Domingo XVIII después de Pentecostés
Exordio.
Las cuatro estaciones del año, y las propiedades de la tierra y del fuego
1. “En aquel tiempo, estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó: “¿Qué piensan ustedes del Cristo? ¿De quién es hijo?”. Le dicen: “De David” (Mt 22, 41).
Se lee en el segundo libro de los Macabeos: “Llegó el tiempo en que el sol, que antes estaba escondido por las nubes, comenzó a resplandecer, y se encendió un fuego tan grande que todos quedaron maravillados” (1, 22).
Observa que en el año hay cuatro estaciones: el invierno, la primavera, el verano y el otoño. El invierno consume, la primavera planta y siembra, el verano siega y trilla y el otoño vendimia. El invierno duró desde Adán hasta Moisés; y en aquel tiempo todo fue consumido, agotado. Dijo el Apóstol: “Desde Adán hasta Moisés reinó la muerte” (Rom 3, 4). La primavera duró desde Moisés hasta Cristo; y en aquel tiempo la ley, por decir así, fue sembrada y plantada; y ella sólo produjo las flores, como promesa del fruto. El verano fue la encarnación de Cristo; y en aquel tiempo el mismo Sol, que antes estaba escondido por las nubes, o sea, en el seno del Padre, resplandeció. En aquel tiempo hubo la siega y la trilla. “He aquí, dijo Jesús, yo les digo: “Alcen sus ojos y miren los campos, que ya están amarillentos para la siega. Y el que siega, recibe el salario y recoge frutos para la vida eterna” Un 4, 35-36). Y después habrá el otoño en el que las pepitas y el orujo serán arrojados al estercolero del infierno, y el vino refinado será colocado en las bodegas del reino de los cielos.
Pero, antes, es necesario que preceda la trilla de la tribulación, porque a través del cáliz del sufrimiento se llega a la gloria. En efecto, “cuando Regó la plenitud de los tiempos” (Gal 4, 4), “el Sol, que antes estaba detrás de las nubes” y a nosotros escondido, “resplandeció” para los que yacían en la tierra y en la sombra de la muerte; y “se encendió un gran fuego”, como El mismo dijo: “Vine a traer fuego a la tierra; ¿y qué quiero sino que arda?” (Lc 12, 49). Y presta atención que dice que El vino a traer fuego a la tierra y no a otras partes. ¡Y con toda razón! En efecto, había venido para curar lo contrario con lo contrario. Considera que en el fuego hay tres propiedades: el calor, el esplendor y la levedad. En la tierra hay tres propiedades contrarias: el frío, la oscuridad y la pesadez. El fuego es el amor de Dios, en el cual hay tres propiedades: el calor de la humildad, el esplendor de la castidad, la levedad de la pobreza. En la tierra, o sea, en las cosas terrenales, hay tres propiedades contrarias: la frialdad de la soberbia, la oscuridad de la lujuria y la pesadez de la avaricia. Cristo vino a traer a la tierra el fuego, porque a la frialdad y al hielo de la soberbia contrapuso el calor de la humildad. Dice el Salmo (147, 18): “Envía tu palabra”, que es ésta: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29), y “se derretirá el hielo” del corazón de los soberbios. A la oscuridad de la lujuria contrapuso el esplendor de la castidad. Se lee en los Hechos: “Apareció un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel. Tocó el costado de Pedro, lo despertó y le dijo: “Levántate pronto, porque cayeron las cadenas de tus manos” (12, 7). En el ángel, que es virgen por naturaleza, se designa la gracia de la castidad, cuyo esplendor ilumina la cárcel, o sea, el corazón del pecador, cegado por las tinieblas de la lujuria. cárcel es como undecumque arcens, que echa fuera de todas partes. El lujurioso echa fuera todo lo que puede apagar su lujuria. Pero cuando el ángel golpea su costado con la lanza del temor, para hacer salir de él el fluido de la libido, entonces lo despierta del sueño de la muerte y lo amonesta a levantarse mediante la contrición y de prisa mediante la confesión; y entonces las cadenas de las malas costumbres caen de sus manos, o sea, de sus obras.
En fin, a la pesadez de la avaricia contrapuso la levedad de la pobreza. Dice Jesús: “Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres” (Mt 19, 21). Y Jeremías: “El corredor ligero y ágil recorre su camino” (2, 23). El pobre en el espíritu es el corredor ligero, que corre con el gigante de la doble naturaleza (Cristo). ¡De cuánto peso se libera el que nada quiere tener, y así corre por su camino! Dice la Sabiduría: “Te señalaré el camino de la sabiduría; te guiaré por las sendas de la rectitud”, o sea, de la pobreza; “al recorrerlas, no serán estorbados tus pasos”, o sea, tus afectos; “Y si corres, no hallarás tropiezo” (Prov 4, 11-12). Con razón dice el Señor: “Vine a traer fuego a la tierra”. Cuando el Señor hace esto, “es de veras una maravilla a nuestros ojos” (Salm 117, 23).
Digamos, pues: “Llegó el tiempo, en que el Sol, que antes estaba escondido por las nubes, resplandeció. Se encendió un gran fuego, y todos se maravillaron”. De este Sol, o sea, de Jesucristo, se habla en el evangelio de hoy: “¿Qué piensan del Cristo? ¿De quién es hijo?”.
2. Observa que en el evangelio hay dos partes. La primera trata del amor de Dios y del prójimo, del que no vamos a hablar en este evangelio, por que el argumento ya fue expuesto en el sermón del domingo XIII después de Pentecostés, sobre el evangelio: “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!”.
La segunda parte trata de Cristo; y la vamos a tocar sucintamente.
En el introito de la misa de hoy se canta: “Yo soy la salvación del pueblo” (Salm 34, 3). Y se lee la epístola del beato apóstol Pablo a los corintios: “Siempre doy gracias a mi Dios por ustedes” (1Cor 1, 4), que se lee con este evangelio, porque tanto en la epístola como en el evangelio se habla sobre todo y de manera especial de Cristo.
I - La divinidad, la humanidad y la gloria de Cristo
3. “Estando juntos los fariseos, Jesús los interrogó, diciendo: “¿Qué piensan del Cristo? ¿De quién es hijo”. Le respondieron: “De David”. Y El les replicó: “¿Pues, cómo David, inspirado, lo llama Señor, al decir: “Dijo el Señor a mi Señor?” (Mt 22, 41-44).
En este pasaje se compendia toda la sublimidad de nuestra fe. Proclamando a Jesucristo “Señor e Hijo de David”, lo creemos verdadero Dios y verdadero hombre, que está sentado a la derecha del Padre. Lo proclamamos “Señor”, porque lo creó todo y al mismo David; y lo proclamamos “Hijo”, porque fue formado de la estirpe de David, según la carne. No se les reprocha a los judíos, porque afirman que Cristo es hijo de David, sino porque no creen que Jesús es también el Hijo de Dios. El mismo Hijo les replica: “¿Pues, cómo David”, inspirado por el Espíritu Santo y no movido de su corazón, “lo llama Señor, al decir: “Dijo el Señor”, o sea, el Padre, “a mi Señor”, o sea, al Hijo? (Salm 109, 1). La Glosa explica: “Este “dijo” significa “engendró” un hijo igual a si mismo. “Al Señor”, no en cuanto nació de El, sino en cuanto fue siempre del Padre”. “Siéntate a mi derecha”, entre los bienes más sublimes; “hasta que”, usa una partícula determinada en lugar de una indeterminada, “ponga a tus enemigos”, o sea, a los desobedientes, “por estrado de tus pies”, o sea, te los someta tanto a los que quieren como a los que no quieren.
Que el Padre someta al Hijo a los enemigos, no significa la debilidad del Hijo, sino que indica la unidad de naturaleza del Padre y del Hijo, porque el uno obra en el otro. En efecto, también el Hijo somete a los enemigos al Padre (1Cor 15, 27-28), cuando glorifica al Padre en la tierra (Jn 17, 4). “Si David lo llama Señor, ¿cómo puede ser su Hijo?”. Como si dijera: “Ustedes piensan que el Cristo sea un simple hombre. Sin embargo, cuando existía David, todavía no existía el Cristo, y por ende no era el Señor de David. ¿Mintió acaso David? Porque, más bien, son los padres a ser llamados “señores” de los hijos, y no los hijos “señores” de los padres.
Condenemos, pues, la infidelidad de la maldad judía y proclamemos con Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16, 16), quien, como dice Habacuc, “salió junto con su Cristo a salvar a su pueblo” (3, 13).
4. El mismo Cristo dice en el introito de la misa de hoy: “Yo soy la salvación del pueblo” (Salm 34, 3). “Cuando griten a mí, en cualquier tribulación, yo los escucharé (Salm 90, 15); y seré su Señor para siempre” (Sab 3, 8). Considera qué bien concuerda el introito de la misa con la historia de los Macabeos, donde se ve claramente cómo el Señor fue la salvación de ese pueblo, y los escuchó y los ayudó en todas sus tribulaciones. Presta atención a estos tres hechos: salvación del pueblo, los escucharé, seré su Señor. Y en la epístola de hoy hay tres expresiones que concuerdan con estos tres hechos.
La primera, cuando el Apóstol dice: “Siempre doy gracias a mi Dios por ustedes, a motivo de la gracia de Dios que les fue dada en Cristo Jesús” (1Cor 1, 4); y Cristo dice: “Yo soy la salvación del pueblo”, ya que sólo con la gracia salvó a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 2 1).
La segunda, cuando añade: “Porque en El fueron enriquecidos en todos los dones, tanto los dones de la palabra como de la ciencia” (1Cor 1, 5), y esto es como decir: “Cuando griten a mí, en cualquier tribulación, los escucharé”. Observa estas tres palabras: tribulación, griten y los escucharé. Si en la tribulación, o sea, con el corazón contrito y dolorido, gritas en la confesión, el Señor te escuchará dándote el perdón. Por ende, en toda palabra de cualquier confesión y en toda obra de una plenaria satisfacción, ustedes se enriquecieron en El, porque se volvieron pobres y humildes en ustedes. Las riquezas del alma consisten en el perdón de los pecados y en la infusión de la gracia. La tercera, cuando concluye: “Ustedes esperan, en ustedes mismos, la manifestación del Señor nuestro Jesucristo, el cual los confirmará hasta el fin” (1Cor 1, 7-8); y esto quiere decir: “Yo seré para siempre su Señor”.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al mismo Señor Jesucristo, en cuyas manos, perforadas por los clavos, está puesta nuestra salvación (Gen 47, 25), para que nos salve de los ataques de los enemigos, nos escuche concediéndonos la remisión de los pecados y nos confirme hasta el fin. Así mereceremos llegar hasta el mismo Señor que está sentado a la derecha de Dios Padre.
Dígnese concedérnoslo aquel que es el Dios bendito. ¡Amén! ¡Así sea!
II Sermón moral sobre el adorno de las virtudes
5. “¿Qué piensan ustedes del Cristo? ¿De quién es hijo?”. Le responden: “De David”.
Se lee en el primer libro de los Macabeos:
“Adornaron la fachada del templo con coronas de oro y dedicaron el altar al Señor” (4, 57). Vamos a ver lo que signifiquen el templo, la fachada, las coronas de oro, el altar y su dedicación.
Templo viene de contemplación; y puede entenderse también como techo amplio. Dice el Apóstol: “Santo es el templo de Dios, que son ustedes” (1Cor 3, 17). Nosotros seremos templo de Dios y santos, si realizamos los tres significados susodichos, o sea, si contemplamos y si somos un techo y amplio.
Si contemplamos a Dios, mediante la renuncia a las cosas temporales. Dice el Apóstol: “Nosotros contemplamos no las cosas que se ven, sino las que no se ven” (2Cor 4, 18). Si somos techo en relación a nosotros, mediante la mortificación de la carne. Dice Mateo: “El que está en el techo, no baje para tomar algo de su casa” (24, 17). Y la Glosa comenta: “El que superó las tentaciones de la carne, no vuelva con el ánimo a algunos actos de su anterior comportamiento”, o sea, no cultive más ningún apego a la carne. Techo amplio en las relaciones con el prójimo, compartiendo sus sufrimientos. Amplio, en latín, amplus es como decir in utraque parte plus, de más en las dos partes. De más en las dos partes, o sea, debes empeñarte más en la contemplación de Dios y en la compasión hacia el prójimo que hacia tu misma carne. Si llegamos a ser un tal templo, entonces seremos de veras santos.
“Adornaron la fachada del templo”. Fachada viene del latín facies, faz, porque sirve a reconocer al hombre, simboliza nuestras obras, de las que dice el Señor: “Los conocerán por sus frutos” (Mt 7, 16). La corona de oro en la fachada del templo es la recta intención en nuestras obras. Adornemos, pues, nuestras obras con las coronas de oro de la recta intención junto con, los verdaderos Macabeos, y no de cosméticos como la meretriz Jezabel, de la que el cuarto libro de los Reyes relata que “se pintó los ojos de antimonio y atavió su cabeza, y se asomó a una ventana” (9, 30).
Considera estos tres momentos. Jezabel se interpreta “estercolero”. El estercolero es el lugar lleno de estiércol, y es llamado así porque está embadurnado e impregnado de estiércol; y es figura del hipócrita, que se embadurna con el estiércol de la vanagloria; y las moscas moribundas, que no perciben más el atractivo del perfume, se condensan sobre él. El antimonio es un albayalde o un colorante azul, con que las mujeres se pintan las cejas, y simboliza el favor popular, con el que el hipócrita se pinta los ojos. Cuando la gente lo alaba, sus ojos ríen y su rostro se alegra. Adorna su cabeza, cuando él mismo alaba sus obras; y así se asoma a la ventana, para ver y ser visto. “Va para admirar y ser admirado él mismo” (Ovidio). Les ruego, no adornemos la fachada del templo con adornos de antimonio (falsos cosméticos), sino con coronas de oro.
“Y dedicaron el altar al Señor”. Dedicar es dar a Dios. Altar es como alta ara, y es nuestro corazón, que debe ser alto por el amor, y ara por la contrición; y así lo dedicaremos, o sea, lo damos a Dios, que dice: “Hijo, dame tu corazón” (Prov 23, 26). El que da su corazón a Dios es de veras “cristo”, o sea, el ungido por la gracia, e hijo de David. Dice el evangelio de hoy: “¿Qué piensan del Cristo? ¿De quién es hijo?”. Le responden: “De David”. Sobre estos dos nombres, Cristo y David, vamos a ofrecer algunas consideraciones morales.
6. El término “cristo” viene de “crisma”. El crisma se elabora con el aceite y con el bálsamo. El bálsamo es un árbol semejante a la vid y como la vid debe ser sostenido. Es alto dos codos y se distingue por su copa siempre verde. Se hace la incisión con un vidrio o con pequeños cuchillos de hueso, porque el contacto con el hierro lo perjudica y muere al poco tiempo. Despide gotas de exquisito aroma. El mérito principal de tal perfume va a las gotas que destila, luego a la semilla, después a la corteza y en mínima parte a la madera.
El bálsamo conserva la juventud, y se preserva de la corrupción. Las gotas mezcladas con miel se echan a perder; en cambio, si se mezclan con la leche, se coagulan; y ésta es la prueba de que no tienen miel. No es posible tenerlo con la mano, expuesta a los ardores del sol. Vamos a detenernos en cada una de estas cualidades del bálsamo y vamos a tratarlas sucintamente.
La planta del bálsamo es la vida del justo, que es y debe ser semejante a la vid y como la vid debe ser sostenida. La vid es plantada cavando a su alrededor, es podada y es sostenida con postes. Así el justo cava alrededor de su vida con la azada de la contrición, la poda con la hoz de la confesión y la sostiene con los postes de la satisfacción.
Sobre el primer punto leemos en Lucas: “Ten paciencia por este año, cavaré a su alrededor, y echaré abono” (13, 8). Sobre el segundo punto leemos en los Cantares: “Ya llegó el tiempo de la poda; la voz de la tórtola”, o sea, la confesión del penitente, “ya se escuchó en nuestra tierra” (2, 12). Sobre el tercer punto: el poste es un pequeño palo, en el cual se designa la humildad de la satisfacción, con la que la vida del justo se sostiene. Dice el Señor: “Lo hincaré como poste en el lugar de los fieles” (Is 22, 23), o sea, en lugar sólido. Se hinca el poste en el lugar de los fieles, cuando la vida del justo es conservada con la humildad en la santa iglesia.
La planta del bálsamo es “alta dos codos”. Los dos codos son los dos preceptos de la caridad, con los que la vida del justo se eleva por encima de las cosas terrenas. Del primer codo, o sea, del amor hacia Dios, dice el Señor cuando habla a Noé: “En el arca harás una ventana, y le dejarás un codo de entretecho” (Gen 6, 16).
El arca, así llamada porque árcet, porque aleja al ladrón y la vista, simboliza la vida del justo, que aleja de sí todo vicio. La ventana, llamada en latín fenestra, porque ferens extra, lleva afuera, simboliza la devoción de la mente, por la cual sale y entra la paloma, o sea, el alma. Digo: el alma sale para contemplar a Dios, y entra para considerarse a sí misma. La ventana en el arca, pues, simboliza la devoción en la vida del justo, que se perfecciona y se consume en el codo más alto, o sea, en el amor hacia Dios. “¡Bienaventurados los que mueren en el Señor!”, dice Juan en el Apocalipsis (14, 13); y también Esteban “durmió en el Señor” (Hech 7, 60).
Símilmente, a propósito del segundo codo, o sea, del amor hacia el prójimo, se ordenó a Moisés que “se hiciera en el altar una fosa de un codo” (Ez 43, 13-14). La fosa de un codo en el altar simboliza la compasión hacia el prójimo en la mente del justo. La planta del bálsamo “se distingue por su copa siempre verde”, y en esto está simbolizada la perseverancia del justo, de la que dice Job: “El madero, al olor del agua, germinará y hará una copa” (14, 7-9). El olor es llamado así de aire. ¿Y qué es el olor, sino aire aspirado? El olor simboliza la infusión de la gracia; y cuando tú la aspiras, produces en seguida el germen de las buenas obras; y así logras la copa de la perseverancia.
“Se hace la incisión del bálsamo con el vidrio o con un cuchillo de hueso, porque el contacto con el hierro lo perjudica y muere pronto”. En el vidrio se designa la luminosidad de la bienaventuranza eterna. Dice Juan en el Apocalipsis: “La ciudad de Jerusalén era de oro purísimo semejante a terso cristal” (21, 18). Cualquier líquido, contenido en el vidrio, se hace transparente al exterior y se muestra tal cual es. En la patria celestial gozaremos en el oro y en el vidrio de la compañía de los santos, que resplandecerán en el fulgor de la bienaventuranza, y la corporeidad de los miembros no esconde a los ojos de uno el pensamiento del otro. En efecto, para los que contemplan el esplendor de Dios, no habrá nada en las criaturas que ellos no puedan ver. En los pequeños cuchillos de hueso están designados los ejemplos de los santos que sostienen nuestra fragilidad, como los huesos sostienen la carne. Como en el árbol del bálsamo se hace la incisión con el vidrio o con pequeños cuchillos de hueso, así la vida o la mente del justo se abre a la compunción con el deseo del esplendor eterno o por medio de los ejemplos de los santos. Pero si es golpeada por el hierro, o sea, por el pecado mortal, en seguida muere, porque “el alma que peca, ella misma morirá” (Ez 18, 4 y 20).
“Emite gotas de eximio aroma”. Se dice eximio, porque es muy excelente y se expande mucho. En este perfume está indicado el perfume de la vida santa. Dice el Apóstol: “Delante de Dios, somos el buen perfume de Cristo que se difunde en todo lugar” (2Cor 2, 14-15). Y en el Eclesiástico: “mi perfume es como el bálsamo sin mezcla” (Sir 24, 21).
El olor de la vida del hipócrita es un bálsamo mixto, o sea, corrupto, porque en su exterior aparece la santidad, mientras que en su interior se esconde la maldad. En cambio, el perfume del justo es como el bálsamo sin mezcla, porque la pureza de la conciencia concuerda con el perfume de su buena fama.
“El mérito mayor va a las gotas, luego a la semilla, después a la corteza y en fin a la madera”. Presta atención a esta gradación: en las gotas de bálsamo está simbolizada la suavidad de la contemplación; en la semilla, la palabra de la predicación; en la corteza, la aspereza de la penitencia; y en la madera, este cuerpo mortal.
Sobre el primer punto, se lee en el libro de los jueces, que “Acsa, sentada sobre un asna, imploró que le fuese dado el manantial superior” (1, 15). Esto se realiza, cuando el alma, después de haber domado la carne, tiende a la suavidad de la contemplación con todo el deseo y con toda la devoción de la mente.
Sobre el segundo punto, se lee en el evangelio de Lucas: “El sembrador salió a sembrar su semilla” (8, 5).
Sobre el tercer punto, corteza es como decir córium tegens, piel que cubre; y se entiende la aspereza de la penitencia que cubre los pecados. En efecto: “¡Bienaventurados aquellos cuyos pecados son cubiertos!” (Salm 31, 1).
Sobre el cuarto punto, leemos en Job: “El madero (el árbol) tiene esperanza: si es cortado, de nuevo vuelve a retoñar” ( 14, 7). Así el hombre tiene y debe tener la esperanza que el madero, o sea, su cuerpo, después de haber sido cortado por el hacha de la muerte, de nuevo reflorecerá en la resurrección final.
A este madero va el mérito menor y a él no se le debe casi ningún cuidado, como a un siervo inútil. En cambio, a la corteza de la penitencia va un gran mérito, porque obra cosas grandes. A la semilla de la predicación va un mérito aún mayor, porque por ella se llega a la corteza, o sea, a la penitencia. Y, en fin, a las lágrimas de la contemplación va el máximo y el principal mérito, porque en ella está encerrada la más grande y principal suavidad. “Conserva la juventud”. La suavidad de la vida contemplativa conserva el alma en la juventud de la gracia. Está escrito: “Tu juventud se renovará como la del águila” (Salm 102, 5).
“Aleja la corrupción”. La mente que se sumerge en aquella suavidad, se mantiene incorruptible del consentimiento del pecado. Hablando por contraste, dice el Señor por boca de Jeremías: “Haré pudrir la soberbia de Judá y la soberbia de Jerusalén” (13, 9), o sea, de los clérigos y de los laicos.
Las gotas de bálsamo, mezclada con miel, se echan a perder; pero, mezclándolas con la leche, se coagulan, demostrando que no hay miel. La suavidad de la contemplación se echa a perder, como por un adulterio, si se le mezcla la miel de las preocupaciones temporales.
7. Se lee en la Historia Natural que en los panales de miel nacen las arañas; y todo lo que hay en los panales, se echa a perder. Y entonces en las colmenas de las abejas nacen pequeños gusanos, en los que, más adelante, salen pequeñas alas, que les permiten volar (Aristóteles).
La araña es llamada así, porque teje sus hilos en el aire. Del placer de las cosas temporales nace la araña, o sea, el venenoso orgullo, que extiende sus hilos en el aire y que “anda en busca de cosas demasiado grandes para sí” (Salm 130, 1); y nacen los gusanos, o sea, la gula y la lujuria, que hacen que el hombre vuele para apetecer lo ajeno. No hay, pues, de que asombrarse si con esta mezcla se adultera el bálsamo de la vida contemplativa o el de la pureza de conciencia. En la convivencia se forman las costumbres; y “la uva sana toma el moho de la uva deteriorada” (Juvenal).
Tú demostrarás no tener la miel del placer transitorio si, mezclándote con la leche de la encarnación del Señor, te coagulas, o sea, te estrechas con el espíritu de pobreza. “El pan de los ángeles, dice Agustín, llegó a ser la leche de los pequeños, para que con él se alimentaran los pequeños”.
“No es posible tener el bálsamo en la mano expuesta al ardor del sol”. El bálsamo en la mano simboliza la pureza de conciencia en las obras. Cuando el sol ardiente del amor divino ilumina e inflama la mente del justo y le hace ver cuál es en verdad, toda operación, toda energía pierde valor. Dice Daniel: “Vi una gran visión y no quedó fuerza en mí; y también mi semblante se alteró, y desfallecí y quedé sin fuerzas” (10, 8).
Cuando el sol de la gracia se une al bálsamo de la pura conciencia, en el justo ya no queda ninguna confianza en el propio obrar. Y esto es el bálsamo “más precioso que el oro y el topacio” (Salm 118, 127).
¡Ojalá viniera la reina de Saba y nos diera al menos una pequeña raíz de bálsamo, con la que implantaríamos en nosotros una viña balsámica! Relata Flavio José que la reina de Saba, cuando fue a consultar la sabiduría de Salomón, le obsequió una raíz de bálsamo, de la que se multiplicaron las viñas balsámicas en Engadí.
8. Con tal bálsamo mezclado con el aceite de la misericordia de Dios se elabora el crisma, con el cual es ungido el justo, que llega a ser cristo (consagrado) e hijo de David, del que se dice en el evangelio de hoy: “¿Qué piensan ustedes del Cristo? ¿De quién es hijo?”. Le responden: “De David”.
El verdadero justo, ungido con el crisma, elaborado con el bálsamo y el aceite, es hijo de David. David se interpreta “de mano fuerte”, o también “de hermoso semblante”.
El púgil, que va a enfrentarse con un adversario, suele ungir la cabeza con el aceite; así el justo se unge con el bálsamo mezclado con el aceite, para tener fuerza en las manos, o sea, en las obras, y para poder así vencer al enemigo, el diablo. De esta manera llega a ser aquí abajo hijo de David, o sea, hijo de la fortaleza y, después, en el futuro, será hijo de la gloria; y allí será hermoso de semblante, porque podrá ver cara a cara a aquel, a quien los ángeles desean contemplar (1 Pe 1, 12).
Jesucristo mismo, hijo de David, se digne llevarnos también a nosotros a esa espléndida gloria, El que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!