Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo II de Adviento

    Exordio.

    Sermón para el inicio del ayuno

    1. “En aquel tiempo, al oír Juan en la cárcel las obras de Cristo, le envió a dos de sus discípulos” (Mt 11, 2).

    Dice Isaías: “¡Sacude el polvo, levántate y siéntate, Jerusalén; suelta las ataduras de tu cuello, esclava hija de Sión!” (52, 2). Presta atención a estos cuatro verbos: sacude, levántate, siéntate y suelta. El polvo se llama así, porque es impulsado por la fuerza del viento (pulvis, pulso), y simboliza la concupiscencia de la carne que, bajo los estímulos de la sugestión diabólica, es arrastrada a diversos pecados. Dice Job: “Lo arrebatará un viento abrasador” (2 7, 2 1).

    De este polvo dice Isaías: “El polvo será el pan de la serpiente” (65, 25), o sea, del diablo. “oh Jerusalén, sacude de ti el polvo”, o sea, sacúdete de los placeres de la carne, para que el diablo no te devore junto con ellos¿ “Sacudan el polvo de sus pies” (Mt 10, 14), dice el Señor. “Acaso, ¿te podrá alabar el polvo?” (Salm 29, 10).

    “¡Levántate!”, pues. Alzate con la mente y con el cuerpo, para cumplir obras de penitencia. Esto es lo que dice Salomón: “Quita la herrumbre de la plata y saldrá un vaso esplendente” (Prov 25, 4); o sea, sacude el polvo, levántate y siéntate, o sea, libérate del tumulto de las cosas seglares. Dice Jeremías: “Se sentará solitario y callará” (Lam 3, 28). Y de nuevo Isaías: “Si retornan y descansan, serán salvos” (30, 15).

    “¡Suelta las ataduras del cuello!”. Estas últimas palabras concuerdan con las primeras. El profeta inculca lo mismo, para que se arraigue más firmemente en la memoria. Los placeres de la carne y la vanidad del mundo son ataduras, con las que el alma, atada por el cuello, es retenida esclava, para que no pueda Regar a la libertad de la confesión. “Suelta, pues, las ataduras de tu cuello”. A estas ataduras alude el texto evangélico de hoy:

    “Habiendo oído Juan en la cárcel las obras de Jesús …

    2. Considera que en este evangelio se destacan tres momentos. El primero: el encarcelamiento de Juan: “Habiendo oído Juan en la cárcel”. Segundo-. la realización de los milagros: “Vayan y digan a Juan”. Tercero: el elogio de Juan: “¿A quién fueron a ver?”.

    En el introito se canta: “¡Pueblo de Sión: he ahí a tu Señor!”. Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Todo lo que fue escrito” (15, 4). La vamos a dividir en tres partes y concordar con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Todo lo que fue escrito”; segunda: “Acójanse los unos a los otros”; tercera: “Y el Dios de la esperanza”.

    I El encarcelamiento de Juan

    3. “Juan, desde la cárcel, al oír las obras de Cristo, le envió a dos discípulos, para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 2-3). En otra parte Mateo relata que “Herodes había prendido a Juan, le habla encadenado y lo había encarcelado por causa de Herodías, mujer de su hermano. Juan le decía: “No te es lícito tenerla” (14, 3-4).

    Vamos a analizar cuál significado moral tengan Herodes y Herodías, Juan y sus cadenas, y los dos discípulos. Herodes es el mundo, Herodías la carne, Juan el espíritu del hombre; las cadenas son la vanidad y el placer; los dos discípulos son la esperanza y el temor.

    Herodes y Herodías se interpretan “la gloria de la piel”. El mundo y la carne se jactan de la belleza exterior. Se pregunta Isaías: “¿Qué harán en el día del castigo y de la calamidad, que viene de lejos? ¿A quién recurrirán para pedir auxilio? ¿Y dónde dejarán su gloria?”. Y de nuevo: “Debajo”, o sea, en el infierno, “su gloria”, o sea, el mundo y la carne, “quemará y arderá como llama de fuego” (10, 3 y 16). Y siempre Isaías: “Te echará a rodar corno una bola por una tierra ancha y espaciosa”, o sea, en el infierno, “que dilató su garganta y abrió sus fauces desmedidamente”. “Allí morirás y allí terminarán los carruajes de tu gloria” (5, 14; y 22, 18).

    Juan se interpreta “gracia del Señor”, y simboliza el espíritu del hombre, que en el bautismo recibió la gracia del Señor. Tenemos una concordancia en Isaías: “Yo derramaré agua sobre el suelo sediento y torrentes sobre la tierra seca. Derramaré mi espíritu sobre tu descendencia y mi bendición sobre tus vástagos. Y brotarán entre hierbas y como sauces junto a las aguas corrientes. Uno dirá: “Yo pertenezco al Señor”; y otro llevará el nombre de Jacob; y otro escribirá con su mano: “¡Para el Señor!”; y será designado con el nombre de Israel” (44, 3-5).

    Sedienta y árida es el alma antes del bautismo. Dice el Apóstol: “Por naturaleza somos hijos de la ira” (Ef 2, 3). Pero el Señor, con el agua bautismal, derrama su Espíritu y su bendición, para hacer de los hijos de la ira hijos de la gracia, y para que sean descendencia y estirpe, o sea, hijos, de la santa iglesia; y crezcan entre las hierbas, o sea, entre los santos; y sean frondosos de fe y de virtudes, como los sauces, junto a las aguas corrientes, o sea, entre los carismas de la gracia.

    “Este dirá: “¡Yo soy del Señor!”: he ahí a Juan, he ahí la gracia del Señor. “Y otro, o sea, otro fiel, “llamará” a la penitencia, como hizo Juan, “en el nombre de Jacob”, para suplantar (vencer) los vicios. “Y éste” -siempre el mismo- “escribirá con su mano” o sea, con sus obras, “para el Señor”, o sea, ¡para honor del Señor! “Y será designado con el nombre de Israel”, o sea, con el significado del nombre de Israel, “hombre que ve a Dios”, ahora en la fe y en la esperanza y al fin en la realidad.

    4. Y éste es Juan, así iluminado por la gracia del Señor, a quien Herodes y Herodías, o sea, el mundo y la carne, atan con sus cadenas: el mundo con la vanidad y la carne con el placer.

    La vanidad del mundo consiste en la soberbia y en la avaricia, y el placer de la carne en la gula y la lujuria. De estos cuatro vicios dice Isaías: “¡Ay de la gente pecadora”, del pecado de soberbia; “del pueblo cargado de la iniquidad”, de la avaricia; “de la estirpe malvada”, de la gula; “ de los hijos depravados”, de la lujuria! (1, 4). ¡He ahí con cuáles cadenas nuestro espíritu es retenido esclavo! ¿Qué debe hacer mientras se halla atado con estas cadenas? Debe hacer lo que está escrito en el evangelio de hoy: “Juan, al oír en la cárcel las obras de Cristo Las obras de Cristo son la creación y la re-creación, de las que tenemos una concordancia en Isaías: “En sus banquetes hay cítaras y liras y tímpanos y flautas y vino” -en todo ello se designan los deleites de los sentidos, como difusamente se habló en el sermón del primer domingo después de Pentecostés-; “pero no miran la obra del Señor ni consideran las obras de sus manos” (5, 12).

    “La obra del Señor” es la creación que, bien considerada, lleva a aquel que la mira a la admiración de su Creador. Si hay tanta belleza en las criaturas, ¿cuánto más habrá en el Creador? La sabiduría del Artífice resplandece en la materia. Pero los que son esclavos de los sentidos, no se preocupan. “Ni reflexionan sobre las obras de sus manos”, que en la cruz fueron perforadas por los clavos. Jesús, con las manos clavadas en la cruz, derrotó al diablo y arrancó de sus manos al género humano.

    Cuando oye hablar de estas obras de Cristo, nuestro espíritu, puesto en cadenas, inmediatamente debe enviar a dos discípulos. Digo que puede oír hablar de esas obras interiormente, con el oído del corazón, gracias a la inspiración del Espíritu; o puede oírlas exteriormente, con el oído del cuerpo, gracias a la voz del predicador.

    Cuando oye así, debe enviar a Jesús la esperanza y el temor, para preguntarle: “¿Eres tú el que me creó y me recreé? ¿Eres tú el que me hizo y me redimió? -Y de ello nace en mí la esperanza en tu misericordia-. ¿Eres tú el que vendrá a juzgarme según mis obras? -Y de ello nace en mí el temor de tu justicia-. “¿o debemos esperar a otro”, que venga a juzgar al orbe terráqueo con justicia? ¡No, por cierto! El que creó y redimió, es el mismo que va a juzgar. “El Padre dio todo juicio al Hijo”. (Jn 5, 22).

    5. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “Todo lo que se escribió antes (en la Biblia)…” (Rom 15, 4). Ordenó el Señor a Isaías: “Ahora ve y escríbeles esta visión en una tablilla de boj y en un libro regístrala con exactitud; y será para siempre un testimonio para el último día” (30, 8).

    “Sobre una tablilla de boj”, para que permanezca eternamente. El compendio de todas las cosas que fueron escritas para nuestra enseñanza consiste, sobre todo, en tres eventos: la creación, la redención y el examen del último juicio. La creación y la redención nos enseñan a amar a Dios, el juicio final nos enseña a temerlo, “para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Rom 15, 4).

    Oye cómo la Escritura consuela al que padece tribulaciones. Dice el Señor por boca de Isaías: “Si pasas por las aguas, yo estaré contigo; y si pasas por los ríos, no te anegarán. Si atraviesas el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo soy el Señor Dios tuyo” (43, 2-3). Y de nuevo: “No temas, gusanito de Jacob y ni ustedes los muertos de Israel. Yo fui tu ayuda, dice el Señor; el Santo de Israel es tu Redentor” (41, 14). Y todavía: “Yo mismo los consolaré. ¿Quién eres tú, para tener miedo de un hombre mortal y de un hijo del hombre, que se seca como el heno” (51, 12).

    “El Dios de la paciencia” dice en Isaías: “Callé, guardé silencio y fui paciente” (42, 14), “y el Dios de la consolación” sigue diciendo: “Yo los consolaré y en Jerusalén serán consolados. Ustedes lo verán y se alegrará su corazón; y sus huesos germinarán como la hierba” (66, 13-14); o sea, sus cuerpos revivirán en la inmortalidad. Ese Dios, pues, “les conceda entre ustedes un mismo sentir según Cristo Jesús, para que con un solo ánimo y una sola voz glorifiquen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 15, 5-6).

    Y esto es lo que dice Isaías: “Dos serafines proclamaban uno al otro y cantaban: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos. La tierra está llena de su gloria” (6, 3).

    Serafín se interpreta “ardiente”; y serafines son los que arden de recíproca caridad y que tienen los mismos sentimientos a ejemplo de Jesucristo. Cuando Pablo les dice: “Les conceda Dios entre ustedes un mismo sentir según Cristo Jesús”, afirma lo mismo que Isaías: “Dos serafines proclamaban uno al otro”; y cuando el primero añade: “para que con un solo ánimo y una sola voz glorifiquen a Dios”, es lo mismo que dice el segundo: “Y decían: “Santo, santo, santo”.

    Hermanos queridísimos, roguemos al Señor Jesucristo, que nos libere de las cadenas del mundo y de la carne, para que, con un solo espíritu y una sola voz, podamos honrar y glorificar a aquel Dios, de cuya gloria está llena toda la tierra. A El sean el honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II. Cristo obra milagros

    6. “Vayan y refieran a Juan las cosas que oyen y ven” (Mt 11, 4).

    Con estas palabras queda refutado el error de los herejes, que afirman que Juan se condenó, porque dudó de Cristo, al preguntar- “¿Eres tú el que ha de venir?”, y que, persistiendo en esa duda, murió en la cárcel antes del retorno de los discípulos, que él había enviado a Jesús. ¡Quede muda esa lengua maldita! jamás Juan dudó de Cristo, a quien rindió testimonio: “¡He ahí el Cordero de Dios!” (Jn 1, 36). En cambio, para confirmar en la fe de Cristo a sus discípulos, los envió para interrogarlo, para que, al ver sus milagros, ya no tuvieran alguna duda. Pero el Señor no respondió a la pregunta de Juan, sino que respondió con el fin de asegurar el corazón de los dos discípulos, diciendo: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan; y a los pobres les es anunciado el evangelio” (Mt 11, 5). Comenta Gregorio: “Juan no duda que Cristo sea el redentor del mundo, sino que pregunta para saber si aquel que de persona vino al mundo, de persona bajará también a los claustros de los infiernos”.

    Y la objeción que los herejes hacen que Juan murió antes del regreso de los discípulos, resulta del todo falsa en base a las palabras del santo evangelio. O el Señor mandó a los discípulos de Juan una cosa posible o una imposible, al decir: “¡Vayan y refieran a Juan!”. El Señor nunca manda cosas imposibles. Pero si Juan, antes de que regresaran los discípulos, hubiera muerto en la cárcel, el Señor habría mandado una cosa imposible, al decir: “¡Vayan y refieran a Juan! “. ¿A quién habrían referido? ¿A un muerto? ¡No, por cierto! Está claro, pues, que los discípulos hallaron vivo a Juan, a quien refirieron lo que habían oído y visto. El Señor manda sólo cosas posibles.

    “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mt 11, 5). Vamos a estudiar cuál sea el significado moral de estos seis milagros. Los ciegos son los soberbios, los cojos los hipócritas, los leprosos los lujuriosos, los sordos los avaros, los muertos los golosos, los pobres los humildes.

    7. “Los ciegos ven”. Esto es lo que dice Isaías: “Liberados de las tinieblas y de la oscuridad, los ojos de los ciegos verán” (29, 18). Y el mismo: “¿Quién es ciego sino el que fue vendido (esclavo)? ¿Quién es ciego sino el siervo del Señor? Tú que ves muchas cosas, ¿les prestas atención después?” (42, 19-20). ¿Quiénes son hoy los ciegos, o sea, los soberbios, sino los que se llaman siervos del Señor y quieren aparecer siervos del Señor, o sea, los religiosos y los clérigos? ¿Quiénes son los soberbios, sino los que ven tantas cosas en las Escrituras y que predican y enseñan tantas cosas, pero no las Observan? Ven muchas cosas para los demás, pero nada para sí mismos.

    De la soberbia de todos ellos, bajo la imagen del “valle de la visión”, dice Isaías: “¿Qué es lo que te sucede que también tú subiste a las azoteas, ciudad llena de bullicio, ciudad tumultuosa, ciudad vividora?” (22, 1-2). Como si dijera: “Se puede tolerar que los seglares apetezcan las grandezas terrenas. Pero ustedes, religiosos y gente instruida, que saben tantas cosas, ¿cómo pudieron también ustedes apetecer las grandezas terrenas y subir a las azoteas de la soberbia, llenas de griterías?”. La soberbia es de por sí rumorosa, como dice Isaías: “¡Ay del rugido de pueblos numerosos, que rugen como rugen los mares!” (17, 12). En cambio, del humilde Cristo dice Isaías: “El no gritará, ni hará resonar su voz por las calles” (42, 2).

    “Ciudad tumultuosa”, o sea, populosa, “y ciudad vividora”. De ella dice Isaías: “Sobre la tierra de mi pueblo”, o sea, en las mentes de los humildes, “crecerán espinos y zarzas”, o sea, punzadas y dolores, ¿cuánto más crecerán espinos y zarzas en todas las casas en alegría en una ciudad amante de diversiones?” (32, 13); o sea, en una ciudad entregada a la soberbia, que ciega los ojos de la mente, para que no vea la ciudad de los gozos eternos.

    Siempre Isaías: “Mira a Sión, la ciudad de nuestras fiestas: tus ojos verán a Jerusalén, morada opulenta” (33, 20). Para que tú puedas ver esa ciudad, unge tus ojos con el colirio de la humildad; y merecerás oír: “¡Mira! Tú humildad te iluminó. “Los ciegos, pues, ven”.

    8. “Los cojos caminan”. Cojo en latín se dice claudus, que suena casi como clausus, cerrado, en el caminar. El hipócrita, en su vida y en su conducta, procede como cerrado. “El que obra mal, odia la luz, para que sus obras no sean reprendidas por la luz” (Jn 3, 20).

    Dice Isaías: “¡Ay de los que traman secretamente”, o sea, que disimulan su iniquidad, “para ocultar sus proyectos al Señor! Ellos actúan en la oscuridad, y dicen: “¿Quién nos ve y quién nos conoce?” (29, 15). El hipócrita cojea de un pie: tiene un pie levantado y el otro apoyado en tierra. Mientras muestra modestia en el vestido, humildad en la voz y palidez en la cara, tiene un pie levantado de la tierra. Pero, cuando por estas cosas apetece ser alabado y procura parecer santo, entonces, sin duda, apoya el otro pie en la tierra.

    En otro sentido. Se lee en el segundo libro de los Reyes, que “MeribBaal estaba lisiado de los dos pies” (4, 4). Merib-baal se interpreta “hombre de la confusión”, y simboliza a los que cojean de los dos pies, o sea, en los sentimientos y en las obras. Y los que cojean de esta manera, son dignos de la eterna confusión.

    A propósito dice Isaías: “El rey de los asirlos llevará desnudos y descalzos y con las nalgas al aire a los cautivos de Egipto y a los deportados de Etiopía, jóvenes y viejos, para vergüenza de Egipto” (20, 4).

    “El rey de los asirlos”, o sea, el diablo, “llevará” al infierno “a los cautivos de Egipto”, o sea, a los que había tenido esclavos del pecado; “y a los deportados de Etiopía”, o sea, a los que pasan de las virtudes a los vicios; “a los jóvenes”, ya fuertes en la malicia, “y a los ancianos”, envejecidos en el mal; “a los desnudos”, sin el vestido nupcial, “y a los descalzos”, privados del “jacinto” de los deseos celestiales, en relación al pie de los sentimientos, como dice Ezequiel: “Te calcé con sandalias color jacinto” (16, 10); y privados del calzado de la mortificación, en relación al pie de las obras, como se lee en el libro de Rut: “Quítate la sandalia”. E inmediatamente se la quitó” (4,8). Y, como está escrito en el Deuteronomio, “la casa de él será llamada casa del descalzo” (25, 10).

    “Los llevará con las nalgas al aire”, para que todos vean su deshonra, “para vergüenza de Egipto”, o sea, de los amantes de este mundo. Los que quieren evitar esta vergüenza, hagan con sus pies pasos honestos; o sea, calcen sus sentimientos con la buena voluntad y sus obras con la humildad. Y así merecerán oír: “Los cojos caminan”

    9. “Los leprosos son purificados”. Se lee en el cuarto libro de los Reyes que “Naamán era un hombre importante y rico, pero leproso” (5, 1), porque, donde hay abundancia de riquezas y de placeres, hay también la lepra de la lujuria. Isaías, después de haber antepuesto las palabras: “La tierra está nena de plata y de oro, y sus tesoros no tienen fin”, añade en seguida: “Y esa tierra está llena de caballos” (2, 7-8), o sea, de lujuriosos, Se dice en el Éxodo que “con el oro se labró un becerro” (32, 4), porque con el oro de la abundancia se labra el becerro de la lujuria más descarada.

    Dice Isaías: “Allí pasta el becerro, y allí se recuesta, y allí ramonea todos los arbustos” (27, 10). Lo mismo dice Job de la lujuria: “Es un fuego que todo devora hasta la destrucción, y desarraiga todos los gérmenes” (31, 12). “Lávense”, oh leprosos, “purifíquense; quiten de la vista del Señor el mal” de la lujuria “de sus pensamientos. “Cesen de obrar viciosamente” (Is 1, 16), con su cuerpo, para que les sea dicho: “Los leprosos son limpiados”.

    10. “Los sordos oyen”. Y es lo que dice también Isaías: “En aquel día oirán los sordos las palabras del libro” (29, 18). Sordo suena como sórdido, porque en las orejas tiene la suciedad, que le obstruye el camino al oído. Los sordos son los avaros y los usureros, cuyos oídos están tapados por la suciedad del dinero. Dice el Salmo: “Su furor es como el de la serpiente, semejante al de la víbora sorda, que cierra sus oídos” (57, 5).

    Se dice que la serpiente, para no oír la voz del encantador, pega una oreja a la tierra y tapa la otra con la cola. Y la oreja, en latín aulís, se llama así, porque ávidamente arrebata o bebe, hauriat, el sonido.

    El infeliz avaro, o el usurero, se priva de sí gran don de la naturaleza y de la gracia. Para no arrebatar ávidamente la palabra de la vida ni recoger el sonido del predicador, se tapa los oídos del corazón; y lo hace con la tierra, o sea, con el amor del dinero ya acumulado, y con la cola, o sea, con la desenfrenada ambición de acumularlo aún más.

    Estos tales, si quieren oír las palabras del libro, o sea, del evangelio, que dice: “¡Bienaventurados los pobres!”; deben antes sacar de los oídos del corazón la tierra del dinero, deshonestamente acumulado, y extirpar del todo la cola, o sea, la ambición de acumular aún más. Así de ellos se podrá decir: “Los sordos oyen”.

    11.”Los muertos resucitan”. Y esto es lo que dice también Isaías: “Tus muertos revivirán, mis matados resucitarán” (26, 19). Los muertos son los golosos: “Su garganta es un sepulcro abierto” (Salm 5, 11), en el cual yacen sepultados los muertos. Isaías, de nuevo: “Ellos también se aturden por el vino y por la ebriedad se extravían; el sacerdote y el profeta perdieron la inteligencia por la ebriedad, se ahogan en el vino” (28, 7). Como el pan, mientras absorbe el vino, es absorbido por el vino y baja al fondo de la copa; así ellos, mientras absorben, son absorbidos y sepultados en el infierno de su vientre. El rico epulón, que todos los días banqueteaba espléndidamente, durante su vida, era de alguna manera sepultado en el infierno. En cambio, Lázaro, el mendigo, yacía fuera, a la puerta, y no dentro (Lc 16, 19-20); o sea, yacía hambriento fuera de la puerta, o sea, privado de los placeres de los cinco sentidos. Y también el Señor, como dice el Apóstol, padeció fuera de la puerta (Heb 13, 12). En cambio, el rico cada día se sepultaba a sí mismo dentro de la puerta, en el infierno, Y en el infierno del vientre, oh Señor, ¿quién canta tus alabanzas” (Salm 6, 6). “Tampoco los muertos, oh Señor, te alabarán” (Salm 113, 17).

    Los que quieren cantar las alabanzas del Señor, salgan del sepulcro de la gula; y de las tinieblas y del caos del infierno entren en la luz de la abstinencia de las bebidas y de los alimentos. A propósito dice Isaías: “Despiértense y canten himnos de alabanza, ustedes que habitan en el polvo, porque tu rocío es rocío de luz” (26, 19). Como el rocío refresca el calor y la luz ahuyenta las tinieblas, así la abstinencia mitiga las apetencias de la gula y de los vicios, y ahuyenta las tinieblas de la mente. Y de esta manera “los muertos resucitan a la vida”.

    12. “Los pobres son evangelizados”. Dice Isaías: “Los primogénitos de los pobres serán apacentados, y los indigentes se recostarán seguros”. Y de nuevo: “Los mansos se alegrarán en el Señor, y los pobres exultarán en el Santo de Israel” (14, 30; y 29, 19). Solamente los pobres, o sea, los humildes, son evangelizados, porque sólo la concavidad puede recibir lo que se le vierte, mientras la hinchazón (la convexidad) lo rechaza. “El que tenga sed, dice el Señor, venga a mí y beba” (Jn 7, 3 7), porque, como dice el Señor por Isaías, “yo derramaré agua para el sediento y corrientes de agua para la tierra árida” (44,3).

    Hoy son los pobres, los sencillos, los ¡letrados, los aldeanos y las viejitas, que tienen sed de la palabra de vida y del agua de la sabiduría salvadora. En cambio, los ciudadanos de Babilonia, que se embriagan con la copa de oro de la gran meretriz, y los sabios consejeros del faraón, que, como dice Job, “están llenos de palabras y son apremiados por el espíritu de su vientre ( su sensualidad); y su vientre está lleno de mosto que no tiene respiradero y desgarra los odres nuevos” (32, 18-19); créanme: no éstos tales, sino “los pobres son evangelizados”.

    13. “Y bienaventurado aquel que no se escandaliza de mí” (Mt li, 6). Cristo es la verdad. En Cristo hubo la pobreza, la obediencia y la humildad. Los que se escandalizan de estas cosas, se escandalizan de Cristo. Los verdaderos pobres no se escandalizan, porque sólo ellos son evangelizados, o sea, son apacentados por la palabra del evangelio, “porque ellos son el pueblo del Señor y las ovejas de sus pastos” (Salm 94, 7).

    De este pueblo, en el introito de la misa de hoy, se canta: “Pueblo de Sión, he ahí, el Señor viene para salvar a las naciones”. Es lo mismo que dice Isaías: “Ante todo, dirá a Sión: “¡Heme aquí!”, en su ayuda; “y daré a Jerusalén”, o sea, a la Iglesia, “un mensajero de buenas nuevas” (Is 41, 27), para que los pobres sean evangelizados y los pueblos se salven mediante el evangelio; “y el Señor hará oír la gloria de su alabanza para la alegría de su corazón” (Is 30, 30).

    14. Dice aún más Isaías: “El Señor consuela a Sión y consolará todas sus ruinas; convierte su desierto en un lugar de delicias y su soledad en un jardín del Señor. Allí habrá gozo y alegría, acciones de gracias e himnos de alabanza” (51, 3). Sión se interpreta “atalaya”. El pueblo de Sión son los pobres de espíritu que, levantados de las cosas terrenas y puestos en la más alta atalaya de la pobreza, contemplan al Hijo de Dios, peregrino en la tierra, pero glorioso en la patria celestial. Esta es la Sión que el Señor consuela; y el Señor consuela a los que carecen de bienes temporales con sus bienes eternos. Por esto añade: “Y consolará todas sus ruinas”. Cuando se desploma el edificio de la consolación mundana, en seguida el Señor erige la casa de la consolación interior. “Y convierte su desierto en un lugar de delicias”. El desierto de la pobreza exterior crea las delicias de la suavidad interior. El Señor llama espinas las riquezas de este mundo” (Mt 13, 22). Isaías llama delicias el desierto de la pobreza.

    ¡Oh espinas del mundo! ¡Oh desierto de delicias! La diferencia entre ustedes es tanta, cuanto distan la verdad de la falsedad, la luz de las tinieblas y la gloria del castigo. Las unas deleitan, las otras hieren. En las unas hay reposo, en las otras hay “vanidad y aflicción de espíritu” (Ecle 1, 14). De estas delicias dice el Señor: “Es mi delicia el estar con los hijos de los hombres” (Prov 8, 31), a los que la naturaleza engendró pobres -“Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí” (Job 1, 21)-, pero que la malicia hizo ricos, porque “los que quieren enriquecerse, caen en el lazo del diablo” (1Tim 6, 9). Es mi delicia el estar con los hijos de los hombres, no con los hijos de los demonios. ¡Oh pobreza, tú eres un objeto repugnante para los hijos de los demonios; pero tus delicias ofrecen a los que te aman el deleite de la dulzura eterna!

    “Y su soledad es como jardín del Señor”. La pobreza ama la soledad, porque, como dice Isaías, “en la soledad habitará el juicio” (o justicia) (Is 32, 16). Y Jeremías: “Impulsado por tu mano, estaba sentado solitario, porque me llenaste de amargura” (15, 17). El que quiere instituir un juicio sobre sí mismo, debe estar por lo menos en la soledad de la mente, de la que escribe el Eclesiástico: “Escribe la sabiduría en tus tiempos libres” (38, 25). Donde hay juicio, allí hay sabiduría; donde hay sabiduría, allí hay el jardín del Señor, o sea, el paraíso. Y como la verdadera pobreza es siempre alegre; por eso añade: “Gozo y alegría se hallan en ella”. Comenta la Glosa: “En Sión, que es comparada al paraíso, sólo debe haber gozo y alegría, acciones de gracias y cantos de alabanza, para que nos apliquemos aquí en la tierra a esas actividades que tendremos en el cielo, junto con los ángeles.

    15. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola:

    “Acójanse los unos a los otros, como Cristo los acogió para gloria de Dios” (Rom 15, 7). Como Cristo acogió a los ciegos para iluminarlos, a los cojos para hacerlos caminar, a los leprosos para limpiarlos, a los sordos para restituirles el oído, a los muertos para resucitarlos y a los pobres para evangelizarlos, así debemos acogernos los unos a los otros.

    Si tu prójimo está ciego por la soberbia, en cuanto depende de ti, procura iluminar sus ojos con el ejemplo de tu humildad; si anda cojo por la hipocresía, enderézalo con la acción de la verdad; si está leproso por la lujuria, límpialo con la palabra y el ejemplo de la castidad; si está sordo por la avaricia, muéstrale el ejemplo de la pobreza de Cristo; si murió por sus glotonerías y sus ebriedades, resucítalo con el ejemplo y la virtud de la abstinencia; y evangeliza a los pobres, enseñándoles la vida de Cristo.

    Hermanos queridísimos, imploremos humildemente al Señor que nos cure de las antedichas enfermedades del alma, y quiera acogernos junto a El, que es el bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III - Elogio del bienaventurado Juan

    16. “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿o qué fueron a ver? ¿A un hombre envuelto en vestidos mórbidos? Los que visten vestiduras mórbidas, viven en los palacios de los reyes” (Mt 11, 7-8). Vamos a estudiar qué significado moral tengan el desierto, la caña y el hombre envuelto en vestidos delicados.

    El desierto simboliza la orden religiosa. Tenemos una concordancia en Isaías: “Se alegrarán el desierto y la tierra inaccesible; y la soledad se gozará y florecerá como el lirio. Germinando germinará (o germinará profusamente), y exultará de gozo y en cantos de alabanza” (35, 1-2). En toda orden religiosa, tres cosas se deben Observar de modo absoluto: la pobreza, la castidad y la obediencia. Estas tres virtudes se destacan en la cita de Isaías: la pobreza, cuando dice: “Se alegrará el desierto”; la castidad, cuando dice: “Y florecerá como el lirio”; y la obediencia, cuando concluye: “Germinando germinará”..

    La pobreza: “Se alegrará el desierto”. Considera que cualquier religioso, que quiere Observar de veras la pobreza, debe hacer tres cosas: primero: renunciar a todo bien terreno; segundo: no tener alguna voluntad de poseer algo en el futuro; tercero: soportar con paciencia las estrecheces de la misma pobreza. Estas tres disposiciones están simbolizadas en las palabras: desierto, tierra inaccesible y soledad.

    La vida de todo religioso debe ser desierta, en la renuncia a todo bien terreno; inaccesible, o sea, sin caminos, o sea, que en su voluntad no quede ni la huella de poseer algo. A propósito de estas dos actitudes dice Isaías: “El desierto llegará a ser un Carmelo, y el Carmelo será considerado un bosque” (32, 15). Carmelo se interpreta “conocimiento de la circuncisión”. Entonces el desierto, o sea, la orden religiosa, llegará a ser un Carmelo, o sea, una circuncisión en relación con la renuncia a los bienes terrenos; y la renuncia a los bienes será un bosque en relación a la voluntad de no poseer. El que se libera de estas dos cadenas, con razón puede alegrarse y cantar: “Mi alma se escapó de los lazos de los cazadores” (Salm 123, 7). “Así se alegrarán el desierto y la tierra inaccesible”.

    A estas dos cosas se debe añadir la tercera; o sea, que el religioso sepa “padecer hambre y sed y soportar penurias” (Filp 4, 12). Y así será que la soledad exulte, cuando soporte con paciencia estas cosas y otras semejantes.

    17. La castidad: “Florecerá como el lirio”. El lirio suena como “lácteo”, y simboliza el candor de la castidad. Dice Jeremías: “Sus nazireos (consagrados) eran más cándidos que la nieve, más blancos que la leche” (Lam 4, 7). A ellos el Señor les promete en Isaías: “No diga el eunuco: “He ahí, yo soy como un árbol seco, porque esto dice el Señor: “A los eunucos que Observan mis sábados y escogen lo que yo quiero, y guardan mi alianza, les daré en mi casa y dentro de mis muros un lugar y un nombre más valioso que hijos e hijas. Les daré un nombre perpetuo, que jamás será cancelado” (56, 3-5).

    O sea, a aquel que se volvió eunuco por el reino de los cielos y prometió la continencia, que guarda la pureza del corazón, que es el sábado del pecho, y que escogió la continencia del cuerpo -como dice el Apóstol: “Esta es la voluntad de Dios: su santificación, para que cada uno de ustedes sepa mantener su cuerpo con santidad y honor” (1Tes 4, 3-4)- ; a aquel que Observa la alianza contraída conmigo en el bautismo, daré en mi casa, en la que hay muchas mansiones, y dentro de mis muros -de los que dice el Apocalipsis, que “están construidos con jaspe” (21, 18), piedra de color verde, en la cual está simbolizada la felicidad de una eterna lozanía-; les daré un lugar, del que dice Juan: “Voy a prepararles un lugar” (14, 2), y un nombre, más valioso que haber engendrado hijos e hijas.

    Será un nombre eterno, como se dice en el Apocalipsis: “Y escribiré en él el nombre de mi Dios, el nombre de la nueva ciudad de Jerusalén y mi nombre nuevo” (3, 12). Tendrá el nombre de Dios, porque será semejante a Dios y lo verá como es (1 Jn 3, 2); más aún: “Yo dije: “Ustedes son dioses” (Salm 81, 6). Tendrá el nombre de Jerusalén, porque estará en la paz; tendrá el nombre de Jesús, porque fue salvado. “Les daré un nombre eterno, que no perecerá”, o sea, que jamás será cancelado por el olvido.

    18. La obediencia: “Germinando germinará, y exultará de gozo y en voces de alabanza”. Observa que la verdadera obediencia tiene en sí misma las cinco cualidades, indicadas por las palabras sobredichas. La verdadera obediencia es humilde, obsecuente, pronta, alegre y perseverante.

    Humilde en el corazón: esto está indicado en la palabra “Germinando”. El germen es el inicio de la flor; y la humildad es el inicio de toda obra buena. Obsecuente en la voz: y esto está indicado por “germinará”. De la humildad del corazón procede el respeto de la voz.

    Pronta al mandato: esto concuerda con “exultará”. Dice el Salmo: “Exultará como un héroe para recorrer su camino” (18, 6).

    Alegre en el sufrimiento, como está indicado por las palabras “llena de gozo”.

    Perseverante en el cumplimiento de los mandatos, y entonces “estará llena de alabanzas”, porque toda alabanza se canta al final.

    Oh religiosos, así debe ser el “desierto” de la vida religiosa, en la cual vinieron a habitar, saliendo de la vanidad del mundo. Por esto el Señor les pregunta: “¿Qué fueron a ver al desierto?”.

    19. “¿Una caña sacudida por el viento?”. La caña es llamada en latín arundo, y suena como árida o también aura ducta, impulsada por el aire. Observa que la caña tiene las raíces en el pantano, símbolo de la gula y de la lujuria; está vacía por dentro y es hermosa por fuera, y en esto simboliza la hipocresía y la vanagloria; y es agitada de una parte a otra por el viento, y esto simboliza la inestabilidad de la mente.

    ¡Desgraciado el claustro, maldito el “desierto” de aquella orden religiosa, en el cual se pone y crece tal planta! “El hacha será puesta a la raíz, para cortarla y echarla al fuego” (Mt 3, 10).

    Dice el Señor en Isaías: “Plantaré en el desierto el abeto, el olmo y el boj” (41, 19); pero no la caña sacudida por el viento. En el abeto está figurada la familiaridad con las cosas celestiales; en el olmo, que sostiene la parra, la compasión del prójimo; en el boj, que es de color pálido, la mortificación del cuerpo. Con estas plantas debe ser cultivado y adornado el “desierto” bendito, el paraíso de la orden religiosa, no con la caña sacudida por el viento y destinada a ser quemada.

    “Pero, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre vestido con molicie?” (Mt 11, 8). El mismo evangelista Mateo nos relata que “Juan llevaba un vestido de pelo de camello y un cinturón de piel alrededor de sus lomos. Su comida eran las langostas y la miel silvestre” (3, 4). Miren un poco, se lo ruego, si los religiosos de nuestro tiempo se ponen esos vestidos y se nutren con esos alimentos.

    “He ahí: los que llevan vestiduras delicadas, están en los palacios de los reyes” (Mt 11, 8). No digo la orden religiosa; sino que una legión de demonios hizo del desierto un palacio, de los claustros un castillo, de la soledad una regia corte. Tanto el religioso como el guerrero cortan el vestido del mismo paño.

    En cambio, el amante del desierto, el más grande de los profetas, tuvo su vestido de pelo de camello. Si el bienaventurado Juan, anunciado por el ángel, santificado en el seno materno, elogiado por el Señor: “Entre los nacidos de mujer no hay mayor profeta que Juan el Bautista” (Lc 7, 28), fue de tanta austeridad, ¿qué debemos hacer nosotros, concebidos en el pecado, agravados de pecados y dignos de ser desechados por el Señor, si no interviniera su misericordia? ¿Con cuántas penitencias y con cuánto rigor deberíamos castigarnos?

    Pues bien, en el “desierto” de la penitencia haya pobreza en el vestido y austeridad en los alimentos, para poder llamarnos religiosos, o sea, re-ligados, separados de todo placer de la carne.

    20. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “El Dios de la esperanza los llene de todo gozo y paz” (Rom 15, 13). Dice Isaías: “Los que esperan en el Señor, renuevan sus fuerzas, despliegan alas como las águilas, corren y no se cansan, avanzan y no desfallecen” (40, 3 1).

    Los que esperan no en sí, sino en el Señor, que es el Dios de la esperanza, renuevan sus fuerzas, para ser fuertes en El, y débiles en el mundo. “Este cambio fue producido por la derecha del Altísimo” (76, 11). “Despliegan las alas” de la doble caridad, con las cuales volarán al cielo como águilas.

    El águila, según los naturalistas, frotando contra una piedra el pico, encorvado por la excesiva vejez, rejuvenece. Así los que destruyen la vejez del pecado mediante la piedra, que es “Cristo”, mueren al mundo y rejuvenecen en Dios. “Tu juventud se renovará como el águila” (Salm 102, 5).

    Correrán para conquistar el premio de la eterna felicidad y no se cansarán, porque “para el que ama, nada es difícil”; caminarán de virtud en virtud y no desfallecerán, porque vivirán eternamente. El Dios de la esperanza “los llene de todo gozo”. Dice Isaías: “Alégrense con Jerusalén, ustedes todos los que lloraban sobre ella. Así absorberán y se saciarán con la abundancia de sus consuelos” (66, 10-11)

    “Los llene de paz”, de la que habla Isaías: “Por gobernante te daré la Paz” (60, 17): la paz “en la fe”. De nuevo Isaías: “Si ustedes no creen, no subsistirán” (7, 9); “para que abunden en la esperanza y en el poder del Espíritu Santo” (Rom 15, 13). E Isaías: “Tú fuiste refugio para el pobre, sostén para el necesitado en su sufrimiento, resguardo contra la tormenta”, o sea, contra la sugestión diabólica, “sombra contra el ardor del día”, o sea, contra las tentaciones de la carne (25, 4).

    Si el religioso se llena con estos tres dones: la esperanza, el gozo y la paz: esperanza en relación a la pobreza, que sólo en Dios espera; gozo en relación a la castidad, sin la cual no hay gozo de conciencia; y paz en relación a la obediencia, fuera de la cual no hay paz para nadie: “No hay paz para los impíos, dice el Señor” (57, 21), esté seguro que abundará también en la esperanza y en el poder del Espíritu Santo, para vivir confiado en el “desierto” de la vida religiosa.

    Hermanos queridísimos, roguemos al Señor Jesucristo, que nos preserve de ser caña sacudida u hombres envueltos en vestidos delicados; y nos haga habitar en el desierto de la penitencia como pobres, castos y obedientes.

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios digno de alabanza, dulce y amable, bendito y bienaventurado, por los siglos eternos.

    Toda orden religiosa, pura y sin mancha, diga: “ ¡Amén! ¡Aleluya!”.

    Cita bíblica