estas dos puertas las había cerrado con discernimiento el Profeta que dijo: “Puse una custodia a mi boca y una puerta que rodee mis labios” (Salm 140, 3). Y bien dice “una puerta que rodee”, para que evitemos no sólo las palabras ¡lícitas, sino también las ocasiones de hablar ¡lícitamente. Por ejemplo, hay gente que se avergüenza de calumniar abiertamente a otro, pero lo hacen bajo la apariencia de la alabanza y, lo que es peor, lo hacen también en la confesión.

    Y presta atención que no sólo debemos cerrar la puerta de los dientes, sino también la de los labios. Cierra la puerta de los dientes y de los labios el que desecha tanto la calumnia como la adulación. Pero la lengua, que, como dice Santiago, es “un mal desenfrenado y está llena de veneno mortal”, fuego que quema el bosque de virtudes e inflama el curso de nuestra vida (Sant 3, 5-8), abate la primera y la segunda puerta y sale a la plaza como una meretriz, charlatana y vagabunda, impaciente e inquieta, llevando a todas partes el alboroto. Dice el bienaventurado Bernardo: “¿Quién podrá calcular cuántas bajezas cometa el pequeño miembro de la lengua, cuánta inmundicia se acumule en sus labios impuros, cuántos daños cause una boca desenfrenada? Nadie considere poco el tiempo que se pierde en palabras ociosas. Ahora es el tiempo favorable y el día de la salvación; y, sin embargo, la palabra vuela irrevocable y el tiempo pasa irremediablemente; y el necio ni se da cuenta de lo que pierde. Dicen: “¡Al menos se podrá pasar una hora en una conversación!”. ¡Una hora! Esa hora te la dio la generosidad del Creador para obtener el perdón, para alcanzar la gracia, para hacer penitencia y para merecer la gloria”.

    El mismo santo continúa- “No vaciles en definir la lengua del calumniador más cruel que la lanza que traspasó el costado del Señor. La lengua hiere el cuerpo de Cristo, pero no lo traspasa después de muerto, sino que lo mata traspasándolo. Tampoco fueron más dañosas las espinas que punzaron su cabeza, ni los clavos que perforaron sus manos y sus pies, comparados con la lengua del calumniador que perfora el mismo corazón”.

    Dijo el filósofo Séneca: “No digas cosas deshonestas, porque poco a poco el pudor se diluye”. Y Publio Siro: “A veces tuve que arrepentirme por haber hablado, jamás por haber callado”. Y Séneca: “Usa más a menudo los oídos que la lengua”.

    “Sea, pues, todo hombre lento para hablar”, y así podrá imitar la justicia de los santos, porque, como dice Santiago, “el que no peca con la palabra, es un varón perfecto” (3, 2).

    “Y lento para airarse”, porque la ira impide al hombre distinguir la verdad. Dice a propósito el Filósofo: “Cuanto menos reprimas la ira, tanto más serás excitado por ella” (Horacio). “El iracundo, cuando cesa de airarse, se enoja consigo mismo. La ira jamás fue capaz de reflexión” (Siro). Con toda razón escribe Santiago: “La ira del hombre no obra la justicia de Dios” (1, 20). En conclusión, todo hombre sea “lento para airarse”, para que en el día de la ira no reciba con el diablo la irrevocable sentencia de condenación.

    III La inspiración del Espíritu de verdad

    15. “Cuando venga el Espíritu de verdad, les enseñará toda la verdad” (Jn 16, 13). Cuando una mujer dispuesta a seducir las almas -figura de los placeres de la carne y de las vanidades del mundoilusiona al infeliz espíritu del hombre con falsos deleites, trastorna los sentimientos. Para ello se lee en el libro de la Sabiduría: “La fascinación de la bagatela empaña el bien, y la agitación de la concupiscencia trastorna el sentimiento” (4, 12). La fascinación es la adulación, o sea, el engaño con la alabanza. La fascinación de la bagatela es la alabanza de la adulación o el engaño de la prosperidad mundana, que oscurece los bienes espirituales; y la agitación de la concupiscencia trastorna el alma. Pero, cuando venga el Espíritu de verdad que ilumina el corazón del hombre, entonces enseñará toda la verdad y expulsará toda falsedad.

    Está escrito en el evangelio de Juan, que “el ángel del Señor descendía a la piscina y agitaba las aguas, y uno quedaba curado” (5, 4). Cuando el ángel del Señor, o sea, la gracia del Espíritu Santo, desciende a la piscina, o sea, al corazón del pecador, entonces la mente se agita con el agua de la compunción, y uno queda curado, o sea, el verdadero penitente, que debe ser “uno”, o sea, no tener divisiones entre el corazón y la boca. “Cuando venga, pues, el Espíritu de la verdad, les enseñará, o sea, les inspirará toda la verdad”. Y recuerda que, como la generación no puede acontecer sin el elemento activo, as! el hombre no puede hacer una obra verdaderamente buena sin el Espíritu de la verdad.

    16. La palmera, que es hembra, no lleva a la maduración los frutos si antes, por medio del viento que lo transporta, no recibe el efluvio de otra palmera macho (polinización) (Plinio). Dice el Eclesiástico: “Crecí como una palmera en Cades” (24, 18), que se interpreta “transportada” o “cambiada”. El hombre no puede hacer progresos sin la gracia del Espíritu Santo, como la palmera no llega a dar frutos sin los efluvios de la palmera macho. Y así el hombre, privado de la gracia de Dios, no es idóneo para el servicio divino, y es comparable al que está privado de testículos, porque no tiene la fuerza de engendrar obras buenas.

    Se lee en el Levítico: “No ofrezcan al Señor ningún animal con testículos heridos o magullados, rasgados o cortados” (22, 24). Tiene los testículos magullados el que tiene la gracia “informe”, y por ende no puede engendrar. En cambio, no tiene ni la gracia “informe” ni “formada” aquel a quien se arrancaron los testículos.

    “Cuando venga el Espíritu de verdad, les enseñará toda la verdad”. Concuerda con este pasaje la tercera parte de la epístola de hoy: “Por esto, dejen toda impureza y abundancia de malicia y reciban con docilidad la palabra que fue sembrada en ustedes y que puede salvar sus almas” (Sant 1, 21). decir, “por esto”, o sea, para merecer recibir al Espíritu de la verdad, “deben dejar toda impureza” de alma y de cuerpo, y “abundancia de malicia”, que son los pensamientos de una mente depravada; y “con docilidad”, porque los mansos heredarán la tierra, “reciban la palabra sembrada en ustedes”, palabra que Dios da sólo a los dóciles y a los que practican la mansedumbre de las palomas.

    Y en fin observa que, como un injerto practicado en una planta vieja, la rejuvenece y la hace fructificar, así el Espíritu de verdad, si fuera infundido en una mente “envejecida en la maldad” (Dan 13, 52), la rejuvenece y la hace producir frutos dignos de penitencia.

    Te rogamos, pues, Señor Jesús, que subiste de este mundo al Padre en forma de nuestra humanidad, que nos arrastres en pos de ti con la soga de amor. Te rogamos que no nos acuses de pecado, que nos ayudes a imitar la justicia de los santos, que nos hagas temer tu juicio y que nos infundas tu Espíritu de verdad, para que nos enseñe toda la verdad. Concédenos estas gracias tú, que eres el Dios bendito y glorioso por los lo siglos de los siglos. Y toda alma diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

    (1) Entre los intérpretes no está claro qué cosa entienda san Antonio por gracia “informe” y gracia “formada”. La opinión más plausible parece ser ésta: la gracia “informe” sería gracia “no operante” y gracia “formada” sería gracia “operante”.

    Cita bíblica