Pestañas abiertas

1 abierta

    La Cátedra de San Pedro

    1.”En aquel tiempo, Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo” (Mt 16, 13).

    - En este evangelio se destacan tres momentos: la interrogación de Jesús, la profesión de fe de Pedro, el otorgamiento del poder de atar y desatar.

    I - La interrogación de Jesucristo

    2. “Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo”. En esta primera parte se destacan dos enseñanzas morales: la vida santa y la buena fama. Pero, ante todo, analicemos la historia, o s(“a, la alegoría. Cesarea de Filipo está ubicada en el territorio donde nace el jordán, al pie del Líbano, y tiene dos fuentes, lor y Dan, las que, al unirse, forman el nombre del jordán.

    Llegó Jesús e “interrogó a sus discípulos”. Mientras se preparaba a comprobar la fe de los discípulos, el Señor se informa sobre las opiniones de la gente, para que la fe de los apóstoles no parezca fruto de las opiniones del vulgo, sino fundada en el conocimiento de la verdad.

    “Los hombres, ¿quién dicen que es el Hijo del hombre?”. Bellamente son llamados hombres los que, como suele suceder entre los hombres, tienen opiniones diferentes sobre el Señor, el cual no dice “yo”, para no parecer hablar con arrogancia, sino que declara abiertamente la humildad de su humanidad (Glosa).

    “Ellos le respondieron: “Algunos opinan que eres Juan el Bautista, otros Elías, otros Jeremías o alguno de los profetas” (Mt 16, 14). La idea que Jesús fuese Juan el Bautista, tal vez nacía del hecho de que Juan, estando en el seno materno, había sentido la presencia del Señor (Lc 1, 41-44). Que fuese Elías, porque éste fue arrebatado al cielo (4Rey 2, 11) y porque se creía que volvería a la tierra. Que fuese Jeremías, porque había sido santificado en el seno materno (Jer 1, 5).

    3. “Llegó Jesús a las partes (territorio) de Cesarea”, que se interpreta propiedad del príncipe” o “propiedad, principal”.; “de Filipo”, que se interpreta “boca de la lámpara”.

    Llegó Cristo. ¡Ojalá llegues también tú, oh cristiano, al territorio de Cesarea! Se dice “príncipe”, porque por primero se adueña de un lugar o de una dignidad: es el espíritu del hombre y su propiedad es el cuerpo, en el cual debe tener el primer lugar y la más alta dignidad. Dice Isaías: “El príncipe piensa en cosas dignas de un príncipe, y él está al frente de sus capitanes” (32, 8). Nota los dos verbos: piensa y está. He ahí la dignidad y el lugar, que el primero debe ocupar.

    ¿Cuáles son las cosas dignas de un príncipe, en las que debes pensar, oh príncipe, “oh espíritu del hombre”? Tú debes volver a ti mismo, debes entrar en tu corazón y allí reflexionar: qué cosa eres, qué cosa fuiste, qué habrías debido ser, qué cosa podrás ser; o sea, lo que fuiste por tu naturaleza, lo que eres ahora por tu culpa, lo que habrías debido ser con tu empeño, y lo que todavía podrás ser con la gracia de Dios.

    Los capitanes son los sentimientos y los pensamientos, sobre los cuales debe estar el príncipe, para poder dominarlos y dirigirlos, con el objeto de preservarlos de la ¡lícita concupiscencia y de las inútiles distracciones.

    “Llegó Jesús a las partes En las “partes” están indicados los sentidos del cuerpo, en los cuales viene o entra el espíritu del hombre, cuando dice a éste: “Ve”, y él va; y dice a aquél: “Ven”, y él viene; y a su siervo, o sea, al cuerpo: “Haz esto”, y el cuerpo lo hace (Mt 8, 9).

    Y Observa que este príncipe, al cual pertenece la propiedad, es llamado “boca de la lámpara”. En la lámpara hay cuatro elementos: el vidrio brillante ’ el aceite que quema, la estopa y la llama. En el vidrio está simbolizada la pureza de conciencia; en el aceite, la compasión hacia las necesidades de los hermanos; en la estopa, la aspereza de la contrición; en la llama, el ardor del amor divino. ¡Afortunado aquel espíritu, afortunado aquel cristiano, que es la boca de aquella lámpara, para que, cuando habla, hable impulsado por la pureza, la compasión, la contrición y el amor de Dios! Y observa que Cesarea, o sea, nuestra carne, debe ubicarse a las raíces (a los pies) del Líbano, allí donde nace el jordán. El monte Líbano, que se interpreta “candor”, simboliza la excelencia de la castidad, cuya raíz es la humildad, y de la que brotan dos fuentes: lor, que significa “río”, y Dan, que significa “juicio”. Uniéndose, las dos fuentes forman el jordán, o sea, río del juicio, es decir, la compunción de las lágrimas, con las que la humildad se juzga a sí misma y condena el mal cometido. He aquí, ¡qué grande es la virtud de la humildad, de la que surge el monte de la castidad y brota el río de la compunción!

    Aquel que en este modo llega a las partes de Cesarea de Filipo, puede con toda justicia interrogar a los discípulos, diciendo: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”.

    4. El discípulo es llamado así, porque aprende (en latín, díscit) la disciplina. El que es bueno en sí mismo, tiene y debe tener bien disciplinada y honesta a su familia, para poder decir con David: “Mis ojos están dirigidos a los fieles de la tierra, para que estén sentados conmigo” (Salm 100, 6). Cada uno se complace en la compañía de los que son semejantes a él.

    Porque sería cínico el que no tuviera en cuenta su honor, por eso Jesús interroga acerca de lo que los hombres digan de él, para informarse y para mejorar si hay algo que deba ser corregido. Sin embargo, como de la estima de la santidad de vida y de la buena fama puede surgir la autoexaltación, por eso Jesús se declara Hijo del hombre. Dice Job: “El hombre es podredumbre, y el hijo del hombre un gusano” (25, 6). Como si dijera: “De podredumbre deriva podredumbre”. Por eso el Señor, cuando le mostraba cosas grandiosas a Ezequiel, lo llamaba “hijo del hombre”, para que no se ensoberbeciera. El que se cree gusano, por cierto no se ensoberbece de sí mismo. He ahí porqué interroga: “¿Qué cosa dicen los hombres de mí, “gusano y podredumbre”?

    ¡Ojalá se le responda: “Algunos dicen que tú seas Juan el Bautista!”!. Juan el Evangelista y Juan el Bautista tienen funciones distintas: el primero, la de anunciar; y el segundo, la de lavar. Lo primero es bueno, lo segundo es más seguro, porque hay mayor seguridad en escuchar la verdad que en predicarla. Asimismo, el evangelista es uno que sólo ora con la palabra; el bautizador es aquel que en el silencio y en la devoción de la mente hace de sí mismo un bautisterio (fuente) de lágrimas; y ésta misión es superior a la otra. Y en este bautizador se verifica lo que se dice de Juan el Bautista: “No beberá vino ni licor” (Lc 1, 15). El vino simboliza la vanagloria; el licor, la falsa alegría, que el bautizador no bebe, porque no busca las alabanzas de los hombres.

    “Otros dicen que tú eres Elías”. Se lee en el cuarto libro de los Reyes que Elías era “peloso y ceñía su cintura (los riñones) con una faja de piel” (1, 8). He ahí el vestido del que hace penitencia, del que desprecia el mundo y castiga su carne.

    Elías se interpreta “robusto dominador”. Se lee de él en el tercer libro de los Reyes que Elías “apresó a los profetas de Baal, los arrastró hasta el torrente Cisón y allí los mató” (18, 40). Baal se interpreta “devorador”, y Cisón “hombre que vomita dolor”. Elías es figura del penitente, que se cubre de pelos en oposición a la gloria del mundo, y ciñe su cintura (riñones) para luchar contra la lujuria de la carne. El, como fuerte dominador, apresa a los profetas del vientre que todo devora. El vientre tiene a algunos profetas, que predican al hombre: “¿Por qué ayunas así? ¿Por qué te castigas de esa manera? Vas a contraer alguna enfermedad y te reducirás a tanta debilidad, que no podrás más ayudarte ni a ti ni a los demás”. De estos profetas dice Jeremías: “Tus profetas anunciaron para ti falsedades” (Lam 2, 14). En cambio, el penitente los aferra con la contrición y los arrastra a una confesión bañada en lágrimas, donde vomita todo el dolor de la tentación y del pecado; y de esa manera los extermina.

    Otros dicen que “tú eres Jeremías”, al cual el Señor dijo: “He ahí, yo te constituyo … para desarraigar” lo que está mal plantado; “para demoler” lo que está mal construido; “para dispersar” lo que está injustamente acumulado; “para que arruines” el vallado; “y para que edifiques” la casa y “plantes un jardín” (1, 10).

    La concupiscencia de la carne planta ilícitamente, como se lee en el Deuteronomio: “No plantes bosques cerca del altar de tu Dios” (16, 2 1); y el Apóstol: “Tenemos un altar del cual no pueden comer los que están al servicio del tabernáculo” (Heb 13, 10), o sea, del cuerpo.

    Se lee en el tercer libro de los Reyes: “Acab le habló a Nabot, diciendo: “Dame tu viña, para que me sirva de huerto para hortalizas” (21, 2). Acab es el diablo; Nabot, el justo; la viña, la compunción; el huerto de las hortalizas, la concupiscencia de la gula y de la lujuria. El diablo quiere quitar al justo la compunción de la mente y plantar la concupiscencia de la carne.

    También la soberbia construye mal. Dice el libro de los Proverbios: “El que construye demasiado alta su casa, busca la ruina” (17, 16). La avaricia acumula injustamente. Dice Habacuc: “¡Ay del que acumula los frutos de la avaricia, perjudicial para su casa, para construir en alto su nido y creer así que podrá escapar de la desgracia!” (2, 9). El avaro acumula con el fin de construir en alto su nido, o sea, elevar su condición y la de los suyos. Mientras piensa estar al seguro, el diablo le tiende una trampa y captura al padre con sus polluelos, o sea, al usurero con sus hijos, y a todos los lleva a la muerte.

    Asimismo, la obstinación construye un seto vivo. Dice Nahúm: “Tus pequeños son como enjambres de locustas, que se refugian en las cercas, en los días de frío” (3, 17). Las langostas son los usureros, que enseñan a sus hijos a practicar la usura y a saltar, por así decir, de usura en usura. Estos, en el frío de su maldad, se refugian en las cercas de su obstinación, porque no quieren ni restituir lo ajeno ni volver a la penitencia.

    Es verdaderamente Jeremías, o sea, “grande delante del Señor”, aquel que extirpa estas cuatro injusticias, no sólo en sí mismo sino también en los demás, y construye la casa de la humildad, en la cual Dios pueda reposar, y planta la huerta de la caridad, en la cual Dios pueda nutrirse.

    De la casa de la humildad habla el Señor, cuando dice: “Zaqueo, baja rápido, porque hoy tengo que quedarme en tu casa” (Lc 19, 5). En la casa del que baja, o sea, en la conciencia del que se humilla, permanece la gracia del Omnipotente.

    Del jardín de la caridad dice la esposa en el Cantar de los Cantares: “Venga mi amado a su huerta y coma los frutos de sus plantas” (5, 1). Dice que la huerta y los árboles frutales pertenecen a su amado, porque todo lo que en él está plantado y todo lo que crece, proviene sólo de la gracia de Cristo. Los frutos son las obras de caridad, de las que Cristo se nutre cada vez que se hacen por el prójimo. Dijo Cristo: “Tuve hambre y me dieron de comer” (Mt 25, 35).

    Dicen que “tú eres uno de los profetas”. Misión de los profetas es predecir las cosas futuras. Es un buen profeta aquel, que se predice a sí mismo el fin de su vida, la venida del juez y el premio del reino celeste.

    ¡Bienaventurado aquel que es honrado con tal reputación, aquel al que es tributado tal testimonio de vida, que sea considerado Juan el Bautista por su devoción, Elías por la mortificación de la carne, Jeremías por la destrucción de los vicios y la plantación de las virtudes, uno de los profetas por la intuición de las cosas futuras!

    II. - La profesión de Pedro

    5. “Jesús les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Como si dijera: “Ellos son hombres y tienen opiniones humanas; vosotros, que sois dioses, ¿quién decís que soy yo?”. “Respondió Pedro”, uno por todos, porque todos teníamos la misma convicción: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16, 16).

    En esta profesión de fe, Pedro abrazó la naturaleza humana y la divinidad. Cristo es llamado así de crisma, y significa el ungido, porque, como hombre, fue ungido por Dios Padre con el Espíritu Santo. “oh Dios Hijo, te ungió (consagró) Dios, tu Padre” (Salm 44, 8). E Isaías: “Esto dice el Señor a su ungido, Ciro” (45, 1). Ciro se interpreta “heredero”, o sea, hijo. ¿De quién? “Del Dios vivo”.

    Observa que el crisma se elabora con el bálsamo. Dice la Historia Natural que el lugar de origen del bálsamo es llamado “o del Sol”, y su planta es llamada “vid”, porque tiene semejanzas con la vid; su linfa elimina la catarata de los ojos y calma los escalofríos de las fiebres. Cuando se extrae su liquido, se hiere sólo la corteza, que mana gotas de exquisita fragancia.

    La generación de Cristo es doble: la primera es la generación de la divinidad, y la segunda es la de la humanidad; y cada una de ellas es “el ojo del Sol”. De la primera generación dice Isaías: “Su generación, ¿quién la describirá?” (53, 8). Y Job: “¿De dónde viene la sabiduría? ¿Y el lugar de la inteligencia, dónde está? Está escondida a los ojos de todo viviente y está oculta también a las aves del cielo” (28, 20~21), o sea, a los mismos ángeles es desconocida la generación de Cristo del Padre. Se pregunta el Eclesiástico: “¿A quién fue revelada la raíz de la sabiduría?” (1, 6), o sea, ¿el origen del Hijo de Dios? Y por esto, lo que está por encima de la inteligencia y del conocimiento de los ángeles, ¿qué hombre podrá describirlo?

    Afirma Isidoro: “Es evidente que sólo el Padre sabe cómo engendró al Hijo, y sólo el Hijo sabe cómo fue engendrado por el Padre. Cristo resplandeció del Padre, como esplendor de luz, corno palabra de la boca, como sabiduría del corazón”.

    Con razón se dice que la generación de la divinidad es llamada “ojo del Sol”, porque ilumina a toda la Iglesia triunfante, la celeste Jerusalén. Dice el Apocalipsis: “La luz de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero” (21, 23).

    La generación de la humanidad es Ramada “ojo del Sol”, porque con la fe en su encarnación ilumina a toda la Iglesia militante. Se lee en Zacarías: “El Señor es el ojo del hombre y de todas las tribus de Israel” (9, 1). Israel se interpreta “hombre que ve a Dios”. Cuanto crees, tanto ves. “Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo” Un 1, 9), no porque ilumine a todo hombre, sino porque ningún hombre es iluminado sino por El. Todo hombre que nace en este mundo, es iluminado en orden a la vida eterna únicamente por medio de la fe en Cristo, el cual dice: “Yo soy la vid verdadera” (Jn 15, 1).

    6. La vid es llamada así, porque tiene la fuerza (en latín, vis) de arraigarse rápidamente, o también porque las vides se enlazan entre ellas.

    Dice la Historia Natural que la vid abunda de sarmientos, con los que se ata a las ramas de otra planta, enroscándoseles. Y es una propiedad exclusiva de la vid que en un nudo de su sarmiento, por un lado, brotan una hoja y, por el otro, un racimo, lleno de uvas. La vid tiene también otra propiedad: si se plantan coles cerca de su raíz, la secan.

    La vid simboliza la fe en Cristo, que tiene la fuerza de arraigarse rápidamente en el corazón del hombre, como dice el Apóstol: “Arraigados y fundados en Cristo Jesús” (Ef 3, 17). Ella ensancha las ramas de la caridad y enlaza a sí también a otras. Por un lado tiene la hoja de la predicación y por el otro el racimo de la obra buena, lleno del mosto del amor. Las coles, o sea, las preocupaciones temporales y las seducciones de la carne, secan la linfa, o sea, la devoción de la fe. Además, la planta del bálsamo sólo es herida en la corteza. La corteza es figura de la humanidad de Cristo, de cuyas heridas emanó una linfa de exquisita fragancia, o sea, su sangre preciosa, que elimina del ojo del corazón la catarata de la infidelidad y libera de los escalofríos de las fiebres, o sea, de las tentaciones, porque “el recuerdo del Crucificado crucifica los vicios” (Guerrico, abad). Pues bien, “tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. “Jesús respondió a Pedro”, y en Pedro respondió a todos: “Feliz eres, Simón, hijo de Jonás, Bar-Iona…” (Mt 16, 17).

    Bar significa “hijo” y Jonás, “paloma”. Con toda razón Pedro es llamado “hijo de la paloma”, porque seguía al Señor con devota simplicidad, o también, porque estaba repleto de gracia espiritual.

    Pedro, pues, es llamado “hijo del Espíritu Santo” -que se había mostrado en forma de paloma-, por aquel (Jesús), a quien él habla llamado Hijo del Dios vivo. Y al hijo de la paloma, el Padre le revela el misterio de fe, que no podían revelar ni la carne ni la sangre, o sea, los hombres hinchados por la sabiduría de la carne, que no son hijos de la paloma; y por esto son extraños a la sabiduría del Espíritu. De ellos dice Abdías: “Haré desaparecer a los sabios de Edom y la inteligencia de los montes de Esaú” (1, 8).

    ¡He ahí la carne y la sangre! Edom se interpreta “sanguinoso” y Esaú, “cúmulo de piedras”. Toda la sabiduría y la prudencia de este mundo consiste en nutrir la carne y acumular un montón de piedras, o sea, de riquezas, con las que esos sabios y esos prudentes serán lapidados en el día del juicio.

    III El otorgamiento del poder de atar y desatar

    7. “Y yo te digo que tú eres Pedro” (Mt 16, 18). Observa que Pedro tuvo tres nombres: Simón, que se interpreta “obediente”; Pedro, “que conoce”; y Cefas, “cabeza”. Fue Simón en la llamada de Cristo: “¡Síganme! Y ellos abandonaron las redes y lo siguieron” (Mt 4, 19-20). Fue Pedro en la profesión de fe de hoy, con la cual reconoció a Cristo, Hijo del Dios vivo, y por eso mereció: “Tú eres Pedro”. “No digo que te llamarás Pedro; sino que tú eres Pedro, gracias a mí, la piedra; pero de tal modo que yo guarde para mí la dignidad del fundamento” (Glosa). Porque “nadie puede colocar un fundamento distinto del que fue puesto, que es Cristo” (1Cor 3, 11), sobre el cual está edificada la iglesia.

    “Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18); y entonces la Iglesia no debe temer, si cae la lluvia, o sea, la persecución del diablo; si irrumpen los ríos, o sea, la perfidia de los herejes; si soplan los vientos, o sea, la rabia del mundo; y se abaten contra esta casa, porque está fundada sobre una piedra sólida (Mt 7, 25).

    Se lee en el libro de los Números: “Tú habitación está segura, con tal que pongas tu nido en la roca y que seas quitado de la estirpe de Caín” (24, 21-22). Caín se interpreta “astuto” o “cálido” (en latín, callidus, calidus), y es figura del diablo que con su astucia y con el calor de los vicios quema las almas de los pecadores, que lo tendrán como verdugo en el castigo a aquel a quien tuvieron instigador en la culpa.

    “Edificaré mi Iglesia”. Observa que es llamada iglesia tanto la iglesia triunfante y la militante, como también el alma fiel. Cristo edifica la primera con los espíritus bienaventurados, la segunda con los fieles y la tercera con las virtudes. Por eso Cristo es llamado “albañil”, como se lee en Amós: “He ahí, el Señor estaba de pie al lado de un muro alisado y en su mano tenía la cuchara de albañil” (7, 7).

    La cuchara se llama en latín trulla, de trudo, empujar, fijar, porque fija las piedras con la cal, con la que después se alisan las paredes. Entonces el muro liso es llamado así, porque está pulido en su superficie. En la cuchara está simbolizada la potencia de Dios, con la cual El edifica el muro de su triple Iglesia y lo pule, para que no haya nada desordenado, tosco y desigual, sino que todo sea llano y nivelado. Dice el Apóstol: “Se haga todo en la caridad” (1Cor 16, 14), que es el cemento de las otras virtudes. Y considera todavía que el Señor está sobre el muro de la iglesia por tres motivos: para edificarla, para combatir desde ella y por ella a los adversarios, y para protegerla.

    Y por eso “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Las puertas del infierno son los pecados, las amenazas y las seducciones, que no pueden prevalecer, o sea, separar a la iglesia de la fe y de la caridad que hay en Cristo Jesús. En efecto, el que acoge con amor, en lo íntimo de su corazón, la fe en Cristo, supera con facilidad todo lo que le acomete desde fuera.

    En otro sentido: la puerta es llamada así, porque sirve para llevar afuera alguna cosa; infierno, porque las almas son llevadas allí abajo. Puertas del infierno son llamados los sentidos del cuerpo, por los que el alma pecadora se siente impulsada hacia fuera para desear las cosas inferiores, o sea, los bienes terrenos.

    Dice Isaías: “He aquí que el Señor te hará llevar afuera”, o sea, permitirá, “como se saca fuera un pollo del gallinero” (22, 17). Como la astuta zorra aferra por la garganta un capón y lo lleva a su cueva, así la engañosa concupiscencia de la carne, a través de los sentidos del cuerpo, arrastra el alma a estas cosas inferiores. Pero si está edificada en el amor de Cristo, en contra de ella jamás podrán prevalecer.

    8. “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos” (Mt 16, 19). He aquí a Cefas, puesto a la cabeza de los apóstoles y de la iglesia. Se dice que Cristo hoy interrogó a los apóstoles; y Pedro, en nombre de todos, proclamó la fe de la Iglesia universal. Y hoy el Señor le confirió el poder de atar y de desatar. Por esto este día es llamado “Cátedra de san Pedro”. El que primero entre todos profesó su fe, primero entre todos tuvo el poder de las llaves. Las llaves simbolizan la capacidad y la autoridad de juzgar, y por ellas debe acoger en el reino a los dignos y excluir a los indignos. Y añade: “Todo lo que ates”, o sea, cuando juzgues merecedor de las penas eternas al que se obstina en los pecados o cuando absuelvas al verdadero y humilde penitente, así se hará también en el cielo.

    Comenta la Glosa de jerónimo: “Y todo lo que ates”. llenen la misma Potestad judicial también los demás apóstoles, a los que el Señor, después de la resurrección, dijo: “Reciban al Espíritu Santo; quedan perdonados los pecados de aquellos a los que ustedes los perdonen; y quedan retenidos los pecados de aquellos a los que ustedes los retengan” Un 20, 23). El mismo poder lo tiene la iglesia a través de sus presbíteros y obispos; pero Pedro lo recibió de manera particular, para que todos comprendan que quienquiera se separe de la unidad de la fe y de su comunión, no podrá ser absuelto de sus pecados ni entrar en el cielo.

    Algunos que no comprendieron estas palabras, se revisten un poco de la arrogancia de los fariseos y presumen condenar a los inocentes y absolver a los culpables; en cambio, delante de Dios no se busca tanto la sentencia del sacerdote sino la vida (conducta) de los culpables. Por esto en el Levítico se manda a los leprosos mostrarse a los sacerdotes. No son los sacerdotes que los hacen leprosos, sino que sólo constatan quién está limpio y quién no lo está: así aquí también.

    Por las oraciones del bienaventurado Pedro, el Señor nos absuelva de las cadenas de nuestros pecados y nos abra el reino de los cielos: El que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    IV Sermón alegórico

    9. “David, sentado en su trono (cátedra), entre los tres es un príncipe sapientísimo, es como el blandísimo gusano que roe la madera” (2Rey 23, 8).

    David, que se interpreta “de mano fuerte”, es figura de Simón Pedro, al cual Cristo impuso el nombre de Pedro, deduciéndolo de sí mismo, piedra básica. Y Pedro fue “de mano fuerte”, cuando abrió su mano y lo abandonó todo.

    El avaro tiene la mano débil, porque está encogida y seca. Dice Mateo: “He aquí a un hombre que tenía la mano seca. El Señor le dijo: “Abre tu mano”. El la abrió y la mano se sanó” (Mt 12, 10- 13).

    Comenta la Glosa: “Nada es más útil para una curación que la liberalidad de la limosna; en vano eleva las manos hacia Dios el que implora perdón por sus pecados, si después no abre sus manos a los pobres, según sus posibilidades”.

    Pedro, pues, sentado en la cátedra, es sapientísimo. Dicen los Hechos: “Al ver la entereza de Pedro y de Juan, y al considerar que eran hombres sin letras y sin cultura, se asombraban y reconocían que habían sido los discípulos de Jesús” (4, 13). No hay que asombrarse si Pedro, el iletrado, es llamado “sapientísimo”, porque él había estado con Jesús, la sabiduría del Padre, y lo amó más que los demás; y en la escuela de Jesús, Pedro no aprendió la sabiduría del mundo, sino la del cielo. “El que camina con la sabiduría, se vuelve sabio” (Prov 13, 20).

    Pedro no era aquel literato, del que habla Isaías: “¿Dónde está el literato? ¿Dónde está el que estudia la Ley? ¿Dónde está el maestro de los niños?” (33, 18). Y el Apóstol: “Tú enseñas a los demás y no te enseñas a ti mismo. Tú te glorías de la Ley, y ofendes a Dios violando la Ley” (Rom 2, 21-23). Pedro era un iletrado acerca de las cosas de la tierra, pero era sapientísimo acerca de las cosas del cielo, del que hoy recibió las llaves, y se sentó en la cátedra, o sea, recibió el poder judicial de atar y desatar.

    Se sentó también en la cátedra material en Antioquía y en Roma, y en esta cátedra es hoy presentado al pueblo.

    “Príncipe entre los tres”. En los tres, entre los cuales está sentado en la cátedra el príncipe de los apóstoles, está indicada su triple constancia en la fe. La primera vez profesó su fe en el episodio de hoy: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. La segunda vez fue en su predicación, cuando dijo: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech 5, 29). Y la tercera vez fue con su martirio.

    “Es como un blandísimo gusano que taladra la madera”. Nada es más blando que un gusano, cuando se lo toca; nada es más fuerte que un gusano, cuando ataca.

    Así fue el bienaventurado Pedro. Nadie fue más blando que él, o sea, más paciente, cuando era flagelado y cuando era crucificado. Lo había enseñado a los discípulos en su primera Carta: “Sean modestos, humildes, no devuelvan mal por mal, ni contesten al insulto con el insulto…” (3, 8). Pero cuando él atacaba, nadie era más fuerte que él, como cuando dijo a Ananías: 11 ¿Cómo Satanás tentó tu corazón, para que mintieras al Espíritu Santo y retuvieras con fraude el precio del campo? ¡No mentiste a un hombre, sino a Dios!”. Al oír estas palabras, Ananías cayó y expiró” (Hech 5, 3-5). Asimismo a Simón Mago: “¡Que tu dinero vaya contigo en perdición!” (Hech 8, 20).

    Nos libre de la perdición aquel Señor, que dio a Pedro la potestad de atar y desatar.

    V- sermón moral

    10. “David, sentado en el trono (cátedra)”. Algo semejante hallamos en el Eclesiástico: “El rey, sentado en el trono, disipa con su mirada todo mal” (Prov 20, 8).

    David, o sea, el justo o el penitente, es “de mano fuerte”. Dice el Génesis de Ismael: “Este será un hombre feroz; su mano se levantará contra todos y las manos de todos contra él; y alzará sus tiendas frente a las de sus hermanos” (16, 12).

    Donde nosotros tenemos el adjetivo feroz, el texto hebreo tiene el sustantivo fara, que es el onagro, o asno salvaje. En el onagro está indicado el penitente, que en el campo de la penitencia “lleva las cargas del día y del calor” (Mt 20, 12). Sus manos, o sea, sus obras, están contra todos los demonios; y las manos de todos los demonios están contra él. “El enemigo, que combate valerosamente, te hace también a ti valeroso combatiente” (Ovidio). Y frente a las tiendas de los hermanos, o sea, frente a los impulsos de los sentidos del cuerpo, alzará, o sea, plantará sólidamente las tiendas de la penitencia, siempre dispuesto a resistirles.

    ¿Y de dónde le viene tanta fortaleza? Sin duda, de la cátedra. “Sentado en la cátedra, es sapientísimo”. La sabiduría es el conocimiento de las cosas que existen y que son invariables en su sustancia. El término “sabio” deriva de “sabor”, porque como el gusto sirve para conocer el sabor de los alimentos, así el sabio es capaz de distinguir lo valioso de lo falso, el bien del mal.

    El penitente, pues, o el justo, es sabio en llorar los males pasados, más sabio en prevenir las acechanzas del pecado, y es sapientísimo en saborear los bienes eternos. El está sentado en la cátedra.

    La cátedra, eminente sede del juez, es la razón; es llamada también “solio”, que suena como sólido. Aquel que se siente en ella, disipa con su mirada todo mal del diablo, de la carne y del mundo. “La razón es la mirada del espíritu, con el cual la verdad se intuye en sí misma y no mediante el cuerpo (la materia); o es la misma visión de la verdad, no mediante el cuerpo; o es la misma verdad que se contempla” (Isidoro).

    Otro sentido. La cátedra es el recuerdo de la muerte: la mente se detiene en él y se humilla. Uno no puede gobernar correctamente su nave, si no tiene la advertencia de ubicar su sede en la parte final de la nave.

    La nave, que es angosta en el principio y en el fin, o sea, en la proa y la popa, y es ancha en el centro, simboliza la vida del hombre, que es muy angosta en su entrada y salida, porque es miserable y amarga, y es ancha en su centro, porque es voluble y resbaladiza (por los peligros). Nadie puede dirigirla rectamente, si no se esfuerza por humillarse en el pensamiento de la muerte.

    Y presta atención que dice “sapientísimo”. El timonel, que está sentado en la popa, o sea, en la parte posterior de la nave, es y debe ser el más experto de todos, porque Observa a todos, piensa en todo, incita a los perezosos, alienta a los que fatigan, en las tormentas promete un alivio o, mejor, la bonanza, y alegra a todos con la esperanza de un buen puerto.

    Símilmente, el que se humilla en el recuerdo de la muerte, orienta sensatamente toda su vida y mira a su alrededor: sabe sacudir la pereza, animarse en la fatiga, en la adversidad confiar en la misericordia del Señor y guiar rectamente su vida hacia el puerto de la vida eterna.

    11. Por eso, “es un príncipe sapientísimo entre los tres”. En estos “tres” están indicadas la contrición, la confesión, y la satisfacción.

    Alude a estas tres cosas el primer libro de los Reyes, donde Samuel dice a Saúl: “Cuando llegues a la encina del Tabor, te toparás con tres hombres que suben a ver a Dios en Betel. Uno de ellos lleva tres cabritos, el segundo tres tortas de pan y el tercero un odre de vino” ( 10, 3). Vamos a ver cuál puede ser el significado de la encina del Tabor, de los tres hombres, de Betel, de los cabritos, de las tres tortas de pan y del odre de vino.

    La encina se dice en latín quercus y se llama así, porque los antiguos buscaban (en latín, quaerere) en ella el alimento, o sea, las bellotas, con las cuales una vez los hombres se alimentaban. Tabor se interpreta “luz que viene”. La encina simboliza la penitencia, en la cual los antiguos padres buscaban el alimento del alma, o sea, la luz de la gracia divina que desciende sobre los penitentes. De la penitencia viene la luz celestial que hace que el hombre se vea a sí mismo y sus cosas, que antes no veía.

    “Cuando, pues, llegues” a la penitencia, “te toparás con tres hombres que suben”, o sea, que te están haciendo subir, “a Dios en Betel”, nombre que significa “casa de Dios”, o sea, la Jerusalén celeste. La contrición lleva tres cabritos, en los que está indicado el triple hedor del pecado, hedor de la conciencia, de la persona y de la reputación. El pecador debe afligirse en la contrición, por haber corrompido su conciencia con el consentimiento, su persona con la acción y su reputación con el mal ejemplo.

    Asimismo, la confesión lleva tres tortas de pan, en las que están indicadas tres especies de lágrimas: “Las lágrimas fueron mi pan día y noche” (Salm 41, 4). Con razón las lágrimas pueden ser llamadas tortas, porque provienen, por así decir, de la torsión del corazón. Y son llamadas lágrimas de “dilaceración de la mente”.

    El pan es así llamado, porque se pone junto con cualquier otro alimento, o porque todo animal lo apetece. De la misma manera nosotros debemos poner la compunción en todo alimento del alma, porque toda nuestra obra sería insípida sin devoción. Y la pedimos y debemos pedirla a Dios cada día, porque cada día la necesitamos: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. El pecador, pues, debe llorar en la confesión, porque manchó la estola de la inocencia bautismal, porque mereció la gehena y porque perdió la vida eterna.

    En fin, la satisfacción lleva el odre de vino, en la cual está simbolizada la alegría de la satisfacción, que no debe hacerse ni con timidez ni con pereza, porque “Dios ama al que da alegremente” (2Cor 9, 7). El ayuno y la limosna deben hacerse con alegría, y la oración con confianza en la misericordia divina. En estas tres obras consiste justamente la satisfacción. ¡Dichoso, pues, aquel penitente, que es príncipe, o sea, dueño, de sí mismo, que está sentado en la cátedra de la razón y se humilla en el pensamiento de la muerte. El será sapientísimo con las tres obras.

    12. “Es como el blandísimo gusano de la madera”. Observa que el gusano hace tres cosas: está siempre en movimiento, levanta la cabeza para ver el camino por el cual se pueda arrastrar mejor y se acorta a sí mismo para alargarse más.

    Así es el justo: está siempre en actividad. Dice jerónimo: “Haz siempre algo, para que el diablo te encuentre siempre ocupado”, porque “la ociosidad enseña mucha maldad” (Sir 33, 29). “Si preguntas porqué Egisto llegó a ser adúltero, el motivo es evidente: estaba ocioso” (Ovidio).

    Dice la Historia Natural que la ociosidad acrecienta en el cuerpo fluidos superfluos. Lo mismo sucede también en el alma. En cambio, la fatiga consume los fluidos superfluos, porque los hace evaporar mucho (por ejemplo, a través de la transpiración). Dice también que cualquier especie de planta, que no se cura, se vuelve selvática (Aristóteles). Además, alza la cabeza, o sea, la mente, para examinar con ojo crítico la marcha de sus actividades, para mejor orientarse hacia Dios. “El sabio tiene los ojos en la frente” (Ecle 2, 14), o sea, tiene en la mente la luz del discernimiento; “y tus pupilas precedan tus pasos” (Prov 4, 25).

    En fin, con la humildad se acorta, para luego extenderse hacia la vida eterna.

    Dígnese concedernos la vida eterna aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    VI - Sermón alegórico

    13. “David está sentado en la cátedra”. David, que se interpreta “hermoso de aspecto”, es figura de Cristo, que en la cruz, con las manos clavadas, desbarata las potencias del aire. Los ángeles anhelan contemplar la belleza de su rostro, porque, como se dice en el Apocalipsis, “su rostro es como el sol cuando resplandece en toda su fuerza” (1, 16).

    Este “se sienta”, o sea, se humilló, “en la cátedra”, o sea, en la cruz, sapientísimo, porque es la Sabiduría de Dios Padre, por la cual el Padre creó todas las cosas.

    Hallamos algo semejante en el tercer libro de los Reyes: “Salomón fue más sabio que todos los hombres… y disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared” (4, 31-33). Salomón es figura de Cristo, el más sabio de todos, porque El es la misma Sabiduría. De ella dice el Eclesiástico: “¿Quién comprendió la sabiduría de Dios, la cual existe antes que todas las cosas? Antes que cualquier otra cosa fue creada la sabiduría. Fuente de la sabiduría es el verbo”, o sea, el Hijo de Dios, “en lo alto de los cielos” (1, 3-5). De él, como el agua de la fuente, emana toda sabiduría.

    Este, sentado en el madero de la cruz, “disertó del cedro del Líbano”, o sea, de la grandeza de la divinidad, “y del hisopo”, o sea, de la humillación de su humanidad, “que nació de la pared”, o sea, de la bienaventurada Virgen, a la que alude Isaías: “Ezequías volvió su rostro contra la pared y prorrumpió en un gran llanto” (38, 2-3).

    A David le había sido hecha la promesa que de su descendencia nacería Cristo. Sin embargo, el rey Ezequías, porque se veía morir sin herederos, pensó que la promesa sobre Cristo fuese revocada. Por eso prorrumpió en un gran llanto y volvió su rostro contra la pared, o sea, dirigió la mirada de la mente hacia la bienaventurada Virgen y deseaba por encima de todo que ella naciera de su descendencia, para que después de ella naciera el Cristo.

    La máxima sabiduría de Cristo se reveló en la cruz, cuando con el anzuelo de la divinidad capturó al diablo, que quería arrojarse sobre el cebo de la humanidad. Dice Job: “Su sabiduría hirió al soberbio” (26, 12).

    14. Se sienta, pues, “en la cátedra el príncipe entre los tres”. Se entiende que él es uno de los tres: Dimas y Gesta (los dos ladrones crucificados con Jesús), y en el medio la potencia divina. Dice Juan: “Crucificaron con El a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en el medio” (19, 18). He ahí cómo se sienta, cómo fue humillado el príncipe de los ángeles; y, como si fuera El también ladrón, es crucificado entre dos ladrones. Y acerca de su humillación se dice aún más: “El es como el blandísimo gusano de la madera”.

    Observa que el gusano hace tres cosas: se arrastra con la boca; chilla fuertemente, cuando se quema la madera; y nada es más blando que él, cuando se lo toca y nada es más fuerte cuando él ataca. Así Cristo se arrastró a la cruz con su propia boca, reprochando a los judíos su malicia. “La verdad engendra el odio” (Terencio); y por eso debió sufrir el suplicio.

    Asimismo, se dice de El: “El escarabajo clama desde la cruz” (Ambrosio). El escarabajo es un insecto pequeño, que vuela y que tiene los ojos en lo más alto de la cabeza (Aristóteles). También Cristo, pequeño en su humillación, vuela con el poder de su divinidad: “voló, voló sobre las alas de los vientos” (Salm 17, 11), o sea, sobre las potencias de los ángeles y de los santos: “La cabeza de Cristo es Dios” (1Cor 11, 3). llene los ojos en la cima de la cabeza, porque en virtud de su divinidad lo ve todo y a sus ojos ninguna criatura es invisible. El, cuando, en el leño de la cruz, ardía en el fuego de la pasión, gritó fuertemente: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” (Lc 23, 46).

    En fin, ninguno fue más paciente y más humilde que El, mientras era flagelado, coronado de espinas, herido con las bofetadas. Y ninguno será más fuerte que El, cuando en el juicio, con sentencia irrevocable, precipitará al infierno al diablo con sus seguidores.

    Nos libere de esa sentencia aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    VII - Sermón moral

    15. “David, sentado en la cátedra entre los tres”. David, que se interpreta “misericordioso”, es figura de los prelados de la iglesia que son elegidos con la terminante finalidad de ser misericordiosos hacia los demás con una triple misericordia. Por esto a Pedro le fue dicho tres veces: “¡Apacienta!”, y ni una vez se le dijo: “¡Esquila!”. Apacienta con la palabra de la predicación, con el sufragio de la oración devota y con la renta del beneficio temporal.

    El prelado se sienta en la cátedra de la dignidad eclesiástica; y ¡ojalá! fuera sumamente sabio de aquella sabiduría, de la que habla Santiago: “La sabiduría que viene de lo alto, es ante todo pura, después pacífica, modesta, persuasiva, favorable a los buenos, llena de misericordia y de buenos frutos, sin parcialidad de juicio” (3, 17).

    He ahí los siete peldaños, por los que el prelado debe subir a la cátedra. Dice Ezequiel: “Su subida consta de siete peldaños” (40, 22).

    La vida del prelado debe ser condimentada con la sabiduría que viene de lo alto, para ser ante todo pura, con la pureza de la mente con respecto a sí mismo; pacífica con respecto a los súbditos, porque fue puesto en la cátedra justamente para reconciliarlos tanto con Dios como con el prójimo; debe ser modesta por la honestidad de las costumbres; persuasiva, o sea, hábil para persuadir; favorable a los buenos tanto con los afectos como con las obras; llena de misericordia.

    ¡He ahí a David misericordioso hacia los pobres, a los que pertenece todo lo que tiene, a excepción de lo que le es necesario! Diversamente, “en su casa habría la rapiña de los pobres” (Is 3, 14); y él debería ser condenado como rapiñador.

    O también: una sabiduría, llena de misericordia por la compasión de ánimo y llena de buenos frutos en la ejecución de las obras. Debe ser sin parcialidad en los juicios, o sea, sin preferencia de personas. Y, en fin, se imponga a sí mismo la penitencia en la medida en que la impone a los demás, porque “doble pesa y doble medida son abominables delante de Dios” (Prov 20, 10), y “una medida escasa está llena de la ira de Dios” (Mi 6, 10). “Príncipe entre tres”. Las tres prerrogativas que sobre todo deben adornar al prelado son la vida, la ciencia y la elocuencia: vida pura, ciencia recta y elocuencia clara. Pero, ¡ay de mí!, hoy la vida es inmunda, la ciencia es ciega y la elocuencia es muda.

    “El es como un blandísimo gusano de la madera”. Comenta la Glosa: “David en las aflicciones y en su casa y con sus súbditos fue más manso que los demás; en cambio, en el trono y contra los enemigos nadie fue más perspicaz que él”. Y este David es elogiado por tres cualidades: por su sabiduría, por su humildad y por su fortaleza. Tal debe ser también el prelado que quiere gobernar sabiamente al pueblo que se le confió. Se digne concedérselo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica