Pestañas abiertas

1 abierta

    La Circuncisión del Señor

    1. “En aquel tiempo, cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS” (Lc 2, 21).

    En este evangelio se destacan dos acontecimientos: la circuncisión de Cristo y la imposición del nombre.

    I. La Circuncisión del Señor

    2. “Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño En esta primera parte se nos enseña, en sentido anagógico (místico), cómo los justos en la resurrección final serán circuncidados (liberados) de toda corrupción. Pero, “ya que del Verbo circuncidado oyeron una palabra “circuncisa” (concisa), también nosotros hablaremos “circuncisamente” (brevemente) de su circuncisión” (Inocencio III, Papa).

    “Cristo fue circuncidado sólo en el cuerpo, porque nada había que circuncidar en su espíritu, porque “El no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1Pe 2, 22). Tampoco contrajo el pecado (de origen), porque, como dice Isaías, “subió sobre una nube ligera” (19, 1), o sea, asumió una carne exenta de pecado. Al venir “entre los suyos”, porque “los suyos no lo habrían recibido” (Jn 1, 11), debió ser circuncidado, para que los judíos no tuvieran pretextos contra El, diciendo: “Eres un incircunciso y debes ser eliminado, porque, como se dice en el Génesis, “el varón, al que no se le cortó el prepucio, será eliminado de su pueblo” (17, 14). Eres un trasgresor de la Ley y no queremos oírte contra la Ley.

    Jesús fue circuncidado al menos por tres motivos. Primero: para cumplir con la ley -se debía Observar el misterio de la circuncisión hasta que fuera sustituido por el sacramento del bautismo-; segundo: para quitar a los judíos el pretexto de calumniarlo; y tercero: para enseñarnos la circuncisión del corazón, como se expresa el Apóstol: “La verdadera circuncisión es la del corazón, según el Espíritu y no según la Ley escrita. Su alabanza no viene de los hombres, sino de Dios” (Rom 2, 29).

    3. “Cumplidos los ocho días”. Vamos a ver el significado de estas tres cosas: el día octavo, el niño y su circuncisión.

    Nuestra vida se desarrolla, por decirlo así, en un septenario de días, al que sigue el día octavo de la resurrección final. Dice el Eclesiastés: “Reparte a siete y aun a ocho, porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra” (11, 2). Como si dijera: “Haz que el septenario de tu vida esté comprometido para obrar el bien, porque por él recibirás la recompensa en el día octavo, el de la resurrección. En aquel día sobre la tierra, o sea, sobre los que aman la tierra, sobrevendrá un mal tan grande, que ningún hombre puede conocer”. Entonces la era será limpiada, el grano será separado de la paja y las ovejas de los machos cabríos. La limpieza de la era simboliza la revisión que se hará en el juicio final.

    Los granos simbolizan a los justos que serán acogidos en el granero celestial. Dice Job: “irás a la tumba, lleno de años, como se amontona el trigo a su tiempo” (5, 26). La tumba representa la vida eterna, en la que entrarán los justos colmados de obras buenas y estarán al abrigo de los ataques de los demonios, como uno que se esconde en el sepulcro para eludir la mirada de los hombres. En cambio, la paja, o sea, los soberbios, superficiales e inconstantes, serán arrojados al fuego. De ellos dice Job: “Serán como la paja al soplo del viento y corno tamo que arrebata el torbellino” (21, 18).

    Los corderos o las ovejas, o sea, los humildes y los inocentes, serán colocados a la derecha de Cristo, quien, como dice Isaías, “como pastor apacentará a su rebaño; con sus brazos juntará a los corderos y los levantará en su seno; y él mismo llevará a las recién paridas” (40, 11).

    4. Observa que en estos cuatro verbos: apacentará, juntará, levantará y llevará, se pueden reconocer las cuatro prerrogativas: esplendor, inmortalidad, agilidad, sutileza, de las que gozarán los cuerpos de los justos en el día octavo, o sea, en la resurrección final.

    Apacentará con el esplendor: “Dulce es la luz y grato a los ojos es ver el sol” (Ecle 11, 7); y “los justos resplandecerán como el sol en el reino de Dios” (Mt 13, 43). Si el ojo todavía corruptible tanto se deleita en el ilusorio esplendor de un miserable cuerpo, ¿cuánto más grande será el deleite ante el verdadero esplendor de un cuerpo glorificado?

    juntará con la inmortalidad: la muerte disuelve, la inmortalidad reúne. Levantará con la agilidad: lo que es liviano, es fácil alzarlo. Llevará con la sutileza: lo que es tenue, se lleva sin esfuerzo. En cambio, los machos cabríos, o sea, los lujuriosos, serán colgados de los pies en los garfios del infierno. En efecto, el Señor, por boca de Amós, amenaza a “las vacas gordas”, o sea, a los prelados de la iglesia, soberbios y lujuriosos: “He aquí, vendrán para ustedes los días, en que” los demonios “los llevarán a ustedes con garfios y a sus descendientes en ollas hirvientes. Y por las brechas saldrán uno contra otro, y serán arrojados contra el Hermón” (4, 2-3), que se interpreta “excomunión”, porque, excomulgados y maldecidos por la iglesia triunfante, se hundirán en el suplicio eterno. Todo esto, o sea, la gloria y la pena, será retribuido a cada uno en el día octavo, o sea, en la resurrección, según lo que hubiere hecho en los siete días de esta vida.

    A propósito dice el Génesis: “Jacob sirvió siete años para (tener como esposa a) Raquel; y le parecieron pocos días, porque la amaba intensamente, porque tenía un rostro esplendoroso y atractiva presencia” . Y sigue el texto: “Al término de la semana, tomó por esposa a Raquel” (29, 20, 17 y 28). Más adelante, Jacob se expresa así: “De día me quemaba el calor y de noche me acosaba la helada; y el sueño huía de mis ojos” (31, 40).

    ¡Oh amor de la belleza! ¡Oh belleza del amor! ¡Oh gloria de la resurrección, cuántas cosas haces que el hombre soporte, para poder llegar a las bodas contigo! El justo se afana durante todo el septenario de su vida en la indigencia del cuerpo y en la humildad de la mente: de día, cuando le sonríen la prosperidad y el calor de la vanagloria; de noche, cuando sobrevienen las adversidades y cuando es acosado por la helada de las tentaciones del diablo; y así el sueño huye de él, porque “por dentro sufre conflictos y por fuera temores” (2Cor 7, 5). Teme al mundo y sufre los embates de su mismo yo; y, sin embargo, a pesar de tantos sufrimientos, los días le parecen pocos, a motivo de la grandeza del amor. “Para el que ama, nada es difícil” (Cicerón). Oh Jacob, yo te conjuro, obra con paciencia y soporta con humildad, porque, terminados los siete días de la presente miseria, conquistarás las ansiadas bodas de la resurrección gloriosa, en la que serás circuncidado, o sea, liberado de toda fatiga y de toda esclavitud de corrupción.

    5. “Pasados los ocho días, el niño fue circuncidado”. Es un niño, no un anciano. Para saber quién sea este niño, lee el sermón de la Navidad.

    En la resurrección final, todo elegido será circuncidado, porque resucitará para la gloria, como dice Isidoro, “sin ningún defecto y sin ninguna deformidad”. Estarán bien lejos toda enfermedad, todo impedimento, toda corrupción, toda privación y toda otra cosa indigna del reino del sumo Rey, en el cual los hijos en la resurrección y de la promesa serán iguales a los ángeles de Dios (20, 36). Entonces habrá la verdadera inmortalidad.

    La primera condición del hombre fue el poder no morir; a causa del pecado le fue infligida la segunda condición, o sea, la pena de no poder no morir; lo espera, en la futura felicidad, la tercera condición: la de no poder morir (Pedro Lombardo). Entonces gozaremos de manera perfecta del libre albedrío, que al primer hombre le fue dado en modo que “pudiera no pecar”. Sin embargo, mucho más dichoso será cuando este libre albedrío sea tal que “no podrá pecar ¡Oh día octavo, tan deseable, que en modo tan admirable circuncidas al niño de todo mal!

    II - La imposición del nombre

    6. “Se le puso por nombre Jesús”. ¡Nombre dulce, nombre deleitoso, nombre que conforta al pecador, nombre de bienaventurada esperanza! “Es júbilo al corazón, melodía al oído, miel a la boca”

    (Bernardo). Llena de júbilo, la esposa del Cantar de los Cantares dice: “‘El nombre es como un aceite (perfume) que se derrama” (1, 2).

    Observa que el aceite tiene cinco propiedades: flota sobre todos los líquidos, ablanda las cosas duras, endulza las cosas acerbas, ilumina las cosas oscuras y sacia el cuerpo. Así también el nombre de Jesús, por su excelencia, está por encima de los nombres de los hombres y de los ángeles, porque “en el nombre de Jesús toda rodilla debe doblarse” (Filp 2, 10). Cuando lo proclamas, ablanda los corazones más duros; si lo invocas, modera las tentaciones más ásperas; si piensas en él, ilumina el corazón; y, si lo lees, sacia tu espíritu.

    Y presta atención que este nombre de Jesús no es llamado sólo “aceite”, sino “aceite derramado”. ¿Por quién y dónde? Del corazón del Padre se derrama en el cielo, en la tierra y en el infierno. En el cielo, para el júbilo de los ángeles, que aclaman exultantes: “La salvación pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero” (Ap 7, 10), o sea, a Jesús, que es llamado “Salvación, Salvador”. En la tierra, para la consolación de los pecadores: “A tu nombre y a tu recuerdo se dirige todo el deseo del alma. De noche te anhela a ti mi alma” (Is 26, 8-9). En el infierno, para la liberación de los prisioneros. Se cuenta que, postrados a sus rodillas, hayan gritado: “¡Finalmente has llegado, oh nuestro Redentor (Del Breviario Romano, Oficio de los difuntos).

    7. Referiré brevemente lo que escribe Inocencio sobre este nombre. “Este nombre de Jesús (en latín Jesús) tiene dos sílabas y cinco letras, tres vocales y dos consonantes. Dos sílabas, porque Jesús tiene dos naturalezas: la divina y la humana. La divina del Padre, del que nació sin madre; la humana de la madre, de la que nació sin padre. He aquí, dos son las sílabas en este único nombre, porque dos son las naturalezas en esta única persona.

    Hay que destacar que la vocal es la que tiene un sonido por sí misma; en cambio, la consonante tiene sonido sólo si está unida a una vocal. En las tres vocales está simbolizada la divinidad que, aun siendo única en sí misma, emite el sonido en tres personas. En efecto, “tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y éstos tres son uno” (1 Jn 5, 7). En las dos consonantes está simbolizada la humanidad, la cual, teniendo dos sustancias, o sea, el cuerpo y el alma, no tiene sonido por sí misma, sino sólo en virtud de la otra naturaleza, a la cual está empalmada en la unidad de la persona. “En efecto, como el alma racional y la carne son un solo hombre, así Dios y el hombre son un solo Cristo” (Símbolo atanasiano). La persona se define como una sustancia racional que “suena” por sí misma, (que subsiste en sí misma); y tal es Cristo. Cristo es Dios y también hombre; pero de por sí “suena” en cuanto es Dios, pero no “suena” en cuanto es hombre, porque la divinidad conservó el derecho de la personalidad al asumir la humanidad; pero la humanidad, al ser asumida, no recibió el derecho de la personalidad, (porque no la persona asumió a la persona, ni la naturaleza asumió a la naturaleza, sino que la persona asumió a la naturaleza).

    Este es, pues, el nombre santo y glorioso, “que fue invocado sobre nosotros” (Jer 14, 9), ni hay otro nombre bajo el cielo -dice Pedro-, en el cual debamos ser salvos (Hech 4, 12).

    Por este nombre nos salve Dios, Jesucristo Señor nuestro, que es bendito sobre todas las cosas por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III -Sermón alegórico

    8. “Séfora tomó una piedra muy cortante y circuncidó el prepucio de su hijo” (Ex 4, 25). Y también en el Génesis se lee: “Abraham llamó con el nombre de Isaac al hijo que Sara le había dado a luz, y lo circuncidó en el día octavo, como le había mandado Dios” (21, 3-4).

    No fue la madre, ni José que lo crió, sino Abraham, o sea, el Padre eterno el que impuso a su Hijo unigénito el nombre de la salvación. Donde hay la salvación, hay risa. Isaac significa “sonrisa”; y nuestra sonrisa es Jesús, que se interpreta “Salvación” y “Salvador”.

    Observa que existe una cierta hierba que se llama en latín salutaris, porque alivia el mal de la cabeza y mitiga el ardor del estómago (Es la hierba mora). El mal de cabeza simboliza la soberbia de la mente, de la que se lee en el cuarto libro de los Reyes, que el sol con su calor golpeó la cabeza del muchacho, quien dijo a su padre: “¡Me duele la cabeza, me duele la cabeza!” (4, 19). Y en el libro de Judit se relata que “Manasés murió durante la cosecha de la cebada. Mientras vigilaba a los segadores que ataban las gavillas en el campo, vino sobre su cabeza una insolación” (8, 2-3).

    Manasés, que se interpreta “olvidadizo”, es figura del que es amigo del mundo, quien se olvida de la eternidad y sale para cosechar la cebada. En la cebada, que es pienso para los jumentos, están indicadas las cosas temporales- Mientras el hombre material se afana por cosecharlas y atarlas en gavillas, o sea, ponerlas en su tesoro, irrumpe en su mente la canícula de la vanagloria, de la cual brotan la arrogancia de la soberbia y, después, la muerte del alma.

    Símilmente, el ardor del estómago simboliza el hervor de la ira, de la que dice Isaías: “Los impíos son como el mar en tempestad, que no puede calmarse y cuyos oleajes arrojan cieno y lodo” (57, 20). Cuando un hombre se excita por la ira, es como un mar en tempestad, porque sufre amargura en el corazón, confusión en la razón, ceguera en la mente, rencor contra el hermano. Y por esto es llamado “impío”, o sea, sin piedad: a los unos los pisotea y a los otros los blasfema.

    Con todo, nuestro “Salvador”, Jesús, curó estos males, cuando dijo: 44 ¡Bienaventurados los pobres en espíritu!”, contra los que buscan las cosas terrenales; y ¡”Bienaventurados los mansos!”, contra los iracundos.

    ¡Sea, pues, gloria al Padre, que nos envió la salvación en el Salvador! ¡Sea alabanza a la Virgen, que lo engendró y hoy lo circuncidó! “Séfora tomó Séfora se interpreta “aquella que lo miraba”; y es figura de la bienaventurada virgen, que, cara a cara, lo miraba recostado en el pesebre, envuelto en pañales y dando vagidos en la cuna, a aquel que reina en el cielo y a quien los ángeles desean contemplar (1 Pe 1, 12).

    9. “Séfora tomó un pedernal muy cortante”. Los judíos dicen que desde ese momento se inició el uso de hacer la circuncisión con cuchillos de piedra; otros dicen que lo inició Josué en Gálgala (Jos 5, 2). Sin embargo, mientras nosotros escribimos piedra, los judíos tienen hierro filoso, que llaman navaja. Por esto los judíos circunciden con navajas.

    Que la circuncisión del señor se haya llevado a cabo con cuchillo de piedra o de metal, y haya sido ejecutada por María o por José o por sus parientes, no tiene mucha importancia ni debemos investigarlo minuciosamente. Nosotros sabemos con certeza que hoy Jesús fue circuncidado. Lo que se dice que “Séfora circuncidó el prepucio de su hijo”, se entiende que o fue la misma Séfora a circuncidarlo o quiso que otros lo hicieran, según el mandato del Señor.

    Y recuerda que toda la vida de Cristo fue marcada por la sangre: comenzó con la sangre del día octavo y concluyó con la sangre. Y esto fue necesario para nosotros, porque, como dice el Apóstol: “Todo es purificado con la sangre y sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Heb 9, 22).

    Recordemos, pues, que Cristo derramó su sangre cinco veces. La primera vez fue en la circuncisión de hoy; la segunda, en el sudor de sangre en el huerto de los olivos; la tercera, en la flagelación; la cuarta, en la crucifixión y la quinta en la lanzada en el costado.

    Como el sol en su salida y en su ocaso se muestra de color rojo, así Cristo al principio y al término de su vida fue ensangrentado. ¡Sea El bendito por los siglos de los siglos! ¡Amén! ¡Así sea!

    IV- Sermón moral

    10. “Séfora tomó un pedernal muy cortante”. Algo semejante se lee en Josué: “Dice el Señor a Josué: “Hazte cuchillos de piedra, y circuncida de nuevo a los hijos de Israel. Josué hizo lo que el Señor le mandó”. Después el Señor dijo: “Hoy he quitado de ustedes el oprobio de Egipto” (5, 2-3 y 9).

    El nombre de Séfora tiene varias interpretaciones: “Ave”, “que mira”, “que agrada”, “que adhiere”. Séfora es figura del alma fiel, la cual, si fuere ave, podrá mirar; si mira, podrá agradar; si agrada, podrá adherir. Y as¡ una cosa se enlaza con la otra. Será ave renunciando a las cosas terrenas; mirará con la contemplación de las cosas celestes; agradará con el amor y adherirá con la unión. Mientras se eleva, mira; mientras mira, se abrasa de amor; mientras se abrasa de amor, se une. Y ahora consideremos las cosas, punto por punto.

    En el ave hay dos alas; en el alma hay la fe y la esperanza, que la elevan de las cosas terrenas. La fe y la esperanza se refieren a 1,as cosas invisibles, y entonces de las cosas visibles elevan a las invisibles. Sin embargo, los que tienen la fe sólo de palabras, que ponen su esperanza sólo en sí mismos y en sus cosas y ponen su confianza en el hombre, sólo anhelan y saborean las cosas terrenales. Por eso dice Job: “El hombre”, que sabe a tierra y vive en el pudridero de la gula y de la lujuria, “nace para la fatiga” de la muela de asno (5, 7).

    El campesino tapa los ojos al asno y lo golpea con el bastón; y así el asno arrastra en círculo una muela de gran peso. El campesino es figura del diablo y su asno es el mundano. El diablo le cierra los ojos, cuando le ciega la razón y la inteligencia; y entonces lo golpea con el bastón de la codicia, para que arrastre tras de sí la muela de la vanidad mundana. “Los impíos caminan en círculo. Dios mío, hazlos como una rueda” (un torbellino) (11, 9; y 82, 14).

    En cambio, “el ave nace para volar” (Job 5, 7). Dice la Historia Natural que cuanto más fuere estrecho y penetrante el pecho de las aves, tanto más idóneo es para el vuelo, porque si el pecho fuera ancho, movería mucho más aire y el vuelo sería mucho más pesado” (Aristóteles). Dice el Señor: “¿Acaso, por tu orden se remonta el águila hacia lo alto y pone su nido en lugares abruptos? Ella habita entre las piedras y mora entre las sílices (peñas) escarpadas y las rocas inaccesibles. Desde allí atisba la presa y sus ojos escudriñan lejos” (Job 39, 27-29).

    El águila es figura del alma afortunada, que rehúsala anchura de las cosas temporales y restringe su pecho, o sea, los pensamientos de su corazón, para poder elevarse por encima de las cosas terrenas y poner el nido de su vivir en las arduas cumbres. “Nuestra patria está en los cielos”, dice el Apóstol (Filp 3, 20).

    Y Observa que no dice “en el cielo”, sino “en los cielos”. Los cielos son tres, El primero es la agudeza de la inteligencia; el segundo, el esplendor de la justicia (santidad); y el tercero, la sublimidad de la gloria. En el primero existe la contemplación de la verdad; en el segundo, el amor de la rectitud; y en el tercero, la plenitud del gozo eterno. En el primero se ilumina la ignorancia; en el segundo se extingue la concupiscencia; y en el tercero se elimina toda inquietud. Si brilla a tu alrededor la luz de la verdad, posees el primer cielo. Si te abrasa la llama del amor, habitas en el segundo. si gustaste algún sabor de la suavidad interior, eres acogido en el tercer cielo. Y este gusto es la unión de la esposa y del esposo: “El que se une al Señor, forma con él un solo espíritu” (1Cor 6, 17).

    Estos tres cielos pueden ser individuados también en las piedras, en las sílices y en las rocas de que habla Job. En las piedras, por su solidez, se indica la contemplación de la verdad; en las sílices, el amor de la rectitud -por la sílice (pedernal) se entiende también el amor del Creador, ya que de ella brota el fuego-; en las rocas, por su estabilidad, se reconoce la plenitud de la eterna felicidad. Estos tres minerales pueden también simbolizar las potencias angélicas, confirmadas para siempre en el amor del Creador. Ellas son las sílices abruptas y las rocas inaccesibles, porque, mientras otros ángeles cayeron, ellas resistieron inamovibles. A ellas los apóstatas no pueden ni subir ni acercarse. Y desde estas rocas Séfora, el águila alada, o sea, el alma contemplativa, contempla a Dios, su medicamento y su alimento.

    11. “Séfora tomó una piedra muy cortante y circuncidó el prepucio de su hijo”. Vamos a ver qué significado tienen la piedra, el hijo, el prepucio y la circuncisión.

    La piedra simboliza la penitencia. Dice Job: “¿Quién me concederá volverme como en los meses pasados, cuando yo lavaba mis pies en la leche y la piedra me derramaba ríos de aceite?” (29, 2 y 6). En el mes está simbolizada la perfección; en la leche, la dulzura de la gracia; y en los ríos de aceite, la efusión de las lágrimas.

    Job, que se interpreta “el doliente”, es figura del penitente, que suspira por la perfección de la prístina conversión y comportamiento. En aquel tiempo gozaba en su mente de la dulzura de la gracia, que le purificaba los pies, o sea, los sentimientos y los afectos, de toda suciedad; en aquel tiempo la piedra, o sea, la austera penitencia, hacía brotar abundancia de lágrimas.

    Y Observa que como el aceite flota sobre todo líquido, así las lágrimas están por encima de toda obra buena. La lámpara sin aceite es la obra sin devoción. Esta piedra es cortante en la contrición, más cortante en la confesión y cortantísima en las obras de satisfacción, o sea, en la penitencia, con la que Séfora debe circuncidar el prepucio de su hijo. El hijo simboliza el cuerpo; y el prepucio, las cosas temporales superfluas, que impiden al hombre reflexionar sobre su miseria. Por esto el prepucio tiene este nombre, que significa “delante del pudor”.

    Estas cosas superfluas están simbolizadas en los perizomas, de los que habla el Génesis: “Al advertir que estaban desnudos, Adán y Eva trenzaron unas hojas de higuera y se confeccionaron unos perizomas” (3, 7), o sea, taparrabos o calzones.

    Los hijos de Adán, desterrados del paraíso terrestre, porque se hallan desnudos de la gracia de Dios, de buena gana se cubren con las hojas de higuera. Ten en cuenta que las hojas de higuera producen prurito y al calor del sol se restringen y se secan: así las cosas temporales excitan el prurito de la lujuria y a la llama de la muerte dejan desnudos a los que habían cubierto.

    Afortunada es el alma, que circuncida el prepucio de su hijo. Este es el cuchillo de piedra, con el cual son circuncidados nuevamente los hijos de Israel, o sea, los cristianos que fueron circuncidados de todo pecado la primera vez en el bautismo. Con todo, como creció la malicia y abundó la iniquidad, de nuevo son circuncidados por Cristo con el cuchillo de piedra, o sea, con la austeridad de la penitencia. Y así se quita la infamia de Egipto, o sea, el pecado mortal, que contrajeron en las tinieblas del mundo.

    12. En otro sentido. “La piedra es Cristo” (1Cor 10, 4). Dice el Salmo: “La piedra es el refugio”, o sea, “retro-refugio”, “para los erizos” (103, 18), o sea, para los pecadores, recubiertos con las espinas de las iniquidades. Y de nuevo: “¡Bienaventurado el que ate a sus pequeños a la piedra” (Salm 136, 8), o sea, el que adhiera con sus impulsos a la piedra que es Cristo!. Las olas del mar, cuando se estrellan contra un peñón, se rompen. Así también la tempestad de tus tentaciones, si choca contra Cristo, será quebrada por la grandeza de su potencia; y tú saldrás con seguridad.

    Esta piedra fue cortante en los castigos de la miserable vida presente. Dice el Génesis: “¡Maldita la tierra por tu causa: te producirá espinas y abrojos” (3, 17-18). Será más cortante en la corrupción del cuerpo: “Eres polvo y al polvo regresarás” (3, 19). Y será cortantísima en la proclamación de la irrevocable sentencia: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!” (Mt 25, 41).

    Con la agudeza de este temor, el alma no divide sino que circuncida el prepucio de su hijo, no sólo restituyendo lo mal habido y socorriendo a los demás con obras de misericordia, sino también sustrayendo a la propia boca las cosas dulces, a los ojos las cosas provocantes, a los oídos las cosas halagadoras, a las manos las cosas mórbidas y a todo el cuerpo las cosas placenteras.

    El mismo Jesús, que hoy para nosotros fue circuncidado, se digne circuncidarnos también a nosotros de los vicios, para que en el día octavo de la resurrección merezcamos gozar de la doble estola.

    Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica