Pascua del Señor
Exordio.
Sermón al predicador
1. En aquel tiempo: “María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé compraron especias aromáticas, para ir a embalsamar a Jesús…” (Mc 16, 1).
Dice el Eclesiástico: “El boticario hace sus pigmentos y prepara ungüentos saludables” (38, 7). Son llamados pigmentos -que podrían también llamarse piligmentos- porque son labrados en la pila (mortero) con la maza. Los pigmentos son aquellas especias, de las que el alma penitente dice en el mismo Eclesiástico: “Como mirra exquisita emané un aroma suave: como el estacte, el gálbano, el ónix y la gutapercha” (esencia gomosa) (24, 20-21).
Estas esencias, como dice la Glosa, son pigmentos preciosos para los médicos, y simbolizan las diferentes virtudes que los verdaderos médicos, o sea, los médicos del espíritu, usan para curar a los hombres. En la mirra se indica la penitencia, que sólo es genuina si le mezclan estas cuatro esencias: el estacte, el gálbano, el ónix y la gutapercha. El estacte es una esencia de perfume agradabilísimo, destilado de una planta que lo emana como un líquido mieloso. El gálbano es una resina que ahuyenta con su olor a las serpientes. El ónix, nombrado también en el Éxodo (30, 34), es una piedra preciosa, que deriva del griego onyx y se dice en latín úngula, uña, porque se asemeja a la uña del hombre. La gutapercha es una esencia que cura toda callosidad y mitiga las hinchazones. En el estacte está simbolizada la compunción de las lágrimas que despiden perfume en presencia de Dios, y al alma penitente son más dulces que la miel y que un panal de miel. En el gálbano está indicada la confesión, que ahuyenta a las serpientes, o sea, a los demonios. En la gutapercha está señalada la humildad de la satisfacción, que cura la dureza de la mente y reprime la soberbia del cuerpo. Sin embargo, no es llamado bienaventurado el que comienza, sino el que persevera hasta el fin; y por eso a las tres esencias anteriores hay que añadir el ónix, la uña, que es la parte extrema del cuerpo y simboliza la perseverancia final. El boticario, o sea, el predicador, debe pisar estas especias en el mortero, o sea, en el corazón del pecador, debe obrar con la maza de la predicación y debe incorporar el bálsamo no mezclado con la divina misericordia, para que tengan un sabor más agradable para el paladar del alma penitente. “Y prepara ungüentos saludables”. La unción (cualidad espiritual), que enseña al hombre todas las cosas que le son necesarias, se prepara con dos elementos: el vino y el aceite; el vino, que fluye de la verdadera vid, exprimida por el lagar de la cruz, y el aceite, con el cual fue ungida la Iglesia primitiva, el día de Pentecostés, o sea, la sangre de Cristo y la gracia del Espíritu Santo. Con estos dos elementos el boticario debe preparar los ungüentos para poder ungir, junto con las tres mujeres, los miembros de Cristo, que son los fieles de la iglesia. Se lee en el evangelio de hoy: “María Magdalena, y María de Santiago y Salomé compraron los aromas, para ungir el cuerpo de Cristo”.
2. Observa que en este evangelio se destacan estos cuatro momentos. Primero: la devoción de la santas mujeres y la compra de los aromas, como se lee: “María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron los aromas”. Segundo: remoción de la piedra, como se lee: “Las mujeres se preguntaban una a otra: “¿Quién nos correrá la piedra?”. Tercero: la visión de los ángeles: “Entrando en el sepulcro”… Cuarto: la resurrección de Jesucristo: “El les dijo: “¡No tengais miedo!”.
I La devoción de las santas mujeres y la compra de aromas
3. “María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron los aromas”. En estas tres mujeres están indicadas tres virtudes de nuestra alma, o sea, la humildad de la mente, el desprecio del mundo y el encanto de la paz, En la Magdalena, de la aldea de Magdala, que se interpreta “torre”, está indicada la humildad de la mente; en María de Santiago, que se interpreta “suplantadora”, madre de Santiago el Menor, está indicado el desprecio del mundo; en Salomé, que quiere decir “pacífica”, madre de Santiago y de Juan el evangelista, está simbolizado el encanto de la paz.
Estas tres mujeres son llamadas con un solo nombre: María, que se interpreta “iluminación”, porque las tres virtudes iluminan la mente del hombre, en el cual residen. Vamos a decir algo de cada una de ellas.
María Magdalena es la humildad de la mente que, mientras se considera a sí misma una nada, tanto más se eleva como una torre. Por eso dice Santiago: “El hermano humilde gloríese en su exaltación” (1, 9), porque de donde viene la humildad, de ahí viene la exaltación. De esta torre se dice en el Génesis, que Jacob “plantó una tienda más allá de la torre de la grey” (35, 21). En la torre está indicada la humildad, en la grey la verdadera sencillez. Jacob, o sea, el justo, planta la tienda de su vida, en la cual milita -ya que “milicia es la vida del hombres sobre la tierra” (Job 7, 1)- más allá de la torre de la grey, porque persevera constante en la humildad, que es la madre de la pura sencillez. Y observa que dice “más allá de la torre” y no “en la torre”, porque el justo, mientras vive aquí abajo, se reputa más modestamente de lo que sea en la realidad.
De Magdalena dice Juan: “María estaba fuera llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó y miró dentro del sepulcro. Y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera y el otro a los pies del lugar, donde habían colocado el cuerpo de Jesús” (20, 11-12). Presta atención a cada una de las palabras. El sepulcro, llamado en latín monumentum, monumento, porque amonesta la mente a acordarse del difunto, está a significar el pensamiento de nuestra muerte y el pensamiento de nuestra sepultura. Estos pensamientos nos exhortan a condolemos en nuestra mente y a persistir en las obras de penitencia.
“María estaba fuera del sepulcro”, porque el humilde piensa asiduamente en la muerte, para que, cuando llegue, lo encuentre velando. ¿Y qué actitudes tenía? Estaba fuera, llorando: fuera, no dentro. En las afueras no hay más que “llanto y recios lamentos”. Raquel -que se interpreta “oveja”, o sea, el alma simple del penitente “llora a sus hijos”, o sea, sus obras, que a causa del pecado están muertas, “y no quiere ser consolada, porque no existen más” (Gen 29, 25) esas obras, que eran tan vivas antes que fueran muertas. ¡Ay de mil ¡Qué fácil es el descenso, y qué difícil el ascenso! “¡Se destruye en breve, lo que costó tanto tiempo conquistar!” (Catón).
“Mientras lloraba, se inclinó y miró dentro del sepulcro”. He ahí la verdadera humildad del penitente. Presta atención a estos tres verbos: lloró, se inclinó y miró. Lloró: he ahí la contrición; se inclinó: he ahí la confesión; miró: he ahí la satisfacción, a la que se compromete con seriedad, cuando dirige la mirada hacia su sepulcro, o sea, piensa en su muerte.
“Y vio a dos ángeles”. Estos dos ángeles -ángel significa “mensajero” simbolizan en sentido moral nuestro miserable ingreso a la vida y nuestra amarga partida (de este mundo). Nosotros, que somos el cuerpo de Jesucristo, procuremos tener a estos dos ángeles, uno a la cabecera y otro a los pies de nuestra vida, mientras reflexionamos sobre nuestra miserable entrada y nuestra partida. Con razón son llamados ángeles, porque nos anuncian la fragilidad de nuestro cuerpo y la vanidad de este mundo.
Estos son los dos ángeles, que, como se lee en el Génesis, “sacaron a Lot de Sodoma y le dijeron: “Salva tu vida; no mires detrás de ti ni te detengas en toda esta llanura. Sálvate en el monte, para no perecer con todos los otros” (19, 17). Cualquiera que medite sobre su entrada y sobre su partida de esta vida, en seguida saldría de Sodoma, o sea, del hedor del mundo y del pecado; y así salvaría su alma. No se volvería hacia atrás, o sea, hacia los pecados pasados, ni se detendría en algún lugar de los alrededores -se detiene en los alrededores el que, después de haber abandonado el pecado, no huye de las ocasiones ni de las fantasías de pecado-, sino que se salvaría en el monte, o sea, en una vida perfecta. Con razón en la Magdalena se designa la humildad.
4. A la Magdalena se asocia felizmente María de Santiago, que se interpreta “suplantadora”. Ella simboliza el desprecio del mundo, por el que uno pisotea bajo sus pies, como barro, todas las cosas transitorias y echa fuera la levadura de su anterior conducta. Dice el Apóstol en la epístola de hoy: “Echen fuera la vieja levadura, para ser masa nueva, porque son ázimos (puros). Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1Cor 5, 7).
Fermento deriva de fervor, o hervor. Más allá de la primera hora, ya no puede ser frenado, porque crece y excede toda medida. En griego se dice zyma (del que viene ázimo, sin fermento, o sea, puro). “Sea expurgado el viejo fermento, para que se anuncie abiertamente la nueva resurrección” (Secuencia de Adán de San Víctor).
El fermento simboliza la codicia de los bienes terrenales y la concupiscencia de los deseos carnales que, cuando comienzan a hervir, exceden toda medida. En efecto, el avaro no se harta de plata ni el lujurioso se harta con los placeres de la carne.
Dice Isaías: “Los impíos, o sea, los avaros y los lujuriosos, son como un mar agitado que no puede aplacarse y cuyas olas traen a la superficie suciedad y barro. No hay paz para los impíos, dice el Señor” (57, 20-21). Las olas del mar agitado y tempestuoso simbolizan los deseos del hombre perverso, que pisotean su alma y la reducen miserablemente a suciedad y barro, en los que los puercos, o sea, los demonios, de buenas ganas se revuelcan. ¡Echen fuera, pues, la vieja levadura!
Por eso el Señor manda: “Durante siete días no se halle nada fermentado en sus casas. Si alguien come algo fermentado, su alma perecerá de la tierra de Israel” (Ex 12, 19). Durante siete días, o sea, por todo el tiempo de nuestra vida, que evoluciona en el giro de siete días (o épocas), no se halle en sus casas, o sea, en sus corazones, nada fermentado, o sea, abrasado en la concupiscencia mundana y carnal. Diversamente, el alma del que habrá comido, perecerá de la tierra de Israel, o sea, de la vida eterna, en la cual contemplaremos a Dios cara a cara. ¡Echen fuera, pues, el viejo fermento, para ser masa nueva, ya que son ázimos, o sea, puros! Se lee en el Éxodo: “El pueblo tomó la harina amasada, antes que fermentara, y, envuelta en sus mantos, la puso sobre sus hombros”. Y poco después: “Cocieron la harina amasada, traída de Egipto, y se prepararon panes ázimos, cocidos al rescoldo” (12, 34 y 39). En esta cita se distinguen tres instancias: la contrición, la confesión y la satisfacción. La harina, dicha así de farro (cebada), que es alimento de los enfermos, simboliza la penitencia, que es el alimento de los pecadores. Esa harina debemos amasarla con el agua de la contrición y envolverla en los mantos, o sea, en nuestras conciencias, con el vínculo de la confesión, y llevarla sobre nuestros hombros a través de las obras de la satisfacción. Para que esta harina no fermente, debemos cocerla con el fuego, o sea, con el amor del Espíritu Santo, y preparar unos panes cocidos al rescoldo, viático de nuestra condición mortal, panes ázimos de la sinceridad y de la verdad, viviendo en la sinceridad con respecto a nosotros y en la verdad con respecto a Dios y al prójimo.
5. “Cristo, nuestra pascua, ya fue sacrificado por nosotros”. Según Agustín, “pascua no deriva de la pasión, sino del “pasaje”, porque en ese día “pasé” el exterminador por Egipto, o pasó el Señor para liberar a su pueblo”.
Con el mismo nombre de pascua indicaban al Cordero, que en este día pasaría” de este mundo al Padre. Y observa que son llamados “pascua” tanto el Cordero como la hora vespertina, en la cual el Cordero era sacrificado, en la décima cuarta luna del primer mes. Y son llamados también “días de los ázimos” los que iban de la décima quinta luna hasta la vigésima primera del mismo mes. Con todo, los evangelistas, indiferentemente, escriben “días de los ázimos” por “pascua” y “pascua” por “días de los ázimos”. Por ejemplo, Lucas: “Se acercaba el día de fiesta de los ázimos, que es llamado pascua” (22, 1), “Cristo, nuestra pascua, fue sacrificado”.
Comamos, pues, en esta solemnidad pascual a este Cordero “asado” por nosotros en la cruz e inmolado al Padre para la reconciliación del género humano; comámoslo con las hierbas agrestes, como fue ordenado a los hijos de Israel, o sea, con el dolor y contrición del corazón” (Glosa).
Dijo el Señor: “Lo comerán así: “Ciñan sus riñones, calzarán las sandalias a los pies, tendrán en sus manos el bordón y comerán apresuradamente, porque es la pascua, o sea, el pasaje del Señor” (Ex 12, 11).
Presta atención a estas tres palabras: los riñones, las sandalias y los bordones. Los riñones (en latín, renes) se llaman así, porque de ellos nacen tres arroyuelos (en latín, rivi) de líquido repugnante. En efecto, las venas y las vísceras secretan un líquido tenue en los riñones, que, liberado de los riñones, baja excitando los sentidos, “La secreción de los riñones es caliente, y los riñones están rodeados de mucha gordura” (Aristóteles). Con razón decía el Señor: “Ciñan sus riñones”, o sea, repriman con la mortificación de la carne el ardor de la lujuria. Las sandalias simbolizan los ejemplos de los santos. Con ellos debemos proteger nuestros pies, o sea, los afectos de la mente, para que con toda seguridad podamos caminar sobre las serpientes, o sea, las sugestiones del diablo, y sobre los escorpiones, o sea, sobre las falsas promesas del mundo.
Los bordones en las manos simbolizan las palabras de la predicación, traducidas en vivencias.
Entonces, el que quiere recibir dignamente el cuerpo de Cristo, ciña los riñones con el cinturón de la castidad, proteja los afectos de la mente con los ejemplos de los santos y traduzca las palabras en obras; y así con los auténticos israelitas celebrará la verdadera pascua, para pasar de este mundo al Padre.
De este pasaje dijo un filósofo: “El mundo es como un puente: pasa por él sin detenerte”. Y otro: “Este mundo es un puente poco seguro: su entrada es el vientre de la madre, su salida es la muerte”. Es, pues, óptima cosa edificar la torre de la humildad con María Magdalena, y “suplantar”, o sea, atravesar el mundo, junto con María, madre de Santiago.
6. A las dos Marías se añade la tercera, o sea, Salomé, que es “la abundancia de la paz”. Dice el Eclesiástico: “Mi espíritu se complace en tres cosas, gratas a Dios y a los hombres: la concordia entre los hermanos, la amistad entre vecinos y la armonía gozosa entre el marido y la mujer” (25, 1-2). De esta triple paz nacen el gozo de Dios y de sus ángeles y la felicidad para los hombres. Concluye el Profeta: “¡He aquí: qué bueno y suave es que los hermanos vivan en unión!” (Salm 132, 1).
“María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron aromas, para ir a ungir el cuerpo de Jesús”. Escribe Lucas: “Las mujeres, que con El habían venido desde Galilea, observaron el sepulcro y cómo había sido colocado el cuerpo de El. Volvieron atrás y prepararon los aromas y los ungüentos; y, como era sábado, observaron el reposo, como estaba prescrito” (23, 55-56).
La Glosa comenta así a Mateo (28, 1): “Estaba prescrito que el silencio del sábado fuera observado de una víspera a la otra. Por eso, las piadosas mujeres, después de la sepultura de Jesús, mientras todavía estaba permitido el trabajo -o sea, el día de la parasceve (Viernes Santo) hasta el ocaso del sol-, se ocuparon en la preparación de los ungüentos. Pero, por el poco tiempo a disposición, no pudieron completar los preparativos; por eso, en seguida, pasado el sábado, o sea, al ocaso del sol, se apresuraron a comprar los aromas, para estar listas, la mañana siguiente, a ir a embalsamar el cuerpo de Jesús”. Estas piadosas mujeres se apresuraron y se fatigaron en la preparación de los ungüentos, «como se fatigan las abejas en la elaboración de la cera y de la miel.
Dice la Historia Natural que las actividades de las abejas son bien diferentes entre ellas. Algunas producen la cera y otras la miel; algunas llevan el agua; otras amontonan la miel y la prensan; algunas salen al trabajo al comienzo del día y otras descansan hasta ser despertadas por una compañera. Después, todas juntas salen afuera a trabajar (Aristóteles). En la abeja que despierta a las otras, yo veo a la bienaventurada Magdalena, la cual, como mucho amaba, tal vez estimulaba a las otras a preparar los ungüentos.
En cambio, la bienaventurada Virgen María, después de la sepultura de su Hijo Jesús, jamás se alejó, según la opinión de algunos, sino que siempre permaneció allí velando en lágrimas, hasta que mereció ser la primera en verlo resucitar. Por esto los rieles festejan en su honor el sábado.
7. Las almas rieles, iluminadas por semejante esplendor de humildad, pobreza y paz, compren, con el dinero de la buena voluntad, marcado con la imagen del emperador, aquellos aromas, de los que habla el Señor a Moisés: “Procúrate aromas: mirra seleccionada y virgen, cinamomo, canela, casia y aceite de olivo; y con ellos elaborarás el óleo para la sagrada unción, preparado con el arte del perfumador; y con él ungirás la tienda del testimonio, el arca de la alianza, la mesa con todos sus utensilios, el candelabro con sus aparejos, el altar de los inciensos y el altar del holocausto” (Ex 30, 23-28).
En la mirra seleccionada y virgen está indicada la devoción de la mente, que, más que cualquier otra cosa, debemos elegir. En el cinamomo, que es de un color ceniza, está indicado el pensamiento de la muerte; en la canela olorosa, la melodía de la confesión. En la casia, que vive en lugares húmedos y crece muy alta, está indicada la fe, que se nutre del agua del bautismo y se eleva en alto por la caridad. En el aceite de olivo está indicada la misericordia del corazón. Con estos cinco elementos debemos elaborar el ungüento sagrado que nos santifica, confeccionado con el arte del perfumador, o sea, del Espíritu Santo.
Con este ungüento deben ser ungidas estas cinco cosas: la tienda del testimonio, o sea, los pobres de Jesucristo, signados con el carácter de su pobreza, que, mientras están en este mundo, están como en el destierro, lejos del Señor; el arca de la alianza, o sea, los que en un carro nuevo, o sea, con el corazón y cuerpo renovados por la penitencia, llevan el arca de la obediencia; la mesa con sus vasos, o sea, los que ofrecen a todos los doce panes, o sea, la doctrina de los doce apóstoles, con un puñado de incienso, que es la humildad y la devoción de la mente, y con patena de oro, o sea, la luz de la caridad fraterna; el candelabro y sus utensilios, o sea, todos los prelados de la santa iglesia, que no esconden el candelabro de su dignidad bajo el almud, o sea, bajo la ganancia temporal, sino que lo colocan en el monte de una vida de gran perfección, para que ilumine y muestre el camino a todos los que están en la casa, o sea, en la iglesia; y todo esto vale no sólo para el candelabro, sino también para todos sus utensilios, o sea, para todos los demás que tienen una dignidad menor; y finalmente los dos altares del holocausto y del incienso. En el altar del holocausto están indicados los de vida activa, que se consagran totalmente a las necesidades del prójimo; y en el altar del incienso están indicados los contemplativos, que experimentan la suavidad de las dulzuras celestiales.
Pues bien, con ese ungüento, confeccionado por obra del Espíritu Santo, deben ser ungidos todos los que hemos nombrado, que son los miembros de Jesucristo, crucificados en la cruz de la penitencia, muertos al mundo y alejados de la agitación de los hombres, porque encerrados en el sepulcro de las cosas celestiales.
8. “María Magdalena, y María de Santiago y Salomé compraron aromas, para ir a embalsamar el cuerpo de Jesús. Y muy de madrugada, el primer día después del sábado, fueron al sepulcro, apenas salido el sol” (Mc 16, 1-2).
Mateo escribe: “La tarde del sábado, después que inició el primer día después del sábado, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro” (28, 1). Y Lucas: “El primer día después del sábado, muy de madrugada, fueron al sepulcro, llevando los aromas que habían preparado” (24, 1). Y Juan: “El primer día después del sábado, María Magdalena se dirigió al sepulcro muy de mañana, cuando todavía era oscuro” (20, 1).
Marcos dice: “Muy de madrugada” y en esto no se aparta ni de Lucas ni de Juan. En cambio, Mateo, al hablar de la primera parte de la noche, o sea, de la tarde, quiere indicar la noche, a cuyo fin (o sea, de mañana) se encaminaron al sepulcro. Por esto debes entender as!: a la tarde, o sea, en la noche que sigue al sábado, , que amanece, o sea, termina con la luz, porque el crepúsculo no es la primera parte de la noche, sino la última parte. Entonces, la tarde del sábado, o sea, al comienzo de la noche del sábado, ciertamente comenzaron a ponerse en movimiento y a comprar los aromas, pero llegaron (al sepulcro) a los primeros albores del día. Lo que Mateo, por amor a la brevedad, dice de manera poco clara, los otros lo dicen explícitamente. Y he aquí el sentido moral. “muy de madrugada, el primer día después del sábado”. De madrugada, o sea, en los comienzos de la gracia, sin la cual en el alma reina la muerte. Dice el Profeta: “De mañana estaré delante de ti” (Salm 5, 4), “recto y erecto, como me hiciste recto y erecto” (Agustín). El primer día después del sábado, las piadosas mujeres llegan al sepulcro. se dice claramente que llegan al sepulcro el primer día después del sábado, porque si el alma no desiste de la preocupación por las cosas temporales, no puede acercarse a Dios. Dice el Señor por boca de Jeremías: “Cuiden sus vidas: no lleven cargas el día sábado, ni las introduzcan por las puertas de Jerusalén” (17, 2 1). Sábado se interpreta reposo”. Jerusalén es el alma, y las puertas son los cinco sentidos del cuerpo. Llevan cargas el día sábado y las introducen en Jerusalén los que, complicados en los afanes de las cosas temporales, a través de las puertas de los cinco sentidos, introducen en el alma las cargas de los pecados, o sea, el bagaje de las preocupaciones de este mundo; y entonces no preservan el alma del pecado. En cambio, las almas fieles, eliminado todo zumbido de las moscas de Egipto, “el primer día después del sábado, se dirigen al sepulcro”.
II Remoción de la piedra de la entrada del sepulcro
9. “Las mujeres decían entre sí: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”. Pero, al mirar, vieron removida la piedra que era muy grande” (Mc 16, 3-4).
Sentido alegórico. La remoción de la piedra nos recuerda la revelación de los sagrados misterios de Cristo, que estaban tapados por el velo de la letra de la ley. La ley estaba escrita en la piedra y, removida su cobertura, se mostró la gloria de la resurrección, y comenzaron a ser proclamadas en todo el mundo la abolición de la muerte antigua y la vida sin fin, en la que nos era dado esperar (Glosa).
Sentido moral. Se remueve la piedra, cuando por medio de la gracia se quita todo el peso del pecado. Cuándo esto suceda y cómo deba comportarse el hombre para que esto suceda, nos lo dice el Génesis: “Era costumbre, que, cuando estaban reunidas todas las ovejas, entonces se removía la piedra de la boca del pozo” (29, 3). Si quieres que sea removida la piedra del pecado, que te impide levantarte, reúne alrededor de Cristo a las ovejas, o sea, los buenos pensamientos. Añade el Génesis: “He aquí que llegó Raquel con las ovejas de su padre, ya que ella pastoreaba el rebaño” (29, 9). Raquel, que se interpreta oveja”, pastorea a las ovejas, porque el hombre sencillo alimenta buenos pensamientos.
Todavía, en sentido moral. va al sepulcro el que se propone hacer penitencia en algún monasterio o en una orden religiosa. Pero, considerando la grandeza de la piedra, o sea, las dificultades de la vida religiosa, se pregunta:
¿Quién me removerá la piedra de la puerta del sepulcro?”. Grande es la piedra, difícil es el ingreso, y difíciles son las velas continuas, los frecuentes ayunos, la frugalidad de los alimentos, el sayal burdo, la severa disciplina, la pobreza voluntaria, la obediencia solícita; y ¿quién me removerá esta piedra de la puerta del sepulcro? ¡Oh mentes afeminadas! Acérquense y miren, no desconfíen y verán que la piedra ya está removida. “Un ángel, dice Mateo, bajó del cielo, removió la piedra y se sentó sobre ella” (28, 2). El ángel es la gracia del Espíritu Santo, que quita la piedra de la puerta del sepulcro, sostiene nuestra fragilidad, mitiga toda aspereza y endulza con el bálsamo de su amor toda amargura. “El caballo, o sea, la buena voluntad, está preparado para la batalla; pero es el Señor el que da la salvación” (Prov 21, 3 1). “Nada es difícil para el que ama” (San Bernardo).
III Visión del ángel
10. “Las mujeres entraron en el sepulcro y vieron a un joven, sentado a la derecha, vestido de una estola cándida; y quedaron atónitas” (Mc 16, 5).
Sentido moral. El sepulcro es la vida contemplativa, en la que el hombre, como en un sepulcro, muerto al mundo, se sepulta en el escondimiento. Dice Job: “Entrarás en el sepulcro en la abundancia, como a su tiempo se recoge el montón de trigo” (5, 26). El justo, venteadas las pajas de las cosas temporales, al salir del mundo, en la abundancia de la gracia divina, entra en el sepulcro de la vida contemplativa, en la cual se guarda como un montón de trigo, porque su alma se sacia con celestiales dulzuras en la contemplación. El justo, al entrar en el sepulcro, ve a un joven sentado a la derecha, vestido de estola cándida. El “joven”, llamado así porque dispuesto a ayudar (en latín, iuvare), es el Hijo de Dios, que como joven nos ayuda y está siempre dispuesto a ayudarnos. Con razón se dice que estaba sentado a la derecha. Se dice “derecha”, como dando cosas hacia fuera (latín: dextera, dans extra). El nos ayudó de manera admirable, dándonos su divinidad y recibiendo nuestra humanidad, para que nosotros, que estábamos fuera, estuviésemos dentro. Para que nosotros entráramos, él salió y se cubrió de la estola cándida, o sea, de la carne humana, pero sin ninguna mancha.
Dice el bienaventurado Bernardo: “Después de todos los beneficios, quiso que su costado derecho fuera traspasado, para mostrarnos que sólo desde la derecha quiso prepararnos un lugar a la derecha”. El justo, saliendo del mundo y entrando en el sepulcro, debe ver y debe contemplar a este joven, en el modo señalado por el bienaventurado Bernardo: “El hombre natural en sus comienzos, o sea, el joven aprendiz de Cristo, debe ser instruido sobre la manera de acercarse a Dios, para que Dios se acerque a él. Debe ser exhortado a dirigirse con la máxima pureza del corazón a aquel, al cual presenta el sacrificio de su oración. Cuanto más ve y comprende a aquel al que ofrece su oración, tanto más arderá en amor por El; y el mismo conocimiento llegará a ser amor. Cuanto más Dios esté presente en su corazón, tanto más comprenderá si lo que le ofrece, es de veras digno de Dios y si podrá sacar provecho”.
“Sin embargo, para aquel que ora o medita de esta manera, será mejor y más seguro proponerle la imagen de la humanidad del Señor, de su natividad, de su pasión y resurrección, para que el espíritu débil, que no sabe pensar sino en la materia y en las cosas materiales, tenga algo concreto a lo cual aficionarse y a lo cual adherir en sus piadosas intuiciones, según sus capacidades”.
“Lo que se lee en Job: “El hombre, si se detiene a considerar su naturaleza, no pecará” (5, 24), tiene especial referencia al Mediador Cristo; y significa: cuando el hombre le dirige a El la mirada de su inteligencia, considerando en Dios la naturaleza humana, jamás se alejará de la verdad; y mientras por medio de la fe no separa a Dios del hombre, aprenderá al fin a reconocer en el hombre a su Dios.
“En el ánimo de los pobres de espíritu y de los más sencillos hijos de Dios, el sentimiento suele ser tanto más suave, cuanto más se acerca a la naturaleza humana, En un segundo momento, al transformarse la fe en afecto, acogiendo en el centro de su corazón, con el dulce abrazo del amor, a Cristo Jesús, hombre perfecto por haber asumido la naturaleza humana, y verdadero Dios quien asumió esa naturaleza humana, comienzan a conocerlo no según la carne, aunque todavía no pueden pensarlo plenamente Dios como Dios; y, bendiciéndolo en sus corazones, aman ofrecerle sus votos” y sus aromas, junto con las santas mujeres, de las que se dice: “Al entrar en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha”.
IV La resurrección de Cristo
11. “El joven les dijo: “¡No se asusten! Ustedes buscan a Jesús, el Nazareno, el crucificado. Ya resucitó: no está aquí. Miren el lugar donde lo pusieron. Ahora vayan y digan a sus discípulos y a Pedro, que El irá delante de ustedes a Galilea. Ahí lo verán, como se lo había dicho” (Mc 16, 6-7). “Desapareció la amarga raíz de la cruz, floreció la flor de la vida con sus frutos. El que yacía en la muerte, resucitó en la gloria. Resucitó de mañana, el que había sido sepultado por la tarde, para que se cumpliera la palabra del salmo: “Por la tarde durará el llanto, pero por la mañana brillará la alegría” (Salm 29, 6) (Glosa).
Jesús fue sepultado el sexto día, antes del sábado, que se llama parasceve, hacia el ocaso. La noche siguiente y el sábado con la noche siguiente quedó colocado en el sepulcro; el tercer día, la mañana del primer día después del sábado, resucitó. Entonces permaneció en el sepulcro un día y dos noches: así añadió la luz de su única muerte a las tinieblas de nuestra doble muerte. Éramos esclavos de la muerte del alma y del cuerpo. El sufrió por nosotros una única muerte, la de la carne; y así nos libró de nuestra doble muerte. Unió su única muerte a nuestra doble muerte; y así, muriendo, destruyó a las dos.
Se lee en el evangelio que el Señor, después de su resurrección, se apareció a sus discípulos diez veces, de las que las primeras cinco se realizaron el mismo día de la resurrección. La primera vez se apareció a María Magdalena; la segunda, a las mujeres que volvían del sepulcro; la tercera, a Pedro, según la afirmación de Lucas.- “El Señor resucitó y se apareció a Simón” (Lc 24, 34); la cuarta, a los dos discípulos que iban a Emaús; la quinta, a los diez apóstoles reunidos en el cenáculo, a puertas cerradas, en ausencia de Tomás. La sexta vez se apareció a los discípulos, ocho días después, con la presencia también de Tomás; la séptima vez, cuando se manifestó a los siete discípulos que estaban pescando; la octava, en el monte Tabor, donde el Señor había establecido que todos se juntaran; y así antes de su ascensión se apareció ocho veces. En el mismo día de la ascensión se apareció dos veces: una vez, mientras los once discípulos estaban comiendo en el cenáculo. Por eso dice Lucas: “Mientras comían les mandó que no se alejaran de Jerusalén”; y otra vez se mostró después de la comida.
Los once apóstoles y otros discípulos, la Virgen María con otras mujeres se dirigieron al monte de los olivos, donde se les apareció el Señor; y “mientras ellos estaban mirando, el Señor se elevó, y una nube lo escondió a sus ojos” (Hech 1, 9). Vamos a ver el significado moral de estas diez apariciones.
12. 1. Se apareció a María Magdalena. Antes que a los demás, la gracia del Señor se aparece al alma penitente. Se dice en el Éxodo: “Apareció en el desierto el maná, una cosa menuda y como pisada en el mortero, semejante a la escarcha sobre la tierra” (16, 14). En la soledad, o sea, en el penitente, aparece el maná de la gracia divina, desmenuzada en la contrición, triturada en el mortero de la confesión, semejante a la escarcha en la satisfacción.
2. Se apareció a las mujeres que volvían del sepulcro. El Señor se aparece a los que regresan del sepulcro, o sea, salen de su miserable muerte espiritual, y consideran el deplorable ingreso de su nacimiento. Se lee en el Génesis: “El Señor se apareció a Abraham en el valle de Mambré, mientras estaba sentado a la puerta de su tienda, en el pleno calor del día” (18, 1).
Abraham es el justo; el valle, la doble humildad; Mambré se interpreta “esplendor”; la tienda es el cuerpo; la puerta, el ingreso y la partida de la vida; el calor del día, la compunción del alma. El Señor se aparece al justo, que se conserva en la doble humildad del corazón y del cuerpo; esa humildad lo lleva al esplendor de la gloria celestial. Ese justo que está sentado al ingreso de su tienda, medita sobre el nacimiento de su cuerpo y sobre la muerte; y debe considerar todo esto con fervorosa compunción.
3. Se apareció a Pedro. Escribe Jeremías: “El Señor se me apareció (y me dijo): “Yo te amé con un amor eterno; por esto te atraje a mí con misericordia; y de nuevo te edificaré” (31, 3-4). Dice Pedro: “¡El Señor, resucitado de los muertos, se me apareció a mí, a mí penitente, a mi llorando amargas lágrimas!”. Y el Señor le responde: “Te amé con amor eterno”. Y después, “el Señor se volvió y miró a Pedro” (Lc 22, 61). El Señor lo miró, porque lo amaba: “y por eso, con el vínculo del amor, te atraje a mí con misericordia”. Dice Agustín: “No quiere ocasionar venganza a los pecadores aquel que anhela conceder el perdón a los que se arrepienten”. “Yo te edificaré de nuevo”, elevándote al culmen del apostolado. “Vayan y digan a sus discípulos y a Pedro”. Gregorio comenta: “Pedro es llamado por nombre, para que no desespere por la triple negación. Si el ángel no lo hubiese señalado por nombre, el que había Regado a renegar del Maestro, seguramente no se habría atrevido a juntarse con los discípulos”.
4. Se apareció a los dos discípulos camino de Emaús. Emaús se interpreta “deseo de consejo”, de ese consejo dado por el Señor: “Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres” (Mt 19, 21). Los dos discípulos representan los dos mandamientos de la caridad: amor a Dios y amor al prójimo. A aquel que tiene la caridad y desea ser pobre como Jesucristo, el Señor se le aparece. Se lee en el Génesis que “Isaac subió a Berseba, en la que se le apareció el Señor” (26, 23-24). Berseba se interpreta “pozo que sacia” y simboliza la caridad y la humildad que sacian el alma. El que tiene estas dos virtudes, “jamás tendrá sed” (Jn 4, 13).
5. Se apareció a los diez discípulos, reunidos (en el cenáculo), a puertas cerradas. Cuando los discípulos, o sea, los sentimientos de la razón, se reúnen juntos y para una finalidad, y las puertas de los cinco sentidos se cierran a las vanidades, entonces por cierto se aparece a la mente la gracia del Espíritu Santo. Se lee en Lucas: “A Zacarías, entrado en el templo del Señor, se le apareció el ángel del Señor, erguido, a la derecha del altar del incienso” (1, 9-11). Cuando Zacarías, que se interpreta “memoria del Señor” -o sea, el justo que puso al Señor en el tesoro de su memoria-, entra en el templo del Señor, o sea, en su conciencia, en la que habita el Señor, entonces el ángel del Señor, o sea, la gracia del Espíritu Santo, se le aparece y lo ilumina, estando a la derecha del altar del incienso. Altar del incienso es la compunción de la mente, y la derecha es la recta intención. La gracia del Señor, pues, está a la derecha del altar del incienso, porque aprueba aquella compunción y alaba y agradece aquel incienso, que el justo emite con la recta intención de la mente.
6. Ocho días después de la resurrección, se apareció a los discípulos, cuando Tomás estaba con ellos, arrancando toda duda de su corazón. Cuando estemos en el “día octavo” de la resurrección final, el Señor eliminará de nosotros toda arruga de duda y toda mancha de mortalidad y de enfermedad. Dice Isaías: “La luz de la luna será como la luz del sol y la luz del sol será siete veces más grande, como la luz de siete días, en el día en que el Señor vendará la herida de su pueblo y curará su llaga” (30, 26).
Presta atención a estas dos palabras: herida y llaga: la herida para el alma, y la llaga para el cuerpo. En la herida está representado el pensamiento impuro del alma; y en la llaga, la muerte del cuerpo. En el día de la resurrección final, cuando el sol y la luna -como dice Isidoro en el Libro de las creaturasrecibirán la recompensa de su fatiga, porque el sol fulgurará y arderá inmóvil siete veces más que ahora, de tal modo que atormentará a los que están en el infierno; y la luna, detenida en el occidente, tendrá el esplendor, que tiene hoy el sol. Entonces de veras, muy de veras, el Señor curará la herida de nuestra alma, porque, como dice el Profeta, “ninguna bestia, o sea, ningún mal pensamiento, pasará por Jerusalén” (Is 35, 9). Más aún, como dice Juan en el Apocalipsis, “la ciudad”, o sea, nuestra alma, “será como oro purísimo seme ante a terso cristal” (21, 18). ¿Hay algo más brillante que el oro? ¿Hay algo más terso que el cristal? Y yo les pregunto: en la resurrección final, ¿habrá algo más brillante y luminoso que el alma del hombre glorificado? Entonces el Señor sanará la lividez de nuestra llaga, que nos afectó a causa de la desobediencia de nuestros primeros padres; y este cuerpo mortal será revestido de la inmortalidad y este cuerpo corruptible será revestido de incorruptibilidad.
En aquella resurrección general, el jardín del Señor, o sea, nuestro cuerpo glorificado, será regado por cuatro ríos: el Pisón, el Gihón, el Tigris y el Éufrates; o sea, nuestro cuerpo estará dotado de cuatro prerrogativas: la luminosidad, la sutileza, la agilidad y la inmortalidad. Pisón se interpreta “cambio de semblante; Gihón, “pecho”; Tigris, “flecha” y Éufrates, “fértil”.
En el Pisón está indicado el esplendor de la resurrección: de nuestra gran fealdad y oscuridad seremos transformados como en un sol. Dice Mateo: “Los justos resplandecerán como el sol” (13, 43). En Gihón está indicada la sutileza. Como el pecho del hombre no se despedaza, ni es herido, ni se abre, ni sufre algún percance, cuando salen del corazón los pensamientos (Mt 15, 19), as! nuestro cuerpo glorificado gozará de tanta sutileza, que ninguna cosa le será impenetrable; y, sin embargo, será inviolable, indivisible, compacto y sólido, como fue del cuerpo glorificado de Cristo, que, a puertas cerradas, entró (en el cenáculo), donde estaban los apóstoles. (Jn 20, 26).
En el Tigris está indicada la agilidad, que está bien simbolizada en la velocidad de la flecha. En el Éufrates está indicada la inmortalidad, en la que “nos embriagaremos con la abundancia de la casa de Dios” (Salm 35, 9). Plantados en ella, como el árbol de la vida en el medio del paraíso, daremos frutos de eterna saciedad y tanto nos hartaremos que jamás sentiremos hambre.
14. 7. Se apareció entonces a los siete discípulos que estaban pescando. La pesca es figura de la predicación; y a los que se dedican, ciertamente se les aparecerá el Señor. Se lee en el libro de los Números: “La gloria del Señor se apareció a Moisés y a Aarón; y el Señor habló a Moisés, diciendo: “Toma la vara y reúne al pueblo, tú y Aarón tu hermano; y hablen a la peña a la vista de ellos; y la peña manará agua. Y después de haber sacado el agua de la peña, beberán toda la multitud y su ganado” (Num 20, 6-8).
En este pasaje Moisés es figura del predicador. Aarón se interpreta “monte fuerte”, en el que son indicadas dos cosas: la santidad de vida y la constancia de la fortaleza. Sin tal hermano, Moisés jamás debe proceder. El Señor le dice: “Toma la vara de la predicación, y reúne al pueblo, tú y Aarón tu hermano”, sin el cual jamás el pueblo sería reunido con provecho, porque “cuando se desprecia la conducta de un predicador, se desprecia también su predicación” (Gregorio). Y hablen a la peña, o sea, al corazón endurecido del pecador; y aquella peña manará aguas de compunción. Con razón se dijo: “Hablen” y no “Habla”, porque si el predicador sólo habla (con la boca), pero su vida es muda, jamás podrá hacer brotar el agua de la peña.
El Señor maldijo a la higuera, en la que no halló frutos, sino sólo hojas (Mt 2 1, 19) -de hojas se revistieron nuestros padres desterrados del paraíso terrenal (Gen 3, 7)-. Hablen, pues, Moisés y Aarón, y brotará agua, y beberán la multitud del pueblo y todo el ganado; o sea, tanto los clérigos como los laicos, tanto los hombres espirituales como los carnales se saciarán con el agua de la compunción. Esta es aquella multitud, de la que habla Juan: “Echaron las redes, y ya no las podían sacar por la giran cantidad de peces” (21, 6).
15. 8. Se apareció a los once discípulos en el monte de la Galilea” (Mt 28, 16-17). Galilea se interpreta “trasmigración”, y simboliza la penitencia, en la cual se realiza una trasmigración, cuando el hombre de la orilla del pecado mortal, por medio del puente de la confesión, pasa a la orilla de la satisfacción. En el monte, pues, de la Galilea, o sea, en la perfecta penitencia, se aparece el Señor a los once discípulos, o sea, a los penitentes, que con razón son once, porque “once fueron las cortinas de pelo de cabra, para cubrir el techo de la tienda” (Ex 26, 7). En las cortinas de lana de cabra se distinguen dos momentos: el rigor de la penitencia y el hedor del pecado, del que los penitentes confiesan haber sido esclavos. Con esas cortinas se cubre el techo de la tienda, o sea, de la iglesia militante. Esas cortinas defienden del ardor del sol, llevan la carga de la jornada y del calor (Mt 20, 12); protegen las otras cortinas tejidas de lino, de seda, de púrpura y de escarlata teñida dos veces. Estas cortinas simbolizan a los fieles de la Iglesia, adornados con el lino de la castidad, con la seda de la contemplación, con la púrpura de la pasión del Señor y con la escarlata dos veces teñida con el doble mandamiento de la caridad. Y en fin las once cortinas protegen a los fieles de la inundación de las lluvias, o sea, de la maldad de los herejes; del torbellino, o sea, de la sugestión del diablo; y de la suciedad del polvo, o sea, de la vanidad del mundo. He ahí, pues, como el Señor se apareció a los once discípulos.
Jacob habla así en el Génesis: “Dios omnipotente se me apareció en Luz, que es tierra de Canaán” (48, 3). Luz se interpreta “almendro”, y simboliza la penitencia, en la que, como en el almendro, se destacan tres cualidades: corteza amarga, cáscara sólida y pepita dulce. En la corteza amarga está indicada la amargura de la penitencia; en la cáscara sólida, la constancia de la perseverancia; y en la pepita dulce, la esperanza del perdón.
Se apareció el Señor en Luz, que se halla en tierra de Canaán, que se interpreta “cambio”. La verdadera penitencia consiste en que el hombre cambia de la izquierda a la derecha, y emigra con los once discípulos al monte de la Galilea, en el cual se aparece el Señor.
9. Se apareció a los once, mientras estaban sentados a la mesa, como relata Marcos (16, 14), el día mismo de su ascensión, cuando, mientras comía con ellos, como aclara Lucas, “les ordenó que no se movieran de Jerusalén” (Hech 1, 4). El Señor se aparece a los que, en el cenáculo de su mente, se liberan de las preocupaciones de este mundo, o sea, se tranquilizan; se alimentan del pan de las lágrimas en el recuerdo de sus pecados y en la degustación de la dulzura celestial.
Dice el Génesis: “El Señor se apareció a Isaac y le dijo: “No bajes a Egipto, sino descansa en la tierra que yo te indicaré y en la que estarás como peregrino; yo estaré contigo y te bendeciré” (26, 2-3). Tres cosas el Señor manda al justo: que no baje a Egipto, o sea, hacia el afán de las cosas mundanas, donde se elaboran ladrillos con el barro de la lujuria, con el agua de la avaricia, con la paja de la soberbia; que descanse en la tierra de su conciencia; y que en todos los días de su vida, que son como un continuo combate, se considere como peregrino. Así el Señor estará con él y lo bendecirá con la bendición de su derecha.
16. 10. Y finalmente se les apareció de nuevo, como relata Lucas, cuando “los llevó fuera de la ciudad hacia Betania, o sea, al monte de los Olivos y, con las manos elevadas, los bendijo; y a la vista de ellos se elevó hacia el cielo y una nube lo sustrajo a sus miradas” (Lc 24, 50; Hech 1, 9). El Señor se aparece a los que están en el monte de los Olivos, o sea, de la misericordia. Se lee en el Éxodo: “El Señor se apareció a Moisés en una llama de fuego en medio de una zarza; y él vio que la zarza ardía, pero no se consumía” (3, 2). A Moisés, o sea, al hombre misericordioso, se le aparece el Señor en una llama de fuego, o sea, en la compasión de su mente por su pueblo. Pero, ¿de dónde brota aquella llama? De en medio de la zarza, o sea, del pobre, del desgraciado, del atribulado, del hambriento, del desnudo, del afligido. Y el justo, punzado por las espinas de aquella pobreza, arde de compasión, para luego socorrerlo misericordiosamente. Y así podrá constatar que la zarza, o sea, el pobre, arderá de mayor devoción y no se consumirá en su pobreza. ¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Ustedes están aquí reunidos para celebrar la Pascua de la Resurrección; y por eso les suplico que, con el dinero de la buena voluntad, junto con las piadosas mujeres, compren los aromas de las virtudes. Con esos aromas ustedes pueden ungir los miembros de Cristo con la amabilidad de la palabra y el perfume del buen ejemplo. También les suplico que, pensando en su muerte, vengan y entren en el sepulcro de la contemplación celestial, en la que contemplarán al ángel del Eterno Consejo, el Hijo de Dios, sentado a la derecha del Padre.
En la resurrección final, cuando venga a juzgar al mundo a través del fuego, se les aparecerá en su gloria, no diría diez veces, sino para siempre. Eternamente y por los siglos de los siglos, ustedes lo contemplarán como es, con El gozarán y con El reinarán.
Se digne concedernos esta gracia aquel Jesús, que resucitó de los muertos. A El sean el honor y la gloria, el imperio y el poder, en el cielo y en la tierra, por los siglos eternos.
Y todo fiel, en este día de júbilo pascual, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.